Teoría del conocimiento

Teoría

 

¿QUÉ ES LA CIENCIA?

¿Existe la ciencia como algo unitario? ¿Son todas las ciencias iguales? ¿Deben compartir el mismo método? ¿Pueden las ciencias explicarlo absolutamente todo? ¿Describen las teorías científicas la verdadera realidad? ¿Qué son las pseudociencias?

Estas preguntas son el objeto de la filosofía de la ciencia, que trata de averiguar cuatro cosas:

  1. las características que distinguen la investigación científica de otros tipos de investigación,
  2. los procedimientos que deben seguir los científicos,
  3. las condiciones que debe reunir una explicación científica para ser correcta,
  4. y el tipo y la fiabilidad del saber que resulta de la actividad científica.

 

REALISMO E INSTRUMENTALISMO CIENTÍFICOS

Una de las preguntas más antiguas y persistentes de la filosofía de la ciencia es si las teorías científicas describen realmente el mundo o son simplemente herramientas útiles para predecir fenómenos. Este debate opone el realismo científico al instrumentalismo.

Los pitagóricos son los primeros representantes del realismo: para ellos, las matemáticas no son una mera herramienta racional sino la descripción perfecta del orden del universo. El mundo se compone de relaciones matemáticas. Platón sigue esa orientación al defender que la estructura profunda de la realidad no se nos aparece directamente, sino que lo fenoménico oculta el verdadero ser: el mundo de las Ideas.

Frente al realismo, la postura instrumentalista sostiene que las teorías científicas no describen la realidad: son herramientas explicativas y predictivas de alcance limitado. Aunque las teorías funcionasen bien, nunca podríamos saber si se corresponden con la realidad, porque no tenemos acceso directo a ella sino siempre mediado por nuestros aparatos conceptuales. La tarea de las teorías científicas consiste simplemente en explicar los fenómenos, sin ningún compromiso sobre cómo es el mundo en sí mismo.

💡 Tip: Reflexiona sobre esto: ¿las matemáticas se descubren o se inventan? ¿Los números son reales o son una construcción humana? Tu respuesta a esas preguntas te situará del lado del realismo o del instrumentalismo.

 

El debate en la astronomía antigua: Ptolomeo

Desde la Antigüedad se consideraba que el movimiento perfecto de los cuerpos celestes debía ser circular. Pero los planetas —y en especial Marte— describen a nuestros ojos una trayectoria extraña: en ciertos momentos parecen retroceder. Este fenómeno se llama movimiento de retrogradación y es la razón por la que los griegos llamaron a estos cuerpos planetas (en griego, «errantes»).

epiciclo

 

Claudio Ptolomeo (100–178) introdujo sofisticados dispositivos teóricos —los epiciclos y los deferentes— para dar cuenta de ese movimiento aparentemente desordenado. Su postura fue ambivalente: en el Almagesto sugiere que sus modelos matemáticos no describen el movimiento real de los planetas sino que solo sirven para calcular sus trayectorias (postura instrumentalista); pero en las Hypotheses planetarum sostiene que esos dispositivos forman parte de la estructura real del universo (postura realista).

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La Revolución Científica: Copérnico y Galileo

El debate reaparece en los siglos XVI y XVII, durante la llamada Revolución Científica. Nicolás Copérnico (1473–1543) mantuvo un compromiso realista con su modelo heliocéntrico, aunque el teólogo Andreas Osiander, en el prólogo de su obra De revolutionibus orbium coelestium (1543), presentó ese modelo como un mero artificio matemático para simplificar los cálculos del sistema ptolemaico.

 

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Pocos años después, el debate tuvo como protagonistas al cardenal Roberto Bellarmino (1542–1621) y al físico Galileo Galilei (1564–1642). Bellarmino pidió a Galileo que adoptase una postura instrumentalista sobre el heliocentrismo, ya que sus pruebas —observaciones de cráteres lunares, cuatro lunas de Júpiter, manchas solares y las fases de Venus— no eran concluyentes. Galileo rechazó la recomendación y publicó en 1632 el Diálogo sobre los principales sistemas del mundo, donde defendía abiertamente el heliocentrismo copernicano. Tras un proceso inquisitorial, fue condenado a arresto domiciliario de por vida.

Galileo también realizó importantes aportaciones metodológicas. Propuso que lo que distingue las explicaciones científicas de otras es que se basan en las propiedades primarias de los objetos: aquellas que pueden medirse cuantitativamente (forma, tamaño, peso, velocidad…), a diferencia de las propiedades secundarias (colores, sabores, olores…), que son subjetivas y solo existen en nuestra mente. Además, amplió el método inductivo-deductivo aristotélico introduciendo experimentos mentales o abstracciones que permiten entender por extrapolación cómo se comportarían los cuerpos en condiciones ideales. Su pregunta sobre cómo caerían los cuerpos en el vacío es un ejemplo: no puede responderse experimentalmente en condiciones naturales ordinarias.

 

La piedra angular del método científico es el postulado de la objetividad de la Naturaleza. Es decir, la negativa sistemática a considerar capaz de conducir a un conocimiento «verdadero» toda interpretación de los fenómenos dada en términos de causas finales, es decir de «proyecto». Se puede fechar exactamente el descubrimiento de este principio. La formulación, por Galileo y Descartes, del principio de inercia, no fundaba sólo la mecánica, sino la epistemología de la ciencia moderna, aboliendo la física y la cosmología de Aristóteles. Cierto; ni la razón, ni la lógica, ni la experiencia, ni incluso la idea de su confrontación sistemática habían faltado a los predecesores de Descartes. Pero la ciencia, tal como la entendemos hoy, no podía constituirse sobre estas únicas bases. Le faltaba todavía la austera censura impuesta por el postulado de objetividad. Postulado puro, por siempre indemostrable, porque evidentemente es imposible imaginar una experiencia que pudiera probar la no existencia de un proyecto, de un fin perseguido, en cualquier parte de la naturaleza.

Jacques Monod, El azar y la necesidad, 1970.

 

Kepler y la abducción

Johannes Kepler (1571–1630), astrónomo y matemático alemán, contribuyó decisivamente al desarrollo del modelo copernicano y lo hizo empleando una forma de razonamiento distinta de la inducción y la deducción: la abducción.

Si la inducción exige examinar todos los casos particulares para llegar a un principio general —algo que en la práctica es imposible—, la abducción relaja esa exigencia y se conforma con una inferencia a la mejor explicación. El lógico Charles Sanders Peirce (1839–1914) la formuló así: «El hecho C es observado; pero si A fuera verdadera, por supuesto se daría C; luego hay razón para sospechar que A es verdadera» (Collected Papers, 5.189). No es un razonamiento lógicamente riguroso, pero permite formular hipótesis plausibles a partir de los datos disponibles.

Kepler la aplicó al problema de la órbita de Marte. Sus cálculos basados en una órbita circular diferían en 8 minutos de arco respecto a las observaciones del astrónomo Tycho Brahe. Ante esa discrepancia, en lugar de atribuirla a un error de observación, Kepler cuestionó el supuesto de partida —que la órbita fuese circular— y fue probando diferentes figuras ovales hasta dar con que la elipse encajaba perfectamente con los datos. En sus propias palabras:

Es imposible que Tycho cometiera un error de observación equivalente a ocho minutos; debemos buscar el origen de las discrepancias en nuestras hipótesis iniciales. Esos ocho minutos que no tenemos derecho a descuidar nos brindarán el medio para reformar toda la astronomía. (Astronomia nova, 1609)

Desde su razonamiento abductivo, Kepler no demostró que la órbita de Marte sea verdaderamente elíptica: demostró que esa hipótesis es la que mejor da cuenta de las observaciones. La abducción es, en definitiva, una estrategia para el descubrimiento científico —una forma de llegar a la mejor hipótesis posible— sin comprometerse con que esa hipótesis describa la realidad tal como es.

 

Newton y el método axiomático

Isaac Newton (1642–1727) defendió el procedimiento inductivo-deductivo frente al modelo puramente deductivo de Descartes, pero en su obra principal, Principios matemáticos de la filosofía natural (1687), aplicó un método axiomático que consta de tres etapas.

La primera es la formulación de un sistema axiomático: un conjunto de teoremas, definiciones y axiomas organizados deductivamente. Un axioma es un principio fundamental e indemostrable sobre el que se construye una teoría. Aquí es donde Newton enuncia sus tres leyes del movimiento:

  • Primera ley (inercia): todo cuerpo continúa en reposo o en movimiento uniforme y rectilíneo salvo que una fuerza lo obligue a cambiar de estado.
  • Segunda ley: el cambio de movimiento es proporcional a la fuerza aplicada y se produce en la dirección de esa fuerza.
  • Tercera ley (acción y reacción): a toda acción se opone siempre una reacción igual y en sentido contrario.

La segunda etapa es especificar un procedimiento de correlación entre los teoremas del sistema axiomático y las observaciones empíricas. Esta distinción entre el sistema formal y su aplicación empírica fue una de las contribuciones más importantes de Newton a la metodología científica. La tercera etapa es la confirmación empírica de las consecuencias derivadas del sistema. Newton subrayaba, sin embargo, que todas las interpretaciones de los procesos naturales son contingentes y están sujetas a revisión a la luz de nuevas evidencias.

 


Con Newton, la ciencia parece haber alcanzado su forma definitiva: un sistema axiomático que describe el universo con precisión matemática y que la experiencia confirma una y otra vez. Durante más de un siglo nadie duda seriamente de que la física newtoniana describe la realidad tal como es. Pero en el siglo XIX esa confianza empieza a resquebrajarse, no por un fallo experimental sino por un descubrimiento puramente teórico: resulta que hay más de una geometría posible, y todas son igualmente coherentes. Si las matemáticas, el lenguaje de la ciencia, admiten varios sistemas incompatibles entre sí, ¿cuál de ellos describe el mundo real? ¿O acaso ninguno lo hace?


 

Las geometrías no euclidianas y el convencionalismo

Un nuevo cuestionamiento del estatus de las teorías científicas llegó en el siglo XIX con la construcción de las geometrías no euclidianas. Bernhard Riemann (1826–1866) y Nikolai Lobachevsky (1792–1856) desarrollaron respectivamente la geometría elíptica (de curvatura positiva) y la geometría hiperbólica (de curvatura negativa), alternativas perfectamente coherentes a la geometría plana de Euclides.

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Esto no invalidó la geometría euclidiana, pero mostró que pueden existir varios sistemas matemáticos igualmente válidos e internamente coherentes que resultan incompatibles entre sí. Y que cualquiera de ellos puede o no corresponderse con lo que encontramos en la naturaleza. De ahí surgió la tesis convencionalista: las teorías matemáticas —y por extensión las científicas— son convenciones que quizá representan aspectos del mundo, pero sobre las que nunca podemos tener la certeza de que describen exactamente cómo funciona la realidad.

 

POSTURAS SOBRE EL ESTATUS DE LAS TEORÍAS CIENTÍFICAS

PosturaTesis central
RealismoLas ciencias nos proporcionan una representación adecuada del mundo tal como es, con independencia de nosotros.
InstrumentalismoNo podemos saber si las teorías científicas describen adecuadamente la realidad. Las aceptamos porque nos proporcionan buenas predicciones.
RelativismoNo podemos saber si las teorías científicas describen adecuadamente la realidad. Las aceptamos porque se corresponden con la imagen del mundo del grupo al que pertenecemos.
ConvencionalismoLas teorías científicas son convenciones útiles. Pueden representar aspectos del mundo, pero no hay garantía de que lo describan tal como es.

 

Práctica

 

Lee atentamente cada texto y responde a las cuatro preguntas en tu cuaderno.

 

Es una teoría de la razón que asigna a los argumentos racionales el papel modesto pero importante de criticar nuestros intentos, con frecuencia errados, por resolver nuestros problemas. Es también una teoría de la experiencia que asigna a nuestras observaciones el papel igualmente modesto y casi igualmente importante de constituir tests que puedan ayudarnos a descubrir nuestros errores. Si bien destaca nuestra falibilidad, no se resigna al escepticismo, pues al mismo tiempo destaca el hecho de que el conocimiento puede incrementarse y que la ciencia puede progresar, justamente porque aprendemos de nuestros errores. El conocimiento científico progresa a través de anticipaciones injustificadas (e injustificables), de presunciones, de soluciones tentativas para nuestros problemas, de conjeturas. Estas conjeturas son controladas por la crítica; esto es, por intentos de refutaciones, entre las que se cuentan tests severamente críticos. Ellas pueden sobrevivir a estos tests, pero nunca pueden ser justificadas categóricamente: no se las puede establecer como indudablemente verdaderas, ni siquiera como «probables». La crítica de nuestras conjeturas es de importancia decisiva: al poner de manifiesto nuestros errores, nos hace comprender las dificultades del problema que estamos tratando de resolver. La misma refutación de una teoría —es decir, de una solución tentativa seria para nuestro problema— es siempre un paso adelante que nos acerca a la verdad. Y es ésta la manera por la cual podemos aprender de nuestros errores. A medida que aprendemos de nuestros errores, nuestro conocimiento aumenta, aunque nunca podemos llegar a conocer con certeza. Aquellas teorías que resultan más resistentes a la crítica y que parecen, en una cierta época, mejores aproximaciones a la verdad que otras teorías conocidas, pueden ser descritas como «la ciencia» de esa época. Puesto que ninguna de ellas puede ser justificada de manera categórica, lo que constituye fundamentalmente la racionalidad de la ciencia es el carácter crítico y progresivo de las mismas.

Popper, K. R. (1983). Conjeturas y refutaciones. Trad. Míguez, N. Paidós, pp. 13–14.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si la ciencia puede progresar realmente hacia la verdad a pesar de que sus teorías nunca puedan verificarse definitivamente.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Popper defiende que sí: la ciencia progresa hacia la verdad, aunque nunca la alcance con certeza. El conocimiento científico avanza mediante conjeturas «injustificadas e injustificables» que se someten a intentos de refutación. Las teorías que sobreviven a los tests más severos son mejores aproximaciones a la verdad, pero nunca pueden establecerse como indudablemente verdaderas. Cada refutación, lejos de ser un fracaso, es un paso adelante: nos muestra un error y nos permite proponer una solución mejor. La racionalidad de la ciencia no consiste en demostrar verdades, sino en su carácter crítico y progresivo.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Popper usa dos argumentos. El primero es el argumento del progreso por eliminación de errores: si cada refutación nos revela un error y nos obliga a proponer una teoría que lo corrija, el conocimiento se acumula, pues las nuevas conjeturas explican más fenómenos que las anteriores. Este progreso solo tiene sentido si hay una realidad independiente con la que las teorías pueden chocar, de modo que la ciencia describe esa realidad de forma cada vez más precisa. El segundo es el argumento contra el escepticismo: aunque ninguna teoría pueda justificarse categóricamente, eso no significa que todas valgan igual. Las que resisten más tests son «mejores aproximaciones a la verdad», y es esa diferencia de grado la que convierte a la ciencia en una empresa racional, no en una simple sucesión de opiniones.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Kuhn mantendría una posición diferente. Para él la ciencia no avanza linealmente hacia la verdad, sino que evoluciona mediante revoluciones de paradigma que son incomparables entre sí. Dos argumentos justifican esta posición: primero, no existe un punto de vista neutral desde el que medir cuánto se ha «acercado» la ciencia a la verdad, porque cada paradigma define sus propios criterios de éxito, sus problemas y sus soluciones aceptables; comparar Newton con Einstein como si uno fuera «más verdadero» que el otro carece de sentido. Segundo, usando una analogía con Darwin, Kuhn señala que la ciencia evoluciona desde lo que conocemos, no hacia una meta prefijada; del mismo modo que la selección natural no tiene una dirección teleológica, el desarrollo científico no avanza hacia una descripción final de la realidad.

 

A favor del realismo científico


«Lo que es» se dice en muchos sentidos: significa el qué-es y algo determinado y, de otra parte, la cualidad, la cantidad o cualquier otra de las cosas que se predican de este modo. Pues bien, si «lo que es» se dice tal en todos estos sentidos, es evidente que lo que es primero de todos ellos es el qué-es referido a la entidad; efectivamente, cuando queremos decir de qué cualidad es algo determinado, decimos que es bueno o malo, pero no que es de tres codos o un hombre; por el contrario, cuando queremos decir qué es, no decimos que es blanco o caliente o de tres codos, sino «hombre» o «dios»; mientras que las demás cosas se denominan «cosas que son» porque son cantidades o cualidades o afecciones o alguna otra determinación de lo que es en ese sentido. […] Ninguna de las otras cosas que se predican es capaz de existencia separada, sino solamente ella. Y también ella es primera en cuanto a la noción, ya que en la noción de cada una de las demás está incluida necesariamente la de entidad. Y, en fin, pensamos que conocemos cada cosa, sobre todo, cuando sabemos qué es el hombre o el fuego, más que si sabemos la cualidad, la cantidad o el dónde; y es que incluso conocemos cada una de estas cosas cuando sabemos qué es la cantidad o la cualidad. Conque la cuestión que se está indagando desde antiguo y ahora y siempre, y que siempre resulta aporética, qué es «lo que es», viene a identificarse con ésta: ¿qué es la entidad? Ésta, unos dicen que es una sola y otros que más de una, y unos que son limitadas en número y otros que infinitas. Por ello también nosotros hemos de estudiar, sobre todo, en primer lugar y —por así decirlo— exclusivamente, qué es «lo que es» en el sentido indicado. Por otra parte, parece con total evidencia que el ser entidad corresponde a los cuerpos; por eso decimos que son entidades los animales y las plantas y sus partes, y los cuerpos naturales como el fuego, el agua, la tierra. Ahora bien, hemos de examinar si son éstas las únicas entidades o hay también otras.

Aristóteles (1994). Metafísica, VII (Z), cap. 1. Ed. Calvo Martínez, T. Gredos, 1028a10–1028b15.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es qué significa decir que algo «es» y, en último término, qué es la entidad o sustancia.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Aristóteles defiende que la realidad tiene una estructura objetiva y jerarquizada: las cosas son lo que son en virtud de su entidad o sustancia, que es lo primero y más fundamental de cuanto existe. Todo lo demás —cualidades, cantidades, relaciones— depende de la entidad y no puede existir separado de ella. Por eso el conocimiento científico genuino, cuando alcanza el «qué es» de algo —cuando sabe que esto es un hombre, que aquello es fuego—, está describiendo la estructura real del mundo, no una apariencia subjetiva.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Aristóteles ofrece tres argumentos entrelazados. El primero es ontológico: la entidad es lo único capaz de existencia separada e independiente; las demás categorías solo existen en la entidad, por lo que es primaria en el orden del ser. El segundo es lógico: en la noción de cualquier otra categoría está incluida necesariamente la de entidad —para hablar de «lo bueno» o «lo blanco» necesitamos un «algo» que sea bueno o blanco—, lo que muestra que la entidad es primaria también en el orden del pensamiento. El tercero es epistemológico: Aristóteles distingue expresamente dos tipos de pregunta —preguntar de qué cualidad es algo y preguntar qué es algo— y muestra que la segunda es más fundamental; decimos que conocemos algo de verdad cuando sabemos qué es (hombre, fuego), no cuando solo sabemos que es blanco o caliente.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Hume mantendría una posición diferente. Para él la ciencia no puede captar ninguna «esencia» ni «entidad» oculta, sino solo cualidades sensibles y conjunciones habituales entre ellas. Dos argumentos justifican esta posición: primero, los sentidos solo nos dan cualidades superficiales —color, peso, textura—, nunca la estructura interna que las produce; no hay ninguna impresión de una «entidad» o «esencia», y sin impresión no hay idea legítima. Segundo, no existe inferencia válida que nos lleve de las apariencias observadas a una supuesta naturaleza profunda; la costumbre, no la razón, es lo que nos hace esperar que el futuro se parezca al pasado.

 


La tarea y el propósito de la ciencia humana consiste en descubrir la Forma de una naturaleza dada, es decir, la diferencia verdadera o natura naturante o fuente de emanación. Se sostiene con razón que «el verdadero saber es un saber por causas». Pero el descubrimiento de las Formas es tenido por cosa imposible; con el nombre de Forma entendemos dicha ley y sus artículos. Quien conoce sólo la causa material y eficiente puede llegar a nuevos descubrimientos en una materia similar hasta cierto punto, pero no puede penetrar en los límites más profundos de las cosas. Sin embargo, quien conoce las Formas abraza la unidad de la naturaleza en materias disparísimas y, por tanto, puede descubrir y producir lo que hasta ahora no se ha efectuado, cosas que ni las vicisitudes de la naturaleza, ni las actividades experimentales, ni el azar han producido jamás. Por eso del descubrimiento de las Formas se sigue el conocimiento verdadero y la operatividad libre. La Forma verdadera es tal que, una vez puesta, la naturaleza en cuestión se sigue infaliblemente y se encuentra presente siempre que dicha naturaleza está presente, la afirma universalmente y está constantemente inherente a ella. Por el contrario, ausente la Forma, la naturaleza en cuestión se escapa infaliblemente. La fórmula y el precepto de un axioma verdadero y perfecto del saber será la siguiente: que se descubra una naturaleza que sea convertible con la naturaleza dada y que sea una limitación de una naturaleza más conocida, como de un género verdadero. Ahora bien, estos dos enunciados, el activo y el contemplativo, son la misma cosa, y lo que en la operación resulta más útil es en el conocimiento lo más verdadero.

Bacon, F. (2011). La gran restauración (Novum Organum), II, aforismos I–IV. pp. 179–184.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es cuál es el verdadero objetivo de la ciencia y qué tipo de conocimiento debe perseguir.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Bacon defiende que la ciencia debe descubrir las Formas, es decir, las leyes fundamentales y reales de la naturaleza. Estas Formas son los principios que explican por qué los fenómenos ocurren necesariamente: cuando la Forma está presente, la propiedad correspondiente aparece siempre e infaliblemente; cuando falta, desaparece. Quien conoce solo causas materiales o eficientes puede reproducir lo ya conocido, pero quien conoce las Formas puede producir efectos completamente nuevos. Por eso del descubrimiento de las Formas se sigue a la vez el conocimiento verdadero y la capacidad de transformar la naturaleza.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Bacon usa dos argumentos. El primero es el argumento de la universalidad y la potencia: quien conoce solo causas materiales o eficientes puede hacer descubrimientos en materias similares, pero no puede penetrar en los límites más profundos de las cosas; en cambio, quien conoce la Forma abraza la unidad de la naturaleza en materias disparísimas y puede producir lo que nunca ha existido. Esta «operatividad libre» solo es posible si se ha captado algo real. El segundo es el argumento de la identidad entre verdad y utilidad: «lo que en la operación resulta más útil es en el conocimiento lo más verdadero». Teoría y práctica son la misma cosa; la capacidad de transformar infaliblemente la naturaleza prueba que se ha descubierto su Forma real.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Van Fraassen mantendría una posición diferente con su empirismo constructivo. Para él la ciencia no necesita describir la realidad profunda; le basta con ser «empíricamente adecuada». Dos argumentos justifican esta posición: primero, aceptar una teoría no implica creer que sus entidades teóricas existen realmente, sino solo que sus predicciones sobre lo observable son correctas. Segundo, el éxito práctico de la ciencia no prueba que las teorías sean literalmente verdaderas, sino solo que son útiles: un modelo puede predecir perfectamente todos los fenómenos sin que sus entidades teóricas existan.

 


Cualquier cosa que los realistas afirmen además, han de afirmar al menos esto: que las afirmaciones de las ciencias maduras son verdaderas en su mayoría, aunque posiblemente de forma aproximada. Que los términos de las ciencias maduras refieren típicamente. Que el mismo término puede referir al mismo objeto aunque aparezca en teorías diferentes. Que hay una continuidad causal entre las denotaciones de los términos científicos al pasar de una teoría a otra. Hay enunciados en las ciencias maduras que son verdaderos, y los términos de esas teorías refieren. El éxito de la ciencia constituye una fuerte evidencia de que los términos científicos que aparecen en las teorías mejor confirmadas refieren genuinamente a algo. Si los términos teóricos no refirieran, el éxito de la ciencia sería un milagro. El físico que trabaja con la noción de electrón obtiene resultados que se verifican; el ingeniero que diseña circuitos sobre la base de la teoría cuántica construye aparatos que funcionan. Si el electrón no fuera más que una ficción conveniente, este éxito práctico sería completamente inexplicable. Los objetos postulados por las ciencias —electrones, campos electromagnéticos, estructura del ADN— no son ficciones convenientes: forman parte del mobiliario real del universo, y las teorías que los describen nos dicen, al menos de manera aproximada, cómo es el mundo. Negar esto equivale a sostener que la ciencia acierta por pura casualidad, lo cual es filosóficamente insostenible. El que el realismo científico sea la única filosofía que no convierte en milagro el éxito de la ciencia es el argumento más poderoso en su favor.

Putnam, H. (1976). «What Is «Realism»?». Proceedings of the Aristotelian Society, 76, pp. 177–178. Traducción propia.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es qué justifica la creencia de que las teorías científicas describen la realidad y no son meras ficciones útiles.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Putnam defiende que la ciencia describe genuinamente la realidad. Sus términos teóricos —electrón, campo magnético, ADN— refieren a entidades que realmente existen, y sus afirmaciones, aunque aproximadas, capturan algo verdadero sobre el mundo. El argumento central es el del «no-milagro»: el éxito espectacular de las teorías científicas —su capacidad para predecir fenómenos nuevos, guiar la tecnología y unificar conocimientos muy distintos— solo se entiende si están captando algo verdadero. Si no fuera así, ese éxito sería un milagro inexplicable.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Putnam usa dos argumentos. El primero es el argumento del no-milagro: el físico que usa la noción de electrón obtiene resultados que se verifican; el ingeniero que aplica la teoría cuántica construye aparatos que funcionan. Si el electrón no fuera más que una ficción conveniente, este éxito sistemático no tendría explicación. Solo se entiende si las teorías están describiendo algo real. El segundo es el argumento de la continuidad referencial: cuando la ciencia cambia de teoría, los términos que designan entidades bien establecidas conservan su referencia a lo largo del cambio. Esto muestra que la ciencia no inventa ficciones sucesivas sino que refina progresivamente su descripción de la misma realidad.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Lakatos mantendría una posición diferente. Para él el éxito de la ciencia no prueba que sus teorías describan la realidad, sino que los programas de investigación bien construidos generan predicciones nuevas mediante ajustes metodológicos. Dos argumentos justifican esta posición: primero, teorías muy exitosas —como la mecánica newtoniana— han sido finalmente abandonadas, lo que muestra que el éxito pasado no garantiza la verdad. Segundo, los científicos protegen el núcleo firme de sus programas mediante hipótesis auxiliares inventadas para absorber anomalías; el éxito empírico se debe a este trabajo de ajuste, no a que la teoría sea verdadera.

 

En contra del realismo científico


Sin duda alguna, se ha de aceptar que la naturaleza nos ha tenido a gran distancia de todos sus secretos y nos ha proporcionado sólo el conocimiento de algunas cualidades superficiales de los objetos, mientras que nos oculta los poderes y principios de los que depende totalmente el influjo de estos objetos. Nuestros sentimientos nos comunican el color, peso, consistencia del pan, pero ni los sentidos ni la razón pueden informarnos de las propiedades que le hacen adecuado como alimento y sostén del cuerpo humano. […] Pero, a pesar de esta ignorancia de los poderes y principios naturales, siempre suponemos, cuando vemos cualidades sensibles iguales, que tienen los mismos poderes ocultos, y esperamos que efectos semejantes a los que hemos experimentado se seguirán de ellas. […] Es por todos aceptado que no hay una conexión conocida entre cualidades sensibles y poderes ocultos y, por consiguiente, que la mente no es llevada a formarse esa conclusión por lo que puede conocer de su naturaleza. […] Pero por qué esta experiencia debe extenderse a momentos futuros y a otros objetos que, por lo que sabemos, puede ser que sólo en apariencia sean semejantes, ésta es la cuestión en la que deseo insistir. El pan que en otra ocasión comí, que me nutrió, es decir, un cuerpo con determinadas cualidades, estaba en aquel momento dotado con determinados poderes secretos. Pero ¿se sigue de esto que otro trozo distinto de pan también ha de nutrirme en otro momento y que las mismas cualidades sensibles siempre han de estar acompañadas por los mismos poderes secretos? De ningún modo parece la conclusión necesaria. […] Las dos proposiciones siguientes distan mucho de ser las mismas: He encontrado que a tal objeto ha correspondido siempre tal efecto y preveo que otros objetos, que en apariencia son similares, serán acompañados por efectos similares. Pero si se insiste en que la inferencia es realizada por medio de una cadena de razonamientos, deseo que se represente aquel razonamiento. La conexión entre estas dos proposiciones no es intuitiva. Se requiere un término medio que permita a la mente llegar a tal inferencia. Lo que este término medio sea, debo confesarlo, sobrepasa mi comprensión.

Hume, D. (1988). Investigación sobre el conocimiento humano, Sección IV, Parte II. Trad. Salas Ortueta, J. Alianza Editorial, pp. 55–57.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si la ciencia puede conocer los poderes o principios reales de la naturaleza, o solo las cualidades superficiales de los objetos.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Hume defiende que la ciencia no puede conocer la realidad profunda del mundo. La naturaleza nos oculta sus poderes y principios, y solo nos da cualidades superficiales —color, peso, consistencia—. A pesar de esta ignorancia, suponemos que cualidades sensibles iguales tendrán los mismos poderes ocultos y esperamos los mismos efectos, pero esta suposición no tiene fundamento racional: no hay conexión conocida entre cualidades sensibles y poderes ocultos. La inferencia que nos lleva de «siempre ha ocurrido así» a «seguirá ocurriendo así» no es intuitiva ni demostrable; necesita un término medio que, confiesa Hume, sobrepasa su comprensión.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Hume usa dos argumentos. El primero es el de la ignorancia de los poderes: los sentidos nos comunican solo cualidades superficiales —color, peso, consistencia del pan—, pero ni los sentidos ni la razón nos informan de los poderes que hacen que el pan nutra. Es por todos aceptado, dice Hume, que no hay conexión conocida entre cualidades sensibles y poderes ocultos. El segundo es el de la ilegitimidad de la inducción: la experiencia pasada solo testimonia acerca de objetos concretos en momentos concretos; extenderla al futuro requiere una inferencia para la que no hay fundamento. Las dos proposiciones —«a tal objeto correspondió siempre tal efecto» y «objetos similares serán acompañados por efectos similares»— distan mucho de ser la misma, y para pasar de una a otra se necesita un «término medio» que no existe.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Aristóteles mantendría una posición diferente. Para él la ciencia puede alcanzar el conocimiento de las causas reales y de la esencia de las cosas, no solo de sus apariencias. Dos argumentos justifican esta posición: primero, el conocimiento científico auténtico —la demostración— parte de principios verdaderos, primeros e inmediatos, y llega a conclusiones necesarias; nos dice no solo cómo son las cosas sino por qué tienen que ser así, y esa necesidad no es un hábito de la mente sino una propiedad de la realidad. Segundo, conocer algo de verdad es conocer su entidad o esencia —saber qué es el fuego, no solo que es caliente—; el intelecto puede captar lo universal en lo particular, y eso es precisamente el conocimiento científico.

 


El proceso de desarrollo descrito en este ensayo ha sido un proceso de evolución desde los comienzos primitivos, un proceso cuyas etapas sucesivas se caracterizan por una comprensión cada vez más detallada y refinada de la naturaleza. Pero nada de lo que hemos dicho hará que sea un proceso de evolución hacia algo. Todos estamos profundamente acostumbrados a considerar a la ciencia como la empresa que se acerca cada vez más a alguna meta establecida de antemano por la naturaleza. ¿No podemos explicar tanto la existencia de la ciencia como su éxito en términos de evolución a partir del estado de conocimientos de una comunidad en un momento dado? Si podemos aprender a sustituir la evolución-hacia-lo-que-deseamos-conocer por la evolución-a-partir-de-lo-que-conocemos, muchos problemas difíciles desaparecerán en el proceso. Todas las teorías conocidas sobre la evolución antes de Darwin habían considerado a la evolución como un proceso dirigido hacia un fin. Para muchos hombres, la abolición de ese tipo teleológico de evolución era la más importante y desagradable sugerencia de Darwin. El Origin of Species no reconoció ninguna meta establecida por Dios o por la naturaleza; en lugar de ello, la selección natural operaba en un medio ambiente dado. ¿No podemos seguir un camino análogo para la ciencia? ¿No podemos explicar tanto la existencia de la ciencia como su éxito en términos de evolución a partir de los comienzos, sin postular ninguna meta fijada ni ninguna verdad científica permanente, de la cual cada etapa del desarrollo científico constituya una mejor aproximación? Si podemos, entonces la propia existencia de la ciencia no deberá implicar que exista una respuesta completa, objetiva y verdadera de la naturaleza hacia la que la investigación científica converge.

Kuhn, T. S. (2004). La estructura de las revoluciones científicas, cap. XIII. Trad. Solís Santos, C. FCE, pp. 263–265.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si el desarrollo científico avanza hacia una descripción verdadera de la realidad o si puede explicarse sin postular esa meta.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Kuhn defiende que la ciencia no avanza hacia una verdad establecida de antemano por la naturaleza. Propone entender el progreso científico como Darwin entendió la evolución biológica: las especies no evolucionan «hacia» un ser vivo perfecto, sino simplemente a partir de sus antecesores adaptándose al entorno. Del mismo modo, la ciencia evoluciona desde lo que ya conocemos, sin dirigirse hacia ninguna verdad final. No es necesario postular una «verdad científica permanente» para explicar el éxito de la ciencia.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Kuhn usa dos argumentos. El primero es la analogía darwiniana: antes de Darwin, todas las teorías evolutivas suponían un fin predeterminado —la «idea» del hombre ya estaba presente desde el principio—. Darwin mostró que la evolución se explica sin ese fin: la selección natural opera a partir de lo dado, sin meta. Kuhn propone aplicar la misma lógica a la ciencia: el progreso científico se explica perfectamente como evolución desde lo conocido, sin necesidad de postular una verdad hacia la que nos aproximamos. El segundo es el argumento de la suficiencia explicativa: la existencia y el éxito de la ciencia se explican por la evolución a partir del estado de conocimientos de una comunidad; postular además una «respuesta completa, objetiva y verdadera de la naturaleza» es un añadido innecesario y no verificable.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Popper mantendría una posición diferente. Para él la ciencia sí progresa hacia la verdad, aunque no pueda alcanzarla con certeza. Dos argumentos justifican esta posición: primero, cada refutación de una teoría es un aprendizaje genuino sobre la realidad, porque descubrimos algo que la teoría no captaba bien; si la ciencia solo evolucionara «desde lo conocido» sin referencia a la realidad, las refutaciones no serían informativas. Segundo, una teoría que hace más predicciones correctas y menos incorrectas es objetivamente mejor que su predecesora, y este juicio no depende del paradigma desde el que se haga; la analogía darwiniana de Kuhn oscurece precisamente lo que necesita explicarse: por qué la ciencia funciona.

 


Todos los programas de investigación científica pueden ser caracterizados por su «núcleo firme». La heurística negativa del programa impide que apliquemos el modus tollens a este «núcleo firme». Por el contrario, debemos utilizar nuestra inteligencia para incorporar e incluso inventar hipótesis auxiliares que formen un cinturón protector en torno a ese centro, y contra ellas debemos dirigir el modus tollens. El cinturón protector debe recibir los impactos de las contrastaciones y, para defender al núcleo firme, será ajustado y reajustado e incluso completamente sustituido. En el programa de Newton, este «núcleo» es «irrefutable» por decisión metodológica de sus defensores; las anomalías sólo deben originar cambios en el cinturón «protector» de hipótesis auxiliares. Los newtonianos convirtieron un contraejemplo tras otro en ejemplos corroboradores, fundamentalmente al destruir las teorías observacionales originales con las que se había establecido la «evidencia contraria». Racionalmente es posible decidir que no se permitirá que las «refutaciones» transmitan la falsedad al núcleo firme mientras aumente el contenido empírico corroborado del cinturón protector. Pero nuestro enfoque difiere del convencionalismo porque mantenemos que el núcleo firme puede tener que ser abandonado cuando el programa deja de anticipar hechos nuevos: nuestro núcleo firme puede derrumbarse en ciertas condiciones. Un programa de investigación tiene éxito si conduce a un cambio progresivo de problemática; fracasa si conduce a un cambio regresivo. Nuestro término «intermitentemente» suministra suficiente espacio racional para que sea posible la adhesión a un programa a pesar de las refutaciones aparentes: no exigimos que cada nuevo paso produzca inmediatamente un nuevo hecho observado.

Lakatos, I. (1989). La metodología de los programas de investigación científica, Introducción. Trad. Zapatero, J. C. Alianza, pp. 65–68.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es cómo funciona realmente la ciencia cuando los datos empíricos parecen contradecir sus teorías fundamentales.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Lakatos defiende que la unidad real de la ciencia no es la hipótesis aislada sino el programa de investigación. Todo programa tiene un «núcleo firme» —las teorías centrales, que se protegen de cualquier refutación por decisión metodológica— y un «cinturón protector» de hipótesis auxiliares que absorben las anomalías. El núcleo es «irrefutable» no porque sea verdadero, sino porque los científicos deciden no ponerlo en cuestión mientras el programa genere predicciones nuevas. Un programa es racional si es progresivo —si anticipa hechos nuevos—; cuando se vuelve regresivo, puede abandonarse.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Lakatos usa dos argumentos. El primero es histórico: en el programa newtoniano, cuando los datos parecían contradecir la gravitación, los científicos no abandonaron a Newton sino que inventaron hipótesis auxiliares para proteger el núcleo, y convirtieron «un contraejemplo tras otro en ejemplos corroboradores». Esto muestra que el núcleo se mantiene por decisión metodológica, no porque los datos prueben que es verdadero. El segundo es metodológico: esta decisión es racional mientras el programa sea progresivo, es decir, mientras genere predicciones de hechos nuevos que se corroboren; pero cuando deja de hacerlo y se vuelve regresivo, el núcleo puede derrumbarse. El criterio de elección entre programas es la progresividad, no la correspondencia con la realidad.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Putnam mantendría una posición diferente. Para él, si las teorías del núcleo firme fueran solo convenios metodológicos sin referencia a la realidad, el éxito predictivo de la ciencia sería un milagro inexplicable. Dos argumentos justifican esta posición: primero, el éxito sistemático de las teorías solo se explica si sus términos teóricos —electrón, campo, ADN— refieren a algo real; los electrones no son ficciones protegidas metodológicamente, sino parte del mobiliario real del universo. Segundo, la historia de la ciencia muestra una convergencia referencial: aunque los programas cambian y los cinturones se ajustan, los términos que designan entidades bien establecidas sobreviven a las revoluciones teóricas, lo cual sería inexplicable si las teorías fueran solo instrumentos metodológicos.

 


El realismo científico es la posición según la cual la construcción de teorías científicas aspira a darnos una historia literalmente verdadera de cómo es el mundo, y la aceptación de una teoría científica implica la creencia en que es verdadera. El anti-realismo es una posición según la cual el objetivo de la ciencia puede cumplirse perfectamente bien sin necesidad de dar esa historia literalmente verdadera, y la aceptación de una teoría puede implicar propiamente algo distinto —o menos— que la creencia en que es verdadera. Lo que hace un científico, según el anti-realista, no es afirmar que la teoría es verdadera; la exhibe, y reivindica para ella ciertas virtudes. Estas virtudes pueden quedarse por debajo de la verdad: la adecuación empírica, quizá; la comprensividad; la aceptabilidad para diversos propósitos. La idea de una descripción literalmente verdadera tiene dos aspectos: el lenguaje ha de construirse de forma literal; y así construido, la descripción ha de ser verdadera. El anti-realismo que yo defenderé sostiene que el lenguaje de la ciencia ha de construirse de forma literal, pero sus teorías no necesitan ser verdaderas para ser buenas. La ciencia aspira a darnos teorías que sean empíricamente adecuadas; y la aceptación de una teoría implica solo la creencia en que es empíricamente adecuada. Una teoría es empíricamente adecuada exactamente si lo que dice acerca de las cosas y sucesos observables en este mundo es verdadero; no necesita ser verdadera acerca de lo que es inobservable. Nos basta con salvar los fenómenos. El éxito de la ciencia no es un milagro, pero tampoco prueba que sus teorías sean verdaderas sobre lo inobservable: prueba únicamente que son buenas herramientas para organizar y predecir lo que sí podemos observar.

Van Fraassen, B. (1980). The Scientific Image. Clarendon Press, pp. 11–12. Traducción propia.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es qué implica aceptar una teoría científica: creer que es verdadera o solo que es empíricamente adecuada.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Van Fraassen defiende el «empirismo constructivo»: la ciencia no aspira a la verdad literal sobre entidades no observables, sino a la adecuación empírica. Una teoría es buena si «salva los fenómenos», es decir, si sus predicciones sobre todo lo que podemos observar son correctas. Aceptar una teoría no significa creer que los electrones o los quarks existen tal como los describe la física; significa solo creer que la teoría funciona para lo observable. Las teorías no necesitan ser verdaderas para ser buenas: les basta con ser empíricamente adecuadas.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Van Fraassen usa dos argumentos. El primero es el de la distinción observable/inobservable: tenemos buenas razones para confiar en lo que los sentidos nos muestran directamente, pero no para extender esa confianza a entidades que no podemos observar; aceptar que los electrones existen «tal como los describe la teoría» va más allá de lo que la evidencia empírica nos autoriza a creer. El segundo es el de la insuficiencia del éxito predictivo: el éxito de la ciencia no prueba que las teorías sean literalmente verdaderas sobre lo inobservable, sino solo que son empíricamente adecuadas; un modelo puede predecir perfectamente todos los fenómenos sin que sus entidades teóricas existan en la realidad.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Bacon mantendría una posición diferente. Para él la ciencia puede y debe ir más allá de los fenómenos observables para alcanzar las Formas o leyes reales de la naturaleza. Dos argumentos justifican esta posición: primero, quien conoce la Forma del calor puede producirlo en cualquier material, incluso en condiciones nunca antes experimentadas; este poder de producir efectos completamente nuevos no sería posible si la ciencia solo organizara apariencias. Segundo, la ciencia que se conforma con «salvar los fenómenos» es impotente e incompleta: solo cuando se descubren las Formas se obtiene «el conocimiento verdadero y la operatividad libre», es decir, la capacidad de producir lo que nunca antes ha existido en la naturaleza.

 

Disertación filosófica

 

PROPUESTA DE TEMA

¿Es razonable pensar que la ciencia describe la realidad?

 

CÓMO HACER UNA DISERTACIÓN FILOSÓFICA

 

La disertación filosófica es un texto argumentativo en el que defiendes una posición razonada ante una pregunta filosófica. No se trata de dar tu opinión sin más, sino de construir una respuesta fundamentada en argumentos, apoyada en lo que han dicho los filósofos y capaz de considerar posiciones contrarias a la tuya. La finalidad de una disertación es llegar a una verdad lo más objetiva posible, esto es, que pueda ser compartida por todo ser racional. Todos los argumentos, estés personalmente de acuerdo o en desacuerdo con ellos, deben ser expuestos con el máximo rigor y fuerza. La extensión debe estar entre 1200 y 1600 palabras.

 

I. TRABAJO PREVIO

 

Paso 1: Elige la pregunta que más te interese

Elige la pregunta sobre la que tengas una opinión más clara, la que te resulte más cercana o la que te provoque más curiosidad. Si tienes una opinión fuerte sobre ella, aunque sea en contra, eso es buena señal: significa que tienes algo que decir. Ve a lo más cercano y sencillo para ti. La complejidad la encontrarás según profundices.

 

Paso 2: Busca las posibles interpretaciones

Las preguntas filosóficas contienen conceptos que pueden entenderse de varias maneras. Identifica las palabras clave y pregúntate qué pueden significar. Cada significado diferente produce una interpretación distinta de la pregunta.

Por ejemplo, la pregunta ¿Son las leyes de la naturaleza descubrimientos o invenciones humanas? admite al menos tres interpretaciones:

  • Interpretación A: ¿Son las leyes rasgos reales del mundo que los científicos descubren, como un explorador descubre un continente?
  • Interpretación B: ¿Son las leyes construcciones humanas (herramientas útiles para predecir) que no necesariamente describen lo que «realmente» ocurre?
  • Interpretación C: ¿Tiene sentido la distinción entre descubrimiento e invención, o todo conocimiento científico implica ambas cosas a la vez?

💡 Tip: Si no se te ocurren varias interpretaciones, prueba a cambiar una palabra clave por un sinónimo: no es lo mismo ¿son las leyes descubrimientos o invenciones? que ¿existen las leyes de la naturaleza independientemente de nosotros? o ¿encuentra la ciencia verdades o fabrica modelos útiles? o ¿describen las ecuaciones la realidad o la simplifican?

 

Paso 3: Piensa en las implicaciones y elige una interpretación

Cada interpretación tiene implicaciones distintas. Pregúntate: si respondiera que sí, ¿qué se seguiría de ello? ¿Y si respondiera que no? La interpretación más interesante suele ser la que tiene las implicaciones más profundas.

Por ejemplo:

  • Si las leyes son descubrimientos de un orden real (A), la ciencia nos da acceso a la estructura profunda de la realidad y sus logros no son casualidades sino conquistas. Pero entonces, ¿por qué cambian las leyes con cada revolución científica?
  • Si las leyes son invenciones humanas (B), la ciencia es eficaz pero no nos dice cómo es el mundo, solo cómo se comporta ante nuestros instrumentos. Pero entonces, ¿por qué funcionan tan bien las predicciones científicas? ¿Es pura casualidad?
  • Si todo conocimiento científico implica descubrimiento e invención a la vez (C), necesitamos una forma más matizada de entender la relación entre nuestras teorías y la realidad, aceptando que las leyes capturan algo real pero lo expresan con herramientas humanas.

Ahora elige la interpretación que te parezca más relevante y explica por qué las otras lo son menos. Sé coherente: sería contradictorio argumentar que la A es la más importante y luego trabajar con la C. Las implicaciones te ayudan a decidir: la interpretación que más cosas pone en juego suele ser la mejor para una disertación.

 

Paso 4: Formula tu tesis

Escribe en una frase la respuesta que vas a defender. Debe ser clara, concreta y discutible: alguien razonable debería poder estar en desacuerdo con ella. La tesis no contiene argumentos: eso viene después. Puede llevar matices y condiciones (pero, aunque, cuando), pero no justificaciones: si tu tesis lleva un «porque», ese «porque» es tu primer argumento, y su sitio es el desarrollo.

Ejemplos de buenas tesis:

  • Las leyes de la naturaleza no son ni puros descubrimientos ni puras invenciones, sino formulaciones humanas que capturan regularidades reales del mundo.
  • Las leyes de la naturaleza son invenciones humanas: modelos útiles para predecir fenómenos, pero no descripciones de la realidad en sí misma.

Ejemplos de malas tesis:

  • Las leyes de la naturaleza son interesantes. (Demasiado vago.)
  • Hay muchas leyes científicas. (No responde a la pregunta.)
  • La ciencia siempre describe la realidad tal como es. (No tiene en cuenta ninguna objeción.)

💡 Tip: A medida que investigas puede que descubras que tu tesis inicial era incorrecta. Puedes modificarla o reflejar en la conclusión por qué has cambiado de opinión. Una disertación se escribe para llegar a una verdad, no para demostrar que tenemos razón.

 

Paso 5: Busca argumentos y trabaja con las fuentes

Lee los textos de la pestaña de Práctica y los libros disponibles de la bibliografía buscando argumentos a favor y en contra de tu tesis. Para cada argumento que encuentres, anota:

  • La idea principal, con tus propias palabras.
  • La referencia completa: autor, año, título y página.
  • Tu reacción: ¿estás de acuerdo?, ¿se te ocurre una objeción?, ¿te recuerda a otro autor?

Cómo citar. Hay cuatro formas:

Cita directa narrativa. Usa esta opción para dar importancia y protagonismo al pensador en tu texto. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. El año va inmediatamente después de su nombre.

Ejemplo: Popper (1934) sostiene que «las teorías son redes que lanzamos para apresar aquello que llamamos «el mundo»» (p. 57), de modo que ninguna teoría agota jamás lo que pretende capturar.

Cita directa parentética. Usa esta opción cuando quieres que el lector se concentre primero en la idea. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. Los datos del autor quedan en segundo plano al final de la frase.

Ejemplo: Frente a quienes ven en las teorías científicas espejos fieles de la realidad, se ha sostenido que «las teorías son redes que lanzamos para apresar aquello que llamamos «el mundo»» (Popper, 1934, p. 57).

Cita indirecta narrativa. Explicas la idea con tus propias palabras, pero introduces la frase mencionando directamente al autor.

Ejemplo: Popper (1934) sostiene que las teorías científicas no son descripciones definitivas de la realidad, sino conjeturas audaces que ponemos a prueba intentando refutarlas, y que el progreso consiste en sustituir conjeturas refutadas por otras mejores (p. 57).

Cita indirecta parentética. Explicas la idea con tus propias palabras y colocas toda la información de la fuente junta al cerrar el punto.

Ejemplo: Las teorías científicas funcionan como conjeturas provisionales sometidas a prueba, nunca como descripciones cerradas y definitivas del mundo (Popper, 1934, p. 57).

En todos los casos, después de la cita hay que explicar qué quiere decir el autor y relacionarla con tu argumento. Una cita sin explicación no demuestra nada.

💡 Tip: Cita con año y página la primera vez que atribuyes una idea a un autor. Después, si solo recuerdas o resumes algo que ya has citado antes (por ejemplo, en la valoración o en la conclusión), basta con nombrarlo: «como muestra Popper…». Repetir el año y la página cada vez que aparece un apellido no es más riguroso, solo más pesado. La regla es sencilla: idea nueva, cita completa; idea ya citada, solo el apellido.

 

Paso 6: Haz un esquema

Antes de redactar, escribe en tu cuaderno un esquema con la introducción (interpretaciones, implicaciones, elección razonada, tesis), los argumentos a favor y en contra con sus citas, la valoración, la delimitación de tu tesis y la conclusión. Este esquema es tu hoja de ruta.

 

II. REDACCIÓN

 

Estructura de la disertación

Introducción (aprox. 15% del texto). Consta de dos partes:

  • Primer párrafo: presenta el problema con un gancho que atraiga al lector (una imagen, una paradoja, un dato, una experiencia), despliega las interpretaciones posibles con sus implicaciones, justifica cuál es la más relevante y termina reformulando la pregunta tal como vas a responderla. Esa formulación final es importante: tu conclusión tendrá que responder exactamente a ella.
  • Segundo párrafo: formula tu tesis de forma clara y concreta.

💡 Tip: el gancho es el lugar más fácil para colocar un ejemplo propio, y los ejemplos propios puntúan en la rúbrica. Una anécdota, un caso real o una experiencia tuya que plantee el problema vale más que empezar directamente con un filósofo. Además, empezar por algo tuyo es más fácil que empezar por Kant.

 

Desarrollo (aprox. 70% del texto). Aquí hay dos formas de trabajar:

  • Estructura básica, para quien necesita un guion claro:
    1. Argumentos a favor de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado con ejemplos y una cita explicada.
    2. Argumentos en contra de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado también con ejemplos y una cita explicada. No los debilites a propósito: expónlos con el mismo rigor que los tuyos.
    3. Valoración: compara ambos lados, señala las fortalezas y las debilidades de cada uno, y explica cuáles pesan más y por qué.

Con esta estructura, hecha correctamente, puedes llegar al nivel notable.

 

  • Estructura dialéctica, para quien quiere ir más allá:

En lugar de separar los argumentos en dos bloques, construye una conversación entre posiciones. Los argumentos se responden entre sí, se señalan sus límites sobre la marcha y el pensamiento progresa. No hay un bloque a favor y un bloque en contra: hay un recorrido en el que cada paso surge del anterior.

Por ejemplo, en lugar de escribir:

Argumento a favor 1: Aristóteles defiende que la naturaleza tiene un orden que podemos descubrir. Argumento a favor 2: Putnam argumenta que el éxito de la ciencia sería un milagro sin realismo. Argumento en contra 1: Hume muestra que nunca observamos leyes, solo regularidades… Argumento en contra 2: Van Fraassen defiende que basta con la adecuación empírica…

Podrías escribir:

Aristóteles y Bacon coinciden en que la naturaleza tiene un orden real que el científico descubre. Pero Hume demolió esta confianza al mostrar que nunca observamos leyes, solo regularidades que nuestro hábito convierte en necesidad. Kuhn profundiza la objeción: si las leyes fueran descubrimientos, ¿por qué cada revolución cambia su significado? Putnam responde con el argumento del no-milagro…

Esta estructura es más exigente pero produce disertaciones mucho más ricas.

 

Herramientas para trabajar los argumentos

Estas cuatro operaciones sirven para manejar cualquier argumento, sea tuyo o de la posición contraria. No hay que usarlas todas ni en todas las disertaciones: son ayudas para cuando no sepas cómo seguir. Las dos primeras te servirán en cualquier estructura. Las dos últimas, acotar e invertir, son las que hacen posible la estructura dialéctica: sin ellas, los argumentos no pueden responderse entre sí.

Conceder. Reconocer lo que un argumento tiene de razón antes de responderle. Se escribe con fórmulas como «esta objeción es seria, porque…» o «hay algo verdadero en esta idea». Parece una debilidad y es lo contrario: quien reconoce la fuerza del contrario y aun así le responde resulta mucho más convincente que quien finge que el contrario no decía nada. Lo opuesto es una falacia, el hombre de paja: debilitar la posición contraria para vencerla con facilidad. Ten presente que en la rúbrica el hombre de paja puntúa cero en honestidad intelectual: si la posición contraria queda ridícula en tu texto, es casi seguro que la has caricaturizado.

Buscar un contraejemplo. Si un argumento afirma algo con «todos», «siempre» o «nunca», un solo caso contrario lo derriba. Si alguien dice «todos los profesores mandan deberes» y encuentras uno que no manda, la afirmación era falsa. Cuidado: contra «la mayoría de los profesores mandan deberes» un caso contrario no prueba nada, porque esa afirmación ya contaba con las excepciones. Esta herramienta no siempre podrá usarse, y no pasa nada: solo funciona con afirmaciones universales.

Acotar. Aceptar que un argumento prueba algo y mostrar hasta dónde llega de verdad: «tienes razón, pero no tanta». La manera habitual de acotar es distinguir: separar dos cosas que estaban mezcladas y mostrar que el argumento vale para una pero no para la otra. La distinción puede ser de grado (los videojuegos no son malos; jugar demasiado, sí) o de aspecto (que todos los ladrillos de un edificio vengan de la fábrica no significa que el plano del edificio venga de ella). Acotar sirve también con tu propia tesis: decir bajo qué condiciones se sostiene, o qué casos no resuelve, puntúa en la rúbrica.

Invertir. Mostrar que un argumento, bien entendido, prueba lo contrario de lo que pretendía. Quien afirma que la filosofía no sirve para nada está defendiendo una tesis filosófica, así que necesita la filosofía para atacarla. Es la herramienta más espectacular cuando funciona y la más ridícula cuando se fuerza: úsala solo si la inversión es real.

💡 Tip: existen más herramientas (el experimento mental, la reducción al absurdo, el dilema, la autorrefutación) explicadas con ejemplos en la página de Técnicas argumentales.

 

Cómo comprobar tu desarrollo

Muchas disertaciones parecen dialécticas y son una lista disfrazada. Hay dos pruebas para comprobarlo antes de entregar.

La prueba del orden. Coge dos argumentos que estén del mismo lado (dos a favor, o dos en contra) e imagina que los intercambias. ¿Se entiende igual? Si sí, están yuxtapuestos: cada uno va por su cuenta, como en una lista. Si no, porque el segundo se apoyaba en el primero o respondía a una objeción que este había dejado abierta, hay una cadena. En una estructura dialéctica de verdad, casi ningún párrafo del desarrollo puede moverse sin romper algo.

La prueba de los conectores. Mira con qué palabras empieza cada párrafo del desarrollo. Los conectores de suma (además, por otra parte, también, en segundo lugar) indican que estás añadiendo: es una lista. Los conectores de respuesta (ahora bien, sin embargo, contra esto cabe objetar, conviene distinguir) indican que estás contestando a lo anterior: es una cadena.

Si todos tus párrafos empiezan con conectores de suma, tu texto es una lista, por muchos autores que cites. Y no se arregla cambiando las palabras: hay que cambiar lo que hacen los párrafos.

 

Conclusión (aprox. 15% del texto). Debe hacer tres cosas:

  • Responder a la pregunta tal como la reformulaste al final de la introducción, explicando si te reafirmas en la tesis o si cambias de postura, y qué argumentos han pesado más.
  • Delimitar tu tesis: bajo qué condiciones se sostiene, qué casos no resuelve, o qué tendría que ocurrir para que dejara de ser válida. Ninguna tesis lo explica todo, y precisarlo no la debilita: la hace más fuerte. La rúbrica lo premia dentro de la honestidad intelectual.
  • Señalar las consecuencias o implicaciones para el mundo actual.

💡 Tip: Las mejores conclusiones vuelven al principio y cierran el círculo. Si abriste con una imagen, una pregunta o un dato sorprendente, retómalo aquí y muestra cómo tu argumentación le ha dado un sentido nuevo.

 

Bibliografía. Al final del texto, tras la conclusión, incluye una lista de las obras que has citado. No cuenta para el límite de palabras. El formato es el siguiente:

  • Apellido, N. (año). Título de la obra (trad. N. Apellido). Editorial.

Por ejemplo:

  • Popper, K. (1934). La lógica de la investigación científica. Tecnos.
  • Van Fraassen, B. (1980). La imagen científica. Paidós.

 

Consejos de redacción

  • Busca una apertura que enganche: una imagen, una paradoja, un dato sorprendente, una pregunta provocadora, una experiencia personal.
  • Haz frases cortas y claras. Evita las subordinadas en cadena.
  • Busca las palabras exactas. Evita afirmaciones vagas.
  • Los ejemplos que puntúan como propios son los que no aparecen ni en los textos de práctica ni en clase: de tu experiencia, de la actualidad, de la naturaleza, de la cultura. Un buen ejemplo propio no solo adorna: si al quitarlo el argumento pierde fuerza, es que estaba haciendo trabajo de verdad. Esa es la diferencia que la rúbrica premia.
  • Una cita sola, sin explicación, no demuestra nada. Explica siempre qué quiere decir el autor y por qué es relevante para tu argumento.
  • Un argumento no es una frase. Requiere desarrollo, ejemplo y, si puede ser, una cita explicada.
  • Reserva la primera persona para la tesis y la conclusión. En el desarrollo, expón los argumentos de forma impersonal.

 

Fases de escritura

Producción. Escribe todas las ideas sin preocuparte por el orden ni la corrección. El objetivo es sacar todo lo que tienes en la cabeza.

Edición. Ordena las ideas, redacta los párrafos, integra las citas con su explicación, conecta los argumentos entre sí.

Revisión. Lee el texto completo: ¿se entiende la tesis?, ¿los argumentos la sostienen?, ¿las citas están explicadas?, ¿la conclusión responde a la pregunta y delimita la tesis? Aplica la prueba del orden y la de los conectores. Comprueba la ortografía, cuenta las palabras y pasa a limpio.

 

Ejemplo de disertación

La siguiente disertación es un ejemplo de cómo aplicar los pasos anteriores. No es un modelo perfecto: es un ejemplo de trabajo bien hecho que puedes usar como referencia.

 

¿Son las leyes de la naturaleza descubrimientos o invenciones humanas?

La gravedad existía antes de Newton. Las manzanas caían, los planetas orbitaban y las mareas subían y bajaban miles de años antes de que nadie escribiera una ecuación. Pero ¿existía la ley de la gravedad antes de Newton? La manzana caía igual antes y después de 1687; lo que Newton añadió fue una descripción matemática (F = G·m₁·m₂/r²) que permite calcular con precisión la fuerza entre dos cuerpos cualesquiera. La pregunta es si esa ecuación describe algo que ya estaba ahí, esperando ser encontrado, o si es una herramienta inventada por la mente humana para poner orden en lo que observamos. La pregunta «¿son las leyes de la naturaleza descubrimientos o invenciones humanas?» admite varias lecturas. Puede referirse a si las leyes son rasgos reales del mundo que los científicos descubren, como un explorador descubre un continente: si lo son, la ciencia nos da acceso a la estructura profunda de la realidad, y sus logros no son casualidades sino conquistas. Puede referirse a si las leyes son construcciones humanas, herramientas útiles para predecir fenómenos, que no necesariamente describen lo que «realmente» ocurre: si lo son, la ciencia es extraordinariamente eficaz pero no nos dice cómo es el mundo, solo cómo se comporta ante nuestros instrumentos. O puede referirse a si la distinción misma entre descubrimiento e invención tiene sentido, o si todo conocimiento científico implica ambas cosas a la vez: si es así, la pregunta está mal planteada y necesitamos una forma más matizada de entender la relación entre las teorías y la realidad. Esta última lectura es la más fecunda, porque evita los extremos del realismo ingenuo y del escepticismo radical y obliga a pensar con precisión qué tipo de relación mantienen nuestras leyes con el mundo que pretenden describir. La pregunta, entonces, es esta: ¿capturan las leyes de la naturaleza algo real del mundo, o son solo herramientas humanas que podrían ser reemplazadas por otras igualmente eficaces pero completamente distintas?

La tesis que defenderé es que las leyes de la naturaleza no son ni puros descubrimientos ni puras invenciones, sino formulaciones humanas que capturan regularidades reales del mundo, y que su valor reside en esa doble condición: son nuestras, pero no son arbitrarias.

Aristóteles fue el primero en defender que la naturaleza tiene un orden intrínseco que el conocimiento humano puede descubrir. Para él, cada cosa tiene una esencia (una forma que la hace ser lo que es) y conocer es captar esa esencia mediante la razón (Aristóteles, Física, II, 1, 192b, p. 128). Las leyes de la naturaleza, en esta perspectiva, no son inventos humanos sino expresiones de un orden real: la piedra cae porque su naturaleza la impulsa hacia su lugar natural, y la ley que describe esa caída solo pone en palabras lo que la piedra ya hacía por sí misma. Bacon heredó esta convicción y la convirtió en programa de investigación: en el Novum Organum, propuso un método sistemático de observación y experimentación para descubrir las «formas» ocultas de la naturaleza, convencido de que «la naturaleza solo se vence obedeciéndola» (Bacon, Novum Organum, I, §3, p. 79). Para Bacon, el científico no inventa leyes: las encuentra, siempre que tenga la paciencia y el método adecuados. Si Aristóteles y Bacon tienen razón, la ciencia es una empresa de descubrimiento, y sus leyes son tan reales como las rocas y los ríos. Pero Hume demolió esta confianza al mostrar que lo que llamamos «leyes» no es más que el registro de regularidades observadas: nunca vemos una ley, nunca observamos una causa; solo vemos que unas cosas suceden después de otras con regularidad, y nuestro hábito convierte esa regularidad en necesidad (Hume, Investigación sobre el entendimiento humano, VII, p. 76). La «ley de la gravedad» no está en la manzana ni en la Tierra: está en la mente de quien observa que las manzanas siempre caen y espera que sigan cayendo. Si Hume tiene razón, lo que descubrimos no son leyes sino patrones, y las leyes son la forma que nuestra mente les da. El propio Newton lo sospechaba cuando escribió «no invento hipótesis»: describió cómo se comportan los cuerpos, pero nunca pretendió saber por qué la gravedad existe.

Kuhn profundiza la objeción de Hume desde la historia de la ciencia. Si las leyes fueran descubrimientos de un orden preexistente, cabría esperar que cada nueva ley completara las anteriores, como piezas de un mismo rompecabezas. Pero lo que la historia muestra es lo contrario: las revoluciones científicas no completan el cuadro anterior sino que lo sustituyen por otro incompatible (Kuhn, 1962, p. 150). La «fuerza» de Newton y la «fuerza» de Einstein no significan lo mismo; la «masa» en mecánica clásica y la «masa» en relatividad son conceptos distintos aunque lleven el mismo nombre. Si las leyes fueran descubrimientos de la misma realidad, ¿por qué cada revolución cambia el significado de los términos que usa? Kuhn concluye que las leyes son inseparables del paradigma que las produce, y que cambiar de paradigma es, en cierto sentido, cambiar de mundo. Putnam responde a esta objeción con lo que se conoce como el argumento del no-milagro: «el realismo científico es la única filosofía que no convierte el éxito de la ciencia en un milagro» (Putnam, 1975, p. 73). Si las leyes fueran puras invenciones humanas sin conexión con la realidad, sería un milagro inexplicable que nos permitieran predecir eclipses con precisión de segundos, diseñar satélites que orbitan exactamente donde esperamos y desarrollar medicamentos que curan enfermedades que antes eran mortales. La eficacia de la ciencia necesita una explicación, y la más sencilla es que las leyes capturan algo real. No necesitan ser perfectas ni definitivas (pueden ser aproximaciones), pero no pueden ser pura ficción.

Van Fraassen, sin embargo, muestra que el argumento de Putnam no es tan concluyente como parece. En La imagen científica, defiende lo que llama «empirismo constructivo»: las teorías científicas no necesitan ser verdaderas para ser buenas; basta con que sean «empíricamente adecuadas», es decir, que salven los fenómenos observables (Van Fraassen, 1980, p. 12). Que una ley permita predecir eclipses no demuestra que describa la realidad tal como es; solo demuestra que funciona dentro del rango de lo que podemos observar. Podría haber otra ley, formulada de manera completamente distinta, que hiciera exactamente las mismas predicciones; de hecho, en la historia de la ciencia ha ocurrido más de una vez que teorías rivales hacían las mismas predicciones con fundamentos opuestos. Si Van Fraassen tiene razón, el éxito de la ciencia no es un argumento a favor del realismo: es compatible tanto con que las leyes descubran la realidad como con que simplemente la imiten bien. Pero la posición de Van Fraassen tiene su propio problema: si las leyes solo necesitan «salvar los fenómenos», ¿por qué los científicos siguen buscando explicaciones más profundas en lugar de conformarse con modelos que funcionan? La práctica científica real muestra que los científicos no solo quieren predecir sino comprender, y eso sugiere que buscan algo más que adecuación empírica: buscan la verdad, aunque no puedan estar seguros de haberla encontrado.

El recorrido de Aristóteles a Van Fraassen muestra que la dicotomía entre descubrimiento e invención es demasiado simple. Las leyes de la naturaleza tienen algo de ambas cosas. La regularidad que describen (las manzanas caen, los planetas orbitan, la luz se propaga) no es una invención humana: existía antes de que nadie la formulara, como señalaban Aristóteles y Bacon. Pero la forma en que la describimos (ecuaciones, modelos, paradigmas) sí es una construcción humana, marcada por nuestras herramientas, nuestros conceptos y nuestros límites, como muestran Hume y Kuhn. Putnam tiene razón al insistir en que la eficacia de la ciencia necesita una explicación y que la más razonable es que nuestras leyes capturan algo real. Van Fraassen tiene razón al recordar que capturar algo real no es lo mismo que describirlo perfectamente. Lo que las leyes hacen es algo intermedio y fascinante: traducir regularidades del mundo al lenguaje de la mente humana. La traducción no es el original, pero tampoco es una ficción: es un puente entre lo que hay y lo que podemos comprender.

Conviene delimitar la tesis. No sostengo que exista una traducción neutral y transparente de la naturaleza a nuestras ecuaciones, ni que da igual qué teoría usemos con tal de que funcione; sostengo que las leyes que sobreviven al contraste con la experiencia capturan algo del orden real, aunque expresado con herramientas nuestras. Mi tesis se sostiene mientras el éxito predictivo de la ciencia siga necesitando una explicación mejor que la pura coincidencia. Si se mostrara que teorías radicalmente falsas pueden ser indefinidamente exitosas sin capturar nada real, el argumento del no-milagro caería y con él mi tesis.

Volviendo a la pregunta inicial: ¿existía la ley de la gravedad antes de Newton? La regularidad que describe (que los cuerpos se atraen) sí existía. La ecuación que la formula (F = G·m₁·m₂/r²) no. La naturaleza tiene un orden que no hemos inventado, pero las palabras y los números con los que lo expresamos son inevitablemente nuestros. Reconocer eso no es una derrota: es la forma más honesta de hacer ciencia.

 

Bibliografía

  • Aristóteles (siglo IV a. C.). Física. Gredos.
  • Bacon, F. (1620). Novum Organum. Losada.
  • Hume, D. (1748). Investigación sobre el entendimiento humano. Alianza.
  • Kuhn, T. S. (1962). La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica.
  • Putnam, H. (1975). Mathematics, Matter and Method. Cambridge University Press.
  • Van Fraassen, B. (1980). La imagen científica. Paidós.

(1523 palabras)

 

III. EVALUACIÓN

Rúbrica de evaluación

CriterioDeficienteAceptableNotableExcelente
Estructura e introducción
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Falta alguna parte esencial o la organización resulta confusa. La tesis no aparece con claridad.
1 pt.
Introducción, desarrollo y conclusión reconocibles. La tesis se formula con claridad y se retoma al final.
1,5 pt.
La introducción despliega las interpretaciones de la pregunta con sus implicaciones y justifica cuál se elige. La conclusión añade consecuencias o implicaciones actuales.
2 pt.
Además, la interpretación elegida orienta de principio a fin el desarrollo, y la conclusión responde a la pregunta tal como quedó planteada en la introducción.
Argumentación
hasta 3,5 puntos
0,5 pt.
Los argumentos apenas se desarrollan. Faltan ejemplos o citas, o estas no se explican. No se consideran posiciones contrarias.
2 pt.
Presenta al menos dos argumentos a favor y dos en contra, cada uno con ejemplos y una cita explicada. Los argumentos se exponen por separado, sin relacionarse entre sí.
3 pt.
Se comparan las posiciones y se señalan las fortalezas y las debilidades de cada una. La valoración final está razonada.
3,5 pt.
Los argumentos se responden entre sí: se concede lo que la posición contraria prueba y se muestra hasta dónde llega, o se invierte a favor de la tesis. La reflexión progresa.
Honestidad intelectual
hasta 1 punto
0 pt.
La posición contraria se caricaturiza, se presenta en su versión más débil o se le atribuye lo que no dice (hombre de paja).
0,5 pt.
La posición contraria se expone correctamente, aunque de forma escueta.
0,75 pt.
La posición contraria se expone en su versión más fuerte, con el mismo rigor que la propia.
1 pt.
Además, se delimitan las condiciones en que la propia tesis se sostiene, o los casos que no logra resolver.
Ejemplos propios
hasta 1,5 puntos
0,25 pt.
No usa ejemplos, o solo los que aparecen en los textos de práctica y en clase.
0,75 pt.
Usa algún ejemplo propio, aunque resulte decorativo o poco relacionado con el argumento.
1 pt.
Usa al menos dos ejemplos propios, pertinentes y bien elegidos para el argumento que ilustran.
1,5 pt.
Los ejemplos propios no solo ilustran: hacen avanzar el argumento, porque muestran algo que la cita por sí sola no mostraba.
Claridad y precisión expresiva
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Vocabulario impreciso. Párrafos poco conectados. Frases difíciles de seguir.
1 pt.
Vocabulario sencillo pero adecuado. El texto se entiende correctamente.
1,5 pt.
Vocabulario preciso y uso correcto de los conceptos filosóficos. Los párrafos se enlazan con conectores adecuados y la lectura es fluida.
2 pt.
Expresión rigurosa y matizada. Cada palabra dice exactamente lo que debe decir. Estilo cuidado.

Nota final: suma de los cinco criterios sobre 10 puntos, menos las penalizaciones. En cada criterio se asigna uno de los cuatro valores de la tabla, sin puntuaciones intermedias.

Sobre la estructura: quien sigue correctamente la estructura básica puede alcanzar el nivel notable. El nivel excelente exige que los argumentos se respondan entre sí, que la reflexión avance más allá de una simple acumulación de ideas.

 

Condiciones de entrega

Si no se cumplen, la disertación no se corrige:

  • Entregada en clase, dentro del plazo establecido.
  • Escrita a mano, en folios en blanco, con letra legible.
  • Al final del texto, tras la bibliografía, debe figurar el número de palabras de la disertación (sin contar la bibliografía).

El recuento forma parte del trabajo: llevarlo durante la redacción es la manera de ajustar la extensión mientras aún se puede corregir.

 

Penalizaciones

ConceptoDescuento
Extensión (no acumulable: se aplica solo el tramo correspondiente, sobre el número de palabras declarado)
Desviación de hasta 100 palabras (1100-1199 o 1601-1700)
−0,5
Desviación de 100 a 200 palabras (1000-1099 o 1701-1800)−1
Desviación superior a 200 palabras (menos de 1000 o más de 1800)−2
Presentación (acumulable hasta un máximo de −1)
Sin sangría en la primera línea de cada párrafo
−0,25
Sin márgenes−0,25
Tachones o correcciones visibles−0,5
Ortografía (acumulable, sin límite)
Por cada falta de ortografía
−0,25
Por cada falta de tilde−0,05

 

Recursos

 

Bibliografía

Fuentes primarias

  • Aristóteles (1994). Metafísica, VII (ed. T. Calvo Martínez). Gredos.
  • Bacon, F. (2011). La gran restauración (Novum Organum).
  • Hume, D. (1988). Investigación sobre el conocimiento humano (trad. J. Salas Ortueta). Alianza.
  • Kuhn, T. S. (2004). La estructura de las revoluciones científicas (trad. C. Solís). FCE.
  • Lakatos, I. (1989). La metodología de los programas de investigación científica (trad. J. C. Zapatero). Alianza.
  • Popper, K. R. (1983). Conjeturas y refutaciones (trad. N. Míguez). Paidós.
  • Putnam, H. (1975). «What Is «Realism»?». Proceedings of the Aristotelian Society.
  • Van Fraassen, B. (1980). The Scientific Image. Clarendon Press.

 

Manuales, historias de la filosofía y obras de referencia

  • Bunge, M. (1985). Seudociencia e ideología. Alianza.
  • Chalmers, A. (1990). ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? Siglo XXI.
  • Diéguez, A. (1998). Realismo científico. Una introducción al debate actual en la filosofía de la ciencia. Universidad de Málaga.
  • Duhem, P. (2003). La teoría física, su objeto y su estructura. Herder.
  • Feyerabend, P. (1986). Tratado contra el método. Tecnos.
  • Ferrater Mora, J. (1964). Diccionario de filosofía (2 vols.). Sudamericana.

 

Vídeos

 

Glosario

 

GLOSARIO

Abducción / inferencia a la mejor explicación. Forma de razonamiento de Peirce, aplicada por Kepler: ante un hecho observado, se propone la hipótesis que, de ser verdadera, lo explicaría de forma más natural. No garantiza la verdad, pero orienta la investigación.

Axioma. Principio indemostrable sobre el que se construye una teoría en el método axiomático. En la mecánica de Newton, sus tres leyes del movimiento funcionan como axiomas del sistema.

Confirmación empírica. Tercera etapa del método axiomático de Newton: comprobar que las consecuencias del sistema formal coinciden con las observaciones, sabiendo que esa confirmación nunca es definitiva.

Convencionalismo. Postura, surgida con las geometrías no euclidianas, según la cual las teorías científicas son convenciones útiles para representar el mundo, sin que podamos tener certeza de que lo describen tal cual es.

Deferente / epiciclo. En el sistema de Ptolomeo, el deferente es la gran circunferencia centrada en la Tierra; el epiciclo, la pequeña circunferencia cuyo centro se mueve sobre ella. Su combinación explicaba el movimiento aparente de los planetas.

Experimentos mentales. Situaciones hipotéticas idealizadas, introducidas por Galileo, para entender por extrapolación cómo se comportarían los cuerpos en condiciones no reproducibles, como la caída en el vacío.

Filosofía de la ciencia. Rama de la filosofía que estudia qué distingue a la investigación científica, qué procedimientos debe seguir, qué hace correcta una explicación y qué fiabilidad tiene el saber que produce.

Geometrías no euclidianas. Sistemas geométricos alternativos al de Euclides, desarrollados en el siglo XIX (elíptica de Riemann, hiperbólica de Lobachevsky), que mostraron que puede haber más de un sistema matemático coherente.

Método axiomático. Método científico de Newton en tres etapas: formular un sistema axiomático, establecer su correlación con la experiencia, y confirmar empíricamente sus consecuencias.

Movimiento de retrogradación. Fenómeno por el que los planetas, sobre todo Marte, parecen retroceder en su trayectoria antes de reanudar su movimiento habitual. Ptolomeo lo explicó mediante epiciclos y deferentes.

Postulado de la objetividad. Principio, formulado por Galileo y Descartes y descrito por Monod, que rechaza sistemáticamente explicar los fenómenos naturales por causas finales, admitiendo solo causas eficientes.

Principio de inercia. Primera ley de Newton, ya formulada por Galileo y Descartes: todo cuerpo permanece en reposo o movimiento uniforme salvo que una fuerza externa lo altere. Axioma fundamental de la mecánica clásica.

Procedimiento de correlación. Segunda etapa del método axiomático de Newton: especificar la relación entre los teoremas del sistema formal y las observaciones empíricas que les corresponden.

Propiedades primarias / secundarias. Según Galileo, las primarias (forma, tamaño, velocidad) son objetivas y base del conocimiento científico; las secundarias (color, sabor, calor) son subjetivas y dependen de quien percibe.

Realismo científico. Postura según la cual las teorías científicas describen genuinamente el mundo y sus términos refieren a entidades reales. Su argumento principal es el del «no-milagro»: el éxito predictivo de la ciencia sería inexplicable si no describiera la realidad.

Relativismo científico. Postura según la cual no podemos saber si las teorías describen la realidad, y las aceptamos porque corresponden a la visión del mundo de la comunidad científica a la que pertenecemos.

Revolución Científica. Periodo de los siglos XVI y XVII que transformó la imagen científica del mundo, con Copérnico, Galileo, Kepler y Newton como figuras principales, y que puso fin a la física aristotélica.

Sistema axiomático. Conjunto de teoremas, definiciones y axiomas organizados deductivamente, primera etapa del método de Newton, del que se derivan lógicamente las consecuencias antes de contrastarlas con la experiencia.

 

Quiz

 

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