RENÉ DESCARTES (1596 – 1650)

Biografía

 

 

René Descartes nació en 1596 en La Haye, un pequeño pueblo de Turena, Francia, que hoy lleva su nombre en su honor. Su familia era de la baja nobleza. Su padre era consejero del Parlamento de Bretaña y su madre falleció al poco de nacer él. Entre 1606 y 1614 estudió en el colegio de La Flèche, un centro muy prestigioso fundado por Enrique IV y dirigido por los jesuitas, una orden religiosa que destacaba por su rigor educativo y su fuerte interés por las matemáticas y las ciencias. Allí estudió autores clásicos como Homero, Platón, Aristóteles y Cicerón, así como la filosofía escolástica de Tomás de Aquino y Francisco Suárez.

En 1616 obtuvo la licenciatura en Derecho en la Universidad de Poitiers, pero quedó insatisfecho con el conocimiento que le ofrecían tanto el derecho como la filosofía tradicional, basada en Aristóteles y la escolástica, que él consideraba llena de disputas y dudas. A pesar de esta crítica, muchas de las palabras y conceptos que usó más tarde provenían precisamente de esa tradición, aunque con un sentido renovado. También retomó algunas ideas agustinianas, como la importancia de la introspección y la certeza interior. En todo caso, para Descartes las matemáticas eran la única ciencia que le ofrecía certezas claras y evidentes, y le sorprendía que no se hubiera avanzado más partiendo de esa base sólida.

Tras terminar los estudios, decidió abandonar el Derecho para viajar y conocer mundo. Algunos biógrafos han especulado con que durante sus años militares pudo haber desempeñado tareas de inteligencia para los jesuitas en la guerra de los Treinta Años entre católicos y protestantes, aunque no hay evidencia sólida de ello. Entre 1618 y 1619 estuvo en Holanda y luego en la corte de Mauricio de Nassau, príncipe de Orange, donde se formó militarmente y desarrolló una amistad con Isaac Beeckman, un físico y matemático con quien compartió interés por la física y las matemáticas. Beeckman influyó decisivamente en la formación científica de Descartes, especialmente en la aplicación del método matemático a la naturaleza.

La noche del 10 de noviembre de 1619, mientras servía en el ejército del duque Maximiliano de Baviera y se encontraba acuartelado cerca de Ulm, Descartes tuvo tres sueños que marcaron un punto de inflexión en su vida. Según su propia interpretación, recogida en un manuscrito titulado Olympica —hoy perdido—, aquellos sueños le revelaron las bases de lo que llamó «una ciencia admirable». Esta experiencia onírica fue decisiva para que se convenciera de la necesidad de elaborar un método riguroso que permitiera alcanzar un conocimiento verdadero y unificar todas las ciencias. A partir de ese momento, Descartes dio comienzo a su gran proyecto filosófico y científico.

Un poco más tarde, alrededor de 1620, entró en contacto más o menos indirecto con miembros de la Orden de los Rosacruces, un grupo secreto y esotérico que buscaba el conocimiento oculto y la reforma espiritual de la humanidad a través de la ciencia, la filosofía y la mística, lo que coincidía con algunas de sus propias aspiraciones intelectuales.

Entre 1622 y 1629, Descartes permaneció en Francia, moviéndose entre París y la región de Bretaña, y dedicando cada vez más tiempo a la reflexión filosófica. Fue una etapa de búsqueda y maduración intelectual en la que consolidó su decisión de abandonar la vida errante y centrarse en la elaboración de un pensamiento propio. En noviembre de 1627 entró en contacto con el cardenal Pierre de Bérulle, figura destacada del catolicismo reformista francés. Este comprendió rápidamente la importancia del proyecto intelectual de Descartes y le impuso una «obligación de conciencia» para que retomara con seriedad el estudio de la filosofía y comenzara a escribir un sistema propio. Gracias a ese estímulo, Descartes se retiró a Bretaña durante el invierno de 1627-1628 y comenzó a redactar las Reglas para la dirección del espíritu, una obra en la que trataba de establecer las bases de su método.

Por esa misma época, Descartes se movió en ambientes intelectuales marcados por la defensa de la libertad de juicio, la autonomía moral y el derecho a investigar sin someterse a la autoridad eclesiástica ni a la tradición escolástica. En este contexto, mantuvo contacto con los llamados círculos libertinos, un conjunto de salones, tertulias y grupos de discusión formados por escritores, poetas, científicos y filósofos que compartían una actitud crítica hacia la religión institucionalizada, los dogmas heredados y el orden social impuesto. Los libertinos del siglo XVII, influidos por el escepticismo de Montaigne y por un racionalismo incipiente, proponían una forma de vida basada en la razón y la observación de la naturaleza. Desconfiaban de la revelación y de toda doctrina impuesta, y concebían el conocimiento como una tarea libre, personal y crítica. Aunque Descartes no compartía la moral hedonista ni el ateísmo radical que caracterizaban a algunos de estos autores, coincidía con ellos en el rechazo al dogmatismo y en la necesidad de construir una filosofía fundada en la claridad y la evidencia. Por eso, su paso por estos ambientes dejó huella en su modo de pensar, incluso cuando luego buscó distanciarse del escepticismo excesivo que algunos libertinos defendían.

Después de sus años de viajes, en 1628 se estableció definitivamente en Holanda, un país que en aquel tiempo era un refugio para filósofos y científicos gracias a su relativa libertad religiosa y tolerancia política. En este ambiente, Descartes pudo trabajar tranquilo, lejos de la censura y las persecuciones religiosas que amenazaban en otros lugares. Allí permaneció hasta 1649, cambiando varias veces de residencia y difundiendo sus ideas por toda Europa.

Un punto de inflexión en su trayectoria intelectual tuvo lugar en 1633, cuando Descartes terminó su Tratado del mundo, una obra en la que abordaba la física y la cosmología desde una perspectiva mecanicista. Sin embargo, la condena de Galileo Galilei por la Iglesia Católica ese mismo año le hizo temer por la aceptación de su obra, que defendía el heliocentrismo, el movimiento de la Tierra y el método científico basado en la observación y las matemáticas. Descartes llegó a estar a punto de quemar todos sus papeles, como confesaría en una carta a su amigo Mersenne, porque si el movimiento de la Tierra era falso, toda su filosofía quedaba en entredicho. A pesar de esto, no abandonó la idea de publicar su obra, aunque de forma parcial.

Así, en 1637 publicó el Discurso del método, donde expuso su método para dirigir bien la razón y buscar la verdad en las ciencias. Este texto iba acompañado de varios ensayos —La Dióptrica, Los Meteoros y La Geometría— donde aplicaba su método a problemas concretos de óptica, meteorología y matemáticas.

La muerte de su hija Francine en 1640, a los cinco años por escarlatina, marcó un cambio en los intereses de Descartes. Tras la publicación en 1641 de las Meditaciones metafísicas, donde expuso sus ideas filosóficas centrales y respondió a críticas de pensadores como Hobbes, Arnauld y Gassendi, Descartes orientó cada vez más su atención hacia la fisiología y la psicología. En 1644 publicó Los principios de la filosofía, dividida en cuatro partes, en las que abordaba temas que iban desde la filosofía general hasta la física y la cosmología, cuidando especialmente de evitar posturas que pudieran provocar censura. Y en 1649 publicó su último texto, el Tratado de las pasiones del alma, en el que estudia las emociones desde una perspectiva filosófica y científica, buscando entender qué son las pasiones, cómo se originan y cómo afectan a la salud del cuerpo, al alma y a la razón.

En ese mismo año de 1649, Descartes aceptó la invitación de la reina Cristina de Suecia para trasladarse a Estocolmo a darle clases particulares. Las condiciones eran duras: la reina exigía las clases a las cinco de la mañana en un palacio sin calefacción, en pleno invierno escandinavo. Descartes murió en Estocolmo en febrero de 1650, probablemente por neumonía, aunque algunos autores han propuesto otras causas.

 

Basado en Tejedor Campomanes, C. (1986). Historia de la filosofía en su marco cultural (ed. COU). Madrid.

 

Obras

 

La producción de Descartes abarca filosofía, física, matemáticas y fisiología, y está marcada por un proyecto unitario: construir un nuevo edificio del saber sobre cimientos seguros, sustituyendo la filosofía escolástica y el aristotelismo por un método fundado en la razón y en las matemáticas. Sus obras más importantes se publicaron en un período relativamente breve, entre 1637 y 1649, aunque algunas de sus ideas fundamentales estaban ya maduras desde finales de la década de 1620.

Descartes comenzó su producción filosófica y científica con las Reglas para la dirección del espíritu, escritas alrededor de 1628. Esta obra quedó incompleta y no se publicó durante su vida. En ella intentaba establecer las bases de un método para usar la razón de forma correcta y alcanzar conocimientos ciertos y claros. Su intención era crear una guía práctica para la ciencia y la filosofía, aunque no llegó a finalizar ni publicar este texto. Se publicó póstumamente en 1684.

En 1633 concluyó el Tratado del mundo, que abordaba la física y la cosmología desde una perspectiva mecanicista. En él explica el funcionamiento del universo basándose en leyes matemáticas sobre la materia y el movimiento, buscando reemplazar la explicación aristotélica por una ciencia fundada en principios claros y evidentes. Sin embargo, la condena de Galileo ese mismo año le hizo temer la censura eclesiástica —el tratado defendía el heliocentrismo y el movimiento de la Tierra—, y decidió no publicarlo. El Tratado del mundo apareció finalmente en 1664, catorce años después de su muerte.

En 1637 publicó el Discurso del método, acompañado de tres ensayos científicos: La Dióptrica, Los Meteoros y La Geometría. El Discurso expone el método racional que Descartes había elaborado para dirigir bien la razón y buscar la verdad en las ciencias. Los tres ensayos que lo acompañan demuestran que ese método puede aplicarse a distintas disciplinas con resultados sólidos: La Dióptrica estudia la luz, la visión y la refracción, aportando ideas innovadoras que sentaron bases para la física moderna; Los Meteoros trata los fenómenos atmosféricos; y La Geometría introduce la geometría analítica, unificando el álgebra con la geometría mediante el sistema de coordenadas que hoy lleva su nombre. Este conjunto de obras fue una pieza clave en la revolución científica que transformó el pensamiento europeo del siglo XVII.

En 1641 publicó las Meditaciones metafísicas, la obra filosófica más influyente y más estudiada de toda su producción. En ella expone la duda metódica como herramienta para encontrar certezas indudables, llega a la famosa conclusión cogito ergo sum —«pienso, luego existo»— y ofrece argumentos para la existencia de Dios y la distinción entre alma y cuerpo. El objetivo es sentar una base segura para la filosofía y la ciencia en el momento en que Descartes ya había consolidado su método y buscaba responder a críticas y escepticismos. La obra se publicó acompañada de seis series de Objeciones y respuestas, en las que pensadores como Thomas Hobbes, Antoine Arnauld y Pierre Gassendi formulaban críticas a las que el propio Descartes respondía. Este intercambio filosófico es fundamental para entender su pensamiento en toda su complejidad.

En 1644 apareció Los principios de la filosofía, un compendio sistemático de su pensamiento filosófico y científico dividido en cuatro partes, que abarca desde cuestiones filosóficas generales hasta temas de física y cosmología. Con esta obra Descartes pretendía unificar su sistema bajo un marco completo y claro, presentado en un formato escolar cercano al de los manuales escolásticos que había estudiado en La Flèche. Adoptó, sin embargo, posturas prudentes para evitar enfrentamientos con la Iglesia, manteniendo cierta ambigüedad en cuestiones como el movimiento de la Tierra.

Finalmente, en 1649 publicó el Tratado de las pasiones del alma, centrado en la filosofía moral y en el estudio de las emociones. Analiza cómo las pasiones influyen en la voluntad y cómo pueden ser dominadas mediante la razón para lograr una vida equilibrada y virtuosa. Esta obra refleja el interés de Descartes en las cuestiones prácticas y éticas durante sus últimos años, y constituye su aportación más directa a la ética, un ámbito que había dejado de lado en sus obras anteriores.

 

Basado en Tejedor Campomanes, C. (1986). Historia de la filosofía en su marco cultural (ed. COU). Madrid.

 

Su filosofía

 

La filosofía de Descartes nace de una pregunta radical: ¿es posible encontrar alguna verdad absolutamente cierta, sobre la que no quepa ninguna duda? Esta pregunta no era nueva, pero el modo en que Descartes la abordó sí lo era. En lugar de apoyarse en la tradición, en la autoridad de la Iglesia o en la filosofía heredada de Aristóteles, decidió comenzar desde cero: rechazar todo lo que pudiera ser puesto en duda, aunque solo fuera remotamente, y buscar un fundamento completamente nuevo para el conocimiento. El resultado fue una de las transformaciones más profundas de la historia del pensamiento. Descartes no solo ofreció respuestas filosóficas: propuso un método nuevo, una imagen nueva del ser humano y una nueva manera de entender la relación entre la mente y el mundo. En ese sentido, su filosofía no es solo el inicio del racionalismo moderno, sino el umbral de toda la filosofía que vendría después.

 

Del Renacimiento a la Modernidad

Durante el Renacimiento, el pensamiento europeo vivió una intensa fusión de tradiciones religiosas, filosóficas y esotéricas. El cristianismo convivía con el neoplatonismo, la cábala cristiana, la magia natural, el hermetismo y diversos saberes orientales. Esta mezcla dio lugar a una visión del mundo en la que todo estaba conectado por correspondencias ocultas entre el ser humano, la naturaleza y lo divino. No existía aún un método sistemático de conocimiento, sino una forma de pensar basada en analogías, símbolos, intuiciones místicas y relaciones de semejanza. Filósofos como Marsilio Ficino o Pico della Mirandola buscaron la unidad de estas corrientes en una «sabiduría perenne», anterior al cristianismo mismo, y que habría sido revelada originalmente por Hermes Trismegisto. En lugar de explicar el mundo mediante causas demostrables, lo interpretaban como un tejido de signos y mensajes que exigía desciframiento.

Este modelo de pensamiento, carente de método y lleno de sincretismos, entró en crisis con los grandes descubrimientos geográficos. La llegada de nuevas especies animales y vegetales desde América dejó obsoletos los antiguos compendios de historia natural, que ya no podían dar cuenta de la diversidad del mundo. La naturaleza, lejos de responder a un orden cerrado y armónico, se revelaba caótica e inabarcable. A esto se sumaba una profunda inestabilidad religiosa: la fractura de la unidad cristiana con la Reforma provocó una oleada de conflictos sangrientos que culminaron en la Guerra de los Treinta Años (1618–1648). La guerra entre católicos y protestantes no solo cuestionó la autoridad papal, sino también la posibilidad misma de una verdad religiosa común. Los católicos defendían el papel del papa como única guía legítima para la interpretación de la Biblia. Los protestantes, por el contrario, reivindicaban el derecho de cada creyente y cada príncipe a interpretarla por sí mismos. La verdad se convertía así en un terreno de disputa constante.

En ese contexto de confusión y desencanto, ganaron fuerza las corrientes escépticas. Algunos pensadores, cansados de las guerras religiosas y la inestabilidad doctrinal, propusieron abandonar la búsqueda de una verdad definitiva. Desde su punto de vista, el mundo carece de un criterio claro para determinar qué es verdadero y qué no lo es. Por tanto, la única vía razonable es la suspensión del juicio y la tolerancia mutua. Frente al fanatismo, el escepticismo ofrecía una salida pragmática: si no podemos conocer la verdad con certeza, al menos debemos aprender a convivir sin imponernos unos a otros nuestras creencias.

El filósofo contemporáneo Michel Foucault, en Las palabras y las cosas, sostiene que el paso del Renacimiento a la Modernidad no fue solo un cambio de ideas, sino un giro profundo en el modo mismo de pensar: una mutación en lo que él llama la «epistéme» o estructura del saber de una época. En el pensamiento renacentista, el conocimiento se organizaba en torno a la analogía, la similitud y la correspondencia entre todas las cosas del mundo —el macrocosmos y el microcosmos, la naturaleza y el lenguaje, el ser humano y lo divino—. Se trataba de una red simbólica donde todo remitía a todo, sin jerarquías claras ni separación entre sujeto y objeto. La Modernidad rompe con este modelo al instaurar una epistéme basada en la representación objetiva, la clasificación racional y la separación entre el sujeto que conoce y el objeto conocido. A partir de entonces, el conocimiento exige método, orden, evidencia y certeza, y se apoya en disciplinas como la biología, la economía o la filología. Descartes es una figura clave en este cambio, pues inaugura el pensamiento moderno al establecer que la única vía legítima para alcanzar la verdad es el uso riguroso de la razón, liberada de prejuicios, analogías y símbolos.

 

El problema que hereda Descartes

Del panorama que acaba de describirse, Descartes recibe tres problemas que están conectados entre sí y que su filosofía intenta resolver de una vez.

El escepticismo renovado. En 1562 se habían reeditado en latín las obras de Sexto Empírico, y con ellas volvió a circular todo el arsenal argumental del escepticismo antiguo. Montaigne lo había puesto al alcance de cualquier lector culto en sus Ensayos, y su pregunta —«¿qué sé yo?»— resumía el estado de ánimo de una época que había visto a los cristianos matarse entre sí por interpretaciones distintas del mismo libro. La duda ya no era un ejercicio de escuela, sino una situación real.

Una ciencia nueva sin fundamento. Galileo, Kepler y el propio Descartes estaban construyendo una física matemática que funcionaba, pero que carecía de justificación filosófica. ¿Con qué derecho suponemos que el libro de la naturaleza está escrito en lenguaje matemático? ¿Por qué habrían de valer para la realidad unas verdades que la razón encuentra dentro de sí sin mirar el mundo? La vieja física aristotélica tenía detrás una metafísica que la sostenía; la nueva no tenía ninguna.

El mecanicismo y sus consecuencias. Si todo lo material se explica por materia y movimiento, sin fines ni formas sustanciales, entonces el universo entero es una máquina. Y una máquina no deja sitio ni al alma, ni a la libertad, ni a la responsabilidad moral. Descartes, que es uno de los principales artífices de esa concepción mecánica de la naturaleza, necesita al mismo tiempo salvar de ella al ser humano.

Su problema puede formularse así: ¿es posible encontrar una certeza que resista incluso a la duda más extrema, y construir sobre ella tanto la nueva ciencia de la naturaleza como la defensa del alma y de la libertad? La estrategia que elige es tan audaz como arriesgada: no combatir el escepticismo desde fuera, sino llevarlo más lejos de lo que ningún escéptico había llegado, con la apuesta de que algo quedará en pie. Y lo que quede en pie será el fundamento.

 

El racionalismo cartesiano

Descartes ha sido considerado tradicionalmente el padre de la Modernidad, no tanto por el contenido concreto de sus aportaciones científicas o filosóficas —muchas de las cuales fueron corregidas o superadas en poco tiempo—, como por el cambio radical que introdujo en la forma misma de pensar y conocer. Su importancia reside sobre todo en el método que propone: un modo nuevo de acceder al conocimiento que influirá de forma decisiva en el desarrollo del pensamiento moderno y en la constitución de la ciencia tal como hoy la entendemos. En este sentido, el cartesianismo inaugura una nueva etapa histórica, marcada por la confianza en la razón como guía segura hacia la verdad.

El racionalismo cartesiano se expandió rápidamente por toda Europa y se convirtió en modelo de enseñanza en muchas universidades. En el centro de este enfoque se encuentra la exigencia de claridad y distinción en las ideas: solo aquellas nociones que resultan absolutamente claras y evidentes para la razón pueden ser consideradas verdaderas. Esta exigencia está íntimamente relacionada con la idea de intuición intelectual: para Descartes, hay verdades que se presentan a la mente con tal evidencia que no pueden ser puestas en duda, del mismo modo que no dudamos de que un triángulo tenga tres lados. Esta concepción recuerda al platonismo, para el cual el conocimiento verdadero es una especie de iluminación interior, así como al agustinismo, que identificaba la verdad con una luz que procede de Dios y que ilumina el alma desde dentro. En Descartes, sin embargo, esa luz no proviene de fuera, sino de la propia razón humana, que contiene en sí misma el criterio de verdad.

Este giro hacia la razón como punto de partida inaugura una nueva forma de entender el conocimiento: ya no se trata de que el sujeto se limite a captar pasivamente el mundo exterior, sino de que construya el conocimiento a partir de sus propias certezas internas. Así se consolida la distinción sujeto/objeto, que será central en la filosofía moderna: el sujeto es la conciencia pensante, autónoma y capaz de conocimiento, mientras que el objeto es aquello que se le presenta como contenido de representación, como algo que puede ser descrito, analizado y comprendido desde fuera, con objetividad. La verdad, entonces, no depende de una autoridad externa —como podía ser la tradición, la Iglesia o los sentidos—, sino de la coherencia y claridad con que el sujeto puede representarse el mundo.

Para asegurar esta claridad y objetividad, Descartes desarrolla un método inspirado en las matemáticas, que para él representan el ideal de conocimiento cierto y universal. Este método consiste en cuatro reglas fundamentales: no aceptar como verdadero nada que no se presente de forma evidente; dividir los problemas en partes más simples; ordenar los pensamientos desde los elementos más simples hasta los más complejos; y hacer revisiones completas para no omitir nada. Gracias a este método, el conocimiento se convierte en una construcción racional paso a paso, en la que cada idea se deduce con precisión a partir de las anteriores. La razón, por tanto, funciona como un instrumento autónomo capaz de guiar el pensamiento sin necesidad de recurrir a ningún principio de autoridad.

Aunque Descartes fue el iniciador del racionalismo moderno, no fue su único representante. Esta corriente fue desarrollada por otros pensadores como Baruch Spinoza y Gottfried Wilhelm Leibniz, que compartían la confianza en la razón como fundamento del conocimiento, pero ofrecieron sistemas filosóficos propios y originales. Spinoza, por ejemplo, intentó construir una filosofía rigurosamente racional, inspirada en la geometría euclidiana, partiendo de definiciones y axiomas para deducir todo lo demás. Su obra principal, la Ética demostrada según el orden geométrico, refleja esta ambición de alcanzar la verdad con certeza absoluta mediante la deducción lógica. Por su parte, Leibniz desarrolló una visión del mundo como conjunto de «mónadas» o sustancias simples, guiadas por un principio de armonía preestablecida, y defendió que toda verdad debe cumplir con el principio de razón suficiente, es decir, que nada ocurre sin que haya una razón para ello.

Para comprender bien el racionalismo, es útil compararlo con la corriente opuesta que se desarrolló a continuación: el empirismo. Mientras los racionalistas creen que la razón es la principal fuente de conocimiento, los empiristas, como John Locke, George Berkeley o David Hume, sostienen que todo conocimiento procede de la experiencia sensible. Para el empirismo, la mente es como una «tabla rasa» que se va llenando con las impresiones que nos llegan a través de los sentidos. Esta contraposición ayuda a entender que el racionalismo otorga un papel activo a la mente, capaz de descubrir verdades por sí sola, incluso sin necesidad de recurrir a la experiencia externa.

Una de las tesis fundamentales del racionalismo es la existencia de ideas innatas. Frente a la idea empirista de que todas las ideas provienen de la experiencia, los racionalistas sostienen que ciertas nociones están ya en nuestra mente desde el nacimiento. Son ideas que no derivan de los sentidos, sino que se encuentran inscritas en la razón misma. Por ejemplo, las ideas de perfección, de infinitud, de sustancia o incluso de Dios. Estas ideas innatas permiten a la razón construir conocimientos que van más allá de lo que puede ofrecer la experiencia, como los principios de la lógica o las verdades matemáticas, que son universales y necesarias.

El método racionalista se basa en la deducción lógica, a diferencia del método inductivo que caracteriza a la ciencia empírica. Esto significa que los racionalistas confían en que, partiendo de unas pocas ideas claras y evidentes, es posible deducir el resto del conocimiento como en una demostración matemática. Esta confianza en la deducción les lleva a desconfiar de lo que percibimos a través de los sentidos, ya que la experiencia puede engañarnos o variar, mientras que la razón puede ofrecer certeza. En definitiva, el racionalismo aspira a un conocimiento universal, necesario y cierto, que no dependa de las variaciones de la experiencia ni de la subjetividad del individuo. Su modelo ideal es el conocimiento matemático, que parte de definiciones precisas y se desarrolla de manera rigurosa. Aunque el racionalismo será posteriormente criticado por los empiristas y matizado por filósofos como Immanuel Kant, su legado sigue vivo en la confianza en la razón, en la búsqueda de fundamentos seguros para el conocimiento y en el ideal de un saber que pueda ser compartido por todos los seres racionales.

 

La teoría cartesiana del conocimiento

La teoría del conocimiento de Descartes, en su primera formulación, se construye a partir de una convicción fundamental: la unidad del saber. Para él, todas las ciencias particulares no son más que aplicaciones diversas de una misma sabiduría universal, que permanece idéntica en su estructura, aunque se proyecte sobre objetos distintos. Así como la luz del sol ilumina por igual cualquier cosa sobre la que incide, la razón humana puede aplicar sus principios a cualquier campo del conocimiento. Esta idea aparece ya en sus primeras obras, como las Reglas para la dirección del espíritu, donde plantea que la razón, bien dirigida, es capaz de alcanzar verdades firmes y evidentes sin necesidad de recurrir a la autoridad, la tradición o los sentidos, que son fuente de error. Lo decisivo es seguir un método riguroso que garantice que no tomemos nunca lo falso por verdadero.

Este método, que tiene como modelo las matemáticas y la geometría, se fundamenta en la idea de que el conocimiento solo es válido cuando se pliega a la estructura del pensamiento racional. Las cosas que percibimos solo son verdaderas en la medida en que pueden ser reconstruidas racionalmente por el sujeto. Esta concepción implica una visión representacional del conocimiento, en la que el objeto es entendido como aquello que puede ser captado por el sujeto mediante una representación clara y ordenada. No se conoce una cosa por estar frente a ella, sino por poder construir un concepto racional de ella. Esta exigencia se traduce también en una distinción decisiva para toda la ciencia moderna: solo las propiedades matemáticamente formulables —la extensión, el número, la figura o el movimiento— son objetivas y pertenecen realmente a los cuerpos; en cambio, las cualidades sensibles —el color, el sabor, el olor, el sonido— dependen del sujeto que percibe y no ofrecen conocimiento seguro. Los nombres de cualidades primarias y secundarias con que hoy se designa esta distinción no son de Descartes, sino de John Locke, que los popularizó medio siglo después; pero el contenido está ya plenamente en él, y también en Galileo.

La certeza que proporciona su método, según Descartes, no se reduce a alcanzar la verdad, sino que exige también el reconocimiento subjetivo de que esa verdad no puede ser puesta en duda. Solo aquello que es evidente, claro y distinto puede considerarse absolutamente verdadero. Por eso no hay para él grados de verdad: una proposición es o bien cierta de forma indudable, o bien falsa. Esta concepción se vincula con su ideal de una mathesis universalis, es decir, una ciencia general que pueda aplicarse a todos los objetos del saber gracias al orden, la medida y la deducción. Las matemáticas se convierten así en el paradigma del conocimiento.

En este marco, Descartes distingue dos modos fundamentales de conocer: la intuición y la deducción. La intuición no es un simple acto de los sentidos ni una imagen de la imaginación, sino una captación directa, inmediata y segura de una verdad por parte de una mente pura y atenta. Es más cierta incluso que la deducción, porque no implica ningún paso intermedio. Un ejemplo sería la captación de que «yo existo» o que «una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo». A la intuición se asocian los criterios de claridad y distinción: una idea es clara cuando se presenta con fuerza y evidencia, como un dolor que no puede pasar desapercibido; y es distinta cuando está perfectamente separada de cualquier otra, sin confusión ni ambigüedad. Por su parte, la deducción es el proceso mediante el cual la mente, partiendo de intuiciones simples, encadena unas ideas con otras y llega a nuevas conclusiones. Para que este proceso sea efectivo, el conocimiento ha de seguir un doble movimiento: el análisis, que consiste en descomponer una cuestión compleja hasta llegar a sus elementos más simples e irreductibles, y la síntesis, que reconstruye el conocimiento desde lo simple hacia lo complejo, siguiendo un orden racional.

Concretamente, para Descartes, el método consiste en un conjunto de reglas seguras y sencillas. Si alguien las sigue con precisión, nunca tomará por verdadero algo que sea falso, y le permitirán avanzar en el conocimiento sin esfuerzo inútil. Resume este método en cuatro reglas fundamentales, que expone en el Discurso del método: evidencia, análisis, síntesis y enumeración.

  • La primera regla consiste en aceptar únicamente aquello que se presenta como verdadero con total evidencia. Para ello, hay que evitar los prejuicios, las prisas y toda influencia que impida juzgar con claridad. Solo se debe dar por verdadero aquello que el espíritu percibe de forma tan clara y distinta que no deje lugar a dudas.
  • La segunda regla indica que cada problema debe dividirse en tantas partes como sea necesario para entenderlo mejor.
  • La tercera regla consiste en ordenar bien los pensamientos. Se debe empezar por los asuntos más simples y fáciles de conocer, y avanzar poco a poco hasta los más complejos. Este orden debe mantenerse incluso cuando los elementos no se presenten así en la realidad.
  • La cuarta regla establece que hay que hacer revisiones completas y generales para asegurarse de no haber olvidado nada.

Aunque estas reglas pueden parecer simples, en realidad implican muchas cuestiones que deben analizarse con más detalle. En las Reglas para la dirección del espíritu, Descartes las desarrolla con mayor profundidad. Él mismo insiste en que debe ser un método fácil y sencillo de seguir.

En cuanto a la primera regla, Descartes parte de la idea de que la razón, por sí misma, no se equivoca. Pero puede verse afectada por prejuicios, impulsos o emociones. Por eso, solo debe aceptarse como verdadero lo que aparece con evidencia absoluta. Esta evidencia se capta mediante la intuición, que es un acto racional por el que la mente «ve» con claridad una idea. Como se ha apuntado, las ideas verdaderamente evidentes tienen dos características: son claras y distintas. Con esta formulación, Descartes introduce una nueva manera de entender la verdad. Ya no se trata de que el pensamiento se ajuste a la realidad —como decía la filosofía escolástica—, sino que la verdad se encuentra dentro de las ideas mismas: es algo propio del pensamiento.

La segunda y la tercera reglas explican cómo se debe proceder una vez que se tienen ideas claras y distintas. El proceso consiste en dos pasos: análisis y síntesis. Primero se descompone el problema hasta llegar a sus elementos más simples, que Descartes llama «naturalezas simples». Estas se comprenden mediante ideas claras y distintas. Luego se sigue un camino inverso: se vuelve a componer el problema mediante deducciones ordenadas, como en la geometría. Las naturalezas simples son los elementos más básicos que se descubren en el análisis. Por ejemplo, cuando se piensa en un cuerpo, se puede decir que está compuesto de corporeidad, extensión y figura, no porque esas partes existan separadamente, sino porque la mente puede representarse cada una por separado antes de reconocer que están unidas en un mismo sujeto. Entre las naturalezas simples más importantes para Descartes están la extensión y el pensamiento. Además, todas estas naturalezas simples son ideas innatas: para él, son como semillas de verdad que ya están naturalmente en nuestra alma. No se trata de conocimientos presentes desde el nacimiento, como pensaba Platón, sino de ideas que pueden desarrollarse a partir de ciertas experiencias. En este punto, Descartes se acerca al pensamiento de Agustín.

Por último, la cuarta regla insiste en la necesidad de comprobar y repasar tanto el análisis como la síntesis. El objetivo es tener una visión de conjunto tan clara que se perciba todo de una sola vez con la misma evidencia intuitiva que en cada paso del proceso.

En definitiva, las Reglas para la dirección del espíritu son el intento cartesiano de formular un método universal capaz de aplicarse a cualquier ámbito del conocimiento con la misma certeza que ofrecen las matemáticas. Sin embargo, al llegar a la Regla XII, Descartes se encuentra con una dificultad concreta: la explicación de la luz. Su método parte de la exigencia de que todo conocimiento se base en conceptos claros, simples y racionales, pero la naturaleza de la luz no se deja reducir fácilmente a estos términos: es un fenómeno que se percibe a través de los sentidos y cuya explicación parece exigir el recurso a imágenes sensibles, lo que entra en tensión con su rechazo de los sentidos como fuente de conocimiento fiable. Esta tensión es una de las razones por las que abandona la redacción de las Reglas, obra que queda inacabada.

Para resolver esta dificultad, en El mundo o Tratado de la luz, escrita hacia 1633, Descartes elabora una teoría mecanicista que explica la luz como una transmisión de movimiento a través de un medio material, sin necesidad de cualidades sensibles ni intervención divina. A partir de esta concepción, extiende su análisis a todo el cosmos, mostrando que el nacimiento y funcionamiento del universo entero puede ser entendido desde unos pocos principios racionales. Dentro de sus principios metafísicos de la física, Descartes introduce una afirmación fundamental: la materia es extensión. Todo lo que existe físicamente posee solo tamaño, figura y movimiento. Niega radicalmente la existencia del vacío, pues para él no puede haber extensión sin cuerpo. En cuanto al movimiento, Descartes adopta dos principios inspirados en su visión mecanicista. El primero es el principio de inercia: «cada parte de la materia continúa en el mismo estado a menos que una colisión la obligue a cambiarlo». El segundo es el principio de conservación de la cantidad de movimiento, que sostiene que la suma total de la «cantidad de movimiento» —medida como producto del tamaño del cuerpo por su velocidad— se mantiene constante en el universo, incluso al cambiar partes en colisiones.

A partir de estos principios generales, Descartes plantea varias leyes particulares que explican fenómenos concretos. La gravedad y las mareas, por ejemplo, no requieren fuerzas ocultas ni acción a distancia: se explican mediante vórtices o remolinos de materia que transmiten movimiento entre las partes del universo. Niega la existencia del vacío, lo que se contrapone directamente a las ideas atomistas de Pierre Gassendi, quien defendía la existencia del vacío entre los distintos átomos. Sin embargo, consciente del peligro que suponía defender estas ideas tras la condena de Galileo justamente en 1633, Descartes decidió no publicar El mundo y comenzó una nueva etapa en la que buscaría una justificación metafísica de su método.

 

Su primer intento de justificación metafísica y su moral provisional

En 1637, Descartes publica el Discurso del método, una mezcla de autobiografía y exposición metodológica, redactada en francés para llegar a un público amplio y pulsar el ambiente académico y eclesiástico. En la primera parte revela cómo surgió su método: tras abandonar la enseñanza escolástica y viajar, concluye que la verdad debe buscarse dentro de uno mismo, no en las opiniones ajenas. En la segunda parte presenta las cuatro reglas del método. En la tercera parte señala que, mientras que su método no se aplique a la moral, es necesario regirse por una moral provisional. Esta se compone de unas pocas máximas prácticas, suficientes para guiar la conducta mientras se avanza en la búsqueda de la verdad.

La primera de estas máximas refleja un espíritu de prudencia: como observa que en el mundo nada es completamente estable, opta por seguir las leyes y costumbres de cada país, mantenerse fiel a su religión y adherirse a las opiniones más moderadas y comunes. La segunda máxima le lleva a actuar con decisión aunque no tenga certezas absolutas: dado que todo es incierto, considera prudente comportarse como si las opciones más probables fueran verdaderas, para no caer en la indecisión constante. La tercera está claramente influida por el estoicismo: propone centrarse en dominar los propios pensamientos y deseos, en lugar de intentar cambiar el curso de los acontecimientos o de la fortuna. Para ello, se esfuerza en convencerse de que solo el pensamiento depende completamente de uno mismo. Finalmente, se plantea cuál es la mejor ocupación posible, y concluye que la más digna es la que ya ha elegido: dedicar su vida entera al cultivo de la razón y al progreso en el conocimiento de la verdad, según el método que él mismo ha elaborado.

Las cuatro máximas y el sentido de lo «provisional»

La tercera parte del Discurso merece un tratamiento detenido, porque plantea un problema que va mucho más allá de lo que su brevedad sugiere. Descartes lo explica con una imagen doméstica: quien decide demoler su casa para reconstruirla sobre cimientos mejores no puede quedarse a la intemperie mientras dura la obra, sino que ha de proveerse de otro alojamiento donde vivir cómodamente. La duda metódica derriba el edificio entero de las creencias, pero la vida no admite suspensión: mientras se investiga hay que seguir actuando, y actuar exige criterios. De ahí una moral provisional, es decir, no fundamentada todavía, pero suficiente para no quedarse paralizado.

La primera máxima consiste en obedecer las leyes y costumbres del propio país, conservar la religión en la que se ha sido educado y gobernarse en todo lo demás por las opiniones más moderadas y alejadas del exceso, entre las que profesan las personas más sensatas con quienes hay que convivir. Descartes añade una precisión reveladora: en esa observación hay que fijarse en lo que la gente hace más que en lo que dice, porque muchas creencias que se declaran no se practican realmente. Y prefiere las opiniones moderadas porque, si se yerra, se está menos lejos del camino correcto.

La segunda máxima pide ser lo más firme y resuelto posible en la acción, y seguir con constancia incluso las opiniones más dudosas una vez adoptadas. La imagen que emplea es la del viajero perdido en un bosque: no debe dar vueltas ni detenerse, sino caminar siempre lo más recto que pueda en una misma dirección, porque aunque no llegue exactamente donde deseaba, acabará en algún lugar mejor que en medio de la espesura. En la práctica, la indecisión es peor que el error.

La tercera máxima es de inspiración claramente estoica: procurar vencerse a sí mismo antes que a la fortuna, y cambiar los propios deseos antes que el orden del mundo. Solo nuestros pensamientos están enteramente en nuestro poder; todo lo demás escapa a él. Quien interioriza esto deja de desear lo imposible y por tanto deja de sentirse desdichado por no tenerlo.

La cuarta, que a veces se cuenta más como conclusión que como máxima, resulta de repasar las distintas ocupaciones humanas para elegir la mejor: dedicar la vida al cultivo de la razón y al progreso en el conocimiento de la verdad, según el método elaborado.

Tres observaciones críticas conviene hacer sobre este texto, porque es donde suele centrarse la discusión.

  • La aparente contradicción con la duda. ¿Cómo puede quien duda de todo obedecer las costumbres de su país y conservar su religión? Descartes responde distinguiendo el orden teórico del práctico: la duda es un procedimiento del entendimiento en la investigación, no una norma de conducta. Dudar en la teoría no obliga a paralizarse en la vida, del mismo modo que un arquitecto que revisa los cimientos no deja por ello de dormir bajo un techo.
  • El posible conservadurismo. Se ha discutido mucho si estas máximas son una convicción o una precaución. El Discurso se publica cuatro años después de la condena de Galileo, con el Tratado del mundo guardado en un cajón, y su autor ha elegido vivir fuera de Francia. Una moral que recomienda seguir las leyes y no apartarse de la religión recibida resulta, cuando menos, oportuna. Otros intérpretes señalan que la prudencia práctica encaja con el temperamento y con la teoría cartesiana de la acción, que exige decidir sin esperar a la certeza.
  • Lo provisional que nunca dejó de serlo. Descartes anunció una moral definitiva que se deduciría del sistema una vez completado, y llegó a decir que la moral es la última rama del árbol del saber, cuyas raíces son la metafísica y cuyo tronco es la física. Pero esa moral definitiva nunca se escribió como tal: sus elementos hay que reconstruirlos a partir de la correspondencia con Isabel de Bohemia y del Tratado de las pasiones del alma, publicado el año antes de su muerte.

La cuarta parte del Discurso contiene su primer intento de justificación de su método de conocimiento. Explica que el uso de la duda sistemática lo conduce al descubrimiento de una verdad absolutamente cierta: «Pienso, luego existo» (cogito ergo sum). A partir de ahí, establece la distinción entre mente y cuerpo y ofrece argumentos sobre la existencia de Dios como garante de la verdad clara y distinta. En las partes quinta y sexta muestra la aplicación práctica de su método para demostrar su eficacia, incluyendo los ensayos sobre Dióptrica, Meteoros y Geometría.

 

Las Meditaciones metafísicas y su tratamiento de Dios

Las Meditaciones metafísicas de Descartes, publicadas en 1641 y escritas originalmente en latín, tienen un propósito claro: presentar ante la comunidad intelectual y, especialmente, ante la jerarquía de la Iglesia católica, la validez de su método de conocimiento como base firme para la filosofía y la ciencia. Lejos de buscar una simple reforma del pensamiento, Descartes pretende refundarlo por completo, comenzando desde sus cimientos. Para ello, expone sus ideas en forma de meditaciones personales, siguiendo el modelo de ejercicios espirituales, con la intención de guiar al lector hacia una verdad firme e indudable. El objetivo último de la obra es demostrar la existencia de Dios y mostrar que este es el garante de que el método cartesiano, partiendo exclusivamente de la razón, permite alcanzar verdades absolutamente objetivas e indubitables, perfectamente compatibles con la fe cristiana.

La primera meditación introduce la duda metódica: una estrategia argumental que imita el escepticismo, pero no para llegar a conclusiones escépticas, sino para superarlas y mostrar que es posible alcanzar una certeza absoluta. Para ello, Descartes se propone eliminar cualquier creencia que no sea completamente indudable, tratar como falsas todas las ideas aceptadas hasta entonces que sean sospechosas de contener algún error.

El primer paso en esta duda consiste en cuestionar la fiabilidad de los sentidos. Descartes señala que en ciertas ocasiones los sentidos nos inducen a error, especialmente cuando se trata de objetos lejanos o en condiciones poco favorables para la percepción: una torre a lo lejos puede parecernos redonda cuando en realidad es cuadrada; un bastón recto se percibe como doblado cuando está parcialmente sumergido en agua. Estos casos muestran que los sentidos no son siempre fiables y deben descartarse como fuente de verdad.

A continuación, Descartes introduce el argumento del sueño, mucho más radical: incluso si ahora siento que estoy despierto, ¿acaso no me ha sucedido alguna vez soñar que estoy en el mismo lugar, sintiendo lo mismo, creyendo que estoy despierto? Si esto ha pasado, ¿qué certeza tengo ahora de que no estoy soñando? Este tipo de duda es más difícil de refutar, porque no hay un signo claro que distinga absolutamente el estado de vigilia del sueño.

Aun así, Descartes observa que incluso en los sueños hay elementos que no parecen cambiar: las verdades matemáticas, como que 2 + 3 = 5 o que el triángulo tiene tres lados, se mantienen firmes. Pero, con el objetivo de asentarlas sobre una base totalmente firme, da un paso más planteando la posibilidad de que un ser todopoderoso nos haya creado de tal modo que estemos engañados en todo. En un primer momento rechaza esta idea argumentando que Dios es infinitamente bueno y no permitiría que su criatura viviera en el error total. Pero introduce entonces la hipótesis del genio maligno: la posible existencia de un ser tan poderoso como engañador, que haya dispuesto todo para hacernos creer en una realidad que no existe, permitiría dudar no solo de nuestras percepciones, sino incluso de las verdades matemáticas. Es con este motivo supremo de duda que Descartes concluye la primera meditación.

Después de haber puesto en duda todo lo que creía saber, Descartes se enfrenta a la posibilidad de que los escépticos tengan razón y no haya nada firme en lo que apoyar el conocimiento. Sin embargo, es precisamente en el acto mismo de dudar donde encuentra una certeza irrebatible: si estoy dudando, entonces estoy pensando, y si pienso, entonces existo. Es lo que formula con su célebre expresión: «pienso, luego existo» (cogito ergo sum). El paralelismo con Agustín de Hipona fue advertido de inmediato por sus contemporáneos. La fórmula agustiniana «si me engaño, existo» (si fallor, sum), que aparece en La ciudad de Dios (XI, 26) y con variantes en otros textos suyos, anticipa mil años antes la idea de que la duda no puede eliminar la certeza de la existencia de quien duda. Cuando Arnauld se lo hizo notar en las Objeciones cuartas, Descartes lo reconoció sin dificultad, pero subrayó la diferencia de propósito: Agustín usa el argumento para refutar a los escépticos y para encontrar en el alma una imagen de la Trinidad; él lo usa como primer eslabón de una cadena que ha de fundamentar toda la ciencia. La misma frase cumple, por tanto, funciones muy distintas.

No obstante, es importante entender que para Descartes el término «pensamiento» (cogitatio) abarca todas las formas de actividad consciente del espíritu: dudar, afirmar, negar, querer, imaginar, sentir… No se trata solo del pensamiento racional, sino de todo lo que acontece en la mente. Por eso no dice simplemente «dudo, luego existo», sino «pienso». Además, no hay que entender el cogito ergo sum como una deducción lógica a partir de premisas, sino como una intuición inmediata, una idea clara y distinta que se impone a la mente con total evidencia.

Qué es esa cosa que piensa

Establecido que existo, queda por saber qué soy. Descartes descarta primero las respuestas heredadas: no puede afirmar que sea un cuerpo ni un animal racional, porque de todo eso ha dudado. Lo único que sobrevive a la duda es el pensar. Soy, por tanto, una cosa que piensa (res cogitans), y enumera enseguida qué significa eso: una cosa que duda, entiende, afirma, niega, quiere, no quiere, imagina y siente. Adviértase que incluye el sentir, pero entendido como pura conciencia de sentir: aunque todo lo que veo fuera falso, es indudable que me parece ver.

El ejemplo de la cera

El segundo tramo de la meditación segunda contiene uno de los análisis más célebres de la historia de la filosofía, y es el que justifica el subtítulo del texto: que el espíritu humano es más fácil de conocer que el cuerpo.

Descartes toma un trozo de cera recién sacado de la colmena. Conserva todavía el sabor de la miel y el olor de las flores; tiene un color, una figura y un tamaño determinados; es duro, está frío y suena si se lo golpea. Todo lo que puede saberse de un cuerpo parece estar ahí, y todo ello ha llegado por los sentidos. Pero acerquémoslo al fuego: desaparecen el sabor y el olor, cambia el color, se pierde la figura, aumenta el tamaño, se vuelve líquido y caliente, y ya no suena al golpearlo. Y sin embargo, nadie dudaría de que sigue siendo la misma cera.

La pregunta es entonces: ¿qué era lo que yo conocía en ella con distinción? No puede ser nada de lo que percibieron los sentidos, porque todo eso ha cambiado. Lo que permanece es algo extenso, flexible y mudable. Tampoco basta la imaginación: soy capaz de comprender que la cera puede adoptar una cantidad infinita de figuras, pero no puedo imaginar esa infinidad recorriéndola una por una. Luego la percepción de la cera no es obra de la vista, ni del tacto, ni de la imaginación, sino una inspección del espíritu, un acto exclusivo del entendimiento.

Descartes añade una observación aguda sobre el lenguaje. Decimos que «vemos» la cera, igual que decimos que vemos hombres cruzando la plaza cuando en realidad solo vemos sombreros y capas que podrían cubrir autómatas. Lo que hay en ambos casos es un juicio del entendimiento que el hábito nos hace confundir con una percepción de los sentidos.

De aquí salen dos conclusiones. La primera es epistemológica: los cuerpos no se conocen por los sentidos ni por la imaginación, sino solo por el entendimiento, y no en cuanto se ven o se tocan, sino en cuanto se comprenden. Es exactamente la premisa que necesita una física matemática, y por eso el argumento de la cera no es un ejercicio de virtuosismo, sino una pieza esencial del sistema. La segunda es la que da título a la meditación: cada vez que juzgo algo sobre la cera —que existe, que ha cambiado, que sigue siendo la misma— ese juicio confirma con más evidencia todavía la existencia de mi propio espíritu, porque para juzgar hay que pensar. Todo lo que contribuye a conocer un cuerpo prueba mejor y antes la existencia de la mente. Por eso la mente es más fácil de conocer que el cuerpo: es la primera realidad conocida, y todas las demás se conocen a través de ella.

Pero el descubrimiento del cogito como primera certeza plantea un problema filosófico de gran calado: ¿cómo salir de ese yo? ¿cómo saber que hay algo más fuera de mí? Esta dificultad es lo que se conoce como el problema del solipsismo —del latín solus (solo) e ipse (uno mismo)—: la doctrina filosófica que afirma que solo existe el propio yo y sus ideas, y que no hay garantías racionales de que exista un mundo exterior ni otras mentes o sujetos.

En la tercera meditación, Descartes trata de salir del solipsismo analizando las ideas que encuentra dentro de su mente. Establece una distinción fundamental relativa a su origen. Las ideas adventicias son aquellas que parecen proceder del exterior, como cuando oímos un ruido o vemos una luz, pero dado que nuestros sentidos pueden engañarnos, no podemos asegurar que provengan de cosas externas. Las ideas facticias son las construidas por la propia mente a partir de otras ideas, como una sirena o un burro con alas: combinaciones imaginarias que no tienen por qué corresponderse con nada real. Finalmente, están las ideas innatas, que no proceden ni del mundo ni de la invención personal, sino que parecen estar inscritas en nosotros por naturaleza, como las ideas de infinito y perfección.

Estas últimas, según Descartes, no pueden tener su origen ni en el mundo sensible ni en nuestra limitada mente. En el mundo no hay nada infinito ni absolutamente perfecto; y nosotros, como seres finitos e imperfectos, no podríamos haber generado por nosotros mismos ideas que superan nuestra experiencia y nuestras capacidades. Así, la idea de un ser perfecto e infinito no puede tener otra causa que un ser que realmente posea esas cualidades. Descartes aplica aquí un principio clásico de la filosofía escolástica, según el cual la causa debe ser al menos tan real y perfecta como su efecto. Si tenemos una idea de perfección, entonces ha de haber una realidad proporcionada a esa idea: Dios.

Este Dios que descubrimos en nuestro pensamiento es un ser absolutamente perfecto. Para Descartes, la perfección de Dios implica necesariamente su bondad: ser malo o engañar implicaría una carencia de verdad o de bondad, incompatible con un ser absolutamente perfecto. Por tanto, si Dios es perfecto, no puede engañarnos. Una vez demostrado que Dios existe y es perfecto, podemos confiar en que no nos ha creado con una mente tan defectuosa que se equivoque incluso cuando capta con claridad y distinción. La demostración de Dios representa, entonces, una superación radical de la duda metódica y la salida del solipsismo: garantiza que nuestras ideas claras y distintas son verdaderas, y que el mundo exterior que nos parece percibir realmente existe.

En la cuarta meditación, Descartes aborda el problema del error. Si Dios es perfecto y veraz, ¿por qué los seres humanos se equivocan? La respuesta comienza con una distinción entre dos facultades del ser humano: el entendimiento y la voluntad. El entendimiento es finito y limitado: no percibe todas las cosas, ni lo hace siempre de manera clara. En cambio, la voluntad es ilimitada: podemos afirmar o negar cualquier cosa, incluso más allá de lo que entendemos. Por tanto, el error no se encuentra ni en el entendimiento en sí ni en la voluntad, sino en su mal uso: en el hecho de afirmar o negar cosas que no entendemos con claridad y distinción. Si nos limitáramos a afirmar solo aquello que entendemos de forma clara y distinta, nunca caeríamos en el error. El error es, por tanto, culpa del propio ser humano, no de Dios.

En la quinta meditación, Descartes retoma la reflexión sobre Dios para ofrecer una segunda demostración de su existencia, apoyándose en lo que se conoce como argumento ontológico, formulado originalmente por Anselmo de Canterbury en el siglo XI. A diferencia del razonamiento de la tercera meditación —basado en el principio de causalidad—, aquí Descartes parte solo del análisis de la idea de Dios tal como aparece en su pensamiento. Del mismo modo que no puede pensar en un triángulo sin que tenga tres ángulos cuya suma sea igual a dos rectos, tampoco puede pensar en la idea de Dios sin que en ella esté incluida la existencia. Si se tiene una idea clara y distinta de un ser absolutamente perfecto, no puede concebirse que le falte la existencia, porque la existencia es una perfección, y un ser perfecto no puede carecer de ella sin contradicción. Descartes emplea aquí la distinción escolástica entre esencia y existencia: en los seres finitos, la esencia y la existencia están separadas; en el caso de Dios, su esencia implica su existencia.

Finalmente, en la sexta meditación, Descartes culmina su proyecto filosófico demostrando que no solo existe el pensamiento, sino también el mundo exterior. Para ello establece una ontología basada en la distinción entre tres tipos de sustancias. La res cogitans o sustancia pensante es, esencialmente, pensamiento: esta sustancia es inmaterial, no ocupa lugar en el espacio y se manifiesta en modos como imaginar, querer, sentir, afirmar, negar o recordar. La res extensa, la sustancia material, tiene como esencia la extensión —el hecho de ocupar espacio en dimensiones de longitud, anchura y profundidad—; sus modos son todas aquellas propiedades cuantificables que pueden ser tratadas por las matemáticas, como la figura, el tamaño o el movimiento. Y la sustancia infinita, que es Dios: no depende de nada y es causa de todo lo que existe; sus atributos son la infinitud, la necesidad y la perfección. Conviene precisar que Descartes define la sustancia como aquello que existe sin necesitar de ninguna otra cosa para existir, y que él mismo advierte que, tomada en sentido estricto, esa definición solo conviene a Dios: las sustancias creadas lo son únicamente en un sentido derivado, porque dependen del concurso divino para existir. Es una tensión que Spinoza aprovechará para sostener que solo hay una sustancia. La sexta meditación cierra así el recorrido de la duda con una triple afirmación: yo existo como sustancia pensante, Dios existe como ser perfecto y garante de la verdad, y también existen cuerpos materiales, independientes de la mente, que pueden ser conocidos con certeza. Esta última parte da paso a la ciencia moderna, pues la materia, concebida como extensión, queda reducida a lo cuantificable y mensurable, y por tanto accesible al método matemático cartesiano.

El círculo cartesiano

La estructura del argumento cartesiano ha recibido desde el primer momento una objeción tan importante que tiene nombre propio. La formuló Antoine Arnauld en las Objeciones cuartas, publicadas junto a la propia obra, y desde entonces se conoce como el círculo cartesiano.

El razonamiento de la objeción es sencillo. Descartes demuestra la existencia de Dios sirviéndose de ideas que percibe con claridad y distinción, como la idea de perfección y el principio de causalidad. Pero solo después, y precisamente porque Dios existe y no es engañador, queda garantizado que todo lo que percibimos con claridad y distinción es verdadero. Es decir: usa el criterio de evidencia para probar a Dios, y luego usa a Dios para validar el criterio de evidencia. El argumento parece dar vueltas sobre sí mismo.

La respuesta de Descartes consiste en distinguir dos situaciones distintas. Mientras estoy percibiendo algo con claridad y distinción, en el acto mismo de intuirlo, no puedo dudar de ello aunque quiera: la evidencia se impone y no necesita ninguna garantía externa. El problema aparece después, cuando ya no estoy contemplando la demostración y solo recuerdo haberla hecho; entonces sí cabe preguntarse si no me habré equivocado, y es ahí donde interviene Dios, garantizando la fiabilidad de la memoria de lo demostrado y permitiendo encadenar razonamientos largos. Dios no funda la evidencia actual, sino la ciencia entendida como sistema.

La discusión sigue abierta. Muchos comentaristas consideran satisfactoria la distinción; otros sostienen que el hipotético genio maligno de la primera meditación afectaba también a las evidencias actuales, y que en tal caso el círculo no queda deshecho. En cualquier caso, la objeción muestra el punto más delicado del edificio cartesiano: todo depende de que la demostración de Dios sea concluyente.

 

La antropología cartesiana

Como se ha visto, en la sexta meditación de las Meditaciones metafísicas, Descartes formula una antropología dualista: el ser humano está compuesto de alma (res cogitans) y cuerpo (res extensa), dos realidades diferentes pero unidas. La mente, como sustancia pensante, no tiene propiedades físicas, mientras que el cuerpo, como sustancia extensa, no piensa. El objetivo de Descartes al afirmar que el alma y el cuerpo son dos sustancias distintas es defender la autonomía del alma frente a la materia. La ciencia de su época, con una visión mecanicista y determinista del mundo material, no dejaba espacio para la libertad humana. Por eso, Descartes sostiene que solo es posible preservar la libertad —y con ella todos los valores espirituales— si el alma queda fuera del ámbito de la necesidad mecánica. Como escribe en la sexta meditación: «puesto que, por una parte, poseo una idea clara y distinta de mí mismo en tanto que soy una cosa que piensa y no tiene extensión, y, por otra parte, poseo una idea distinta del cuerpo en tanto que es solamente una cosa extensa y que no piensa, es evidente que yo soy distinto de mi cuerpo y que puedo existir sin él».

Sin embargo, ambas sustancias interactúan entre sí: la mente puede mover el cuerpo y el cuerpo puede afectar a la mente. Para explicar esta interacción, Descartes señala un punto concreto del cerebro: la glándula pineal, que sería el lugar donde se cruzan los influjos del alma y del cuerpo. Según sus investigaciones anatómicas, esta es una estructura única en el cerebro, situada en el centro y no duplicada como los hemisferios. Para él, esta posición privilegiada permitía coordinar los movimientos del cuerpo y las percepciones del alma, ya que en la glándula se encontrarían los «espíritus animales», finísimos fluidos corporales que transmitirían las órdenes de la voluntad al cuerpo y los estímulos sensoriales al alma. Sin embargo, esta hipótesis fue objeto de críticas entre sus contemporáneos. Filósofos y médicos como Pierre Gassendi o Henricus Regius cuestionaron que un órgano físico pudiera servir de enlace real entre una sustancia inmaterial y otra material, algo que parecía conceptualmente problemático.

La objeción más penetrante no vino, sin embargo, de esos autores, sino de Isabel de Bohemia, princesa palatina exiliada en La Haya, que mantuvo con Descartes una correspondencia filosófica de primer orden entre 1643 y 1649. Su pregunta fue tan simple como demoledora: si el alma es solo pensamiento y no tiene extensión, ¿cómo puede mover un cuerpo? Todo lo que sabemos del movimiento es que se produce por impulso, por contacto o por la superficie de lo que empuja, y ninguna de esas tres condiciones puede cumplirla algo inextenso. Descartes ensayó varias respuestas y ninguna la satisfizo; acabó admitiendo que la unión de alma y cuerpo no se comprende por el entendimiento puro, sino que se conoce por la experiencia de la vida cotidiana, y que quien pretende entenderla con las mismas nociones con que concibe el pensamiento o la extensión no lo consigue. Es un reconocimiento notable: el sistema construido sobre las ideas claras y distintas encuentra en la experiencia más ordinaria —que soy uno solo, y no un piloto en su nave— algo que sus propias herramientas no pueden aclarar.

En el Tratado de las pasiones del alma (1649), Descartes analiza las pasiones —emociones o sentimientos— como fenómenos que surgen de la interacción entre el alma y el cuerpo. Para Descartes, las pasiones no son defectos, sino movimientos del alma producidos por el influjo de los «espíritus animales» procedentes del cuerpo. Estos «espíritus animales» son una especie de fluido sutil y muy móvil que circula por el sistema nervioso. Según su modelo fisiológico, se forman en la sangre, especialmente en la parte más caliente del corazón, y llegan al cerebro, donde se concentran en las cavidades o ventrículos cerebrales. Desde ahí, se dirigen a través de los nervios hacia los músculos, provocando el movimiento del cuerpo, o bien hacia la glándula pineal, donde el alma «recibe» la información de los sentidos y envía órdenes al cuerpo.

En el Tratado, Descartes distingue seis pasiones básicas —admiración, amor, odio, deseo, alegría y tristeza— de las que derivan todas las demás. Estas son fenómenos involuntarios: surgen sin que el alma pueda controlarlas, ya que no proceden de la razón, y pueden representar una forma de servidumbre para el alma porque la arrastran e impiden decidir con libertad. De hecho, según Descartes, al carecer de alma racional, los animales no son libres, sino que sus comportamientos son fruto de procesos puramente mecánicos. A sus ojos, los animales funcionan como autómatas muy complejos, cuyas reacciones se explican por el movimiento de sus órganos y fluidos, sin intervención de pensamiento alguno.

El problema de la libertad humana lleva a Descartes a tratar una cuestión típica del pensamiento estoico: la necesidad del dominio racional de uno mismo y del autocontrol de las pasiones. Su actitud, sin embargo, no es totalmente negativa frente a las pasiones. No piensa que haya que rechazarlas por principio, solo por el hecho de que existan. Lo que hay que evitar es dejarse arrastrar ciegamente por ellas, sin dar lugar a una reflexión razonable. La verdadera tarea del alma consiste en ordenar y dirigir las pasiones de acuerdo con el juicio de la razón.

Descartes identifica el «yo» con la naturaleza más íntima del ser humano. De ese «yo» tenemos un conocimiento directo y evidente que se expresa en el cogito. El «yo» es una sustancia pensante, y como tal es el sujeto de todas las actividades del alma, que en el fondo se reducen a dos facultades: el entendimiento y la voluntad. Sentir, imaginar o entender son distintas formas de percibir; desear, rechazar, afirmar, negar o dudar son modos distintos de querer.

Entre estas facultades, la voluntad destaca por ser libre. La libertad ocupa un lugar central en la filosofía de Descartes. En primer lugar, su existencia es indudable: es una noción tan clara que forma parte de nuestras ideas innatas. En segundo lugar, es la perfección más importante del ser humano. Y, por último, es un elemento clave en el proyecto filosófico cartesiano: la decisión de dudar con la que comienza su filosofía es ya un acto libre. Ahora bien, ¿en qué consiste la libertad? Según Descartes, no es simplemente la capacidad de elegir entre alternativas sin saber cuál es mejor. Esa «indiferencia» no es una muestra de perfección, sino de ignorancia. La verdadera libertad se da cuando elegimos lo que el entendimiento nos presenta como verdadero y bueno. La libertad no consiste en hacer lo que se quiera sin más, sino en unir la voluntad con el conocimiento verdadero que ofrece el entendimiento.

 

La moral definitiva: la generosidad

La moral que Descartes anunció como definitiva nunca llegó a exponerse de forma sistemática, pero sus elementos están en la correspondencia con Isabel de Bohemia y en la última parte del Tratado de las pasiones del alma. Su concepto central es la generosidad (générosité), que no significa desprendimiento en el sentido corriente, sino algo bastante más preciso.

La generosidad consiste, según Descartes, en dos cosas unidas. La primera es saber que nada nos pertenece verdaderamente salvo la libre disposición de nuestra voluntad, y que solo por el buen o mal uso de ella merecemos alabanza o reproche: ni el nacimiento, ni la fortuna, ni el talento, ni la belleza son mérito nuestro. La segunda es sentir en uno mismo la resolución firme de usarla bien, es decir, de emprender y ejecutar siempre lo que se juzgue mejor.

De esta noción se derivan dos consecuencias que muestran hasta qué punto la ética cartesiana es coherente con su metafísica. La primera es una forma de igualdad: quien comprende que el único mérito real es el uso de la voluntad no puede despreciar a nadie, porque esa capacidad la tienen todos los seres humanos por igual, con independencia de su condición. La segunda es que la generosidad es a la vez una pasión y una virtud, la única capaz de gobernar a las demás pasiones sin reprimirlas: no se trata de extirpar el miedo, la cólera o el deseo, sino de que la voluntad ilustrada por el entendimiento decida qué hacer con ellos.

Conviene notar la continuidad con la moral provisional. La tercera máxima proponía cambiar los propios deseos antes que el orden del mundo, porque solo el pensamiento está enteramente en nuestro poder; la generosidad convierte esa observación estoica en el fundamento de toda la vida moral. Lo que en 1637 era un recurso interino se ha convertido en 1649 en el núcleo de la ética.

 

La proyección posterior de Descartes

Pocos filósofos han sido tan seguidos y tan combatidos. Su influencia se mide tanto por lo que aportó como por los problemas que dejó abiertos, que son los que ocupan a la filosofía posterior.

  • Spinoza y Leibniz. Continúan el racionalismo pero disuelven el dualismo por caminos opuestos: Spinoza reduce las sustancias a una sola, de la que pensamiento y extensión son dos atributos; Leibniz sustituye la materia extensa por mónadas y explica la correspondencia entre alma y cuerpo por una armonía preestablecida por Dios.
  • Malebranche y el ocasionalismo. Ante la imposibilidad de explicar cómo actúan entre sí dos sustancias heterogéneas, propone que en realidad no interactúan: es Dios quien, con ocasión de un movimiento del cuerpo, produce la percepción en el alma, y a la inversa. La solución muestra hasta qué punto el problema planteado por Isabel de Bohemia resultaba insoluble dentro del sistema.
  • Locke, Berkeley y Hume. El empirismo se construye en buena medida contra él. Locke niega la existencia de ideas innatas; Hume da el paso más radical al disolver el yo sustancial: cuando entro en mí mismo, dice, no encuentro ninguna sustancia pensante, sino solo una sucesión de percepciones. El sujeto cartesiano queda reducido a un haz de estados que se suceden.
  • Kant. Salva y limita a la vez el cogito. Reconoce que el «yo pienso» debe poder acompañar a todas mis representaciones, y en ese sentido es la condición formal de todo conocimiento; pero niega que de ahí pueda deducirse que el yo sea una sustancia simple e inmortal. Ese paso indebido es lo que llama el paralogismo de la razón pura.
  • Husserl. Titula Meditaciones cartesianas la exposición más difundida de su fenomenología y se declara heredero del proyecto de una filosofía fundada en la evidencia de la conciencia, aunque rechaza que el yo sea una sustancia y sustituye la duda por la puesta entre paréntesis del mundo.
  • Gilbert Ryle. En El concepto de lo mental (1949) bautiza el dualismo cartesiano como «el dogma del fantasma en la máquina» y sostiene que descansa en un error categorial: tratar la mente como una cosa del mismo tipo que el cuerpo, solo que inmaterial, cuando los términos mentales describen disposiciones de conducta y no sucesos ocultos.
  • La neurociencia. Antonio Damasio tituló El error de Descartes (1994) un libro dedicado a mostrar, a partir de casos clínicos, que la separación entre razón y emoción es insostenible y que sin la participación de los estados corporales el razonamiento práctico se deteriora. La discusión sobre si el objetivo es Descartes o una versión escolar de su dualismo sigue abierta.
  • Nietzsche. Ataca la evidencia misma del cogito. Sostiene que «un pensamiento viene cuando él quiere» y que decir «yo pienso» ya es una interpretación impuesta por la gramática, que exige un sujeto para todo verbo. La certeza inmediata que Descartes creía haber encontrado sería un prejuicio del lenguaje.
  • Hannah Arendt. Dedica a la duda cartesiana un análisis extenso en La condición humana. Ve en ella la respuesta filosófica al descubrimiento del telescopio: si los sentidos habían engañado a la humanidad durante milenios sobre algo tan básico como el movimiento de la Tierra, la certeza tenía que buscarse dentro de la conciencia. El precio, según ella, fue la alienación del mundo: el hombre moderno gana un fundamento seguro en sí mismo y pierde la confianza en la realidad común y compartida.

 

Basado en Tejedor Campomanes, C. (1986). Historia de la filosofía en su marco cultural (ed. COU). Madrid y en Navarro Cordón, J. M., & Calvo Martínez, T. (1988). Historia de la filosofía. Madrid.

 

Apuntes para clase

Lección de anatomía del doctor Tulp (1632). Rembrandt

 

DESCARTES

«Pienso, luego existo»

busca un método de certezacondena de Galileo: justificar el métodolas pasiones agitan al almaCONTEXTO CARTESIANOEL MÉTODO Y EL DISCURSO DEL MÉTODOMEDITACIONES METAFÍSICASTRATADO DE LAS PASIONES DEL ALMA


 

PROBLEMA 1: ¿Es posible alcanzar una certeza absoluta? El método y la duda

El problema

La filosofía escolástica, basada en Aristóteles, estaba llena de disputas interminables sin resolver. Los escépticos, por su parte, sostenían que ninguna verdad puede conocerse con seguridad. Descartes se pregunta si existe algún camino que permita alcanzar conocimientos absolutamente ciertos, libres de toda duda, sobre los que pueda construirse el resto del saber.

Tesis de Descartes

Sí es posible alcanzar la certeza, pero solo si se sigue un método riguroso inspirado en las matemáticas y se somete previamente todo el conocimiento a una duda metódica que elimine cualquier creencia que no sea absolutamente indudable. La duda no es un fin en sí misma sino una herramienta provisional para encontrar un fundamento seguro.

Argumentos

  • El ideal matemático. Las matemáticas son, para Descartes, el único saber que ofrece certezas claras y evidentes. Le sorprende que no se haya avanzado más partiendo de esa base sólida. Por eso aspira a construir una mathesis universalis: una ciencia general aplicable a todos los objetos del saber mediante el orden, la medida y la deducción.
  • Las cuatro reglas del método. En el Discurso del método (1637), Descartes resume su procedimiento en cuatro reglas: evidencia —no aceptar como verdadero nada que no se presente de forma clara y distinta—; análisis —dividir cada problema en tantas partes como sea posible—; síntesis —ordenar los pensamientos de lo más simple a lo más complejo—; y enumeración —revisar todo el proceso para no omitir nada—. La intuición capta con claridad las «naturalezas simples»; la deducción encadena esas intuiciones para alcanzar verdades nuevas.
  • La duda metódica. En la primera de las Meditaciones metafísicas (1641), Descartes aplica su método a sí mismo, retirando provisionalmente su asentimiento a todo lo que pueda ponerse en duda. Primero cuestiona los sentidos, que a veces engañan (una torre cuadrada vista de lejos parece redonda). Después introduce el argumento del sueño: no hay un criterio seguro para distinguir la vigilia del sueño. Finalmente, para dudar incluso de las verdades matemáticas, formula la hipótesis del genio maligno: un ser todopoderoso podría habernos creado de tal modo que nos engañáramos siempre, incluso al sumar dos y tres.
  • El objetivo de la duda no es escéptico. A diferencia de los escépticos, Descartes no busca quedarse en la suspensión del juicio sino encontrar, precisamente gracias a la duda llevada al extremo, algo tan resistente que ni siquiera el genio maligno pueda ponerlo en cuestión. La duda es un instrumento, no una conclusión.

Objeciones

  • Los círculos libertinos y escépticos de su época —influidos por Montaigne— habrían objetado que no hay garantía de que ese punto fijo exista realmente: tal vez la búsqueda de una certeza absoluta sea ella misma una ilusión, y lo más sensato sea aprender a vivir con la incertidumbre.
  • Hume dirá que ni siquiera la razón puede liberarse de la duda por sus propios medios: la confianza en la razón misma —en que un razonamiento correcto produce certeza— no puede demostrarse sin caer en una petición de principio.

Conexión con otros autores

  • Aristóteles representa la tradición que Descartes rechaza explícitamente: el conocimiento empieza en los sentidos y se construye por abstracción. Descartes invierte ese punto de partida y desconfía radicalmente de la experiencia sensible.
  • Agustín es un precedente directo en el uso de la duda como camino hacia la certeza interior, aunque Agustín no busca un método universal aplicable a toda la ciencia, sino el ascenso del alma hacia Dios.
  • Hume representa el polo opuesto: para él no existe ningún conocimiento necesario que no derive de impresiones sensibles, lo que hace imposible el ideal cartesiano de una ciencia universal deducida more geometrico.
  • Kant valorará el proyecto cartesiano de fundamentar el conocimiento con rigor, pero sostendrá que ni siquiera la razón puede demostrar sus propios principios sin antes hacer una crítica de sus límites: el error de Descartes habría sido lanzarse a construir un sistema antes de examinar las condiciones y los límites del conocimiento humano.

PROBLEMA 2: ¿Cuál es la primera verdad indudable? El cogito y el problema del solipsismo

El problema

Si se duda de los sentidos, del mundo exterior e incluso de las verdades matemáticas, ¿queda algo en pie? Y si se encuentra ese punto fijo, ¿cómo salir de él para alcanzar de nuevo el resto del conocimiento?

Tesis de Descartes

Sí queda algo indudable: el hecho mismo de que estoy pensando, y por tanto de que existo. «Pienso, luego existo» (cogito ergo sum) es la primera verdad absolutamente cierta, una intuición inmediata que resiste incluso a la hipótesis del genio maligno. A partir de ella, Descartes deberá reconstruir el resto del conocimiento, enfrentándose primero al problema de salir del propio yo.

Argumentos

  • El cogito resiste a toda duda. Aunque el genio maligno me engañe en todo, no puede engañarme en que pienso, porque para ser engañado tengo que existir como algo que piensa. Esta certeza no es una deducción lógica a partir de premisas, sino una intuición inmediata: una idea clara y distinta que se impone a la mente sin pasos intermedios.
  • El alcance del «pensamiento». Para Descartes, cogitatio abarca toda actividad consciente: dudar, afirmar, negar, querer, imaginar, sentir. Por eso no dice «dudo, luego existo» sino «pienso, luego existo»: cualquier forma de conciencia basta para garantizar la existencia del sujeto que la tiene.
  • El precedente agustiniano. Aunque Descartes no lo cita explícitamente, el Si fallor, sum de Agustín —«si me engaño, existo»— anticipa en más de mil años la misma estructura argumental: el error mismo presupone un sujeto que existe para poder errar.
  • El problema del solipsismo. Tras el cogito, Descartes se enfrenta a una dificultad grave: si solo tengo la certeza de mi propio pensamiento, ¿cómo puedo saber que existe algo fuera de mí? Esta dificultad —llamada solipsismo— amenaza con encerrar a la filosofía cartesiana en el yo, sin posibilidad de alcanzar el mundo exterior ni a otras mentes.
  • La salida mediante la idea de Dios. En la tercera meditación, Descartes distingue tres tipos de ideas según su origen: las adventicias (parecen venir de fuera, como un ruido), las facticias (inventadas por la mente, como una sirena) y las innatas (inscritas en nosotros por naturaleza, como la idea de infinito o de perfección). Entre las ideas innatas hay una que no puede explicarse ni por el mundo sensible ni por la propia mente finita: la idea de un ser infinito y perfecto. Aplicando el principio escolástico de que la causa debe contener al menos tanta realidad como su efecto, Descartes concluye que solo un ser realmente infinito y perfecto —Dios— puede haber causado en mí esa idea.

Objeciones

  • El problema de la circularidad. Antoine Arnauld, en sus objeciones a las Meditaciones, señaló que Descartes necesita la garantía de Dios para confiar en sus ideas claras y distintas, pero para demostrar la existencia de Dios ya ha tenido que usar ideas claras y distintas. Este es el llamado círculo cartesiano, una de las objeciones más debatidas de toda la historia de la filosofía moderna.
  • Hume negará que tengamos ninguna idea innata de infinito o perfección: toda idea, según él, debe derivar de una impresión sensible previa, y no hay ninguna impresión de infinitud o perfección absoluta.
  • El solipsismo sigue siendo un riesgo real. Aunque Descartes cree haberlo resuelto con la idea de Dios, muchos comentaristas consideran que el paso del cogito al mundo exterior nunca queda completamente asegurado: todo el edificio depende de una única prueba metafísica que es, a su vez, discutible.

Conexión con otros autores

  • Agustín es el antecedente directo del cogito con su Si fallor, sum, aunque sin el propósito de fundar sobre él una ciencia universal.
  • Platón comparte con Descartes la desconfianza hacia los sentidos y la defensa de un conocimiento innato, aunque para Platón ese conocimiento se explica por la reminiscencia de una vida anterior del alma, no por una dotación natural de la razón.
  • Hume representa la crítica más radical al cogito: la introspección no revela ningún yo permanente y sustancial, sino solo un flujo cambiante de percepciones, lo que socava la pretensión cartesiana de haber encontrado una sustancia pensante estable.
  • Kant aceptará que hay un «yo pienso» que acompaña a toda representación, pero negará que de ahí pueda deducirse el conocimiento de una sustancia pensante inmortal y simple: esa inferencia es, para Kant, un paralogismo.

PROBLEMA 3: ¿Existe Dios? Las demostraciones cartesianas y el problema del error

El problema

Una vez establecida la existencia de Dios como garantía de las ideas claras y distintas, quedan dos cuestiones pendientes: ¿hay otras pruebas de su existencia además de la basada en la causalidad de las ideas? Y si Dios es perfecto y no engaña, ¿de dónde viene entonces el error humano?

Tesis de Descartes

Sí, existe una segunda demostración, de tipo a priori: el argumento ontológico, heredado de Anselmo de Canterbury, según el cual la existencia está necesariamente contenida en la idea misma de un ser perfecto. En cuanto al error, Descartes sostiene que no proviene de Dios sino del mal uso de la voluntad, que afirma o niega cosas que el entendimiento no ha captado con suficiente claridad.

Argumentos

  • El argumento ontológico. En la quinta meditación, Descartes razona que, así como no puede pensar en un triángulo sin que la suma de sus ángulos sea igual a dos rectos, tampoco puede pensar en Dios —un ser absolutamente perfecto— sin que la existencia forme parte de esa perfección. Negar que Dios existe sería como afirmar un triángulo cuyos ángulos no sumaran dos rectos: una contradicción. Aquí Descartes usa la distinción escolástica, tomada en última instancia de Tomás de Aquino, entre esencia y existencia: en los seres finitos ambas están separadas, pero en Dios la esencia implica necesariamente la existencia.
  • La bondad de Dios como garantía. La perfección de Dios implica su bondad: engañar sería un signo de carencia —de malicia, ignorancia o necesidad— y un ser absolutamente perfecto no puede tener ninguna carencia. Por tanto, Dios no puede ser un engañador, lo que garantiza que las ideas claras y distintas que el entendimiento humano percibe son verdaderas.
  • El origen del error: entendimiento y voluntad. El entendimiento es finito y limitado: no abarca todo ni siempre con claridad. La voluntad, en cambio, es ilimitada: podemos afirmar o negar cualquier cosa, incluso lo que no comprendemos bien. El error surge precisamente de ese desajuste: cuando la voluntad se precipita a juzgar sobre algo que el entendimiento no ha captado con evidencia. Si nos limitáramos a afirmar solo lo que entendemos clara y distintamente, nunca nos equivocaríamos. El error, por tanto, es responsabilidad del ser humano, no de Dios.

Objeciones

  • Tomás de Aquino, anticipándose tres siglos antes a Descartes, había rechazado ya el argumento ontológico de Anselmo: la contradicción que señala el argumento solo tiene sentido si ya se da por supuesto que existe en la realidad un ser «mayor que el cual no puede pensarse nada»; pero eso es precisamente lo que está en cuestión. Pasar de una idea mental a la existencia real es, para Tomás, un salto ilegítimo.
  • Kant desarrollará la misma objeción con mayor precisión: la existencia no es un predicado real que añada perfección a un concepto. Decir que algo existe no enriquece su definición: solo afirma que ese concepto tiene una instancia en la realidad. Cien táleros reales no contienen ni un céntimo más que cien táleros meramente posibles. El argumento ontológico confunde, según Kant, lógica y existencia.
  • Hume objetará además que ninguna prueba racional puede demostrar la existencia de un ser cuya idea no procede de ninguna impresión sensible.

Conexión con otros autores

  • Tomás de Aquino es la fuente directa tanto del argumento ontológico que Descartes recupera (formulado originalmente por Anselmo) como de la distinción esencia-existencia que lo sustenta. Pero mientras Tomás había rechazado ese argumento prefiriendo las cinco vías a posteriori, Descartes lo reivindica como prueba a priori complementaria a la de la tercera meditación.
  • Anselmo de Canterbury es el autor original del argumento ontológico, que Descartes adapta a su propio sistema sin alterar su estructura esencial.
  • Kant clausurará definitivamente el debate sobre las pruebas racionales de la existencia de Dios, mostrando que tanto el argumento ontológico como los argumentos cosmológicos —de los que las vías tomistas son un ejemplo— exceden los límites legítimos de la razón teórica.
  • Hume negará la validez de cualquier prueba racional de la existencia de Dios, incluida la basada en la causalidad de las ideas que Descartes propone en la tercera meditación.

PROBLEMA 4: ¿Qué es el ser humano? El dualismo de sustancias

El problema

Tras demostrar que existen el yo pensante, Dios y el mundo exterior, Descartes debe explicar qué es exactamente el ser humano. ¿Es solo alma, solo cuerpo, o una combinación de ambos? ¿Y cómo se relacionan, si son realidades tan distintas?

Tesis de Descartes

El ser humano está compuesto de dos sustancias radicalmente distintas e independientes: el alma o res cogitans —sustancia pensante, inmaterial, sin extensión— y el cuerpo o res extensa —sustancia material, extensa, sin pensamiento—. Esta es la formulación más extrema del dualismo en toda la historia de la filosofía.

Argumentos

  • La distinción real entre sustancias. En la sexta meditación, Descartes argumenta que, puesto que tiene una idea clara y distinta de sí mismo como cosa pensante sin extensión, y una idea igualmente clara y distinta del cuerpo como cosa extensa sin pensamiento, ambas realidades deben ser sustancias realmente distintas: «es evidente que yo soy distinto de mi cuerpo y que puedo existir sin él». El criterio de la claridad y distinción, que en el plano epistemológico garantizaba la verdad, se convierte aquí en criterio para establecer distinciones reales en la propia realidad.
  • El motivo de fondo: salvar la libertad. La física de la época, mecanicista y determinista, no dejaba espacio para la libertad si todo —incluido el ser humano— fuera pura materia sometida a leyes físicas. Al situar el alma fuera del ámbito de la extensión y, por tanto, fuera de la necesidad mecánica, Descartes preserva la posibilidad de la libertad y de los valores espirituales.
  • La interacción mediante la glándula pineal. Si alma y cuerpo son sustancias tan distintas, ¿cómo interactúan? Descartes propone que el punto de contacto es la glándula pineal, una estructura cerebral única —no duplicada como los hemisferios— donde los «espíritus animales» (un fluido corporal sutil) transmitirían las órdenes del alma al cuerpo y los estímulos sensoriales del cuerpo al alma.
  • Los animales como autómatas. Como carecen de alma racional, los animales no son libres ni conscientes: su comportamiento se explica por puro mecanismo, como el de una máquina compleja. Esta tesis, coherente con el dualismo, es una de las más controvertidas de todo su sistema.
  • Tensiones en el propio Descartes. La explicación de la glándula pineal no resuelve el problema teórico de fondo: si una sustancia inmaterial y una sustancia material son tan radicalmente distintas como Descartes sostiene, ¿cómo puede una influir causalmente sobre la otra? La solución de la glándula pineal es una propuesta anatómica, no una respuesta filosófica al problema metafísico de la interacción.

Objeciones

  • Pierre Gassendi y Henricus Regius, contemporáneos de Descartes, cuestionaron que un órgano físico pudiera servir de enlace real entre una sustancia inmaterial y otra material: la propuesta parecía conceptualmente incoherente, además de que la función real de la glándula pineal no se correspondía con lo que Descartes le atribuía.
  • Spinoza resolverá el problema negando el dualismo de raíz: pensamiento y extensión no son dos sustancias distintas sino dos atributos de una única sustancia infinita. No hay interacción que explicar porque nunca hubo dos sustancias separadas.
  • Aristóteles y Tomás de Aquino, desde el hilemorfismo, habrían objetado que el problema de la interacción surge precisamente de un punto de partida erróneo: el alma no es una sustancia separada sino la forma del cuerpo, y forma y materia jamás están realmente separadas en un compuesto.

Conexión con otros autores

  • Platón anticipa el dualismo cartesiano: también él identifica al ser humano con el alma y considera el cuerpo un obstáculo o instrumento. Pero Platón explica la unión alma-cuerpo mediante mitos (el carro alado, la caída del alma), mientras que Descartes busca un mecanismo fisiológico concreto.
  • Aristóteles y Tomás de Aquino representan la alternativa hilemórfica que Descartes rechaza: el alma como forma del cuerpo, inseparable de él en su funcionamiento natural. El «problema mente-cuerpo» que atormenta al cartesianismo no existe en ese marco, porque nunca se postula la separación real entre las dos realidades.
  • Spinoza reformulará el dualismo como monismo de atributos, eliminando el problema de la interacción al precio de renunciar a la distinción sustancial entre alma y cuerpo.
  • Hume negará que exista evidencia empírica de una sustancia pensante simple e inmaterial: lo que llamamos «yo» es solo un haz de percepciones, no una res cogitans.

PROBLEMA 5: ¿Cómo se relacionan el cuerpo y el alma en la vida moral? Pasiones y libertad

El problema

Si el alma y el cuerpo son sustancias distintas pero interactúan, ¿qué papel juegan en esa interacción las emociones o pasiones? ¿Son un obstáculo para la razón o pueden integrarse en una vida moral equilibrada? Y, dado el determinismo del mundo físico, ¿en qué sentido es libre el ser humano?

Tesis de Descartes

Las pasiones son movimientos involuntarios del alma causados por el cuerpo a través de los «espíritus animales»; no son defectos que deban eliminarse, sino fenómenos naturales que deben ser dirigidos por la razón. La libertad de la voluntad es la perfección más importante del ser humano, y la verdadera libertad no consiste en la indiferencia ante las alternativas, sino en elegir lo que el entendimiento presenta como claro y verdadero.

Argumentos

  • El origen fisiológico de las pasiones. En el Tratado de las pasiones del alma (1649), Descartes explica que los «espíritus animales» —un fluido sutil que se forma en la sangre y circula por los nervios— llegan al cerebro y actúan sobre la glándula pineal, provocando que el alma experimente determinadas sensaciones internas: las pasiones. Distingue seis pasiones primitivas: admiración, amor, odio, deseo, alegría y tristeza, de las que derivan todas las demás.
  • Las pasiones no son malas en sí mismas. A diferencia de la tradición estoica más radical, Descartes no propone eliminar las pasiones sino regularlas. No hay que rechazarlas por el simple hecho de que existan: lo que hay que evitar es dejarse arrastrar ciegamente por ellas sin la mediación de la razón. La tarea del alma consiste en ordenar y dirigir las pasiones de acuerdo con juicios firmes sobre lo que es bueno y lo que es malo.
  • La libertad como elección racional. Descartes rechaza identificar la libertad con la mera «indiferencia» —poder elegir entre alternativas sin saber cuál es mejor—, porque eso sería, para él, signo de ignorancia, no de perfección. La verdadera libertad se da cuando la voluntad se adhiere a lo que el entendimiento presenta con claridad y distinción como verdadero y bueno. Cuanto más claro es el conocimiento, más libremente —y no menos— elige la voluntad lo correcto.
  • El proyecto ético inacabado. En la tercera parte del Discurso del método, mientras su sistema de conocimiento aún no estaba completo, Descartes propone una moral provisional: seguir las costumbres del propio país, actuar con decisión incluso en la incertidumbre, dominar los propios deseos antes que intentar cambiar el mundo exterior (de inspiración estoica), y dedicar la vida al cultivo de la razón. El Tratado de las pasiones representa su intento más maduro, aunque inacabado, de construir una ética definitiva fundamentada en su filosofía.

Objeciones

  • Spinoza desarrollará una teoría de las pasiones mucho más determinista: para él, las pasiones no son dominadas por una voluntad libre —que Spinoza niega que exista en sentido cartesiano— sino comprendidas racionalmente, lo que las transforma en acciones activas del alma. La libertad spinozista no es elección entre alternativas sino comprensión de la necesidad.
  • Hume negará que la razón pueda dirigir las pasiones: para él, «la razón es y debe ser esclava de las pasiones», porque solo estas pueden motivar la acción; la razón se limita a calcular medios para fines que las pasiones establecen.
  • Kant objetará que fundamentar la moral en el dominio racional de las pasiones —orientado a la propia felicidad o equilibrio— sigue siendo una ética heterónoma: depende de inclinaciones, aunque sean dirigidas por la razón. La verdadera moralidad, para Kant, exige una ley que la voluntad se dé a sí misma con total independencia de cualquier pasión o deseo.

Conexión con otros autores

  • Aristóteles también defiende que las pasiones deben ser dirigidas por la razón, pero mediante la formación de hábitos virtuosos a lo largo de la vida, no mediante un control fisiológico puntual sobre la glándula pineal. El término medio aristotélico y la regulación racional cartesiana comparten el objetivo pero difieren radicalmente en el mecanismo.
  • Los estoicos son la fuente directa de la actitud cartesiana hacia la fortuna y los acontecimientos externos: dominar los propios pensamientos en lugar de pretender cambiar el mundo. Pero Descartes, a diferencia del estoicismo clásico, no busca la apatía sino el uso ordenado de las pasiones.
  • Spinoza transformará radicalmente el tratamiento cartesiano de las pasiones, sustituyendo el dualismo y la libertad de elección por un monismo determinista en el que la libertad consiste en la comprensión racional de las propias afecciones.
  • Hume invertirá completamente la jerarquía cartesiana entre razón y pasión, atribuyendo a esta última el papel motor de toda acción humana.
  • Kant desarrollará una ética que excluye cualquier fundamentación en las pasiones, incluso cuando estas estén racionalmente dirigidas, exigiendo en su lugar una voluntad autónoma guiada únicamente por el deber.

 

Texto

RENÉ DESCARTES, Meditaciones metafísicas, tercera meditación.
TERCERA MEDITACIÓN. De Dios; que existe.
Cerraré ahora los ojos, me taparé los oídos, suspenderé mis sentidos; hasta borraré de mi pensamiento toda imagen de las cosas corpóreas, o, al menos, como eso es casi imposible, las reputaré vanas y falsas; de este modo, en coloquio sólo conmigo y examinando mis adentros, procuraré ir conociéndome mejor y hacerme más familiar a mí propio. Soy una cosa que piensa, es decir, que duda, afirma, niega, conoce unas pocas cosas, ignora otras muchas, ama, odia, quiere, no quiere, y que también imagina y siente, pues, como he observado más arriba, aunque lo que siento e imagino acaso no sea nada fuera de mí y en sí mismo, con todo estoy seguro de que esos modos de pensar residen y se hallan en mí, sin duda. Y con lo poco que acabo de decir, creo haber enumerado todo lo que sé de cierto, o, al menos, todo lo que he advertido saber hasta aquí.
Consideraré ahora con mayor circunspección si no podré hallar en mí otros conocimientos de los que aún no me haya apercibido. Sé con certeza que soy una cosa que piensa; pero ¿no sé también lo que se requiere para estar cierto de algo? En ese mi primer conocimiento, no hay nada más que una percepción clara y distinta de lo que conozco, la cual no bastaría a asegurarme de su verdad si fuese posible que una cosa concebida tan clara y distintamente resultase falsa. Y por ello me parece poder establecer desde ahora, como regla general, que son verdaderas todas las cosas que concebimos muy clara y distintamente.
Sin embargo, he admitido antes de ahora, como cosas muy ciertas y manifiestas, muchas que más tarde he reconocido ser dudosas e inciertas. ¿Cuáles eran? La tierra, el cielo, los astros y todas las demás cosas que percibía por medio de los sentidos. Ahora bien: ¿qué es lo que concebía en ellas como claro y distinto? Nada más, en verdad, sino que las ideas o pensamientos de esas cosas se presentaban a mi espíritu. Y aun ahora no niego que esas ideas estén en mí. Pero había, además, otra cosa que yo afirmaba, y que pensaba percibir muy claramente por la costumbre que tenía de creerla, aunque verdaderamente no la percibiera, a saber: que había fuera de mí ciertas cosas de las que procedían esas ideas, y a las que éstas se asemejaban por completo. Y en eso me engañaba; o al menos si es que mi juicio era verdadero, no lo era en virtud de un conocimiento que yo tuviera.
Pero cuando consideraba algo muy sencillo y fácil, tocante a la aritmética y la geometría, como, por ejemplo, que dos más tres son cinco o cosas semejantes, ¿no las concebía con claridad suficiente para asegurar que eran verdaderas? Y si más tarde he pensado que cosas tales podían ponerse en duda, no ha sido por otra razón sino por ocurrírseme que acaso Dios hubiera podido darme una naturaleza tal, que yo me engañase hasta en las cosas que me parecen más manifiestas. Pues bien, siempre que se presenta a mi pensamiento esa opinión, anteriormente concebida, acerca de la suprema potencia de Dios, me veo forzado a reconocer que le es muy fácil, si quiere, obrar de manera que yo me engañe aun en las cosas que creo conocer con grandísima evidencia; y, por el contrario, siempre que reparo en las cosas que creo concebir muy claramente, me persuaden hasta el punto de que prorrumpo en palabras como éstas: engáñeme quien pueda, que lo que nunca podrá será hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando que soy algo, ni que alguna vez sea cierto que yo no haya sido nunca, siendo verdad que ahora soy, ni que dos más tres sean algo distinto de cinco, ni otras cosas semejantes, que veo claramente no poder ser de otro modo, que como las concibo.
Ciertamente, supuesto que no tengo razón alguna para creer que haya algún Dios engañador, y que no he considerado aún ninguna de las que prueban que hay un Dios, los motivos de duda que sólo dependen de dicha opinión son muy ligeros y, por así decirlo, metafísicos. Mas a fin de poder suprimirlos del todo, debo examinar si hay Dios, en cuanto se me presente la ocasión, y, si resulta haberlo, debo también examinar si puede ser engañador; pues, sin conocer esas dos verdades, no veo cómo voy a poder alcanzar certeza de cosa alguna.
Y para tener ocasión de averiguar todo eso sin alterar el orden de meditación que me he propuesto, que es pasar por grados de las nociones que encuentre primero en mi espíritu a las que pueda hallar después, tengo que dividir aquí todos mis pensamientos en ciertos géneros, y considerar en cuáles de estos géneros hay, propiamente, verdad o error.
De entre mis pensamientos, unos son como imágenes de cosas, y a éstos solos conviene con propiedad el nombre de idea: como cuando me represento un hombre, una quimera, el cielo, un ángel o el mismo Dios. Otros, además, tienen otras formas: como cuando quiero, temo, afirmo o niego; pues, si bien concibo entonces alguna cosa de la que trata la acción de mi espíritu, añado asimismo algo, mediante esa acción, a la idea que tengo de aquella cosa; y de este género de pensamientos, unos son llamados voluntades o afecciones, y otros, juicios.
Pues bien, por lo que toca a las ideas, si se las considera sólo en sí mismas, sin relación a ninguna otra cosa, no pueden ser llamadas con propiedad falsas; pues imagine yo una cabra o una quimera, tan verdad es que imagino la una como la otra.
No es tampoco de temer que pueda hallarse falsedad en las afecciones o voluntades; pues aunque yo pueda desear cosas malas, o que nunca hayan existido, no es menos cierto por ello que yo las deseo.
Por tanto, sólo en los juicios debo tener mucho cuidado de no errar. Ahora bien, el principal y más frecuente error que puede encontrarse en ellos consiste en juzgar que las ideas que están en mí son semejantes o conformes a cosas que están fuera de mí, pues si considerase las ideas sólo como ciertos modos de mi pensamiento, sin pretender referirlas a alguna cosa exterior, apenas podrían darme ocasión de errar.
Pues bien, de esas ideas, unas me parecen nacidas conmigo, otras extrañas y venidas de fuera, y otras hechas e inventadas por mí mismo. Pues tener la facultad de concebir lo que es en general una cosa, o una verdad, o un pensamiento, me parece proceder únicamente de mi propia naturaleza; pero si oigo ahora un ruido, si veo el sol, si siento calor, he juzgado hasta el presente que esos sentimientos procedían de ciertas cosas existentes fuera de mí; y, por último, me parece que las sirenas, los hipogrifos y otras quimeras de ese género, son ficciones e invenciones de mi espíritu.
Pero también podría persuadirme de que todas las ideas son del género de las que llamo extrañas y venidas de fuera, o de que han nacido todas conmigo, o de que todas han sido hechas por mí, pues aún no he descubierto su verdadero origen. Y lo que principalmente debo hacer, en este lugar, es considerar, respecto de aquellas que me parecen proceder de ciertos objetos que están fuera de mí, qué razones me fuerzan a creerlas semejantes a esos objetos.
La primera de esas razones es que parece enseñármelo la naturaleza; y la segunda, que experimento en mí mismo que tales ideas no dependen de mi voluntad, pues a menudo se me presentan a pesar mío, como ahora, quiéralo o no, siento calor, y por esta causa estoy persuadido de que este sentimiento o idea del calor es producido en mí por algo diferente de mí, a saber, por el calor del fuego junto al cual me hallo sentado. Y nada veo que me parezca más razonable que juzgar que esa cosa extraña me envía e imprime en mí su semejanza, más bien que otra cosa cualquiera.
Ahora tengo que ver si esas razones son lo bastante fuertes y convincentes. Cuando digo que me parece que la naturaleza me lo enseña, por la palabra «naturaleza» entiendo sólo cierta inclinación que me lleva a creerlo, y no una luz natural que me haga conocer que es verdadero. Ahora bien, se trata de dos cosas muy distintas entre sí; pues no podría poner en duda nada de lo que la luz natural me hace ver como verdadero: por ejemplo, cuando antes me enseñaba que del hecho de dudar yo podía concluir mi existencia. Porque, además, no tengo ninguna otra facultad o potencia para distinguir lo verdadero de lo falso, que pueda enseñarme que no es verdadero lo que la luz natural me muestra como tal, y en la que pueda fiar como fío en la luz natural. Mas por lo que toca a esas inclinaciones que también me parecen naturales, he notado a menudo que, cuando se trataba de elegir entre virtudes y vicios, me han conducido al mal tanto como al bien: por ello, no hay razón tampoco para seguirlas cuando se trata de la verdad y la falsedad.
En cuanto a la otra razón —la de que esas ideas deben proceder de fuera, pues no dependen de mi voluntad—, tampoco la encuentro convincente. Puesto que, al igual que esas inclinaciones de las que acabo de hablar se hallan en mí, pese a que no siempre concuerden con mi voluntad, podría también ocurrir que haya en mí, sin yo conocerla, alguna facultad o potencia, apta para producir esas ideas sin ayuda de cosa exterior; y, en efecto, me ha parecido siempre hasta ahora que tales ideas se forman en mí, cuando duermo, sin el auxilio de los objetos que representan. Y en fin, aun estando yo conforme con que son causadas por esos objetos, de ahí no se sigue necesariamente que deban asemejarse a ellos. Por el contrario, he notado a menudo, en muchos casos, que había gran diferencia entre el objeto y su idea. Así, por ejemplo, en mi espíritu encuentro dos ideas del sol muy diversas; una toma su origen de los sentidos, y debe situarse en el género de las que he dicho vienen de fuera; según ella, el sol me parece pequeño en extremo; la otra proviene de las razones de la astronomía, es decir, de ciertas nociones nacidas conmigo, o bien ha sido elaborada por mí de algún modo: según ella, el sol me parece varias veces mayor que la tierra. Sin duda, esas dos ideas que yo formo del sol no pueden ser, las dos, semejantes al mismo sol; y la razón me impele a creer que la que procede inmediatamente de su apariencia es, precisamente, la que le es más disímil.
Todo ello bien me demuestra que, hasta el momento, no ha sido un juicio cierto y bien pensado, sino sólo un ciego y temerario impulso, lo que me ha hecho creer que existían cosas fuera de mí, diferentes de mí, y que, por medio de los órganos de mis sentidos, o por algún otro, me enviaban sus ideas o imágenes, e imprimían en mí sus semejanzas.
Mas se me ofrece aún otra vía para averiguar si, entre las cosas cuyas ideas tengo en mí, hay algunas que existen fuera de mí. Es a saber: si tales ideas se toman sólo en cuanto que son ciertas maneras de pensar no reconozco entre ellas diferencias o desigualdad alguna, y todas parecen proceder de mí de un mismo modo; pero, al considerarlas como imágenes que representan unas una cosa y otras otra, entonces es evidente que son muy distintas unas de otras. En efecto, las que me representan substancias son sin duda algo más, y contienen (por así decirlo) más realidad objetiva, es decir, participan, por representación, de más grados de ser o perfección que aquellas que me representan sólo modos o accidentes. Y más aún: la idea por la que concibo un Dios supremo, eterno, infinito, inmutable, omnisciente, omnipotente y creador universal de todas las cosas que están fuera de él, esa idea —digo— ciertamente tiene en sí más realidad objetiva que las que me representan substancias finitas.
Ahora bien, es cosa manifiesta, en virtud de la luz natural, que debe haber por lo menos tanta realidad en la causa eficiente y total como en su efecto: pues ¿de dónde puede sacar el efecto su realidad, si no es de la causa? ¿Y cómo podría esa causa comunicársela, si no la tuviera ella misma?
Y de ahí se sigue, no sólo que la nada no podría producir cosa alguna, sino que lo más perfecto, es decir, lo que contiene más realidad, no puede provenir de lo menos perfecto. Y esta verdad no es sólo clara y evidente en aquellos efectos dotados de esa realidad que los filósofos llaman actual o formal, sino también en las ideas, donde sólo se considera la realidad que llaman objetiva. Por ejemplo, la piedra que aún no existe no puede empezar a existir ahora si no es producida por algo que tenga en sí formalmente o eminentemente todo lo que entra en la composición de la piedra (es decir, que contenga en sí las mismas cosas, u otras más excelentes, que las que están en la piedra); y el calor no puede ser producido en un sujeto privado de él, si no es por una cosa que sea de un orden, grado o género al menos tan perfecto como lo es el calor; y así las demás cosas. Pero además de eso, la idea del calor o de la piedra no puede estar en mí si no ha sido puesta por alguna causa que contenga en sí al menos tanta realidad como la que concibo en el calor o en la piedra. Pues aunque esa causa no transmita a mi idea nada de su realidad actual o formal, no hay que juzgar por ello que esa causa tenga que ser menos real, sino que debe saberse que, siendo toda idea obra del espíritu, su naturaleza es tal que no exige de suyo ninguna otra realidad formal que la que recibe del pensamiento, del cual es un modo. Pues bien, para que una idea contenga tal realidad objetiva más bien que tal otra, debe haberla recibido, sin duda, de alguna causa, en la cual haya tanta realidad formal, por lo menos, cuanta realidad objetiva contiene la idea. Pues si suponemos que en la idea hay algo que no se encuentra en su causa, tendrá que haberlo recibido de la nada; mas, por imperfecto que sea el modo de ser según el cual una cosa está objetivamente o por representación en el entendimiento, mediante su idea, no puede con todo decirse que ese modo de ser no sea nada, ni, por consiguiente, que esa idea tome su origen de la nada. Tampoco debo suponer que, siendo sólo objetiva la realidad considerada en esas ideas, no sea necesario que la misma realidad esté formalmente en las causas de ellas, ni creer que basta con que esté objetivamente en dichas causas; pues, así como el modo objetivo de ser compete a las ideas por su propia naturaleza, así también el modo formal de ser compete a las causas de esas ideas (o por lo menos a las primeras y principales) por su propia naturaleza. Y aunque pueda ocurrir que de una idea nazca otra idea, ese proceso no puede ser infinito, sino que hay que llegar finalmente a una idea primera, cuya causa sea como un arquetipo, en el que esté formal y efectivamente contenida toda la realidad o perfección que en la idea está sólo de modo objetivo o por representación. De manera que la luz natural me hace saber con certeza que las ideas son en mí como cuadros o imágenes, que pueden con facilidad ser copias defectuosas de las cosas, pero que en ningún caso pueden contener nada mayor o más perfecto que éstas.
Y cuanto más larga y atentamente examino todo lo anterior, tanto más clara y distintamente conozco que es verdad. Mas, a la postre, ¿qué conclusión obtendré de todo ello? Ésta, a saber: que, si la realidad objetiva de alguna de mis ideas es tal que yo pueda saber con claridad que esa realidad no está en mí formal ni eminentemente (y, por consiguiente, que yo no puedo ser causa de tal idea), se sigue entonces necesariamente de ello que no estoy solo en el mundo, y que existe otra cosa, que es causa de esa idea; si, por el contrario, no hallo en mí una idea así, entonces careceré de argumentos que puedan darme certeza de la existencia de algo que no sea yo, pues los he examinado todos con suma diligencia, y hasta ahora no he podido encontrar ningún otro.
Ahora bien: entre mis ideas, además de la que me representa a mí mismo (y que no ofrece aquí dificultad alguna), hay otra que me representa a Dios, y otras a cosas corpóreas e inanimadas, ángeles, animales y otros hombres semejantes a mí mismo. Mas, por lo que atañe a las ideas que me representan otros hombres, o animales, o ángeles, fácilmente concibo que puedan haberse formado por la mezcla y composición de las ideas que tengo de las cosas corpóreas y de Dios, aun cuando fuera de mí no hubiese en el mundo ni hombres, ni animales, ni ángeles. Y, tocante a las ideas de las cosas corpóreas, nada me parece haber en ellas tan excelente que no pueda proceder de mí mismo; pues si las considero más a fondo y las examino como ayer hice con la idea de la cera, advierto en ellas muy pocas cosas que yo conciba clara y distintamente; a saber: la magnitud, o sea, la extensión en longitud, anchura y profundidad; la figura, formada por los límites de esa extensión; la situación que mantienen entre sí los cuerpos diversamente delimitados; el movimiento, o sea, el cambio de tal situación; pueden añadirse la substancia, la duración y el número. En cuanto las demás cosas, como la luz, los colores, los sonidos, los olores, los sabores, el calor, el frío y otras cualidades perceptibles por el tacto, todas ellas están en mi pensamiento con tal oscuridad y confusión, que hasta ignoro si son verdaderas o falsas y meramente aparentes, es decir, ignoro si las ideas que concibo de dichas cualidades son, en efecto, ideas de cosas reales o bien representan tan sólo seres quiméricos, que no pueden existir. Pues aunque más arriba haya yo notado que sólo en los juicios puede encontrarse falsedad propiamente dicha, en sentido formal, con todo, puede hallarse en las ideas cierta falsedad material, a saber: cuando representan lo que no es nada como si fuera algo. Por ejemplo, las ideas que tengo del frío y el calor son tan poco claras y distintas, que mediante ellas no puedo discernir si el frío es sólo una privación de calor, o el calor una privación de frío, o bien si ambas son o no cualidades reales; y por cuanto, siendo las ideas como imágenes, no puede haber ninguna que no parezca representarnos algo, si es cierto que el frío es sólo privación de calor, la idea que me lo represente como algo real y positivo podrá, no sin razón, llamarse falsa, y lo mismo sucederá con ideas semejantes. Y por cierto, no es necesario que atribuya a esas ideas otro autor que yo mismo; pues si son falsas —es decir, si representan cosas que no existen— la luz natural me hace saber que provienen de la nada, es decir, que si están en mí es porque a mi naturaleza —no siendo perfecta— le falta algo; y si son verdaderas, como de todas maneras tales ideas me ofrecen tan poca realidad que ni llego a discernir con claridad la cosa representada del no ser, no veo por qué no podría haberlas producido yo mismo.
En cuanto a las ideas claras y distintas que tengo de las cosas corpóreas, hay algunas que me parece he podido obtener de la idea que tengo de mí mismo; así, las de substancia, duración, número y otras semejantes. Pues cuando pienso que la piedra es una substancia, o sea, una cosa capaz de existir por sí, dado que yo soy una substancia, y aunque sé muy bien que soy una cosa pensante y no extensa (habiendo así entre ambos conceptos muy gran diferencia), las dos ideas parecen concordar en que representan substancias. Asimismo, cuando pienso que existo ahora, y me acuerdo además de haber existido antes, y concibo varios pensamientos cuyo número conozco, entonces adquiero las ideas de duración y número, las cuales puedo luego transferir a cualesquiera otras cosas.
Por lo que se refiere a las otras cualidades de que se componen las ideas de las cosas corpóreas —a saber: la extensión, la figura, la situación y el movimiento—, cierto es que no están formalmente en mí, pues no soy más que una cosa que piensa; pero como son sólo ciertos modos de la substancia (a manera de vestidos con que se nos aparece la substancia), parece que pueden estar contenidas en mí eminentemente.
Así pues, sólo queda la idea de Dios, en la que debe considerarse si hay algo que no pueda proceder de mí mismo. Por «Dios» entiendo una substancia infinita, eterna, inmutable, independiente, omnisciente, omnipotente, que me ha creado a mí mismo y a todas las demás cosas que existen (si es que existe alguna). Pues bien, eso que entiendo por Dios es tan grande y eminente, que cuanto más atentamente lo considero menos convencido estoy de que una idea así pueda proceder sólo de mí. Y, por consiguiente, hay que concluir necesariamente, según lo antedicho, que Dios existe. Pues, aunque yo tenga la idea de substancia en virtud de ser yo una substancia, no podría tener la idea de una substancia infinita, siendo yo finito, si no la hubiera puesto en mí una substancia que verdaderamente fuese infinita.
Y no debo juzgar que yo no concibo el infinito por medio de una verdadera idea, sino por medio de una mera negación de lo finito (así como concibo el reposo y la oscuridad por medio de la negación del movimiento y la luz): pues, al contrario, veo manifiestamente que hay más realidad en la substancia infinita que en la finita y, por ende, que, en cierto modo, tengo antes en mí la noción de lo infinito que la de lo finito: antes la de Dios que la de mí mismo. Pues ¿cómo podría yo saber que dudo y que deseo, es decir, que algo me falta y que no soy perfecto, si no hubiese en mí la idea de un ser más perfecto, por comparación con el cual advierto la imperfección de mi naturaleza?
Y no puede decirse que acaso esta idea de Dios es materialmente falsa y puede, por tanto, proceder de la nada (es decir, que acaso esté en mí por faltarme a mí algo, según dije antes de las ideas de calor y frío, y de otras semejantes); al contrario, siendo esta idea muy clara y distinta y conteniendo más realidad objetiva que ninguna otra, no hay idea alguna que sea por sí misma más verdadera, ni menos sospechosa de error y falsedad.
Digo que la idea de ese ser sumamente perfecto e infinito es absolutamente verdadera; pues, aunque acaso pudiera fingirse que un ser así no existe, con todo, no puede fingirse que su idea no me representa nada real, como dije antes de la idea de frío.
Esa idea es también muy clara y distinta, pues que contiene en sí todo lo que mi espíritu concibe clara y distintamente como real y verdadero, y todo lo que comporta alguna perfección. Y eso no deja de ser cierto, aunque yo no comprenda lo infinito, o aunque haya en Dios innumerables cosas que no pueda yo entender, y ni siquiera alcanzar con mi pensamiento: pues es propio de la naturaleza de lo infinito que yo, siendo finito, no pueda comprenderlo. Y basta con que entienda esto bien, y juzgue que todas las cosas que concibo claramente, y en las que sé que hay alguna perfección, así como acaso también infinidad de otras que ignoro, están en Dios formalmente o eminentemente, para que la idea que tengo de Dios sea la más verdadera, clara y distinta de todas.
Mas podría suceder que yo fuese algo más de lo que pienso, y que todas las perfecciones que atribuyo a la naturaleza de Dios estén en mí, de algún modo, en potencia, si bien todavía no manifestadas en el acto. Y en efecto, estoy experimentando que mi conocimiento aumenta y se perfecciona poco a poco, y nada veo que pueda impedir que aumente más y más hasta el infinito, y, así acrecentado y perfeccionado, tampoco veo nada que me impida adquirir por su medio todas las demás perfecciones de la naturaleza divina; y, en fin, parece asimismo que, si tengo el poder de adquirir esas perfecciones, tendría también el de producir sus ideas. Sin embargo, pensándolo mejor, reconozco que eso no puede ser. En primer lugar, porque, aunque fuera cierto que mi conocimiento aumentase por grados sin cesar y que hubiese en mi naturaleza muchas cosas en potencia que aún no estuviesen en acto, nada de eso, sin embargo, atañe ni aun se aproxima a la idea que tengo de la divinidad, en cuya idea nada hay en potencia, sino que todo está en acto. Y hasta ese mismo aumento sucesivo y por grados argüiría sin duda imperfección en mi conocimiento. Más aún: aunque mi conocimiento aumentase más y más, con todo no dejo de conocer que nunca podría ser infinito en acto, pues jamás llegará a tan alto grado que no sea capaz de incremento alguno. En cambio, a Dios lo concibo infinito en acto, y en tal grado que nada puede añadirse a su perfección. Y, por último, me doy cuenta de que el ser objetivo de una idea no puede ser producido por un ser que existe sólo en potencia —el cual, hablando con propiedad, no es nada—, sino sólo por un ser en acto, o sea, formal.
Ciertamente, nada veo en todo cuanto acabo de decir que no sea facilísimo de conocer, en virtud de la luz natural, a todos los que quieran pensar en ello con cuidado. Pero cuando mi atención se afloja, oscurecido mi espíritu y como cegado por las imágenes de las cosas sensibles, olvida fácilmente la razón por la cual la idea que tengo de un ser más perfecto que yo debe haber sido puesta necesariamente en mí por un ser que, efectivamente, sea más perfecto.
Por ello pasaré adelante, y consideraré si yo mismo, que tengo esa idea de Dios, podría existir, en el caso de que no hubiera Dios. Y pregunto: ¿de quién habría recibido mi existencia? Pudiera ser que de mí mismo, o bien de mis padres, o bien de otras causas que, en todo caso, serían menos perfectas que Dios, pues nada puede imaginarse más perfecto que Él, y ni siquiera igual a Él.
Ahora bien: si yo fuese independiente de cualquier otro, si yo mismo fuese el autor de mi ser, entonces no dudaría de nada, nada desearía, y ninguna perfección me faltaría, pues me habría dado a mí mismo todas aquellas de las que tengo alguna idea: y así, yo sería Dios.
Y no tengo por qué juzgar que las cosas que me faltan son acaso más difíciles de adquirir que las que ya poseo; al contrario, es, sin duda, mucho más difícil que yo —esto es, una cosa o substancia pensante— haya salido de la nada, de lo que sería la adquisición, por mi parte, de muchos conocimientos que ignoro, y que al cabo no son sino accidentes de esa substancia. Y si me hubiera dado a mí mismo lo más difícil, es decir, mi existencia, no me hubiera privado de lo más fácil, a saber: de muchos conocimientos de que mi naturaleza no se halla provista; no me habría privado, en fin, de nada de lo que está contenido en la idea que tengo de Dios, puesto que ninguna otra cosa me parece de más difícil adquisición; y si hubiera alguna más difícil, sin duda me lo parecería (suponiendo que hubiera recibido de mí mismo las demás cosas que poseo), pues sentiría que allí terminaba mi poder.
Y no puedo hurtarme a la fuerza de un tal razonamiento mediante la suposición de que he sido siempre tal cual soy ahora, como si de ello se siguiese que no tengo por qué buscarle autor alguno a mi existencia. Pues el tiempo todo de mi vida puede dividirse en innumerables partes, sin que ninguna de ellas dependa en modo alguno de las demás; y así, de haber yo existido un poco antes no se sigue que deba existir ahora, a no ser que en este mismo momento alguna causa me produzca y —por decirlo así— me cree de nuevo, es decir, me conserve.
En efecto, a todo el que considere atentamente la naturaleza del tiempo, resulta clarísimo que una substancia, para conservarse en todos los momentos de su duración, precisa de la misma fuerza y actividad que sería necesaria para producirla y crearla en el caso de que no existiese. De suerte que la luz natural nos hace ver con claridad que conservación y creación difieren sólo respecto de nuestra manera de pensar, pero no realmente.
Así pues, sólo hace falta aquí que me consulte a mí mismo, para saber si poseo algún poder en cuya virtud yo, que existo ahora, exista también dentro de un instante; ya que, no siendo yo más que una cosa que piensa (o, al menos, no tratándose aquí, hasta ahora, más que de esta parte de mí mismo), si un tal poder residiera en mí, yo debería por lo menos pensarlo y ser consciente de él; pues bien, no es así, y de este modo sé con evidencia que dependo de algún ser diferente de mí.
Quizá pudiera ocurrir que ese ser del que dependo no sea Dios, y que yo haya sido producido, o bien por mis padres, o bien por alguna otra causa menos perfecta que Dios. Pero ello no puede ser, pues, como ya he dicho antes, es del todo evidente que en la causa debe haber por lo menos tanta realidad como en el efecto. Y entonces, puesto que soy una cosa que piensa, y que tengo en mí una idea de Dios, sea cualquiera la causa que se le atribuya a mi naturaleza, deberá ser en cualquier caso, asimismo, una cosa que piensa, y poseer en sí la idea de todas las perfecciones que atribuyo a la naturaleza divina. Ulteriormente puede indagarse si esa causa toma su origen y existencia de sí misma o de alguna otra cosa. Si la toma de sí misma, se sigue, por las razones antedichas, que ella misma ha de ser Dios, pues teniendo el poder de existir por sí, debe tener también, sin duda, el poder de poseer actualmente todas las perfecciones cuyas ideas concibe, es decir, todas las que yo concibo como dadas en Dios. Y si toma su existencia de alguna otra causa distinta de ella, nos preguntaremos de nuevo, y por igual razón, si esta segunda causa existe por sí o por otra cosa, hasta que de grado en grado lleguemos por último a una causa que resultará ser Dios. Y es muy claro que aquí no puede procederse al infinito, pues no se trata tanto de la causa que en otro tiempo me produjo, como de la que al presente me conserva.
Tampoco puede fingirse aquí que acaso varias causas parciales hayan concurrido juntas a mi producción, y que de una de ellas haya recibido yo la idea de una de las perfecciones que atribuyo a Dios, y de otra la idea de otra, de manera que todas esas perfecciones se hallan, sin duda, en algún lugar del universo, pero no juntas y reunidas en una sola {causa} que sea Dios. Pues, muy al contrario, la unidad, simplicidad o inseparabilidad de todas las cosas que están en Dios, es una de las principales perfecciones que en Él concibo; y, sin duda, la idea de tal unidad y reunión de todas las perfecciones en Dios no ha podido ser puesta en mí por causa alguna, de la cual no haya yo recibido también las ideas de todas las demás perfecciones. Pues ella no puede habérmelas hecho comprender como juntas e inseparables, si no hubiera procedido de suerte que yo supiese cuáles eran, y en cierto modo las conociese.
Por lo que atañe, en fin, a mis padres, de quienes parece que tomo mi origen, aunque sea cierto todo lo que haya podido creer acerca de ellos, eso no quiere decir que sean ellos los que me conserven, ni que me hayan hecho y producido en cuanto que soy una cosa que piensa, puesto que sólo han afectado de algún modo a la materia, dentro de la cual pienso estar encerrado yo, es decir, mi espíritu, al que identifico ahora conmigo mismo. Por tanto, no puede haber dificultades en este punto, sino que debe concluirse necesariamente, del solo hecho de que existo y de que hay en mí la idea de un ser sumamente perfecto (esto es, de Dios), que la existencia de Dios está demostrada con toda evidencia.
Sólo me queda por examinar de qué modo he adquirido esa idea. Pues no la he recibido de los sentidos, y nunca se me ha presentado inesperadamente, como las ideas de las cosas sensibles, cuando tales cosas se presentan, o parecen hacerlo, a los órganos externos de mis sentidos. Tampoco es puro efecto o ficción de mi espíritu, pues no está en mi poder aumentarla o disminuirla en cosa alguna. Y, por consiguiente, no queda sino decir que, al igual que la idea de mí mismo, ha nacido conmigo a partir del momento mismo en que yo he sido creado.
Y nada tiene de extraño que Dios, al crearme, haya puesto en mí esa idea para que sea como el sello del artífice, impreso en su obra; y tampoco es necesario que ese sello sea algo distinto que la obra misma. Sino que, por sólo haberme creado, es de creer que Dios me ha producido, en cierto modo, a su imagen y semejanza, y que yo concibo esta semejanza (en la cual se halla contenida la idea de Dios) mediante la misma facultad por la que me percibo a mí mismo; es decir, que cuando reflexiono sobre mí mismo, no sólo conozco que soy una cosa imperfecta, incompleta y dependiente de otro, que tiende y aspira sin cesar a algo mejor y mayor de lo que soy, sino que también conozco, al mismo tiempo, que aquel de quien dependo posee todas esas cosas grandes a las que aspiro, y cuyas ideas encuentro en mí; y las posee no de manera indefinida y sólo en potencia, sino de un modo efectivo, actual e infinito, y por eso es Dios. Y toda la fuerza del argumento que he empleado para probar la existencia de Dios consiste en que reconozco que sería imposible que mi naturaleza fuera tal cual es, o sea, que yo tuviese la idea de Dios, si Dios no existiera realmente: ese mismo Dios, digo, cuya idea está en mí, es decir, que posee todas esas altas perfecciones, de las que nuestro espíritu puede alcanzar alguna noción, aunque no las comprenda por entero, y que no tiene ningún defecto ni nada que sea señal de imperfección. Por lo que es evidente que no puede ser engañador, puesto que la luz natural nos enseña que el engaño depende de algún defecto.
Pero antes de examinar esto con más cuidado, y de pasar a la consideración de las demás verdades que pueden colegirse de ello, me parece oportuno detenerme algún tiempo a contemplar este Dios perfectísimo, apreciar debidamente sus maravillosos atributos, considerar, admirar y adorar la incomparable belleza de esta inmensa luz, en la medida, al menos, que me lo permita la fuerza de mi espíritu. Pues, enseñándonos la fe que la suprema felicidad de la vida no consiste sino en esa contemplación de la majestad divina, experimentamos ya que una meditación como la presente, aunque incomparablemente menos perfecta, nos hace gozar del mayor contento que es posible en esta vida.
Traducción de Vidal Peña, Alfaguara, Madrid, 1977.

 

Otros recursos

 

Canción «Le discours de la méthode» de la banda francesa Diabologum (en su disco C’était un lundi après-midi semblable aux autres, de 1993)

Modelos de redacción

Glosario

Glosario de términos cartesianos

  • Duda metódica: procedimiento por el que se rechaza provisionalmente como falso todo aquello que admita la menor duda, con el fin de encontrar algo absolutamente cierto. Es metódica porque es un instrumento, y no una conclusión escéptica.
  • Duda hiperbólica: forma extrema de la anterior, que lleva la sospecha más allá de lo razonable mediante la hipótesis del genio maligno.
  • Argumento del sueño: motivo de duda que señala que no hay ningún signo seguro para distinguir la vigilia del sueño.
  • Genio maligno: hipótesis de un ser poderoso y engañador que permite dudar incluso de las verdades matemáticas.
  • Cogito ergo sum: primera certeza. No es una deducción con premisas, sino una intuición inmediata: en el acto mismo de dudar se comprueba que existo mientras pienso.
  • Pensamiento (cogitatio): en Descartes designa toda actividad consciente —dudar, entender, afirmar, negar, querer, imaginar, sentir— y no solo el razonamiento.
  • Res cogitans: sustancia pensante, cuya esencia es el pensamiento y que no ocupa espacio.
  • Res extensa: sustancia corporal, cuya esencia es la extensión y cuyos modos son figura, tamaño y movimiento.
  • Sustancia infinita: Dios, que no depende de nada para existir y es causa de todo lo demás.
  • Solipsismo: situación en que solo cabe afirmar la existencia del propio yo y sus contenidos. Es el problema que deja abierto el cogito y que Descartes intenta resolver demostrando la existencia de Dios.
  • Ideas adventicias, facticias e innatas: las que parecen venir de fuera, las construidas por la propia mente y las que la razón encuentra en sí misma sin haberlas recibido de la experiencia.
  • Innatismo: tesis de que existen ideas y principios que la mente posee por naturaleza. Es el rasgo que separa al racionalismo del empirismo.
  • Claridad y distinción: criterio de verdad. Una idea es clara cuando se presenta con plena evidencia a la atención, y distinta cuando está separada de cualquier otra sin confusión.
  • Intuición y deducción: los dos modos de conocer. La intuición capta una verdad simple de forma inmediata; la deducción encadena intuiciones sucesivas.
  • Análisis y síntesis: descomposición de un problema hasta sus naturalezas simples y reconstrucción ordenada desde ellas.
  • Naturalezas simples: elementos últimos e irreductibles que aparecen en el análisis y que se captan por intuición.
  • Mathesis universalis: proyecto de una ciencia general del orden y la medida, aplicable a cualquier objeto y construida según el modelo matemático.
  • Las cuatro reglas del método: evidencia, análisis, síntesis y enumeración.
  • Moral provisional: conjunto de máximas prácticas que permiten seguir actuando mientras la investigación teórica no ha alcanzado todavía sus conclusiones.
  • Generosidad: virtud central de la moral definitiva; consiste en reconocer que lo único verdaderamente nuestro es el libre uso de la voluntad y en estar resuelto a usarla bien.
  • Argumento de la cera: análisis de la meditación segunda que muestra que los cuerpos no se conocen por los sentidos ni por la imaginación, sino por el entendimiento, y que la mente es más fácil de conocer que el cuerpo.
  • Círculo cartesiano: objeción según la cual Descartes prueba la existencia de Dios mediante ideas claras y distintas y después garantiza esas ideas mediante Dios.
  • Argumento ontológico: prueba de la existencia de Dios a partir del análisis de su idea, ya que la existencia está contenida en la esencia de un ser perfecto. Procede de Anselmo y será refutado por Kant.
  • Glándula pineal: órgano cerebral en el que Descartes sitúa el punto de interacción entre el alma y el cuerpo.
  • Espíritus animales: fluidos muy sutiles que, según su fisiología, circulan por los nervios y transmiten los movimientos entre el cuerpo y la glándula pineal.
  • Mecanicismo: concepción según la cual todos los fenómenos materiales se explican por materia y movimiento, sin recurrir a fines ni a cualidades ocultas. De ella se sigue la tesis de los animales como autómatas.

Preguntas cortas

 

Responde cada pregunta en tres o cuatro líneas, en voz alta o por escrito, y pulsa después en Ver la respuesta. Marca entonces si la sabías: las que falles volverán a salir más adelante. Lo que aparece en gris amplía la respuesta.

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