El problema de la racionalidad práctica

Teoría

 

EL LIBRE ALBEDRÍO

¿Es posible que seamos libres si todo lo que ocurre en el universo está gobernado por leyes necesarias? ¿Elegimos realmente nuestras acciones o solo creemos elegirlas? ¿Puede existir la responsabilidad moral si nuestras decisiones están determinadas por causas que no controlamos? El debate sobre el libre albedrío es uno de los más antiguos y persistentes de la filosofía, y sus consecuencias afectan directamente a la ética, al derecho y a la manera en que nos entendemos a nosotros mismos.

 

Libre albedrío y responsabilidad moral

El libre albedrío puede definirse como la capacidad exclusiva de los seres humanos para controlar sus propias acciones y responsabilizarse moralmente de ellas. Una persona es moralmente responsable en tanto es capaz de actuar de forma moralmente buena o mala, asumiendo, por ello, ser alabada o reprendida, recompensada o castigada.

Pero, normalmente, cuando decidimos llevar a cabo una acción hay una gran variedad de condicionantes externos, ajenos a nuestra responsabilidad, que restringen nuestras opciones de actuación. Decimos entonces que estamos más o menos determinados por las circunstancias. El determinismo es el gran rival del libre albedrío.

 

El determinismo

El determinismo es la tesis según la cual los hechos del pasado, en conjunción con las leyes de la naturaleza, determinan irremediablemente un solo futuro posible. Ha adoptado diferentes formas a lo largo de la historia de la filosofía.

Ya en la Antigüedad, el filósofo estoico Crisipo (c. 281-208 a. C.) defendió que todo lo que ocurre sucede a consecuencia del destino, entendido como una cadena eterna e ininterrumpida de causas precedentes. Según el testimonio de Cicerón en su obra Sobre el destino, Crisipo argumentaba que si todo enunciado es necesariamente verdadero o falso, entonces todo movimiento tiene una causa, y si todo tiene causa, todo ocurre por el destino. Esta postura se conoce como fatalismo: para los estoicos, el universo es un sistema racional gobernado por una ley causal necesaria que no deja nada al azar.

Pierre-Simon Laplace (1749-1827), físico, astrónomo y matemático francés, ofrece la formulación clásica del determinismo físico:

[H]emos de considerar el estado actual del universo como el efecto de su estado anterior y como la causa del que ha de seguirle. Una inteligencia que en un momento determinado conociera todas las fuerzas que animan a la naturaleza, así como la situación respectiva de los seres que la componen, si además fuera lo suficientemente amplia como para someter a análisis tales datos, podría abarcar en una sola fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los del átomo más ligero; nada le resultaría incierto y tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante sus ojos.

Laplace, P.-S. (1995). Ensayo filosófico sobre las probabilidades. Altaya, p. 25.

En el siglo XX, los experimentos del neurocientífico Benjamin Libet y, más recientemente, los de John-Dylan Haynes han mostrado que la actividad cerebral asociada a una decisión comienza antes de que el sujeto sea consciente de haber decidido, lo que ha reavivado el debate sobre si nuestras decisiones conscientes son realmente libres o son el resultado de procesos cerebrales que las preceden.

En la Ilustración, el barón d’Holbach (1723-1789) radicaliza el determinismo en su Sistema de la naturaleza, donde afirma que «el hombre no es libre en ninguno de los instantes de su vida». Según d’Holbach, no somos dueños de nuestra conformación física, ni de nuestras ideas, ni de nuestros deseos, ni de nuestras elecciones: todo es producto de causas necesarias que actúan sobre nosotros sin que lo sepamos.

El determinismo también tiene una variante teológica. El determinismo teológico plantea el siguiente problema: si Dios es omnisciente y conoce de antemano todo lo que va a suceder, ¿puede el ser humano actuar libremente? Si Dios ya sabe que voy a cometer un error, ¿puedo realmente evitarlo? Este problema, formulado con claridad por primera vez en la tradición cristiana, será abordado directamente por Agustín de Hipona.

 

El determinismo, en cualquiera de sus formas —físico, estoico, teológico—, parece no dejar espacio para la libertad. Si todo lo que hacemos está causado por algo anterior, ¿tiene sentido hablar de elecciones libres? Los filósofos se han dividido en dos grandes bandos ante esta pregunta: los compatibilistas, que creen que determinismo y libertad pueden convivir, y los incompatibilistas, que lo niegan.

 

Compatibilismo e incompatibilismo

El compatibilismo es la idea según la cual es posible que el universo esté completamente determinado y, a la vez, los seres humanos tengamos libre albedrío. Es decir, que determinismo y libre albedrío son compatibles. El incompatibilismo niega esa posibilidad.

El compatibilismo clásico está representado por autores como René Descartes (1596-1650), Thomas Hobbes (1588-1679) y David Hume (1711-1776). Para estos filósofos, el libre albedrío se entiende como libertad de acción: somos libres siempre que nada nos impida hacer lo que queremos. Descartes lo expresa como «actuar de tal manera que no sintamos ser determinados a ello por ninguna fuerza externa» (Meditaciones metafísicas, IV); Hobbes lo define como ausencia de «impedimentos externos del movimiento» (Leviatán); Hume, como «una potencia de actuar o de no actuar, de acuerdo con la determinación de la voluntad» (Investigación sobre el entendimiento humano). En los tres casos, la clave es la misma: ser libre no significa que nuestra voluntad sea indeterminada, sino que podemos llevar a cabo lo que nuestra voluntad dicta sin obstáculo externo.

La respuesta de los incompatibilistas al compatibilismo clásico se basa en subrayar que comúnmente no entendemos el libre albedrío como mera libertad de acción (libertad negativa), sino que la mayoría de nosotros vinculamos la noción de libre albedrío con la libertad de nuestra voluntad (libertad positiva) para elegir tal o cual curso de acción. Con ese punto de partida, los incompatibilistas desarrollaron el argumento clásico incompatibilista, también llamado de las posibilidades alternativas o del jardín de senderos que se bifurcan:

  1. Si una persona tiene libre albedrío, entonces podría haber actuado de un modo diferente a como actuó.
  2. Si el determinismo es verdadero, no podríamos actuar de una manera distinta a como, de hecho, actuamos.
  3. Por lo tanto, si el determinismo es cierto, nadie tiene libre albedrío.

Los compatibilistas respondieron que el determinismo no supone que haya una sola línea de acción posible, ya que de un conjunto complejo de causas pueden surgir efectos diferentes. Ese es el argumento de la condición de autoría: nuestras acciones son libres en la medida en que son efecto de nuestras decisiones conscientes.

A su vez, los incompatibilistas contestaron con el argumento de la fuente:

  1. Una persona actúa por su propia voluntad solo si ella es la fuente (causa) primera de su acción.
  2. Si el determinismo es verdadero, nadie es la causa primera de sus acciones.
  3. Por lo tanto, si el determinismo es cierto, nadie actúa por su propia voluntad.

La disputa se centra en la primera premisa: ¿es necesario ser la causa primera de nuestras acciones para ser libre, o basta con que nuestra voluntad tenga un papel causal relevante?

Baruch Spinoza (1632-1677) ofrece la respuesta más radical contra la libertad de la voluntad. En su Ética demostrada según el orden geométrico, Spinoza argumenta que «los hombres se creen libres porque son conscientes de sus voluntades y deseos, pero ignoran las causas que les conducen a tener esos deseos». Es decir, no niega el libre albedrío por los condicionantes externos que nos impiden hacer lo que deseamos, sino porque nuestra voluntad misma no es libre: no somos dueños de lo que deseamos. El niño cree desear libremente la leche, el ebrio cree hablar por libre decisión del alma, pero ninguno de ellos puede reprimir el impulso que siente.

 

Spinoza cierra una puerta: si la voluntad misma está determinada por causas que ignoramos, la libertad de acción no basta para hablar de libre albedrío. Pero a lo largo de la historia, otros filósofos han buscado la libertad en otros lugares: en la fe, en la razón, en la existencia misma. ¿Es posible ser libre aun cuando el resto del universo esté completamente determinado?

 

Otras respuestas al problema de la libertad

Agustín de Hipona (354-430) aborda directamente el problema del determinismo teológico. En su obra Del libre albedrío, argumenta que la presciencia divina no anula la libertad humana: del mismo modo que nuestro recuerdo del pasado no causa los hechos que recordamos, el conocimiento previo que Dios tiene del futuro no causa los actos que prevé. Dios sabe que alguien va a pecar, pero es el pecador quien elige libremente hacerlo. Por eso Dios puede castigar justamente los pecados: no es él su autor, sino la voluntad libre del ser humano.

Tomás de Aquino (1225-1274) defiende en la Suma teológica que el ser humano posee libre albedrío precisamente porque es racional. Distingue tres niveles de acción: los seres que obran sin juicio alguno (como una piedra que cae), los que obran por instinto natural (como la oveja que huye del lobo sin analizar la situación) y los seres humanos, que actúan mediante un juicio racional que no está determinado a una sola dirección. Como las acciones particulares son contingentes (podrían ser de otra manera), la razón puede orientarse hacia distintas opciones, lo que fundamenta la libertad de elección.

Immanuel Kant (1724-1804) ofrece una solución original: la libertad y el determinismo son compatibles porque operan en planos distintos. En el mundo fenoménico (el mundo tal como lo percibimos por los sentidos), todo está sometido a la ley de causalidad natural. Pero en el mundo nouménico (la realidad tal como es en sí misma), el ser humano, como ser racional, es libre. La libertad, argumenta Kant en la Crítica de la razón práctica, es la clave de bóveda de todo el sistema de la razón: sin ella la ley moral no tendría sentido. La libertad es la ratio essendi (razón de ser) de la ley moral, y la ley moral es la ratio cognoscendi (razón de conocer) de la libertad.

Arthur Schopenhauer (1788-1860) hereda la distinción kantiana entre fenómeno y cosa en sí, pero le da un giro inesperado. En Sobre la libertad de la voluntad, defiende que «el hombre hace siempre lo que quiere y, sin embargo, lo hace necesariamente». ¿Cómo es posible? Porque la libertad no reside en nuestras acciones concretas (el operari), que están sometidas a la causalidad como cualquier fenómeno natural, sino en nuestro carácter (el esse): lo que somos determina necesariamente lo que hacemos. Un error fundamental de todos los tiempos, según Schopenhauer, ha sido atribuir la necesidad al ser y la libertad al obrar, cuando es exactamente al revés. La responsabilidad moral no se refiere a los actos aislados, sino al carácter con el que nacemos.

Jean-Paul Sartre (1905-1980) lleva la defensa de la libertad a su extremo. Si Dios no existe, argumenta en El existencialismo es un humanismo, no hay naturaleza humana dada ni valores preestablecidos: «no hay determinismo, el hombre es libre, el hombre es libertad». Estamos condenados a ser libres: no hemos elegido existir, pero una vez arrojados al mundo somos enteramente responsables de todo lo que hacemos. Las pasiones no son excusa, los signos no nos orientan: el ser humano está condenado a cada instante a inventarse a sí mismo.

 

Práctica

 

Lee atentamente cada texto y responde a las cuatro preguntas en tu cuaderno.

 

De donde resulta que muchos crean que sólo hacemos libremente las cosas que apetecemos levemente, porque el apetito de esas cosas es fácilmente contrarrestado por la memoria de otra cosa que recordamos con frecuencia; de ningún modo, en cambio, aquellas que apetecemos con un afecto intenso, que no puede ser mitigado por la memoria de otra cosa. La verdad es que, si no hubieran constatado que hacemos muchas cosas de las que después nos arrepentimos, y que muchas veces, cuando somos zarandeados por afectos contrarios, vemos lo mejor y seguimos lo peor, nada impediría que creyeran que lo hacemos todo libremente. Y así, el niño cree que apetece libremente la leche, y el chico irritado, en cambio, que quiere la venganza, y el tímido la fuga. El borracho, por su parte, cree que habla por libre decisión del alma cosas que después, sobrio, quisiera haber callado; e igualmente el delirante, la charlatana, el niño y muchísimos de esta calaña creen hablar por libre decisión del alma, siendo así que no pueden reprimir el impulso que sienten de hablar. De suerte que la misma experiencia enseña, no menos claramente que la razón, que los hombres se creen libres por el único motivo de que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas por las que son determinados; y que, además, las decisiones del alma no son otra cosa que los mismos apetitos, y por eso son tan variadas como la disposición del cuerpo. Porque cada uno lo regula todo según su propio afecto; y quienes además son zarandeados por afectos contrarios, no saben lo que quieren; quienes, en cambio, por ninguno, ante el más leve motivo se inclinan a un lado o a otro.

Spinoza, B. (2009). Ética demostrada según el orden geométrico, Parte III, prop. 2, escolio (trad. A. Domínguez). Trotta, pp. 130-131.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es si los seres humanos actúan libremente o si la creencia en la libertad es una ilusión producida por la ignorancia de las causas que nos determinan.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Spinoza defiende que los hombres no son libres, sino que se creen libres únicamente porque son conscientes de sus acciones pero ignoran las causas que los determinan a actuar. Las decisiones del alma no son más que apetitos corporales, tan variados como la disposición del cuerpo. Lo que llamamos libre decisión no es, en realidad, sino el impulso que sentimos y que no podemos reprimir.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Spinoza utiliza varios argumentos. En primer lugar, señala que muchos creen que solo actuamos libremente cuando nuestros deseos son débiles y pueden ser contrarrestados por otros recuerdos, pero no cuando nos domina un afecto intenso, lo cual ya muestra que la voluntad no es independiente de los apetitos. En segundo lugar, observa que nos arrepentimos de muchas cosas que hemos hecho y que a menudo, zarandeados por afectos contrarios, «vemos lo mejor y seguimos lo peor», lo que contradice la idea de una elección genuinamente libre. En tercer lugar, presenta una serie de ejemplos concretos: el niño que cree desear libremente la leche, el chico irritado que cree querer la venganza, el tímido que cree elegir la fuga y el borracho que cree hablar por libre decisión del alma, cuando en realidad ninguno de ellos puede reprimir el impulso que siente. De todo ello concluye que las decisiones del alma son los mismos apetitos y que cada uno regula todo según su propio afecto corporal.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Immanuel Kant mantendría una posición diferente. Para Kant, la libertad no es una ilusión, sino la condición necesaria de la moralidad. En primer lugar, argumenta que la ley moral, que todos reconocemos en nuestra razón, solo tiene sentido si somos capaces de actuar libremente: si estuviéramos completamente determinados por causas naturales, no tendría sentido que la razón nos ordenase actuar de cierto modo. En segundo lugar, distingue entre el mundo fenoménico (donde rigen las leyes causales de la naturaleza) y el mundo nouménico (donde el ser humano, como ser racional, es libre), de modo que libertad y determinismo natural son compatibles porque operan en planos distintos de la realidad.

 

A favor de la libertad


Ev.—No me atrevo a negar ninguna de estas cosas; pero confieso ingenuamente que aún no veo cómo no están en contradicción estas dos cosas: la presciencia divina de nuestros pecados y nuestra libertad de pecar. Es de necesidad confesar, es verdad, que Dios es justo y previsor; pero querría saber con qué justicia castiga los pecados, que es necesario que se cometan, o cómo no sucede necesariamente lo que previo que había de suceder, o cómo no se ha de imputar al Creador cuanto es de necesidad que suceda en su criatura.

Ag.—¿Por qué te parece a ti que es incompatible nuestra libertad con la presciencia de Dios: porque es presciencia o porque es presciencia de Dios?

Ev.—Más bien porque es presciencia de Dios.

Ag.—¿Qué pasaría si tú previeras que alguien había de pecar: no sería necesario que pecara?

Ev.—Sí, sería necesario que pecara; de lo contrario no habría presciencia de parte mía, al no prever cosas indefectibles.

Ag.—En ese caso, es necesario que suceda lo que Dios ha previsto que sucederá, no porque sea presciencia de Dios, sino únicamente por la razón de ser presciencia, ya que, de no ser las cosas ciertas, sería ciertamente nula.

Ev.—De acuerdo; pero ¿a qué viene esto?

Ag.—Porque, si no me engaño, tú no obligarías a pecar a nadie por el simple hecho de que previeras que había de pecar, ni tu presciencia le obligaría a pecar, aunque, sin duda, habría de pecar, pues de lo contrario no preverías que había de cometer tal pecado. Así, pues, como no se oponen estas dos cosas, a saber, el que por tu presciencia conozcas lo que otro ha de hacer por su propia voluntad y el hecho de obrar él libremente, así Dios, sin obligar a nadie a pecar, prevé, sin embargo, quiénes han de pecar por su propia voluntad.

Así como tú con tu memoria de las cosas no obligas a ser a las cosas que ya fueron, del mismo modo Dios no obliga a que se haga lo que realmente se ha de hacer. Y así como tú te acuerdas de algunas cosas que has hecho y, no obstante, no has hecho todo aquello de que te acuerdas, así también Dios prevé todas las cosas, de las que él mismo es el autor, y, no obstante, no es él el autor de todo lo que prevé. […] Confesemos que es propio de su presciencia el no ignorar nada de cuanto ha de suceder, y propio de su justicia el no dejar impune el pecado en su juicio, precisamente porque es cometido por la voluntad libre, y que la presciencia no obliga a nadie a pecar.

Agustín de Hipona (1963). Del libre albedrío, Libro III, cap. 4, §§9-11 (trad. E. Seijas). BAC, pp. 332-334.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es si la presciencia divina, es decir, el hecho de que Dios conozca de antemano lo que va a suceder, anula la libertad humana.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Agustín defiende que la presciencia divina y la libertad humana son perfectamente compatibles. El hecho de que Dios prevea que alguien va a pecar no significa que le obligue a hacerlo: prever un acto no es causarlo. Del mismo modo que nuestra memoria del pasado no causa los hechos que recordamos, la presciencia de Dios sobre el futuro no causa los actos que prevé. Así, el ser humano peca por su propia voluntad libre, y precisamente por ello Dios puede castigar justamente los pecados.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Agustín utiliza un razonamiento dialógico con Evodio en varios pasos. En primer lugar, plantea una distinción clave: la incompatibilidad entre presciencia y libertad no se debe a que la presciencia sea de Dios, sino simplemente a que es presciencia, ya que cualquier conocimiento previo infalible parece implicar necesidad. En segundo lugar, aplica esa distinción al caso humano mediante una analogía: si Evodio previera que alguien va a pecar, esa previsión no obligaría a esa persona a hacerlo, por lo que tampoco la previsión de Dios obliga a nadie. En tercer lugar, refuerza el argumento con la analogía de la memoria: así como recordar algo que hemos hecho no significa que lo hayamos causado nosotros, así también Dios puede prever todas las cosas sin ser el autor de todas ellas. De todo ello concluye que la presciencia divina no anula la libertad: los pecados son cometidos por la voluntad libre del ser humano, y por eso Dios los castiga con justicia.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Baruch Spinoza mantendría una posición diferente. Para Spinoza, no existe ni la voluntad libre ni la presciencia divina tal como las entiende Agustín, porque Dios y la naturaleza son una y la misma cosa, y todo lo que ocurre sucede con absoluta necesidad. En primer lugar, argumenta que la voluntad no es una facultad libre separada del entendimiento, sino que cada volición particular está determinada por otra causa, y esta por otra, al infinito, de modo que nadie peca por libre decisión. En segundo lugar, sostiene que los hombres se creen libres únicamente porque son conscientes de sus acciones pero ignoran las causas que los determinan, de modo que la libertad que Agustín atribuye al pecador no es más que una ilusión producida por la ignorancia.

 


Contra esto: está lo que se dice en Ecl 15,14: Dios creó desde el principio al hombre y lo dejó en manos de su consejo. Glosa: Esto es, en la libertad de su arbitrio.

Respondo: En el hombre hay libre albedrío. De no ser así, inútiles serían los consejos, las exhortaciones, los preceptos, las prohibiciones, los premios y los castigos. Para demostrarlo, hay que tener presente que hay seres que obran sin juicio previo alguno. Ejemplo: una piedra que cae de arriba; todos los seres carentes de razón. Otros obran con un juicio previo, pero no libre. Ejemplo: Los animales; la oveja que ve venir al lobo juzga que debe huir de él, pero lo hace con un juicio natural y no libre, ya que no juzga analíticamente, sino con instinto natural. Así son los juicios de todos los animales. En cambio, el hombre obra con juicio, puesto que, por su facultad cognoscitiva, juzga sobre lo que debe evitar o buscar. Como quiera que este juicio no proviene del instinto natural ante un caso concreto, sino de un análisis racional, se concluye que obra por un juicio libre, pudiendo decidirse por distintas cosas. Cuando se trata de algo contingente, la razón puede tomar direcciones contrarias. Esto es comprobable en los silogismos dialécticos y en las argumentaciones retóricas. Ahora bien, las acciones particulares son contingentes, y, por lo tanto, el juicio de la razón sobre ellas puede seguir diversas direcciones, sin estar determinado a una sola. Por lo tanto, es necesario que el hombre tenga libre albedrío, por lo mismo que es racional.

Tomás de Aquino (1994). Suma teológica, I, q. 83, a. 1 (trad. J. Martorell). BAC, pp. 746-747.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es si el ser humano tiene o no tiene libre albedrío.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Tomás de Aquino defiende que el ser humano posee libre albedrío precisamente porque es un ser racional. A diferencia de las piedras, que se mueven sin juicio alguno, y de los animales, que actúan por instinto, el hombre juzga racionalmente sobre lo que debe evitar o buscar, y ese juicio no está determinado a una sola dirección. Como las acciones particulares son contingentes, la razón puede orientarse hacia distintas opciones, lo cual fundamenta la libertad de elección.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Tomás utiliza un argumento basado en una gradación de los seres según su capacidad de juicio. En primer lugar, parte de un argumento práctico: si no existiera el libre albedrío, serían inútiles los consejos, las exhortaciones, los preceptos, los premios y los castigos. En segundo lugar, establece tres niveles de acción: los seres que obran sin juicio alguno (como una piedra que cae), los que obran con juicio natural pero no libre (como la oveja que huye del lobo por instinto) y los seres humanos, que obran con juicio racional. En tercer lugar, argumenta que el juicio humano es libre porque no proviene del instinto ante un caso concreto, sino de un análisis racional que puede orientarse hacia distintas opciones. En cuarto lugar, refuerza esta idea señalando que las acciones particulares son contingentes (podrían ser de otra manera) y que la razón puede tomar direcciones contrarias ante ellas, como se comprueba en los silogismos dialécticos y las argumentaciones retóricas. De todo ello concluye que el hombre tiene libre albedrío porque es racional.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

David Hume mantendría una posición diferente. Para Hume, la razón por sí sola no puede mover a la voluntad ni fundamentar la libertad de elección como pretende Tomás. En primer lugar, argumenta que la razón es y debe ser esclava de las pasiones: nuestros juicios morales no proceden de un análisis racional libre, sino de sentimientos de aprobación o rechazo que surgen de forma natural e involuntaria ante las acciones que observamos, por lo que el juicio racional no gobierna nuestra conducta como Tomás supone. En segundo lugar, sostiene que lo que llamamos voluntad libre no es más que la experiencia de actuar sin impedimento externo, es decir, la capacidad de hacer lo que deseamos, pero nuestros deseos mismos están causados por impresiones y hábitos que no elegimos, de modo que el juicio que Tomás considera libre está en realidad sometido a fuerzas que no controlamos.

 


El concepto de libertad, en cuanto su realidad haya quedado demostrada mediante una ley apodíctica de la razón práctica, es la piedra angular de toda la construcción de un sistema de la razón pura, incluso de la especulativa, y todos los otros conceptos (de Dios e inmortalidad) los cuales, como meras ideas permanecían sin apoyo en la razón especulativa, se unen ahora al concepto de libertad y adquieren con él y por él consistencia y realidad objetiva, esto es, su posibilidad es demostrada con el hecho de que la libertad es real, porque esta idea se manifiesta mediante la ley moral.

Sin embargo, entre todas las ideas de la razón especulativa, la idea de libertad es la única cuya posibilidad conocemos a priori sin todavía comprenderla, porque ella es la condición* de la ley moral, ley que nosotros conocemos. Pero las ideas de Dios y de inmortalidad no son condiciones de la ley moral, sino solamente condiciones del objeto necesario de una voluntad determinada mediante esa ley, esto es, del uso meramente práctico de nuestra razón pura; por lo tanto, podemos afirmar que no conocemos ni comprendemos, no digo simplemente la realidad, sino ni siquiera la posibilidad de estas ideas. No obstante, ellas son las condiciones de la aplicación de la voluntad determinada moralmente al objeto que le es dado a priori (el bien supremo). Por esto se puede y se debe suponer su posibilidad en este contexto práctico, pero sin conocerla ni comprenderla teóricamente.

* Para que no se crea encontrar incoherencias en el hecho de que ahora llame a la libertad condición de la ley moral y luego en el tratado afirme que la ley moral es la única condición bajo la cual podemos adquirir conciencia de la libertad, sólo quiero recordar aquí que si bien la libertad es la ratio essendi de la ley moral, la ley moral es la ratio cognoscendi de la libertad; pues si la ley moral no fuese primeramente pensada con claridad en nuestra razón, nunca nos consideraríamos autorizados para admitir algo como la libertad (aun cuando ésta no sea contradictoria). Pero si no hubiera libertad, la ley moral no podría de ningún modo encontrarse en nosotros.

Kant, I. (2005). Crítica de la razón práctica, Prólogo (trad. D. M. Granja Castro). FCE, pp. 3-5.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es qué papel desempeña la libertad en el sistema de la razón y cuál es su relación con la ley moral.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Kant defiende que la libertad es la piedra angular de todo el sistema de la razón, porque su realidad queda demostrada por la ley moral. Es la única idea de la razón cuya posibilidad conocemos a priori, ya que es la condición de la ley moral. Kant establece una relación recíproca entre libertad y moralidad: la libertad es la razón de ser (ratio essendi) de la ley moral, y a su vez la ley moral es la razón de conocer (ratio cognoscendi) de la libertad. Sin libertad, la ley moral no existiría; sin la ley moral, no podríamos saber que somos libres.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Kant utiliza varios argumentos encadenados. En primer lugar, establece que la libertad es la piedra angular de la razón porque, una vez demostrada su realidad por medio de la ley moral, otras ideas que carecían de apoyo en la razón especulativa (como Dios y la inmortalidad) adquieren consistencia y realidad objetiva gracias a ella. En segundo lugar, argumenta que la libertad es la única idea de la razón cuya posibilidad conocemos a priori sin comprenderla, porque es la condición de la ley moral, ley que sí conocemos. En cambio, las ideas de Dios y de inmortalidad no son condiciones de la ley moral, sino del objeto que se propone la voluntad determinada moralmente (el bien supremo). En tercer lugar, en la nota a pie de página, aclara la relación recíproca: la libertad es lo que hace posible la ley moral (su ratio essendi), mientras que la ley moral es lo que nos permite conocer la libertad (su ratio cognoscendi). Si la ley moral no fuera pensada en nuestra razón, no tendríamos motivo para admitir la libertad; pero si no hubiera libertad, la ley moral no se encontraría en nosotros.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Arthur Schopenhauer mantendría una posición diferente. Aunque coincide con Kant en distinguir entre fenómeno y cosa en sí, Schopenhauer niega que la libertad tenga la función que Kant le atribuye. En primer lugar, argumenta que la libertad no reside en nuestras acciones concretas (el operari), sino en lo que somos (el esse), es decir, en nuestro carácter innato e invariable, del que se siguen necesariamente todos nuestros actos; por tanto, la ley moral no demuestra una libertad práctica real. En segundo lugar, sostiene que el hombre hace siempre lo que quiere, pero lo hace necesariamente, porque de lo que él es se sigue con necesidad todo lo que pueda hacer, de modo que la responsabilidad moral se refiere al carácter con el que nacemos, no a las acciones que se derivan de él.

 


Dostoievski había escrito: «Si Dios no existiera, todo estaría permitido». Este es el punto de partida del existencialismo. En efecto, todo está permitido si Dios no existe y en consecuencia el hombre está abandonado, porque no encuentra ni en sí ni fuera de sí una posibilidad de aferrarse. No encuentra, ante todo, excusas. Si en efecto la existencia precede a la esencia, no se podrá jamás explicar por referencia a una naturaleza humana dada y fija; dicho de otro modo, no hay determinismo, el hombre es libre, el hombre es libertad. Si, por otra parte, Dios no existe, no encontramos frente a nosotros valores u órdenes que legitimen nuestra conducta. Así, no tenemos ni detrás ni delante de nosotros, en el dominio luminoso de los valores, ni justificaciones ni excusas. Estamos solos, sin excusas. Es lo que expresaré al decir que el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo y, sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace. El existencialista no cree en el poder de la pasión. No pensará nunca que una bella pasión es un torrente devastador que conduce fatalmente al hombre a ciertos actos y que por tanto es una excusa; piensa que el hombre es responsable de su pasión. El existencialista tampoco pensará que el hombre puede encontrar socorro en un signo dado, en la tierra, que lo orientará, porque piensa que el hombre descifra por sí mismo el signo como prefiere. Piensa, pues, que el hombre, sin ningún apoyo ni socorro, está condenado a cada instante a inventar al hombre.

Sartre, J.-P. (2009). El existencialismo es un humanismo (trad. V. Prati de Fernández). Edhasa, pp. 41-44.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es si el ser humano es libre y qué consecuencias tiene esa libertad para su responsabilidad moral.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Sartre defiende que el ser humano es radicalmente libre. Si Dios no existe, no hay una naturaleza humana fija ni valores previos que determinen nuestra conducta, por lo que el hombre está condenado a ser libre: no ha elegido existir, pero una vez en el mundo es enteramente responsable de todo lo que hace. No puede excusarse apelando ni al determinismo, ni a las pasiones, ni a ningún signo externo, porque él mismo es quien descifra los signos y elige en cada instante.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Sartre utiliza varios argumentos encadenados. En primer lugar, parte de la premisa de que si Dios no existe, no hay naturaleza humana dada y fija que nos determine, y por tanto no hay determinismo: la existencia precede a la esencia. En segundo lugar, argumenta que sin Dios tampoco hay valores u órdenes preestablecidos que legitimen nuestra conducta, por lo que el hombre se encuentra solo, sin justificaciones ni excusas. En tercer lugar, introduce la fórmula de que el hombre está «condenado a ser libre»: condenado porque no se ha creado a sí mismo, pero libre porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace. En cuarto lugar, rechaza que las pasiones puedan servir de excusa, pues el existencialista piensa que cada persona es responsable de su propia pasión. Finalmente, niega que haya signos externos que orienten al hombre, ya que es él mismo quien descifra cada signo como prefiere. De todo ello concluye que el ser humano está condenado a cada instante a inventarse a sí mismo.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Baruch Spinoza mantendría una posición diferente. Para Spinoza, la libertad radical que Sartre atribuye al ser humano es una ilusión producida por la ignorancia de las causas que nos determinan. En primer lugar, argumenta que la voluntad no es una facultad libre, sino que cada decisión está determinada por una causa anterior, y esta por otra, en una cadena infinita que no deja espacio para la indeterminación: no es que el hombre carezca de naturaleza fija, sino que esa naturaleza es parte de la naturaleza universal y actúa con necesidad. En segundo lugar, señala que la experiencia misma lo demuestra: el niño cree desear libremente la leche, el ebrio cree hablar por libre decisión, pero ninguno de ellos puede reprimir el impulso que siente, lo cual muestra que lo que Sartre llama libertad no es sino conciencia de los propios actos e ignorancia de sus causas.

 

En contra de la libertad


Un error fundamental de todos los tiempos ha sido el atribuir la necesidad al esse y la libertad al operari. Al contrario, sólo en el esse reside la libertad, mientras que de él y de los motivos se sigue con necesidad el operari, y en aquello que hacemos conocemos lo que somos. Aquí se apoya, y no en ese supuesto liberum arbitrium indifferentiae, la conciencia de la responsabilidad y la tendencia moral de la vida. Lo decisivo es qué sea uno, que lo que él haga vendrá, naturalmente, como un corolario necesario. No es, por lo tanto, engañosa esa conciencia innegable que acompaña a todas nuestras acciones y nos dice ser ellas arbitrarias y originales, a pesar de su dependencia de los motivos, pero el contenido de esa conciencia trasciende de los actos mismos y se inicia más arriba, allí donde radican nuestro ser y nuestra esencia, de los que se desprenden necesariamente, con ocasión de los motivos, todos nuestros actos. En este sentido, esa conciencia de arbitrariedad y originalidad, lo mismo que la de responsabilidad, que acompaña a nuestro obrar, se puede comparar con un indicador que nos refiriera, en realidad, a un objeto más alejado que aquel al cual parecería señalar a primera vista.

En una palabra: el hombre hace siempre lo que quiere y, sin embargo, lo hace necesariamente. Lo que se explica porque él es ya lo que quiere, pues de lo que él es se sigue, necesariamente, todo lo que pueda hacer. Si consideramos su hacer objetivamente, esto es, desde fuera, cobraremos el conocimiento apodíctico de que se halla sometido, al igual que la acción de todo ser natural, a la ley de causalidad, en todo su rigor; subjetivamente, por el contrario, cada cual siente que hace siempre lo que quiere.

Schopenhauer, A. (2000). Sobre la libertad de la voluntad, sec. V (ed. Á. Gabilondo, trad. E. Ímaz). Alianza, pp. 156-157.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es si la libertad reside en nuestras acciones o en nuestro ser, y cómo se concilia el sentimiento de libertad con la necesidad que rige nuestros actos.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Schopenhauer defiende que el hombre hace siempre lo que quiere, pero lo hace necesariamente, porque de lo que él es se sigue con necesidad todo lo que pueda hacer. La libertad no reside en las acciones concretas (operari), que están sometidas a la ley de causalidad como cualquier fenómeno natural, sino en el ser o carácter del individuo (esse). La conciencia de responsabilidad que sentimos no se refiere a los actos aislados, sino a nuestro carácter profundo, del que se derivan necesariamente todos nuestros actos cuando se presentan los motivos adecuados.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Schopenhauer utiliza varios argumentos. En primer lugar, señala que a lo largo de la historia se ha cometido el error de atribuir la necesidad al ser (esse) y la libertad al hacer (operari), cuando es exactamente al revés: lo decisivo es qué sea uno, pues lo que haga vendrá como un corolario necesario. En segundo lugar, argumenta que la conciencia de arbitrariedad y originalidad que acompaña a nuestros actos no es engañosa, pero apunta más allá de los actos mismos: señala hacia nuestro ser y nuestra esencia, de los que se derivan necesariamente todas nuestras acciones. Compara esa conciencia con un indicador que parece señalar a un objeto cercano pero en realidad apunta a uno más lejano. En tercer lugar, resume su posición con la fórmula «el hombre hace siempre lo que quiere y, sin embargo, lo hace necesariamente», y lo explica desde dos perspectivas: objetivamente, desde fuera, el hacer humano está sometido a la ley de causalidad con todo su rigor; subjetivamente, cada cual siente que hace lo que quiere, pero eso solo significa que su acción es la manifestación de su propio ser.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Jean-Paul Sartre mantendría una posición diferente. Para Sartre, no existe un carácter innato e invariable que determine necesariamente nuestras acciones, porque la existencia precede a la esencia: el ser humano no tiene una naturaleza fija que lo defina antes de actuar. En primer lugar, argumenta que el hombre está condenado a ser libre, lo que significa que es responsable de todo lo que hace sin poder apelar a ningún carácter dado ni a ninguna naturaleza previa como excusa. En segundo lugar, sostiene que las pasiones no son fuerzas que nos arrastren fatalmente, sino que cada persona es responsable de su propia pasión, de modo que la responsabilidad moral no se limita al carácter (como defiende Schopenhauer), sino que se extiende a cada acto concreto que realizamos.

 


De todo lo que se ha dicho en este capítulo resulta que el hombre no es libre en ninguno de los instantes de su vida. No es dueño de su conformación, la cual la ha recibido de la Naturaleza. No es dueño de sus ideas o de las modificaciones de su cerebro, que se deben a causas que, a pesar suyo y sin saberlo, actúan continuamente sobre él. No es libre de no amar o de no desear lo que encuentra agradable y deseable. No es libre de no deliberar cuando está inseguro de los efectos que los objetos producirán sobre él. No es libre de no elegir lo que cree ventajoso. No es libre de actuar de otro modo del que actúa en el momento en que su voluntad es determinada por su elección. ¿En qué momento el hombre es entonces libre de sus actos?

Lo que el hombre hará es siempre consecuencia de lo que ha sido, de lo que es, de lo que ha hecho hasta el momento de la acción. Nuestro ser actual y total, considerado en todas sus posibles circunstancias, contiene la suma de todos los motivos de la acción que realizaremos, principio cuya verdad ningún ser pensante puede negar. Nuestra vida es una sucesión de instantes necesarios y nuestra conducta, buena o mala, virtuosa o viciosa, útil o dañina para nosotros y para los demás, es un encadenamiento de acciones tan necesarias como cada uno de los instantes de nuestra vida. Vivir es existir de un modo necesario en los puntos de la duración que se suceden necesariamente. Querer es aceptar o no aceptar seguir siendo lo que somos. Ser libre es ceder a motivos necesarios inherentes a nosotros.

D’Holbach, P.-H. (1982). Sistema de la naturaleza, Primera Parte, cap. XI (trad. J. M. Bermudo). Editora Nacional, pp. 219-220.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es si el ser humano es libre en algún momento de su vida o si todas sus acciones están completamente determinadas.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

D’Holbach defiende que el hombre no es libre en ningún momento de su vida. Todo lo que hace, piensa, desea y decide está determinado por causas que actúan sobre él sin que lo sepa: su conformación física, sus ideas, sus deseos, sus deliberaciones y sus elecciones son eslabones de una cadena necesaria. La vida humana es una sucesión de instantes necesarios y la conducta un encadenamiento de acciones tan necesarias como esos mismos instantes.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

D’Holbach utiliza una argumentación acumulativa. En primer lugar, recorre todas las funciones que podrían considerarse libres y niega la libertad en cada una de ellas mediante una enumeración retórica: el hombre no es dueño de su conformación (que le viene dada por la Naturaleza), ni de sus ideas (que se deben a causas que actúan sobre él sin saberlo), ni de sus deseos (no es libre de no amar lo que encuentra agradable), ni de su deliberación, ni de su elección, ni de su acción. Con la pregunta retórica «¿En qué momento el hombre es entonces libre de sus actos?» concluye que no lo es en ninguno. En segundo lugar, presenta un principio general: lo que el hombre hará es siempre consecuencia de lo que ha sido y de lo que es, y su ser actual contiene la suma de todos los motivos de su acción futura. En tercer lugar, ofrece tres definiciones que resumen su posición determinista: vivir es existir de modo necesario, querer es aceptar o no seguir siendo lo que somos, y ser libre no es más que ceder a motivos necesarios inherentes a nosotros.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Tomás de Aquino mantendría una posición diferente. Para Tomás, el ser humano posee libre albedrío precisamente porque es racional, lo que lo distingue radicalmente de los demás seres naturales. En primer lugar, argumenta que, a diferencia de los animales, que actúan por instinto natural (como la oveja que huye del lobo sin analizar la situación), el ser humano juzga racionalmente lo que debe evitar o buscar, y ese juicio racional no está determinado a una sola dirección. En segundo lugar, señala que las acciones particulares son contingentes, es decir, que podrían ser de otra manera, y por ello la razón puede tomar direcciones contrarias ante ellas, lo que fundamenta una libertad de elección genuina que d’Holbach niega.

 


Quienes introducen una serie imperecedera de causas, ésos están asociando la mente humana, una vez despojada de su libre voluntad, a la necesidad propia del destino.

Y es que Crisipo llega a la siguiente conclusión: «Si existe el movimiento sin causa, no todo enunciado —lo que los dialécticos llaman axioma— será verdadero o falso, porque aquello que no tiene causas eficientes no será ni verdadero ni falso; por otra parte, todo enunciado es verdadero o falso, luego ningún movimiento carece de causa». Si esto es así, todo lo que ocurre lo hace por causas precedentes; si es así, todo ocurre a consecuencia del destino; por tanto, resulta que, cuanto ocurre, llega a ocurrir a consecuencia del destino. Si aquí me apeteciese, por vez primera, asentirle a Epicuro y decir que no todo enunciado es verdadero o falso, antes aceptaría semejante conmoción que dar por bueno que todo ocurre a consecuencia del destino, porque aquella opinión se presta a cierta discusión, pero ésta es inadmisible. Así es como tensa Crisipo todos sus músculos, a fin de convencernos de que todo axioma es verdadero o falso. Y es que, del mismo modo que Epicuro teme que, si acepta esto, ha de concederse que cuanto ocurre lo hace a consecuencia del destino (porque si una cosa u otra es verdadera desde la eternidad, también es de seguro cumplimiento, y, si es de seguro cumplimiento, también necesaria; y así —según piensa— se confirma la existencia de la necesidad y la del destino), del mismo modo temió Crisipo que, si no sostenía que todo lo que se enuncia es verdadero o falso, no podía mantener que todo ocurre a consecuencia del destino y a partir de las causas eternas de los acontecimientos futuros.

Cicerón (1999). Sobre el destino, §§20-21 (trad. Á. Escobar). Gredos, pp. 310-311.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es si todo lo que ocurre sucede necesariamente a consecuencia del destino, es decir, por una cadena eterna de causas precedentes.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

El texto presenta la posición del filósofo estoico Crisipo, tal como la recoge Cicerón. Crisipo defiende que todo lo que ocurre sucede a consecuencia del destino, es decir, por causas precedentes que se remontan a la eternidad. Su argumento se basa en el principio lógico de que todo enunciado es verdadero o falso: si esto es así, todo movimiento tiene una causa, y si todo tiene causa, todo ocurre por el destino. Cicerón, por su parte, se muestra contrario a esta conclusión y prefiere aceptar las dificultades de la posición de Epicuro antes que admitir que todo ocurre fatalmente.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Crisipo utiliza un argumento lógico encadenado que parte de un principio fundamental. En primer lugar, establece una premisa condicional: si existiera un movimiento sin causa, entonces no todo enunciado sería verdadero o falso, porque aquello que carece de causa eficiente no puede ser ni verdadero ni falso. En segundo lugar, afirma el principio de bivalencia: todo enunciado es verdadero o falso. De estas dos premisas deduce que ningún movimiento carece de causa. En tercer lugar, encadena las consecuencias: si todo lo que ocurre tiene causas precedentes, entonces todo ocurre a consecuencia del destino. Cicerón refuerza la comprensión de este argumento al explicar la posición simétrica de Epicuro: este temía que, si aceptaba el principio de bivalencia, tendría que admitir el destino, ya que si algo es verdadero desde la eternidad, es de seguro cumplimiento, y si es de seguro cumplimiento, es necesario.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Aristóteles mantendría una posición diferente a la de Crisipo. Para Aristóteles, no es cierto que todo lo que ocurre suceda por causas precedentes que se remontan a la eternidad, porque en la naturaleza existe lo contingente, es decir, aquello que puede ser de otra manera. En primer lugar, argumenta que las acciones humanas particulares son contingentes y que el ser humano delibera racionalmente sobre ellas antes de actuar, eligiendo entre distintas posibilidades mediante la prudencia, un juicio práctico que no está predeterminado por una cadena causal eterna. En segundo lugar, sostiene que los enunciados sobre hechos futuros contingentes no son ni definitivamente verdaderos ni definitivamente falsos antes de que el hecho ocurra, lo cual contradice directamente el principio de bivalencia en el que se apoya Crisipo para defender que todo ocurre a consecuencia del destino.

 

Disertación filosófica

 

PROPUESTA DE TEMA

¿Somos libres aun cuando el resto del universo está completamente determinado?

 

CÓMO HACER UNA DISERTACIÓN FILOSÓFICA

 

La disertación filosófica es un texto argumentativo en el que defiendes una posición razonada ante una pregunta filosófica. No se trata de dar tu opinión sin más, sino de construir una respuesta fundamentada en argumentos, apoyada en lo que han dicho los filósofos y capaz de considerar posiciones contrarias a la tuya. La finalidad de una disertación es llegar a una verdad lo más objetiva posible, esto es, que pueda ser compartida por todo ser racional. Todos los argumentos, estés personalmente de acuerdo o en desacuerdo con ellos, deben ser expuestos con el máximo rigor y fuerza. La extensión debe estar entre 1200 y 1600 palabras.

 

I. TRABAJO PREVIO

 

Paso 1: Elige la pregunta que más te interese

Elige la pregunta sobre la que tengas una opinión más clara, la que te resulte más cercana o la que te provoque más curiosidad. Si tienes una opinión fuerte sobre ella, aunque sea en contra, eso es buena señal: significa que tienes algo que decir. Ve a lo más cercano y sencillo para ti. La complejidad la encontrarás según profundices.

 

Paso 2: Busca las posibles interpretaciones

Las preguntas filosóficas contienen conceptos que pueden entenderse de varias maneras. Identifica las palabras clave y pregúntate qué pueden significar. Cada significado diferente produce una interpretación distinta de la pregunta.

Por ejemplo, la pregunta ¿Es la libertad una ilusión? admite al menos tres interpretaciones:

  • Interpretación A: ¿Prueba algo la sensación de ser libres, o podríamos sentirnos libres sin serlo?
  • Interpretación B: ¿Es la libertad incompatible con que nuestras decisiones tengan causas?
  • Interpretación C: ¿Qué queda de la responsabilidad moral si la libertad resultara ser una ilusión?

💡 Tip: Si no se te ocurren varias interpretaciones, prueba a cambiar una palabra clave por un sinónimo: no es lo mismo ¿es la libertad una ilusión? que ¿elegimos de verdad o solo creemos elegir? o ¿puede ser libre un ser cuyas decisiones tienen causas? o ¿quién decide cuando yo decido?

 

Paso 3: Piensa en las implicaciones y elige una interpretación

Cada interpretación tiene implicaciones distintas. Pregúntate: si respondiera que sí, ¿qué se seguiría de ello? ¿Y si respondiera que no? La interpretación más interesante suele ser la que tiene las implicaciones más profundas.

Por ejemplo:

  • Si la sensación de libertad no prueba nada (A), toda la confianza cotidiana en que decidimos quedaría bajo sospecha, y habría que buscar otra base para la libertad o renunciar a ella.
  • Si la libertad exige ausencia de causas (B), la ciencia y la libertad serían incompatibles, y habría que elegir entre ambas. Pero si no la exige, la libertad podría ser algo distinto de lo que solemos imaginar.
  • Si la libertad es una ilusión (C), premiar y castigar perdería su justificación habitual: nadie merece nada por lo que no pudo evitar hacer. Los tribunales, la escuela y la vida entera funcionarían sobre un error.

Ahora elige la interpretación que te parezca más relevante y explica por qué las otras lo son menos. Sé coherente: sería contradictorio argumentar que la A es la más importante y luego trabajar con la C. Las implicaciones te ayudan a decidir: la interpretación que más cosas pone en juego suele ser la mejor para una disertación.

 

Paso 4: Formula tu tesis

Escribe en una frase la respuesta que vas a defender. Debe ser clara, concreta y discutible: alguien razonable debería poder estar en desacuerdo con ella. La tesis no contiene argumentos: eso viene después. Puede llevar matices y condiciones (pero, aunque, cuando), pero no justificaciones: si tu tesis lleva un «porque», ese «porque» es tu primer argumento, y su sitio es el desarrollo.

Ejemplos de buenas tesis:

  • La libertad no es una ilusión, aunque no consista en decidir sin causas, sino en actuar por razones que reconocemos como propias.
  • La libertad es una ilusión útil: nos sentimos libres solo mientras ignoramos las causas que nos determinan.

Ejemplos de malas tesis:

  • La libertad es un tema muy debatido. Demasiado vago.
  • Hay filósofos deterministas y filósofos que no lo son. No responde a la pregunta.
  • Yo hago lo que quiero. No tiene en cuenta ninguna objeción.

💡 Tip: A medida que investigas puede que descubras que tu tesis inicial era incorrecta. Puedes modificarla o reflejar en la conclusión por qué has cambiado de opinión. Una disertación se escribe para llegar a una verdad, no para demostrar que tenemos razón.

 

Paso 5: Busca argumentos y trabaja con las fuentes

Lee los textos de la pestaña de Práctica y los libros disponibles de la bibliografía buscando argumentos a favor y en contra de tu tesis. Para cada argumento que encuentres, anota:

  • La idea principal, con tus propias palabras.
  • La referencia completa: autor, año, título y página.
  • Tu reacción: ¿estás de acuerdo?, ¿se te ocurre una objeción?, ¿te recuerda a otro autor?

Cómo citar. Hay cuatro formas:

Cita directa narrativa. Usa esta opción para dar importancia y protagonismo al pensador en tu texto. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. El año va inmediatamente después de su nombre.

Ejemplo: Cicerón (1999) recoge la respuesta de Carnéades a los deterministas: no todo lo que ocurre tiene causas externas y antecedentes, pues «hay movimientos voluntarios del alma» (p. 310).

Cita directa parentética. Usa esta opción cuando quieres que el lector se concentre primero en la idea. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. Los datos del autor quedan en segundo plano al final de la frase.

Ejemplo: Ya en la Antigüedad se defendió que no toda causa es externa, porque «hay movimientos voluntarios del alma» que dependen de nosotros (Cicerón, 1999, p. 310).

Cita indirecta narrativa. Explicas la idea con tus propias palabras, pero introduces la frase mencionando directamente al autor.

Ejemplo: Cicerón (1999) expone el argumento de Carnéades según el cual admitir que los actos voluntarios están en nuestro poder no exige negar que todo tenga causa, sino distinguir entre causas externas y causas que están en nosotros mismos (pp. 310-311).

Cita indirecta parentética. Explicas la idea con tus propias palabras y colocas toda la información de la fuente junta al cerrar el punto.

Ejemplo: El debate antiguo sobre el destino ya contenía la distinción decisiva: negar el fatalismo no obliga a postular actos sin causa, sino a reconocer que algunas causas somos nosotros (Cicerón, 1999, pp. 310-311).

En todos los casos, después de la cita hay que explicar qué quiere decir el autor y relacionarla con tu argumento. Una cita sin explicación no demuestra nada.

💡 Tip: Cita con año y página la primera vez que atribuyes una idea a un autor. Después, si solo recuerdas o resumes algo que ya has citado antes (por ejemplo, en la valoración o en la conclusión), basta con nombrarlo: «como muestra Spinoza…». Repetir el año y la página cada vez que aparece un apellido no es más riguroso, solo más pesado. La regla es sencilla: idea nueva, cita completa; idea ya citada, solo el apellido.

📌 Novedad: en las disertaciones de este tema y de los siguientes, debes identificar la forma lógica de al menos uno de tus argumentos. Más abajo, en la sección de Redacción, se explica cómo hacerlo.

 

Paso 6: Haz un esquema

Antes de redactar, escribe en tu cuaderno un esquema con la introducción (interpretaciones, implicaciones, elección razonada, tesis), los argumentos a favor y en contra con sus citas, la valoración, la delimitación de tu tesis y la conclusión. Este esquema es tu hoja de ruta.

 

II. REDACCIÓN

 

Estructura de la disertación

Introducción (aprox. 15% del texto). Consta de dos partes:

  • Primer párrafo: presenta el problema con un gancho que atraiga al lector (una imagen, una paradoja, un dato, una experiencia), despliega las interpretaciones posibles con sus implicaciones, justifica cuál es la más relevante y termina reformulando la pregunta tal como vas a responderla. Esa formulación final es importante: tu conclusión tendrá que responder exactamente a ella.
  • Segundo párrafo: formula tu tesis de forma clara y concreta.

💡 Tip: el gancho es el lugar más fácil para colocar un ejemplo propio, y los ejemplos propios puntúan en la rúbrica. Una anécdota, un caso real o una experiencia tuya que plantee el problema vale más que empezar directamente con un filósofo. Además, empezar por algo tuyo es más fácil que empezar por Kant.

 

Desarrollo (aprox. 70% del texto). Aquí hay dos formas de trabajar:

  • Estructura básica, para quien necesita un guion claro:
    1. Argumentos a favor de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado con ejemplos y una cita explicada.
    2. Argumentos en contra de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado también con ejemplos y una cita explicada. No los debilites a propósito: expónlos con el mismo rigor que los tuyos.
    3. Valoración: compara ambos lados, señala las fortalezas y las debilidades de cada uno, y explica cuáles pesan más y por qué.

Con esta estructura, hecha correctamente, puedes llegar al nivel notable.

 

  • Estructura dialéctica, para quien quiere ir más allá:

En lugar de separar los argumentos en dos bloques, construye una conversación entre posiciones. Los argumentos se responden entre sí, se señalan sus límites sobre la marcha y el pensamiento progresa. No hay un bloque a favor y un bloque en contra: hay un recorrido en el que cada paso surge del anterior.

Por ejemplo, en lugar de escribir:

Argumento a favor 1: Kant sostiene que la conciencia del deber revela nuestra libertad.
Argumento a favor 2: Sartre defiende que estamos condenados a ser libres.
Argumento en contra 1: Spinoza afirma que nos creemos libres por ignorar las causas de nuestros deseos…
Argumento en contra 2: D’Holbach sostiene que el hombre es parte de la naturaleza y obedece sus leyes…

Podrías escribir:

Spinoza sostiene que nos creemos libres solo porque somos conscientes de nuestros deseos e ignoramos sus causas. Kant concede que la libertad no puede demostrarse teóricamente, y desplaza el terreno: no la conocemos por la ciencia, sino por la conciencia del deber, pues quien se sabe obligado se sabe capaz. Ahora bien, Schopenhauer devuelve el golpe un nivel más adentro: puedo hacer lo que quiero, pero ¿puedo querer lo que quiero?…

Esta estructura es más exigente pero produce disertaciones mucho más ricas.

 

Herramientas para trabajar los argumentos

Estas cuatro operaciones sirven para manejar cualquier argumento, sea tuyo o de la posición contraria. No hay que usarlas todas ni en todas las disertaciones: son ayudas para cuando no sepas cómo seguir. Las dos primeras te servirán en cualquier estructura. Las dos últimas, acotar e invertir, son las que hacen posible la estructura dialéctica: sin ellas, los argumentos no pueden responderse entre sí.

Conceder. Reconocer lo que un argumento tiene de razón antes de responderle. Se escribe con fórmulas como «esta objeción es seria, porque…» o «hay algo verdadero en esta idea». Parece una debilidad y es lo contrario: quien reconoce la fuerza del contrario y aun así le responde resulta mucho más convincente que quien finge que el contrario no decía nada. Lo opuesto es una falacia, el hombre de paja: debilitar la posición contraria para vencerla con facilidad. Ten presente que en la rúbrica el hombre de paja puntúa cero en honestidad intelectual: si la posición contraria queda ridícula en tu texto, es casi seguro que la has caricaturizado.

Buscar un contraejemplo. Si un argumento afirma algo con «todos», «siempre» o «nunca», un solo caso contrario lo derriba. Si alguien dice «todos los profesores mandan deberes» y encuentras uno que no manda, la afirmación era falsa. Cuidado: contra «la mayoría de los profesores mandan deberes» un caso contrario no prueba nada, porque esa afirmación ya contaba con las excepciones. Esta herramienta no siempre podrá usarse, y no pasa nada: solo funciona con afirmaciones universales.

Acotar. Aceptar que un argumento prueba algo y mostrar hasta dónde llega de verdad: «tienes razón, pero no tanta». La manera habitual de acotar es distinguir: separar dos cosas que estaban mezcladas y mostrar que el argumento vale para una pero no para la otra. La distinción puede ser de grado (los videojuegos no son malos; jugar demasiado, sí) o de aspecto (que todos los ladrillos de un edificio vengan de la fábrica no significa que el plano del edificio venga de ella). Acotar sirve también con tu propia tesis: decir bajo qué condiciones se sostiene, o qué casos no resuelve, puntúa en la rúbrica.

Invertir. Mostrar que un argumento, bien entendido, prueba lo contrario de lo que pretendía. Quien afirma que la filosofía no sirve para nada está defendiendo una tesis filosófica, así que necesita la filosofía para atacarla. Es la herramienta más espectacular cuando funciona y la más ridícula cuando se fuerza: úsala solo si la inversión es real.

💡 Tip: existen más herramientas (el experimento mental, la reducción al absurdo, el dilema, la autorrefutación) explicadas con ejemplos en la página de Técnicas argumentales.

 

Cómo comprobar tu desarrollo

Muchas disertaciones parecen dialécticas y son una lista disfrazada. Hay dos pruebas para comprobarlo antes de entregar.

La prueba del orden. Coge dos argumentos que estén del mismo lado (dos a favor, o dos en contra) e imagina que los intercambias. ¿Se entiende igual? Si sí, están yuxtapuestos: cada uno va por su cuenta, como en una lista. Si no, porque el segundo se apoyaba en el primero o respondía a una objeción que este había dejado abierta, hay una cadena. En una estructura dialéctica de verdad, casi ningún párrafo del desarrollo puede moverse sin romper algo.

La prueba de los conectores. Mira con qué palabras empieza cada párrafo del desarrollo. Los conectores de suma (además, por otra parte, también, en segundo lugar) indican que estás añadiendo: es una lista. Los conectores de respuesta (ahora bien, sin embargo, contra esto cabe objetar, conviene distinguir) indican que estás contestando a lo anterior: es una cadena.

Si todos tus párrafos empiezan con conectores de suma, tu texto es una lista, por muchos autores que cites. Y no se arregla cambiando las palabras: hay que cambiar lo que hacen los párrafos.

 

Sobre la forma lógica

En tu disertación, al menos uno de los argumentos que utilices debe ir acompañado de la identificación explícita de su forma lógica. Las formas más habituales son el modus ponens (si P entonces Q; P; luego Q), el modus tollens (si P entonces Q; no Q; luego no P) y el silogismo disyuntivo (P o Q; no P; luego Q).

Para hacerlo, escribe el argumento en prosa normal y añade a continuación una frase que nombre la forma lógica y muestre su estructura aplicada a ese argumento concreto. Por ejemplo:

Si bastara sentirse libre para ser libre, también sería libre el sonámbulo, que se siente dueño de sus actos mientras los ejecuta. Pero el sonámbulo no es libre. Luego sentirse libre no basta para ser libre. Este argumento sigue la forma de un modus tollens.

Debe quedar integrado en la prosa, no entre paréntesis ni en un esquema aparte: la forma lógica sirve para exhibir la estructura de un razonamiento que ya era bueno, no para disfrazar uno que no lo era.

 

Conclusión (aprox. 15% del texto). Debe hacer tres cosas:

  • Responder a la pregunta tal como la reformulaste al final de la introducción, explicando si te reafirmas en la tesis o si cambias de postura, y qué argumentos han pesado más.
  • Delimitar tu tesis: bajo qué condiciones se sostiene, qué casos no resuelve, o qué tendría que ocurrir para que dejara de ser válida. Ninguna tesis lo explica todo, y precisarlo no la debilita: la hace más fuerte. La rúbrica lo premia dentro de la honestidad intelectual.
  • Señalar las consecuencias o implicaciones para el mundo actual.

💡 Tip: Las mejores conclusiones vuelven al principio y cierran el círculo. Si abriste con una imagen, una pregunta o un dato sorprendente, retómalo aquí y muestra cómo tu argumentación le ha dado un sentido nuevo.

 

Bibliografía. Al final del texto, tras la conclusión, incluye una lista de las obras que has citado. No cuenta para el límite de palabras. El formato es el siguiente:

  • Apellido, N. (año). Título de la obra (trad. N. Apellido). Editorial.

Por ejemplo:

  • Schopenhauer, A. (2000). Sobre la libertad de la voluntad (ed. Á. Gabilondo, trad. E. Ímaz). Alianza.
  • Spinoza, B. (2009). Ética demostrada según el orden geométrico (trad. A. Domínguez). Trotta.

 

Consejos de redacción

  • Busca una apertura que enganche: una imagen, una paradoja, un dato sorprendente, una pregunta provocadora, una experiencia personal.
  • Haz frases cortas y claras. Evita las subordinadas en cadena.
  • Busca las palabras exactas. Evita afirmaciones vagas.
  • Los ejemplos que puntúan como propios son los que no aparecen ni en los textos de práctica ni en clase: de tu experiencia, de la actualidad, de la naturaleza, de la cultura. Un buen ejemplo propio no solo adorna: si al quitarlo el argumento pierde fuerza, es que estaba haciendo trabajo de verdad. Esa es la diferencia que la rúbrica premia.
  • Una cita sola, sin explicación, no demuestra nada. Explica siempre qué quiere decir el autor y por qué es relevante para tu argumento.
  • Un argumento no es una frase. Requiere desarrollo, ejemplo y, si puede ser, una cita explicada.
  • Reserva la primera persona para la tesis y la conclusión. En el desarrollo, expón los argumentos de forma impersonal.

 

Fases de escritura

Producción. Escribe todas las ideas sin preocuparte por el orden ni la corrección. El objetivo es sacar todo lo que tienes en la cabeza.

Edición. Ordena las ideas, redacta los párrafos, integra las citas con su explicación, conecta los argumentos entre sí.

Revisión. Lee el texto completo: ¿se entiende la tesis?, ¿los argumentos la sostienen?, ¿las citas están explicadas?, ¿la conclusión responde a la pregunta y delimita la tesis? Aplica la prueba del orden y la de los conectores. Comprueba la ortografía, cuenta las palabras y pasa a limpio.

 

Ejemplo de disertación

La siguiente disertación es un ejemplo de cómo aplicar los pasos anteriores. No es un modelo perfecto: es un ejemplo de trabajo bien hecho que puedes usar como referencia.

 

¿Es la libertad una ilusión?

En 1983, el neurólogo Benjamin Libet pidió a un grupo de voluntarios que movieran una mano cuando quisieran, y que anotaran el instante exacto en que decidían moverla. Mientras tanto, unos electrodos registraban su actividad cerebral. El resultado dio la vuelta al mundo: el cerebro comenzaba a preparar el movimiento unas décimas de segundo antes de que el sujeto creyera estar decidiéndolo. Cuando yo creo decidir, parecía concluirse, la decisión ya está tomada; la conciencia no elige, se entera. La pregunta «¿es la libertad una ilusión?» admite varias lecturas. Puede referirse a si la sensación de ser libres prueba algo: si no prueba nada, toda la confianza cotidiana en que decidimos queda bajo sospecha. Puede referirse a si la libertad es incompatible con que nuestras decisiones tengan causas: si lo es, habría que elegir entre la libertad y la ciencia, que no conoce sucesos sin causa. O puede referirse a qué queda de la responsabilidad si la libertad cayera: si nadie pudo evitar hacer lo que hizo, premiar y castigar pierden su justificación habitual. La segunda lectura es la decisiva, porque las otras dos dependen de ella: solo sabiendo qué clase de cosa es la libertad puede decidirse si la sensación la prueba y si el determinismo la destruye. La pregunta, entonces, es esta: ¿exige la libertad decidir sin causas, o puede un ser cuyas decisiones tienen causas ser, pese a todo, libre?

La tesis que defenderé es que la libertad no es una ilusión, aunque no consista en decidir sin causas: consiste en actuar por razones que reconocemos como propias.

La acusación de ilusión merece exponerse primero y en su mejor versión, que es la de Spinoza. Los hombres se creen libres, sostiene, porque son conscientes de sus apetitos y deseos, pero ignoran las causas que los llevan a desear lo que desean; su libertad consiste, pues, en conocer el efecto e ignorar la causa (Spinoza, 2009, pp. 130-131). El argumento es más fino de lo que parece: no niega la experiencia de decidir, la explica. Y admite una formulación exacta que muestra su alcance: si bastara sentirse libre para ser libre, también sería libre el sonámbulo, que se siente dueño de sus actos mientras los ejecuta; pero el sonámbulo no es libre; luego sentirse libre no basta para ser libre. Este argumento sigue la forma de un modus tollens. La sensación de libertad, por intensa que sea, no es una prueba: es un dato que tanto el libre como el determinado tendrían por igual.

D’Holbach lleva esta línea hasta el final. El hombre es obra de la naturaleza, existe en la naturaleza y está sometido a sus leyes, de las cuales no puede liberarse ni siquiera con el pensamiento; su cerebro es tan físico como sus manos, y sus voliciones son eslabones de la misma cadena causal que mueve los astros (D’Holbach, 1982, pp. 219-220). Si esto es correcto, la libertad no es que esté mal fundada: es que no hay lugar en el mundo donde pudiera alojarse. El experimento de Libet parecería la confirmación empírica de esta vieja tesis: la maquinaria arranca antes de que el yo firme.

La objeción determinista es seria y hay que concederle lo que prueba. Prueba que nuestras decisiones tienen causas, y que la introspección no las ve. Pero conviene acotar lo que de ahí se sigue, distinguiendo dos cosas que el argumento mezcla: una es que mis actos estén causados, y otra que estén causados sin mí. El sonámbulo no deja de ser libre por tener causas, sino por la clase de causas que operan en él: procesos en los que su deliberación no interviene. Cuando alguien sopesa razones, anticipa consecuencias y actúa conforme a lo que ha concluido, sus actos también tienen causas, pero él figura entre ellas. Llamar ilusoria a esa diferencia exige borrar la distinción entre el que delibera y el que camina dormido, y esa distinción es tan real como cualquier hecho: la reconoce el médico, el juez y el propio determinista cuando discute para convencernos, pues nadie argumenta con las piedras.

Ahora bien, la acotación anterior tiene un punto débil que Schopenhauer señala con precisión quirúrgica. De acuerdo, actúo según mis razones y mis deseos; pero ¿elegí tener esos deseos? Puedo hacer lo que quiero, concede, pero no puedo querer lo que quiero: si busco la causa de mi querer, encuentro mi carácter, y mi carácter no lo he elegido (Schopenhauer, 2000, pp. 156-157). La libertad, expulsada de los actos, reaparecía en la voluntad; expulsada de la voluntad, ya no tiene dónde esconderse. Es la objeción más profunda de todas, porque no ataca lo que hacemos sino lo que somos.

Kant responde desplazando el terreno entero del debate. Concede a los deterministas que, en el orden de los fenómenos, todo cuanto ocurre tiene causa, y que la libertad no puede demostrarse teóricamente; pero sostiene que la conocemos por otra vía: la conciencia del deber. Quien se sabe obligado a hacer algo se sabe capaz de hacerlo, aunque todas sus inclinaciones tiren en contra; la ley moral revela una capacidad que ninguna cadena causal explica, la de actuar contra el propio carácter en nombre de lo que se debe (Kant, 2005, pp. 3-5). No es una prueba científica, y Kant no la presenta como tal: es el testimonio de una experiencia que el determinismo no puede acomodar sin declararla también ilusoria, con lo cual la moral entera caería con ella.

Sartre extrae la consecuencia existencial de este desplazamiento y responde a Schopenhauer en su propio terreno, el del carácter. Que no hayamos elegido nuestro punto de partida no significa que el punto de partida decida por nosotros: el cobarde no es cobarde como la piedra es dura, sino que se hace cobarde en sus actos, y podría, con esfuerzo, hacerse otra cosa. Por eso estamos condenados a ser libres: no elegimos serlo, pero no podemos dejar de elegir, y las excusas con que nos declaramos producto de las circunstancias, del temperamento o de la educación son, según Sartre, la forma más común de huir de esa condena (Sartre, 2009, pp. 41-44). El carácter que Schopenhauer presentaba como sentencia sería en realidad material: aquello con lo que hay que hacer algo, no aquello que ya lo ha hecho todo. La réplica no destruye la objeción, pero le pone un límite: prueba que no partimos de cero, no que no podamos movernos.

A la luz de este recorrido, considero que la libertad no es una ilusión, pero tampoco lo que la ilusión pintaba. Spinoza y D’Holbach aciertan contra la libertad imaginaria, la del acto sin causas, que efectivamente no existe en ninguna parte; Schopenhauer acierta al mostrar que tampoco elegimos el carácter desde el que elegimos. Lo que queda en pie no es poca cosa: la diferencia real entre actuar deliberando y actuar arrastrado, y la capacidad, atestiguada por la experiencia moral que describe Kant, de que la deliberación corrija al carácter en lugar de obedecerlo siempre. El propio experimento de Libet, leído con cuidado, apunta ahí: el impulso llega antes que la conciencia, pero Libet observó que los sujetos conservaban la capacidad de vetar el movimiento ya iniciado. Quizá la libertad no consista en dar la orden, sino en poder revocarla. Conviene delimitar la tesis: se sostiene mientras las razones que reconocemos como propias no sean, a su vez, imposiciones disfrazadas; en los casos de coacción interna, como las adicciones o las compulsiones, la frontera entre actuar por razones y ser actuado se vuelve borrosa, y la tesis orienta el juicio pero no lo dicta. La implicación para el presente es doble: ni el fatalismo que todo lo excusa («no pude evitarlo») ni la crueldad que todo lo imputa («pudiste elegir») hacen justicia a lo que somos, y un sistema educativo o penal serio necesita esa distinción de grados que ninguna de las dos posturas extremas permite trazar.

Los voluntarios de Libet no eran marionetas, aunque sus cerebros se adelantaran a su conciencia: podían detener la mano. Tal vez eso sea la libertad: no la ausencia de impulsos, sino la última palabra sobre ellos.

 

Bibliografía

  • D’Holbach, P.-H. (1982). Sistema de la naturaleza (trad. J. M. Bermudo). Editora Nacional.
  • Kant, I. (2005). Crítica de la razón práctica (trad. D. M. Granja Castro). FCE.
  • Sartre, J.-P. (2009). El existencialismo es un humanismo (trad. V. Prati de Fernández). Edhasa.
  • Schopenhauer, A. (2000). Sobre la libertad de la voluntad (ed. Á. Gabilondo, trad. E. Ímaz). Alianza.
  • Spinoza, B. (2009). Ética demostrada según el orden geométrico (trad. A. Domínguez). Trotta.

 

III. EVALUACIÓN

Rúbrica de evaluación

CriterioDeficienteAceptableNotableExcelente
Estructura e introducción
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Falta alguna parte esencial o la organización resulta confusa. La tesis no aparece con claridad.
1 pt.
Introducción, desarrollo y conclusión reconocibles. La tesis se formula con claridad y se retoma al final.
1,5 pt.
La introducción despliega las interpretaciones de la pregunta con sus implicaciones y justifica cuál se elige. La conclusión añade consecuencias o implicaciones actuales.
2 pt.
Además, la interpretación elegida orienta de principio a fin el desarrollo, y la conclusión responde a la pregunta tal como quedó planteada en la introducción.
Argumentación
hasta 3,5 puntos
0,5 pt.
Los argumentos apenas se desarrollan. Faltan ejemplos o citas, o estas no se explican. No se consideran posiciones contrarias.
2 pt.
Presenta al menos dos argumentos a favor y dos en contra, cada uno con ejemplos y una cita explicada. Los argumentos se exponen por separado, sin relacionarse entre sí.
3 pt.
Se comparan las posiciones y se señalan las fortalezas y las debilidades de cada una. La valoración final está razonada.
3,5 pt.
Los argumentos se responden entre sí: se concede lo que la posición contraria prueba y se muestra hasta dónde llega, o se invierte a favor de la tesis. La reflexión progresa. Al menos un argumento presenta de forma explícita su forma lógica.
Honestidad intelectual
hasta 1 punto
0 pt.
La posición contraria se caricaturiza, se presenta en su versión más débil o se le atribuye lo que no dice (hombre de paja).
0,5 pt.
La posición contraria se expone correctamente, aunque de forma escueta.
0,75 pt.
La posición contraria se expone en su versión más fuerte, con el mismo rigor que la propia.
1 pt.
Además, se delimitan las condiciones en que la propia tesis se sostiene, o los casos que no logra resolver.
Ejemplos propios
hasta 1,5 puntos
0,25 pt.
No usa ejemplos, o solo los que aparecen en los textos de práctica y en clase.
0,75 pt.
Usa algún ejemplo propio, aunque resulte decorativo o poco relacionado con el argumento.
1 pt.
Usa al menos dos ejemplos propios, pertinentes y bien elegidos para el argumento que ilustran.
1,5 pt.
Los ejemplos propios no solo ilustran: hacen avanzar el argumento, porque muestran algo que la cita por sí sola no mostraba.
Claridad y precisión expresiva
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Vocabulario impreciso. Párrafos poco conectados. Frases difíciles de seguir.
1 pt.
Vocabulario sencillo pero adecuado. El texto se entiende correctamente.
1,5 pt.
Vocabulario preciso y uso correcto de los conceptos filosóficos. Los párrafos se enlazan con conectores adecuados y la lectura es fluida.
2 pt.
Expresión rigurosa y matizada. Cada palabra dice exactamente lo que debe decir. Estilo cuidado.

Nota final: suma de los cinco criterios sobre 10 puntos, menos las penalizaciones. En cada criterio se asigna uno de los cuatro valores de la tabla, sin puntuaciones intermedias.

Sobre la estructura: quien sigue correctamente la estructura básica puede alcanzar el nivel notable. El nivel excelente exige que los argumentos se respondan entre sí, que la reflexión avance más allá de una simple acumulación de ideas y que al menos un argumento presente su forma lógica de manera explícita.

 

Condiciones de entrega

Si no se cumplen, la disertación no se corrige:

  • Entregada en clase, dentro del plazo establecido.
  • Escrita a mano, en folios en blanco, con letra legible.
  • Al final del texto, tras la bibliografía, debe figurar el número de palabras de la disertación (sin contar la bibliografía).

El recuento forma parte del trabajo: llevarlo durante la redacción es la manera de ajustar la extensión mientras aún se puede corregir.

 

Penalizaciones

ConceptoDescuento
Extensión (no acumulable: se aplica solo el tramo correspondiente, sobre el número de palabras declarado)
Desviación de hasta 100 palabras (1100-1199 o 1601-1700)
−0,5
Desviación de 100 a 200 palabras (1000-1099 o 1701-1800)−1
Desviación superior a 200 palabras (menos de 1000 o más de 1800)−2
Presentación (acumulable hasta un máximo de −1)
Sin sangría en la primera línea de cada párrafo
−0,25
Sin márgenes−0,25
Tachones o correcciones visibles−0,5
Ortografía (acumulable, sin límite)
Por cada falta de ortografía
−0,25
Por cada falta de tilde−0,05

 

Recursos

 

Bibliografía

Fuentes primarias

  • Agustín de Hipona (1963). Del libre albedrío (trad. E. Seijas). BAC.
  • Cicerón (1999). Sobre el destino (trad. Á. Escobar). Gredos.
  • D’Holbach, P.-H. (1982). Sistema de la naturaleza (trad. J. M. Bermudo). Editora Nacional.
  • Kant, I. (2005). Crítica de la razón práctica (trad. D. M. Granja Castro). FCE.
  • Sartre, J.-P. (2009). El existencialismo es un humanismo (trad. V. Prati de Fernández). Edhasa.
  • Schopenhauer, A. (2000). Sobre la libertad de la voluntad (ed. Á. Gabilondo, trad. E. Ímaz). Alianza.
  • Spinoza, B. (2009). Ética demostrada según el orden geométrico (trad. A. Domínguez). Trotta.
  • Tomás de Aquino (1994). Suma teológica (trad. J. Martorell). BAC.

 

Manuales, historias de la filosofía y obras de referencia

  • Damasio, A. (1996). El error de Descartes. Crítica.
  • Dennett, D. (2004). La evolución de la libertad. Paidós.
  • Ferrater Mora, J. (1964). Diccionario de filosofía (2 vols.). Sudamericana.
  • Honderich, T. (dir.) (2001). Enciclopedia Oxford de filosofía. Tecnos.
  • Magee, B. (1991). Schopenhauer. Cátedra.
  • Sánchez Meca, D. (2012). Diccionario esencial de filosofía. Tecnos.

 

Vídeos

 

Glosario

 

GLOSARIO

Argumento de la condición de autoría. Argumento compatibilista según el cual una acción es libre si procede de la decisión consciente del agente, aunque esa decisión esté causalmente determinada. Basta con ser autor de la acción, no con poder haber actuado de otro modo.

Argumento de la fuente. Argumento incompatibilista: una persona actúa libremente solo si es la causa primera de su acción. Si el determinismo es verdadero, ningún ser humano es la causa primera de nada, porque toda acción se remonta a un pasado anterior a él.

Argumento de las posibilidades alternativas. Argumento incompatibilista clásico: si hay libre albedrío, se pudo actuar de otro modo; si hay determinismo, no se pudo actuar de otro modo; luego, si hay determinismo, no hay libre albedrío.

Causalidad. Relación por la que un hecho produce necesariamente otro. El principio de que todo efecto tiene una causa es el fundamento del determinismo, porque encadena cada decisión a causas anteriores no elegidas.

Compatibilismo. Posición según la cual determinismo y libre albedrío no se excluyen: podemos ser libres, en el sentido de actuar sin impedimentos externos, aunque nuestra voluntad esté causalmente determinada.

Determinismo. Tesis según la cual los hechos del pasado y las leyes de la naturaleza determinan un único futuro posible. Adopta formas distintas: física, estoica, teológica o neurológica.

Determinismo físico. Versión del determinismo, formulada por Laplace, según la cual una inteligencia que conociera el estado exacto del universo en un instante podría calcular con certeza cualquier estado pasado o futuro.

Determinismo neurológico. Variante del determinismo basada en experimentos de Libet y Haynes, que muestran que la actividad cerebral de una decisión comienza antes de que el sujeto sea consciente de haberla tomado.

Determinismo teológico. Variante del determinismo derivada de la omnisciencia divina: si Dios conoce de antemano lo que haremos, parece que no podemos actuar de otro modo. Agustín replicó que el conocimiento previo no es su causa.

Esse / Operari. Distinción de Schopenhauer entre el ser (esse) y el obrar (operari): nuestras acciones concretas están sometidas a la causalidad, pero la libertad reside en el carácter, no en cada acto aislado.

Fatalismo. Variante del determinismo, propia de los estoicos, según la cual todo lo que ocurre es consecuencia de una cadena eterna de causas que forma el destino, sin dejar nada al azar.

Incompatibilismo. Posición según la cual determinismo y libre albedrío se excluyen mutuamente. Se divide en libertarismo metafísico (hay libertad porque el determinismo es falso) y determinismo duro (no hay libertad).

Libertad de acción. También llamada libertad negativa. Concepción compatibilista según la cual somos libres cuando nada externo nos impide hacer lo que queremos, sin exigir que la voluntad misma sea indeterminada.

Libertad de la voluntad. También llamada libertad positiva. Concepción incompatibilista según la cual ser libre exige que la propia voluntad pueda elegir entre alternativas reales, no solo ejecutar sin trabas lo que ya está determinado.

Libertad fenoménica / libertad nouménica. Distinción de Kant: en el mundo fenoménico, el de los sentidos, todo está sometido a causalidad; en el mundo nouménico, el ser humano, como ser racional, es libre.

Libre albedrío. Capacidad de controlar las propias acciones y responsabilizarse moralmente de ellas. Admite dos sentidos: libertad de acción (ausencia de impedimentos externos) y libertad de la voluntad (poder querer de otro modo).

Presciencia divina. Atributo de Dios de conocer de antemano los eventos futuros, incluidas las decisiones humanas. Plantea el problema del determinismo teológico: si Dios ya sabe lo que haremos, ¿podemos hacer otra cosa?

Ratio cognoscendi. Expresión latina, «razón de conocer»: para Kant, la ley moral es aquello por lo que conocemos que somos libres, pues solo la experiencia de sentirnos obligados revela nuestra libertad.

Ratio essendi. Expresión latina, «razón de ser»: para Kant, la libertad es la condición que hace posible la ley moral, porque nadie puede estar obligado a hacer lo que no está en su poder hacer.

Responsabilidad moral. Condición por la que un agente merece elogio o castigo por sus actos. Suele exigir que haya podido actuar de otro modo, o al menos que sea la fuente reconocible de su acción.

Voluntad. Facultad por la que el ser humano desea y se orienta hacia fines. El debate central es si la voluntad es libre o está determinada por deseos y causas que el agente no controla.

 

Quiz

 

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