Teoría
¿QUÉ ES CONOCER?
¿Podemos estar seguros de lo que conocemos? ¿De dónde proviene nuestro conocimiento? ¿Hay alguna fuente absolutamente fiable? ¿Puede la imaginación ser fuente de conocimiento? ¿Puede la sensación de certeza garantizar que lo que creemos es realmente verdadero? ¿Es posible justificar nuestro conocimiento de forma completa? ¿Hay una diferencia clara entre conocimiento y opinión?
Estas preguntas constituyen el núcleo de la epistemología o teoría del conocimiento, una de las ramas más antiguas y centrales de la filosofía. No se trata de preguntas académicas: están en juego cada vez que alguien afirma que algo es verdad, que tiene razones para creerlo o que puede demostrarlo. La historia de la filosofía puede leerse, en buena medida, como una serie de respuestas distintas a estas mismas preguntas.
TEORÍAS DEL CONOCIMIENTO EN LA ANTIGÜEDAD
Mientras que la mayoría de los presocráticos se interesaron principalmente por el conocimiento de la naturaleza exterior, Sócrates (470–399 a. C.) dio un giro decisivo: comenzó a prestar atención a los conceptos e ideas que subyacen a nuestras experiencias sensibles y a nuestra comunicación con los demás. Si queremos conocer qué es la justicia, la belleza o el bien, no basta con observar el mundo: hay que examinar las ideas mismas.
Sócrates: la ironía y la mayéutica

Sócrates fue quizá el primer filósofo que subraya la importancia de la razón como herramienta indispensable para alcanzar un conocimiento objetivo. Su método es dialéctico, es decir, basado en el diálogo, y consta de dos momentos.
El primero es la ironía: Sócrates se muestra ignorante ante su interlocutor y, mediante preguntas, le hace ver que tampoco sabe lo que creía saber. Es el famoso «solo sé que no sé nada»: no como renuncia al conocimiento, sino como punto de partida honesto.
El segundo momento es la mayéutica (del griego maieutikē: el arte de la partera). Con nuevas preguntas, Sócrates ayuda al interlocutor a «dar a luz» los conocimientos que ya lleva dentro. La idea es que el verdadero conocimiento no se transmite desde fuera sino que se descubre desde dentro, mediante el ejercicio de la razón.
💡 Tip: Sócrates no escribió nada. Lo conocemos casi exclusivamente a través de los diálogos de Platón, su discípulo. Eso hace difícil separar lo que pensó el maestro de lo que añadió el alumno.
Los sofistas: relativismo y escepticismo
A Sócrates se les suelen contraponer los sofistas, maestros profesionales de retórica y oratoria que llegaron a Atenas procedentes de distintas partes del mundo griego. El contacto con culturas y leyes muy diferentes les llevó a cuestionar la existencia de una verdad universal.
Algunos defendieron el relativismo: no existe una verdad absoluta y objetiva; cada persona, cultura o ciudad tiene la suya. La frase de Protágoras lo resume bien: «El hombre es la medida de todas las cosas». Otros fueron más lejos y defendieron el escepticismo: la verdad no existe o, si existiera, sería imposible conocerla.
Para Sócrates, el relativismo y el escepticismo son posiciones que se destruyen a sí mismas: si no hay verdad objetiva, tampoco es objetivamente verdad que no la hay. El debate entre Sócrates y los sofistas es el primer gran debate de la historia de la epistemología, y sus términos siguen siendo actuales.
Platón: la teoría de las Ideas y la reminiscencia

Platón (428/7–348/7 a. C.) sigue los pasos de Sócrates y los lleva mucho más lejos. Para él existen dos mundos radicalmente distintos: el mundo sensible, formado por las cosas materiales, temporales y cambiantes que percibimos con los sentidos, y el mundo inteligible o mundo de las Ideas, formado por realidades inmateriales, eternas e inmutables (la Idea de Justicia, la Idea de Belleza, la Idea de Bien…). Las cosas del mundo sensible no son verdaderamente reales: solo participan de las Ideas, de las que son copias imperfectas.
De ahí se sigue una concepción original del conocimiento: conocer no es aprender algo nuevo, sino recordar (anámnesis o reminiscencia). Antes de nacer, nuestra alma habitó el mundo de las Ideas y las contempló directamente. Al caer al mundo sensible, olvidó ese conocimiento. La experiencia de las cosas sensibles actúa como un estímulo que nos ayuda a recordarlo.
Para entender por qué Platón llega a postular un mundo de Ideas separado del mundo sensible, es útil recurrir a la metáfora que él mismo usa en el Fedón: la de las dos navegaciones. La primera navegación es la que hacen los filósofos naturalistas, los presocráticos, que intentan explicar la realidad observando directamente los fenómenos del mundo sensible, confiando en los vientos favorables de los sentidos. Pero esa navegación, según Platón, encalla: los sentidos solo nos dan información de cosas cambiantes y contradictorias, incapaces de fundamentar un conocimiento verdadero y estable. Ante ese fracaso, Platón emprende una segunda navegación, a remo, sin viento: en lugar de seguir mirando el mundo sensible, decide refugiarse en los logoi, en los argumentos y conceptos racionales, y examinar en ellos la verdad de las cosas. Es en ese giro hacia la razón pura donde descubre que tiene que haber realidades inmateriales, eternas e inmutables —las Ideas— que den fundamento a todo lo que los sentidos perciben como cambiante e imperfecto.
Pero descubrir que existen las Ideas no resuelve por sí solo el problema del conocimiento. Queda una pregunta más difícil: si hay dos mundos —el sensible y el inteligible—, ¿cómo se relaciona cada uno de ellos con lo que podemos conocer? ¿Hay un solo tipo de conocimiento o varios, según el objeto al que se dirija la mente? Para responder a eso, Platón propone en la República dos imágenes complementarias: el símil de la línea y el mito de la caverna. La primera es una representación abstracta y esquemática; la segunda, una alegoría narrativa que dice lo mismo con mayor fuerza dramática.
El símil de la línea (República, 509d–511e)
En el símil de la línea, Platón propone dividir una línea en dos segmentos desiguales. El primero, más pequeño, representa el grado de conocimiento que se puede tener de las cosas materiales, que según Platón no puede ser más que mera opinión o doxa. Esto es así porque estas cosas cambian constantemente y su escasa realidad la obtienen por participar de las Ideas o conceptos, los cuales existen por sí mismos y no cambian. De estos últimos sí cabe un verdadero conocimiento o episteme, al que remite el segmento mayor. Dentro de cada uno de esos grandes segmentos, Platón establece una nueva división, también desigual, de manera que, de izquierda a derecha, los segmentos son cada vez mayores, significando con ello que los anteriores son copias imperfectas de los posteriores.
- Eikasía (imaginación): la opinión que nos formamos de las cosas que imaginamos o que son sombras de los objetos percibidos por los sentidos. Es el grado más bajo de la doxa.
- Pístis (creencia): la percepción de los propios objetos sensibles. Es el grado más alto de la doxa, pero sigue siendo mera opinión.
- Dianoia (pensamiento discursivo, razonamiento, cálculo): el conocimiento de los entes matemáticos, como las formas geométricas. Platón los entiende como entes intermedios: a diferencia de los objetos sensibles, son eternos e inmóviles; pero a diferencia de las Ideas, son múltiples, pues puede haber muchos triángulos semejantes mientras que la Idea de triángulo es una sola (Aristóteles, Metafísica, I, 6, 987b 15). El conocimiento de esas entidades lo alcanzamos recordándolas a partir de la observación de las cosas sensibles que participan de ellas.
- Noesis (intuición intelectual): el conocimiento inmediato de las Ideas puras (Bien, Justicia, Belleza…), la verdadera realidad. Es el grado más alto de la episteme y el único que Platón considera conocimiento en sentido pleno. El camino hacia él pasa por la dialéctica, que Platón entiende como el método filosófico por excelencia: el uso puro de la razón, sin apoyarse en ningún objeto sensible ni en hipótesis matemáticas, para captar las Ideas directamente. La dialéctica ascendente es el movimiento por el que la mente se eleva progresivamente desde las Ideas más particulares y concretas hacia las más universales y abarcadoras, descubriendo en ese ascenso las relaciones de participación y dependencia entre ellas: cómo la Idea de Justicia participa de la Idea de Bien, cómo la Idea de Belleza también remite a ella, hasta llegar a la Idea de Bien, el principio supremo del que todas las demás Ideas dependen y del que reciben su ser y su verdad. La dialéctica descendente es el movimiento inverso: desde la Idea de Bien, el filósofo desciende de nuevo a través del sistema de Ideas para establecer con precisión las relaciones de combinación y articulación entre ellas, lo que Platón llama symploké. No todas las Ideas se combinan entre sí: la dialéctica descendente determina cuáles son compatibles y cuáles no, tejiendo así una red ordenada de relaciones que constituye la estructura inteligible de la realidad.

El mito de la caverna (República, 514a–517a)
En el mito de la caverna (República, 514a–517a), Platón pide que nos imaginemos una caverna en cuyo fondo están atados unos prisioneros de manera que solo pueden mirar hacia el frente, donde hay una pared sobre la que se proyectan unas sombras generadas por una fogata que ilumina unas figuras transportadas por otros hombres que van por un sendero. Lo único que los prisioneros conocen, y a lo que atribuyen por tanto realidad, es a esas sombras y a los sonidos y palabras que escuchan de los hombres.
En esa situación, Platón se pregunta qué pasaría si un prisionero fuese arrastrado a la fuerza a mirar las figuras que transportan esos hombres, luego el fuego y, finalmente, a salir de la caverna. Su respuesta se desarrolla en tres momentos:
- La liberación: en un primer momento, el prisionero quedaría cegado por la luz del fuego. Pero poco a poco se iría dando cuenta del engaño en el que había vivido y cobrando conciencia de que, en realidad, está siendo liberado.
- La contemplación: una vez fuera de la caverna, podría ver las verdaderas sombras, las cosas y el sol que las ilumina, llegando a la conclusión de que lo que había en la caverna no son más que copias imperfectas de lo verdaderamente real. No tendría ningún deseo de volver a ese mundo de meras apariencias.
- El regreso: sin embargo, querría liberar a sus antiguos compañeros de la ignorancia en la que permanecen. Pero ellos se resistirían, pensando que les intenta engañar.
En este mito se aprecian, por tanto, los diferentes niveles de realidad y los distintos grados de conocimiento que Platón defiende: las sombras de la caverna corresponden a la eikasía; las figuras transportadas, a la pístis; las cosas del exterior, a la dianoia; y el sol, a la noesis y a la Idea de Bien.
Platón y Aristóteles coinciden en que el conocimiento verdadero es universal y necesario, no particular ni cambiante. Pero discrepan radicalmente en cómo se alcanza: para Platón, la razón recuerda Ideas que el alma ya contempló antes de nacer; para Aristóteles, el entendimiento abstrae formas universales a partir de lo que los sentidos perciben. La pregunta que los separa —¿viene el conocimiento de dentro o de fuera?— es la misma que enfrentará a racionalistas y empiristas dos mil años después.
Aristóteles: abstracción y ciencia

Aristóteles (384–322 a. C.) fue discípulo de Platón, pero adoptó una posición radicalmente distinta. Rechaza tanto el mundo de las Ideas como la doctrina de la reminiscencia. Para él, todo nuestro conocimiento comienza en la experiencia sensible: los sentidos nos informan de los objetos del mundo y sus propiedades. No hay conocimiento innato.
Pero los sentidos solos no bastan. Los seres humanos poseemos además una facultad llamada Entendimiento (Nous), que nos permite captar las formas o esencias universales de las cosas más allá de sus características particulares. Aristóteles distingue dos aspectos del Entendimiento: el Entendimiento agente, que «ilumina» los contenidos sensibles, y el Entendimiento paciente, que los recibe y en el que se imprimen las formas universales. Es así como, a partir de la experiencia de cosas concretas, abstraemos conceptos universales: de ver muchos caballos distintos llegamos al concepto universal de «caballo».
El método inductivo-deductivo
Aristóteles es el primero en desarrollar de forma sistemática el método inductivo-deductivo:
- Inducción: a partir de la observación de casos particulares, extraemos principios generales. Por ejemplo: observamos que este hierro se dilata con el calor, y ese hierro también, y aquel otro… y concluimos que todos los metales se dilatan con el calor.
- Deducción: a partir de esos principios generales, extraemos conclusiones sobre casos particulares. Si todos los metales se dilatan con el calor, y el cobre es un metal, entonces el cobre se dilata con el calor.

Para Aristóteles, los principios generales a los que llegamos por inducción son necesariamente verdaderos, siempre que la observación se haya hecho correctamente. Esta confianza en la experiencia como punto de partida del conocimiento lo convierte en el fundador del empirismo científico.
Tipos de razonamiento y tipos de saber
Aristóteles distingue dos grandes tipos de razonamiento. Los razonamientos científicos o demostraciones parten de premisas verdaderas y necesarias, y permiten alcanzar conclusiones igualmente necesarias: son propios de las ciencias. Los razonamientos dialécticos parten de opiniones establecidas y compartidas por la mayoría: son propios de ámbitos como la ética y la política, donde no es posible la demostración pero sí el argumento razonado.
A estos dos tipos de razonamiento corresponden tres tipos de saber:
| Tipo de saber | Ejemplos | Finalidad |
|---|---|---|
| Teórico | Metafísica, Física, Matemáticas, Biología, Lógica | El conocimiento mismo. Se ocupa de lo necesario, de lo que no puede ser de otra manera. |
| Práctico | Ética, Política | Orientar la acción humana. Se ocupa de lo contingente, de lo que puede ser de otra manera. |
| Productivo | Arte, Retórica, Poética | Producir cosas u obras. Su fin está fuera del propio saber. |
El principio fundamental que gobierna todo razonamiento, tanto científico como dialéctico, es el principio de no contradicción: nada puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido. Sin este principio, ningún argumento sería posible.
Práctica
Lee atentamente cada texto y responde a las cuatro preguntas en tu cuaderno.
¿Y qué ocurre con el mismo Protágoras? Si no hubiese juzgado que el hombre es la medida de todas las cosas, y si el pueblo no lo pensara, como en efecto no lo piensa, ¿no sería necesario que la verdad tal como él la ha definido no existiese para nadie? Y si él ha creído esto, y la multitud piensa lo contrario, ¿no observas tú primeramente que en la misma medida que el número de los que no comparten su opinión sobrepasa el de sus partidarios, la verdad tal como él la entiende debe no existir más que existir? Pero, en segundo lugar, lo más divertido de él es esto. Protágoras, al afirmar que lo que le parece a cada uno es verdadero, concede que es verdadera la opinión de los que contradicen la suya y creen que se equivoca. —Efectivamente. —Así pues, ¿es necesario que su opinión sea falsa, ya que reconoce como verdadera la opinión de los que creen que se equivoca? —Necesariamente. —Los otros, por su parte, ¿reconocen que se equivocan? —No, ciertamente. —Así pues, ¿está obligado aún a reconocer esta opinión como verdadera, según sus escritos? —Aparentemente. —Por consiguiente, habrá oposición por todos lados, empezando por el mismo Protágoras. ¿O más bien Protágoras, al admitir que piensa con verdad el que tiene una opinión contraria a la suya, admite que ni el perro ni ningún hombre es la medida de ninguna cosa si no la ha estudiado? ¿No es así? —Sí. —Por consiguiente, ya que todos se oponen a ella, la verdad de Protágoras no es verdadera para nadie, ni para otro ni para él mismo.
Platón, Teeteto, 170e–171c. En Verneaux, R. (1988). Textos de los grandes filósofos. Edad Antigua. Herder, pp. 20–21.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si la tesis relativista de Protágoras, según la cual cada uno es la medida de la verdad, es coherente consigo misma.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Sócrates defiende que la tesis de Protágoras se refuta a sí misma. Si lo que le parece a cada uno es verdadero, entonces también es verdadera la opinión de quienes creen que Protágoras se equivoca. Protágoras se ve obligado a reconocer como verdadera la opinión de sus oponentes, pero sus oponentes no reconocen como verdadera la de él. Por tanto, la tesis de que no hay verdad objetiva termina siendo falsa incluso según sus propios criterios: no es verdadera para nadie, ni para sus adversarios ni para el propio Protágoras.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Sócrates usa dos argumentos. El primero es cuantitativo: la mayoría de la gente no acepta la tesis de Protágoras, y como según su propia doctrina toda opinión es verdadera, la opinión mayoritaria de que se equivoca también lo es. El segundo es lógico y más profundo: si todo lo que parece verdadero a alguien es verdadero, Protágoras debe conceder que es verdadera la opinión de quienes creen que su tesis es falsa. Pero aceptar la verdad de quienes lo niegan equivale a negar su propia tesis. Se produce así una contradicción que destruye el relativismo desde dentro, sin necesidad de recurrir a ningún argumento externo.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Sexto Empírico mantendría una posición diferente. Para él la refutación de Sócrates no demuestra que exista una verdad objetiva, sino solo que la formulación de Protágoras era defectuosa. La posición escéptica es más cuidadosa: no afirma que cada opinión sea verdadera, sino que suspende el juicio porque a cada argumento se le puede oponer otro de igual fuerza. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la refutación de Sócrates se basa en el principio de no contradicción, pero ese principio es una premisa que habría que justificar antes de usarla, y su justificación presupone aquello que pretende demostrar. Segundo, que el relativismo se autorrefute no demuestra que exista una verdad objetiva: solo demuestra que no podemos formular la tesis relativista sin caer en contradicción, lo cual es un problema del lenguaje, no una prueba de la existencia de verdades universales.
A favor de la objetividad del conocimiento
Que hay nociones por sí mismas tan evidentes, que se las obscurece queriéndolas definir como se hace en la escolástica, y que no se adquieren con el estudio sino que nacen con nosotros. Además he observado que los filósofos, tratando de explicar por las reglas de su lógica cosas evidentes por sí mismas, no han hecho otra cosa que obscurecerlas, y cuando he dicho que la proposición «pienso, luego existo» es la primera y más cierta que se presenta al que conduce ordenadamente sus pensamientos, no he negado por eso la necesidad de saber de antemano qué es el pensamiento, la certidumbre, la existencia, y que para pensar es preciso existir y otras cosas semejantes. Pero como estas nociones son tan simples que por sí mismas no nos proporcionan el conocimiento de ninguna cosa existente, no he juzgado que aquí hubiese que enumerarlas. Ahora bien, a fin de saber cómo el conocimiento que tenemos de nuestro pensamiento precede al que tenemos de nuestro cuerpo y es incomparablemente más evidente, y tal que, aunque éste no existiese, tendríamos razón para concluir que aquél no dejaría de ser todo lo que es; observaremos que es manifiesto por una luz natural que hay en nuestras almas, que la nada no tiene cualidades ningunas ni propiedades que le pertenezcan y que donde percibimos algunas de ellas, debe encontrarse necesariamente una cosa o substancia de la que dependan.
Descartes, R. Principios de la filosofía, I, §§10–11. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 17–18.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si existe algún conocimiento absolutamente cierto e indudable que pueda servir de fundamento objetivo para todo lo demás.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Descartes defiende que el conocimiento que tenemos de nuestro propio pensamiento es la primera verdad absolutamente cierta y objetiva, anterior e independiente de cualquier conocimiento del mundo exterior. La proposición «pienso, luego existo» no puede ser puesta en duda porque incluso el acto de dudar confirma que estamos pensando. Sobre esta certeza indudable puede construirse todo un edificio de conocimiento objetivo, ya que todo lo que se nos presente con la misma claridad y distinción será igualmente cierto.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Descartes usa dos argumentos. El primero es que hay nociones tan evidentes que cualquier intento de definirlas las oscurece: el pensamiento, la certidumbre y la existencia son de este tipo. Su evidencia no depende de la experiencia ni del estudio, lo que las convierte en verdades objetivas independientes del sujeto particular que las piense. El segundo es que el conocimiento de nuestro pensamiento es más cierto que el del cuerpo, porque incluso si el mundo exterior no existiese, la certeza de que pensamos permanecería intacta. Esto demuestra que hay al menos una verdad absolutamente objetiva que ninguna duda puede destruir.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Hume mantendría una posición diferente. Para él la certeza del cogito no garantiza ningún conocimiento objetivo del mundo, porque del hecho de que yo piense no se sigue nada sobre la realidad exterior. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la «claridad y distinción» que Descartes propone como criterio de verdad es un sentimiento subjetivo, no una garantía objetiva, porque muchas ideas que nos parecen claras y distintas resultan después ser falsas. Segundo, el cogito solo demuestra que existe pensamiento en el momento en que se piensa, pero no que exista un yo sustancial permanente detrás de ese pensamiento: Hume buscó esa impresión de un «yo» constante y no la encontró.
Confieso con franqueza que fue la advertencia de David Hume la que interrumpió, hace muchos años, mi sueño dogmático y dio a mis investigaciones en el campo de la filosofía especulativa una dirección completamente distinta. Estaba yo muy lejos de admitir sus conclusiones, que resultaban simplemente de que no vio el problema en toda su amplitud, sino que lo consideró solamente por uno de sus lados. Yo ante todo traté de ver si la objeción de Hume podía presentarse de una forma general, y en seguida vi que la relación entre causa y efecto no era la única por la que el entendimiento concibe a priori las relaciones, sino que la metafísica está enteramente constituida por ellas. Traté de asegurarme de su número y conseguí lo que quería, reduciéndolas a un único principio; pasé después a la deducción de estos conceptos, estando ya seguro de que no derivaban de la experiencia, como Hume había temido, sino que tenían su origen en el entendimiento puro. Así pues, habiendo conseguido resolver el problema de Hume, no sólo para un caso particular, sino para la razón pura entera, podía avanzar con seguridad, aunque siempre con lentitud, con el objeto de determinar por fin toda la extensión de la razón pura, límites y contenido, de un modo completo y conforme a los principios generales; esto es lo que necesita la metafísica para construir su sistema según un plan seguro.
Kant, I. Prolegómenos a toda metafísica futura, Introducción. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 117–119.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si el conocimiento a priori, es decir, independiente de la experiencia, es objetivo y legítimo, o si, como sostenía Hume, se reduce a un hábito psicológico sin fundamento racional.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Kant defiende que Hume tenía razón al cuestionar el concepto de causalidad, pero se equivocaba en su conclusión. Hume solo vio un lado del problema: creyó que, como la causalidad no procede de la experiencia, es un mero hábito subjetivo. Kant descubrió que la causalidad no es la única relación que el entendimiento concibe a priori, sino que hay todo un sistema de conceptos puros (categorías) que no derivan de la experiencia sino del entendimiento mismo. Esos conceptos tienen validez objetiva porque son las condiciones que hacen posible cualquier experiencia.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Kant usa dos argumentos. El primero es que la objeción de Hume, una vez generalizada, afecta no solo a la causalidad sino a toda la metafísica: si Hume tuviese razón, no habría conocimiento a priori de ningún tipo, lo que destruiría también las matemáticas y la física. El segundo es que Kant logró deducir los conceptos puros del entendimiento a partir de un único principio, demostrando que no proceden de la experiencia sino del entendimiento puro. Esa deducción establece su validez objetiva: no son hábitos subjetivos sino condiciones necesarias de toda experiencia posible.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Hume mantendría una posición diferente. Para él Kant no ha resuelto realmente su problema sino que lo ha esquivado, porque la «deducción» de los conceptos puros es una operación racional que presupone la validez de la razón, que es precisamente lo que está en cuestión. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, que Kant haya reducido los conceptos a priori a un sistema no demuestra que sean objetivos, solo que son sistemáticos; un hábito psicológico puede ser tan ordenado y consistente como una verdad racional sin por ello dejar de ser un hábito. Segundo, la afirmación de que los conceptos puros son «condiciones de toda experiencia posible» es inverificable: nunca podremos saber si la experiencia requiere esos conceptos necesariamente o si simplemente estamos tan acostumbrados a ellos que no podemos imaginar la experiencia sin ellos.
El tema central de esta conferencia será lo que acostumbro a llamar, a falta de un nombre mejor, «el tercer mundo». Para explicar esta expresión, habrá que señalar que, sin tomar demasiado en serio las palabras «mundo» o «universo», podemos distinguir los tres mundos o universos siguientes: primero, el mundo de los objetos físicos o de los estados físicos; en segundo lugar, el mundo de los estados de conciencia o de los estados mentales o, quizá, de las disposiciones comportamentales a la acción; y en tercer lugar, el mundo de los contenidos de pensamiento objetivo, especialmente, de los pensamientos científicos y poéticos y de las obras de arte. Así pues, es obvio que lo que denomino «el tercer mundo» tiene mucho que ver con la teoría de las Formas o Ideas de Platón y, por tanto, también con el espíritu objetivo de Hegel, si bien mi teoría difiere radicalmente en algunos aspectos decisivos de las de Platón y Hegel. Tiene aún más que ver con la teoría de Bolzano sobre el universo de las proposiciones en sí mismas y de las verdades en sí mismas, aunque también difiere de la de Bolzano. Mi tercer mundo se asemeja, en mayor medida, al universo de los contenidos objetivos del pensamiento de Frege.
Popper, K. R. (1992). Conocimiento objetivo. Un enfoque evolucionista. Tecnos, p. 106.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si el conocimiento puede ser objetivo, es decir, si puede existir independientemente de los sujetos que lo piensan.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Popper defiende que existe un «tercer mundo» de contenidos de pensamiento objetivo que es tan real como el mundo físico y el mundo mental, pero distinto de ambos. Las teorías científicas, los argumentos filosóficos y las obras de arte, una vez formulados, adquieren una existencia objetiva independiente de quien los piense. El teorema de Pitágoras, por ejemplo, sería verdadero aunque nadie lo pensara. Este tercer mundo tiene propiedades propias que pueden ser descubiertas pero no inventadas, lo que demuestra que el conocimiento objetivo es posible.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Popper usa dos argumentos. El primero es la distinción entre tres mundos: el mundo físico, el mundo mental y el mundo de los contenidos objetivos de pensamiento. La necesidad de distinguir el tercer mundo del segundo demuestra que el conocimiento no se reduce a estados mentales subjetivos: una teoría científica tiene propiedades objetivas (puede ser verdadera o falsa, consistente o contradictoria) que no dependen de lo que nadie piense o sienta sobre ella. El segundo es la conexión con la tradición filosófica: la idea de un ámbito de contenidos objetivos ha sido defendida, con variantes, por Platón (Ideas), Hegel (espíritu objetivo), Bolzano (proposiciones en sí) y Frege (contenidos objetivos del pensamiento). Que pensadores tan distintos converjan en esta idea sugiere que responde a algo real.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Marx mantendría una posición diferente. Para él no existe un mundo de contenidos de pensamiento objetivo independiente de los sujetos que lo producen. Todas las ideas, incluidas las científicas, son productos de las condiciones materiales y sociales en que viven los seres humanos. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si el tercer mundo fuera realmente independiente del mundo social, las mismas teorías científicas habrían surgido en cualquier época y cultura, pero la historia muestra que cada sociedad produce el tipo de conocimiento que sus condiciones materiales le permiten. Segundo, postular un mundo de verdades eternas e independientes del sujeto es una forma de ocultar que el conocimiento siempre sirve a intereses sociales concretos: presentar como «objetivo» lo que en realidad es el producto de una clase social dominante.
En contra de la objetividad del conocimiento
El hombre, dice Protágoras, es la medida de todas las cosas, para las que son, de su ser, para las que no son, de su no-ser. ¿Habrás leído esto sin duda? —Sí, y más de una vez. —¿Y no dice más o menos esto: las cosas son para mí tales como me parecen; y para ti tales como te parecen? Y tú y yo somos hombres. —En efecto, es lo que dice. […] Me ha sorprendido que al principio de su libro sobre la verdad no haya dicho que la medida de todas las cosas es el cerdo, el cinocéfalo o algún otro ser todavía más extraño de los que están dotados de sensación. Si las opiniones que se forman en nosotros por medio de las sensaciones son verdaderas para cada uno, si ninguno es más hábil que otro para distinguir la verdad o la falsedad de una opinión; si al contrario, como a menudo hemos dicho, cada cual juzga únicamente según sus impresiones, y si todos sus juicios son verdaderos y rectos, ¿en virtud de qué privilegio Protágoras sería sabio hasta el extremo de creerse con derecho de enseñar a los demás y de poner precio tan alto a sus lecciones, mientras que nosotros no seríamos más que unos ignorantes, condenados a asistir a su escuela, puesto que cada cual es para sí mismo la medida de su propia sabiduría?
Platón, Teeteto, 151e–162a. En Verneaux, R. (1988). Textos de los grandes filósofos. Edad Antigua. Herder, pp. 19–20.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si las cosas son objetivamente como son o si son para cada uno tal como le parecen.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
El texto expone la tesis relativista de Protágoras: cada persona es la medida de la verdad. Las cosas son para mí como me parecen y para ti como te parecen. No existe una verdad objetiva independiente de las percepciones de cada individuo. Sócrates presenta esta tesis con ironía, señalando sus consecuencias absurdas, pero el texto funciona como la mejor exposición del relativismo de la Antigüedad: si toda opinión es verdadera, nadie es más sabio que nadie, y la propia pretensión de Protágoras de ser maestro carece de sentido.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
La tesis de Protágoras se apoya en dos argumentos. El primero es perceptivo: las cosas se nos presentan de forma distinta a cada persona, y no hay un criterio externo a la percepción que permita decidir cuál de las percepciones es la correcta. Si el mismo viento le parece frío a uno y cálido a otro, ¿quién tiene razón? Cada uno tiene la suya. El segundo es que toda percepción es igualmente válida porque toda percepción es igualmente real para quien la experimenta. No hay un punto de vista privilegiado desde el que juzgar que una percepción es más verdadera que otra.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Platón mantendría una posición diferente. Para él existe una verdad objetiva, inmutable y universal —las Ideas— que es la misma para todos y que la razón puede conocer. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si cada percepción fuera igualmente verdadera, sería imposible el error, pero la experiencia cotidiana muestra que nos equivocamos constantemente, lo que prueba que hay una diferencia real entre lo verdadero y lo falso que no depende de nuestras percepciones. Segundo, las matemáticas demuestran que existen verdades universales independientes de la percepción individual: el teorema de Pitágoras es verdadero para todos, en todo momento y en todo lugar, independientemente de lo que a cada uno le parezca.
El escepticismo es la capacidad de establecer antítesis en los fenómenos y en las consideraciones teóricas, según cualquiera de los tropos, gracias a la cual nos encaminamos —en virtud de la equivalencia entre las cosas y proposiciones contrapuestas— primero hacia la suspensión del juicio y después hacia la ataraxia. Hablamos de «capacidad», desde luego no por capricho sino sencillamente en el sentido de que uno sea capaz. Aquí entendemos por «fenómenos» lo sensible; por lo que definimos lo «teórico» por oposición a ellos. Decimos «según cualquiera de los tropos» porque contraponemos esas cosas de muy diversas maneras, contraponiendo fenómenos a fenómenos, consideraciones teóricas a consideraciones teóricas o los unos a las otras. Y en absoluto tomamos «proposiciones contrapuestas» como «afirmación y negación»: simplemente en el sentido de que se enfrentan la una a la otra. Y llamamos «equivalencia» a la igualdad respecto de la credibilidad o falta de credibilidad, de modo que ninguna de las proposiciones enfrentadas aventaje a la otra como más digna de crédito. La «suspensión del juicio» es el estado de la mente por el que ni negamos ni afirmamos nada. La «ataraxia» es la serenidad y la calma del espíritu.
Sexto Empírico (2008). Esbozos pirrónicos, I, §§8–10. Gredos, pp. 31–32.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si es posible alcanzar algún conocimiento objetivo sobre el que podamos pronunciarnos con seguridad.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Sexto Empírico defiende que ante cualquier afirmación puede formularse otra de igual fuerza que la contradiga. Como no hay forma de determinar cuál de las dos es más creíble, lo racional es suspender el juicio: no afirmar ni negar nada. Esta suspensión no es una renuncia sino una capacidad: la de establecer antítesis equilibradas que muestran que toda pretensión de conocimiento objetivo es infundada. El resultado no es la angustia sino la ataraxia: la serenidad que se obtiene al dejar de pretender que sabemos lo que no sabemos.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Sexto Empírico usa dos argumentos. El primero es la equivalencia: para cada argumento a favor de una tesis hay un argumento de igual fuerza en contra. Esto se aplica tanto a los fenómenos sensibles (lo que percibimos) como a las consideraciones teóricas (lo que pensamos). Si ninguno de los argumentos enfrentados aventaja al otro como más digno de crédito, pronunciarse por uno de ellos sería arbitrario. El segundo es pragmático: la suspensión del juicio no es paralizante sino liberadora. Quienes buscan la verdad objetiva y no la encuentran viven en la inquietud; quien suspende el juicio alcanza la ataraxia, la serenidad del espíritu.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Aristóteles mantendría una posición diferente. Para él el conocimiento objetivo es posible porque la ciencia demostrativa parte de principios verdaderos, evidentes y necesarios que no admiten una antítesis de igual fuerza. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, el principio de no contradicción es un axioma que todo ser racional acepta necesariamente, porque negarlo equivale a afirmarlo, lo que demuestra que no todo argumento tiene una réplica de igual fuerza. Segundo, la experiencia cotidiana y la ciencia muestran que hay conocimientos que funcionan de forma fiable y constante: la geometría, la física, la medicina producen resultados regulares y predecibles, lo que sería inexplicable si toda afirmación fuera tan creíble como su contraria.
Todo efecto es un acontecimiento distinto de su causa. No puede, por lo tanto, descubrirse en la causa, sino que sólo la experiencia puede enseñarnos el efecto. Si se nos presenta un objeto, y debemos pronunciarnos sobre el efecto que resultará de él sin consultar la experiencia pasada, ¿de qué modo deberá, a vuestro parecer, proceder la mente? Será necesario que invente o imagine un acontecimiento que ponga como efecto; y es claro que esta invención es enteramente arbitraria. La mente no puede encontrar jamás el efecto en la pretendida causa, ni aun con el examen o la investigación más rigurosos; porque el efecto es completamente distinto de la causa, y jamás, por consiguiente, podrá descubrirse en ella. El movimiento de la segunda bola de billar es enteramente distinto del movimiento de la primera bola, y no hay nada en el primero que pueda sugerir la más leve idea del segundo. Una piedra o un pedazo de metal levantados en el aire y dejados sin apoyo, caen inmediatamente al suelo; pero a considerar la cosa a priori, ¿encontramos en esta situación algo que pueda engendrar la idea de un movimiento descendente más bien que ascendente o cualquier otro movimiento en la piedra o el metal?
Hume, D. Investigación sobre el entendimiento humano, Ensayo IV. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 109–110.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si podemos conocer objetivamente la relación entre causa y efecto, o si esa relación es solo una proyección de nuestra mente.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Hume defiende que la relación causal no puede conocerse objetivamente porque el efecto es siempre un acontecimiento completamente distinto de su causa. No hay nada en la causa que permita deducir cuál será el efecto: si no hubiéramos visto nunca una bola de billar golpear a otra, no podríamos predecir qué ocurriría. Lo que llamamos conocimiento causal no es un conocimiento racional sino un hábito adquirido por la experiencia repetida: hemos visto tantas veces que B sigue a A que esperamos que vuelva a ocurrir, pero esa expectativa no tiene fundamento lógico.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Hume usa dos argumentos. El primero es lógico: el efecto es un acontecimiento distinto de su causa, por lo que no puede deducirse de ella. Por mucho que examinemos la primera bola de billar, no encontraremos en ella el movimiento de la segunda. La relación causal no es una relación lógica necesaria sino una asociación empírica. El segundo es el experimento mental de la piedra: si consideramos a priori, sin experiencia previa, una piedra suspendida en el aire, no hay nada en esa situación que nos indique que caerá hacia abajo y no hacia arriba o hacia cualquier otro lado. Solo la experiencia repetida nos ha enseñado que las piedras caen, pero esa experiencia no demuestra que tengan que caer necesariamente.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Kant mantendría una posición diferente. Para él la causalidad no es un hábito psicológico sino una categoría a priori del entendimiento, una forma necesaria de organizar la experiencia sin la cual ninguna experiencia sería posible. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, Hume tiene razón en que la causalidad no se percibe directamente, pero se equivoca al concluir que es un mero hábito, porque el hábito mismo presupone que la mente ya posee la categoría de causalidad para poder asociar eventos. Segundo, si la causalidad fuera solo un hábito, la ciencia no podría formular leyes universales y necesarias, pero la física de Newton demuestra que sí puede hacerlo, lo que indica que la causalidad tiene un fundamento más sólido que la mera costumbre.
Perdonadme que, como viejo filólogo que soy, no renuncie a la maldad de señalar con el dedo las malas técnicas de interpretación: pero aquella «regularidad de la naturaleza» de la que vosotros físicos habláis con tanto orgullo — existe solo en virtud de vuestra interpretación y mala «filología», — ¡no es ningún hecho, ningún «texto», antes bien, solo es una recomposición y una tergiversación del sentido ingenuos y humanitarios con las que complacéis hasta la saciedad a los instintos democráticos del alma moderna! «En todos lados, igualdad ante la ley, — en eso la naturaleza no lo tiene ni distinto ni mejor que nosotros»: gentil reticencia en la que de nuevo se enmascara la enemistad plebeya contra todo lo privilegiado y soberano. Pero, como ya he dicho, esto es interpretación, no texto; y podría llegar alguien que, con una intención y una técnica de interpretación opuestas, supiese leer en esta misma naturaleza y en relación a los mismos fenómenos precisamente la imposición tiránica, avasalladora e implacable de las aspiraciones de poder, — un intérprete que pusiera delante de vuestros ojos el carácter universal e incondicional de toda «voluntad de poder», de modo que prácticamente cualquier palabra e incluso la palabra «tirano» acabase pareciendo inutilizable o ya una metáfora debilitante y mitigadora; y que, sin embargo, terminase por afirmar de este mundo lo mismo que vosotros, esto es, que tendría un curso «necesario» y «calculable», pero no porque en él rigen unas leyes, sino porque faltan leyes en absoluto y porque cualquier poder saca en cada instante su última consecuencia. Suponiendo que también esto no sea más que interpretación — ¿y seréis lo bastante impetuosos para hacer esta objeción? — pues bien, tanto mejor. —
Nietzsche, F. W. (2016). Más allá del bien y del mal, §22. Obras completas. Volumen IV. Tecnos, pp. 311–312.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si las leyes de la naturaleza que describe la ciencia son hechos objetivos o interpretaciones humanas.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Nietzsche defiende que la «regularidad de la naturaleza» de la que hablan los científicos no es un hecho objetivo sino una interpretación. Lo que los físicos presentan como leyes naturales es en realidad una recomposición del sentido que proyecta sobre la naturaleza los valores democráticos e igualitarios del alma moderna. Pero alguien podría leer los mismos fenómenos de forma opuesta: como expresión de una voluntad de poder tiránica e implacable. Y si también esta segunda lectura fuera solo una interpretación, tanto mejor: eso confirma la tesis de que no hay hechos, solo interpretaciones.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Nietzsche usa dos argumentos. El primero es filológico: las leyes naturales no son un «texto» que la ciencia descifra objetivamente, sino una «interpretación» que los científicos producen condicionados por sus valores e instintos. La regularidad que ven en la naturaleza refleja su ideal democrático de igualdad ante la ley, no la estructura real de las cosas. El segundo es la demostración por contraste: los mismos fenómenos pueden leerse de forma completamente opuesta, como expresión de una voluntad de poder sin leyes ni regularidad. Si dos interpretaciones incompatibles dan cuenta de los mismos hechos, ninguna de las dos puede reclamar objetividad. Y si alguien objeta que la propia tesis de Nietzsche es también una interpretación, él lo acepta con ironía: precisamente eso es lo que está defendiendo.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Popper mantendría una posición diferente. Para él las teorías científicas no son meras interpretaciones condicionadas por los valores del científico, sino conjeturas objetivas que pueden ser contrastadas con la realidad mediante experimentos y falsadas si no resisten la prueba. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si las leyes de la naturaleza fueran solo interpretaciones, no sería posible que unas teorías fracasen y otras tengan éxito al predecir fenómenos: la capacidad predictiva de la ciencia demuestra que hay algo en la realidad que las teorías capturan y que no depende del intérprete. Segundo, la tesis de Nietzsche contiene una tensión interna: al afirmar que «esto es interpretación, no texto», está formulando una proposición que pretende ser objetivamente verdadera sobre la naturaleza del conocimiento. Si también esa proposición fuera solo una interpretación, no tendría por qué ser más válida que la del científico que cree en la objetividad de las leyes naturales.
Disertación filosófica
PROPUESTA DE TEMA
¿Es posible un conocimiento perfectamente objetivo del mundo?
CÓMO HACER UNA DISERTACIÓN FILOSÓFICA
La disertación filosófica es un texto argumentativo en el que defiendes una posición razonada ante una pregunta filosófica. No se trata de dar tu opinión sin más, sino de construir una respuesta fundamentada en argumentos, apoyada en lo que han dicho los filósofos y capaz de considerar posiciones contrarias a la tuya. La finalidad de una disertación es llegar a una verdad lo más objetiva posible, esto es, que pueda ser compartida por todo ser racional. Todos los argumentos, estés personalmente de acuerdo o en desacuerdo con ellos, deben ser expuestos con el máximo rigor y fuerza. La extensión debe estar entre 1200 y 1600 palabras.
I. TRABAJO PREVIO
Paso 1: Elige la pregunta que más te interese
Elige la pregunta sobre la que tengas una opinión más clara, la que te resulte más cercana o la que te provoque más curiosidad. Si tienes una opinión fuerte sobre ella, aunque sea en contra, eso es buena señal: significa que tienes algo que decir. Ve a lo más cercano y sencillo para ti. La complejidad la encontrarás según profundices.
Paso 2: Busca las posibles interpretaciones
Las preguntas filosóficas contienen conceptos que pueden entenderse de varias maneras. Identifica las palabras clave y pregúntate qué pueden significar. Cada significado diferente produce una interpretación distinta de la pregunta.
Por ejemplo, la pregunta ¿Somos libres? admite al menos tres interpretaciones:
- Interpretación A: ¿Pueden nuestros actos escapar a las leyes de la física, la química y la biología?
- Interpretación B: ¿Somos capaces de decidir racionalmente sin que nos dominen las emociones o las presiones sociales?
- Interpretación C: ¿Garantizan las democracias actuales la libertad real de sus ciudadanos?
💡 Tip: Si no se te ocurren varias interpretaciones, prueba a cambiar una palabra clave por un sinónimo: no es lo mismo ¿somos libres? que ¿podemos elegir? o ¿estamos determinados? o ¿somos responsables de nuestros actos?
Paso 3: Piensa en las implicaciones de cada interpretación
Cada interpretación tiene implicaciones distintas. Pregúntate: si respondiera que sí, ¿qué se seguiría de ello? ¿Y si respondiera que no? La interpretación más interesante suele ser la que tiene las implicaciones más profundas.
Por ejemplo:
- Si no somos libres en sentido metafísico (A), no tiene sentido castigar a los delincuentes ni premiar a los virtuosos: toda la moral y el derecho se derrumban.
- Si las emociones deciden siempre por nosotros (B), la educación y el pensamiento crítico no sirven para nada.
- Si las democracias no garantizan la libertad real (C), hay que preguntarse qué sistema político sí podría hacerlo.
Paso 4: Valora la relevancia de cada interpretación y elige una
Explica cuál de las interpretaciones te parece más relevante y por qué las otras lo son menos. Luego elige una de forma coherente con lo que has dicho: sería contradictorio argumentar que la A es la más importante y luego trabajar con la C.
Paso 5: Señala las preguntas asociadas
Tu interpretación no está aislada: abre otras preguntas asociadas que puedes usar en la introducción y la conclusión. Por ejemplo, si eliges la interpretación A: ¿tiene sentido la responsabilidad moral si nuestros actos están determinados? ¿Puede existir la ética sin libre albedrío?
Paso 6: Formula tu tesis
Escribe en una frase la respuesta que vas a defender. Debe ser clara, concreta y discutible: alguien razonable debería poder estar en desacuerdo con ella. La tesis no contiene argumentos: eso viene después.
Ejemplos de buenas tesis:
- Los seres humanos somos libres a pesar de estar condicionados por las leyes de la naturaleza.
- No somos libres: nuestras decisiones están determinadas por procesos cerebrales que no controlamos.
Ejemplos de malas tesis:
- Somos libres. — Demasiado vago.
- La libertad es muy importante. — No responde a la pregunta.
- Cada persona es libre de hacer lo que quiera. — No tiene en cuenta ninguna objeción.
💡 Tip: A medida que investigas puede que descubras que tu tesis inicial era incorrecta. Puedes modificarla o reflejar en la conclusión por qué has cambiado de opinión. Una disertación se escribe para llegar a una verdad, no para demostrar que tenemos razón.
Paso 7: Busca argumentos y trabaja con las fuentes
Lee los textos de la pestaña de Práctica y los libros disponibles de la bibliografía buscando argumentos a favor y en contra de tu tesis. Para cada argumento que encuentres, anota:
- La idea principal, con tus propias palabras.
- La referencia completa: autor, año, título y página.
- Tu reacción: ¿estás de acuerdo?, ¿se te ocurre una objeción?, ¿te recuerda a otro autor?
Cómo citar. Hay dos formas:
Cita directa: reproduces las palabras exactas entre comillas, cuando la formulación exacta importa:
Según Sartre, estamos «condenados a ser libres» (Sartre, 1946, p. 39).
Cita indirecta: explicas con tus palabras lo que dice el autor, lo que demuestra que lo has comprendido:
Sartre defiende que incluso la decisión de no elegir es ya una elección, y que no podemos escapar de nuestra libertad (Sartre, 1946, p. 39).
En ambos casos, después de la cita debes explicar qué quiere decir el autor y relacionarla con tu argumento. Una cita sin explicación no demuestra nada.
Paso 8: Haz un esquema
Antes de redactar, escribe en tu cuaderno un esquema con la tesis, los argumentos a favor y en contra con sus citas, la valoración y la conclusión. Este esquema es tu hoja de ruta.
II. REDACCIÓN
Estructura de la disertación
Introducción (aprox. 15% del texto). Presenta las interpretaciones posibles, sus implicaciones y las preguntas que abren. Justifica cuál es la más relevante, elige una de forma coherente y formula tu tesis.
Desarrollo (aprox. 70% del texto). Aquí es donde hay dos formas de trabajar:
- Estructura básica — para quien necesita un guión claro:
- Argumentos a favor de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado con ejemplos y una cita explicada.
- Argumentos en contra de la tesis (al menos 2), expuestos con el mismo rigor. No los debilites a propósito.
- Valoración: compara ambos lados y explica cuáles pesan más y por qué.
Con esta estructura, hecha correctamente, puedes llegar al nivel notable.
- Estructura dialéctica — para quien quiere ir más allá:
En lugar de separar los argumentos en dos bloques, construye una conversación entre posiciones. Los argumentos se responden entre sí, se señalan sus límites sobre la marcha y el pensamiento progresa. No hay un bloque a favor y un bloque en contra: hay un recorrido en el que cada paso surge del anterior.
Por ejemplo, en lugar de escribir:
Argumento a favor 1: Kant defiende que somos libres porque la razón introduce una causalidad nueva en el mundo.
Argumento a favor 2: Sartre dice que estamos condenados a ser libres.
Argumento en contra 1: Laplace defiende el determinismo…
Argumento en contra 2: Los experimentos de Libet muestran que…
Podrías escribir:
Kant defiende que somos libres porque la razón introduce en el mundo una causalidad que no existe en la naturaleza. Sin embargo, esta posición choca con el determinismo científico: si el cerebro funciona según leyes físicas y químicas, ¿dónde queda la razón kantiana? Laplace llevó esta objeción al extremo al imaginar una inteligencia capaz de predecir todos los movimientos del universo… Pero el propio Laplace reconoció que su inteligencia era una ficción teórica, y la física cuántica ha cuestionado el determinismo clásico desde sus fundamentos. Esto no resuelve el problema, sino que lo desplaza: si hay indeterminismo a nivel subatómico, ¿es eso lo que llamamos libertad?…
Esta estructura es más exigente pero produce disertaciones mucho más ricas.
Conclusión (aprox. 15% del texto). Explica si te reafirmas en la tesis o si cambias de postura. Resume los argumentos que más peso han tenido. Señala las consecuencias o implicaciones para el mundo actual.
💡 Tip: Las mejores conclusiones vuelven al principio y cierran el círculo. Si abriste con una imagen, una pregunta o un dato sorprendente, retómalo aquí y muestra cómo tu argumentación le ha dado un sentido nuevo.
Bibliografía. Al final del texto, tras la conclusión, incluye una lista de las obras que has citado. No cuenta para el límite de palabras. El formato es el siguiente:
- Apellido, N. (año). Título de la obra. Editorial.
Por ejemplo:
- Kant, I. (1785). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Espasa-Calpe.
- Sartre, J.-P. (1946). El existencialismo es un humanismo. Edhasa.
Consejos de redacción
- No empieces con «La pregunta propuesta se puede interpretar de varias maneras». Busca una apertura que enganche: una imagen, una paradoja, un dato sorprendente, una pregunta provocadora, una experiencia personal.
- Haz frases cortas y claras. Evita las subordinadas en cadena.
- Busca las palabras exactas. Evita afirmaciones vagas.
- Los ejemplos más valiosos son los tuyos propios: de tu experiencia, de la actualidad, de la naturaleza, de la cultura. Evita repetir los que ya aparecen en los textos de práctica.
- Una cita sola, sin explicación, no demuestra nada. Explica siempre qué quiere decir el autor y por qué es relevante para tu argumento.
- Un argumento no es una frase. Requiere desarrollo, ejemplo y, si puede ser, una cita explicada.
- Usa la primera persona para tus propias ideas y la tercera persona para las ideas de otros autores.
Fases de escritura
Producción. Escribe todas las ideas sin preocuparte por el orden ni la corrección. El objetivo es sacar todo lo que tienes en la cabeza.
Edición. Ordena las ideas, redacta los párrafos, integra las citas con su explicación, conecta los argumentos entre sí.
Revisión. Lee el texto completo: ¿se entiende la tesis?, ¿los argumentos la sostienen?, ¿las citas están explicadas y relacionadas?, ¿la conclusión es coherente? Revisa ortografía y puntuación.
Ejemplo de disertación
La siguiente disertación es un ejemplo de cómo aplicar los pasos anteriores. No es un modelo perfecto: es un ejemplo de trabajo bien hecho que puedes usar como referencia.
¿Somos libres?
En 1983, el neurocientífico Benjamin Libet pidió a varios voluntarios que flexionaran la muñeca cuando quisieran, anotando el momento exacto en que tomaban la decisión. El resultado fue desconcertante: la actividad cerebral que preparaba el movimiento comenzaba 350 milisegundos antes de que los voluntarios fueran conscientes de haber decidido moverse. Es decir, cuando creían que acababan de elegir, su cerebro ya había empezado a actuar. ¿Significa esto que la libertad es una ilusión? ¿Que lo que llamamos «decisión» no es más que el último eco de un proceso que ya estaba en marcha sin nosotros?
La pregunta «¿somos libres?» puede entenderse en sentido político (¿vivimos sin coacción externa?), psicológico (¿decidimos sin que nos dominen las emociones?) o metafísico (¿pueden nuestros actos escapar a las leyes de la naturaleza?). La más relevante es la última, porque si la libertad metafísica no existe, las otras dos pierden su fundamento: ¿de qué sirve la libertad política si nuestras decisiones ya están determinadas de antemano? Esta interpretación abre preguntas inquietantes: ¿tiene sentido la responsabilidad moral si nadie podría haber actuado de otra manera? ¿Puede existir la ética sin libre albedrío?
En esta disertación se defenderá que los seres humanos somos libres a pesar de estar condicionados por las leyes de la naturaleza.
El argumento más sólido a favor de la libertad lo formuló Kant al distinguir entre el mundo de la naturaleza, donde todo está determinado por causas, y el mundo moral, donde el ser humano actúa según principios que él mismo se da. Para Kant, «la voluntad es una especie de causalidad de los seres vivos en tanto que son racionales, y la libertad sería la propiedad de esta causalidad» (Kant, 1785, p. 113). La razón introduce en el mundo un tipo de causa que no existe en la naturaleza: la capacidad de actuar por principios y no solo por impulsos. Cuando alguien siente ira, desea golpear a otra persona pero se detiene y decide no hacerlo, está ejerciendo algo que ningún proceso puramente mecánico puede explicar. Una piedra que cae no puede decidir dejar de caer.
Sin embargo, esta posición choca de frente con el determinismo científico. Si el cerebro funciona según leyes físicas y químicas, ¿dónde queda la razón kantiana? Laplace llevó esta objeción al extremo: «una inteligencia que conociera todas las fuerzas que animan la naturaleza podría abarcar en una sola fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los del átomo más ligero: nada le resultaría incierto y tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante sus ojos» (Laplace, 1814, p. 2). Si esto fuera cierto, nuestra sensación de elegir sería solo el último eslabón de una cadena causal que se remonta al origen del universo. Y aquí es donde el experimento de Libet parece darle la razón: si la decisión consciente llega después de que el cerebro ya ha iniciado el movimiento, quizás la libertad no es más que una historia que nos contamos a posteriori.
Pero el argumento determinista tiene dos grietas importantes. La primera es que la física cuántica ha demostrado que a nivel subatómico existen procesos genuinamente indeterminados, lo que cuestiona el determinismo clásico de Laplace desde sus propios fundamentos. La segunda, más interesante, la señaló el propio Libet: sus datos no demuestran que no haya libertad, sino que la libertad quizás no consiste en iniciar una acción sino en poder frenarla en el último momento. En sus experimentos, los voluntarios podían cancelar el movimiento incluso después de que el cerebro lo hubiera iniciado. Si eso es correcto, la libertad no es el origen de nuestros impulsos sino la capacidad de revisarlos, filtrarlos y decidir si actuamos conforme a ellos o no. Eso sigue siendo libertad, aunque de un tipo más modesto del que imaginamos.
A esto se añade un argumento que Sartre planteó desde otro ángulo: estamos «condenados a ser libres» (Sartre, 1946, p. 39). Incluso quien defiende que no somos libres elige sus argumentos, decide cómo organizarlos y espera convencer a sus lectores. Si realmente creyera que todo está determinado, no tendría sentido argumentar, porque la opinión de su interlocutor también estaría determinada y ningún argumento podría cambiarla. El determinismo contiene una contradicción en la forma en que se expresa: al defenderlo con palabras, parece negar la libertad, pero en la práctica la da por hecha. Algo parecido ocurre en la vida cotidiana. Por ejemplo, cuando un juez condena a alguien, está asumiendo que esa persona podría haber actuado de otra manera. Y cuando nos enfadamos porque alguien nos ha mentido, estamos suponiendo que también podría haber dicho la verdad. En el fondo, no podemos comportarnos como si no fuéramos libres, porque toda nuestra vida moral y social se basa precisamente en la idea de que sí lo somos.
El recorrido de esta disertación ha ido de Kant a Laplace, de Laplace a Libet, y de Libet a Sartre. En cada paso, la objeción al argumento anterior ha refinado la idea de libertad en lugar de destruirla. Lo que queda al final no es la libertad absoluta de quien puede hacer cualquier cosa al margen de la naturaleza, sino algo más preciso: la capacidad de reflexionar sobre los propios impulsos, reprimirlos si es necesario y actuar en función de principios que uno mismo se da. Eso es compatible con el determinismo neurológico y con los experimentos de Libet.
Volviendo al experimento con el que empezamos: que el cerebro inicie un movimiento antes de que seamos conscientes de haberlo decidido no demuestra que seamos autómatas. Demuestra que la libertad no es un acto puntual de creación espontánea sino un proceso continuo de revisión y autocontrol. Y eso, lejos de ser poco, es precisamente lo que hace posible la educación, la moral y la responsabilidad. Si la libertad fuera imposible, no tendría ningún sentido que estés leyendo esto.
Bibliografía
- Kant, I. (1785). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Espasa-Calpe.
- Laplace, P.-S. (1814). Ensayo filosófico sobre las probabilidades. Alianza.
- Libet, B. (2004). Mind Time. The Temporal Factor in Consciousness. Harvard University Press.
- Sartre, J.-P. (1946). El existencialismo es un humanismo. Edhasa.
III. EVALUACIÓN
Rúbrica de evaluación
| Criterio | Deficiente | Aceptable | Notable | Excelente |
|---|---|---|---|---|
| Claridad y precisión expresiva hasta 2 puntos | 0,5 pt. Vocabulario impreciso. Párrafos poco conectados. Errores frecuentes de ortografía o sintaxis. | 1 pt. Vocabulario sencillo pero adecuado. El texto se entiende correctamente. Pocos errores. | 1,5 pt. Vocabulario preciso y uso correcto de algunos conceptos filosóficos. Lectura fluida. | 2 pt. Expresión rigurosa y matizada. Estilo cuidado. Sin errores relevantes. |
| Estructura e introducción hasta 2 puntos | 0,5 pt. Falta alguna parte esencial o la organización resulta confusa. La tesis no aparece con claridad. | 1 pt. Introducción, desarrollo y conclusión reconocibles. La tesis se formula y se retoma al final. | 1,5 pt. La introducción presenta el problema y justifica la posición adoptada. La conclusión añade consecuencias o implicaciones. | 2 pt. Estructura muy coherente. La introducción orienta toda la reflexión y la conclusión cierra el recorrido argumentativo de forma convincente. |
| Argumentación hasta 3,5 puntos | 1 pt. Los argumentos apenas se desarrollan. Faltan ejemplos o citas, o estas no se explican adecuadamente. No se consideran posiciones contrarias. | 2 pt. Presenta al menos dos argumentos a favor y dos en contra, desarrollados con ejemplos y citas comentadas. La valoración final existe, pero los argumentos se presentan por separado si relacionarse entre sí. | 3 pt. Los argumentos se comparan y contrastan. Se señalan fortalezas y debilidades de cada posición. La valoración final está razonada y muestra comprensión de las distintas perspectivas. | 3,5 pt. Los argumentos dialogan entre sí: unas posiciones responden a otras, se muestran sus límites y consecuencias, y la reflexión progresa. La valoración final justifica por qué unos argumentos resultan más sólidos que otros. |
| Originalidad hasta 1,5 puntos | 0,25 pt. Se limita a reproducir ideas trabajadas en clase o ejemplos ya utilizados. | 0,75 pt. Incluye alguna aportación o valoración personal. | 1 pt. Utiliza ejemplos propios o plantea preguntas relevantes que amplían el debate. | 1,5 pt. Desarrolla una perspectiva personal y original, apoyada en ejemplos significativos y bien integrados. |
| Criterio holístico hasta 1 punto | 0,25 pt. El texto resulta poco convincente o apenas invita a reflexionar. | 0,5 pt. Cumple lo requerido sin destacar especialmente. | 0,75 pt. Destaca en algún aspecto relevante (argumentación, originalidad, conclusión, etc.). | 1 pt. El conjunto resulta especialmente sólido, sugerente o estimulante para el lector. |
Nota final: suma de los cinco criterios sobre 10 puntos.
Sobre la estructura: quien sigue correctamente la estructura básica puede alcanzar el nivel notable. El nivel excelente exige que los argumentos dialoguen entre sí y que la reflexión avance más allá de una simple acumulación de ideas.
Argumentos adicionales: los argumentos extra bien desarrollados, acompañados de citas y ejemplos pertinentes, podrán compensar parcialmente otros aspectos de la evaluación.
Penalizaciones: −0,25 por cada falta de ortografía · −0,05 por cada falta de tilde.
Recursos
Bibliografía
- Descartes, R. (1644). Principios de la filosofía. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 17–18.
- Hume, D. (1748). Investigación sobre el entendimiento humano. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 109–110.
- Kant, I. (1783). Prolegómenos a toda metafísica futura. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 117–119.
- Nietzsche, F. W. (2016). «Más allá del bien y del mal». En Obras completas. Volumen IV. Tecnos, pp. 311–312.
- Platón. Teeteto. En Verneaux, R. (1988). Textos de los grandes filósofos. Edad Antigua. Herder, pp. 19–21.
- Popper, K. R. (1992). Conocimiento objetivo. Un enfoque evolucionista. Tecnos.
- Sexto Empírico (2008). Esbozos pirrónicos. Gredos.
- Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder.
- Verneaux, R. (1988). Textos de los grandes filósofos. Edad Antigua. Herder.
Vídeos
Glosario
GLOSARIO
Abstracción. Operación del Entendimiento por la que, según Aristóteles, la mente extrae las formas o esencias universales a partir de la experiencia de objetos particulares. De la observación de muchos caballos distintos se obtiene el concepto universal de «caballo».
Anámnesis (reminiscencia). En la filosofía de Platón, la doctrina según la cual conocer no es aprender algo nuevo sino recordar. Antes de nacer, el alma habitó el mundo de las Ideas y las contempló directamente; al caer al mundo sensible, las olvidó. La experiencia de las cosas sensibles actúa como estímulo que ayuda a recordarlas.
Deducción. Método por el que, a partir de principios o leyes generales ya establecidos, se extraen conclusiones sobre casos particulares. Segundo paso del método inductivo-deductivo de Aristóteles. Ejemplo: si todos los metales se dilatan con el calor, y el cobre es un metal, entonces el cobre se dilata con el calor.
Dialéctica. En sentido socrático, método de conocimiento basado en el diálogo y la pregunta. En sentido platónico, método filosófico por excelencia: el uso puro de la razón, sin apoyarse en ningún objeto sensible, para captar las Ideas directamente.
Dialéctica ascendente. En Platón, movimiento por el que la mente se eleva progresivamente desde las Ideas más particulares hasta la Idea de Bien, el principio supremo del que todas las demás Ideas dependen y del que reciben su ser y su verdad.
Dialéctica descendente. En Platón, movimiento inverso a la ascendente: desde la Idea de Bien, el filósofo desciende a través del sistema de Ideas para determinar qué relaciones de combinación y articulación son posibles entre ellas. Véase también symploké.
Dianoia. Tercer nivel de conocimiento en el símil de la línea de Platón, correspondiente al pensamiento discursivo o razonamiento matemático. Se ocupa de los entes matemáticos (figuras geométricas, números), que son eternos como las Ideas pero múltiples, a diferencia de ellas. Es el grado inferior de la episteme.
Doxa. En Platón, la mera opinión, opuesta al verdadero conocimiento (episteme). Es el único tipo de conocimiento posible sobre las cosas del mundo sensible, dado que estas son cambiantes e imperfectas. Se divide en dos grados: eikasía y pístis.
Eikasía. Grado más bajo de conocimiento en el símil de la línea de Platón. Corresponde a la imaginación o a la percepción de sombras e imágenes de los objetos sensibles, no de los objetos mismos. En el mito de la caverna equivale a las sombras proyectadas en la pared.
Entendimiento (Nous). En Aristóteles, la facultad que permite captar las formas o esencias universales de las cosas más allá de sus características particulares. Se distingue del conjunto de los sentidos, que solo informan de objetos concretos. Tiene dos aspectos complementarios: el entendimiento agente y el entendimiento paciente.
Entendimiento agente. En Aristóteles, el aspecto activo del Entendimiento que «ilumina» los contenidos recibidos por los sentidos, haciendo posible que el entendimiento paciente abstraiga de ellos las formas universales.
Entendimiento paciente. En Aristóteles, el aspecto receptivo del Entendimiento en el que se imprimen las formas universales una vez iluminadas por el entendimiento agente. Es la facultad que recibe y retiene los conceptos abstraídos de la experiencia.
Episteme. En Platón, el verdadero conocimiento, opuesto a la mera opinión (doxa). Se corresponde con el conocimiento de las Ideas, que son realidades inmateriales, eternas e inmutables. Se divide en dos grados: dianoia y noesis.
Epistemología. También llamada gnoseología o teoría del conocimiento. Rama de la filosofía que estudia el conocimiento mismo: qué es, cómo lo obtenemos, qué límites tiene y qué métodos son fiables para alcanzarlo.
Escepticismo. Posición filosófica según la cual la verdad no existe o, si existiera, sería imposible conocerla. En su forma más radical (pirronismo), sostiene que ante cualquier afirmación puede formularse otra de igual fuerza que la contradiga, por lo que lo racional es suspender el juicio y alcanzar así la ataraxia. No debe confundirse con el escepticismo metódico de Descartes, que usa la duda como herramienta provisional para encontrar una verdad indudable.
Idea de Bien. En Platón, el principio supremo del mundo inteligible, del que todas las demás Ideas dependen y del que reciben su ser y su verdad. En el mito de la caverna equivale al sol: así como el sol ilumina y hace visibles las cosas del mundo sensible, la Idea de Bien hace cognoscibles todas las Ideas del mundo inteligible.
Ideas (mundo de las). En Platón, el conjunto de realidades inmateriales, eternas e inmutables que constituyen la verdadera realidad: la Idea de Justicia, la Idea de Belleza, la Idea de Bien, etc. Las cosas del mundo sensible solo participan de las Ideas, de las que son copias imperfectas. Véase también mundo inteligible.
Inducción. Método por el que, a partir de la observación de casos particulares, se extraen principios o leyes generales. Primer paso del método inductivo-deductivo de Aristóteles. Ejemplo: de observar que distintos metales se dilatan con el calor se concluye que todos los metales se dilatan con el calor.
Ironía socrática. Primer momento del método dialéctico de Sócrates. Consiste en que Sócrates se muestra ignorante ante su interlocutor y, mediante preguntas, le hace ver que tampoco sabe lo que creía saber. No es una renuncia al conocimiento sino un punto de partida honesto que obliga al interlocutor a examinar sus propias creencias.
Mayéutica. Segundo momento del método dialéctico de Sócrates. Del griego maieutikē: el arte de la partera. Mediante nuevas preguntas, Sócrates ayuda al interlocutor a «dar a luz» los conocimientos que ya lleva dentro de sí. El verdadero conocimiento no se transmite desde fuera sino que se descubre desde dentro mediante el ejercicio de la razón.
Método inductivo-deductivo. Método científico desarrollado sistemáticamente por Aristóteles, que combina dos movimientos complementarios: la inducción (de casos particulares a principios generales) y la deducción (de principios generales a conclusiones particulares). Su punto de partida es siempre la observación de la experiencia sensible.
Mito de la caverna. Alegoría propuesta por Platón en la República para ilustrar los distintos grados de conocimiento y el camino que conduce desde la ignorancia hasta la sabiduría. Los prisioneros encadenados en el fondo de una caverna solo ven sombras proyectadas en la pared (eikasía); liberarse y salir al exterior equivale a ascender progresivamente desde la opinión hasta el conocimiento de las Ideas y, finalmente, de la Idea de Bien.
Mundo inteligible. En Platón, el ámbito de las Ideas: realidades inmateriales, eternas e inmutables accesibles solo a la razón, no a los sentidos. Se opone al mundo sensible. Solo el mundo inteligible posee verdadera realidad; el mundo sensible no es más que un reflejo imperfecto de él.
Mundo sensible. En Platón, el conjunto de cosas materiales, temporales y cambiantes que percibimos con los sentidos. Las cosas del mundo sensible no son verdaderamente reales: solo participan de las Ideas, de las que son copias imperfectas. Se opone al mundo inteligible.
Noesis. Grado más alto de conocimiento en el símil de la línea de Platón. Consiste en la intuición intelectual directa de las Ideas puras (Bien, Justicia, Belleza…), sin apoyarse en ningún objeto sensible ni en hipótesis matemáticas. Es el nivel superior de la episteme y se alcanza mediante la dialéctica.
Pístis. Segundo nivel de conocimiento en el símil de la línea de Platón, correspondiente a la creencia o percepción directa de los objetos sensibles (árboles, piedras, animales…). Es el grado más alto de la doxa, pero sigue siendo mera opinión porque sus objetos son cambiantes e imperfectos.
Principio de no contradicción. Principio lógico fundamental formulado por Aristóteles: nada puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido. Sin este principio, ningún argumento racional sería posible. Aristóteles considera que incluso quienes pretenden negarlo lo presuponen al hacerlo.
Relativismo. Posición filosófica según la cual no existe una verdad absoluta y objetiva: cada persona, cultura o época tiene la suya. La formulación más célebre es la de Protágoras: «El hombre es la medida de todas las cosas». Se opone al objetivismo. A diferencia del escepticismo, el relativista no niega que exista la verdad, sino que la hace depender del sujeto que la percibe.
Segunda navegación. Metáfora del Fedón de Platón para describir el giro decisivo de su filosofía. La primera navegación representa el intento de los filósofos naturalistas de explicar la realidad observando directamente los fenómenos sensibles (con el «viento» de los sentidos). Ante el fracaso de esa vía, Platón emprende una segunda navegación a remo y sin viento: abandona el mundo sensible y se refugia en los argumentos y conceptos racionales (logoi), descubriendo en ellos la existencia del mundo de las Ideas.
Símil de la línea. Imagen propuesta por Platón en la República para representar esquemáticamente los distintos grados de conocimiento y de realidad. Una línea se divide en dos segmentos desiguales: el menor representa la doxa u opinión (sobre el mundo sensible) y el mayor la episteme o conocimiento verdadero (sobre el mundo inteligible). Cada segmento se subdivide a su vez: la doxa comprende la eikasía y la pístis; la episteme comprende la dianoia y la noesis.
Sofistas. Maestros profesionales de retórica y oratoria que llegaron a Atenas procedentes de distintas partes del mundo griego en el siglo V a.C. El contacto con culturas y leyes muy diferentes les llevó a cuestionar la existencia de una verdad universal, defendiendo posiciones relativistas o escépticas. Sócrates los tuvo como principales adversarios filosóficos.
Symploké. Término platónico que designa la red de relaciones de combinación y articulación entre las Ideas. No todas las Ideas son compatibles entre sí: la dialéctica descendente determina cuáles pueden combinarse y cuáles no, tejiendo así la estructura inteligible de la realidad.

