Teoría
EL ORIGEN DE LA SOCIEDAD Y DEL ESTADO
Los seres humanos vivimos en comunidades organizadas, obedecemos leyes y reconocemos la autoridad de un Estado. Pero esto, que damos por evidente, encierra un problema filosófico de primer orden: ¿por qué existe la sociedad? ¿De dónde procede el poder político? ¿Vivimos juntos porque nuestra propia naturaleza nos impulsa a ello, o porque en algún momento nos convino asociarnos y renunciar a parte de nuestra libertad?
A lo largo de la historia de la filosofía, las respuestas se han agrupado en torno a dos grandes intuiciones. Para unos, la vida en común es natural: la sociedad no es un invento, sino el modo propio en que los seres humanos existen, del mismo modo que las abejas viven en colmenas. Para otros, la vida en común es artificial: los individuos son anteriores a la sociedad, y esta surge de un acuerdo, tácito o expreso, porque asociarse resulta ventajoso. De esta segunda intuición nacerá la teoría del contrato social, que ha dominado la reflexión política moderna. Esa distinción entre lo natural y lo convencional vertebra todo el recorrido que sigue.
LAS PRIMERAS EXPLICACIONES: LA ANTIGÜEDAD
Ya en la Grecia clásica encontramos formuladas, con notable claridad, las principales vías para explicar el origen de la sociedad y de las instituciones políticas.
Protágoras

Protágoras de Abdera (485-411 a. C.), el más célebre de los sofistas, ofrece una explicación mediante un mito que Platón recoge en el diálogo que lleva su nombre: el mito de Prometeo. Según este relato, cuando los dioses crearon a los seres vivos, encargaron a Epimeteo repartir entre ellos las cualidades necesarias para sobrevivir. Epimeteo las distribuyó todas entre los animales (fuerza, velocidad, garras, pelaje) y, cuando llegó el turno del ser humano, no le quedaba nada. Para remediarlo, Prometeo robó a los dioses el fuego y las artes técnicas, y se las entregó a los hombres. Con ellas pudieron fabricar herramientas, viviendas y alimentos, pero seguían pereciendo, porque, al carecer del arte política, no sabían vivir juntos: cuando se reunían en ciudades para defenderse, acababan enfrentándose y dispersándose de nuevo.
Entonces Zeus, temiendo que la especie se extinguiera, envió a Hermes para que llevara a los hombres el respeto (aidós) y la justicia (diké), que son los vínculos que hacen posible la convivencia. Y ordenó que se repartieran entre todos por igual, no como las artes técnicas, que están distribuidas de forma desigual (unos son médicos y otros carpinteros). El mito encierra una tesis filosófica de gran calado: la vida en sociedad no es un dato natural ni el simple resultado de la técnica, sino que requiere una capacidad específica, el sentido de la justicia, que todos los seres humanos poseen. De ahí se sigue, además, una defensa de la democracia: si todos participan del sentido de lo justo, todos están legitimados para opinar en los asuntos públicos.
Aristóteles

Aristóteles (384-322 a. C.) defiende la tesis de la sociabilidad natural. Para él, el ser humano es por naturaleza un animal político o social (zoon politikon). No vivimos en comunidad por un acuerdo ni por conveniencia, sino porque nuestra propia naturaleza nos orienta a ello. Y lo demuestra con un argumento que parte del lenguaje: a diferencia de los demás animales, que solo poseen voz para expresar placer y dolor, el ser humano tiene palabra (logos), y la palabra sirve para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, lo justo y lo injusto. Es esa capacidad de deliberar en común sobre el bien y el mal lo que da lugar a la casa y a la ciudad.
De aquí extrae Aristóteles una afirmación llamativa: la ciudad es anterior al individuo, del mismo modo que el todo es anterior a la parte. Una mano separada del cuerpo ya no es una mano, sino solo de nombre, porque no puede cumplir su función. Igualmente, el individuo aislado no se basta a sí mismo: quien no puede vivir en comunidad, o no la necesita por bastarse a sí mismo, no es un hombre, sino una bestia o un dios. La sociedad no es, pues, un artificio añadido a la naturaleza humana, sino el ámbito en que esa naturaleza se realiza. Aristóteles añade que el ser humano perfecto es el mejor de los animales, pero, apartado de la ley y de la justicia, es el peor de todos, pues está provisto de armas (la inteligencia, el lenguaje) que puede usar para los peores fines.
Epicuro y Lucrecio
Frente a la sociabilidad natural aristotélica, el epicureísmo sostiene una concepción convencional del orden social que anticipa, veinte siglos antes, el contractualismo moderno. Para Epicuro (341-270 a. C.), la justicia no existe por naturaleza ni tiene valor en sí misma: es un pacto de utilidad establecido entre los hombres para no dañarse ni ser dañados. Lo justo no es algo eterno e inmutable, sino aquello que resulta conveniente para la convivencia en unas circunstancias determinadas; si esas circunstancias cambian, lo que era justo puede dejar de serlo. Las leyes, por tanto, no descubren un orden previo, sino que lo instituyen por acuerdo.
El poeta romano Lucrecio (99-55 a. C.), seguidor de Epicuro, desarrolló esta idea en su poema De rerum natura ofreciendo un relato del surgimiento de la civilización. Los primeros seres humanos, describe, vivían dispersos, sin leyes ni costumbres comunes, como fieras. Con el tiempo aprendieron a construir cabañas, a usar el fuego y a formar familias, y así fueron ablandándose sus costumbres. Finalmente, cansados de una vida de violencia en la que el más fuerte se imponía, establecieron pactos y leyes por conveniencia mutua, aceptando someterse a normas comunes a cambio de seguridad. La sociedad y el derecho aparecen así como invenciones humanas nacidas de la experiencia y del cálculo de lo que a cada uno le conviene, no como una disposición de la naturaleza ni como un don divino.
Los antiguos han dejado planteadas las grandes vías: la sociedad como don que hace posible la convivencia, como realización de nuestra naturaleza, o como acuerdo nacido de la utilidad. Esta última idea, la del pacto, permanecerá largo tiempo en segundo plano. Habrá que esperar a la Edad Moderna para que, en un contexto histórico muy concreto, se convierta en la explicación dominante del origen del Estado y adopte la forma de una teoría sistemática: el contractualismo.
EL CONTRACTUALISMO: DEL ESTADO DE NATURALEZA AL PACTO SOCIAL
Durante siglos, la autoridad de los gobernantes se había justificado apelando a la voluntad de Dios: el rey gobernaba por derecho divino, y obedecer al soberano era obedecer a Dios. Pero las guerras de religión que devastaron Europa en los siglos XVI y XVII pusieron en crisis esa justificación. Si católicos y protestantes invocaban al mismo Dios para defender reyes distintos, la voluntad divina ya no servía como fundamento indiscutible del poder político. Se hacía necesario buscar una justificación racional del Estado, una que no dependiera de la fe sino de la razón, y que pudiera ser aceptada por todos con independencia de sus creencias religiosas. Esa es la tarea que se propone el contractualismo: explicar el origen y la legitimidad del Estado a partir de un acuerdo racional entre individuos libres.
El contractualismo es una doctrina filosófico-política que sostiene que la sociedad y el Estado no son algo natural ni preexistente a la voluntad de los individuos, sino que se justifican apelando a un pacto social originario. Los contractualistas imaginan un estado previo a la institución de la sociedad civil, el estado de naturaleza, donde los seres humanos habrían llevado una existencia sin leyes ni gobierno. Conviene advertir que no se trata de una hipótesis histórica, sino de un experimento mental: no se afirma que ese estado existiera realmente, sino que se imagina para poner a prueba qué justificaría racionalmente la existencia del Estado. Desde ese punto de partida, se explica el paso a la sociedad mediante un contrato o pacto de unión. Cada autor describe el estado de naturaleza de forma diferente, y de esas diferencias se siguen conclusiones políticas muy distintas.
Thomas Hobbes

Thomas Hobbes (1588-1679) fue un filósofo inglés cuya principal obra, Leviatán, fue redactada bajo la impresión de los desórdenes de la revolución inglesa. Su objetivo era justificar la monarquía absoluta frente a los revolucionarios republicanos, pero al hacerlo propuso el armazón teórico del contractualismo, que acabaría sirviendo para fundamentar las ideas contrarias. Su argumento se articula en tres momentos.
Estado de naturaleza. Hobbes imagina cómo sería la vida antes de la aparición de la sociedad. Los seres humanos son aproximadamente iguales en fuerza y astucia, y todos aspiran a los mismos bienes escasos. De esa igualdad y esa escasez surge la desconfianza mutua. El resultado es un estado de precariedad y violencia, una guerra de todos contra todos. Hobbes precisa que la guerra no consiste solo en combatir, sino en la disposición permanente al combate mientras no exista seguridad de lo contrario. En ese estado no hay ley ni autoridad, y por tanto nada es justo ni injusto: cada uno tiene derecho a todo. Sin un poder común, no hay industria, ni agricultura, ni artes, ni ciencia, y la vida del hombre es, en su célebre fórmula, «solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta».
Pacto. Precisamente porque esa situación resulta insoportable, la razón aconseja salir de ella. Los individuos reconocen ciertas leyes naturales que impulsan a buscar la paz y a cumplir los pactos, y acuerdan un pacto irrevocable mediante el cual ceden todo su poder a un soberano (un hombre o una asamblea) que habrá de mantener el orden. El pacto no se firma con el soberano, sino entre los individuos, que se comprometen unos con otros a obedecerle. Y no puede romperse: al entregar todo el poder, se entrega también la capacidad de revocarlo.
Estado de sociedad. Del pacto nace el Estado, al que Hobbes llama Leviatán, evocando al monstruo bíblico para subrayar su poder. Se sustituye el derecho a todo por la ley, entendida como límite, y el soberano se convierte en la fuente de la legislación y del criterio de lo justo y lo injusto. Su poder es absoluto, porque cualquier limitación reabriría el conflicto que el pacto pretendía cerrar. El resultado es el modelo de la monarquía absoluta: un poder indivisible que garantiza la paz a cambio de la obediencia.
John Locke

John Locke (1632-1704) mantiene el esquema contractualista en sus Dos tratados sobre el gobierno civil, pero lo transforma para fundamentar el Estado liberal.
Estado de naturaleza. Para Locke, el estado de naturaleza no es una guerra, sino un estado de perfecta libertad e igualdad regido por una ley natural que la razón enseña a todos: siendo los seres humanos iguales e independientes, ninguno debe dañar a otro en su vida, salud, libertad o posesiones. Antes de la existencia del Estado, los individuos ya poseen derechos naturales, fundamentalmente la vida, la libertad y la propiedad, que no les otorga ningún gobierno. El problema no es la violencia generalizada, sino la inseguridad: falta una ley escrita reconocida por todos, faltan jueces imparciales y falta un poder capaz de hacer cumplir las sentencias, de modo que la protección de esos derechos resulta precaria.
Pacto. Para asegurar la protección de sus derechos, los individuos consienten en formar una sociedad política y ceden sus poderes a un gobierno. Pero esa cesión, a diferencia de la hobbesiana, es limitada y revocable: el gobierno recibe un poder en fideicomiso, es decir, en confianza, y solo para un fin determinado. Si traiciona ese encargo y atenta contra los derechos que debía proteger, los ciudadanos recuperan el poder que le habían confiado. Locke reconoce así el derecho a la rebelión. Además, nadie puede ser sometido al poder político sin su consentimiento.
Estado de sociedad. De aquí resulta el modelo de la democracia liberal: un gobierno limitado, sometido a la ley y basado en el consentimiento de los gobernados, cuya misión es garantizar los derechos naturales de los individuos. Locke defiende además la división de poderes (legislativo, ejecutivo y federativo) para evitar la concentración del poder característica del Antiguo Régimen. La restricción de libertad que impone el pacto tiene por objeto, precisamente, disfrutar de esa libertad con mayor seguridad.
Jean-Jacques Rousseau

Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) toma las categorías contractualistas pero invierte radicalmente los puntos de partida y de llegada. Su objeción a Hobbes es directa: los rasgos que este atribuye al ser humano en estado natural (la competencia, la desconfianza, la ambición) no son naturales, sino producto de la vida en sociedad. Hobbes habría descrito al hombre de su tiempo creyendo describir al hombre originario.
Estado de naturaleza. En el Discurso sobre el origen de la desigualdad, Rousseau imagina un ser humano primitivo que vive disperso, sin lenguaje elaborado ni propiedad, guiado por dos impulsos: el amor de sí, que es el instinto de conservación, y la piedad natural, la repugnancia innata a ver sufrir a un semejante. Este segundo sentimiento hace, en el estado de naturaleza, las veces de leyes, costumbres y virtud. Es el llamado mito del buen salvaje, aunque conviene precisar que Rousseau no lo presenta como un hecho histórico, sino como una hipótesis para comprender qué debemos a la naturaleza y qué a la sociedad.
La aparición de la sociedad. Lo característico de Rousseau es que, para él, la sociedad no soluciona un problema, sino que lo crea. El origen del mal social lo sitúa en la propiedad privada: el primero que cercó un terreno y dijo «esto es mío», encontrando gentes lo bastante simples para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil, y con él comenzaron las desigualdades, la competencia y los conflictos. La convivencia lanza a los hombres a compararse y rivalizar, sustituyendo el amor de sí por el amor propio, que es el afán de ser más que los demás.
Pacto. Perdida la inocencia originaria, no cabe volver atrás. Lo que Rousseau propone en El contrato social es un pacto que remedie la corrupción y haga compatibles la libertad y la vida en común. Su fórmula consiste en que cada uno se entregue por entero a la comunidad, sometiéndose a la voluntad general, que no es la suma de los intereses particulares, sino la voluntad del cuerpo político orientada al bien común. Al obedecer a la voluntad general, el ciudadano se obedece a sí mismo, porque es parte de ella, y sigue siendo libre. De aquí nacen los conceptos modernos de soberanía popular y de democracia directa: el poder reside en el pueblo y no puede ser representado ni enajenado.
Los tres contractualistas parten del mismo esquema (un estado previo, un pacto, una sociedad resultante) y sin embargo llegan a modelos políticos opuestos: la monarquía absoluta, la democracia liberal y la democracia directa. Ello muestra hasta qué punto las conclusiones políticas dependen de los supuestos de los que se parte. Cabe preguntarse, entonces, si el pacto es realmente la única explicación posible del origen del Estado, o si el problema puede plantearse en términos completamente distintos.
EL CONTRACTUALISMO EN LA ACTUALIDAD
La idea del contrato no es cosa del pasado. En la segunda mitad del siglo XX ha sido recuperada con herramientas nuevas, procedentes de la teoría de la decisión racional y de la economía, para volver a preguntarse por qué individuos libres aceptarían someterse a una autoridad común y qué límites debería tener esta.
Robert Nozick

Robert Nozick (1938-2002), en Anarquía, Estado y utopía, se propone responder a una pregunta que el contractualismo clásico había dado por resuelta: ¿es necesario un pacto para que surja el Estado, y hasta dónde puede este extenderse legítimamente? Nozick parte del estado de naturaleza de Locke, con individuos que poseen derechos naturales, y muestra que el Estado podría surgir sin ningún acuerdo explícito, mediante un proceso de mano invisible. En ausencia de autoridad, los individuos contratarían agencias privadas que protegieran sus derechos; con el tiempo, una de esas agencias acabaría imponiéndose sobre las demás en un territorio, y al asumir la protección de todos sus habitantes se convertiría, sin proponérselo, en algo equivalente a un Estado.
De este razonamiento extrae Nozick una conclusión política de gran alcance: solo está justificado el Estado mínimo, aquel que se limita a proteger a los individuos frente a la violencia, el robo y el fraude, y a hacer cumplir los contratos. Cualquier Estado más amplio, que redistribuya la riqueza o imponga fines colectivos, violaría los derechos de las personas, porque las trataría como medios para el beneficio de otros. Su famosa objeción a los impuestos redistributivos apunta en esa dirección: obligar a alguien a trabajar parte de su tiempo en beneficio ajeno equivale, sostiene, a disponer de su trabajo sin su consentimiento. Nozick representa así el extremo liberal del contractualismo contemporáneo, y su obra ha sido el gran contrapunto a las teorías que reclaman un Estado más activo.
David Gauthier

David Gauthier (1932-2023), en La moral por acuerdo, retoma la línea de Hobbes desde la teoría de juegos. Su punto de partida son individuos que buscan racionalmente su propio beneficio. Ahora bien, el cálculo racional muestra que la cooperación resulta más ventajosa que el conflicto: quien coopera obtiene a la larga mejores resultados que quien intenta aprovecharse de los demás, porque los demás dejarán de tratar con él. Las normas morales y las instituciones políticas se justifican, así, como restricciones que a cada individuo le conviene aceptar, no porque se le impongan desde fuera, sino porque comprende que su cumplimiento le beneficia. A diferencia de Hobbes, no hace falta un poder absoluto que atemorice a todos: basta con la racionalidad de quienes pactan.
MÁS ALLÁ DEL CONTRACTUALISMO
No todos los filósofos han aceptado el planteamiento contractualista. Algunos consideran que la sociedad no puede explicarse ni por la naturaleza ni por un pacto, sino por procesos históricos o materiales de otro orden.
Immanuel Kant

Immanuel Kant (1724-1804), en su ensayo Idea de una historia universal en sentido cosmopolita, introduce el concepto de insociable sociabilidad. El ser humano tiene simultáneamente una inclinación a asociarse, porque solo en sociedad desarrolla sus capacidades, y una inclinación a aislarse y a doblegarlo todo a su capricho, resistiéndose a los demás. Necesitamos a los otros y, a la vez, no los soportamos.
Lo original del planteamiento kantiano es que esa tensión no es un defecto que haya que suprimir, sino el motor del progreso. La resistencia que encontramos en los demás es lo que despierta nuestras fuerzas, vence nuestra pereza y nos impulsa a desarrollar nuestros talentos. Sin ese antagonismo, sostiene Kant, los hombres vivirían en una armonía pastoril, pero sus capacidades quedarían dormidas para siempre. Es esa mezcla de atracción y rechazo la que ha empujado a los seres humanos a salir de la barbarie, a crear cultura y a organizarse en Estados sometidos a leyes, único modo de que la libertad de cada uno pueda coexistir con la de los demás.
Karl Marx

Karl Marx (1818-1883) rechaza de raíz el planteamiento contractualista. Para él, el Estado no procede de un pacto entre individuos libres, ni de una disposición de la naturaleza humana, sino de las relaciones económicas de producción. La forma en que una sociedad produce sus bienes materiales determina su organización política y jurídica. En el Manifiesto del Partido Comunista, escrito junto a Friedrich Engels, sostiene que la historia de todas las sociedades ha sido la historia de la lucha de clases: opresores y oprimidos enfrentados de manera permanente.
Desde esta perspectiva, el Estado no es un árbitro neutral por encima de la sociedad, sino un instrumento de dominación al servicio de la clase que posee los medios de producción. El propio contractualismo, con su imagen de individuos libres e iguales que pactan, sería para Marx una construcción ideológica que presenta como universal y racional lo que en realidad responde a los intereses de una clase concreta, la burguesía. El origen del Estado no hay que buscarlo, por tanto, en un acuerdo racional ni en la naturaleza del hombre, sino en la estructura material de la sociedad y en los conflictos que la atraviesan.
La perspectiva evolucionista
Una explicación muy distinta del origen de la vida social procede de la biología evolutiva, que se pregunta cómo pudo surgir la cooperación entre organismos que compiten por sobrevivir y reproducirse. El problema es real: si la selección natural favorece a quien maximiza sus propias posibilidades, ¿por qué existen conductas que benefician a otros a costa de uno mismo?
En 1964, el biólogo William D. Hamilton propuso el mecanismo de la selección de parentesco: un individuo puede favorecer la transmisión de sus genes no solo reproduciéndose, sino ayudando a sobrevivir a quienes comparten esos genes, es decir, a sus parientes. Esto explica el sacrificio por las crías o los hermanos, frecuente entre los animales sociales. Pero no explica la cooperación con individuos no emparentados. En 1971, Robert Trivers añadió el mecanismo del altruismo recíproco: yo te ayudo hoy y tú me ayudas mañana, y ambos salimos ganando a largo plazo; si no me devuelves el favor, dejo de ayudarte. Este mecanismo solo funciona si los individuos conviven de forma estable y pueden recordar quién cooperó y quién no, condición que se cumple en los grupos de primates y en las primeras comunidades humanas.
El primatólogo Frans de Waal (1948-2024) ha mostrado, con décadas de observación, que estos mecanismos se manifiestan en conductas concretas de nuestros parientes evolutivos. Los chimpancés consuelan a otros tras una pelea; los bonobos comparten comida con individuos no emparentados; los monos capuchinos rechazan recompensas injustas, tirando el alimento si a un compañero se le da uno mejor por la misma tarea, lo que revela un sentido rudimentario de la equidad. De Waal concluye que la empatía y la cooperación son capacidades biológicas que compartimos con otros primates, anteriores a la razón, a la cultura y a cualquier contrato. Desde esta perspectiva, la vida en sociedad no comenzaría con un acuerdo entre individuos aislados, porque los seres humanos nunca fuimos individuos aislados: descendemos de primates que ya vivían en grupos organizados. El Estado sería entonces una elaboración cultural tardía sobre una base social que la evolución había preparado mucho antes de que existieran la filosofía y el derecho.
Hemos visto explicaciones muy distintas del origen de la sociedad y del Estado: el don de la justicia, la naturaleza social del hombre, el pacto de utilidad, el contrato racional, el antagonismo que impulsa el progreso, el conflicto de clases y la herencia evolutiva de la cooperación. Cada una de ellas dice algo sobre lo que somos, porque toda teoría del origen del poder descansa, aunque no siempre lo declare, en una determinada concepción del ser humano. Ahí reside quizá el interés último de esta cuestión: al preguntarnos de dónde viene el Estado, estamos preguntándonos también quiénes somos.
Práctica
Lee atentamente cada texto y responde a las cuatro preguntas en tu cuaderno.
Así, pues, encontramos tres causas principales de riña en la naturaleza del hombre. Primero, competición; segundo, inseguridad; tercero, gloria. El primero hace que los hombres invadan por ganancia; el segundo, por seguridad; y el tercero, por reputación. Los primeros usan de la violencia para hacerse dueños de las personas, esposas, hijos y ganado de otros hombres; los segundos para defenderlos; los terceros, por pequeñeces, como una palabra, una sonrisa, una opinión distinta, y cualquier otro signo de subvaloración, ya sea directamente de su persona, o por reflejo en su prole, sus amigos, su nación, su profesión o su nombre. Es por ello manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que les obligue a todos al respeto, están en aquella condición que se llama guerra; y una guerra como de todo hombre contra todo hombre. Pues la guerra no consiste sólo en batallas, o en el acto de luchar; sino en un espacio de tiempo donde la voluntad de disputar en batalla es suficientemente conocida. […] Pues así como la naturaleza del mal tiempo no está en un chaparrón o dos, sino en una inclinación hacia la lluvia de muchos días en conjunto, así la naturaleza de la guerra no consiste en el hecho de la guerra, sino en la disposición conocida hacia ella, durante todo el tiempo en que no hay seguridad de lo contrario. Todo otro tiempo es paz. Lo que puede en consecuencia atribuirse al tiempo de guerra, en el que todo hombre es enemigo de todo hombre, puede igualmente atribuirse al tiempo en que los hombres también viven sin otra seguridad que la que les suministra su propia fuerza y su propia inventiva. En tal condición no hay lugar para la industria; porque el fruto de la misma es inseguro. Y, por consiguiente, tampoco cultivo de la tierra; ni navegación, ni uso de los bienes que pueden ser incorporados por mar, ni construcción confortable; ni instrumentos para mover y remover los objetos que necesitan mucha fuerza; ni conocimiento de la faz de la tierra; ni cómputo del tiempo; ni artes ni letras; ni sociedad, sino, lo que es peor que todo, miedo continuo y peligro de muerte violenta; y para el hombre una vida solitaria, pobre, desgraciada, brutal y corta. […] De esta guerra de todo hombre contra todo hombre, es también consecuencia que nada puede ser injusto. Las nociones de bien y mal, justicia e injusticia, no tienen allí lugar. Donde no hay poder común, no hay ley. Donde no hay ley, no hay injusticia. […] Es consecuente también con la misma condición que no haya propiedad, ni dominio, ni distinción entre mío y tuyo; sino sólo aquello que todo hombre pueda tomar.
Hobbes, T. (1977). Leviatán, cap. XIII (trad. Sánchez Sarto). Editora Nacional, pp. 224-227.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si los seres humanos pueden vivir en paz sin un poder común que los gobierne.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Hobbes defiende que, en ausencia de un poder común que obligue a todos al respeto, los hombres viven en un estado de guerra de todos contra todos. La naturaleza humana contiene tres causas de conflicto —la competición, la inseguridad y el deseo de gloria— que hacen imposible la convivencia pacífica sin un Estado. En esa condición de guerra no hay industria, ni cultura, ni justicia, ni propiedad, sino solo miedo continuo y peligro de muerte violenta.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Hobbes utiliza varios argumentos encadenados. En primer lugar, identifica tres causas de conflicto en la naturaleza humana: la competición (que lleva a invadir por ganancia), la inseguridad (que lleva a atacar por defensa) y la gloria (que lleva a la violencia por reputación). En segundo lugar, define la guerra no como el acto de luchar, sino como la disposición conocida hacia el combate durante todo el tiempo en que no hay seguridad de lo contrario, comparándola con el mal tiempo, cuya naturaleza no está en un chaparrón sino en la inclinación persistente a la lluvia. En tercer lugar, describe las consecuencias de ese estado de guerra: no hay industria, ni cultivo de la tierra, ni navegación, ni artes, ni letras, ni sociedad, y la vida del hombre es solitaria, pobre, desgraciada, brutal y corta. Finalmente, concluye que en ese estado no pueden existir la justicia ni la propiedad, porque donde no hay poder común no hay ley, y donde no hay ley no hay injusticia.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Jean-Jacques Rousseau mantendría una posición diferente. Para Rousseau, el estado de naturaleza no es una guerra de todos contra todos, sino un estado pacífico en el que el hombre salvaje vive guiado por la piedad natural. En primer lugar, argumenta que Hobbes ha cometido el error de atribuir al hombre natural pasiones que son en realidad producto de la vida en sociedad: la competición, la inseguridad y el deseo de gloria no son rasgos naturales del ser humano, sino que nacen de la convivencia social, por lo que el estado de naturaleza es el más apto para la paz. En segundo lugar, sostiene que los salvajes no son malvados porque no saben lo que es ser buenos, y que lo que les impide obrar mal no es ni el desarrollo de la razón ni el freno de la ley, sino la calma de las pasiones y la ignorancia del vicio, de modo que no necesitan un Estado porque sean malos, sino que se vuelven conflictivos precisamente cuando abandonan ese estado natural.
A favor de que la maldad natural del ser humano sea el origen del Estado
El poder del que hablo sería efectivo al máximo si aquellos hombres adquirieran una fuerza tal como la que se dice que cierta vez tuvo Giges, el antepasado del lidio. Giges era un pastor que servía al entonces rey de Lidia. Un día sobrevino una gran tormenta y un terremoto que rasgó la tierra y produjo un abismo en el lugar en que Giges llevaba el ganado a pastorear. Asombrado al ver esto, descendió al abismo y halló, entre otras maravillas que narran los mitos, un caballo de bronce, hueco y con ventanillas, a través de las cuales divisó adentro un cadáver de tamaño más grande que el de un hombre, según parecía, y que no tenía nada excepto un anillo de oro en la mano. Giges le quitó el anillo y salió del abismo. Ahora bien, los pastores hacían su reunión habitual para dar al rey el informe mensual concerniente a la hacienda, cuando llegó Giges llevando el anillo. Tras sentarse entre los demás, casualmente volvió el engaste del anillo hacia el interior de su mano. Al suceder esto se tornó invisible para los que estaban sentados allí, quienes se pusieron a hablar de él como si se hubiera ido. Giges se asombró, y luego, examinando el anillo, dio vuelta el engaste hacia afuera y tornó a hacerse visible. Al advertirlo, experimentó con el anillo para ver si tenía tal propiedad, y comprobó que así era: cuando giraba el engaste hacia adentro, su dueño se hacía invisible, y, cuando lo giraba hacia afuera, se hacía visible. En cuanto se hubo cerciorado de ello, maquinó el modo de formar parte de los que fueron a la residencia del rey como informantes; y una vez allí sedujo a la reina, y con ayuda de ella mató al rey y se apoderó del gobierno.
[…] Por consiguiente, si existiesen dos anillos de esa índole y se otorgara uno a un hombre justo y otro a uno injusto, según la opinión común no habría nadie tan íntegro que perseverara firmemente en la justicia y soportara el abstenerse de los bienes ajenos, sin tocarlos, cuando podría tanto apoderarse impunemente de lo que quisiera del mercado, como, al entrar en las casas, acostarse con la mujer que prefiriera, y tanto matar a unos como librar de las cadenas a otros, según su voluntad, y hacer todo como si fuera igual a un dios entre los hombres. En esto el hombre justo no haría nada diferente del injusto, sino que ambos marcharían por el mismo camino. E incluso se diría que esto es una importante prueba de que nadie es justo voluntariamente, sino forzado, por no considerarse a la justicia como un bien individual, ya que allí donde cada uno se cree capaz de cometer injusticias, las comete.
Platón (1988). República, Libro II, 359d-360d (trad. C. Eggers Lan). Gredos, pp. 107-108.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si los seres humanos son justos voluntariamente o solo por imposición.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Glaucón defiende que nadie es justo voluntariamente, sino forzado. Si cualquier persona, justa o injusta, tuviera el poder de actuar con total impunidad —como el pastor Giges con su anillo de invisibilidad—, ambas actuarían del mismo modo: apoderándose de los bienes ajenos, cometiendo toda clase de injusticias y viviendo como un dios entre los hombres. La justicia no es un bien en sí mismo, sino una convención que solo se respeta cuando no se tiene el poder de violarla.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Glaucón utiliza un experimento mental basado en el mito del anillo de Giges. En primer lugar, narra la historia de un pastor que descubre un anillo que lo hace invisible y lo usa para seducir a la reina, matar al rey y apoderarse del gobierno, mostrando cómo el poder de actuar sin consecuencias conduce inevitablemente a la injusticia. En segundo lugar, aplica el mito a la cuestión filosófica: si existiesen dos anillos iguales y se diera uno a un hombre justo y otro a uno injusto, según la opinión común ambos actuarían del mismo modo, apoderándose de lo ajeno, acostándose con quien quisieran y matando o liberando a su antojo. En tercer lugar, extrae la conclusión: esto prueba que nadie es justo voluntariamente, sino forzado, porque allí donde cada uno se cree capaz de cometer injusticias, las comete, lo que demuestra que la justicia no se considera un bien individual.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Aristóteles mantendría una posición diferente. Para Aristóteles, el ser humano es por naturaleza un animal social y la vida en comunidad no es una convención impuesta por la debilidad, sino la realización de nuestra naturaleza. En primer lugar, argumenta que el hombre es el único animal que posee palabra (logos), que sirve para manifestar lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, y que es precisamente la participación comunitaria de estos valores lo que constituye la ciudad, de modo que la justicia no es una imposición externa sino algo propio de la naturaleza humana. En segundo lugar, sostiene que el ser humano perfecto es el mejor de los animales, pero que apartado de la ley y de la justicia es el peor de todos, lo que significa que la justicia no es un freno artificial a nuestra maldad natural, sino la virtud que nos permite realizar plenamente lo que somos como seres racionales y sociales.
Surge de aquí un dilema, a saber: si es mejor ser amado que temido o al contrario. Al que se responde que lo mejor sería una y otra cosa a un mismo tiempo, pero que al ser difíciles de conciliar, es mucho más seguro ser temido que amado cuando se haya de prescindir de una de las dos. Porque de los hombres cabe en general decir que son ingratos, volubles, falsos, cobardes y codiciosos; y que mientras los tratas bien son todo tuyos, te ofrecen su sangre, sus bienes, su vida y sus hijos, más siempre y cuando no los necesites; pero cuando es así, se dan media vuelta. Entonces, el príncipe que ha dado crédito a sus palabras, omitiendo ulteriores preparativos, se hunde; porque las lealtades que se obtienen por un precio, y no por grandeza y nobleza de ánimo, se compran pero no se tienen, y cuando llega el momento no se las puede gastar. Y los hombres tienen menos miramientos para perjudicar a quien se hace amar que a quien se hace temer, porque el amor se mantiene merced al vínculo de la obligación, que la mezquindad de los hombres rompe siempre que está en juego la propia utilidad, en tanto al temor lo mantiene el miedo al castigo, del que nunca te logras desprender. No obstante, debe un príncipe hacerse temer de manera que, si no obtiene amor, consiga rehuir el odio; cosa esa que conseguirá cuando se quede al margen de los bienes de sus ciudadanos y súbditos, y de sus mujeres. Y aun si le fuere necesario proceder a ejecutar a alguien, siempre que haya justificación suficiente y causa manifiesta para hacerlo. Mas por encima de todo, debe abstenerse de los bienes ajenos, pues los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio.
[…] Volviendo a lo de ser temido y amado, concluyo que, puesto que los hombres aman por voluntad propia, y temen por voluntad del príncipe, un príncipe prudente debe fundarse en lo que es suyo, y no en lo que es de otros.
Maquiavelo, N. (2011). El príncipe, cap. XVII (trad. M. J. M. Forte). Gredos, pp. 55-57.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si un gobernante debe preferir ser amado o ser temido por sus súbditos.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Maquiavelo defiende que es mucho más seguro para un príncipe ser temido que ser amado. Lo ideal sería ser ambas cosas a la vez, pero como es difícil conciliarlas, el temor resulta un fundamento más fiable para el poder que el amor, porque los hombres son por naturaleza ingratos, volubles, falsos, cobardes y codiciosos. El amor depende de la voluntad de los súbditos, que lo rompen cuando les conviene, mientras que el temor depende de la voluntad del príncipe y se mantiene por el miedo al castigo.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Maquiavelo utiliza varios argumentos. En primer lugar, ofrece un diagnóstico pesimista de la naturaleza humana: los hombres son ingratos, volubles, falsos, cobardes y codiciosos, y mientras no los necesitas te ofrecen todo, pero se dan media vuelta cuando los necesitas de verdad. En segundo lugar, compara la solidez del amor y del temor como vínculos políticos: el amor se mantiene por el vínculo de la obligación, que la mezquindad humana rompe siempre que está en juego la propia utilidad; en cambio, al temor lo mantiene el miedo al castigo, del que nunca se logra uno desprender. En tercer lugar, señala que los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio, lo que muestra cuán poco fiable es su lealtad. Finalmente, concluye que el príncipe prudente debe fundarse en lo que es suyo —el temor— y no en lo que es de otros —el amor—, porque los hombres aman por voluntad propia y temen por voluntad del príncipe.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
John Locke mantendría una posición diferente. Para Locke, el gobierno no debe fundarse en el temor sino en el consentimiento libre de los gobernados y en la protección de sus derechos naturales. En primer lugar, argumenta que el estado de naturaleza es un estado de perfecta libertad e igualdad gobernado por una ley natural que la razón enseña a todos: nadie debe dañar a otro en su vida, salud, libertad o posesiones, de modo que los hombres no son por naturaleza ingratos y codiciosos como pretende Maquiavelo, sino seres racionales capaces de reconocer derechos y deberes mutuos. En segundo lugar, sostiene que el poder político legítimo nace del consentimiento de los gobernados, que se unen para proteger mejor esos derechos que ya poseen por naturaleza, y no del miedo al castigo; un príncipe que gobierna por el temor sería, en realidad, peor que el estado de naturaleza, porque los súbditos estarían sometidos a la voluntad arbitraria de un solo hombre sin poder cuestionarla.
Entiendo aquí por antagonismo la insociable sociabilidad de los hombres, esto es, el que su inclinación a vivir en sociedad sea inseparable de una hostilidad que amenaza constantemente con disolver esa sociedad. Que tal disposición subyace a la naturaleza humana es algo bastante obvio. El hombre tiene una tendencia a socializarse, porque en tal estado siente más su condición de hombre al experimentar el desarrollo de sus disposiciones naturales. Pero también tiene una fuerte inclinación a individualizarse (aislarse), porque encuentra simultáneamente en sí mismo la insociable cualidad de doblegar todo a su mero capricho y, como se sabe propenso a oponerse a los demás, espera hallar esa misma resistencia por doquier. Pues bien, esta resistencia es aquello que despierta todas las fuerzas del hombre y le hace vencer su inclinación a la pereza, impulsándole por medio de la ambición, el afán de dominio o la codicia, a procurarse una posición entre sus congéneres, a los que no puede soportar, pero de los que tampoco es capaz de prescindir.
Así se dan los auténticos primeros pasos desde la barbarie hacia la cultura (la cual consiste propiamente en el valor social del hombre); de este modo van desarrollándose poco a poco todos los talentos, así va formándose el gusto e incluso, mediante una continua ilustración, comienza a constituirse una manera de pensar que, andando el tiempo, puede transformar la tosca disposición natural hacia el discernimiento ético en principios prácticos determinados y, finalmente, transformar un consenso social urgido patológicamente en un ámbito moral. Sin aquellas propiedades —verdaderamente poco amables en sí— de la insociabilidad (de la que nace la resistencia que cada cual ha de encontrar necesariamente junto a sus pretensiones egoístas) todos los talentos quedarían eternamente ocultos en su germen, en medio de una arcádica vida de pastores donde reinarían la más perfecta armonía, la frugalidad y el conformismo, de suerte que los hombres serían tan bondadosos como las ovejas que apacientan, proporcionando así a su existencia un valor no mucho mayor que el detentado por su animal doméstico y, por lo tanto, no llenaría el vacío de la creación respecto de su destino como naturaleza racional. ¡Demos, pues, gracias a la Naturaleza por la incompatibilidad, por la envidiosa vanidad que nos hace rivalizar, por el anhelo insaciable de acaparar o incluso de dominar!
Kant, I. (1994). Idea de una historia universal en sentido cosmopolita, Proposición IV (trad. C. Roldán y R. R. Aramayo). Tecnos, pp. 20-22.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es qué papel desempeña el conflicto entre los seres humanos en el desarrollo de la civilización y la cultura.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Kant defiende que el ser humano posee una «insociable sociabilidad»: necesita vivir en sociedad, pero al mismo tiempo tiende a doblegar todo a su capricho y a oponerse a los demás. Lejos de ser un defecto, esta tensión es el motor del progreso humano, porque la resistencia que los demás nos oponen despierta todas nuestras fuerzas y nos impulsa a desarrollar nuestros talentos. Sin esas propiedades «poco amables» —la ambición, el afán de dominio, la codicia— los hombres vivirían en una arcádica armonía, pero serían tan bondadosos e improductivos como ovejas.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Kant utiliza varios argumentos encadenados. En primer lugar, describe la doble disposición de la naturaleza humana: el hombre tiene una tendencia a socializarse, porque en sociedad siente más su condición de hombre, pero también una fuerte inclinación a individualizarse, porque quiere doblegar todo a su capricho y espera hallar la misma resistencia en los demás. En segundo lugar, argumenta que esa resistencia mutua es precisamente lo que despierta todas las fuerzas del hombre y le hace vencer su inclinación a la pereza, impulsándole a procurarse una posición entre sus congéneres por medio de la ambición, el afán de dominio o la codicia. En tercer lugar, muestra las consecuencias positivas: así se dan los primeros pasos de la barbarie a la cultura, se desarrollan los talentos y se forma una manera de pensar que puede transformar la disposición natural en principios éticos. Finalmente, presenta un argumento contrafáctico: sin la insociabilidad, los hombres serían tan bondadosos como ovejas en una vida arcádica, pero sus talentos quedarían ocultos y su existencia no tendría más valor que la de un animal doméstico.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Karl Marx mantendría una posición diferente. Para Marx, el conflicto que impulsa la historia no es una disposición natural del ser humano, sino el producto de unas relaciones económicas y sociales concretas. En primer lugar, argumenta que la historia de todas las sociedades es la historia de las luchas de clases —opresores y oprimidos enfrentados entre sí—, de modo que el antagonismo no reside en la naturaleza humana como tal, sino en la estructura de la sociedad dividida en clases con intereses materiales opuestos. En segundo lugar, sostiene que el Estado no es el resultado de esa insociable sociabilidad natural, sino un instrumento de dominación de clase: el poder estatal moderno no es otra cosa que un comité que administra los negocios comunes de la burguesía, por lo que la ambición y la codicia que Kant considera motores del progreso son en realidad mecanismos de explotación de una clase sobre otra.
En contra de que la maldad natural del ser humano sea el origen del Estado
De todo esto es evidente que la ciudad es una de las cosas naturales, y que el hombre es por naturaleza un animal social, y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre. Como aquel a quien Homero vitupera: sin tribu, sin ley, sin hogar, porque el que es tal por naturaleza es también amante de la guerra, como una pieza aislada en el juego de damas. La razón por la cual el hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad.
Por naturaleza, pues, la ciudad es anterior a la casa y a cada uno de nosotros, porque el todo es necesariamente anterior a la parte. En efecto, destruido el todo, ya no habrá ni pie ni mano, a no ser con nombre equívoco, como se puede decir una mano de piedra: pues tal será una mano muerta. Todas las cosas se definen por su función y por sus facultades, de suerte que cuando éstas ya no son tales no se puede decir que las cosas son las mismas, sino del mismo nombre. Así pues, es evidente que la ciudad es por naturaleza y es anterior al individuo; porque si cada uno por separado no se basta a sí mismo, se encontrará de manera semejante a las demás partes en relación con el todo. Y el que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios. En todos existe por naturaleza la tendencia hacia tal comunidad, pero el primero que la estableció fue causante de los mayores beneficios. Pues así como el hombre perfecto es el mejor de los animales, así también, apartado de la ley y de la justicia, es el peor de todos. La injusticia más insoportable es la que posee armas, y el hombre está naturalmente provisto de armas al servicio de la sensatez y de la virtud, pero puede utilizarlas para las cosas más opuestas. Por eso, sin virtud, es el ser más impío y feroz y el peor en su lascivia y voracidad. La justicia, en cambio, es un valor cívico, pues la justicia es el orden de la comunidad civil, y la virtud de la justicia es el discernimiento de lo justo.
Aristóteles (2011). Política, I, 2, 1253a (trad. M. García Valdés). Gredos, pp. 187-188.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si la vida en comunidad política es natural para el ser humano o si es una imposición artificial.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Aristóteles defiende que la ciudad es una de las cosas naturales y que el hombre es por naturaleza un animal social. La vida en comunidad no es una convención impuesta por la necesidad de frenar nuestra maldad, sino la realización de lo que somos: el ser humano es el único animal dotado de palabra para manifestar lo justo y lo injusto, y la participación comunitaria de esos valores es lo que constituye la ciudad. La ciudad es anterior al individuo como el todo es anterior a la parte, y quien no puede vivir en comunidad no es un hombre, sino una bestia o un dios.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Aristóteles utiliza varios argumentos. En primer lugar, afirma que el hombre es más social que cualquier abeja o animal gregario porque la naturaleza no hace nada en vano, y le ha dado la palabra (logos), que no sirve solo para expresar dolor y placer —como la voz de los demás animales—, sino para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, lo justo y lo injusto. En segundo lugar, argumenta que la ciudad es anterior al individuo como el todo es anterior a la parte: del mismo modo que una mano separada del cuerpo ya no es una mano sino de nombre, el individuo aislado no se basta a sí mismo y necesita la comunidad para realizarse. En tercer lugar, señala que el ser humano perfecto es el mejor de los animales, pero apartado de la ley y de la justicia es el peor de todos, pues sin virtud es el ser más impío y feroz. Concluye que la justicia es un valor cívico: es el orden de la comunidad civil y el discernimiento de lo justo.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Thomas Hobbes mantendría una posición diferente. Para Hobbes, la vida en sociedad no es natural sino un artificio necesario para escapar de un estado de naturaleza que es una guerra de todos contra todos. En primer lugar, argumenta que la naturaleza humana contiene tres causas principales de conflicto —la competición, la inseguridad y el deseo de gloria—, de modo que sin un poder común que obligue a todos al respeto, la vida del hombre es solitaria, pobre, desgraciada, brutal y corta, lo que contradice la idea aristotélica de una sociabilidad natural. En segundo lugar, sostiene que donde no hay poder común no hay ley, y donde no hay ley no hay justicia ni injusticia, por lo que la justicia no es un valor natural del ser humano como pretende Aristóteles, sino una creación artificial que solo existe cuando un Estado con poder coercitivo la impone y la garantiza.
No vayamos sobre todo a concluir con Hobbes que, por no tener ninguna idea de la bondad, el hombre es naturalmente malvado, que es vicioso porque no conoce la virtud, que rehúsa siempre a sus semejantes servicios que no cree deberles, ni que en virtud del derecho, que con razón se atribuye, a las cosas que necesita, se imagina neciamente que es el único propietario de todo el universo. Hobbes ha visto bien el defecto de todas las definiciones modernas del derecho natural; pero las consecuencias que saca de la suya muestran que la toma en un sentido no menos falso. Al razonar sobre los principios que establece, este autor debiera decir que, siendo el estado de naturaleza aquél en que el cuidado de nuestra conservación es menos perjudicial para la del prójimo, dicho estado es por consiguiente el más apto para la paz, el más conveniente para el género humano. Dice precisamente lo contrario por haber introducido inadecuadamente en el cuidado de la conservación del hombre salvaje la necesidad de satisfacer una multitud de pasiones que son obra de la sociedad y que han hecho necesarias las leyes.
El malvado, dice, es un niño robusto; queda por saber si el hombre salvaje es un niño robusto. Y aunque se lo concediéramos, ¿qué se concluiría de ello? Que si, cuando es robusto, este hombre es tan dependiente de los demás como cuando es débil, no hay clase de excesos a la que no se entregue, que no golpee a su madre cuando ésta tarde demasiado en darle el pecho, que no estrangule a uno de sus hermanos menores cuando sea incomodado, que no muerda la pierna de los demás cuando tropiece con ella o esté enfadado; pero son dos suposiciones contradictorias en el estado de naturaleza ser robusto y dependiente; el hombre es débil cuando es dependiente, y se emancipa antes de ser robusto. Hobbes no ha visto que la misma causa que impide a los salvajes usar de su razón, como pretenden nuestros jurisconsultos, les impide al mismo tiempo abusar de sus facultades, como él mismo pretende; de suerte que podría decirse que los salvajes no son precisamente malvados porque no saben lo que es ser buenos; porque no es ni el desarrollo de las luces, ni el freno de la ley, sino la calma de las pasiones y la ignorancia del vicio lo que les impide obrar mal.
[…] Es cierto por tanto que la piedad es un sentimiento natural que, moderando en cada individuo la actividad del amor de sí mismo, concurre a la conservación mutua de toda la especie. Es ella la que, sin reflexión, nos lleva en socorro de aquellos a quienes vemos sufrir; es ella la que, en el estado de naturaleza, hace de leyes, de costumbres y de virtud, con la ventaja de que nadie se siente tentado a desobedecer su dulce voz.
Rousseau, J.-J. (2012). Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, Primera Parte (trad. M. Armiño). Alianza, pp. 234-238.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si el ser humano es naturalmente malvado, como sostiene Hobbes, o si el estado de naturaleza es en realidad pacífico.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Rousseau defiende que el hombre no es naturalmente malvado y que el estado de naturaleza es el más apto para la paz. Hobbes se equivoca al atribuir al hombre salvaje pasiones que son en realidad producto de la sociedad. Los salvajes no son malvados porque no saben lo que es ser buenos: lo que les impide obrar mal no es la ley ni la razón, sino la calma de las pasiones y la ignorancia del vicio. Además, la piedad natural —un sentimiento innato que nos lleva a socorrer a quien sufre— hace en el estado de naturaleza las veces de leyes, costumbres y virtud.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Rousseau utiliza varios argumentos contra Hobbes. En primer lugar, señala que Hobbes ha introducido inadecuadamente en el hombre salvaje pasiones que son obra de la sociedad: la competición, la inseguridad y el deseo de gloria no son naturales, sino que nacen de la convivencia social, por lo que el estado de naturaleza, donde el cuidado de nuestra conservación es menos perjudicial para la del prójimo, es el más conveniente para la paz. En segundo lugar, refuta la comparación de Hobbes entre el malvado y un niño robusto: en el estado de naturaleza es contradictorio ser robusto y dependiente a la vez, pues el hombre es débil cuando es dependiente y se emancipa antes de ser robusto, de modo que la causa que impide a los salvajes usar de su razón les impide también abusar de sus facultades. En tercer lugar, argumenta que la piedad es un sentimiento natural que modera el amor propio y concurre a la conservación mutua de toda la especie, haciendo en el estado de naturaleza las veces de leyes y virtud sin que nadie se sienta tentado a desobedecer su dulce voz.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Nicolás Maquiavelo mantendría una posición diferente. Para Maquiavelo, la naturaleza humana no es pacífica ni compasiva, sino ingrata, voluble y codiciosa, y el gobernante que confíe en la bondad de los hombres está condenado a hundirse. En primer lugar, argumenta que los hombres son ingratos, volubles, falsos, cobardes y codiciosos: mientras no los necesitas te ofrecen todo, pero se dan media vuelta cuando los necesitas de verdad, lo que contradice la idea rousseauniana de una piedad natural que lleva espontáneamente a socorrer al prójimo. En segundo lugar, sostiene que el amor se mantiene por el vínculo de la obligación, que la mezquindad humana rompe siempre que está en juego la propia utilidad, mientras que el temor se mantiene por el miedo al castigo, del que nunca se logra uno desprender, lo que muestra que la convivencia pacífica no puede fundarse en sentimientos naturales como la piedad, sino que requiere el temor al poder coercitivo del gobernante.
Para entender el poder político correctamente, y para deducirlo de lo que fue su origen, hemos de considerar cuál es el estado en que los hombres se hallan por naturaleza. Y es éste un estado de perfecta libertad para que cada uno ordene sus acciones y disponga de posesiones y personas como juzgue oportuno, dentro de los límites de la ley de naturaleza, sin pedir permiso ni depender de la voluntad de ningún otro hombre. Es también un estado de igualdad, en el que todo poder y jurisdicción son recíprocos, y donde nadie los disfruta en mayor medida que los demás.
[…] Mas aunque éste sea un estado de libertad, no es, sin embargo, un estado de licencia. Pues aunque, en un estado así, el hombre tiene una incontrolable libertad de disponer de su propia persona o de sus posesiones, no tiene, sin embargo, la libertad de destruirse a sí mismo, ni tampoco a ninguna criatura de su posesión, excepto en el caso de que ello sea requerido por un fin más noble que el de su simple preservación. El estado de naturaleza tiene una ley de naturaleza que lo gobierna y que obliga a todos; y la razón, que es esa ley, enseña a toda la humanidad que quiera consultarla, que siendo todos los hombres iguales e independientes, ninguno debe dañar a otro en lo que atañe a su vida, salud, libertad o posesiones. Pues como los hombres son todos obra de un omnipotente e infinitamente sabio Hacedor, y todos siervos de un señor soberano enviado a este mundo por orden suya y para cumplir su encargo, todos son propiedad de quien los ha hecho, y han sido destinados a durar mientras a Él le plazca, y no a otro. Y así, habiendo sido todos los hombres dotados con las mismas facultades, y al participar todos de una naturaleza común, no puede suponerse que haya entre nosotros una subordinación que nos dé derecho a destruir al prójimo como si éste hubiese sido creado para nuestro uso. Por la misma razón que cada uno se ve obligado a preservarse a sí mismo y a no destruirse por propia voluntad, también se verá obligado a preservar al resto de la humanidad en la medida en que le sea posible, cuando su propia preservación no se ve amenazada por ello.
Locke, J. (2006). Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, cap. II, §§4-6 (trad. C. Mellizo). Tecnos, pp. 10-12.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es cuál es el estado en que se encuentran los hombres por naturaleza, antes de la existencia del poder político.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Locke defiende que el estado de naturaleza es un estado de perfecta libertad e igualdad, gobernado por una ley natural que la razón enseña a todos. Los hombres pueden ordenar sus acciones y disponer de sus posesiones como juzguen oportuno, pero esa libertad no es licencia: nadie tiene derecho a destruirse a sí mismo ni a dañar a otro en su vida, salud, libertad o posesiones. Todos los hombres, como obra del mismo Hacedor, están obligados no solo a preservarse a sí mismos, sino también a preservar al resto de la humanidad.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Locke utiliza varios argumentos encadenados. En primer lugar, define el estado de naturaleza como un estado de perfecta libertad e igualdad: cada uno puede ordenar sus acciones dentro de los límites de la ley natural, sin depender de la voluntad de ningún otro, y todo poder y jurisdicción son recíprocos. En segundo lugar, distingue libertad de licencia: aunque el hombre es libre de disponer de su persona y sus posesiones, no tiene libertad de destruirse ni de dañar a otro, porque existe una ley de naturaleza que obliga a todos. En tercer lugar, identifica esa ley con la razón, que enseña que siendo todos iguales e independientes, ninguno debe dañar a otro en su vida, salud, libertad o posesiones. En cuarto lugar, fundamenta esa ley en un argumento teológico: todos los hombres son obra de un mismo Hacedor y han sido dotados con las mismas facultades, por lo que no puede suponerse que unos tengan derecho a destruir a otros. Finalmente, concluye que cada uno está obligado no solo a preservarse a sí mismo, sino a preservar al resto de la humanidad en la medida de lo posible.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Glaucón, tal como expone su argumento en la República de Platón, mantendría una posición diferente. Para Glaucón, la ley y la justicia no son expresiones de una razón natural que todos reconocen, sino convenciones impuestas por la debilidad de quienes no pueden cometer injusticias impunemente. En primer lugar, argumenta que si cualquier persona —justa o injusta— tuviera el poder de actuar sin consecuencias, como el pastor Giges con su anillo de invisibilidad, ambas actuarían del mismo modo, apoderándose de los bienes ajenos y cometiendo toda clase de injusticias, lo que contradice la idea de Locke de una ley natural que obliga a todos por medio de la razón. En segundo lugar, sostiene que nadie es justo voluntariamente sino forzado, y que allí donde cada uno se cree capaz de cometer injusticias las comete, de modo que la obligación de preservar al prójimo que Locke atribuye a la razón natural no es más que una imposición de los débiles sobre los fuertes para protegerse mutuamente.
La historia de todas las sociedades anteriores a la nuestra es la historia de luchas de clases. Ciudadanos libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, en una palabra, opresores y oprimidos estuvieron siempre enfrentados entre sí, librando una lucha ininterrumpida, en ocasiones velada, en ocasiones abierta, una lucha que finalizó en todos los casos con una transformación revolucionaria de la sociedad entera o con la destrucción conjunta de las clases en lucha.
[…] Nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza, con todo, por el hecho de haber simplificado los antagonismos de clase. La sociedad entera se divide cada vez más en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases directamente enfrentadas entre sí: burguesía y proletariado.
[…] El poder estatal moderno no es otra cosa que un comité que administra los negocios comunes de la clase burguesa, globalmente considerada. Allí donde ha llegado al poder, la burguesía ha destruido todas las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Ha desgarrado sin piedad los multicolores lazos feudales que vinculaban a los hombres a sus superiores naturales, sin dejar vivo otro lazo entre hombre y hombre que el interés desnudo, que el insensible «pago al contado». Ha ahogado en las aguas glaciales del cálculo egoísta el sagrado éxtasis del fervor religioso, del entusiasmo caballeresco, del sentimentalismo pequeño burgués. Ha sustituido, en una palabra, la explotación velada por ilusiones políticas y religiosas por la explotación franca, descarada, directa y escueta.
Marx, K. y Engels, F. (2012). Manifiesto del Partido Comunista, Sección I (trad. P. Ribas). Gredos, pp. 581-584.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es cuál es el verdadero motor de la historia y cuál es la función del Estado en la sociedad.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Marx y Engels defienden que la historia no es la historia de la maldad o la bondad humana, sino la historia de las luchas de clases: opresores y oprimidos siempre enfrentados entre sí. El Estado no existe porque los hombres sean malos por naturaleza, sino que es un instrumento de dominación de clase: el poder estatal moderno no es otra cosa que un comité que administra los negocios comunes de la burguesía. Allí donde ha llegado al poder, la burguesía ha destruido todas las relaciones anteriores y las ha sustituido por el interés desnudo y la explotación directa.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Marx y Engels utilizan varios argumentos. En primer lugar, presentan una tesis histórica general: la historia de todas las sociedades ha sido la historia de luchas de clases —ciudadanos y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos—, luchas que finalizaron siempre con una transformación revolucionaria de la sociedad o con la destrucción conjunta de las clases enfrentadas. En segundo lugar, caracterizan la época actual: la burguesía ha simplificado los antagonismos de clase, dividiendo la sociedad en dos grandes campos enemigos, burguesía y proletariado. En tercer lugar, definen la naturaleza del Estado: el poder estatal moderno no es otra cosa que un comité que administra los negocios comunes de la clase burguesa, lo que significa que el Estado no es un instrumento neutral ni una necesidad derivada de la naturaleza humana, sino un aparato al servicio de una clase dominante. Finalmente, describen cómo la burguesía ha destruido todas las relaciones feudales e idílicas, sustituyéndolas por el interés desnudo y la explotación directa.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Immanuel Kant mantendría una posición diferente. Para Kant, el conflicto entre los seres humanos no es producto de unas relaciones económicas de explotación, sino una disposición natural —la «insociable sociabilidad»— que la Naturaleza utiliza como motor del progreso. En primer lugar, argumenta que el ser humano tiene simultáneamente una tendencia a socializarse y una inclinación a individualizarse y a doblegar todo a su capricho, y que es precisamente esa resistencia mutua la que despierta todas sus fuerzas y le impulsa a desarrollar sus talentos, pasando de la barbarie a la cultura; por tanto, el antagonismo no es explotación de clase, sino un mecanismo natural de perfeccionamiento. En segundo lugar, sostiene que sin esas propiedades «poco amables» de la insociabilidad —la ambición, el afán de dominio, la codicia— todos los talentos quedarían ocultos y los hombres serían tan bondadosos como ovejas pero con una existencia de escaso valor, de modo que hay que dar gracias a la Naturaleza por la rivalidad, no abolirla mediante una revolución como proponen Marx y Engels.
Disertación filosófica
PROPUESTA DE TEMA
¿Necesitamos un Estado porque somos malos por naturaleza?
CÓMO HACER UNA DISERTACIÓN FILOSÓFICA
La disertación filosófica es un texto argumentativo en el que defiendes una posición razonada ante una pregunta filosófica. No se trata de dar tu opinión sin más, sino de construir una respuesta fundamentada en argumentos, apoyada en lo que han dicho los filósofos y capaz de considerar posiciones contrarias a la tuya. La finalidad de una disertación es llegar a una verdad lo más objetiva posible, esto es, que pueda ser compartida por todo ser racional. Todos los argumentos, estés personalmente de acuerdo o en desacuerdo con ellos, deben ser expuestos con el máximo rigor y fuerza. La extensión debe estar entre 1200 y 1600 palabras.
I. TRABAJO PREVIO
Paso 1: Elige la pregunta que más te interese
Elige la pregunta sobre la que tengas una opinión más clara, la que te resulte más cercana o la que te provoque más curiosidad. Si tienes una opinión fuerte sobre ella, aunque sea en contra, eso es buena señal: significa que tienes algo que decir. Ve a lo más cercano y sencillo para ti. La complejidad la encontrarás según profundices.
Paso 2: Busca las posibles interpretaciones
Las preguntas filosóficas contienen conceptos que pueden entenderse de varias maneras. Identifica las palabras clave y pregúntate qué pueden significar. Cada significado diferente produce una interpretación distinta de la pregunta.
Por ejemplo, la pregunta ¿Es la sociedad natural o artificial? admite al menos tres interpretaciones:
- Interpretación A: ¿Estamos biológicamente predispuestos a vivir en grupo, como las abejas o los lobos, o podríamos vivir igualmente solos?
- Interpretación B: ¿Es la sociedad una invención deliberada de los seres humanos, como la escritura o la rueda, o algo que encontramos ya dado al nacer?
- Interpretación C: ¿Es natural o construida la forma política concreta (el Estado, con sus instituciones) en que vivimos?
💡 Tip: Si no se te ocurren varias interpretaciones, prueba a cambiar una palabra clave por un sinónimo: no es lo mismo ¿es la sociedad natural o artificial? que ¿nacemos ya sociales o nos hacemos sociales? o ¿fuimos alguna vez individuos aislados?
Paso 3: Piensa en las implicaciones y elige una interpretación
Cada interpretación tiene implicaciones distintas. Pregúntate: si respondiera que sí, ¿qué se seguiría de ello? ¿Y si respondiera que no? La interpretación más interesante suele ser la que tiene las implicaciones más profundas.
Por ejemplo:
- Si estamos predispuestos a la vida en grupo (A), la sociabilidad no se elige, y una existencia plenamente solitaria sería contra natura.
- Si la sociedad es un invento (B), pudo no haberse producido, y cabría imaginar seres humanos sin ella; pero si es un dato natural, no.
- Si la forma política es una construcción (C), puede cambiarse y mejorarse; pero si fuera natural, solo habría una forma legítima de organizar el poder.
Ahora elige la interpretación que te parezca más relevante y explica por qué las otras lo son menos. Sé coherente: sería contradictorio argumentar que la A es la más importante y luego trabajar con la C. Las implicaciones te ayudan a decidir: la interpretación que más cosas pone en juego suele ser la mejor para una disertación.
Paso 4: Formula tu tesis
Escribe en una frase la respuesta que vas a defender. Debe ser clara, concreta y discutible: alguien razonable debería poder estar en desacuerdo con ella. La tesis no contiene argumentos: eso viene después. Puede llevar matices y condiciones (pero, aunque, cuando), pero no justificaciones: si tu tesis lleva un «porque», ese «porque» es tu primer argumento, y su sitio es el desarrollo.
Ejemplos de buenas tesis:
- La sociedad es natural en su origen, aunque el Estado sea una construcción histórica.
- La vida en sociedad no es un invento humano, sino la condición natural de nuestra especie.
Ejemplos de malas tesis:
- La sociedad es a la vez natural y artificial. (Vacío: no dice en qué sentido es cada cosa.)
- Aristóteles y Hobbes opinan distinto. (Describe el debate en lugar de tomar partido.)
- Cada uno vive como quiere. (No responde a la pregunta.)
💡 Tip: A medida que investigas puede que descubras que tu tesis inicial era incorrecta. Puedes modificarla o reflejar en la conclusión por qué has cambiado de opinión. Una disertación se escribe para llegar a una verdad, no para demostrar que tenemos razón.
Paso 5: Busca argumentos y trabaja con las fuentes
Lee los textos de la pestaña de Práctica y los libros disponibles de la bibliografía buscando argumentos a favor y en contra de tu tesis. Para cada argumento que encuentres, anota:
- La idea principal, con tus propias palabras.
- La referencia completa: autor, año, título y página.
- Tu reacción: ¿estás de acuerdo?, ¿se te ocurre una objeción?, ¿te recuerda a otro autor?
Cómo citar. Hay cuatro formas:
Cita directa narrativa. Usa esta opción para dar importancia y protagonismo al pensador en tu texto. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. El año va inmediatamente después de su nombre.
Ejemplo: Locke (2006) sostiene que la ley de la naturaleza, que es la razón, enseña que «ninguno debe dañar a otro en lo que atañe a su vida, salud, libertad o posesiones» (p. 12), de modo que no somos malos por naturaleza.
Cita directa parentética. Usa esta opción cuando quieres que el lector se concentre primero en la idea. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. Los datos del autor quedan en segundo plano al final de la frase.
Ejemplo: Frente a quienes ven en el hombre natural una amenaza, se ha sostenido que la razón manda ya que «ninguno debe dañar a otro en lo que atañe a su vida, salud, libertad o posesiones» (Locke, 2006, p. 12).
Cita indirecta narrativa. Explicas la idea con tus propias palabras, pero introduces la frase mencionando directamente al autor.
Ejemplo: Locke (2006) sostiene que el estado de naturaleza no es una guerra, sino un estado de libertad regido por una ley natural que obliga a todos a no dañarse; el Estado no nace, por tanto, de nuestra maldad, sino de la inseguridad (pp. 10-12).
Cita indirecta parentética. Explicas la idea con tus propias palabras y colocas toda la información de la fuente junta al cerrar el punto.
Ejemplo: Hay quien defiende que el ser humano no es naturalmente destructivo, y que instituimos el gobierno no para frenar nuestra maldad, sino para dar jueces imparciales y seguridad a unos derechos que ya poseemos (Locke, 2006, pp. 10-12).
En todos los casos, después de la cita hay que explicar qué quiere decir el autor y relacionarla con tu argumento. Una cita sin explicación no demuestra nada.
💡 Tip: Cita con año y página la primera vez que atribuyes una idea a un autor. Después, si solo recuerdas o resumes algo que ya has citado antes (por ejemplo, en la valoración o en la conclusión), basta con nombrarlo: «como muestra Locke…». Repetir el año y la página cada vez que aparece un apellido no es más riguroso, solo más pesado. La regla es sencilla: idea nueva, cita completa; idea ya citada, solo el apellido.
📌 Novedad: en las disertaciones de este tema y de los siguientes, debes identificar la forma lógica de al menos uno de tus argumentos. Más abajo, en la sección de Redacción, se explica cómo hacerlo.
Paso 6: Haz un esquema
Antes de redactar, escribe en tu cuaderno un esquema con la introducción (interpretaciones, implicaciones, elección razonada, tesis), los argumentos a favor y en contra con sus citas, la valoración, la delimitación de tu tesis y la conclusión. Este esquema es tu hoja de ruta.
II. REDACCIÓN
Estructura de la disertación
Introducción (aprox. 15% del texto). Consta de dos partes:
- Primer párrafo: presenta el problema con un gancho que atraiga al lector (una imagen, una paradoja, un dato, una experiencia), despliega las interpretaciones posibles con sus implicaciones, justifica cuál es la más relevante y termina reformulando la pregunta tal como vas a responderla. Esa formulación final es importante: tu conclusión tendrá que responder exactamente a ella.
- Segundo párrafo: formula tu tesis de forma clara y concreta.
💡 Tip: el gancho es el lugar más fácil para colocar un ejemplo propio, y los ejemplos propios puntúan en la rúbrica. Una anécdota, un caso real o una experiencia tuya que plantee el problema vale más que empezar directamente con un filósofo. Además, empezar por algo tuyo es más fácil que empezar por Kant.
Desarrollo (aprox. 70% del texto). Aquí hay dos formas de trabajar:
- Estructura básica, para quien necesita un guion claro:
- Argumentos a favor de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado con ejemplos y una cita explicada.
- Argumentos en contra de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado también con ejemplos y una cita explicada. No los debilites a propósito: expónlos con el mismo rigor que los tuyos.
- Valoración: compara ambos lados, señala las fortalezas y las debilidades de cada uno, y explica cuáles pesan más y por qué.
Con esta estructura, hecha correctamente, puedes llegar al nivel notable.
- Estructura dialéctica, para quien quiere ir más allá:
En lugar de separar los argumentos en dos bloques, construye una conversación entre posiciones. Los argumentos se responden entre sí, se señalan sus límites sobre la marcha y el pensamiento progresa. No hay un bloque a favor y un bloque en contra: hay un recorrido en el que cada paso surge del anterior.
Por ejemplo, en lugar de escribir:
Argumento a favor 1: Aristóteles dice que somos animales políticos por naturaleza. Argumento a favor 2: De Waal muestra que los primates ya cooperan. Argumento en contra 1: Hobbes describe un estado de naturaleza sin sociedad. Argumento en contra 2: Lucrecio dice que los hombres vivían dispersos y luego pactaron…
Podrías escribir:
Aristóteles sostiene que la ciudad es anterior al individuo, y De Waal parece confirmarlo: no descendemos de solitarios, sino de primates que ya vivían en grupo. Hobbes objeta que, antes del pacto, cada hombre estaba contra todos. Pero conviene preguntar si ese hombre aislado y en guerra existió alguna vez, o si es Rousseau quien acierta al ver en él una proyección del hombre ya socializado…
Esta estructura es más exigente pero produce disertaciones mucho más ricas.
Herramientas para trabajar los argumentos
Estas cuatro operaciones sirven para manejar cualquier argumento, sea tuyo o de la posición contraria. No hay que usarlas todas ni en todas las disertaciones: son ayudas para cuando no sepas cómo seguir. Las dos primeras te servirán en cualquier estructura. Las dos últimas, acotar e invertir, son las que hacen posible la estructura dialéctica: sin ellas, los argumentos no pueden responderse entre sí.
Conceder. Reconocer lo que un argumento tiene de razón antes de responderle. Se escribe con fórmulas como «esta objeción es seria, porque…» o «hay algo verdadero en esta idea». Parece una debilidad y es lo contrario: quien reconoce la fuerza del contrario y aun así le responde resulta mucho más convincente que quien finge que el contrario no decía nada. Lo opuesto es una falacia, el hombre de paja: debilitar la posición contraria para vencerla con facilidad. Ten presente que en la rúbrica el hombre de paja puntúa cero en honestidad intelectual: si la posición contraria queda ridícula en tu texto, es casi seguro que la has caricaturizado.
Buscar un contraejemplo. Si un argumento afirma algo con «todos», «siempre» o «nunca», un solo caso contrario lo derriba. Si alguien dice «todos los profesores mandan deberes» y encuentras uno que no manda, la afirmación era falsa. Cuidado: contra «la mayoría de los profesores mandan deberes» un caso contrario no prueba nada, porque esa afirmación ya contaba con las excepciones. Esta herramienta no siempre podrá usarse, y no pasa nada: solo funciona con afirmaciones universales.
Acotar. Aceptar que un argumento prueba algo y mostrar hasta dónde llega de verdad: «tienes razón, pero no tanta». La manera habitual de acotar es distinguir: separar dos cosas que estaban mezcladas y mostrar que el argumento vale para una pero no para la otra. La distinción puede ser de grado (los videojuegos no son malos; jugar demasiado, sí) o de aspecto (que todos los ladrillos de un edificio vengan de la fábrica no significa que el plano del edificio venga de ella). Acotar sirve también con tu propia tesis: decir bajo qué condiciones se sostiene, o qué casos no resuelve, puntúa en la rúbrica.
Invertir. Mostrar que un argumento, bien entendido, prueba lo contrario de lo que pretendía. Quien afirma que la filosofía no sirve para nada está defendiendo una tesis filosófica, así que necesita la filosofía para atacarla. Es la herramienta más espectacular cuando funciona y la más ridícula cuando se fuerza: úsala solo si la inversión es real.
💡 Tip: existen más herramientas (el experimento mental, la reducción al absurdo, el dilema, la autorrefutación) explicadas con ejemplos en la página de Técnicas argumentales.
Cómo comprobar tu desarrollo
Muchas disertaciones parecen dialécticas y son una lista disfrazada. Hay dos pruebas para comprobarlo antes de entregar.
La prueba del orden. Coge dos argumentos que estén del mismo lado (dos a favor, o dos en contra) e imagina que los intercambias. ¿Se entiende igual? Si sí, están yuxtapuestos: cada uno va por su cuenta, como en una lista. Si no, porque el segundo se apoyaba en el primero o respondía a una objeción que este había dejado abierta, hay una cadena. En una estructura dialéctica de verdad, casi ningún párrafo del desarrollo puede moverse sin romper algo.
La prueba de los conectores. Mira con qué palabras empieza cada párrafo del desarrollo. Los conectores de suma (además, por otra parte, también, en segundo lugar) indican que estás añadiendo: es una lista. Los conectores de respuesta (ahora bien, sin embargo, contra esto cabe objetar, conviene distinguir) indican que estás contestando a lo anterior: es una cadena.
Si todos tus párrafos empiezan con conectores de suma, tu texto es una lista, por muchos autores que cites. Y no se arregla cambiando las palabras: hay que cambiar lo que hacen los párrafos.
Sobre la forma lógica
En tu disertación, al menos uno de los argumentos que utilices debe ir acompañado de la identificación explícita de su forma lógica. Las formas más habituales son el modus ponens (si P entonces Q; P; luego Q), el modus tollens (si P entonces Q; no Q; luego no P) y el silogismo disyuntivo (P o Q; no P; luego Q).
Para hacerlo, escribe el argumento en prosa normal y añade a continuación una frase que nombre la forma lógica y muestre su estructura aplicada a ese argumento concreto. Por ejemplo:
Si la sociedad fuera un artefacto creado por individuos aislados, habrían tenido que existir individuos aislados y presociales; ahora bien, tales individuos no existieron, pues descendemos de primates que vivían ya en grupos; luego la sociedad no es un artefacto creado por individuos aislados. Este argumento sigue la forma de un modus tollens.
Debe quedar integrado en la prosa, no entre paréntesis ni en un esquema aparte: la forma lógica sirve para exhibir la estructura de un razonamiento que ya era bueno, no para disfrazar uno que no lo era.
Conclusión (aprox. 15% del texto). Debe hacer tres cosas:
- Responder a la pregunta tal como la reformulaste al final de la introducción, explicando si te reafirmas en la tesis o si cambias de postura, y qué argumentos han pesado más.
- Delimitar tu tesis: bajo qué condiciones se sostiene, qué casos no resuelve, o qué tendría que ocurrir para que dejara de ser válida. Ninguna tesis lo explica todo, y precisarlo no la debilita: la hace más fuerte. La rúbrica lo premia dentro de la honestidad intelectual.
- Señalar las consecuencias o implicaciones para el mundo actual.
💡 Tip: Las mejores conclusiones vuelven al principio y cierran el círculo. Si abriste con una imagen, una pregunta o un dato sorprendente, retómalo aquí y muestra cómo tu argumentación le ha dado un sentido nuevo.
Bibliografía. Al final del texto, tras la conclusión, incluye una lista de las obras que has citado. No cuenta para el límite de palabras. El formato es el siguiente:
- Apellido, N. (año). Título de la obra (trad. N. Apellido). Editorial.
Por ejemplo:
- Hobbes, T. (1980). Leviatán. FCE.
- Rousseau, J.-J. (2012). Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. Alianza.
Consejos de redacción
- Busca una apertura que enganche: una imagen, una paradoja, un dato sorprendente, una pregunta provocadora, una experiencia personal.
- Haz frases cortas y claras. Evita las subordinadas en cadena.
- Busca las palabras exactas. Evita afirmaciones vagas.
- Los ejemplos que puntúan como propios son los que no aparecen ni en los textos de práctica ni en clase: de tu experiencia, de la actualidad, de la naturaleza, de la cultura. Un buen ejemplo propio no solo adorna: si al quitarlo el argumento pierde fuerza, es que estaba haciendo trabajo de verdad. Esa es la diferencia que la rúbrica premia.
- Una cita sola, sin explicación, no demuestra nada. Explica siempre qué quiere decir el autor y por qué es relevante para tu argumento.
- Un argumento no es una frase. Requiere desarrollo, ejemplo y, si puede ser, una cita explicada.
- Reserva la primera persona para la tesis y la conclusión. En el desarrollo, expón los argumentos de forma impersonal.
Fases de escritura
Producción. Escribe todas las ideas sin preocuparte por el orden ni la corrección. El objetivo es sacar todo lo que tienes en la cabeza.
Edición. Ordena las ideas, redacta los párrafos, integra las citas con su explicación, conecta los argumentos entre sí.
Revisión. Lee el texto completo: ¿se entiende la tesis?, ¿los argumentos la sostienen?, ¿las citas están explicadas?, ¿la conclusión responde a la pregunta y delimita la tesis? Aplica la prueba del orden y la de los conectores. Comprueba la ortografía, cuenta las palabras y pasa a limpio.
Ejemplo de disertación
La siguiente disertación es un ejemplo de cómo aplicar los pasos anteriores. No es un modelo perfecto: es un ejemplo de trabajo bien hecho que puedes usar como referencia.
¿Es la sociedad natural o artificial?
Los contractualistas nos invitan a imaginar una escena: individuos aislados que, cansados de vivir cada uno por su cuenta, se reúnen un día y firman un pacto para fundar la sociedad. La escena es poderosa, y ha organizado tres siglos de teoría política. Tiene, sin embargo, un problema: nadie la ha visto nunca. No hay registro de un solo ser humano que haya vivido fuera de toda sociedad, ni de un momento fundacional en que la vida en común empezara. La pregunta «¿es la sociedad natural o artificial?» admite al menos tres lecturas. Puede preguntar si estamos biológicamente predispuestos a vivir en grupo, como las abejas o los lobos. Puede preguntar si la sociedad es obra deliberada de los hombres, un invento como la escritura, o algo que encontramos ya dado al nacer. O puede preguntar si la forma política concreta en que vivimos, el Estado con sus instituciones, es natural o construida. Esta última lectura confunde dos cosas que conviene separar: una es vivir juntos, y otra muy distinta es la forma que ese vivir juntos adopta. Reformulada así, la pregunta ya no es si tenemos instituciones (que sin duda hemos construido), sino si el vivir juntos mismo es una invención humana o una condición natural.
Sostengo que la sociedad es natural en su origen, aunque el Estado sea una construcción histórica. No nos hicimos sociales por un pacto, pues nunca fuimos los individuos aislados que el pacto presupone; la manera concreta de organizar esa vida común, en cambio, sí es obra nuestra, y podría haber sido otra.
El primer apoyo de esta tesis viene de Aristóteles. Sostiene que el ser humano es por naturaleza un animal político, y lo demuestra a partir del lenguaje: a diferencia de los animales, que solo tienen voz para expresar placer y dolor, nosotros tenemos palabra, con la que manifestamos lo conveniente y lo perjudicial, lo justo y lo injusto. De ahí extrae una afirmación llamativa: la ciudad es anterior al individuo, como el todo es anterior a la parte. Una mano separada del cuerpo ya no es una mano, sino de nombre, porque no puede cumplir su función; del mismo modo, el individuo aislado no se basta a sí mismo, y quien no puede vivir en comunidad no es un hombre, sino una bestia o un dios. La sociedad no es, pues, un añadido a nuestra naturaleza: es el ámbito en que esa naturaleza se realiza.
La misma intuición late en el mito de Prometeo que relata Protágoras: cuando los hombres perecían por no saber convivir, Zeus les envió el respeto y la justicia, y ordenó repartirlos entre todos por igual, no como las artes técnicas, que se distribuyen desigualmente. Y la ciencia contemporánea ha dado a esta tradición un apoyo inesperado. Frans de Waal ha mostrado que la empatía y la cooperación no son inventos de la razón: los chimpancés consuelan al derrotado tras una pelea, los capuchinos rechazan un reparto desigual tirando el alimento si a un compañero se le da uno mejor por la misma tarea. Ningún capuchino ha firmado un contrato. No descendemos de ermitaños que un día decidieron juntarse, sino de primates que vivían ya en grupos organizados.
La tradición contraria es antigua y poderosa, y conviene exponerla en su mejor versión. Epicuro sostiene que el orden social no existe por naturaleza: es un pacto de utilidad que los hombres establecen para no dañarse ni ser dañados. Lucrecio lo desarrolla en un relato: los primeros humanos vivían dispersos, como fieras, hasta que, cansados de una vida en la que el más fuerte se imponía, establecieron pactos y leyes por conveniencia mutua. La convivencia no preexiste al acuerdo: nace con él. Hobbes lleva la idea a su forma más rigurosa. En el estado de naturaleza, una guerra de todos contra todos donde cada uno tiene derecho a todo, la vida es solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta; solo un pacto que instituya un poder común saca a los hombres de esa condición. Para Hobbes, el orden no se descubre: se fabrica.
¿Quién tiene razón? Creo que ambos, si se distingue con cuidado lo que cada uno describe. Hobbes, Epicuro y Lucrecio aciertan en algo importante: la forma política, el Estado con su poder común, es una construcción. No viene dada por la naturaleza, y por eso ha adoptado a lo largo de la historia formas muy distintas, de la monarquía a la república. Pero se equivocan en un punto decisivo: suponen que, antes del pacto, existieron individuos aislados que después se juntaron. Y ese individuo presocial es una ficción.
Rousseau lo vio con lucidez al criticar a Hobbes: los rasgos que este atribuye al hombre natural, la competencia, la desconfianza, la ambición, no son naturales, sino productos ya de la vida en sociedad. Hobbes habría descrito al hombre de su tiempo creyendo describir al hombre originario. Y aquí puede formularse el argumento que me parece decisivo. Si la sociedad fuera un artefacto creado por individuos aislados, entonces habrían tenido que existir tales individuos aislados y presociales; ahora bien, no existieron, pues descendemos de primates que vivían ya en grupos y ningún ser humano se ha formado jamás fuera de una comunidad; luego la sociedad no es un artefacto creado por individuos aislados. Este argumento sigue la forma de un modus tollens.
Kant ofrece una fórmula que recoge lo que cada tradición acierta: la insociable sociabilidad. El ser humano tiene a la vez una inclinación a asociarse, porque solo en sociedad desarrolla sus capacidades, y una inclinación a aislarse y a doblegarlo todo a su capricho. No somos ni las hormigas de una sociabilidad perfecta ni los lobos solitarios del estado de naturaleza hobbesiano: somos las dos cosas a la vez. La sociedad es natural porque necesitamos a los demás; el conflicto que la amenaza también lo es, y de él, sostiene Kant, nace el progreso.
Marx añade una razón para desconfiar de todo pacto originario: la forma de una sociedad no brota de un acuerdo entre individuos libres, sino de sus relaciones materiales de producción, y cambia con ellas. El propio contrato social sería incluso una construcción que presenta como universal y racional lo que responde a los intereses de una clase concreta. No hace falta aceptar toda su teoría para retener lo esencial: la organización política es histórica, no natural.
Conviene delimitar la tesis. Sostengo que la sociedad, el vivir juntos, es natural; no que lo sea cada una de sus formas. El Estado y sus instituciones son construcciones, y podrían ser otras: en eso los contractualistas tienen razón, y su error no está en lo que afirman, sino en lo que presuponen. Mi tesis se sostiene mientras no se muestre un solo caso de ser humano formado fuera de toda sociedad, capaz luego de incorporarse a ella por un pacto deliberado. Si tal caso existiera, un individuo verdaderamente presocial que fundara la sociedad por acuerdo, mi tesis caería. No lo conozco; la biología y la antropología sugieren lo contrario.
Vuelvo a la escena del pacto. Es verdad que las instituciones se acuerdan, se reforman y se derogan, y que en ese sentido las hemos hecho nosotros. Pero para poder pactar hay que estar ya juntos, hablar una lengua común, reconocerse como interlocutores: es decir, hay que ser ya sociedad. El pacto no funda la vida en común; la presupone. Preguntar si la sociedad es natural o artificial es, al final, preguntar quiénes somos. Y la respuesta es que no somos individuos que a veces se asocian, sino animales que solo llegan a ser individuos dentro de una comunidad que los precede.
Bibliografía
- Aristóteles (2011). Política. Gredos.
- De Waal, F. (2007). Primates y filósofos. Paidós.
- Epicuro (2012). Obras completas. Cátedra.
- Hobbes, T. (1980). Leviatán. FCE.
- Kant, I. (1994). Idea de una historia universal en sentido cosmopolita. Tecnos.
- Lucrecio (1984). De la naturaleza de las cosas. Bosch.
- Marx, K. y Engels, F. (2012). Manifiesto del Partido Comunista. Gredos.
- Platón (1983). Protágoras. Gredos.
- Rousseau, J.-J. (2012). Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. Alianza.
(1265 palabras)
III. EVALUACIÓN
Rúbrica de evaluación
| Criterio | Deficiente | Aceptable | Notable | Excelente |
|---|---|---|---|---|
| Estructura e introducción hasta 2 puntos | 0,5 pt. Falta alguna parte esencial o la organización resulta confusa. La tesis no aparece con claridad. | 1 pt. Introducción, desarrollo y conclusión reconocibles. La tesis se formula con claridad y se retoma al final. | 1,5 pt. La introducción despliega las interpretaciones de la pregunta con sus implicaciones y justifica cuál se elige. La conclusión añade consecuencias o implicaciones actuales. | 2 pt. Además, la interpretación elegida orienta de principio a fin el desarrollo, y la conclusión responde a la pregunta tal como quedó planteada en la introducción. |
| Argumentación hasta 3,5 puntos | 0,5 pt. Los argumentos apenas se desarrollan. Faltan ejemplos o citas, o estas no se explican. No se consideran posiciones contrarias. | 2 pt. Presenta al menos dos argumentos a favor y dos en contra, cada uno con ejemplos y una cita explicada. Los argumentos se exponen por separado, sin relacionarse entre sí. | 3 pt. Se comparan las posiciones y se señalan las fortalezas y las debilidades de cada una. La valoración final está razonada. | 3,5 pt. Los argumentos se responden entre sí: se concede lo que la posición contraria prueba y se muestra hasta dónde llega, o se invierte a favor de la tesis. La reflexión progresa. Al menos un argumento presenta de forma explícita su forma lógica. |
| Honestidad intelectual hasta 1 punto | 0 pt. La posición contraria se caricaturiza, se presenta en su versión más débil o se le atribuye lo que no dice (hombre de paja). | 0,5 pt. La posición contraria se expone correctamente, aunque de forma escueta. | 0,75 pt. La posición contraria se expone en su versión más fuerte, con el mismo rigor que la propia. | 1 pt. Además, se delimitan las condiciones en que la propia tesis se sostiene, o los casos que no logra resolver. |
| Ejemplos propios hasta 1,5 puntos | 0,25 pt. No usa ejemplos, o solo los que aparecen en los textos de práctica y en clase. | 0,75 pt. Usa algún ejemplo propio, aunque resulte decorativo o poco relacionado con el argumento. | 1 pt. Usa al menos dos ejemplos propios, pertinentes y bien elegidos para el argumento que ilustran. | 1,5 pt. Los ejemplos propios no solo ilustran: hacen avanzar el argumento, porque muestran algo que la cita por sí sola no mostraba. |
| Claridad y precisión expresiva hasta 2 puntos | 0,5 pt. Vocabulario impreciso. Párrafos poco conectados. Frases difíciles de seguir. | 1 pt. Vocabulario sencillo pero adecuado. El texto se entiende correctamente. | 1,5 pt. Vocabulario preciso y uso correcto de los conceptos filosóficos. Los párrafos se enlazan con conectores adecuados y la lectura es fluida. | 2 pt. Expresión rigurosa y matizada. Cada palabra dice exactamente lo que debe decir. Estilo cuidado. |
Nota final: suma de los cinco criterios sobre 10 puntos, menos las penalizaciones. En cada criterio se asigna uno de los cuatro valores de la tabla, sin puntuaciones intermedias.
Sobre la estructura: quien sigue correctamente la estructura básica puede alcanzar el nivel notable. El nivel excelente exige que los argumentos se respondan entre sí, que la reflexión avance más allá de una simple acumulación de ideas y que al menos un argumento presente su forma lógica de manera explícita.
Condiciones de entrega
Si no se cumplen, la disertación no se corrige:
- Entregada en clase, dentro del plazo establecido.
- Escrita a mano, en folios en blanco, con letra legible.
- Al final del texto, tras la bibliografía, debe figurar el número de palabras de la disertación (sin contar la bibliografía).
El recuento forma parte del trabajo: llevarlo durante la redacción es la manera de ajustar la extensión mientras aún se puede corregir.
Penalizaciones
| Concepto | Descuento |
|---|---|
| Extensión (no acumulable: se aplica solo el tramo correspondiente, sobre el número de palabras declarado) Desviación de hasta 100 palabras (1100-1199 o 1601-1700) | −0,5 |
| Desviación de 100 a 200 palabras (1000-1099 o 1701-1800) | −1 |
| Desviación superior a 200 palabras (menos de 1000 o más de 1800) | −2 |
| Presentación (acumulable hasta un máximo de −1) Sin sangría en la primera línea de cada párrafo | −0,25 |
| Sin márgenes | −0,25 |
| Tachones o correcciones visibles | −0,5 |
| Ortografía (acumulable, sin límite) Por cada falta de ortografía | −0,25 |
| Por cada falta de tilde | −0,05 |
Recursos
Bibliografía
Fuentes primarias
- Aristóteles (2011). Política. En Aristóteles. Tomo II (trad. M. García Valdés). Gredos.
- Epicuro (2012). Obras completas (ed. J. Vara). Cátedra.
- Gauthier, D. (1994). La moral por acuerdo (trad. A. Bixio). Gedisa.
- Hobbes, T. (1980). Leviatán o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil (trad. Sánchez Sarto). FCE.
- Hobbes, T. (2004). De cive. Elementos filosóficos sobre el ciudadano (trad. C. Mellizo). Alianza.
- Kant, I. (1994). Ideas para una historia universal en clave cosmopolita (trad. C. Roldán y R. Rodríguez). Tecnos.
- Locke, J. (2006). Segundo tratado sobre el gobierno civil (trad. C. Mellizo). Tecnos.
- Lucrecio (1984). De la naturaleza de las cosas (trad. E. Valentí). Bosch.
- Maquiavelo, N. (2011). El príncipe. En Maquiavelo. Obra selecta (trad. M. J. M. Forte). Gredos.
- Marx, K. (2012). Textos selectos. Gredos.
- Nozick, R. (1988). Anarquía, Estado y utopía (trad. R. Tamayo). FCE.
- Platón (1983). Protágoras. En Diálogos. Tomo I (trad. C. García Gual). Gredos.
- Platón (1986). República. En Diálogos. Tomo IV (trad. C. Eggers Lan). Gredos.
- Rousseau, J.-J. (2010). Del contrato social. Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (trad. M. Armiño). Alianza.
Manuales, historias de la filosofía y obras de referencia
- Abbagnano, N. (1986). Diccionario de filosofía. FCE.
- Audi, R. (2004). Diccionario Akal de filosofía. Akal.
- Camps, V. (2001). Introducción a la filosofía política. Crítica.
- Copleston, F. C. (1993). Historia de la filosofía. Vol. V. De Hobbes a Hume. Ariel.
- De Waal, F. (2007). Primates y filósofos. La evolución de la moral del simio al hombre. Paidós.
- Ferrater Mora, J. (1964). Diccionario de filosofía (2 vols.). Sudamericana.
- Honderich, T. (dir.) (2001). Enciclopedia Oxford de filosofía. Tecnos.
- Kenny, A. (2005). Breve historia de la filosofía occidental. Paidós.
- Reale, G. y Antiseri, D. (1995). Historia del pensamiento filosófico y científico. Tomo II. Herder.
- Sabine, G. H. (1979). Historia de la teoría política. FCE.
- Stevenson, L. y otros (2018). Trece teorías de la naturaleza humana. Cátedra.
- Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder.
Vídeos
Glosario
GLOSARIO
Altruismo recíproco. Mecanismo evolutivo propuesto por Robert Trivers según el cual un individuo ayuda a otro esperando ser ayudado en el futuro, lo que resulta ventajoso a largo plazo entre individuos que conviven de forma estable.
Amor de sí / amor propio. Distinción de Rousseau. El amor de sí es el instinto natural de conservación; el amor propio es el afán de compararse y ser más que los demás, que solo surge en sociedad y es fuente de rivalidad.
Buen salvaje. Imagen con que se conoce la hipótesis de Rousseau sobre el ser humano en estado de naturaleza: libre, igual y guiado por la piedad natural, sin los vicios que introduce después la vida social.
Contractualismo. Doctrina según la cual la sociedad y el Estado no son naturales, sino que se justifican mediante un pacto o contrato originario entre individuos libres.
Derecho a la rebelión. Tesis de Locke según la cual, si el gobierno traiciona el encargo de proteger los derechos naturales de los ciudadanos, estos recuperan el poder que le habían confiado y pueden derrocarlo.
Estado mínimo. Modelo de Estado defendido por Robert Nozick, limitado a proteger a los individuos frente a la violencia, el robo y el fraude y a hacer cumplir los contratos, sin más funciones.
Guerra de todos contra todos. Expresión de Hobbes para describir el estado de naturaleza: una situación de conflicto permanente motivada por la competencia, la desconfianza y el afán de gloria, no un combate continuo sino la disposición constante a él.
Insociable sociabilidad. Concepto de Kant según el cual el ser humano tiene a la vez una inclinación a vivir en sociedad y una tendencia a aislarse y a imponerse a los demás, tensión que impulsa el progreso.
Ley natural (Locke). Regla que la razón enseña a todo ser humano en el estado de naturaleza: siendo todos iguales e independientes, ninguno debe dañar a otro en su vida, salud, libertad o posesiones.
Mano invisible (Nozick). Proceso mediante el cual, según Nozick, el Estado podría surgir sin ningún pacto explícito: agencias privadas de protección competirían entre sí hasta que una se impusiera de hecho sobre un territorio.
Mito de Prometeo. Relato que Protágoras expone en el diálogo homónimo de Platón: Zeus envía a los hombres el respeto y la justicia, repartidos por igual entre todos, para que puedan fundar ciudades y no se destruyan.
Pacto de utilidad. Concepto epicúreo según el cual la justicia no existe por naturaleza, sino que es un acuerdo entre los hombres para no dañarse ni ser dañados, útil mientras dure la conveniencia que lo sostiene.
Pacto irrevocable. En Hobbes, el acuerdo por el que los individuos ceden todo su poder a un soberano sin posibilidad de revocarlo, porque entregar la capacidad de deshacer el pacto reabriría el conflicto que pretendía cerrar.
Piedad natural. Sentimiento innato que, según Rousseau, nos lleva espontáneamente a socorrer a quien sufre y que, en el estado de naturaleza, hace las veces de leyes, costumbres y virtud.
Selección de parentesco. Mecanismo propuesto por William D. Hamilton según el cual un individuo puede favorecer la transmisión de sus genes ayudando a sobrevivir a sus parientes, no solo reproduciéndose él mismo.
Voluntad general. En Rousseau, la voluntad del cuerpo político orientada al bien común, distinta de la suma de los intereses particulares; al obedecerla, el ciudadano se obedece a sí mismo como parte de ella.
Zoon politikon. Expresión aristotélica que designa al ser humano como animal social o político por naturaleza, capaz de deliberar mediante la palabra sobre lo justo y lo injusto y de constituir así la ciudad.
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