Teoría del conocimiento

Teoría

 

¿QUÉ ES CONOCER?

¿Podemos estar seguros de lo que conocemos? ¿De dónde proviene nuestro conocimiento? ¿Hay alguna fuente absolutamente fiable? ¿Puede la imaginación ser fuente de conocimiento? ¿Puede la sensación de certeza garantizar que lo que creemos es realmente verdadero? ¿Es posible justificar nuestro conocimiento de forma completa? ¿Hay una diferencia clara entre conocimiento y opinión?

Estas preguntas constituyen el núcleo de la epistemología o teoría del conocimiento, una de las ramas más antiguas y centrales de la filosofía. No se trata de preguntas académicas: están en juego cada vez que alguien afirma que algo es verdad, que tiene razones para creerlo o que puede demostrarlo. La historia de la filosofía puede leerse, en buena medida, como una serie de respuestas distintas a estas mismas preguntas.

 

TEORÍAS DEL CONOCIMIENTO EN LA ANTIGÜEDAD

Mientras que la mayoría de los presocráticos se interesaron principalmente por el conocimiento de la naturaleza exterior, Sócrates (470–399 a. C.) dio un giro decisivo: comenzó a prestar atención a los conceptos e ideas que subyacen a nuestras experiencias sensibles y a nuestra comunicación con los demás. Si queremos conocer qué es la justicia, la belleza o el bien, no basta con observar el mundo: hay que examinar las ideas mismas.

Sócrates: la ironía y la mayéutica

Sócrates fue quizá el primer filósofo que subraya la importancia de la razón como herramienta indispensable para alcanzar un conocimiento objetivo. Su método es dialéctico, es decir, basado en el diálogo, y consta de dos momentos.

El primero es la ironía: Sócrates se muestra ignorante ante su interlocutor y, mediante preguntas, le hace ver que tampoco sabe lo que creía saber. Es el famoso «solo sé que no sé nada»: no como renuncia al conocimiento, sino como punto de partida honesto.

El segundo momento es la mayéutica (del griego maieutikē: el arte de la partera). Con nuevas preguntas, Sócrates ayuda al interlocutor a «dar a luz» los conocimientos que ya lleva dentro. La idea es que el verdadero conocimiento no se transmite desde fuera sino que se descubre desde dentro, mediante el ejercicio de la razón.

💡 Tip: Sócrates no escribió nada. Lo conocemos casi exclusivamente a través de los diálogos de Platón, su discípulo. Eso hace difícil separar lo que pensó el maestro de lo que añadió el alumno.

Los sofistas: relativismo y escepticismo

A Sócrates se les suelen contraponer los sofistas, maestros profesionales de retórica y oratoria que llegaron a Atenas procedentes de distintas partes del mundo griego. El contacto con culturas y leyes muy diferentes les llevó a cuestionar la existencia de una verdad universal.

Algunos defendieron el relativismo: no existe una verdad absoluta y objetiva; cada persona, cultura o ciudad tiene la suya. La frase de Protágoras lo resume bien: «El hombre es la medida de todas las cosas». Otros fueron más lejos y defendieron el escepticismo: la verdad no existe o, si existiera, sería imposible conocerla.

Para Sócrates, el relativismo y el escepticismo son posiciones que se destruyen a sí mismas: si no hay verdad objetiva, tampoco es objetivamente verdad que no la hay. El debate entre Sócrates y los sofistas es el primer gran debate de la historia de la epistemología, y sus términos siguen siendo actuales.

Platón: la teoría de las Ideas y la reminiscencia

Platón (428/7–348/7 a. C.) sigue los pasos de Sócrates y los lleva mucho más lejos. Para él existen dos mundos radicalmente distintos: el mundo sensible, formado por las cosas materiales, temporales y cambiantes que percibimos con los sentidos, y el mundo inteligible o mundo de las Ideas, formado por realidades inmateriales, eternas e inmutables (la Idea de Justicia, la Idea de Belleza, la Idea de Bien…). Las cosas del mundo sensible no son verdaderamente reales: solo participan de las Ideas, de las que son copias imperfectas.

De ahí se sigue una concepción original del conocimiento: conocer no es aprender algo nuevo, sino recordar (anámnesis o reminiscencia). Antes de nacer, nuestra alma habitó el mundo de las Ideas y las contempló directamente. Al caer al mundo sensible, olvidó ese conocimiento. La experiencia de las cosas sensibles actúa como un estímulo que nos ayuda a recordarlo.

Para entender por qué Platón llega a postular un mundo de Ideas separado del mundo sensible, es útil recurrir a la metáfora que él mismo usa en el Fedón: la de las dos navegaciones. La primera navegación es la que hacen los filósofos naturalistas, los presocráticos, que intentan explicar la realidad observando directamente los fenómenos del mundo sensible, confiando en los vientos favorables de los sentidos. Pero esa navegación, según Platón, encalla: los sentidos solo nos dan información de cosas cambiantes y contradictorias, incapaces de fundamentar un conocimiento verdadero y estable. Ante ese fracaso, Platón emprende una segunda navegación, a remo, sin viento: en lugar de seguir mirando el mundo sensible, decide refugiarse en los logoi, en los argumentos y conceptos racionales, y examinar en ellos la verdad de las cosas. Es en ese giro hacia la razón pura donde descubre que tiene que haber realidades inmateriales, eternas e inmutables —las Ideas— que den fundamento a todo lo que los sentidos perciben como cambiante e imperfecto.

Pero descubrir que existen las Ideas no resuelve por sí solo el problema del conocimiento. Queda una pregunta más difícil: si hay dos mundos —el sensible y el inteligible—, ¿cómo se relaciona cada uno de ellos con lo que podemos conocer? ¿Hay un solo tipo de conocimiento o varios, según el objeto al que se dirija la mente? Para responder a eso, Platón propone en la República dos imágenes complementarias: el símil de la línea y el mito de la caverna. La primera es una representación abstracta y esquemática; la segunda, una alegoría narrativa que dice lo mismo con mayor fuerza dramática.

El símil de la línea (República, 509d–511e)

En el símil de la línea, Platón propone dividir una línea en dos segmentos desiguales. El primero, más pequeño, representa el grado de conocimiento que se puede tener de las cosas materiales, que según Platón no puede ser más que mera opinión o doxa. Esto es así porque estas cosas cambian constantemente y su escasa realidad la obtienen por participar de las Ideas o conceptos, los cuales existen por sí mismos y no cambian. De estos últimos sí cabe un verdadero conocimiento o episteme, al que remite el segmento mayor. Dentro de cada uno de esos grandes segmentos, Platón establece una nueva división, también desigual, de manera que, de izquierda a derecha, los segmentos son cada vez mayores, significando con ello que los anteriores son copias imperfectas de los posteriores.

  • Eikasía (imaginación): la opinión que nos formamos de las cosas que imaginamos o que son sombras de los objetos percibidos por los sentidos. Es el grado más bajo de la doxa.
  • Pístis (creencia): la percepción de los propios objetos sensibles. Es el grado más alto de la doxa, pero sigue siendo mera opinión.
  • Dianoia (pensamiento discursivo, razonamiento, cálculo): el conocimiento de los entes matemáticos, como las formas geométricas. Platón los entiende como entes intermedios: a diferencia de los objetos sensibles, son eternos e inmóviles; pero a diferencia de las Ideas, son múltiples, pues puede haber muchos triángulos semejantes mientras que la Idea de triángulo es una sola (Aristóteles, Metafísica, I, 6, 987b 15). El conocimiento de esas entidades lo alcanzamos recordándolas a partir de la observación de las cosas sensibles que participan de ellas.
  • Noesis (intuición intelectual): el conocimiento inmediato de las Ideas puras (Bien, Justicia, Belleza…), la verdadera realidad. Es el grado más alto de la episteme y el único que Platón considera conocimiento en sentido pleno. El camino hacia él pasa por la dialéctica, que Platón entiende como el método filosófico por excelencia: el uso puro de la razón, sin apoyarse en ningún objeto sensible ni en hipótesis matemáticas, para captar las Ideas directamente. La dialéctica ascendente es el movimiento por el que la mente se eleva progresivamente desde las Ideas más particulares y concretas hacia las más universales y abarcadoras, descubriendo en ese ascenso las relaciones de participación y dependencia entre ellas: cómo la Idea de Justicia participa de la Idea de Bien, cómo la Idea de Belleza también remite a ella, hasta llegar a la Idea de Bien, el principio supremo del que todas las demás Ideas dependen y del que reciben su ser y su verdad. La dialéctica descendente es el movimiento inverso: desde la Idea de Bien, el filósofo desciende de nuevo a través del sistema de Ideas para establecer con precisión las relaciones de combinación y articulación entre ellas, lo que Platón llama symploké. No todas las Ideas se combinan entre sí: la dialéctica descendente determina cuáles son compatibles y cuáles no, tejiendo así una red ordenada de relaciones que constituye la estructura inteligible de la realidad.

El mito de la caverna (República, 514a–517a)

En el mito de la caverna (República, 514a–517a), Platón pide que nos imaginemos una caverna en cuyo fondo están atados unos prisioneros de manera que solo pueden mirar hacia el frente, donde hay una pared sobre la que se proyectan unas sombras generadas por una fogata que ilumina unas figuras transportadas por otros hombres que van por un sendero. Lo único que los prisioneros conocen, y a lo que atribuyen por tanto realidad, es a esas sombras y a los sonidos y palabras que escuchan de los hombres.

En esa situación, Platón se pregunta qué pasaría si un prisionero fuese arrastrado a la fuerza a mirar las figuras que transportan esos hombres, luego el fuego y, finalmente, a salir de la caverna. Su respuesta se desarrolla en tres momentos:

  • La liberación: en un primer momento, el prisionero quedaría cegado por la luz del fuego. Pero poco a poco se iría dando cuenta del engaño en el que había vivido y cobrando conciencia de que, en realidad, está siendo liberado.
  • La contemplación: una vez fuera de la caverna, podría ver las verdaderas sombras, las cosas y el sol que las ilumina, llegando a la conclusión de que lo que había en la caverna no son más que copias imperfectas de lo verdaderamente real. No tendría ningún deseo de volver a ese mundo de meras apariencias.
  • El regreso: sin embargo, querría liberar a sus antiguos compañeros de la ignorancia en la que permanecen. Pero ellos se resistirían, pensando que les intenta engañar.

En este mito se aprecian, por tanto, los diferentes niveles de realidad y los distintos grados de conocimiento que Platón defiende: las sombras de la caverna corresponden a la eikasía; las figuras transportadas, a la pístis; las cosas del exterior, a la dianoia; y el sol, a la noesis y a la Idea de Bien.

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Platón y Aristóteles coinciden en que el conocimiento verdadero es universal y necesario, no particular ni cambiante. Pero discrepan radicalmente en cómo se alcanza: para Platón, la razón recuerda Ideas que el alma ya contempló antes de nacer; para Aristóteles, el entendimiento abstrae formas universales a partir de lo que los sentidos perciben. La pregunta que los separa —¿viene el conocimiento de dentro o de fuera?— es la misma que enfrentará a racionalistas y empiristas dos mil años después.


 

Aristóteles: abstracción y ciencia

Aristóteles (384–322 a. C.) fue discípulo de Platón, pero adoptó una posición radicalmente distinta. Rechaza tanto el mundo de las Ideas como la doctrina de la reminiscencia. Para él, todo nuestro conocimiento comienza en la experiencia sensible: los sentidos nos informan de los objetos del mundo y sus propiedades. No hay conocimiento innato.

Pero los sentidos solos no bastan. Los seres humanos poseemos además una facultad llamada Entendimiento (Nous), que nos permite captar las formas o esencias universales de las cosas más allá de sus características particulares. Aristóteles distingue dos aspectos del Entendimiento: el Entendimiento agente, que «ilumina» los contenidos sensibles, y el Entendimiento paciente, que los recibe y en el que se imprimen las formas universales. Es así como, a partir de la experiencia de cosas concretas, abstraemos conceptos universales: de ver muchos caballos distintos llegamos al concepto universal de «caballo».

El método inductivo-deductivo

Aristóteles es el primero en desarrollar de forma sistemática el método inductivo-deductivo:

  • Inducción: a partir de la observación de casos particulares, extraemos principios generales. Por ejemplo: observamos que este hierro se dilata con el calor, y ese hierro también, y aquel otro… y concluimos que todos los metales se dilatan con el calor.
  • Deducción: a partir de esos principios generales, extraemos conclusiones sobre casos particulares. Si todos los metales se dilatan con el calor, y el cobre es un metal, entonces el cobre se dilata con el calor.

induccion deduccion

Para Aristóteles, los principios generales a los que llegamos por inducción son necesariamente verdaderos, siempre que la observación se haya hecho correctamente. Esta confianza en la experiencia como punto de partida del conocimiento lo convierte en el fundador del empirismo científico.

Tipos de razonamiento y tipos de saber

Aristóteles distingue dos grandes tipos de razonamiento. Los razonamientos científicos o demostraciones parten de premisas verdaderas y necesarias, y permiten alcanzar conclusiones igualmente necesarias: son propios de las ciencias. Los razonamientos dialécticos parten de opiniones establecidas y compartidas por la mayoría: son propios de ámbitos como la ética y la política, donde no es posible la demostración pero sí el argumento razonado.

A estos dos tipos de razonamiento corresponden tres tipos de saber:

Tipo de saberEjemplosFinalidad
TeóricoMetafísica, Física, Matemáticas, Biología, LógicaEl conocimiento mismo. Se ocupa de lo necesario, de lo que no puede ser de otra manera.
PrácticoÉtica, PolíticaOrientar la acción humana. Se ocupa de lo contingente, de lo que puede ser de otra manera.
ProductivoArte, Retórica, PoéticaProducir cosas u obras. Su fin está fuera del propio saber.

El principio fundamental que gobierna todo razonamiento, tanto científico como dialéctico, es el principio de no contradicción: nada puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido. Sin este principio, ningún argumento sería posible.

 

Práctica

 

Lee atentamente cada texto y responde a las cuatro preguntas en tu cuaderno.

 

¿Y qué ocurre con el mismo Protágoras? Si no hubiese juzgado que el hombre es la medida de todas las cosas, y si el pueblo no lo pensara, como en efecto no lo piensa, ¿no sería necesario que la verdad tal como él la ha definido no existiese para nadie? Y si él ha creído esto, y la multitud piensa lo contrario, ¿no observas tú primeramente que en la misma medida que el número de los que no comparten su opinión sobrepasa el de sus partidarios, la verdad tal como él la entiende debe no existir más que existir? Pero, en segundo lugar, lo más divertido de él es esto. Protágoras, al afirmar que lo que le parece a cada uno es verdadero, concede que es verdadera la opinión de los que contradicen la suya y creen que se equivoca.

—Efectivamente.

—Así pues, ¿es necesario que su opinión sea falsa, ya que reconoce como verdadera la opinión de los que creen que se equivoca?

—Necesariamente.

—Los otros, por su parte, ¿reconocen que se equivocan?

—No, ciertamente.

—Así pues, ¿está obligado aún a reconocer esta opinión como verdadera, según sus escritos?

—Aparentemente.

—Por consiguiente, habrá oposición por todos lados, empezando por el mismo Protágoras. ¿O más bien Protágoras, al admitir que piensa con verdad el que tiene una opinión contraria a la suya, admite que ni el perro ni ningún hombre es la medida de ninguna cosa si no la ha estudiado? ¿No es así?

—Sí.

—Por consiguiente, ya que todos se oponen a ella, la verdad de Protágoras no es verdadera para nadie, ni para otro ni para él mismo.

Platón, Teeteto, 170e–171c. En Verneaux, R. (1988). Textos de los grandes filósofos. Edad Antigua. Herder, pp. 20–21.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si la tesis relativista de Protágoras, según la cual cada uno es la medida de la verdad, es coherente consigo misma.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Sócrates defiende que la tesis de Protágoras se refuta a sí misma. Si lo que le parece a cada uno es verdadero, entonces también es verdadera la opinión de quienes creen que Protágoras se equivoca. Protágoras se ve obligado a reconocer como verdadera la opinión de sus oponentes, pero sus oponentes no reconocen como verdadera la de él. Por tanto, la tesis de que no hay verdad objetiva termina siendo falsa incluso según sus propios criterios: no es verdadera para nadie, ni para sus adversarios ni para el propio Protágoras.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Sócrates usa dos argumentos. El primero es cuantitativo: la mayoría de la gente no acepta la tesis de Protágoras, y como según su propia doctrina toda opinión es verdadera, la opinión mayoritaria de que se equivoca también lo es. El segundo es lógico y más profundo: si todo lo que parece verdadero a alguien es verdadero, Protágoras debe conceder que es verdadera la opinión de quienes creen que su tesis es falsa. Pero aceptar la verdad de quienes lo niegan equivale a negar su propia tesis. Se produce así una contradicción que destruye el relativismo desde dentro, sin necesidad de recurrir a ningún argumento externo.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Sexto Empírico mantendría una posición diferente. Para él la refutación de Sócrates no demuestra que exista una verdad objetiva, sino solo que la formulación de Protágoras era defectuosa. La posición escéptica es más cuidadosa: no afirma que cada opinión sea verdadera, sino que suspende el juicio porque a cada argumento se le puede oponer otro de igual fuerza. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la refutación de Sócrates se basa en el principio de no contradicción, pero ese principio es una premisa que habría que justificar antes de usarla, y su justificación presupone aquello que pretende demostrar. Segundo, que el relativismo se autorrefute no demuestra que exista una verdad objetiva: solo demuestra que no podemos formular la tesis relativista sin caer en contradicción, lo cual es un problema del lenguaje, no una prueba de la existencia de verdades universales.

 

A favor de la objetividad del conocimiento


Que hay nociones por sí mismas tan evidentes, que se las obscurece queriéndolas definir como se hace en la escolástica, y que no se adquieren con el estudio sino que nacen con nosotros. Además he observado que los filósofos, tratando de explicar por las reglas de su lógica cosas evidentes por sí mismas, no han hecho otra cosa que obscurecerlas, y cuando he dicho que la proposición «pienso, luego existo» es la primera y más cierta que se presenta al que conduce ordenadamente sus pensamientos, no he negado por eso la necesidad de saber de antemano qué es el pensamiento, la certidumbre, la existencia, y que para pensar es preciso existir y otras cosas semejantes. Pero como estas nociones son tan simples que por sí mismas no nos proporcionan el conocimiento de ninguna cosa existente, no he juzgado que aquí hubiese que enumerarlas. Ahora bien, a fin de saber cómo el conocimiento que tenemos de nuestro pensamiento precede al que tenemos de nuestro cuerpo y es incomparablemente más evidente, y tal que, aunque éste no existiese, tendríamos razón para concluir que aquél no dejaría de ser todo lo que es; observaremos que es manifiesto por una luz natural que hay en nuestras almas, que la nada no tiene cualidades ningunas ni propiedades que le pertenezcan y que donde percibimos algunas de ellas, debe encontrarse necesariamente una cosa o substancia de la que dependan.

Descartes, R. Principios de la filosofía, I, §§10–11. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 17–18.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si existe algún conocimiento absolutamente cierto e indudable que pueda servir de fundamento objetivo para todo lo demás.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Descartes defiende que el conocimiento que tenemos de nuestro propio pensamiento es la primera verdad absolutamente cierta y objetiva, anterior e independiente de cualquier conocimiento del mundo exterior. La proposición «pienso, luego existo» no puede ser puesta en duda porque incluso el acto de dudar confirma que estamos pensando. Sobre esta certeza indudable puede construirse todo un edificio de conocimiento objetivo, ya que todo lo que se nos presente con la misma claridad y distinción será igualmente cierto.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Descartes usa dos argumentos. El primero es que hay nociones tan evidentes que cualquier intento de definirlas las oscurece: el pensamiento, la certidumbre y la existencia son de este tipo. Su evidencia no depende de la experiencia ni del estudio, lo que las convierte en verdades objetivas independientes del sujeto particular que las piense. El segundo es que el conocimiento de nuestro pensamiento es más cierto que el del cuerpo, porque incluso si el mundo exterior no existiese, la certeza de que pensamos permanecería intacta. Esto demuestra que hay al menos una verdad absolutamente objetiva que ninguna duda puede destruir.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Hume mantendría una posición diferente. Para él la certeza del cogito no garantiza ningún conocimiento objetivo del mundo, porque del hecho de que yo piense no se sigue nada sobre la realidad exterior. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la «claridad y distinción» que Descartes propone como criterio de verdad es un sentimiento subjetivo, no una garantía objetiva, porque muchas ideas que nos parecen claras y distintas resultan después ser falsas. Segundo, el cogito solo demuestra que existe pensamiento en el momento en que se piensa, pero no que exista un yo sustancial permanente detrás de ese pensamiento: Hume buscó esa impresión de un «yo» constante y no la encontró.

 


Confieso con franqueza que fue la advertencia de David Hume la que interrumpió, hace muchos años, mi sueño dogmático y dio a mis investigaciones en el campo de la filosofía especulativa una dirección completamente distinta. Estaba yo muy lejos de admitir sus conclusiones, que resultaban simplemente de que no vio el problema en toda su amplitud, sino que lo consideró solamente por uno de sus lados. Yo ante todo traté de ver si la objeción de Hume podía presentarse de una forma general, y en seguida vi que la relación entre causa y efecto no era la única por la que el entendimiento concibe a priori las relaciones, sino que la metafísica está enteramente constituida por ellas. Traté de asegurarme de su número y conseguí lo que quería, reduciéndolas a un único principio; pasé después a la deducción de estos conceptos, estando ya seguro de que no derivaban de la experiencia, como Hume había temido, sino que tenían su origen en el entendimiento puro. Así pues, habiendo conseguido resolver el problema de Hume, no sólo para un caso particular, sino para la razón pura entera, podía avanzar con seguridad, aunque siempre con lentitud, con el objeto de determinar por fin toda la extensión de la razón pura, límites y contenido, de un modo completo y conforme a los principios generales; esto es lo que necesita la metafísica para construir su sistema según un plan seguro.

Kant, I. Prolegómenos a toda metafísica futura, Introducción. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 117–119.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si el conocimiento a priori, es decir, independiente de la experiencia, es objetivo y legítimo, o si, como sostenía Hume, se reduce a un hábito psicológico sin fundamento racional.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Kant defiende que Hume tenía razón al cuestionar el concepto de causalidad, pero se equivocaba en su conclusión. Hume solo vio un lado del problema: creyó que, como la causalidad no procede de la experiencia, es un mero hábito subjetivo. Kant descubrió que la causalidad no es la única relación que el entendimiento concibe a priori, sino que hay todo un sistema de conceptos puros (categorías) que no derivan de la experiencia sino del entendimiento mismo. Esos conceptos tienen validez objetiva porque son las condiciones que hacen posible cualquier experiencia.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Kant usa dos argumentos. El primero es que la objeción de Hume, una vez generalizada, afecta no solo a la causalidad sino a toda la metafísica: si Hume tuviese razón, no habría conocimiento a priori de ningún tipo, lo que destruiría también las matemáticas y la física. El segundo es que Kant logró deducir los conceptos puros del entendimiento a partir de un único principio, demostrando que no proceden de la experiencia sino del entendimiento puro. Esa deducción establece su validez objetiva: no son hábitos subjetivos sino condiciones necesarias de toda experiencia posible.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Hume mantendría una posición diferente. Para él Kant no ha resuelto realmente su problema sino que lo ha esquivado, porque la «deducción» de los conceptos puros es una operación racional que presupone la validez de la razón, que es precisamente lo que está en cuestión. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, que Kant haya reducido los conceptos a priori a un sistema no demuestra que sean objetivos, solo que son sistemáticos; un hábito psicológico puede ser tan ordenado y consistente como una verdad racional sin por ello dejar de ser un hábito. Segundo, la afirmación de que los conceptos puros son «condiciones de toda experiencia posible» es inverificable: nunca podremos saber si la experiencia requiere esos conceptos necesariamente o si simplemente estamos tan acostumbrados a ellos que no podemos imaginar la experiencia sin ellos.

 


El tema central de esta conferencia será lo que acostumbro a llamar, a falta de un nombre mejor, «el tercer mundo». Para explicar esta expresión, habrá que señalar que, sin tomar demasiado en serio las palabras «mundo» o «universo», podemos distinguir los tres mundos o universos siguientes: primero, el mundo de los objetos físicos o de los estados físicos; en segundo lugar, el mundo de los estados de conciencia o de los estados mentales o, quizá, de las disposiciones comportamentales a la acción; y en tercer lugar, el mundo de los contenidos de pensamiento objetivo, especialmente, de los pensamientos científicos y poéticos y de las obras de arte. Así pues, es obvio que lo que denomino «el tercer mundo» tiene mucho que ver con la teoría de las Formas o Ideas de Platón y, por tanto, también con el espíritu objetivo de Hegel, si bien mi teoría difiere radicalmente en algunos aspectos decisivos de las de Platón y Hegel. Tiene aún más que ver con la teoría de Bolzano sobre el universo de las proposiciones en sí mismas y de las verdades en sí mismas, aunque también difiere de la de Bolzano. Mi tercer mundo se asemeja, en mayor medida, al universo de los contenidos objetivos del pensamiento de Frege.

Popper, K. R. (1992). Conocimiento objetivo. Un enfoque evolucionista. Tecnos, p. 106.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si el conocimiento puede ser objetivo, es decir, si puede existir independientemente de los sujetos que lo piensan.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Popper defiende que existe un «tercer mundo» de contenidos de pensamiento objetivo que es tan real como el mundo físico y el mundo mental, pero distinto de ambos. Las teorías científicas, los argumentos filosóficos y las obras de arte, una vez formulados, adquieren una existencia objetiva independiente de quien los piense. El teorema de Pitágoras, por ejemplo, sería verdadero aunque nadie lo pensara. Este tercer mundo tiene propiedades propias que pueden ser descubiertas pero no inventadas, lo que demuestra que el conocimiento objetivo es posible.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Popper usa dos argumentos. El primero es la distinción entre tres mundos: el mundo físico, el mundo mental y el mundo de los contenidos objetivos de pensamiento. La necesidad de distinguir el tercer mundo del segundo demuestra que el conocimiento no se reduce a estados mentales subjetivos: una teoría científica tiene propiedades objetivas (puede ser verdadera o falsa, consistente o contradictoria) que no dependen de lo que nadie piense o sienta sobre ella. El segundo es la conexión con la tradición filosófica: la idea de un ámbito de contenidos objetivos ha sido defendida, con variantes, por Platón (Ideas), Hegel (espíritu objetivo), Bolzano (proposiciones en sí) y Frege (contenidos objetivos del pensamiento). Que pensadores tan distintos converjan en esta idea sugiere que responde a algo real.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Marx mantendría una posición diferente. Para él no existe un mundo de contenidos de pensamiento objetivo independiente de los sujetos que lo producen. Todas las ideas, incluidas las científicas, son productos de las condiciones materiales y sociales en que viven los seres humanos. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si el tercer mundo fuera realmente independiente del mundo social, las mismas teorías científicas habrían surgido en cualquier época y cultura, pero la historia muestra que cada sociedad produce el tipo de conocimiento que sus condiciones materiales le permiten. Segundo, postular un mundo de verdades eternas e independientes del sujeto es una forma de ocultar que el conocimiento siempre sirve a intereses sociales concretos: presentar como «objetivo» lo que en realidad es el producto de una clase social dominante.

 

En contra de la objetividad del conocimiento


El hombre, dice Protágoras, es la medida de todas las cosas, para las que son, de su ser, para las que no son, de su no-ser. ¿Habrás leído esto sin duda? —Sí, y más de una vez. —¿Y no dice más o menos esto: las cosas son para mí tales como me parecen; y para ti tales como te parecen? Y tú y yo somos hombres. —En efecto, es lo que dice. […] Me ha sorprendido que al principio de su libro sobre la verdad no haya dicho que la medida de todas las cosas es el cerdo, el cinocéfalo o algún otro ser todavía más extraño de los que están dotados de sensación. Si las opiniones que se forman en nosotros por medio de las sensaciones son verdaderas para cada uno, si ninguno es más hábil que otro para distinguir la verdad o la falsedad de una opinión; si al contrario, como a menudo hemos dicho, cada cual juzga únicamente según sus impresiones, y si todos sus juicios son verdaderos y rectos, ¿en virtud de qué privilegio Protágoras sería sabio hasta el extremo de creerse con derecho de enseñar a los demás y de poner precio tan alto a sus lecciones, mientras que nosotros no seríamos más que unos ignorantes, condenados a asistir a su escuela, puesto que cada cual es para sí mismo la medida de su propia sabiduría?

Platón, Teeteto, 151e–162a. En Verneaux, R. (1988). Textos de los grandes filósofos. Edad Antigua. Herder, pp. 19–20.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si las cosas son objetivamente como son o si son para cada uno tal como le parecen.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

El texto expone la tesis relativista de Protágoras: cada persona es la medida de la verdad. Las cosas son para mí como me parecen y para ti como te parecen. No existe una verdad objetiva independiente de las percepciones de cada individuo. Sócrates presenta esta tesis con ironía, señalando sus consecuencias absurdas, pero el texto funciona como la mejor exposición del relativismo de la Antigüedad: si toda opinión es verdadera, nadie es más sabio que nadie, y la propia pretensión de Protágoras de ser maestro carece de sentido.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

La tesis de Protágoras se apoya en dos argumentos. El primero es perceptivo: las cosas se nos presentan de forma distinta a cada persona, y no hay un criterio externo a la percepción que permita decidir cuál de las percepciones es la correcta. Si el mismo viento le parece frío a uno y cálido a otro, ¿quién tiene razón? Cada uno tiene la suya. El segundo es que toda percepción es igualmente válida porque toda percepción es igualmente real para quien la experimenta. No hay un punto de vista privilegiado desde el que juzgar que una percepción es más verdadera que otra.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Platón mantendría una posición diferente. Para él existe una verdad objetiva, inmutable y universal —las Ideas— que es la misma para todos y que la razón puede conocer. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si cada percepción fuera igualmente verdadera, sería imposible el error, pero la experiencia cotidiana muestra que nos equivocamos constantemente, lo que prueba que hay una diferencia real entre lo verdadero y lo falso que no depende de nuestras percepciones. Segundo, las matemáticas demuestran que existen verdades universales independientes de la percepción individual: el teorema de Pitágoras es verdadero para todos, en todo momento y en todo lugar, independientemente de lo que a cada uno le parezca.

 


El escepticismo es la capacidad de establecer antítesis en los fenómenos y en las consideraciones teóricas, según cualquiera de los tropos, gracias a la cual nos encaminamos —en virtud de la equivalencia entre las cosas y proposiciones contrapuestas— primero hacia la suspensión del juicio y después hacia la ataraxia. Hablamos de «capacidad», desde luego no por capricho sino sencillamente en el sentido de que uno sea capaz. Aquí entendemos por «fenómenos» lo sensible; por lo que definimos lo «teórico» por oposición a ellos. Decimos «según cualquiera de los tropos» porque contraponemos esas cosas de muy diversas maneras, contraponiendo fenómenos a fenómenos, consideraciones teóricas a consideraciones teóricas o los unos a las otras. Y en absoluto tomamos «proposiciones contrapuestas» como «afirmación y negación»: simplemente en el sentido de que se enfrentan la una a la otra. Y llamamos «equivalencia» a la igualdad respecto de la credibilidad o falta de credibilidad, de modo que ninguna de las proposiciones enfrentadas aventaje a la otra como más digna de crédito. La «suspensión del juicio» es el estado de la mente por el que ni negamos ni afirmamos nada. La «ataraxia» es la serenidad y la calma del espíritu.

Sexto Empírico (2008). Esbozos pirrónicos, I, §§8–10. Gredos, pp. 31–32.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si es posible alcanzar algún conocimiento objetivo sobre el que podamos pronunciarnos con seguridad.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Sexto Empírico defiende que ante cualquier afirmación puede formularse otra de igual fuerza que la contradiga. Como no hay forma de determinar cuál de las dos es más creíble, lo racional es suspender el juicio: no afirmar ni negar nada. Esta suspensión no es una renuncia sino una capacidad: la de establecer antítesis equilibradas que muestran que toda pretensión de conocimiento objetivo es infundada. El resultado no es la angustia sino la ataraxia: la serenidad que se obtiene al dejar de pretender que sabemos lo que no sabemos.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Sexto Empírico usa dos argumentos. El primero es la equivalencia: para cada argumento a favor de una tesis hay un argumento de igual fuerza en contra. Esto se aplica tanto a los fenómenos sensibles (lo que percibimos) como a las consideraciones teóricas (lo que pensamos). Si ninguno de los argumentos enfrentados aventaja al otro como más digno de crédito, pronunciarse por uno de ellos sería arbitrario. El segundo es pragmático: la suspensión del juicio no es paralizante sino liberadora. Quienes buscan la verdad objetiva y no la encuentran viven en la inquietud; quien suspende el juicio alcanza la ataraxia, la serenidad del espíritu.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Aristóteles mantendría una posición diferente. Para él el conocimiento objetivo es posible porque la ciencia demostrativa parte de principios verdaderos, evidentes y necesarios que no admiten una antítesis de igual fuerza. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, el principio de no contradicción es un axioma que todo ser racional acepta necesariamente, porque negarlo equivale a afirmarlo, lo que demuestra que no todo argumento tiene una réplica de igual fuerza. Segundo, la experiencia cotidiana y la ciencia muestran que hay conocimientos que funcionan de forma fiable y constante: la geometría, la física, la medicina producen resultados regulares y predecibles, lo que sería inexplicable si toda afirmación fuera tan creíble como su contraria.

 


Todo efecto es un acontecimiento distinto de su causa. No puede, por lo tanto, descubrirse en la causa, sino que sólo la experiencia puede enseñarnos el efecto. Si se nos presenta un objeto, y debemos pronunciarnos sobre el efecto que resultará de él sin consultar la experiencia pasada, ¿de qué modo deberá, a vuestro parecer, proceder la mente? Será necesario que invente o imagine un acontecimiento que ponga como efecto; y es claro que esta invención es enteramente arbitraria. La mente no puede encontrar jamás el efecto en la pretendida causa, ni aun con el examen o la investigación más rigurosos; porque el efecto es completamente distinto de la causa, y jamás, por consiguiente, podrá descubrirse en ella. El movimiento de la segunda bola de billar es enteramente distinto del movimiento de la primera bola, y no hay nada en el primero que pueda sugerir la más leve idea del segundo. Una piedra o un pedazo de metal levantados en el aire y dejados sin apoyo, caen inmediatamente al suelo; pero a considerar la cosa a priori, ¿encontramos en esta situación algo que pueda engendrar la idea de un movimiento descendente más bien que ascendente o cualquier otro movimiento en la piedra o el metal?

Hume, D. Investigación sobre el entendimiento humano, Ensayo IV. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 109–110.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si podemos conocer objetivamente la relación entre causa y efecto, o si esa relación es solo una proyección de nuestra mente.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Hume defiende que la relación causal no puede conocerse objetivamente porque el efecto es siempre un acontecimiento completamente distinto de su causa. No hay nada en la causa que permita deducir cuál será el efecto: si no hubiéramos visto nunca una bola de billar golpear a otra, no podríamos predecir qué ocurriría. Lo que llamamos conocimiento causal no es un conocimiento racional sino un hábito adquirido por la experiencia repetida: hemos visto tantas veces que B sigue a A que esperamos que vuelva a ocurrir, pero esa expectativa no tiene fundamento lógico.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Hume usa dos argumentos. El primero es lógico: el efecto es un acontecimiento distinto de su causa, por lo que no puede deducirse de ella. Por mucho que examinemos la primera bola de billar, no encontraremos en ella el movimiento de la segunda. La relación causal no es una relación lógica necesaria sino una asociación empírica. El segundo es el experimento mental de la piedra: si consideramos a priori, sin experiencia previa, una piedra suspendida en el aire, no hay nada en esa situación que nos indique que caerá hacia abajo y no hacia arriba o hacia cualquier otro lado. Solo la experiencia repetida nos ha enseñado que las piedras caen, pero esa experiencia no demuestra que tengan que caer necesariamente.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Kant mantendría una posición diferente. Para él la causalidad no es un hábito psicológico sino una categoría a priori del entendimiento, una forma necesaria de organizar la experiencia sin la cual ninguna experiencia sería posible. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, Hume tiene razón en que la causalidad no se percibe directamente, pero se equivoca al concluir que es un mero hábito, porque el hábito mismo presupone que la mente ya posee la categoría de causalidad para poder asociar eventos. Segundo, si la causalidad fuera solo un hábito, la ciencia no podría formular leyes universales y necesarias, pero la física de Newton demuestra que sí puede hacerlo, lo que indica que la causalidad tiene un fundamento más sólido que la mera costumbre.

 


Perdonadme que, como viejo filólogo que soy, no renuncie a la maldad de señalar con el dedo las malas técnicas de interpretación: pero aquella «regularidad de la naturaleza» de la que vosotros físicos habláis con tanto orgullo — existe solo en virtud de vuestra interpretación y mala «filología», — ¡no es ningún hecho, ningún «texto», antes bien, solo es una recomposición y una tergiversación del sentido ingenuos y humanitarios con las que complacéis hasta la saciedad a los instintos democráticos del alma moderna! «En todos lados, igualdad ante la ley, — en eso la naturaleza no lo tiene ni distinto ni mejor que nosotros»: gentil reticencia en la que de nuevo se enmascara la enemistad plebeya contra todo lo privilegiado y soberano. Pero, como ya he dicho, esto es interpretación, no texto; y podría llegar alguien que, con una intención y una técnica de interpretación opuestas, supiese leer en esta misma naturaleza y en relación a los mismos fenómenos precisamente la imposición tiránica, avasalladora e implacable de las aspiraciones de poder, — un intérprete que pusiera delante de vuestros ojos el carácter universal e incondicional de toda «voluntad de poder», de modo que prácticamente cualquier palabra e incluso la palabra «tirano» acabase pareciendo inutilizable o ya una metáfora debilitante y mitigadora; y que, sin embargo, terminase por afirmar de este mundo lo mismo que vosotros, esto es, que tendría un curso «necesario» y «calculable», pero no porque en él rigen unas leyes, sino porque faltan leyes en absoluto y porque cualquier poder saca en cada instante su última consecuencia. Suponiendo que también esto no sea más que interpretación — ¿y seréis lo bastante impetuosos para hacer esta objeción? — pues bien, tanto mejor. —

Nietzsche, F. W. (2016). Más allá del bien y del mal, §22. Obras completas. Volumen IV. Tecnos, pp. 311–312.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si las leyes de la naturaleza que describe la ciencia son hechos objetivos o interpretaciones humanas.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Nietzsche defiende que la «regularidad de la naturaleza» de la que hablan los científicos no es un hecho objetivo sino una interpretación. Lo que los físicos presentan como leyes naturales es en realidad una recomposición del sentido que proyecta sobre la naturaleza los valores democráticos e igualitarios del alma moderna. Pero alguien podría leer los mismos fenómenos de forma opuesta: como expresión de una voluntad de poder tiránica e implacable. Y si también esta segunda lectura fuera solo una interpretación, tanto mejor: eso confirma la tesis de que no hay hechos, solo interpretaciones.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Nietzsche usa dos argumentos. El primero es filológico: las leyes naturales no son un «texto» que la ciencia descifra objetivamente, sino una «interpretación» que los científicos producen condicionados por sus valores e instintos. La regularidad que ven en la naturaleza refleja su ideal democrático de igualdad ante la ley, no la estructura real de las cosas. El segundo es la demostración por contraste: los mismos fenómenos pueden leerse de forma completamente opuesta, como expresión de una voluntad de poder sin leyes ni regularidad. Si dos interpretaciones incompatibles dan cuenta de los mismos hechos, ninguna de las dos puede reclamar objetividad. Y si alguien objeta que la propia tesis de Nietzsche es también una interpretación, él lo acepta con ironía: precisamente eso es lo que está defendiendo.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Popper mantendría una posición diferente. Para él las teorías científicas no son meras interpretaciones condicionadas por los valores del científico, sino conjeturas objetivas que pueden ser contrastadas con la realidad mediante experimentos y falsadas si no resisten la prueba. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si las leyes de la naturaleza fueran solo interpretaciones, no sería posible que unas teorías fracasen y otras tengan éxito al predecir fenómenos: la capacidad predictiva de la ciencia demuestra que hay algo en la realidad que las teorías capturan y que no depende del intérprete. Segundo, la tesis de Nietzsche contiene una tensión interna: al afirmar que «esto es interpretación, no texto», está formulando una proposición que pretende ser objetivamente verdadera sobre la naturaleza del conocimiento. Si también esa proposición fuera solo una interpretación, no tendría por qué ser más válida que la del científico que cree en la objetividad de las leyes naturales.

 

Disertación filosófica

 

PROPUESTA DE TEMA

¿Es posible un conocimiento perfectamente objetivo?

 

CÓMO HACER UNA DISERTACIÓN FILOSÓFICA

 

La disertación filosófica es un texto argumentativo en el que defiendes una posición razonada ante una pregunta filosófica. No se trata de dar tu opinión sin más, sino de construir una respuesta fundamentada en argumentos, apoyada en lo que han dicho los filósofos y capaz de considerar posiciones contrarias a la tuya. La finalidad de una disertación es llegar a una verdad lo más objetiva posible, esto es, que pueda ser compartida por todo ser racional. Todos los argumentos, estés personalmente de acuerdo o en desacuerdo con ellos, deben ser expuestos con el máximo rigor y fuerza. La extensión debe estar entre 1200 y 1600 palabras.

 

I. TRABAJO PREVIO

 

Paso 1: Elige la pregunta que más te interese

Elige la pregunta sobre la que tengas una opinión más clara, la que te resulte más cercana o la que te provoque más curiosidad. Si tienes una opinión fuerte sobre ella, aunque sea en contra, eso es buena señal: significa que tienes algo que decir. Ve a lo más cercano y sencillo para ti. La complejidad la encontrarás según profundices.

 

Paso 2: Busca las posibles interpretaciones

Las preguntas filosóficas contienen conceptos que pueden entenderse de varias maneras. Identifica las palabras clave y pregúntate qué pueden significar. Cada significado diferente produce una interpretación distinta de la pregunta.

Por ejemplo, la pregunta ¿Conocemos las cosas como son o como somos? admite al menos tres interpretaciones:

  • Interpretación A: ¿Es posible el conocimiento objetivo, o el sujeto siempre distorsiona lo que percibe?
  • Interpretación B: ¿Determina la estructura de nuestra mente lo que podemos conocer, de modo que hay una frontera infranqueable entre la realidad y nuestra imagen de ella?
  • Interpretación C: ¿Es la «objetividad» un concepto coherente, o todo conocimiento es inevitablemente una perspectiva entre muchas?

💡 Tip: Si no se te ocurren varias interpretaciones, prueba a cambiar una palabra clave por un sinónimo: no es lo mismo ¿conocemos las cosas como son? que ¿nos muestra la percepción la realidad? o ¿es posible un conocimiento sin punto de vista? o ¿construye nuestra mente lo que llamamos realidad?

 

Paso 3: Piensa en las implicaciones y elige una interpretación

Cada interpretación tiene implicaciones distintas. Pregúntate: si respondiera que sí, ¿qué se seguiría de ello? ¿Y si respondiera que no? La interpretación más interesante suele ser la que tiene las implicaciones más profundas.

Por ejemplo:

  • Si el sujeto siempre distorsiona lo que percibe (A), toda pretensión de verdad objetiva es una ilusión y no habría forma de distinguir una creencia verdadera de un simple prejuicio. Pero si no lo distorsiona, habría que explicar cómo puede el sujeto ser completamente transparente a la realidad.
  • Si la estructura de nuestra mente determina lo que conocemos (B), hay cosas que nunca podremos saber, pero al menos lo que sabemos dentro de esos límites podría ser fiable. ¿Basta con eso?
  • Si la objetividad no es un concepto coherente (C), la ciencia no sería más verdadera que la superstición, solo más útil para ciertos fines. Pero entonces, ¿por qué funciona la tecnología basada en la ciencia y no la basada en la astrología?

Ahora elige la interpretación que te parezca más relevante y explica por qué las otras lo son menos. Sé coherente: sería contradictorio argumentar que la A es la más importante y luego trabajar con la C. Las implicaciones te ayudan a decidir: la interpretación que más cosas pone en juego suele ser la mejor para una disertación.

 

Paso 4: Formula tu tesis

Escribe en una frase la respuesta que vas a defender. Debe ser clara, concreta y discutible: alguien razonable debería poder estar en desacuerdo con ella. La tesis no contiene argumentos: eso viene después. Puede llevar matices y condiciones (pero, aunque, cuando), pero no justificaciones: si tu tesis lleva un «porque», ese «porque» es tu primer argumento, y su sitio es el desarrollo.

Ejemplos de buenas tesis:

  • Conocemos las cosas parcialmente como son y parcialmente como somos; la objetividad consiste en someter nuestras ideas a crítica para detectar nuestras limitaciones.
  • Todo conocimiento es subjetivo: no hay forma de acceder a la realidad independientemente de nuestra perspectiva.

Ejemplos de malas tesis:

  • El conocimiento es importante. (Demasiado vago.)
  • Hay muchas teorías del conocimiento. (No responde a la pregunta.)
  • Podemos conocerlo todo. (No tiene en cuenta ninguna objeción.)

💡 Tip: A medida que investigas puede que descubras que tu tesis inicial era incorrecta. Puedes modificarla o reflejar en la conclusión por qué has cambiado de opinión. Una disertación se escribe para llegar a una verdad, no para demostrar que tenemos razón.

 

Paso 5: Busca argumentos y trabaja con las fuentes

Lee los textos de la pestaña de Práctica y los libros disponibles de la bibliografía buscando argumentos a favor y en contra de tu tesis. Para cada argumento que encuentres, anota:

  • La idea principal, con tus propias palabras.
  • La referencia completa: autor, año, título y página.
  • Tu reacción: ¿estás de acuerdo?, ¿se te ocurre una objeción?, ¿te recuerda a otro autor?

Cómo citar. Hay cuatro formas:

Cita directa narrativa. Usa esta opción para dar importancia y protagonismo al pensador en tu texto. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. El año va inmediatamente después de su nombre.

Ejemplo: Locke sostiene que la mente es como un papel en blanco cuando afirma: «supongamos que la mente es un papel en blanco, limpio de toda inscripción, sin ninguna idea: ¿cómo llega a estar provista de ellas?» (Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, II, 1, §2, p. 83).

Cita directa parentética. Usa esta opción cuando quieres que el lector se concentre primero en la idea. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. Los datos del autor quedan en segundo plano al final de la frase.

Ejemplo: Frente a quienes defienden ideas innatas, se ha sostenido que «la mente es un papel en blanco, limpio de toda inscripción, sin ninguna idea» (Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, II, 1, §2, p. 83).

Cita indirecta narrativa. Explicas la idea con tus propias palabras, pero introduces la frase mencionando directamente al autor.

Ejemplo: Locke defiende que la mente humana nace vacía de contenido y que todas nuestras ideas proceden de la experiencia, ya sea a través de los sentidos o de la reflexión sobre nuestras propias operaciones mentales (Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, II, 1, §2, p. 83).

Cita indirecta parentética. Explicas la idea con tus propias palabras y colocas toda la información de la fuente junta al cerrar el punto.

Ejemplo: La mente no trae consigo ningún contenido al nacer, sino que lo adquiere por completo mediante la experiencia sensorial y la reflexión (Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, II, 1, §2, p. 83).

En todos los casos, después de la cita hay que explicar qué quiere decir el autor y relacionarla con tu argumento. Una cita sin explicación no demuestra nada.

💡 Tip: Cita con año y página la primera vez que atribuyes una idea a un autor. Después, si solo recuerdas o resumes algo que ya has citado antes (por ejemplo, en la valoración o en la conclusión), basta con nombrarlo: «como muestra Locke…». Repetir el año y la página cada vez que aparece un apellido no es más riguroso, solo más pesado. La regla es sencilla: idea nueva, cita completa; idea ya citada, solo el apellido.

 

Paso 6: Haz un esquema

Antes de redactar, escribe en tu cuaderno un esquema con la introducción (interpretaciones, implicaciones, elección razonada, tesis), los argumentos a favor y en contra con sus citas, la valoración, la delimitación de tu tesis y la conclusión. Este esquema es tu hoja de ruta.

 

II. REDACCIÓN

 

Estructura de la disertación

Introducción (aprox. 15% del texto). Consta de dos partes:

  • Primer párrafo: presenta el problema con un gancho que atraiga al lector (una imagen, una paradoja, un dato, una experiencia), despliega las interpretaciones posibles con sus implicaciones, justifica cuál es la más relevante y termina reformulando la pregunta tal como vas a responderla. Esa formulación final es importante: tu conclusión tendrá que responder exactamente a ella.
  • Segundo párrafo: formula tu tesis de forma clara y concreta.

💡 Tip: el gancho es el lugar más fácil para colocar un ejemplo propio, y los ejemplos propios puntúan en la rúbrica. Una anécdota, un caso real o una experiencia tuya que plantee el problema vale más que empezar directamente con un filósofo. Además, empezar por algo tuyo es más fácil que empezar por Kant.

 

Desarrollo (aprox. 70% del texto). Aquí hay dos formas de trabajar:

  • Estructura básica, para quien necesita un guion claro:
    1. Argumentos a favor de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado con ejemplos y una cita explicada.
    2. Argumentos en contra de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado también con ejemplos y una cita explicada. No los debilites a propósito: expónlos con el mismo rigor que los tuyos.
    3. Valoración: compara ambos lados, señala las fortalezas y las debilidades de cada uno, y explica cuáles pesan más y por qué.

Con esta estructura, hecha correctamente, puedes llegar al nivel notable.

 

  • Estructura dialéctica, para quien quiere ir más allá:

En lugar de separar los argumentos en dos bloques, construye una conversación entre posiciones. Los argumentos se responden entre sí, se señalan sus límites sobre la marcha y el pensamiento progresa. No hay un bloque a favor y un bloque en contra: hay un recorrido en el que cada paso surge del anterior.

Por ejemplo, en lugar de escribir:

Argumento a favor 1: Descartes encuentra certeza en el cogito. Argumento a favor 2: Kant demuestra que la objetividad es posible dentro de las estructuras de la mente. Argumento en contra 1: Sexto Empírico argumenta que debemos suspender el juicio… Argumento en contra 2: Nietzsche afirma que no hay hechos, solo interpretaciones…

Podrías escribir:

Sexto Empírico argumenta que las cosas aparecen de maneras distintas según quién las perciba, y que por tanto debemos suspender el juicio. Descartes intenta superar este escepticismo con el cogito, pero Hume muestra que ni siquiera la certeza del «pienso» nos da acceso a la causalidad real. Kant responde a ambos: no conocemos las cosas en sí mismas, pero sí la estructura que nuestra mente impone a la experiencia…

Esta estructura es más exigente pero produce disertaciones mucho más ricas.

 

Herramientas para trabajar los argumentos

Estas cuatro operaciones sirven para manejar cualquier argumento, sea tuyo o de la posición contraria. No hay que usarlas todas ni en todas las disertaciones: son ayudas para cuando no sepas cómo seguir. Las dos primeras te servirán en cualquier estructura. Las dos últimas, acotar e invertir, son las que hacen posible la estructura dialéctica: sin ellas, los argumentos no pueden responderse entre sí.

Conceder. Reconocer lo que un argumento tiene de razón antes de responderle. Se escribe con fórmulas como «esta objeción es seria, porque…» o «hay algo verdadero en esta idea». Parece una debilidad y es lo contrario: quien reconoce la fuerza del contrario y aun así le responde resulta mucho más convincente que quien finge que el contrario no decía nada. Lo opuesto es una falacia, el hombre de paja: debilitar la posición contraria para vencerla con facilidad. Ten presente que en la rúbrica el hombre de paja puntúa cero en honestidad intelectual: si la posición contraria queda ridícula en tu texto, es casi seguro que la has caricaturizado.

Buscar un contraejemplo. Si un argumento afirma algo con «todos», «siempre» o «nunca», un solo caso contrario lo derriba. Si alguien dice «todos los profesores mandan deberes» y encuentras uno que no manda, la afirmación era falsa. Cuidado: contra «la mayoría de los profesores mandan deberes» un caso contrario no prueba nada, porque esa afirmación ya contaba con las excepciones. Esta herramienta no siempre podrá usarse, y no pasa nada: solo funciona con afirmaciones universales.

Acotar. Aceptar que un argumento prueba algo y mostrar hasta dónde llega de verdad: «tienes razón, pero no tanta». La manera habitual de acotar es distinguir: separar dos cosas que estaban mezcladas y mostrar que el argumento vale para una pero no para la otra. La distinción puede ser de grado (los videojuegos no son malos; jugar demasiado, sí) o de aspecto (que todos los ladrillos de un edificio vengan de la fábrica no significa que el plano del edificio venga de ella). Acotar sirve también con tu propia tesis: decir bajo qué condiciones se sostiene, o qué casos no resuelve, puntúa en la rúbrica.

Invertir. Mostrar que un argumento, bien entendido, prueba lo contrario de lo que pretendía. Quien afirma que la filosofía no sirve para nada está defendiendo una tesis filosófica, así que necesita la filosofía para atacarla. Es la herramienta más espectacular cuando funciona y la más ridícula cuando se fuerza: úsala solo si la inversión es real.

💡 Tip: existen más herramientas (el experimento mental, la reducción al absurdo, el dilema, la autorrefutación) explicadas con ejemplos en la página de Técnicas argumentales.

 

Cómo comprobar tu desarrollo

Muchas disertaciones parecen dialécticas y son una lista disfrazada. Hay dos pruebas para comprobarlo antes de entregar.

La prueba del orden. Coge dos argumentos que estén del mismo lado (dos a favor, o dos en contra) e imagina que los intercambias. ¿Se entiende igual? Si sí, están yuxtapuestos: cada uno va por su cuenta, como en una lista. Si no, porque el segundo se apoyaba en el primero o respondía a una objeción que este había dejado abierta, hay una cadena. En una estructura dialéctica de verdad, casi ningún párrafo del desarrollo puede moverse sin romper algo.

La prueba de los conectores. Mira con qué palabras empieza cada párrafo del desarrollo. Los conectores de suma (además, por otra parte, también, en segundo lugar) indican que estás añadiendo: es una lista. Los conectores de respuesta (ahora bien, sin embargo, contra esto cabe objetar, conviene distinguir) indican que estás contestando a lo anterior: es una cadena.

Si todos tus párrafos empiezan con conectores de suma, tu texto es una lista, por muchos autores que cites. Y no se arregla cambiando las palabras: hay que cambiar lo que hacen los párrafos.

 

Conclusión (aprox. 15% del texto). Debe hacer tres cosas:

  • Responder a la pregunta tal como la reformulaste al final de la introducción, explicando si te reafirmas en la tesis o si cambias de postura, y qué argumentos han pesado más.
  • Delimitar tu tesis: bajo qué condiciones se sostiene, qué casos no resuelve, o qué tendría que ocurrir para que dejara de ser válida. Ninguna tesis lo explica todo, y precisarlo no la debilita: la hace más fuerte. La rúbrica lo premia dentro de la honestidad intelectual.
  • Señalar las consecuencias o implicaciones para el mundo actual.

💡 Tip: Las mejores conclusiones vuelven al principio y cierran el círculo. Si abriste con una imagen, una pregunta o un dato sorprendente, retómalo aquí y muestra cómo tu argumentación le ha dado un sentido nuevo.

 

Bibliografía. Al final del texto, tras la conclusión, incluye una lista de las obras que has citado. No cuenta para el límite de palabras. El formato es el siguiente:

  • Apellido, N. (año). Título de la obra (trad. N. Apellido). Editorial.

Por ejemplo:

  • Locke, J. (1690). Ensayo sobre el entendimiento humano. Fondo de Cultura Económica.
  • Hume, D. (1748). Investigación sobre el entendimiento humano. Alianza.

 

Consejos de redacción

  • Busca una apertura que enganche: una imagen, una paradoja, un dato sorprendente, una pregunta provocadora, una experiencia personal.
  • Haz frases cortas y claras. Evita las subordinadas en cadena.
  • Busca las palabras exactas. Evita afirmaciones vagas.
  • Los ejemplos que puntúan como propios son los que no aparecen ni en los textos de práctica ni en clase: de tu experiencia, de la actualidad, de la naturaleza, de la cultura. Un buen ejemplo propio no solo adorna: si al quitarlo el argumento pierde fuerza, es que estaba haciendo trabajo de verdad. Esa es la diferencia que la rúbrica premia.
  • Una cita sola, sin explicación, no demuestra nada. Explica siempre qué quiere decir el autor y por qué es relevante para tu argumento.
  • Un argumento no es una frase. Requiere desarrollo, ejemplo y, si puede ser, una cita explicada.
  • Reserva la primera persona para la tesis y la conclusión. En el desarrollo, expón los argumentos de forma impersonal.

 

Fases de escritura

Producción. Escribe todas las ideas sin preocuparte por el orden ni la corrección. El objetivo es sacar todo lo que tienes en la cabeza.

Edición. Ordena las ideas, redacta los párrafos, integra las citas con su explicación, conecta los argumentos entre sí.

Revisión. Lee el texto completo: ¿se entiende la tesis?, ¿los argumentos la sostienen?, ¿las citas están explicadas?, ¿la conclusión responde a la pregunta y delimita la tesis? Aplica la prueba del orden y la de los conectores. Comprueba la ortografía, cuenta las palabras y pasa a limpio.

 

Ejemplo de disertación

La siguiente disertación es un ejemplo de cómo aplicar los pasos anteriores. No es un modelo perfecto: es un ejemplo de trabajo bien hecho que puedes usar como referencia.

 

¿Conocemos las cosas como son o como somos?

Un murciélago percibe el mundo mediante ecolocación, una abeja ve la luz ultravioleta que nosotros no podemos captar, y nuestro cerebro construye colores que no existen como tales en el espectro electromagnético: no hay una longitud de onda del «rosa», es una invención de nuestro sistema nervioso. Cada especie vive en un mundo perceptivo distinto. ¿Cuál de ellas percibe la realidad «tal como es»? La pregunta «¿conocemos las cosas como son o como somos?» admite varias lecturas. Puede referirse a si el conocimiento objetivo es posible o si el sujeto siempre distorsiona lo que percibe: si lo distorsiona, toda pretensión de verdad objetiva es una ilusión, y no habría forma de distinguir una creencia verdadera de un simple prejuicio. Puede referirse a si la estructura de nuestra mente determina lo que podemos conocer: si lo determina, hay una frontera infranqueable entre la realidad y nuestra imagen de ella, y habría que preguntarse si lo que queda fuera de esa frontera importa. O puede referirse a si la «objetividad» es siquiera un concepto coherente, o si todo conocimiento es inevitablemente una perspectiva entre muchas: si es así, la ciencia no sería más objetiva que la poesía, solo más útil para ciertos fines. Esta última lectura es la más fecunda, porque pone en cuestión no solo lo que sabemos sino la posibilidad misma de saber, y obliga a preguntarse si hay alguna forma de conocimiento que, sin eliminar al sujeto, pueda aspirar a algo más que una opinión. La pregunta, entonces, es esta: si todo conocimiento está marcado por quien conoce, ¿hay alguna manera de distinguir lo que es verdadero de lo que simplemente nos lo parece?

La tesis que defenderé es que conocemos las cosas parcialmente como son y parcialmente como somos, y que la objetividad no consiste en eliminar al sujeto sino en someter nuestras ideas a la crítica para detectar y corregir nuestras limitaciones.

Sexto Empírico planteó el problema hace más de dos mil años con una claridad que sigue siendo difícil de superar. En los Esbozos pirrónicos, enumera los «tropos» o modos de la suspensión del juicio: las cosas aparecen de maneras distintas según la especie que las percibe, según el estado del observador, según las circunstancias, según la posición y la distancia (Sexto Empírico, Esbozos pirrónicos, I, 36-163, p. 55). La miel parece dulce al sano y amarga al enfermo; el agua templada parece fría a quien viene del calor y caliente a quien viene del frío. ¿Cuál es la cualidad «real» de la miel o del agua? Sexto concluye que no podemos saberlo y que lo más prudente es suspender el juicio. Descartes intentó superar este escepticismo dieciséis siglos después mediante un método radical: dudar de absolutamente todo (sentidos, razonamiento, existencia del mundo exterior) hasta encontrar algo indudable. Lo encontró en el cogito: «pienso, luego existo» (Descartes, Meditaciones metafísicas, II, p. 24). Al menos una cosa es cierta: que hay un sujeto que piensa. Desde ahí, Descartes intenta reconstruir el conocimiento objetivo apelando a la garantía de un Dios que no nos engaña. Pero Hume dinamitó esa reconstrucción al mostrar que ni siquiera la relación de causa y efecto, la base más elemental del conocimiento, es algo que observemos en la realidad: lo que vemos es que el fuego aparece antes que el calor, y nuestro hábito convierte esa sucesión regular en una conexión necesaria. Como escribe Hume, «la costumbre es la gran guía de la vida humana» (Hume, Investigación sobre el entendimiento humano, V, p. 68). Si Hume tiene razón, Descartes no escapó del escepticismo de Sexto Empírico: solo lo aplazó.

Kant respondió a este callejón sin salida con lo que él mismo llamó su «revolución copernicana». En la Crítica de la razón pura, Kant argumenta que no somos receptores pasivos de una realidad exterior, sino que nuestra mente impone formas (espacio, tiempo, causalidad) a todo lo que experimentamos: «los objetos se rigen por nuestro conocimiento» y no al revés (Kant, Crítica de la razón pura, B XVI, p. 20). No podemos conocer la «cosa en sí», la realidad tal como es independientemente de nuestra percepción, pero sí podemos conocer con certeza la estructura que nuestra mente impone a la experiencia. La ciencia es objetiva no porque nos muestre las cosas como son en sí mismas, sino porque describe leyes que cualquier mente racional encontraría al examinar la experiencia. Esto parece resolver el problema: conocemos como somos, sí, pero como todos los seres racionales compartimos las mismas formas de conocer, lo que conocemos vale para todos. Sin embargo, Nietzsche desafía precisamente este supuesto. En sus Fragmentos póstumos escribe que «no hay hechos, solo interpretaciones» (Nietzsche, Fragmentos póstumos, 7[60], p. 222). Para Nietzsche, las «formas universales» de Kant no son estructuras objetivas de la razón sino productos de nuestra biología y nuestra historia. Otros seres, con otra constitución, conocerían un mundo completamente distinto, y no habría forma de decidir cuál de los dos mundos es el «verdadero». Si Nietzsche tiene razón, la solución kantiana es una ilusión más sofisticada: no hay salida de la perspectiva.

Pero ¿significa eso que todo vale por igual, que la ciencia no es más fiable que la superstición? Popper ofrece una salida que no exige volver a la ingenuidad precrítica. En La lógica de la investigación científica, argumenta que la objetividad no consiste en demostrar que una teoría es verdadera (eso, reconoce, es imposible), sino en formularla de modo que pueda ser refutada por la experiencia: «el criterio para establecer el estatus científico de una teoría es su refutabilidad» (Popper, 1934, p. 40). Una teoría que ningún dato puede refutar no es más objetiva; es simplemente inmune a la crítica, y eso es lo contrario de la objetividad. Lo que hace Popper es responder simultáneamente a Nietzsche y a Sexto Empírico: es cierto que no podemos alcanzar la verdad absoluta, pero no todas las perspectivas son iguales. Las que sobreviven a los intentos de refutación son más fiables que las que no se someten a prueba. Y esto recupera algo esencial de Kant sin su pretensión de universalidad absoluta: el conocimiento está marcado por quien conoce, pero la crítica racional permite detectar errores y acercarse progresivamente a la realidad, aunque nunca se llegue a ella por completo. La ciencia no es objetiva porque refleje la realidad como un espejo, sino porque se equivoca mejor que cualquier otro sistema: detecta sus errores y los corrige.

A la luz de este recorrido, la pregunta «¿conocemos las cosas como son o como somos?» no admite una respuesta simple. Sexto Empírico y Nietzsche tienen razón al señalar que toda percepción y todo conocimiento están marcados por el sujeto. Descartes y Kant tienen razón al buscar algo firme sobre lo que construir. Y Popper tiene razón al proponer que la objetividad no es un punto de llegada sino un método: no se trata de eliminar la perspectiva (eso es imposible) sino de someterla a prueba. Conocemos las cosas parcialmente como son y parcialmente como somos, y la honestidad intelectual consiste en no confundir lo uno con lo otro.

Conviene delimitar la tesis. No sostengo que exista un método que elimine por completo la perspectiva del sujeto, ni que toda opinión valga tanto como cualquier otra; sostengo que la objetividad es un proceso de corrección progresiva, no un punto de llegada. Mi tesis se sostiene mientras existan mecanismos (como la refutabilidad de Popper) que permitan distinguir una perspectiva mejor fundada de otra peor fundada. Si se mostrara que ningún criterio permite jerarquizar perspectivas, entonces el relativismo de Nietzsche tendría la última palabra y mi tesis caería.

El murciélago, la abeja y el ser humano viven en mundos perceptivos distintos. Ninguno percibe la realidad «tal como es». Pero solo el ser humano puede preguntarse si lo que percibe es verdadero, y esa pregunta, que es filosófica antes que científica, es el primer paso para distinguir lo que sabemos de lo que simplemente creemos saber.

 

Bibliografía

  • Descartes, R. (1641). Meditaciones metafísicas. Alfaguara.
  • Hume, D. (1748). Investigación sobre el entendimiento humano. Alianza.
  • Kant, I. (1781). Crítica de la razón pura. Taurus.
  • Nietzsche, F. (1885-1889). Fragmentos póstumos. Tecnos.
  • Popper, K. (1934). La lógica de la investigación científica. Tecnos.
  • Sexto Empírico (siglo II). Esbozos pirrónicos. Gredos.

(1321 palabras)

 

III. EVALUACIÓN

Rúbrica de evaluación

CriterioDeficienteAceptableNotableExcelente
Estructura e introducción
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Falta alguna parte esencial o la organización resulta confusa. La tesis no aparece con claridad.
1 pt.
Introducción, desarrollo y conclusión reconocibles. La tesis se formula con claridad y se retoma al final.
1,5 pt.
La introducción despliega las interpretaciones de la pregunta con sus implicaciones y justifica cuál se elige. La conclusión añade consecuencias o implicaciones actuales.
2 pt.
Además, la interpretación elegida orienta de principio a fin el desarrollo, y la conclusión responde a la pregunta tal como quedó planteada en la introducción.
Argumentación
hasta 3,5 puntos
0,5 pt.
Los argumentos apenas se desarrollan. Faltan ejemplos o citas, o estas no se explican. No se consideran posiciones contrarias.
2 pt.
Presenta al menos dos argumentos a favor y dos en contra, cada uno con ejemplos y una cita explicada. Los argumentos se exponen por separado, sin relacionarse entre sí.
3 pt.
Se comparan las posiciones y se señalan las fortalezas y las debilidades de cada una. La valoración final está razonada.
3,5 pt.
Los argumentos se responden entre sí: se concede lo que la posición contraria prueba y se muestra hasta dónde llega, o se invierte a favor de la tesis. La reflexión progresa.
Honestidad intelectual
hasta 1 punto
0 pt.
La posición contraria se caricaturiza, se presenta en su versión más débil o se le atribuye lo que no dice (hombre de paja).
0,5 pt.
La posición contraria se expone correctamente, aunque de forma escueta.
0,75 pt.
La posición contraria se expone en su versión más fuerte, con el mismo rigor que la propia.
1 pt.
Además, se delimitan las condiciones en que la propia tesis se sostiene, o los casos que no logra resolver.
Ejemplos propios
hasta 1,5 puntos
0,25 pt.
No usa ejemplos, o solo los que aparecen en los textos de práctica y en clase.
0,75 pt.
Usa algún ejemplo propio, aunque resulte decorativo o poco relacionado con el argumento.
1 pt.
Usa al menos dos ejemplos propios, pertinentes y bien elegidos para el argumento que ilustran.
1,5 pt.
Los ejemplos propios no solo ilustran: hacen avanzar el argumento, porque muestran algo que la cita por sí sola no mostraba.
Claridad y precisión expresiva
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Vocabulario impreciso. Párrafos poco conectados. Frases difíciles de seguir.
1 pt.
Vocabulario sencillo pero adecuado. El texto se entiende correctamente.
1,5 pt.
Vocabulario preciso y uso correcto de los conceptos filosóficos. Los párrafos se enlazan con conectores adecuados y la lectura es fluida.
2 pt.
Expresión rigurosa y matizada. Cada palabra dice exactamente lo que debe decir. Estilo cuidado.

Nota final: suma de los cinco criterios sobre 10 puntos, menos las penalizaciones. En cada criterio se asigna uno de los cuatro valores de la tabla, sin puntuaciones intermedias.

Sobre la estructura: quien sigue correctamente la estructura básica puede alcanzar el nivel notable. El nivel excelente exige que los argumentos se respondan entre sí, que la reflexión avance más allá de una simple acumulación de ideas.

 

Condiciones de entrega

Si no se cumplen, la disertación no se corrige:

  • Entregada en clase, dentro del plazo establecido.
  • Escrita a mano, en folios en blanco, con letra legible.
  • Al final del texto, tras la bibliografía, debe figurar el número de palabras de la disertación (sin contar la bibliografía).

El recuento forma parte del trabajo: llevarlo durante la redacción es la manera de ajustar la extensión mientras aún se puede corregir.

 

Penalizaciones

ConceptoDescuento
Extensión (no acumulable: se aplica solo el tramo correspondiente, sobre el número de palabras declarado)
Desviación de hasta 100 palabras (1100-1199 o 1601-1700)
−0,5
Desviación de 100 a 200 palabras (1000-1099 o 1701-1800)−1
Desviación superior a 200 palabras (menos de 1000 o más de 1800)−2
Presentación (acumulable hasta un máximo de −1)
Sin sangría en la primera línea de cada párrafo
−0,25
Sin márgenes−0,25
Tachones o correcciones visibles−0,5
Ortografía (acumulable, sin límite)
Por cada falta de ortografía
−0,25
Por cada falta de tilde−0,05

 

Recursos

 

Bibliografía

Fuentes primarias

  • Descartes, R. Principios de la filosofía, I. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder.
  • Hume, D. Investigación sobre el entendimiento humano, Ensayo IV. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder.
  • Kant, I. Prolegómenos a toda metafísica futura. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder.
  • Nietzsche, F. W. (2016). Más allá del bien y del mal. En Obras completas. Volumen IV. Tecnos.
  • Platón. Teeteto. En Verneaux, R. (1988). Textos de los grandes filósofos. Edad Antigua. Herder.
  • Popper, K. R. (1992). Conocimiento objetivo. Un enfoque evolucionista. Tecnos.
  • Sexto Empírico (2008). Esbozos pirrónicos. Gredos.

 

Manuales, historias de la filosofía y obras de referencia

  • Ayer, A. J. (1988). Hume. Alianza.
  • Bennett, J. (1988). Locke, Berkeley, Hume. Temas centrales. FCE.
  • Ferrater Mora, J. (1964). Diccionario de filosofía (2 vols.). Sudamericana.
  • Honderich, T. (dir.) (2001). Enciclopedia Oxford de filosofía. Tecnos.
  • Sánchez Meca, D. (2001). Teoría del conocimiento. Dykinson.
  • Villoro, L. (2008). Creer, saber, conocer. Siglo XXI.

 

Vídeos

 

Glosario

 

GLOSARIO

Abstracción. En Aristóteles, la operación por la que la mente extrae las formas o esencias universales a partir de la experiencia de objetos particulares: de ver muchos caballos se obtiene el concepto universal de «caballo».

Anámnesis. En Platón, la doctrina según la cual conocer no es aprender algo nuevo sino recordar: el alma contempló las Ideas antes de nacer, y la experiencia sensible actúa como estímulo que ayuda a recordarlas.

Deducción. Método por el que, a partir de principios generales ya establecidos, se extraen conclusiones sobre casos particulares. Segundo paso del método de Aristóteles: si todo metal se dilata y el cobre es metal, el cobre se dilata.

Dialéctica. En Sócrates, el método del diálogo y la pregunta; en Platón, el uso puro de la razón, sin apoyo en lo sensible, para captar las Ideas directamente.

Dialéctica ascendente / dialéctica descendente. En Platón, el doble movimiento de la razón: la ascendente eleva la mente desde las Ideas particulares hasta la Idea de Bien; la descendente determina, desde ella, cómo pueden combinarse las Ideas entre sí.

Dianoia. Tercer nivel de conocimiento en el símil de la línea de Platón: el pensamiento matemático, que versa sobre entes eternos pero múltiples, inferior a la intuición directa de las Ideas.

Doxa. En Platón, la mera opinión, opuesta al conocimiento verdadero (episteme). Es lo único posible sobre el mundo sensible, cambiante e imperfecto, y se divide en eikasía y pístis.

Eikasía. Grado más bajo de conocimiento en el símil de la línea de Platón: la percepción de sombras e imágenes de los objetos, no de los objetos mismos, como en el mito de la caverna.

Entendimiento (Nous). En Aristóteles, la facultad que capta las esencias universales más allá de lo particular. Tiene dos aspectos: el entendimiento agente, que ilumina lo percibido, y el paciente, que recibe las formas abstraídas.

Episteme. En Platón, el verdadero conocimiento, opuesto a la doxa. Corresponde a las Ideas, realidades eternas e inmutables, y se divide en dianoia y noesis.

Epistemología. También llamada gnoseología o teoría del conocimiento: rama de la filosofía que estudia qué es el conocimiento, cómo se obtiene, qué límites tiene y qué métodos son fiables.

Escepticismo. Posición según la cual la verdad no existe o no puede conocerse; en su forma radical, sostiene que a toda afirmación cabe oponer otra igualmente fuerte, por lo que hay que suspender el juicio.

Idea de Bien. En Platón, el principio supremo del mundo inteligible, del que dependen todas las demás Ideas. En el mito de la caverna equivale al sol, que hace visibles y cognoscibles las cosas.

Ideas (mundo de las). En Platón, las realidades inmateriales, eternas e inmutables que constituyen la verdadera realidad; las cosas sensibles solo participan de ellas como copias imperfectas.

Inducción. Método por el que, de la observación de casos particulares, se extraen leyes generales. Primer paso del método de Aristóteles: de ver que varios metales se dilatan se concluye que todos lo hacen.

Ironía socrática. Primer momento del método de Sócrates: mostrarse ignorante ante el interlocutor y, mediante preguntas, hacerle ver que tampoco sabe lo que creía saber, como punto de partida honesto.

Mayéutica. Segundo momento del método de Sócrates: ayudar al interlocutor, mediante preguntas, a «dar a luz» el conocimiento que ya lleva dentro, en vez de transmitírselo desde fuera.

Método inductivo-deductivo. Método científico de Aristóteles que combina la inducción (de casos particulares a principios) y la deducción (de principios a conclusiones particulares), partiendo siempre de la experiencia.

Mito de la caverna. Alegoría de Platón que representa los grados de conocimiento: los prisioneros solo ven sombras; liberarse equivale a ascender desde la opinión hasta el conocimiento de las Ideas y, finalmente, del Bien.

Mundo inteligible / mundo sensible. En Platón, el mundo inteligible es el de las Ideas, eterno y accesible solo a la razón; el mundo sensible es el de las cosas materiales y cambiantes, reflejo imperfecto del primero.

Noesis. Grado más alto de conocimiento en el símil de la línea de Platón: la intuición intelectual directa de las Ideas puras, sin apoyo en objetos sensibles ni hipótesis matemáticas.

Pístis. Segundo nivel de conocimiento en el símil de la línea de Platón: la creencia o percepción directa de los objetos sensibles, el grado más alto de la doxa pero aún mera opinión.

Principio de no contradicción. Principio lógico de Aristóteles según el cual nada puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido; sin él ningún argumento racional sería posible.

Relativismo. Posición según la cual no hay verdad absoluta, sino que depende de cada persona, cultura o época. Su formulación célebre es la de Protágoras: «el hombre es la medida de todas las cosas».

Segunda navegación. Metáfora de Platón en el Fedón para su giro filosófico: ante el fracaso de explicar la realidad observando los sentidos, abandona el mundo sensible y se refugia en los argumentos racionales.

Símil de la línea. Imagen de Platón que representa los grados de conocimiento y de realidad mediante una línea dividida en doxa (sobre lo sensible) y episteme (sobre lo inteligible), cada una subdividida a su vez.

Sofistas. Maestros de retórica llegados a Atenas en el siglo V a. C. que, por el contacto con culturas distintas, cuestionaron la existencia de una verdad universal y defendieron el relativismo. Adversarios de Sócrates.

Symploké. Término platónico para la red de relaciones de combinación entre las Ideas: no todas son compatibles entre sí, y la dialéctica descendente determina cuáles pueden combinarse.

 

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