Catálogo de referencia para la disertación filosófica
Argumentar no consiste en acumular razones, sino en emplear la operación adecuada en el momento adecuado. Las técnicas que siguen no forman una lista de requisitos: cada una responde a una situación distinta, y saber cuándo no procede utilizar una de ellas importa tanto como saber cuándo sí.
Cada técnica se presenta con la pregunta que permite reconocer cuándo resulta pertinente, una explicación breve, un ejemplo cotidiano, un ejemplo filosófico y una advertencia sobre sus límites.
Conviene empezar por una observación de Daniel Dennett: expresiones como «evidentemente», «obviamente» o «es claro que» suelen señalar el lugar donde un texto se ha saltado un argumento. Cuanto más insiste un autor en que algo resulta evidente, más probable es que necesitara justificarlo.
1. Conceder
Pregunta: ¿Qué tiene de razón la posición contraria?
Consiste en reconocer lo que un argumento ajeno tiene de verdadero antes de responderle. No es una cortesía, sino la base de toda argumentación honesta: quien concede demuestra haber entendido la posición contraria, y por eso su respuesta resulta más creíble. Quien no concede, caricaturiza.
Dennett recoge cuatro reglas que el filósofo Anatol Rapoport proponía para criticar una posición ajena. Las dos primeras formulan con precisión lo que significa conceder bien:
- Reformular la posición contraria con tanta claridad y generosidad que su defensor pueda decir: «Sí, eso es exactamente lo que quiero decir».
- Enumerar los puntos de acuerdo, especialmente aquellos que no son compartidos por la mayoría.
Solo después de cumplir esas dos condiciones cabe formular una objeción.
Ejemplo cotidiano: Ante la afirmación de que las redes sociales son dañinas, responder «eso es absurdo» no convence a nadie. En cambio, una respuesta que empiece reconociendo que generan adicción y favorecen la comparación constante, y solo después niegue que de ahí se siga que sean dañinas en sí mismas, resulta mucho más difícil de rechazar.
Ejemplo filosófico: Kant concede a los empiristas que todo conocimiento comienza con la experiencia, pero niega que todo conocimiento proceda de ella. Si hubiera empezado negando el papel de la experiencia, nadie le habría escuchado.
Advertencia: Conceder no equivale a rendirse. Su función es mostrar que la posición contraria ha sido comprendida, sin lo cual ninguna refutación vale gran cosa. La operación opuesta tiene nombre propio: el hombre de paja consiste en debilitar la posición ajena para vencerla con facilidad, y produce refutaciones que no refutan nada.
2. Buscar un contraejemplo
Pregunta: ¿Es siempre verdad lo que afirma?
Frente a una afirmación universal («todos», «siempre», «nunca», «ninguno»), basta un solo caso que no encaje para refutarla. Un millón de cisnes blancos no demuestra que todos los cisnes sean blancos; un cisne negro demuestra que no lo son.
Ejemplo cotidiano: «Todos los políticos mienten.» Un solo caso de un político que dijera la verdad a costa de perder popularidad bastaría para refutar la afirmación tal como está formulada.
Ejemplo filosófico: Popper convierte esta idea en criterio de demarcación de la ciencia: una teoría es científica si resulta posible imaginar un hecho que la refutaría. La teoría de la gravitación predice que una piedra suelta caerá; si flotara, quedaría refutada. Una teoría que ningún hecho imaginable pudiera refutar no dice nada acerca del mundo.
Advertencia: El contraejemplo solo opera contra afirmaciones universales. Ante «la mayoría de los políticos mienten», un caso contrario no refuta nada, porque esa formulación ya contaba con excepciones. Conviene comprobar si la afirmación es realmente universal antes de emplear un contraejemplo contra ella.
3. Argumentar por analogía
Pregunta: ¿Hay un caso parecido en el que la respuesta esté clara?
Consiste en sostener que, si dos casos se parecen en los aspectos relevantes, lo que vale para uno vale también para el otro. Su utilidad es doble: sirve para defender una tesis trasladando a un caso oscuro la solución de otro más claro, y sirve también para refutarla, mostrando que la analogía que la sostiene no se cumple donde se pretendía.
Ejemplo cotidiano: «Prohibir un libro por su contenido es como prohibir un cuchillo porque alguien puede clavarlo.» La analogía funciona si ambos casos se parecen en lo que importa: que el objeto admite usos buenos y malos y que la responsabilidad recae en quien lo usa. Falla si el parecido no alcanza al punto discutido, pues un libro actúa sobre las creencias y un cuchillo sobre los cuerpos, y quien defienda la prohibición dirá que esa diferencia es precisamente la relevante.
Ejemplo filosófico: Sócrates argumenta que toda técnica busca el bien de aquello sobre lo que se ejerce y no el del técnico: el médico procura la salud del enfermo y el pastor el bienestar del rebaño; luego el gobernante, si el gobierno es una técnica, debe buscar el bien de los gobernados. Trasímaco contesta atacando la analogía: el pastor engorda al rebaño para venderlo, de modo que el paralelismo, bien mirado, prueba lo contrario.
Advertencia: Toda analogía es parcial, pues dos casos idénticos serían el mismo caso. Lo decisivo es si el parecido alcanza al aspecto que se está discutiendo. La manera de examinar una analogía consiste en preguntar en qué se diferencian los dos casos y si esa diferencia afecta a la conclusión; cuando la afecta, se dice que la analogía cojea. Una analogía nunca demuestra por sí sola: traslada la carga de la prueba a quien niega el parecido.
4. Argumento a fortiori
Pregunta: ¿Se admite ya en un caso más difícil que este?
Consiste en apoyarse en un caso que ya está aceptado para sostener otro que lo está menos, mostrando que las razones que valían allí valen aquí con más fuerza todavía. Funciona en dos direcciones: de lo difícil a lo fácil, cuando se ha concedido lo costoso y se sigue lo menos costoso; y de lo fácil a lo difícil, cuando se muestra que quien rechaza el segundo caso debería rechazar también el primero, que ya había admitido.
Ejemplo cotidiano: Si se acepta que alguien puede mentir para salvar una vida, con más razón se aceptará que pueda callar un dato para evitar un daño menor. Lo segundo exige menos que lo primero, y quien concedió lo más difícil no puede negar lo más fácil sin aportar una razón adicional.
Ejemplo filosófico: Descartes construye así la duda metódica. Empieza dudando de los sentidos en las percepciones lejanas o confusas, que es lo fácil de conceder. Después observa que, si los sentidos engañan alguna vez, no hay garantía de que no engañen siempre, y extiende la duda a las percepciones más claras y cercanas. El razonamiento avanza de lo ya admitido hacia lo que costaba admitir.
Advertencia: La técnica exige que ambos casos se ordenen realmente en una escala y que el segundo quede por debajo o por encima del primero en el aspecto que importa. Si el caso presentado como más fácil lo es en otro aspecto distinto del discutido, el argumento se rompe. Conviene además no confundir lo que resulta más fácil de aceptar con lo que es menos grave: son cosas distintas.
5. Acotar (conceder y mostrar el límite)
Pregunta: ¿Llega tan lejos como pretende?
Consiste en aceptar que un argumento prueba algo y mostrar que no prueba tanto como pretende. No lo destruye: le concede lo que tiene de razón y le niega solo la conclusión excesiva. Es la operación más frecuente en la discusión filosófica, porque casi ningún argumento es enteramente falso: la mayoría son verdaderos dentro de un ámbito y falsos fuera de él.
La manera más frecuente de acotar es distinguir: separar dos cosas que el argumento contrario mantiene mezcladas. Hay dos tipos de distinción:
- Distinción de grado. La posición contraria ha convertido en absoluto algo que admite grados. «Los videojuegos son perjudiciales» se acota distinguiendo: no lo son como tales, sino a partir de cierta cantidad. El argumento vale para el exceso, no para el uso.
- Distinción de aspecto. La posición contraria ha reunido bajo un mismo término dos cosas que no son iguales. «Todo lo que sabemos viene de la experiencia» se acota separando los materiales (las impresiones, que en efecto proceden de ella) y la estructura (las formas con que se organizan, que no tienen por qué proceder de la misma fuente). Que todos los ladrillos vengan de la fábrica no implica que el plano del edificio venga de ella.
Ejemplo cotidiano: «La tecnología aísla a las personas.» La acotación consiste en señalar que aísla cuando sustituye al contacto directo, pero no cuando lo complementa. El argumento vale para un caso y no para el otro.
Ejemplo filosófico: Hume demuestra que la introspección no encuentra ninguna sustancia llamada «yo», sino solo percepciones sucesivas. La acotación pertinente es esta: el argumento prueba que el yo no se percibe como un objeto, no que no exista identidad alguna, pues la identidad podría consistir en algo distinto de un objeto percibido.
Advertencia: Acotar no consiste en añadir un «sí, pero» genérico. Exige señalar con precisión dónde termina la validez del argumento y por qué a partir de ese punto deja de funcionar. Una acotación imprecisa no hace avanzar la discusión.
La acotación puede aplicarse igualmente a la tesis que uno mismo defiende: precisar bajo qué condiciones se sostiene, o qué casos no resuelve, la vuelve más exacta y más difícil de refutar.
6. Invertir la objeción
Pregunta: ¿Se puede dar la vuelta a su argumento?
Consiste en tomar un argumento de la posición contraria y mostrar que, bien entendido, sostiene la tesis opuesta a la que pretendía defender. Es la más eficaz de las técnicas cuando la inversión es real, y la más torpe cuando se fuerza.
Ejemplo cotidiano: «No merece la pena estudiar filosofía, porque los filósofos nunca se ponen de acuerdo.» La inversión consiste en observar que quien formula esa objeción está defendiendo una tesis sobre el valor del conocimiento y sobre lo que cuenta como saber legítimo, es decir, una tesis filosófica. Para negar que la filosofía sirva necesita hacer filosofía.
Ejemplo filosófico: Trasímaco sostiene que la justicia es el interés del más fuerte, y lo dice con evidente indignación. Pero la indignación presupone un criterio desde el cual el estado de cosas descrito resulta reprobable, y ese criterio no puede ser el interés del más fuerte, pues entonces no habría nada que reprochar. Su argumento, bien examinado, apunta a lo contrario de lo que pretendía.
Advertencia: La inversión ha de ser genuina y no un juego retórico. Cuando exige forzar la lógica o alterar el significado de los términos, deja de probar nada; en esos casos resulta preferible acotar.
7. Distinguir sentidos
Pregunta: ¿Estamos usando la misma palabra para decir cosas distintas?
Muchas discusiones no avanzan porque una palabra clave posee dos significados distintos y cada interlocutor emplea el suyo sin advertirlo. Separar los sentidos transforma la discusión: a veces el desacuerdo se disuelve, por ser verbal y no real, y a veces se reformula con mayor precisión.
Ejemplo cotidiano: Dos personas discuten si un anuncio de trabajo que exige experiencia previa resulta discriminatorio. Una entiende por «discriminatorio» todo criterio que establece una diferencia; la otra, solo aquel que establece una diferencia injusta. Mientras los dos sentidos no se separen, la discusión no puede avanzar.
Ejemplo filosófico: Aristóteles distingue dentro de lo justo dos sentidos: lo justo natural, que tiene en todas partes la misma fuerza, y lo justo legal, indiferente en su origen y fijado por convención. La pregunta por la existencia de la justicia cambia por completo según cuál de los dos se emplee, y buena parte de la disputa entre universalistas y relativistas procede de no haberlos separado.
Advertencia: La distinción de sentidos no autoriza a eludir la cuestión. Una vez separados los significados, es necesario determinar cuál resulta pertinente para el problema tratado y responder con él. Quien distingue y no elige esquiva la pregunta en lugar de responderla.
8. Construir un experimento mental
Pregunta: ¿Qué pasaría si…?
Consiste en imaginar una situación hipotética, con frecuencia irrealizable, para aislar un problema y examinar qué se sigue de cada posición. No demuestra cómo es el mundo, sino qué ocurriría si fuera de cierta manera, lo cual permite someter una tesis a prueba sin necesidad de que el caso sea real.
Ejemplo cotidiano: Para determinar si pesa más la intención o el resultado, cabe imaginar dos casos: alguien que intenta ayudar y sin querer perjudica, y alguien que intenta perjudicar y sin querer beneficia. La pregunta de a cuál de los dos correspondería el agradecimiento revela cuál de los dos factores se considera decisivo.
Ejemplo filosófico: Glaucón propone el anillo de Giges: si alguien pudiera volverse invisible y actuar con total impunidad, ¿seguiría comportándose justamente? El experimento no pregunta si tal anillo existe, sino si la justicia depende del temor al castigo o de otra cosa. Lo que la respuesta revele vale para el mundo real, aunque el anillo no exista.
Advertencia: Un experimento mental prueba qué se sigue de ciertas premisas, no cómo es la realidad; conviene no confundir lo que ocurriría en el caso imaginario con lo que ocurre de hecho. Existe además el riesgo de simplificar tanto la situación que se elimine precisamente aquello que la hacía difícil: un caso hipotético que suprime toda la complejidad demuestra algo, pero quizá algo irrelevante.
9. Reducción al absurdo
Pregunta: ¿A qué conclusión inaceptable lleva esta posición si la llevamos hasta el final?
Consiste en aceptar provisionalmente la tesis contraria y mostrar que, aplicada con coherencia, conduce a una conclusión inaceptable. Si la conclusión es absurda y el razonamiento válido, la premisa de partida ha de ser falsa.
Ejemplo cotidiano: «Toda opinión merece el mismo respeto.» Aceptado el principio, se sigue que merecen el mismo respeto la opinión de un médico sobre un tratamiento y la de quien no ha estudiado medicina. Quien no esté dispuesto a admitir esa consecuencia debe matizar el principio del que partía.
Ejemplo filosófico: Gaunilón responde al argumento ontológico de Anselmo aplicando su misma estructura a otro objeto. Anselmo sostiene que Dios, definido como aquello mayor que lo cual nada puede pensarse, debe existir, porque existir en la realidad es mayor que existir solo en el entendimiento. Gaunilón replica que, siguiendo ese razonamiento, cabría concebir la isla más perfecta que pueda pensarse y concluir que existe, pues una isla real sería más perfecta que una imaginada. Como nadie admitiría semejante conclusión, algo falla en el razonamiento que la produce.
Advertencia: Es imprescindible comprobar que la conclusión absurda se sigue realmente de la premisa atacada y no de algún supuesto añadido por el camino. Una reducción al absurdo con un paso intermedio injustificado no prueba nada contra la premisa, sino que revela un fallo en el propio razonamiento. Tampoco debe confundirse con la exageración: la reducción al absurdo es rigurosa, no burlona.
El caso de Gaunilón ilustra además un riesgo asociado a esta técnica. Anselmo replicó que la analogía no valía, porque el concepto de isla perfecta no encierra ninguna necesidad de existir, mientras que el de un ser mayor que el cual nada puede pensarse sí la encerraría. Cuando la reducción al absurdo se aplica a un caso que no reproduce con exactitud la estructura del original, deja de refutarlo: se convierte en un hombre de paja involuntario.
10. Argumentar por las consecuencias
Pregunta: ¿Qué se seguiría de aceptar esta posición?
Consiste en evaluar una tesis por aquello a lo que conduce cuando se aplica. A diferencia de la reducción al absurdo, donde la consecuencia es lógicamente contradictoria, aquí la consecuencia es solo indeseable o inaceptable en la práctica, lo cual constituye una razón para revisar la tesis, no una demostración de su falsedad.
Ejemplo cotidiano: «Cada uno debería poder conducir a la velocidad que considere segura.» La consecuencia previsible es que la seguridad en carretera pasaría a depender del juicio individual de cada conductor, incluido el de quien lo tiene peor calibrado. La consecuencia no es contradictoria, pero basta para exigir que la propuesta se justifique mucho mejor.
Ejemplo filosófico: Contra el determinismo se ha argumentado que, si nadie puede evitar hacer lo que hace, entonces nadie merece castigo ni elogio, y las prácticas de atribuir responsabilidad quedarían sin fundamento. El determinista puede aceptar esa consecuencia y proponer reformar tales prácticas; el argumento no lo refuta, pero muestra el precio de su posición.
Advertencia: Que una tesis tenga consecuencias desagradables no la vuelve falsa. Muchas verdades incómodas lo son, y confundir lo indeseable con lo falso es un error frecuente. Este argumento sirve para mostrar cuánto cuesta sostener una posición, no para demostrar que sea errónea. Conviene además comprobar que la consecuencia se sigue realmente de la tesis y no de alguna interpretación forzada de ella.
11. Plantear un dilema
Pregunta: ¿Puede el adversario escapar por algún lado, o las dos opciones le comprometen?
Consiste en presentar dos alternativas (o más) y mostrar que todas conducen a una conclusión inaceptable para quien defiende la posición examinada. Si las alternativas son exhaustivas y ninguna resulta admisible, la posición queda en grave dificultad.
Ejemplo cotidiano: «O se estudia para aprobar, y entonces no se aprende, o se estudia para aprender, y entonces se corre el riesgo de no aprobar; luego el sistema obliga a elegir entre aprender y aprobar.» El dilema solo funciona si esas dos opciones son las únicas posibles: basta con que quepa estudiar para aprender y aprobar a la vez para que se deshaga.
Ejemplo filosófico: El llamado dilema de Epicuro se dirige contra la existencia de un Dios a la vez omnipotente y bueno. O quiere evitar el mal y no puede, y entonces no es omnipotente; o puede y no quiere, y entonces no es bueno; o ni puede ni quiere, y entonces no merece el nombre de Dios. Cada rama conduce a una conclusión que el creyente no puede admitir. Toda la fuerza del argumento depende de que no exista una cuarta posibilidad no contemplada.
Advertencia: El dilema solo es válido si las alternativas agotan las posibilidades. Si la posición atacada encuentra una tercera opción no contemplada, el dilema se disuelve; esa maniobra recibe el nombre de escapar entre los cuernos del dilema. La única prevención consiste en asegurarse de que la enumeración de opciones sea completa y no meramente conveniente.
12. Señalar la autorrefutación
Pregunta: ¿Se destruye a sí misma la posición que defiende?
Algunas afirmaciones se refutan por sí solas al aplicarse a su propio caso. Si una posición no puede sostenerse sin contradecir lo que ella misma afirma, no hace falta ningún argumento externo para desmontarla.
Ejemplo cotidiano: «No existen las verdades absolutas.» Cabe preguntar si esa misma afirmación es una verdad absoluta. Si lo es, se contradice; si no lo es, admite excepciones, y entonces podría haber verdades absolutas.
Ejemplo filosófico: Protágoras sostiene que el hombre es la medida de todas las cosas, esto es, que la verdad es relativa a cada cual. Platón replica que, si tal afirmación vale para todos, constituye una verdad no relativa y se contradice; y si vale solo para Protágoras, no obliga a nadie más y deja de ser una tesis.
Tres advertencias:
- La autorrefutación ha de ser real. No toda afirmación que se aplica a sí misma se contradice: «no tengo certeza de nada» no se refuta, porque puede sostenerse sin certeza, y así la formulan los escépticos rigurosos.
- No sirve como atajo. Afirmar que una posición se refuta sola, sin mostrar exactamente cómo y por qué, es un eslogan y no un argumento.
- Si la posición puede reformularse para esquivar la contradicción, no era autorrefutatoria, sino imprecisa. Y una tesis imprecisa se corrige, no se refuta.
13. Elegir la mejor explicación
Pregunta: De todas las hipótesis posibles, ¿cuál explica más y supone menos?
Ante un conjunto de hechos que admiten varias explicaciones, esta técnica consiste en enumerarlas y elegir aquella que explica más datos, deja menos cabos sueltos y postula menos entidades o supuestos no comprobados. No garantiza la verdad de la hipótesis elegida, pero justifica racionalmente su preferencia mientras no aparezca otra mejor.
Ejemplo cotidiano: Un alumno saca peores notas que el curso anterior. Cabe explicarlo por falta de capacidad, por desinterés, por dificultades personales o por un cambio en el nivel de exigencia. La explicación preferible será la que dé cuenta de todos los datos disponibles, incluidos aquellos que las demás dejan sin explicar, como que el descenso afecte también a otros compañeros o solo a determinadas asignaturas.
Ejemplo filosófico: Antes de Darwin, el registro fósil, la existencia de órganos sin función aparente y el parecido entre especies de territorios vecinos se explicaban por separado y mediante hipótesis distintas. La selección natural da cuenta de los tres hechos a la vez y con un solo mecanismo. Esa capacidad de unificar fenómenos que antes exigían explicaciones independientes es lo que confiere fuerza a una hipótesis.
Advertencia: La sencillez de una explicación es una razón para preferirla, no una prueba de que sea verdadera; la realidad no está obligada a ser simple. Y la técnica solo vale si la enumeración de hipótesis es honesta: elegir la mejor entre dos, cuando existía una tercera que no se ha mencionado, no es argumentar sino seleccionar el rival más cómodo.
14. La navaja de Ockham
Pregunta: ¿Explican lo mismo, pero una de ellas supone más cosas?
Cuando dos explicaciones dan cuenta igual de bien de los mismos hechos, conviene preferir la que introduce menos entidades, causas o supuestos no comprobados. El principio, atribuido a Guillermo de Ockham, no afirma que la realidad sea simple, sino que no deben multiplicarse los elementos de una explicación sin necesidad: lo que no realiza ningún trabajo explicativo puede retirarse sin pérdida.
Ejemplo cotidiano: Ante un ruido nocturno en una casa vieja caben dos explicaciones: la dilatación de la madera al enfriarse, o la presencia de alguien que ha entrado sin forzar nada, sin llevarse nada y sin dejar rastro. Ambas explican el ruido; la segunda exige suponer bastante más.
Ejemplo filosófico: El sistema astronómico de Ptolomeo explicaba el movimiento retrógrado de los planetas añadiendo epiciclos, círculos suplementarios cuyo único cometido era hacer que las cuentas cuadrasen. El heliocentrismo explica el mismo fenómeno como consecuencia del movimiento de la Tierra, sin necesidad de esos añadidos. Ambas explicaciones salvaban las apariencias; una necesitaba mucho menos aparato para hacerlo.
Advertencia: La sencillez es un criterio de preferencia, no una prueba de verdad. La realidad no está obligada a ser simple, y algunas explicaciones correctas resultaron más complicadas que sus rivales. El principio se aplica solo cuando las explicaciones en competencia dan cuenta igual de bien de los hechos: una explicación más sencilla que explica menos no es preferible, es peor. Y no debe invocarse para descartar lo que simplemente resulta incómodo de aceptar.
15. Sacar a la luz el supuesto oculto
Pregunta: ¿Qué está dando por sentado sin decirlo?
Todo argumento descansa en premisas que no siempre se enuncian. Esta técnica consiste en identificar la premisa silenciosa y examinar si resulta tan evidente como su autor supone. A veces lo es, y el argumento se mantiene; a veces no, y entonces se derrumba por donde nadie miraba.
Ejemplo cotidiano: «Si se legaliza una conducta, aumentará su frecuencia.» El argumento presupone que la prohibición es lo que la contiene y que, retirada esta, la conducta se extendería. El supuesto no es evidente: puede que quienes no la practican se abstengan por razones ajenas a la ley, como la costumbre, la educación o el simple desinterés. Ahí, y no en la conclusión, se juega la solidez del argumento.
Ejemplo filosófico: Kant examina el argumento ontológico y localiza su premisa tácita: se presupone que la existencia es una propiedad que, añadida a un concepto, lo hace mayor o más perfecto. Pero la existencia, objeta Kant, no es un predicado real: cien táleros efectivos no contienen ninguna propiedad que no tengan cien táleros meramente pensados. Retirado el supuesto, la prueba se detiene.
Advertencia: Que un argumento descanse en supuestos no lo invalida: todos los argumentos lo hacen. La cuestión es si esos supuestos son razonables. Señalar una premisa tácita solo tiene valor cuando puede mostrarse que resulta discutible, no cuando se limita a constatar que existe.
Cómo elegir la técnica adecuada
Ante un argumento que se resiste, la primera decisión no es qué técnica emplear, sino qué se pretende hacer con él. Responde a las preguntas siguientes y el recorrido conducirá a la técnica pertinente.
Bibliografía
- Dennett, D. C. (2015). Bombas de intuición y otras herramientas del pensamiento (trad. J. Cerdá). FCE.
- Weston, A. (2005). Las claves de la argumentación (trad. J. F. Malem). Ariel.
