Teoría
EL PROBLEMA DEL SER HUMANO
¿Qué somos los seres humanos? ¿Somos un alma inmortal encerrada en un cuerpo, o somos nuestro cuerpo? ¿Tenemos una identidad fija que nos acompaña toda la vida, o somos algo que cambia y se construye con el tiempo? ¿Nos define la razón, la libertad, la memoria, el lenguaje, la biología? A lo largo de la historia de la filosofía, cada época y cada pensador ha dado respuestas muy diferentes a estas preguntas. Lo que sigue es un recorrido por las principales concepciones filosóficas del ser humano, desde la Antigüedad griega hasta el pensamiento contemporáneo.
EL SER HUMANO EN LA ANTIGÜEDAD
Para los antiguos, el ser humano forma parte del cosmos y está sometido a sus leyes. Su destino está predeterminado y no depende de la voluntad. Como dice Homero (s. VIII a. C.) en la Ilíada:
[N]ada hay sin duda más mísero que el hombre de todo cuanto camina y respira sobre la tierra.
Homero. (1991). Ilíada, p. 455.
Tras los presocráticos, con el giro antropológico de Sócrates (470-399 a. C.) y los sofistas, se cuestiona por primera vez la naturaleza o carácter del ser humano. El sofista Protágoras (481-411 a. C.) sostiene que «el hombre es la medida de todas las cosas», es decir, que no existen la verdad y el bien objetivos, sino que dependen de cada sujeto. Para Sócrates sí existen un bien y una verdad objetivos que trascienden al ser humano, por lo que nuestra tarea ha de consistir en conocerlos y practicarlos.
El dualismo platónico

Platón (427/428-347 a. C.), discípulo de Sócrates, recoge un dualismo antropológico de raíces pitagóricas según el cual el hombre es un compuesto de alma y cuerpo. El alma es el principio vital y de movimiento de los seres. Es inmaterial, eterna y pertenece al mundo de las Ideas, donde está en contacto con estas, aprehendiéndolas. El cuerpo es materia inerte que, al estar compuesta, se puede descomponer, cambiar, corromper, como todo aquello que pertenece al mundo sensible, que es donde reside. Para Platón, la unión del alma con el cuerpo es accidental y antinatural. Esto es porque esta cae sin quererlo al mundo sensible, donde da forma a la materia que allí hay conformando cada uno de los seres humanos, a pesar de que en la naturaleza del alma y de la materia no está el juntarse con la otra, por lo que tienen un trato conflictivo. Por su parte, la materia influye al alma, confundiéndola, haciéndole pensar que el mundo sensible es el real. Es decir, es la parte material del ser humano la que hace a este no actuar correctamente, dejándose llevar por distintos placeres. El alma está encerrada en el cuerpo, a quien trata de dirigir y de quien trata de liberarse para volver pura y limpia a donde pertenece: el mundo de las Ideas. Eso solo lo puede hacer tratando de recordar las Ideas con las que había tenido trato, ayudándose del hecho de que las cosas del mundo sensible son copias imperfectas de las Ideas. Ese camino de liberación no es solo epistemológico, sino también ético, ya que el ser humano que más sabe es también el más justo y bueno. Y también el que menos teme a la muerte, pues reconoce que la verdadera realidad no es la que se percibe por medio de los sentidos, sino la del mundo de las Ideas. Por eso, para Platón, la filosofía no es más que una preparación para la muerte, su aceptación feliz y tranquila.
Esta disputa entre la naturaleza del alma y la del cuerpo en cada ser humano le sirve a Platón para explicar el problema que surge de la propuesta ética socrática, según la cual las malas acciones solo tienen como explicación la ignorancia o, dicho de otra manera, solo obra mal quien desconoce el bien. Esa idea choca con la experiencia de que una persona puede conocer perfectamente qué es lo mejor para ella y, aun así, actuar mal. Para explicar esa contradicción, Platón distinguió tres partes o tipos de alma: la racional, la irascible y la concupiscible. El alma en sentido estricto sería la racional, pues, según Platón, esta es el principio vital de cada ser humano y la que explica nuestra capacidad de conocer y de obrar de una manera éticamente correcta. El alma racional es inmaterial, eterna y pertenece al mundo de las Ideas. Platón, en el cuerpo humano, la sitúa en la cabeza, y dice que su misión es la de guiar a las otras dos al tiempo que debe purificarse de ellas. El alma irascible o pasional perece cuando el cuerpo se degrada tanto que se dice que el ser humano muere. Hay que subrayar que realmente esto no es así, puesto que el ser humano no es otra cosa que su alma racional. Pero la idea de que el alma irascible perece le sirve a Platón para dar a entender que no es como la racional, sino que es algo así como un subproducto material, que se sitúa en el pecho, y que sería la responsable de las inclinaciones de los seres humanos hacia la fama, el honor y ese tipo de pasiones. El alma concupiscible o apetitiva también es perecedera, se sitúa en el bajo vientre y es fuente de apetitos y deseos aún más materiales, como el de beber, comer, mantener relaciones sexuales, etc. Con esta clasificación, Platón explica el hecho de que una persona, aunque sepa objetivamente, gracias a su alma racional, que debe hacer tal o cual cosa, haga otra, empujada por su alma irascible o su alma concupiscible.
Platón y Aristóteles coinciden en que el alma es lo que explica la vida y el conocimiento del ser humano. Pero discrepan radicalmente en su relación con el cuerpo: para Platón, el alma está encerrada en el cuerpo como en una cárcel y aspira a liberarse de él; para Aristóteles, esa separación es absurda, porque el alma es la forma del cuerpo, inseparable de él como la figura lo es de la cera. Si Platón tiene razón, somos esencialmente almas que usan cuerpos. Si Aristóteles tiene razón, somos cuerpos-con-alma, y preguntar qué somos sin cuerpo tiene tan poco sentido como preguntar qué es una estatua sin su mármol.
El hilemorfismo aristotélico

Aristóteles (384-322 a. C.) rechaza la antropología dualista platónica, a la que opone su teoría hilemórfica (hile = materia; morfe = forma), según la cual todo viviente es una composición inseparable de materia y forma, es decir, cuerpo y alma, de manera que no puede existir la una sin la otra. Esa unión sería perfectamente natural y esencial, y explicaría no solo la figura externa de cada individuo, sino también su modo de ser y de comportarse. Aristóteles defiende que en el alma de cada ser vivo residen las causas que explican todos sus movimientos: la formal, la eficiente y la final. La causa formal se refiere a la esencia del movimiento de los vivientes, su naturaleza y comportamiento, es decir, lo que hace que cada viviente sea lo que es y por lo que podemos identificarlo. La causa eficiente se refiere al origen causal del movimiento. Que en el alma de los vivientes esté la causa eficiente de su movimiento significa que ella es el origen, el agente de sus movimientos, como no ocurre con las cosas artificiales, que tienen que ser movidas por otras cosas o seres. Por último, la causa final remite al objetivo o la finalidad del movimiento. Es decir, se puede explicar el movimiento de un ser señalando el objetivo que parece perseguir. De hecho, según Aristóteles, todas nuestras acciones y comportamientos están dirigidas a un objetivo prefijado por nuestra alma. Ese fin teleológico constituye, precisamente, su perfección.
Dado que el alma, para Aristóteles, es la forma de un cuerpo, no es exclusiva de los seres humanos, sino que todo tiene cierta alma, eso sí, con diferentes capacidades o facultades. Más allá del alma ínfima que tienen las cosas inertes (y que hace que cada una de ellas se mueva como se mueve), el alma de los seres vivos inferiores, como las plantas, según él, solo tiene la capacidad de nutrirse. El alma de seres algo más sofisticados, como los animales, tiene, además, la facultad perceptiva y de cambio local, esto es, de desplazarse de un lado para otro. Finalmente, Aristóteles sostiene que los seres humanos, además de las capacidades del resto de los seres inferiores a él, poseen la facultad intelectiva, que nos permite alcanzar conocimiento científico y tener voluntad, es decir, querer hacer tal o cual cosa, ejerciendo nuestra libertad.
La persona en Roma
Los filósofos griegos se centran en describir las características de los seres humanos, pero no utilizan el concepto de persona. Será en el derecho romano donde empezará a usarse para distinguir al homo (hombre), esto es, todo aquel ser que pertenece biológicamente a la especie humana, de la persona, que es quien, además de ser hombre, tiene el estatus jurídico y social de ciudadano romano libre. De esta manera, aunque los esclavos son seres humanos, no son personas, porque no son sujetos de derecho, es decir, no tienen voz ni voto sobre los asuntos de la vida pública.
LA PERSONA EN EL PENSAMIENTO MEDIEVAL
Es en el pensamiento cristiano medieval donde surge el concepto actual de persona como ser dotado de dignidad propia. Hay varias razones para ello. En primer lugar, la vida de Jesús de Nazaret, interpretada como la acción de Dios en la Tierra en la forma de un hombre que nace, se desarrolla y muere, liga al ser humano con la trascendencia. Esto no solo significa que los seres humanos somos animales especialmente inteligentes o con características superiores, sino que se reconoce nuestra naturaleza divina y creadora. En segundo lugar, ese aspecto subraya las características que el dogma cristiano atribuye al ser humano como hijo de Dios y directamente creado por él a su imagen y semejanza. En tercer lugar, el debate teológico sobre la Trinidad y la naturaleza de Cristo se resolvió desde la categoría de persona.
En el Concilio de Nicea (325) una de las cuestiones fundamentales que se discutieron fue la naturaleza de Cristo. ¿Fue Cristo un hombre, el mismo Dios o una mezcla de los dos? Eso no queda claro en la Biblia, pues en ella hay pasajes contradictorios. El dogma decidido en Nicea establece que Cristo tiene una doble naturaleza, divina y humana, pero tiene solo una persona, la cual es única e indivisible. De esta forma, el concepto de persona permitió ligar las distintas naturalezas, humana y divina, en la figura de Cristo, así como distinguirlo de las otras dos personas divinas: Dios Padre y el Espíritu Santo.
Agustín de Hipona

Desarrollando el dogma establecido en el Concilio de Nicea, el más importante Padre de la Iglesia, Agustín de Hipona (354-430), subrayó que las personas divinas no podían ser consideradas como simples substancias, en el sentido clásico del término substancia (aquello que no necesita de otra cosa para ser), sino que además son personas. Para caracterizar a las personas humanas, Agustín recoge elementos platónicos, integrándolos en el dogma cristiano. Defiende que el hombre es la unión de alma y cuerpo. El alma es simple, lo que significa que no se puede descomponer. Además es inmortal, no eterna como entendían los griegos, pues, aunque no muere nunca, sí que ha sido creada en un momento determinado. Por su parte, el cuerpo es mortal, terrestre, esto es, compuesto, y es un instrumento del alma. San Agustín distingue tres facultades del alma: la memoria, la inteligencia y la voluntad. La memoria es la capacidad que nos permite preservar la identidad, el yo, de cada uno. La inteligencia es la capacidad de conocer. Esta se sirve de dos herramientas: la razón inferior y la razón superior. La razón inferior es la que nos permite alcanzar un conocimiento científico de las realidades mutables y sensibles del mundo terrenal. La razón superior es la que nos proporciona sabiduría, es decir, el conocimiento de la verdadera realidad: las Ideas de Dios. Finalmente, la voluntad es nuestra capacidad para querer, amar, utilizando nuestro libre albedrío.
Tomás de Aquino

Con Tomás de Aquino (1225-1274) llega el culmen de la Escolástica. Manifiesta que la individualidad se refiere a la substancia, pero que hay ciertos individuos que tienen la facultad de actuar libremente, por sí mismos, gracias a su naturaleza racional. Esta clase de individuos es diferente al resto de substancias y por eso los llamamos personas. A la hora de caracterizar a las personas humanas, Santo Tomás trata de integrar el dogma cristiano con la filosofía aristotélica. Por eso defiende que el hombre es una unión sustancial (esencial, potencial) de alma inmaterial y cuerpo material, de manera que no se pueden dar el uno sin el otro. Siguiendo a Aristóteles, también distingue tres facultades del alma: la vegetativa, la sensitiva y la racional. La vegetativa sería la capacidad que tienen las plantas de nutrirse, crecer y reproducirse. Los animales, además de la vegetativa, tendrían la sensitiva, es decir, la capacidad de experimentar sensaciones y percibir el ambiente que les rodea. Finalmente, los seres humanos, además de tener la vegetativa y la sensitiva, serían los únicos en tener entendimiento y voluntad, es decir, la capacidad de alcanzar conocimientos sobre el mundo y decidir libremente qué hacer, respectivamente.
Tanto Agustín como Tomás de Aquino coinciden en que el ser humano tiene una naturaleza creada por Dios y dotada de dignidad. Pero heredan marcos griegos diferentes: Agustín sigue a Platón y presenta el alma como lo verdaderamente humano, el lugar donde nos encontramos a nosotros mismos y a Dios; Tomás sigue a Aristóteles e insiste en que el ser humano no es solo alma ni solo cuerpo, sino la unión inseparable de ambos. La pregunta que los separa —¿soy fundamentalmente mi alma o soy el conjunto de mi alma y mi cuerpo?— reaparecerá con fuerza en la Modernidad, cuando Descartes vuelva a apostar por el alma sola.
EL SUJETO EN LA MODERNIDAD
En el Renacimiento y la Modernidad se hacen avances y descubrimientos (la llamada Revolución científica) que provocan un giro en la concepción del hombre. Por una parte, con el descubrimiento de América y sus habitantes se puso en discusión el estatus de los seres humanos como sujetos políticos de derecho. El fraile dominico Bartolomé de las Casas (1474-1566) defendió los derechos inalienables de los aborígenes frente al esclavismo. De las Casas subrayó que las leyes naturales que nos enseña la religión católica están por encima de las leyes positivas del Estado, que no existen diferencias raciales a los ojos de Dios, que la esclavitud y la servidumbre son ilegítimas desde las leyes naturales y que se debía restituir a los indios su libertad y bienes, pues también son personas. Estos principios sirvieron a la siguiente redacción de las Leyes de Indias, que sería la primera proclamación de unos derechos humanos.
Por otra parte, los descubrimientos astronómicos dan al traste con la interpretación geocéntrica del sistema solar y la Tierra pasa a ser un planeta más que orbita alrededor del Sol como muchos otros planetas giran alrededor de otros soles en un espacio infinito. Esto, por un lado, aleja al ser humano de una posición central, de privilegio, en la creación de Dios. No obstante, por otro lado, los hombres ilustrados de la época ensalzan la racionalidad y creatividad del ser humano por ser capaz de hacer descubrimientos y creaciones tan asombrosas. Así, equiparan nuestra capacidad de conocer y crear cosas nuevas con las capacidades de Dios.
El dualismo cartesiano

René Descartes (1596-1650), el padre de la Modernidad, entiende al ser humano como la composición de dos substancias. Aunque, según él, solo hay una substancia en sentido estricto, Dios, pues es el único que puede existir por sí mismo (causa sui), Descartes distingue otras dos substancias: la res cogitans y la res extensa. La res cogitans (cosa pensante) sería el alma inextensa e inmaterial. Su naturaleza es el pensamiento y las formas en que tal pensamiento se dan son la imaginación, la voluntad, la memoria, etc. La res extensa (cosa que tiene extensión) sería aquello que ocupa un lugar y que, por lo tanto, se puede medir su profundidad, anchura y longitud. Las maneras como se da esa extensión son, por ejemplo, la figura o el tamaño. Pues bien, el ser humano estaría compuesto de una res cogitans que dirige una res extensa, comunicándose a través de la glándula pineal. Para Descartes, el alma humana se concentra en un yo pensante racional (cogito) que es capaz de conocer absolutamente todo de la misma manera que Dios.
Las mónadas leibnizianas

Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) ofrece una visión del ser humano muy distinta a la de Descartes. Para Leibniz, la realidad no está compuesta de dos sustancias (pensante y extensa), sino de infinitas sustancias simples que él llama mónadas. Cada mónada es indivisible, indestructible y absolutamente única: no existen en la naturaleza dos seres perfectamente iguales. Las mónadas «no tienen ventanas», lo que significa que nada externo puede penetrar en ellas ni alterarlas desde fuera; todo cambio que experimentan procede de un principio interno. Cada mónada refleja el universo entero desde su propia perspectiva, como un espejo viviente. Lo que distingue a unas mónadas de otras es su grado de percepción y conciencia. Las mónadas inferiores (como las de los minerales o las plantas) tienen percepciones oscuras e inconscientes. Las de los animales tienen sensación y memoria. Pero solo las mónadas humanas poseen apercepción, es decir, conciencia de sí mismas y capacidad de reflexión racional. Para Leibniz, la identidad de cada ser humano es, por tanto, intrínseca e inalterable: viene dada por la naturaleza misma de su mónada, que contiene en sí todo lo que le ocurrirá a lo largo de su vida.
Descartes y Leibniz están convencidos de que existe un yo permanente: Descartes lo encuentra en el cogito (pienso, luego existo), Leibniz en la mónada (una sustancia simple, indestructible y única). Pero discrepan en qué es ese yo: para Descartes es una cosa que piensa y que podría existir sin cuerpo; para Leibniz es un espejo viviente del universo entero cuya identidad viene dada desde siempre. Hume desafiará a ambos con una pregunta incómoda: ¿dónde está ese yo permanente? Cuando miro dentro de mí, solo encuentro percepciones particulares que se suceden unas a otras. El yo, dice Hume, es quizá solo un nombre que le damos a esa sucesión.
David Hume

El dualismo cartesiano es muy criticado por lo inverosímil de que algo inextenso pueda relacionarse de algún modo con algo extenso. Una de las principales críticas del yo cartesiano proviene del filósofo escocés David Hume (1711-1776), para quien el yo, nuestra identidad personal, no existe tal y como dice Descartes. Hume defiende que nunca percibimos algo así como el yo, pues nuestras impresiones o percepciones siempre son concretas y variables, mientras que el yo nos lo representamos como algo permanente a lo largo del tiempo. Por eso argumenta que el yo no es más que la yuxtaposición o reunión de las actuaciones que percibimos que nosotros realizamos. Sería la memoria la que reúne todas esas percepciones haciéndonos creer en el yo como agente racional.
La situación después de Hume es incómoda: si el yo permanente es una ficción y no somos más que un haz de percepciones cambiantes, ¿qué nos mantiene unidos? ¿Qué hace que yo sea la misma persona que era ayer, o que seré mañana? Kant intentará salvar al sujeto mostrando que, sin un yo que unifique la experiencia, ni siquiera podríamos percibir nada. Pero el precio que paga es alto: ese yo unificador es una condición necesaria del conocimiento, no algo que podamos conocer en sí mismo. Sabemos que tiene que existir, pero no sabemos qué es.
Immanuel Kant

El debate entre el racionalismo cartesiano y el empirismo de Hume recibe la síntesis del pensador Immanuel Kant (1724-1804). Para Kant, desde la perspectiva científica o razón teórica, los individuos somos entidades físicas determinadas como cualquier otra cosa del universo. Pero, desde el punto de vista ético o de la razón práctica, somos agentes libres y autónomos. Por lo tanto, nuestra razón nos permite vernos de dos maneras diferentes. Por decirlo así, desde fuera y desde dentro, respectivamente. Kant considera que es en nuestra razón donde reside la dignidad del ser humano y desde donde podemos decirnos persona. Las personas siempre son un fin en sí mismo y no pueden ser tratadas como medio para conseguir otra cosa. Con ello, Kant sienta las bases del posterior desarrollo y reconocimiento de los Derechos Humanos.
Kant dejó al ser humano en una posición paradójica: somos libres desde la razón práctica pero estamos determinados desde la razón teórica; necesitamos un yo unificador pero no podemos conocerlo. Los filósofos contemporáneos partirán de esa grieta para ir más lejos. Nietzsche dirá que incluso el yo kantiano es una ficción gramatical. Ortega dirá que el ser humano no tiene naturaleza fija sino historia. Y Sartre sacará la conclusión más radical: si no hay un Dios que haya diseñado nuestra esencia, entonces primero existimos y después nos definimos. En los tres casos, la pregunta ya no es «¿qué soy?» sino «¿qué voy a hacer de mí?».
EL SER HUMANO EN EL PENSAMIENTO CONTEMPORÁNEO
A partir del siglo XIX, la concepción del ser humano sufre una serie de sacudidas profundas. La teoría de la evolución de Darwin sitúa al hombre en continuidad con el resto de los animales. La crítica de Marx muestra que lo que somos depende de las condiciones materiales y sociales en que vivimos. Y varios filósofos cuestionan de raíz la idea de que exista una naturaleza humana fija o un yo permanente.
Friedrich Nietzsche

Friedrich Nietzsche (1844-1900) lleva la crítica del sujeto más lejos que Hume. Mientras que Hume negaba que pudiéramos encontrar el yo en la experiencia, Nietzsche argumenta que la propia idea de un «yo» que piensa es una ficción producida por la estructura del lenguaje. Cuando decimos «yo pienso», damos por sentado que existe un sujeto (yo) que es la causa de una actividad (pensar). Pero, según Nietzsche, eso es un hábito gramatical, no una verdad: «un pensamiento viene cuando «él» quiere y no cuando «yo» quiero». Del hecho de que haya pensamiento no se sigue que haya un pensador fijo detrás. Más ampliamente, Nietzsche rechaza que el ser humano tenga una naturaleza fija o una esencia moral dada. Los valores que consideramos «naturales» (bueno, malo, justo, injusto) son, en realidad, creaciones históricas producidas por relaciones de poder. El ser humano es, para Nietzsche, «el animal no fijado todavía» (das noch nicht festgestellte Thier): un ser cuya forma de ser no está determinada de antemano y que tiene la capacidad —y la tarea— de crearse a sí mismo.
El humano como ser histórico: Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset (1883-1955) propone una concepción del ser humano radicalmente diferente a la tradición filosófica anterior. Su célebre fórmula «yo soy yo y mi circunstancia» indica que el ser humano no es una sustancia aislada (ni un alma, ni un cuerpo, ni un yo pensante), sino que es inseparable del mundo concreto en que vive: su época, su sociedad, su cultura, su biografía. Pero la tesis más radical de Ortega es que «el hombre no tiene naturaleza, sino que tiene historia». A diferencia de una piedra o un tigre, cuya forma de ser está dada por la naturaleza, el ser humano no es nada fijo: es un drama, un proyecto que tiene que hacerse a sí mismo eligiendo entre posibilidades. La vida no es un factum (algo hecho), sino un faciendum (algo por hacer). Ser libre, para Ortega, no es una cualidad añadida al ser humano, sino su modo de ser: consiste en carecer de identidad constitutiva, en no poder instalarse nunca definitivamente en ninguna forma de ser. Lo único fijo y estable en el ser libre es, paradójicamente, su constitutiva inestabilidad.
El existencialismo sartriano

Jean-Paul Sartre (1905-1980), el principal representante del existencialismo ateo, formula la tesis de que «la existencia precede a la esencia». A diferencia de un objeto fabricado —como un abrecartas, cuya función y forma son concebidas antes de que exista—, el ser humano primero existe, surge en el mundo, y solo después se define a través de lo que hace. No hay una naturaleza humana previa porque no hay un Dios que la haya concebido. El hombre, tal como lo concibe Sartre, empieza por no ser nada: solo será después, y será tal como se haya hecho. «El hombre no es otra cosa que lo que él se hace»: este es el primer principio del existencialismo. La consecuencia es que el ser humano es radicalmente libre, pero esa libertad no es un privilegio, sino una condena: estamos «condenados a ser libres», porque no hemos elegido existir y sin embargo somos responsables de todo lo que hacemos. No hay excusas, ni determinismo, ni naturaleza humana a la que apelar para justificar nuestros actos. Cada elección que hacemos compromete no solo a nosotros mismos, sino a toda la humanidad, porque al elegir lo que queremos ser, elegimos una imagen del ser humano tal como consideramos que debe ser.
Práctica
Lee atentamente cada texto y responde a las cuatro preguntas en tu cuaderno.
La Mónada, de la que vamos a hablar aquí, no es sino una sustancia simple que entra en los compuestos; simple quiere decir sin partes. Es, empero, preciso que haya sustancias simples, puesto que hay compuestos; pues lo compuesto no es sino un montón o aggregatum de simples. Ahora bien, allí donde no hay partes, tampoco hay extensión, ni figura, ni divisibilidad posibles. Y estas Mónadas son los verdaderos Átomos de la Naturaleza y, en una palabra, los Elementos de las cosas. En ellas tampoco hay que temer disolución alguna, ni es concebible modo alguno por el que una sustancia simple pueda perecer naturalmente. Por la misma razón, no hay modo alguno por el que una sustancia simple pueda comenzar naturalmente, puesto que no puede formarse por composición. Cabe afirmar, por lo tanto, que las Mónadas no pueden comenzar ni acabar más que de repente, esto es, no pueden comenzar, a no ser por creación, ni acabar, a no ser por aniquilación; lo que es compuesto, por el contrario, comienza o acaba por partes. Tampoco hay medio de explicar cómo una Mónada pueda ser alterada o cambiada en su interior por alguna otra criatura, puesto que en ella no cabe trasponer nada ni concebir movimiento interno alguno que pueda ser excitado, dirigido, aumentado o disminuido dentro de ella, como sí es posible en los compuestos, en donde hay cambio entre las partes. Las Mónadas no tienen en absoluto ventanas por las que pueda entrar o salir algo. Es preciso, incluso, que cada Mónada sea diferente de otra cualquiera. Pues nunca se dan en la Naturaleza dos Seres que sean perfectamente el uno como el otro, y en donde no sea posible hallar una diferencia interna o fundada en una denominación intrínseca.
Leibniz, G. W. (1981). Monadología. Pentalfa, §§ 1-9, pp. 73-79.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es cuáles son los elementos últimos que componen la realidad y qué características tienen.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Leibniz sostiene que la realidad está compuesta en último término por sustancias simples que él llama mónadas. Puesto que son simples, es decir, carecen de partes, no pueden descomponerse ni destruirse por medios naturales: solo podrían comenzar por creación o acabar por aniquilación. Además, al no tener partes ni extensión, nada externo puede penetrar en ellas ni alterarlas desde fuera (no tienen «ventanas»). Cada mónada es absolutamente única e irrepetible, diferente de todas las demás por alguna cualidad interna.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Leibniz emplea varios argumentos encadenados. En primer lugar, parte de un hecho observable: existen cosas compuestas. De ahí deduce que debe haber sustancias simples, porque lo compuesto no es más que una agrupación de simples. En segundo lugar, de la simplicidad (ausencia de partes) deduce varias propiedades: las mónadas no tienen extensión, ni figura, ni divisibilidad, y por tanto no pueden disolverse ni perecer naturalmente, pues la disolución consiste en la separación de partes. En tercer lugar, argumenta que nada externo puede alterar una mónada porque en ella no hay partes que puedan ser recolocadas ni movimiento interno que pueda ser excitado desde fuera, a diferencia de lo que ocurre en los compuestos. Por último, invoca el principio de los indiscernibles: en la naturaleza no existen dos seres perfectamente iguales, por lo que cada mónada debe poseer una diferencia interna que la haga única.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
David Hume mantendría una posición radicalmente diferente. Frente a la idea de que existen sustancias simples, permanentes e inalterables, Hume defiende que no tenemos experiencia de ninguna sustancia, ni simple ni compuesta, sino solo de percepciones particulares que se suceden unas a otras. En primer lugar, argumenta que toda idea legítima debe derivar de alguna impresión sensible, y no existe ninguna impresión de una «sustancia simple» permanente e inmutable: lo único que percibimos son sensaciones concretas y cambiantes. En segundo lugar, sostiene que la identidad que atribuimos a las cosas (y a nosotros mismos) no es más que una ficción producida por la imaginación, que confunde la sucesión de percepciones relacionadas con la permanencia de un objeto idéntico.
A favor de que tenemos una identidad estable
—¿Le conviene, por tanto, a lo que se ha compuesto y a lo que es compuesto por su naturaleza sufrir eso, el descomponerse del mismo modo como se compuso? Y si hay algo que es simple, solo a eso no le toca experimentar ese proceso, si es que le toca a algo.
—Me parece a mí que así es —dijo Cebes.
—¿Precisamente las cosas que son siempre del mismo modo y se encuentran en iguales condiciones, ésas es extraordinariamente probable que sean las simples, mientras que las que están en condiciones diversas y en diversas formas, ésas serán compuestas?
—A mí al menos así me lo parece.
—Vayamos, pues, ahora —dijo— hacia lo que tratábamos en nuestro coloquio de antes. La entidad misma, de cuyo ser dábamos razón al preguntar y responder, ¿acaso es siempre de igual modo en idéntica condición, o unas veces de una manera y otras de otras? Lo igual en sí, lo bello en sí, lo que cada cosa es en realidad, lo ente, ¿admite alguna vez un cambio y de cualquier tipo? ¿O lo que es siempre cada uno de los mismos entes, que es de aspecto único en sí mismo, se mantiene idéntico y en las mismas condiciones, y nunca en ninguna parte y de ningún modo acepta variación alguna?
—Es necesario —dijo Cebes— que se mantengan idénticos y en las mismas condiciones, Sócrates.
—¿Qué pasa con la multitud de cosas bellas, como por ejemplo personas o caballos o vestidos o cualquier otro género de cosas semejantes, o de cosas iguales, o de todas aquellas que son homónimas con las de antes? ¿Acaso se mantienen idénticas, o, todo lo contrario a aquéllas, ni son iguales a sí mismas, ni unas a otras nunca ni, en una palabra, de ningún modo son idénticas?
—Así son, a su vez —dijo Cebes— estas cosas: jamás se presentan de igual modo.
—¿A cuál de las dos clases de cosas, tanto por lo de antes como por lo que ahora decimos, te parece que es el alma más afín y connatural?
—Cualquiera, incluso el más lerdo en aprender —dijo él— creo que concedería, Sócrates, de acuerdo con tu indagación, que el alma es por completo y en todo más afín a lo que siempre es idéntico que a lo que no lo es.
—Examina, pues, Cebes —dijo—, si de todo lo dicho se nos deduce esto: que el alma es lo más semejante a lo divino, inmortal, inteligible, uniforme, indisoluble y que está siempre idéntico consigo mismo, mientras que, a su vez, el cuerpo es lo más semejante a lo humano, mortal, multiforme, irracional, soluble y que nunca está idéntico a sí mismo.
Platón (1986). Fedón. En Diálogos, Tomo III (trad. C. García Gual). Gredos, 78b-80b, pp. 75-79.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si el alma es algo permanente e idéntico a sí mismo o, por el contrario, algo cambiante y perecedero como el cuerpo.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Platón defiende que el alma es lo más semejante a lo divino, inmortal, inteligible, uniforme, indisoluble y siempre idéntico consigo mismo, mientras que el cuerpo es lo más semejante a lo humano, mortal, multiforme, irracional, soluble y nunca idéntico a sí mismo. Por tanto, el alma constituye la identidad permanente del ser humano.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Platón argumenta en varios pasos. Primero, establece que lo compuesto es lo que puede descomponerse, mientras que lo simple no puede experimentar ese proceso. Segundo, señala que las cosas que son siempre del mismo modo y en las mismas condiciones son las simples, mientras que las que varían son compuestas. Tercero, aplica esta distinción a dos clases de realidades: las entidades en sí (lo igual en sí, lo bello en sí), que se mantienen siempre idénticas y en las mismas condiciones, y las cosas sensibles (personas, caballos, vestidos), que jamás se presentan de igual modo. Cuarto, pregunta a cuál de estas dos clases es más afín el alma, y Cebes concede que el alma es por completo más afín a lo que siempre es idéntico. De ahí concluye que el alma es semejante a lo divino, inmortal e indisoluble, y el cuerpo a lo mortal y cambiante.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Friedrich Nietzsche mantendría una posición diferente. Para Nietzsche, la idea de un alma simple, inmutable e idéntica a sí misma es una ficción derivada de la estructura del lenguaje, no de la experiencia. En primer lugar, argumenta que el concepto de «yo» como sustancia permanente es un producto de la gramática: del hecho de que toda oración necesita un sujeto deducimos que detrás de cada acción hay un agente fijo, pero eso es un hábito lingüístico, no una verdad metafísica. En segundo lugar, sostiene que la experiencia muestra que nuestras percepciones, pensamientos y deseos cambian constantemente y que un pensamiento viene cuando «él» quiere, no cuando «yo» quiero, lo cual desmiente la existencia de un yo unificador y permanente que controle el pensamiento.
Rebasaré, pues, esa fuerza de mi naturaleza subiendo peldaños hacia el que me hizo. Y llego a los campos y al espacioso cuartel general de la memoria, donde están los tesoros de innumerables imágenes transportadas por los sentidos en relación a todo tipo de cosas. Allí ha sido escondido incluso todo cuanto pensamos, ya aumentando, ya disminuyendo, ya variando, del modo que sea, lo que haya tocado el sentido, incluso si le ha sido confiado y almacenado algo que todavía no haya absorbido y sepultado el olvido. Cuando estoy allí pido que me sea mostrado todo cuanto quiero. Y algunas cosas se presentan al momento; algunas hay que buscarlas durante más tiempo y son arrancadas como de unos receptáculos muy abstrusos; algunas se precipitan en masa y, mientras se solicita y se busca otra cosa, saltan al medio, como si dijesen: «¿no somos nosotras por casualidad?». Y con la mano del corazón las aparto del rostro de mi recuerdo hasta que quede despejado lo que quiero y salte a la vista desde sus escondrijos. Allí están archivadas separadamente y por clases todas las que han sido introducidas, cada una según su puerta de entrada, como la luz y todos los colores y formas corpóreas, por los ojos; por las orejas, en cambio, todo tipo de sonidos; y todos los olores por la entrada de las fosas nasales, todos los sabores por la entrada de la boca. Dentro es donde hago estas cosas, en la enorme sala de mi memoria. Lo cierto es que allí están a mi disposición el cielo, la tierra y el mar junto con todo lo que pude percibir en ellos, salvo aquello que he olvidado. Allí también me salgo yo mismo al encuentro y me rememoro: qué he hecho, cuándo y dónde, y de qué manera me sentía cuando lo hacía. Allí está todo lo que recuerdo que han sido mis experiencias o mis creencias. De entre esa misma abundancia, también yo mismo voy entretejiendo de aquí y de allá semejanzas con hechos anteriores, y a partir de ellas concibo también acciones futuras, y acontecimientos, y esperanzas, y todas estas cosas, de nuevo, como si estuviesen presentes. Grande es este poder de la memoria, demasiado grande, Dios mío, un depósito interior amplio e infinito. ¿Quién ha llegado a su fondo? Y éste es el poder de mi espíritu y pertenece a mi naturaleza, y yo mismo no abarco todo lo que soy.
Agustín de Hipona (2010). Confesiones, Libro X, 8, 12-14 (trad. O. A. Encuentra). Gredos, pp. 482-484.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es dónde reside nuestra identidad personal y qué papel desempeña la memoria en el conocimiento de nosotros mismos.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Agustín de Hipona defiende que la memoria es un depósito interior inmenso donde se almacenan todas las experiencias vividas y donde el ser humano se encuentra a sí mismo. En la memoria no solo guardamos imágenes de lo percibido por los sentidos, sino que allí nos salimos al encuentro de nosotros mismos: recordamos qué hemos hecho, cuándo, dónde y cómo nos sentíamos. A partir de esos recuerdos también concebimos el futuro, entretejiendo esperanzas y proyectos. La memoria es, así, la sede de la identidad personal, el lugar donde el yo se reconoce como continuo a través del tiempo.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Agustín utiliza una descripción fenomenológica de la experiencia interior. En primer lugar, describe la memoria como un espacio inmenso («campos y espacioso cuartel general») donde están archivadas todas las percepciones sensoriales, organizadas según el sentido por el que entraron: colores por los ojos, sonidos por los oídos, olores por la nariz, sabores por la boca. En segundo lugar, muestra que la memoria no solo conserva el pasado, sino que permite la autoconciencia: «allí también me salgo yo mismo al encuentro y me rememoro», lo cual indica que el yo se reconoce en sus recuerdos como un ser continuo. En tercer lugar, señala que la memoria permite proyectar el futuro, pues a partir de las semejanzas con experiencias pasadas concebimos acciones futuras, acontecimientos y esperanzas. Todo ello le lleva a concluir que la memoria es un poder inmenso del espíritu que pertenece a nuestra propia naturaleza, un poder tan grande que ni siquiera el propio yo logra abarcarlo del todo.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
David Hume mantendría una posición diferente. Mientras que Agustín ve en la memoria el fundamento de un yo continuo, Hume sostiene que la memoria solo conecta percepciones sucesivas creando una ilusión de identidad. En primer lugar, Hume argumenta que cuando examinamos nuestra experiencia interior no encontramos ningún yo permanente, sino únicamente percepciones particulares de calor o frío, luz o sombra, amor u odio, que se suceden sin cesar. En segundo lugar, defiende que la memoria no descubre un yo preexistente, sino que produce la ficción de la identidad al crear relaciones de semejanza entre percepciones pasadas, haciendo que la imaginación confunda una sucesión de experiencias relacionadas con la permanencia de un sujeto idéntico.
Supongo entonces que todas las cosas que veo son falsas; me persuado de que, de todo lo que mi memoria repleta de mentiras me representa, nada ha sido jamás; pienso que no tengo sentidos; creo que el cuerpo, la figura, la extensión, el movimiento y el lugar no son más que ficciones de mi espíritu. ¿Qué será entonces lo que podrá ser considerado verdadero? Tal vez únicamente que en el mundo no hay nada cierto. Me he persuadido, empero, de que no había absolutamente nada en el mundo, de que no había cielo, ni tierra, ni espíritus, ni cuerpo alguno; pero entonces ¿no me he persuadido también de que yo no era? Ciertamente no; sin duda que yo era, si me he persuadido, o solo si yo he pensado algo. Sin embargo, hay no sé qué engañador muy poderoso y muy astuto que emplea toda su destreza en engañarme siempre. Pero entonces no hay duda de que soy, si me engaña; y que me engañe cuanto quiera, él no podrá nunca hacer que yo no sea nada mientras que yo piense ser algo. De manera que después de haberlo pensado bien, y de haber examinado con cuidado todas las cosas, hay que llegar a concluir y a tener como firme que esta proposición: yo soy, yo existo, es necesariamente verdadera cada vez que la pronuncie, o que la conciba en mi espíritu. Pero aún no conozco con suficiente claridad lo que soy, yo que estoy cierto de que soy. Pasemos entonces a los atributos del Alma y veamos si hay algunos que estén en mí. Los primeros son los de alimentarme y caminar; pero si es verdad que no tengo cuerpo, tampoco lo es que puedo caminar ni alimentarme. Otro es el de sentir; pero tampoco se puede sentir sin el cuerpo. Otro es el de pensar; y aquí encuentro que el pensamiento es un atributo que me pertenece: solo él no puede ser desprendido de mí. Yo soy, yo existo: esto es cierto; pero ¿por cuánto tiempo? A saber, por el tiempo que piense. Así pues, soy una cosa verdadera, y en verdad existente; pero ¿qué cosa? Lo he dicho: una cosa que piensa. ¿Qué es una cosa que piensa? Es decir, una cosa que duda, que concibe, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que también imagina, y que siente.
Descartes, R. (2011). Meditaciones metafísicas, Segunda Meditación (trad. M. C. Flórez). En Descartes. Gredos, pp. 170-174.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si existe algo de lo que no podamos dudar y, en caso afirmativo, qué es eso que somos con toda certeza.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Descartes defiende que, aunque podamos dudar de todo lo que percibimos por los sentidos, del cuerpo, del mundo exterior e incluso de la existencia de otras mentes, hay algo de lo que no podemos dudar: de que existimos como seres pensantes. La proposición «yo soy, yo existo» es necesariamente verdadera cada vez que la pensamos. Lo que somos con certeza es una cosa que piensa, es decir, una cosa que duda, concibe, afirma, niega, quiere, imagina y siente. El pensamiento es el único atributo que no puede ser separado de nosotros.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Descartes utiliza el método de la duda radical. Primero, supone que todo lo que percibe es falso: los sentidos engañan, la memoria miente, el cuerpo, la extensión y el movimiento pueden ser ficciones. Segundo, se plantea si al negar todo también debe negar su propia existencia, y descubre que no: si se ha persuadido de algo, entonces necesariamente existe como ser pensante. Incluso si un engañador todopoderoso le engaña, el hecho mismo de ser engañado demuestra que existe. Tercero, una vez establecida la certeza de su existencia, descarta uno por uno los atributos que requieren un cuerpo (alimentarse, caminar, sentir) y concluye que el único atributo inseparable de él es el pensamiento. De ahí deduce que es esencialmente una «cosa que piensa», que abarca todas las formas de actividad mental: dudar, concebir, afirmar, negar, querer, imaginar y sentir.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Friedrich Nietzsche mantendría una posición radicalmente opuesta a la de Descartes. Nietzsche niega que del hecho de pensar se pueda deducir la existencia de un «yo» como sujeto permanente del pensamiento. En primer lugar, argumenta que la proposición «yo pienso» presupone varias afirmaciones injustificadas: que soy yo el que piensa, que tiene que existir algo que piense, que el pensar es la actividad de un ser pensado como causa, y que ya sabemos qué es pensar. Ninguna de estas afirmaciones es una «certeza inmediata», sino que son interpretaciones que damos por sentadas. En segundo lugar, señala que un pensamiento viene cuando «él» quiere y no cuando «yo» quiero, de modo que inferir un «yo» como causa del pensamiento es un falseamiento de los hechos, derivado de la costumbre gramatical que exige un sujeto para cada predicado.
A favor de que la identidad es cambiante o construida
Hay algunos filósofos que imaginan que somos conscientes íntimamente en todo momento de lo que llamamos nuestro YO, que sentimos su existencia y su continuidad en la existencia, y están seguros, más allá de la evidencia de una demostración, de su identidad y simplicidad perfecta. Desgraciadamente, todas estas afirmaciones positivas son contrarias a la experiencia que se presume en favor de ellas y no tenemos una idea del Yo de la manera que se ha explicado aquí. ¿Pues de qué impresión puede derivarse esta idea? Debe ser alguna impresión la que da lugar a cada idea real. Ahora bien, el Yo o persona no es una impresión, sino aquello a lo que suponemos que hacen referencia nuestras diversas impresiones o ideas. Si una impresión da lugar a la idea del Yo, la impresión debe continuar siendo invariablemente la misma a través de todo el curso de nuestras vidas, ya que se supone que existe de esa manera. Pero no existe ninguna impresión constante e invariable. El dolor y el placer, la pena y la alegría, las pasiones y sensaciones se suceden las unas a las otras y no pueden existir jamás todas a un mismo tiempo. No podemos, pues, derivar la idea del Yo de una de estas impresiones, o de cualquier otra, y, en consecuencia, no existe tal idea. Pero ¿qué sucederá con todas nuestras percepciones particulares, partiendo de esta hipótesis? Por mi parte, cuando penetro más íntimamente en lo que llamo mí mismo, tropiezo siempre con alguna percepción particular de calor o frío, luz o sombra, amor u odio, dolor o placer. No puedo jamás captarme a mí mismo en algún momento sin percepción alguna, y jamás puedo observar más que percepciones. Dejando a un lado a algunos metafísicos de esta clase, me atrevo a afirmar del resto de los hombres que no son más que un haz o colección de diferentes percepciones que se suceden las unas a las otras con una rapidez inconcebible y que se hallan en un flujo y movimiento perpetuo.
Hume, D. (2012). Tratado de la naturaleza humana, Libro I, Parte 4, Sección 6. En David Hume. Gredos, pp. 265-266.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si tenemos realmente una idea del yo como algo idéntico y permanente a lo largo de nuestra vida.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Hume sostiene que no tenemos una idea legítima del yo como algo permanente, simple e idéntico. Cuando examinamos nuestra experiencia interior, no encontramos nunca un yo fijo, sino únicamente percepciones particulares que se suceden sin cesar: sensaciones de calor o frío, emociones de amor u odio, experiencias de dolor o placer. El ser humano no es más que un haz o colección de percepciones diferentes en flujo y movimiento perpetuo.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Hume emplea dos argumentos principales. El primero es de carácter epistemológico: toda idea legítima debe derivar de alguna impresión. Si existiera una idea del yo, debería proceder de alguna impresión constante e invariable que permaneciera igual a lo largo de toda nuestra vida. Pero no existe tal impresión: el dolor, el placer, la pena, la alegría y las sensaciones se suceden unas a otras y nunca existen todas al mismo tiempo. Por tanto, no podemos derivar la idea del yo de ninguna impresión, y en consecuencia no existe tal idea. El segundo argumento es de carácter introspectivo: Hume afirma que cuando penetra en lo que llama «mí mismo», siempre tropieza con alguna percepción particular, nunca con un yo separado de las percepciones. No puede captarse a sí mismo en ningún momento sin percepción alguna. De ahí concluye que los seres humanos no son más que un haz de percepciones en flujo perpetuo.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
René Descartes mantendría una posición opuesta. Para Descartes, el yo es lo más cierto e indudable que existe: es una sustancia pensante cuya existencia se demuestra por el propio acto de dudar. En primer lugar, argumenta que incluso si un genio maligno nos engañara en todo, el hecho mismo de ser engañados prueba que existimos como seres pensantes: «yo soy, yo existo» es necesariamente verdadero cada vez que lo concebimos. En segundo lugar, defiende que el pensamiento es un atributo inseparable del yo, de modo que hay un sujeto permanente que subyace a todas nuestras operaciones mentales: dudar, concebir, afirmar, negar, querer, imaginar y sentir son todas formas de una misma cosa que piensa.
Todavía sigue habiendo inofensivos observadores de sí mismos que creen en la existencia de «certezas inmediatas», por ejemplo, «yo pienso», o, como fue la superstición de Schopenhauer, «yo quiero»: como si aquí, por así decirlo, el conocer lograra captar pura y desnudamente su objeto, como «cosa en sí», y sin que por ello tuviese lugar una falsificación ni por parte del sujeto ni por parte del objeto. Pero que tanto la «certeza inmediata» como el «conocimiento absoluto» o la «cosa en sí» implican una contradictio in adjecto, esto es algo que repetiré cien veces: ¡deberíamos librarnos de una vez para siempre de la seducción de las palabras! Por más que el pueblo crea que conocer es un conocer-hasta-el-final, el filósofo tiene que decirse a sí mismo: «si descompongo la operación que está expresada en la proposición «yo pienso», entonces obtengo una serie de temerarias afirmaciones cuya fundamentación resulta difícil, acaso imposible, —por ejemplo, que sea yo el que piense, que tenga que existir en absoluto algo que piense, que el pensar sea la actividad y el efecto de un ser que es pensado como causa, que exista un «yo», o, finalmente, que ya esté fijado de antemano aquello que deba ser definido como pensar». En lo que se refiere a la superstición de los lógicos: no me cansaré de subrayar una y otra vez un hecho pequeño y conciso que es reconocido con desgana por parte de estos supersticiosos, —a saber, que un pensamiento viene cuando «él» quiere y no cuando «yo» quiero; siendo así que es un falseamiento de los hechos decir: el sujeto «yo» es la condición del predicado «pienso». Ello piensa: pero que ese «ello» sea precisamente aquel viejo y conocido «yo», eso es, por decirlo con suavidad, tan solo una suposición, una afirmación, y sobre todo no es una «certeza inmediata». De hecho, con este «ello piensa» ya se ha dicho demasiado: este «ello» contiene ya una interpretación del proceso y no pertenece al proceso mismo. Aquí se infiere según la costumbre gramatical que dice «pensar es una actividad, a cada actividad le corresponde alguien que actúe, en consecuencia—».
Nietzsche, F. (2016). Más allá del bien y del mal, §§ 16-17. En Obras completas, vol. IV. Tecnos, pp. 307-308.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si la proposición «yo pienso» constituye una certeza inmediata e indudable que prueba la existencia de un yo como sujeto del pensamiento.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Nietzsche sostiene que el «yo pienso» cartesiano no es en absoluto una certeza inmediata, sino una construcción llena de supuestos injustificados. La idea de que existe un «yo» que piensa es una ficción derivada de la costumbre gramatical, que exige un sujeto para cada acción. En realidad, un pensamiento viene cuando «él» quiere, no cuando «yo» quiero: decir que el sujeto «yo» es la condición del predicado «pienso» es un falseamiento de los hechos. El «yo» no es más que una interpretación que añadimos al proceso del pensar, no algo que pertenezca al proceso mismo.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Nietzsche utiliza dos argumentos principales. El primero es el análisis lógico de la proposición «yo pienso»: al descomponerla, Nietzsche encuentra una serie de afirmaciones que se dan por sentadas sin justificación: que sea yo el que piense, que tenga que existir algo que piense, que el pensar sea la actividad de un ser pensado como causa, que exista un «yo», y que ya sepamos qué es pensar. Cada una de estas afirmaciones es, según Nietzsche, temeraria y difícil o imposible de fundamentar. El segundo argumento apela a la experiencia: un pensamiento viene cuando «él» quiere, no cuando «yo» quiero. Inferir de ahí un «yo» como causa del pensamiento es seguir la costumbre gramatical que dice «pensar es una actividad, a cada actividad le corresponde alguien que actúe», del mismo modo que el atomismo antiguo buscaba un «grumo de materia» detrás de cada fuerza. Pero esa inferencia no describe el proceso real, sino que le añade una interpretación.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
René Descartes mantendría la posición exactamente opuesta. Para Descartes, «yo pienso, yo existo» es la primera verdad indudable de la filosofía. En primer lugar, argumenta que incluso sometiendo todo a la duda más radical, el acto mismo de dudar prueba que existe un sujeto que duda: si me engaño, existo; si pienso, existo. La existencia del yo pensante se impone como certeza inmediata. En segundo lugar, Descartes defiende que el yo es una sustancia cuyo atributo esencial es el pensamiento: una cosa que duda, concibe, afirma, niega, quiere, imagina y siente. Esta sustancia pensante es simple, indivisible y distinta del cuerpo, y constituye la identidad permanente de cada ser humano.
Mal podía la razón físico-matemática, en su forma crasa de naturalismo o en su forma beatífica de espiritualismo, afrontar los problemas humanos. Por su misma constitución, no podía hacer más que buscar la naturaleza del hombre. Y, claro está, no la encontraba. Porque el hombre no tiene naturaleza. El hombre no es su cuerpo, que es una cosa; ni es su alma, psique, conciencia o espíritu, que es también una cosa. El hombre no es cosa ninguna, sino un drama —su vida, un puro y universal acontecimiento que acontece a cada cual y en que cada cual no es, a su vez, sino acontecimiento. El hombre no encuentra cosas, sino que las pone o supone. Lo que encuentra son puras dificultades y puras facilidades para existir. El existir mismo no le es dado «hecho» y regalado como a la piedra, sino que al encontrarse con que existe, al acontecerle existir, lo único que encuentra o le acontece es no tener más remedio que hacer algo para no dejar de existir. La vida es un gerundio y no un participio: un faciendum y no un factum. La vida es quehacer. En cada momento de mi vida se abren ante mí diversas posibilidades: puedo hacer esto o lo otro. Si hago esto, seré A en el instante próximo; si hago lo otro, seré B. El hombre es el ente que se hace a sí mismo. Pero el hombre no solo tiene que hacerse a sí mismo, sino que lo más grave que tiene que hacer es determinar lo que va a ser. Ser libre quiere decir carecer de identidad constitutiva, no estar adscrito a un ser determinado, poder ser otro del que se era y no poder instalarse de una vez y para siempre en ningún ser determinado. Lo único que hay de ser fijo y estable en el ser libre es la constitutiva inestabilidad. En suma, que el hombre no tiene naturaleza, sino que tiene… historia.
Ortega y Gasset, J. (1964). «Historia como sistema», VII-VIII. En Obras completas, tomo VI. Revista de Occidente, pp. 32-41.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si el ser humano posee una naturaleza fija o si, por el contrario, su ser consiste en algo diferente.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Ortega y Gasset defiende que el hombre no tiene naturaleza, sino historia. A diferencia de las cosas, cuyo ser está dado de antemano, el ser humano no es nada fijo: no es su cuerpo ni su alma, sino un drama, un acontecimiento que tiene que hacerse a sí mismo eligiendo entre posibilidades. La vida no es algo hecho (factum), sino algo por hacer (faciendum), un quehacer. Ser libre significa carecer de identidad constitutiva: no estar adscrito a un ser determinado y poder ser siempre otro del que se era. Lo único fijo en el ser humano es su constitutiva inestabilidad.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Ortega utiliza varios argumentos. Primero, señala que la razón científica, tanto en su versión naturalista como espiritualista, ha fracasado al buscar la «naturaleza» del hombre: no la ha encontrado porque no existe. El hombre no es una cosa con propiedades fijas. Segundo, describe la vida humana como un drama o acontecimiento: a diferencia de la piedra, a la que le es dado existir sin esfuerzo, el ser humano se encuentra con que tiene que hacer algo para no dejar de existir. La existencia no le es regalada como un hecho, sino impuesta como una tarea. Tercero, muestra que en cada momento se abren ante nosotros diversas posibilidades de ser (si hago esto seré A, si hago lo otro seré B), y que somos nosotros quienes debemos elegir. Cuarto, argumenta que la libertad consiste precisamente en carecer de una identidad fija: no poder instalarse para siempre en ningún ser determinado. De todo ello concluye que lo que la naturaleza es a las cosas, la historia es al hombre.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Platón mantendría una posición opuesta. Para Platón, el ser humano sí tiene una naturaleza fija, que reside en el alma. En primer lugar, argumenta que el alma es simple, inmortal e idéntica a sí misma, semejante a las Ideas eternas: no cambia, no se descompone y permanece siempre igual. En segundo lugar, defiende que el cuerpo cambia y perece, pero el alma es la verdadera identidad del ser humano, y su destino es liberarse del cuerpo para regresar al mundo de las Ideas, donde se mantendrá idéntica por toda la eternidad. Para Platón, lo que somos no es un drama ni un quehacer, sino algo dado por naturaleza.
Lo que ellos tienen en común es simplemente el hecho de considerar que la existencia precede a la esencia, o, si se prefiere, que hay que partir de la subjetividad. ¿Qué significa esto exactamente? Consideremos un objeto fabricado, por ejemplo un libro o un abrecartas. Este objeto ha sido fabricado por un artesano que se ha inspirado en un concepto; se ha referido al concepto de abrecartas, e igualmente a una técnica de producción previa que forma parte del concepto, y que en el fondo es una fórmula. Así, el abrecartas es a la vez un objeto que se produce de cierta manera y que, por otra parte, tiene una utilidad definida, y es impensable que un hombre produzca un abrecartas sin saber para qué va a servir ese objeto. Diríamos entonces que en el caso del abrecartas, la esencia precede a la existencia. El existencialismo ateo que yo represento es más coherente. Declara que si Dios no existe, hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y que este ser es el hombre o, como dice Heidegger, la realidad humana. ¿Qué significa aquí que la existencia precede a la esencia? Significa que el hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y que después se define. El hombre, tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada. Solo será después, y será tal como se haya hecho. Así pues, no hay naturaleza humana, porque no hay Dios para concebirla. El hombre es el único que no solo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Este es el primer principio del existencialismo.
Sartre, J.-P. (2009). El existencialismo es un humanismo (trad. V. Prati de Fernández). Edhasa, pp. 27-31.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si el ser humano tiene una esencia o naturaleza que lo defina antes de existir, o si, por el contrario, primero existe y después se define.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Sartre defiende que en el caso del ser humano la existencia precede a la esencia. A diferencia de un objeto fabricado como un abrecartas, cuya esencia (concepto, función, técnica de producción) es concebida antes de que el objeto exista, el ser humano primero existe, surge en el mundo, y solo después se define a través de lo que hace. No hay una naturaleza humana previa que lo determine, porque no hay un Dios que la haya concebido. El hombre empieza por no ser nada y solo será lo que se haya hecho a sí mismo.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Sartre emplea un razonamiento por analogía y su negación. Primero, toma el ejemplo de un objeto fabricado, el abrecartas: antes de producirlo, el artesano tiene en mente un concepto (su forma, su función, su técnica de producción). En este caso, la esencia precede a la existencia. Segundo, señala que cuando concebimos un Dios creador, lo asimilamos a un artesano superior que concibe la esencia del hombre antes de crearlo, de modo que cada ser humano individual realizaría un concepto previo que está en el entendimiento divino. Tercero, y este es el paso decisivo, Sartre declara que si Dios no existe, entonces no hay nadie que haya concebido previamente la esencia del ser humano. Por tanto, el hombre es el único ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto: primero surge en el mundo y después se define a través de sus actos y sus elecciones. No hay naturaleza humana fija porque no hay un Dios que la haya pensado de antemano.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Tomás de Aquino mantendría una posición opuesta. Para Santo Tomás, el ser humano sí tiene una naturaleza o esencia que precede a su existencia individual, porque Dios la ha concebido. En primer lugar, argumenta que la persona humana es un individuo de naturaleza racional: hay una esencia humana universal, creada por Dios, que se realiza en cada individuo concreto. En segundo lugar, defiende que el alma humana es inmortal y forma una unión sustancial con el cuerpo, de modo que lo que somos no es producto de nuestras elecciones, sino de una naturaleza racional dada por Dios, que incluye facultades como el entendimiento y la voluntad. La esencia del hombre está, pues, definida antes de que cada individuo exista.
Disertación filosófica
PROPUESTA DE TEMA
¿Qué nos hace ser quienes somos?
CÓMO HACER UNA DISERTACIÓN FILOSÓFICA
La disertación filosófica es un texto argumentativo en el que defiendes una posición razonada ante una pregunta filosófica. No se trata de dar tu opinión sin más, sino de construir una respuesta fundamentada en argumentos, apoyada en lo que han dicho los filósofos y capaz de considerar posiciones contrarias a la tuya. La finalidad de una disertación es llegar a una verdad lo más objetiva posible, esto es, que pueda ser compartida por todo ser racional. Todos los argumentos, estés personalmente de acuerdo o en desacuerdo con ellos, deben ser expuestos con el máximo rigor y fuerza. La extensión debe estar entre 1200 y 1600 palabras.
I. TRABAJO PREVIO
Paso 1: Elige la pregunta que más te interese
Elige la pregunta sobre la que tengas una opinión más clara, la que te resulte más cercana o la que te provoque más curiosidad. Si tienes una opinión fuerte sobre ella, aunque sea en contra, eso es buena señal: significa que tienes algo que decir. Ve a lo más cercano y sencillo para ti. La complejidad la encontrarás según profundices.
Paso 2: Busca las posibles interpretaciones
Las preguntas filosóficas contienen conceptos que pueden entenderse de varias maneras. Identifica las palabras clave y pregúntate qué pueden significar. Cada significado diferente produce una interpretación distinta de la pregunta.
Por ejemplo, la pregunta ¿Seguimos siendo la misma persona a lo largo de la vida? admite al menos tres interpretaciones:
- Interpretación A: ¿Hay en nosotros algo que permanezca idéntico bajo todos los cambios, como un alma o una sustancia?
- Interpretación B: ¿Es la memoria lo que une al niño que fuimos con el adulto que somos?
- Interpretación C: ¿Es la identidad algo que se descubre, o algo que cada uno construye como quien cuenta una historia?
💡 Tip: Si no se te ocurren varias interpretaciones, prueba a cambiar una palabra clave por un sinónimo: no es lo mismo ¿seguimos siendo la misma persona? que ¿hay un yo permanente? o ¿qué queda de mí cuando todo en mí cambia? o ¿la identidad se tiene o se hace?
Paso 3: Piensa en las implicaciones y elige una interpretación
Cada interpretación tiene implicaciones distintas. Pregúntate: si respondiera que sí, ¿qué se seguiría de ello? ¿Y si respondiera que no? La interpretación más interesante suele ser la que tiene las implicaciones más profundas.
Por ejemplo:
- Si hay una sustancia idéntica bajo los cambios (A), la identidad estaría garantizada pase lo que pase, y habría que explicar entonces por qué nunca la percibimos directamente. Pero si no la hay, la identidad queda pendiente de otra cosa que sí pueda fallar.
- Si la memoria es lo que nos une con nuestro pasado (B), quien pierde la memoria perdería, en algún sentido, su identidad, y habría que decidir si eso es aceptable. Pero si la memoria no basta, habría que decir qué más hace falta.
- Si la identidad se construye como un relato (C), cada uno sería en parte autor de sí mismo, y las responsabilidades del pasado podrían quedar en el aire: ¿puede alguien reescribirse hasta dejar de ser quien fue?
Ahora elige la interpretación que te parezca más relevante y explica por qué las otras lo son menos. Sé coherente: sería contradictorio argumentar que la A es la más importante y luego trabajar con la C. Las implicaciones te ayudan a decidir: la interpretación que más cosas pone en juego suele ser la mejor para una disertación.
Paso 4: Formula tu tesis
Escribe en una frase la respuesta que vas a defender. Debe ser clara, concreta y discutible: alguien razonable debería poder estar en desacuerdo con ella. La tesis no contiene argumentos: eso viene después. Puede llevar matices y condiciones (pero, aunque, cuando), pero no justificaciones: si tu tesis lleva un «porque», ese «porque» es tu primer argumento, y su sitio es el desarrollo.
Ejemplos de buenas tesis:
- Seguimos siendo la misma persona a lo largo de la vida, aunque no gracias a una sustancia inmutable, sino a la continuidad de la memoria y del propio proyecto.
- No somos la misma persona a lo largo de la vida: la identidad es una ficción útil que la mente fabrica para ordenar sus estados.
Ejemplos de malas tesis:
- Cambiar es ley de vida. Demasiado vago.
- Cada persona es un mundo. No responde a la pregunta.
- Yo siempre seré yo. No tiene en cuenta ninguna objeción.
💡 Tip: A medida que investigas puede que descubras que tu tesis inicial era incorrecta. Puedes modificarla o reflejar en la conclusión por qué has cambiado de opinión. Una disertación se escribe para llegar a una verdad, no para demostrar que tenemos razón.
Paso 5: Busca argumentos y trabaja con las fuentes
Lee los textos de la pestaña de Práctica y los libros disponibles de la bibliografía buscando argumentos a favor y en contra de tu tesis. Para cada argumento que encuentres, anota:
- La idea principal, con tus propias palabras.
- La referencia completa: autor, año, título y página.
- Tu reacción: ¿estás de acuerdo?, ¿se te ocurre una objeción?, ¿te recuerda a otro autor?
Cómo citar. Hay cuatro formas:
Cita directa narrativa. Usa esta opción para dar importancia y protagonismo al pensador en tu texto. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. El año va inmediatamente después de su nombre.
Ejemplo: Platón (1986) sostiene que el alma es «lo más semejante a lo divino, inmortal, inteligible, uniforme» (p. 79).
Cita directa parentética. Usa esta opción cuando quieres que el lector se concentre primero en la idea. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. Los datos del autor quedan en segundo plano al final de la frase.
Ejemplo: Frente al cuerpo, que cambia y se disuelve, el alma sería «lo más semejante a lo divino, inmortal, inteligible, uniforme» (Platón, 1986, p. 79).
Cita indirecta narrativa. Explicas la idea con tus propias palabras, pero introduces la frase mencionando directamente al autor.
Ejemplo: Platón (1986) distingue dos clases de realidades, las que cambian sin cesar y las que permanecen idénticas, y sostiene que el alma es afín a las segundas, mientras que el cuerpo pertenece a las primeras (pp. 75-79).
Cita indirecta parentética. Explicas la idea con tus propias palabras y colocas toda la información de la fuente junta al cerrar el punto.
Ejemplo: Si existen realidades inmutables y realidades cambiantes, y el alma se parece más a las primeras que a las segundas, entonces lo que somos en el fondo no estaría sometido al cambio que arrastra al cuerpo (Platón, 1986, pp. 75-79).
En todos los casos, después de la cita hay que explicar qué quiere decir el autor y relacionarla con tu argumento. Una cita sin explicación no demuestra nada.
💡 Tip: Cita con año y página la primera vez que atribuyes una idea a un autor. Después, si solo recuerdas o resumes algo que ya has citado antes (por ejemplo, en la valoración o en la conclusión), basta con nombrarlo: «como muestra Ortega…». Repetir el año y la página cada vez que aparece un apellido no es más riguroso, solo más pesado. La regla es sencilla: idea nueva, cita completa; idea ya citada, solo el apellido.
📌 Novedad: en las disertaciones de este tema y de los siguientes, debes identificar la forma lógica de al menos uno de tus argumentos. Más abajo, en la sección de Redacción, se explica cómo hacerlo.
Paso 6: Haz un esquema
Antes de redactar, escribe en tu cuaderno un esquema con la introducción (interpretaciones, implicaciones, elección razonada, tesis), los argumentos a favor y en contra con sus citas, la valoración, la delimitación de tu tesis y la conclusión. Este esquema es tu hoja de ruta.
II. REDACCIÓN
Estructura de la disertación
Introducción (aprox. 15% del texto). Consta de dos partes:
- Primer párrafo: presenta el problema con un gancho que atraiga al lector (una imagen, una paradoja, un dato, una experiencia), despliega las interpretaciones posibles con sus implicaciones, justifica cuál es la más relevante y termina reformulando la pregunta tal como vas a responderla. Esa formulación final es importante: tu conclusión tendrá que responder exactamente a ella.
- Segundo párrafo: formula tu tesis de forma clara y concreta.
💡 Tip: el gancho es el lugar más fácil para colocar un ejemplo propio, y los ejemplos propios puntúan en la rúbrica. Una anécdota, un caso real o una experiencia tuya que plantee el problema vale más que empezar directamente con un filósofo. Además, empezar por algo tuyo es más fácil que empezar por Kant.
Desarrollo (aprox. 70% del texto). Aquí hay dos formas de trabajar:
- Estructura básica, para quien necesita un guion claro:
- Argumentos a favor de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado con ejemplos y una cita explicada.
- Argumentos en contra de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado también con ejemplos y una cita explicada. No los debilites a propósito: expónlos con el mismo rigor que los tuyos.
- Valoración: compara ambos lados, señala las fortalezas y las debilidades de cada uno, y explica cuáles pesan más y por qué.
Con esta estructura, hecha correctamente, puedes llegar al nivel notable.
- Estructura dialéctica, para quien quiere ir más allá:
En lugar de separar los argumentos en dos bloques, construye una conversación entre posiciones. Los argumentos se responden entre sí, se señalan sus límites sobre la marcha y el pensamiento progresa. No hay un bloque a favor y un bloque en contra: hay un recorrido en el que cada paso surge del anterior.
Por ejemplo, en lugar de escribir:
Argumento a favor 1: Descartes defiende que el yo es una sustancia pensante indudable.
Argumento a favor 2: Agustín sostiene que la memoria nos hace presentes a nosotros mismos.
Argumento en contra 1: Hume afirma que solo encontramos percepciones sueltas, nunca un yo…
Argumento en contra 2: Nietzsche sostiene que el sujeto es una invención de la gramática…
Podrías escribir:
Descartes sostiene que el yo es una sustancia pensante cuya existencia resulta indudable. Hume acepta el método, mirar dentro de la propia experiencia, y vuelve el resultado en su contra: cuando mira dentro de sí, nunca encuentra un yo, solo percepciones sueltas que se suceden. Ahora bien, su objeción prueba que no percibimos el yo, no que el yo no exista: quizá la identidad no sea algo que se percibe, sino algo que se construye…
Esta estructura es más exigente pero produce disertaciones mucho más ricas.
Herramientas para trabajar los argumentos
Estas cuatro operaciones sirven para manejar cualquier argumento, sea tuyo o de la posición contraria. No hay que usarlas todas ni en todas las disertaciones: son ayudas para cuando no sepas cómo seguir. Las dos primeras te servirán en cualquier estructura. Las dos últimas, acotar e invertir, son las que hacen posible la estructura dialéctica: sin ellas, los argumentos no pueden responderse entre sí.
Conceder. Reconocer lo que un argumento tiene de razón antes de responderle. Se escribe con fórmulas como «esta objeción es seria, porque…» o «hay algo verdadero en esta idea». Parece una debilidad y es lo contrario: quien reconoce la fuerza del contrario y aun así le responde resulta mucho más convincente que quien finge que el contrario no decía nada. Lo opuesto es una falacia, el hombre de paja: debilitar la posición contraria para vencerla con facilidad. Ten presente que en la rúbrica el hombre de paja puntúa cero en honestidad intelectual: si la posición contraria queda ridícula en tu texto, es casi seguro que la has caricaturizado.
Buscar un contraejemplo. Si un argumento afirma algo con «todos», «siempre» o «nunca», un solo caso contrario lo derriba. Si alguien dice «todos los profesores mandan deberes» y encuentras uno que no manda, la afirmación era falsa. Cuidado: contra «la mayoría de los profesores mandan deberes» un caso contrario no prueba nada, porque esa afirmación ya contaba con las excepciones. Esta herramienta no siempre podrá usarse, y no pasa nada: solo funciona con afirmaciones universales.
Acotar. Aceptar que un argumento prueba algo y mostrar hasta dónde llega de verdad: «tienes razón, pero no tanta». La manera habitual de acotar es distinguir: separar dos cosas que estaban mezcladas y mostrar que el argumento vale para una pero no para la otra. La distinción puede ser de grado (los videojuegos no son malos; jugar demasiado, sí) o de aspecto (que todos los ladrillos de un edificio vengan de la fábrica no significa que el plano del edificio venga de ella). Acotar sirve también con tu propia tesis: decir bajo qué condiciones se sostiene, o qué casos no resuelve, puntúa en la rúbrica.
Invertir. Mostrar que un argumento, bien entendido, prueba lo contrario de lo que pretendía. Quien afirma que la filosofía no sirve para nada está defendiendo una tesis filosófica, así que necesita la filosofía para atacarla. Es la herramienta más espectacular cuando funciona y la más ridícula cuando se fuerza: úsala solo si la inversión es real.
💡 Tip: existen más herramientas (el experimento mental, la reducción al absurdo, el dilema, la autorrefutación) explicadas con ejemplos en la página de Técnicas argumentales.
Cómo comprobar tu desarrollo
Muchas disertaciones parecen dialécticas y son una lista disfrazada. Hay dos pruebas para comprobarlo antes de entregar.
La prueba del orden. Coge dos argumentos que estén del mismo lado (dos a favor, o dos en contra) e imagina que los intercambias. ¿Se entiende igual? Si sí, están yuxtapuestos: cada uno va por su cuenta, como en una lista. Si no, porque el segundo se apoyaba en el primero o respondía a una objeción que este había dejado abierta, hay una cadena. En una estructura dialéctica de verdad, casi ningún párrafo del desarrollo puede moverse sin romper algo.
La prueba de los conectores. Mira con qué palabras empieza cada párrafo del desarrollo. Los conectores de suma (además, por otra parte, también, en segundo lugar) indican que estás añadiendo: es una lista. Los conectores de respuesta (ahora bien, sin embargo, contra esto cabe objetar, conviene distinguir) indican que estás contestando a lo anterior: es una cadena.
Si todos tus párrafos empiezan con conectores de suma, tu texto es una lista, por muchos autores que cites. Y no se arregla cambiando las palabras: hay que cambiar lo que hacen los párrafos.
Sobre la forma lógica
En tu disertación, al menos uno de los argumentos que utilices debe ir acompañado de la identificación explícita de su forma lógica. Las formas más habituales son el modus ponens (si P entonces Q; P; luego Q), el modus tollens (si P entonces Q; no Q; luego no P) y el silogismo disyuntivo (P o Q; no P; luego Q).
Para hacerlo, escribe el argumento en prosa normal y añade a continuación una frase que nombre la forma lógica y muestre su estructura aplicada a ese argumento concreto. Por ejemplo:
Si la identidad personal dependiera únicamente de la memoria, quien olvida su pasado dejaría de ser la misma persona. Pero quien olvida su pasado no deja de ser la misma persona, ni ante la ley ni ante los suyos. Luego la identidad personal no depende únicamente de la memoria. Este argumento sigue la forma de un modus tollens.
Debe quedar integrado en la prosa, no entre paréntesis ni en un esquema aparte: la forma lógica sirve para exhibir la estructura de un razonamiento que ya era bueno, no para disfrazar uno que no lo era.
Conclusión (aprox. 15% del texto). Debe hacer tres cosas:
- Responder a la pregunta tal como la reformulaste al final de la introducción, explicando si te reafirmas en la tesis o si cambias de postura, y qué argumentos han pesado más.
- Delimitar tu tesis: bajo qué condiciones se sostiene, qué casos no resuelve, o qué tendría que ocurrir para que dejara de ser válida. Ninguna tesis lo explica todo, y precisarlo no la debilita: la hace más fuerte. La rúbrica lo premia dentro de la honestidad intelectual.
- Señalar las consecuencias o implicaciones para el mundo actual.
💡 Tip: Las mejores conclusiones vuelven al principio y cierran el círculo. Si abriste con una imagen, una pregunta o un dato sorprendente, retómalo aquí y muestra cómo tu argumentación le ha dado un sentido nuevo.
Bibliografía. Al final del texto, tras la conclusión, incluye una lista de las obras que has citado. No cuenta para el límite de palabras. El formato es el siguiente:
- Apellido, N. (año). Título de la obra (trad. N. Apellido). Editorial.
Por ejemplo:
- Hume, D. (2012). Tratado de la naturaleza humana. En David Hume. Gredos.
- Ortega y Gasset, J. (1964). «Historia como sistema». En Obras completas, tomo VI. Revista de Occidente.
Consejos de redacción
- Busca una apertura que enganche: una imagen, una paradoja, un dato sorprendente, una pregunta provocadora, una experiencia personal.
- Haz frases cortas y claras. Evita las subordinadas en cadena.
- Busca las palabras exactas. Evita afirmaciones vagas.
- Los ejemplos que puntúan como propios son los que no aparecen ni en los textos de práctica ni en clase: de tu experiencia, de la actualidad, de la naturaleza, de la cultura. Un buen ejemplo propio no solo adorna: si al quitarlo el argumento pierde fuerza, es que estaba haciendo trabajo de verdad. Esa es la diferencia que la rúbrica premia.
- Una cita sola, sin explicación, no demuestra nada. Explica siempre qué quiere decir el autor y por qué es relevante para tu argumento.
- Un argumento no es una frase. Requiere desarrollo, ejemplo y, si puede ser, una cita explicada.
- Reserva la primera persona para la tesis y la conclusión. En el desarrollo, expón los argumentos de forma impersonal.
Fases de escritura
Producción. Escribe todas las ideas sin preocuparte por el orden ni la corrección. El objetivo es sacar todo lo que tienes en la cabeza.
Edición. Ordena las ideas, redacta los párrafos, integra las citas con su explicación, conecta los argumentos entre sí.
Revisión. Lee el texto completo: ¿se entiende la tesis?, ¿los argumentos la sostienen?, ¿las citas están explicadas?, ¿la conclusión responde a la pregunta y delimita la tesis? Aplica la prueba del orden y la de los conectores. Comprueba la ortografía, cuenta las palabras y pasa a limpio.
Ejemplo de disertación
La siguiente disertación es un ejemplo de cómo aplicar los pasos anteriores. No es un modelo perfecto: es un ejemplo de trabajo bien hecho que puedes usar como referencia.
¿Seguimos siendo la misma persona a lo largo de la vida?
En 1953, un joven estadounidense llamado Henry Molaison fue operado para tratar una epilepsia grave. La cirugía funcionó contra las crisis, pero tuvo un efecto que nadie esperaba: Henry perdió la capacidad de formar recuerdos nuevos. Durante los cincuenta y cinco años que le quedaban de vida, cada persona que conocía volvía a ser un desconocido a los pocos minutos, y cada mañana su historia se detenía en 1953. Y sin embargo, quienes lo trataron durante décadas coincidían en algo notable: seguía siendo Henry, con su carácter afable, su paciencia y su sentido del humor. Su caso plantea con crudeza la pregunta «¿seguimos siendo la misma persona a lo largo de la vida?», que admite varias lecturas. Puede referirse a si hay en nosotros algo que permanezca idéntico bajo todos los cambios, como un alma o una sustancia: si lo hay, la identidad estaría garantizada, pero habría que explicar por qué nunca lo percibimos. Puede referirse a si la memoria es lo que une al niño que fuimos con el adulto que somos: si lo es, quien la pierde perdería en algún sentido su identidad, y el caso de Henry lo desmiente a medias. O puede referirse a si la identidad es algo que se descubre o algo que se construye: si se construye, cada uno sería en parte autor de sí mismo. La segunda y la tercera lectura son las más fecundas, porque no dan por resuelto lo que está en juego, y pueden tratarse juntas: ambas buscan la identidad en algo que hacemos, no en algo que tenemos. La pregunta, entonces, es esta: si no hay una sustancia inmutable que nos sostenga, ¿de qué está hecha la continuidad que nos permite decir «sigo siendo yo»?
La tesis que defenderé es que seguimos siendo la misma persona a lo largo de la vida, aunque no gracias a una sustancia inmutable: la identidad se sostiene sobre la continuidad de la memoria y del propio proyecto.
La posición clásica contraria a esta tesis merece exponerse primero y con toda su fuerza, porque es la más intuitiva. Descartes sostiene que el yo es una sustancia pensante cuya existencia resulta indudable: puedo dudar de mi cuerpo y del mundo entero, pero no de que existo mientras pienso, y ese algo que piensa, duda, afirma y niega es lo que soy (Descartes, 2011, pp. 170-174). Si esto es correcto, la identidad está asegurada de antemano: bajo todos los cambios habría un mismo sujeto pensante, simple e idéntico, que los atraviesa intacto. La fuerza de la posición está en su punto de partida: nadie puede negar que hay pensamiento.
Contra esta seguridad se levanta la objeción de Hume, y conviene apreciar su precisión. Acepta el método cartesiano de mirar dentro de la propia experiencia, y encuentra otra cosa: cuando entra en lo que llama «sí mismo», tropieza siempre con alguna percepción particular, de calor o frío, de placer o dolor, y jamás consigue atraparse a sí mismo sin percepción alguna. De ahí concluye que no somos sino un haz de percepciones que se suceden con rapidez inconcebible (Hume, 2012, pp. 265-266). El argumento admite una formulación exacta: si el yo fuera una sustancia simple e idéntica, deberíamos tener alguna impresión constante de ella; pero no tenemos ninguna impresión constante de tal cosa; luego el yo no es una sustancia simple e idéntica. Este argumento sigue la forma de un modus tollens.
La objeción es seria y no puede esquivarse, pero conviene acotar lo que prueba. Hume demuestra que no percibimos un yo sustancial, y de ahí se sigue que la identidad no puede apoyarse en una sustancia observable. No se sigue, en cambio, que no haya identidad alguna: una cosa es que el yo no sea un objeto que se encuentra al mirar dentro, y otra que la palabra «yo» no nombre nada. La ley, la promesa, la culpa y la gratitud presuponen que quien actuó ayer es quien responde hoy, y esas prácticas no se derrumban por el hecho de que nadie perciba su sustancia pensante. Lo que la objeción de Hume obliga a hacer es buscar la identidad en otro sitio: no en algo que se tiene, sino en algo que se mantiene.
Agustín señala el primer candidato. En el libro X de las Confesiones describe la memoria como un palacio inmenso donde están guardados el cielo, la tierra y el mar junto con todo lo que ha vivido, y donde, dice, me encuentro también conmigo mismo (Agustín de Hipona, 2010, pp. 482-484). La memoria no sería un simple archivo: sería el lugar donde el pasado sigue siendo mío, y por eso el niño que fui y el adulto que soy pertenecen a una misma vida. La propuesta es poderosa, pero el caso de Henry Molaison marca exactamente su límite. Si la identidad consistiera solo en la memoria, Henry habría dejado de ser Henry en 1953, y no fue así: su carácter, su trato y su manera de estar en el mundo persistieron cuando los recuerdos ya no podían formarse. La memoria sostiene mucho de lo que somos, pero no lo sostiene todo.
Ortega ofrece la pieza que falta. Sostiene que el hombre no tiene naturaleza, sino que tiene historia: no somos una cosa hecha, sino un quehacer, un proyecto que va decidiéndose en cada situación, y lo que hemos sido opera como el repertorio desde el cual elegimos lo que vamos a ser (Ortega y Gasset, 1964, pp. 32-41). Con esto, la identidad deja de ser un objeto y pasa a ser una tarea: soy el mismo no como una piedra es la misma, por inercia, sino como una novela es la misma, por la trama que une sus capítulos. Y esta idea permite entender lo que la memoria sola no explicaba: la continuidad de Henry no estaba en sus recuerdos, que ya no se formaban, sino en la manera de ser que su vida anterior había ido labrando y que seguía actuando en él.
A la luz de este recorrido, considero que seguimos siendo la misma persona, aunque no del modo en que la tradición lo esperaba. Descartes acierta al señalar que hay algo innegable en la primera persona, pero se excede al convertirlo en una sustancia; Hume acierta al desmontar esa sustancia, pero su argumento no alcanza a la identidad como continuidad; Agustín y Ortega muestran de qué está hecha esa continuidad: de memoria y de proyecto, de lo que conservamos y de lo que vamos haciendo con ello. Conviene, con todo, delimitar la tesis. Se sostiene mientras exista alguna continuidad, de recuerdos, de carácter o de proyecto, que enlace los estados de una vida; en los casos extremos en que toda continuidad se pierde, la pregunta por la identidad deja de tener una respuesta clara, y es honesto reconocer que ahí la tesis no decide nada. La implicación para el presente es directa: si la identidad es en parte tarea, entonces no está simplemente dada, y cuidar la propia memoria, los propios vínculos y el propio proyecto no es un adorno de la vida, sino la manera de seguir siendo alguien.
Henry Molaison no recordaba a las personas que lo cuidaban, pero les sonreía con la misma amabilidad cada vez que las veía por primera vez. Quizá esa sea la respuesta que su caso ofrece: lo que somos no se guarda solo en lo que recordamos, sino en lo que hemos llegado a ser.
Bibliografía
- Agustín de Hipona (2010). Confesiones (trad. O. A. Encuentra). Gredos.
- Descartes, R. (2011). Meditaciones metafísicas (trad. M. C. Flórez). En Descartes. Gredos.
- Hume, D. (2012). Tratado de la naturaleza humana. En David Hume. Gredos.
- Ortega y Gasset, J. (1964). «Historia como sistema». En Obras completas, tomo VI. Revista de Occidente.
III. EVALUACIÓN
Rúbrica de evaluación
| Criterio | Deficiente | Aceptable | Notable | Excelente |
|---|---|---|---|---|
| Estructura e introducción hasta 2 puntos | 0,5 pt. Falta alguna parte esencial o la organización resulta confusa. La tesis no aparece con claridad. | 1 pt. Introducción, desarrollo y conclusión reconocibles. La tesis se formula con claridad y se retoma al final. | 1,5 pt. La introducción despliega las interpretaciones de la pregunta con sus implicaciones y justifica cuál se elige. La conclusión añade consecuencias o implicaciones actuales. | 2 pt. Además, la interpretación elegida orienta de principio a fin el desarrollo, y la conclusión responde a la pregunta tal como quedó planteada en la introducción. |
| Argumentación hasta 3,5 puntos | 0,5 pt. Los argumentos apenas se desarrollan. Faltan ejemplos o citas, o estas no se explican. No se consideran posiciones contrarias. | 2 pt. Presenta al menos dos argumentos a favor y dos en contra, cada uno con ejemplos y una cita explicada. Los argumentos se exponen por separado, sin relacionarse entre sí. | 3 pt. Se comparan las posiciones y se señalan las fortalezas y las debilidades de cada una. La valoración final está razonada. | 3,5 pt. Los argumentos se responden entre sí: se concede lo que la posición contraria prueba y se muestra hasta dónde llega, o se invierte a favor de la tesis. La reflexión progresa. Al menos un argumento presenta de forma explícita su forma lógica. |
| Honestidad intelectual hasta 1 punto | 0 pt. La posición contraria se caricaturiza, se presenta en su versión más débil o se le atribuye lo que no dice (hombre de paja). | 0,5 pt. La posición contraria se expone correctamente, aunque de forma escueta. | 0,75 pt. La posición contraria se expone en su versión más fuerte, con el mismo rigor que la propia. | 1 pt. Además, se delimitan las condiciones en que la propia tesis se sostiene, o los casos que no logra resolver. |
| Ejemplos propios hasta 1,5 puntos | 0,25 pt. No usa ejemplos, o solo los que aparecen en los textos de práctica y en clase. | 0,75 pt. Usa algún ejemplo propio, aunque resulte decorativo o poco relacionado con el argumento. | 1 pt. Usa al menos dos ejemplos propios, pertinentes y bien elegidos para el argumento que ilustran. | 1,5 pt. Los ejemplos propios no solo ilustran: hacen avanzar el argumento, porque muestran algo que la cita por sí sola no mostraba. |
| Claridad y precisión expresiva hasta 2 puntos | 0,5 pt. Vocabulario impreciso. Párrafos poco conectados. Frases difíciles de seguir. | 1 pt. Vocabulario sencillo pero adecuado. El texto se entiende correctamente. | 1,5 pt. Vocabulario preciso y uso correcto de los conceptos filosóficos. Los párrafos se enlazan con conectores adecuados y la lectura es fluida. | 2 pt. Expresión rigurosa y matizada. Cada palabra dice exactamente lo que debe decir. Estilo cuidado. |
Nota final: suma de los cinco criterios sobre 10 puntos, menos las penalizaciones. En cada criterio se asigna uno de los cuatro valores de la tabla, sin puntuaciones intermedias.
Sobre la estructura: quien sigue correctamente la estructura básica puede alcanzar el nivel notable. El nivel excelente exige que los argumentos se respondan entre sí, que la reflexión avance más allá de una simple acumulación de ideas y que al menos un argumento presente su forma lógica de manera explícita.
Condiciones de entrega
Si no se cumplen, la disertación no se corrige:
- Entregada en clase, dentro del plazo establecido.
- Escrita a mano, en folios en blanco, con letra legible.
- Al final del texto, tras la bibliografía, debe figurar el número de palabras de la disertación (sin contar la bibliografía).
El recuento forma parte del trabajo: llevarlo durante la redacción es la manera de ajustar la extensión mientras aún se puede corregir.
Penalizaciones
| Concepto | Descuento |
|---|---|
| Extensión (no acumulable: se aplica solo el tramo correspondiente, sobre el número de palabras declarado) Desviación de hasta 100 palabras (1100-1199 o 1601-1700) | −0,5 |
| Desviación de 100 a 200 palabras (1000-1099 o 1701-1800) | −1 |
| Desviación superior a 200 palabras (menos de 1000 o más de 1800) | −2 |
| Presentación (acumulable hasta un máximo de −1) Sin sangría en la primera línea de cada párrafo | −0,25 |
| Sin márgenes | −0,25 |
| Tachones o correcciones visibles | −0,5 |
| Ortografía (acumulable, sin límite) Por cada falta de ortografía | −0,25 |
| Por cada falta de tilde | −0,05 |
Recursos
Bibliografía
Fuentes primarias
- Agustín de Hipona (2010). Confesiones (trad. O. A. Encuentra). Gredos.
- Descartes, R. (2011). Meditaciones metafísicas (trad. M. C. Flórez). En Descartes. Gredos.
- Hume, D. (2012). Tratado de la naturaleza humana. En David Hume. Gredos.
- Leibniz, G. W. (1981). Monadología. Pentalfa.
- Nietzsche, F. (2016). Más allá del bien y del mal. En Obras completas, vol. IV. Tecnos.
- Ortega y Gasset, J. (1964). «Historia como sistema». En Obras completas, tomo VI. Revista de Occidente.
- Platón (1986). Fedón. En Diálogos, Tomo III (trad. C. García Gual). Gredos.
- Sartre, J.-P. (2009). El existencialismo es un humanismo (trad. V. Prati de Fernández). Edhasa.
Manuales, historias de la filosofía y obras de referencia
- Copleston, F. C. (1996). Historia de la filosofía. Vol. IX. De Maine de Biran a Sartre. Ariel.
- Ferrater Mora, J. (1964). Diccionario de filosofía (2 vols.). Sudamericana.
- Honderich, T. (dir.) (2001). Enciclopedia Oxford de filosofía. Tecnos.
- MacIntyre, A. (2001). Animales racionales y dependientes. Paidós.
- Sánchez Meca, D. (2012). Diccionario esencial de filosofía. Tecnos.
- Stevenson, L. y otros (2018). Trece teorías de la naturaleza humana. Cátedra.
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Glosario
GLOSARIO
Animal no fijado todavía. Expresión de Nietzsche para describir al ser humano: a diferencia de los demás animales, cuya forma está determinada por la naturaleza, carece de una esencia fija y tiene la tarea de crearse a sí mismo.
Apercepción. En Leibniz, la conciencia reflexiva de sí mismo, es decir, no solo percibir sino saber que se percibe. Solo las mónadas humanas la poseen, a diferencia de las animales y las inferiores.
Causa eficiente. En Aristóteles, la causa que explica el origen del movimiento de un ser. En los vivientes, esa causa es el alma, que actúa como agente interno, a diferencia de las cosas artificiales, movidas desde fuera.
Causa final. En Aristóteles, la causa que explica el movimiento de un ser señalando el fin u objetivo hacia el que tiende. La ciencia moderna, desde Bacon y Descartes, excluyó este tipo de causa del estudio de la naturaleza.
Causa formal. En Aristóteles, la causa que explica la esencia de un ser: lo que lo hace ser lo que es. El alma es la causa formal del viviente, porque define su modo de ser y de comportarse.
Causa sui. Expresión latina, «causa de sí mismo», que Descartes aplica a Dios: el único ser que existe por sí mismo sin depender de ninguna otra sustancia que lo produzca o lo sostenga.
Cogito. Abreviatura de «cogito ergo sum» (pienso, luego existo), la primera verdad cierta de Descartes: incluso dudando de todo, la duda misma confirma que hay un sujeto que piensa.
Concilio de Nicea. Concilio del año 325 en que se fijó el dogma de que Cristo tiene dos naturalezas, humana y divina, pero una sola persona, lo que dio origen filosófico al concepto de persona.
Condena a la libertad. Expresión de Sartre: no elegimos existir, pero una vez que existimos somos absolutamente responsables de todo lo que hacemos, sin poder apelar a ninguna naturaleza ni destino que nos justifique.
Dualismo antropológico. Concepción que distingue en el ser humano dos principios irreductibles, alma y cuerpo. En Platón su unión es accidental y conflictiva; se opone al hilemorfismo aristotélico, que los concibe unidos naturalmente.
Dualismo cartesiano. Versión moderna del dualismo propuesta por Descartes: el ser humano es la unión de la res cogitans (alma pensante) y la res extensa (cuerpo material), comunicadas a través de la glándula pineal.
Escolástica. Corriente filosófica y teológica medieval, cuya figura máxima es Tomás de Aquino, que trató de armonizar la fe cristiana con la filosofía de Aristóteles mediante el método de cuestión y disputa racional.
Faciendum / Factum. Distinción de Ortega y Gasset: un factum es algo ya hecho y fijo; un faciendum es un proyecto por hacer. Para Ortega, la vida humana no es un factum sino un faciendum.
Fin en sí mismo. Principio ético de Kant según el cual las personas nunca deben tratarse solo como medios, sino siempre también como fines, por su capacidad racional y su autonomía.
Giro antropológico. Desplazamiento del interés filosófico, protagonizado por Sócrates, desde el estudio de la naturaleza exterior hacia el estudio del ser humano: qué es, qué puede conocer y cómo debe vivir.
Glándula pineal. En Descartes, el órgano cerebral a través del cual interactúan el alma (res cogitans) y el cuerpo (res extensa), elegido por carecer de par simétrico. Su solución fue muy criticada.
Hilemorfismo aristotélico. Teoría de Aristóteles según la cual todo viviente es una unión inseparable de materia y forma, cuerpo y alma, que no pueden existir el uno sin el otro. Se opone al dualismo platónico.
Homo / Persona. Distinción del derecho romano: homo designa a todo miembro de la especie humana; persona, a quien además posee estatus jurídico de ciudadano libre. Los esclavos eran homines pero no personae.
«La existencia precede a la esencia». Tesis de Sartre: a diferencia de un objeto fabricado, el ser humano existe primero y solo después se define por lo que hace, porque no hay naturaleza humana previa que lo determine.
Libre albedrío. Capacidad de elegir entre alternativas sin estar determinado por completo por causas externas. Para Agustín reside en la voluntad; para Kant es lo que hace posible la moral y la condición de persona.
Mónadas. En Leibniz, sustancias simples e indivisibles que constituyen toda la realidad. Cada una es única, carece de «ventanas» al exterior y refleja el universo entero desde su propia perspectiva.
Persona. Categoría que en el derecho romano designa al ciudadano libre, y que el pensamiento cristiano, a partir del debate trinitario, transforma en la idea de que todo ser humano posee una dignidad única e indivisible.
Razón inferior / razón superior. Distinción de Agustín: la razón inferior conoce las realidades sensibles y mutables del mundo; la razón superior alcanza la sabiduría, el conocimiento de las Ideas de Dios que orienta hacia él.
Razón práctica / razón teórica. Distinción de Kant: la razón teórica conoce el mundo como fenómenos sometidos a leyes causales; la razón práctica nos permite actuar como agentes libres, dándonos a nosotros mismos leyes morales.
Res cogitans. Expresión latina de Descartes, «cosa pensante»: el alma, sustancia inmaterial cuya naturaleza es el pensamiento (imaginar, querer, dudar). Se identifica con el yo del cogito y se opone a la res extensa.
Res extensa. Expresión latina de Descartes, «cosa extensa»: todo lo que ocupa un lugar en el espacio y puede medirse, como el cuerpo humano. Se opone a la res cogitans.
Ser histórico. Concepción de Ortega y Gasset: el ser humano no tiene una esencia fija dada por la naturaleza, sino que construye su identidad mediante las elecciones de su vida. «El hombre no tiene naturaleza, sino historia».
Sustancia. Aquello que existe por sí mismo sin necesitar de otra cosa. Aristóteles la aplica a los seres individuales; Descartes la reserva propiamente para Dios y la aplica de forma derivada al alma y al cuerpo.
Tres almas de Platón. Las tres partes del alma según Platón: la racional, inmaterial y guía de las otras; la irascible, sede del honor y las pasiones; y la concupiscible, origen de los deseos materiales.
Trinidad. Dogma cristiano según el cual Dios es una sola sustancia en tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Su debate teológico dio al concepto de persona su significado filosófico propio.
Yo (crítica de Hume). Hume niega que exista un yo permanente: al introspeccionar solo hallamos percepciones cambiantes que se suceden unas a otras, y es la memoria la que crea la ilusión de una identidad continua.
«Yo soy yo y mi circunstancia». Fórmula de Ortega y Gasset: el ser humano es inseparable del mundo concreto en que vive (su época, su sociedad, su cultura), que forma parte constitutiva de su identidad, no un obstáculo externo a ella.
Quiz