MARÍA ZAMBRANO (1904 – 1991)
Biografía

María Zambrano Alarcón nació en Vélez-Málaga el 22 de abril de 1904. La fecha aparece a veces como 25 de abril, incluso en solapas de sus propios libros, porque su padre tardó tres días en inscribirla en el registro: la niña había nacido muy débil y la preocupación por su supervivencia se impuso al trámite. Sus padres, Blas José Zambrano y Araceli Alarcón, eran ambos maestros de la Escuela Graduada de la localidad, de la que el padre era regente. Esa procedencia importa: Zambrano crece en un ambiente de maestros republicanos vinculados a los círculos renovadores de la enseñanza, y su padre será toda la vida una figura central en su pensamiento.
Su infancia transcurre entre Andalucía, una breve estancia en Madrid y, a partir de 1909, Segovia, donde el padre había sido nombrado regente de la Escuela Aneja a la Normal de Magisterio. En esa ciudad pasa la infancia, la adolescencia y la primera juventud, y allí nace en 1911 su hermana Araceli, con quien mantendrá el vínculo más intenso de toda su vida y que será su compañera desde 1946 hasta la muerte de esta en 1972.
En Segovia, Blas Zambrano se convierte en animador de la vida cultural de la ciudad y entabla una estrecha amistad con Antonio Machado, que llegó allí en 1919 como profesor de francés. El padre y el poeta serán los dos primeros maestros de María Zambrano, y la deuda con Machado es explícita: la expresión «razón poética», que define toda su filosofía, aparece por primera vez en un artículo de 1937 dedicado precisamente a él.
Con trece años ingresa en el Instituto de Segovia, cosa poco habitual entonces para una niña en una capital de provincias, y lo hace acompañada de una única compañera. Su formación temprana se apoya sobre todo en la biblioteca familiar. En esos años conoce a su primo Miguel Pizarro, poeta cercano al grupo del 27 y amigo de García Lorca, que la introduce en la lectura de Nietzsche y en la poesía del Siglo de Oro y con quien mantendrá un noviazgo intermitente que nunca llegó a consolidarse; Pizarro marcharía después a Japón como corresponsal y acabaría exiliado en Nueva York.
Comienza los estudios de Filosofía por libre, debido a su salud delicada, y en 1924 la familia se traslada a Madrid, donde los completa. Asiste a las clases de Ortega y Gasset, a quien reconocerá siempre como su maestro, y también a las de García Morente, Julián Besteiro y Xavier Zubiri. Participa en la vida intelectual de la Edad de Plata: las tertulias de la Revista de Occidente, el Lyceum Club, la Residencia de Estudiantes y la de Señoritas, y traba amistad con las mujeres del grupo conocido hoy como «las Sinsombrero» —Maruja Mallo, Rosa Chacel, Concha Méndez, María Teresa León— y con poetas del 27 como Emilio Prados, Luis Cernuda o Miguel Hernández.
En 1928 empieza a dar clases en el Instituto-Escuela, a publicar sus primeros artículos y a implicarse políticamente: se afilia a la Federación Universitaria Escolar y participa en conferencias por toda España. La intensidad de esa actividad le pasa factura y ha de guardar reposo durante cerca de un año. De ese periodo de aislamiento forzoso salen dos cosas: los recuerdos que años después vertería en su autobiografía Delirio y destino, y la decisión de no dedicarse profesionalmente a la política sino a la filosofía. Publica en 1930 su primer libro, Horizonte del liberalismo, y al curso siguiente es nombrada profesora auxiliar en la Universidad Central, donde imparte Historia de la Filosofía. Asiste a la proclamación de la República el 14 de abril de 1931, y rechaza formar parte de una candidatura socialista por no apartarse de la filosofía. Participa en 1933 en las Misiones Pedagógicas, el proyecto republicano de llevar la cultura a los pueblos.
De estos años es el artículo que ella misma consideró decisivo, «Hacia un saber sobre el alma» (1934), donde según su propio testimonio ya estaba en marcha la razón poética aunque todavía no lo supiera. Es también el momento en que empieza a distanciarse de Ortega, adentrándose —son palabras suyas— en territorios en los que su maestro no habría entrado: la esperanza, el amor y la muerte.
Al estallar la Guerra Civil se alinea desde el primer momento con la República. El 14 de septiembre de 1936 se casa con el historiador Alfonso Rodríguez Aldave, nombrado secretario de la embajada de España en Chile, y ambos parten hacia Santiago; en la escala de La Habana conoce al poeta José Lezama Lima, que será uno de sus grandes amigos. Regresan a España en junio de 1937, cuando su marido es llamado a filas. Zambrano se instala en Valencia, colabora en la revista Hora de España y desempeña cargos en la defensa de la República. En octubre de 1938, en Barcelona, muere su padre.
A finales de enero de 1939, tras la caída de Barcelona, cruza la frontera camino del exilio. Vivirá fuera de España cuarenta y cinco años. Fueron los más duros de su vida y también los más fecundos. El itinerario es largo: México, donde imparte clases en la Universidad de San Nicolás de Hidalgo, en Morelia, y publica Pensamiento y poesía en la vida española y Filosofía y poesía, ambos de 1939; La Habana, ciudad que sintió como propia y a la que llamó su «patria prenatal»; Puerto Rico; París, donde en 1946 llega demasiado tarde para ver viva a su madre y donde se separa de su marido; de nuevo América; y desde 1953 Roma, durante once años, en los que publica su libro capital, El hombre y lo divino (1955), y Persona y democracia.
Sobre la escritura de Filosofía y poesía disponemos de su propio testimonio, en el prólogo que añadió a la edición de 1987. Lo escribió en el otoño de 1939, recién llegada del exilio y tras la derrota, como homenaje a la Universidad de Morelia, que la había acogido. Se imprimió allí mismo, en una imprenta que solo podía tirar unos pliegos cada vez, y ella misma corrigió a mano varios capítulos en los ejemplares que le regaló la universidad. El primer capítulo había aparecido antes en la revista Taller, fundada y dirigida por Octavio Paz. Zambrano cuenta también que escribirlo le pareció una empresa utópica, y explica por qué en una frase que dice mucho de ella: sabía que la filosofía, y no por ser mujer, nunca podría hacerla; y sin embargo no podía dejar de hacerla.
En 1964 las dos hermanas dejan Roma y se instalan en La Pièce, una casa en un bosque del Jura francés. Allí muere Araceli en 1972, y a ella dedicará Zambrano Claros del bosque (1977), el libro con el que su obra empieza por fin a ser leída en España.
Los reconocimientos llegaron tarde y muy juntos. En 1981 recibe el Premio Príncipe de Asturias. Regresa definitivamente a España el 20 de noviembre de 1984, ya muy debilitada, y se instala en Madrid. En 1985 es nombrada Hija Predilecta de Andalucía; en 1987 es investida doctora honoris causa por la Universidad de Málaga y se constituye en Vélez-Málaga la Fundación María Zambrano, depositaria de su legado; y en 1988 se le concede el Premio Cervantes, del que fue la primera mujer galardonada.
Murió en Madrid el 6 de febrero de 1991. Está enterrada en el cementerio de Vélez-Málaga, entre un naranjo y un limonero, con un verso del Cantar de los cantares por epitafio: Surge amica mea et veni.
Elaborado a partir de la voz «María Zambrano» de M. Moretti en Philosophica: Enciclopedia filosófica on line (2024); de M. L. Maillard García, María Zambrano. Cuaderno didáctico (Centro Andaluz de las Letras, Junta de Andalucía, 2021); y de las fichas biográficas de la Biblioteca Nacional de España y del Instituto Cervantes.
Obras
La obra de Zambrano se reparte entre libros, cursos y una enorme cantidad de artículos y ensayos publicados en revistas y periódicos. Buena parte de sus textos capitales aparecieron fuera de España durante el exilio, en editoriales de México, Cuba, Puerto Rico o Argentina, lo que explica que en su propio país tardaran décadas en leerse.
Conviene advertir un rasgo de su escritura que condiciona cualquier lectura: Zambrano no escribe tratados sistemáticos. Sus libros son con frecuencia recopilaciones de ensayos escritos a lo largo de años, y su prosa se vuelve progresivamente más simbólica, hasta el punto de que ella misma describió su obra como fragmentos de un orden remoto. No hay en ella un «sistema» que exponer, sino un camino que recorrer.
Primeros libros y años de la República
- Horizonte del liberalismo (1930). Su primer libro. Defiende un liberalismo que, sin renunciar a la libertad individual, atienda a los derechos del pueblo.
- «Hacia un saber sobre el alma» (1934), artículo publicado en la Revista de Occidente. Ella lo consideró el germen de toda su filosofía posterior.
- Los intelectuales en el drama de España (1937). Escrito desde Chile durante la guerra.
Los libros del exilio
- Pensamiento y poesía en la vida española (1939). Interpreta la cultura española a partir de la ausencia de grandes sistemas filosóficos y de la presencia de un conocimiento poético disperso en la literatura.
- Filosofía y poesía (1939). Uno de sus libros centrales y el más leído en el ámbito académico. Plantea el conflicto histórico entre las dos formas de conocimiento y la necesidad de reconciliarlas.
- La confesión: género literario y método (1943). Estudia la confesión como forma de pensamiento intermedia entre la filosofía y la literatura, con Agustín de Hipona como modelo.
- La agonía de Europa (1945). Diagnóstico de la crisis europea tras la Segunda Guerra Mundial.
- Hacia un saber sobre el alma (1950). Recopilación de artículos escritos entre 1933 y 1945; libro de acceso privilegiado a su pensamiento.
- El hombre y lo divino (1955; segunda edición ampliada en 1973). Su obra más ambiciosa. Recorre la historia de la relación del ser humano con lo sagrado y lo divino, desde los dioses griegos hasta el nihilismo contemporáneo.
- Persona y democracia (1958). Reflexión sobre la historia y sobre las condiciones de una sociedad democrática; es donde su distancia respecto de la razón histórica de Ortega se hace explícita.
- El sueño creador (1965) y Los sueños y el tiempo (publicado en 1992). Su fenomenología de los sueños, estudiados por su forma y no por su contenido.
- La tumba de Antígona (1967). Obra dramática y filosófica a la vez, sobre una de las figuras femeninas que atraviesan toda su obra.
Última etapa y obras póstumas
- Claros del bosque (1977). El libro que la dio a conocer en España. Aquí ya no expone la razón poética: la ejerce. La prosa es enteramente simbólica.
- De la Aurora (1986) y Notas de un método (1989). Escritos en La Pièce y publicados tras su regreso.
- Delirio y destino (1987). Su única autobiografía, redactada en 1952 y publicada treinta y cinco años después.
- Los bienaventurados (1990).
El texto de referencia hoy son las Obras completas editadas por Galaxia Gutenberg entre 2011 y 2019, con aparato crítico. Alianza Editorial viene publicando desde 2019 sus principales títulos en bolsillo siguiendo ese texto.
Elaborado a partir de la voz «María Zambrano» de M. Moretti en Philosophica: Enciclopedia filosófica on line (2024) y de M. L. Maillard García, María Zambrano. Cuaderno didáctico (Centro Andaluz de las Letras, Junta de Andalucía, 2021).
Su filosofía
Zambrano parte de donde termina Ortega. De él toma la razón vital: la tesis de que la razón no es una facultad separada que contemple el mundo desde fuera, sino una función de la vida, y que la realidad radical es la vida de cada cual. Ese punto de partida lo acepta sin reservas y se consideró siempre discípula suya.
Pero enseguida advierte que la reforma emprendida por su maestro se queda a medio camino. Si de verdad la razón ha de dar cuenta de la vida, no puede seguir ocupándose solo de aquello que se deja formular en conceptos. Habrá que revisar sus relaciones con otras formas de conocimiento que la filosofía expulsó de su territorio —la poesía, la mística, la novela, la confesión— y recuperar algo que la filosofía moderna abandonó: un saber sobre el alma.
Su problema puede formularse así: ¿es posible una razón que no tenga que sacrificar la vida para conocerla? ¿Cabe una razón que integre el sentir sin dejar de ser razón, es decir, sin caer en el irracionalismo?
Conviene subrayar esto último desde el principio, porque es el malentendido más frecuente. Zambrano no renuncia a la razón ni la sustituye por el sentimiento. Lo que propone es lo que ella llama una «reforma del entendimiento»: ensanchar la razón para que pueda hacerse cargo de zonas de la experiencia humana que hasta ahora quedaban fuera. La razón poética no es lo contrario de la razón; es una razón más ancha.
La crítica a la razón occidental
El diagnóstico de Zambrano tiene un blanco preciso: el racionalismo, al que distingue cuidadosamente de la razón. Su reproche no es que haya razonado demasiado, sino que haya razonado sobre una parte del ser humano tomándola por el todo.
El momento decisivo lo sitúa en Descartes. Al definir al hombre como res cogitans, cosa que piensa, la filosofía moderna se queda con el pensamiento y va cediendo todo lo demás a otras ciencias. Zambrano señala el proceso con precisión: Descartes escribió todavía un tratado sobre las pasiones, y Spinoza una ética en la que la psicología era aún metafísica; pero Locke, Hume y Leibniz escriben ya solo sobre el entendimiento humano, y Kant construye su filosofía sobre la razón y la persona ética. El alma quedó fuera, y acabó entregada a una psicología que le aplicó métodos científicos incapaces de adentrarse en ella. El alma quedó como un residuo.
Frente a esa amputación, Zambrano reivindica las razones del corazón de Pascal, el amor intelectual de Spinoza y el ordo amoris de Max Scheler, cuyos escritos póstumos le proporcionaron la idea de un orden del alma que el racionalismo desconoce. La pregunta que dirige a Ortega es sencilla y demoledora: si la realidad radical es la vida, y no las ideas del idealismo ni los hechos del positivismo, ¿no forman parte de la vida esas razones que la razón no entiende?
Filosofía y poesía
Publicado en Morelia en 1939, es su libro más leído y el que plantea el conflicto en su forma más pura. Consta de cinco capítulos —«Pensamiento y poesía», «Poesía y ética», «Mística y poesía», «Poesía y metafísica» y «Poesía»—, y conviene seguir su argumento por orden, porque cada uno responde a una pregunta distinta.
El punto de partida: dos mitades del hombre
El primer capítulo arranca de una constatación histórica: pensamiento y poesía se han enfrentado a lo largo de toda nuestra cultura, y cada uno de ellos reclama para sí el alma entera. Ese doble tirón, dice Zambrano, ha malogrado vocaciones y ha producido mucha angustia estéril. Pero hay una razón más honda para no abandonar el asunto: hoy ambas se nos aparecen como dos formas insuficientes, como dos mitades del ser humano. En la poesía encontramos directamente al hombre concreto e individual; en la filosofía, al hombre en su historia universal, en su querer ser. Ninguna de las dos lo contiene entero.
Y añade de inmediato la diferencia de método que sostendrá todo el libro: la poesía es encuentro, don, hallazgo por gracia; la filosofía es búsqueda, requerimiento guiado por un método. Uno recibe, el otro busca.
La condena platónica y los arrabales
Zambrano sitúa el momento decisivo del conflicto en Platón. Es allí donde la lucha entre las dos formas de la palabra se entabla con todo su vigor y se resuelve triunfalmente a favor del lógos filosófico, decidiéndose lo que ella llama la condenación de la poesía. A partir de ese momento se inaugura en Occidente la vida azarosa de la poesía, su andar errabundo y al margen de la ley, su caminar por senderos estrechos.
La imagen que emplea es memorable y muy útil para entender su postura: desde que el pensamiento consumó su toma de poder, la poesía se quedó a vivir en los arrabales, arisca y desgarrada, diciendo a gritos todas las verdades inconvenientes. Y observa con ironía que, aunque los filósofos nunca llegaron a gobernar ninguna república, la razón que establecieron sí ejerció un imperio decisivo sobre el conocimiento: lo que no era radicalmente racional o sufrió su fascinación o se alzó en rebeldía.
Admiración y violencia: el argumento central
Aquí está el núcleo del capítulo, y es la parte que menos suele citarse. Zambrano se pregunta de dónde nace la filosofía, y no se conforma con la respuesta canónica.
Si el pensamiento hubiera nacido solo de la admiración, como dice Aristóteles al comienzo de la Metafísica, no se explicaría —observa— que se plasmara tan pronto en forma de sistema, ni que su virtud principal acabara siendo la abstracción, es decir, una mirada que ha dejado de ver las cosas. Porque la admiración ante la existencia generosa de la vida no permite desprenderse tan rápido de las maravillas que la suscitan; como la vida misma, la admiración es infinita e insaciable.
Hay entonces otra raíz, y Zambrano la encuentra en otro texto venerable: la alegoría de la caverna, en el libro VII de la República. Allí, lo que origina la filosofía es la violencia: al prisionero se le libera y se le arrastra por la fuerza cuesta arriba. Admiración y violencia juntas, como fuerzas contrarias que no se destruyen, explican el primer momento filosófico: primero el pasmo extático ante las cosas, e inmediatamente después el violentarse para liberarse de ellas.
De ahí sale la definición más lograda del libro: «la filosofía es un éxtasis fracasado por un desgarramiento». El filósofo se admira, sí, pero enseguida se arranca de lo inmediato para lanzarse tras algo que no se le da y que hay que perseguir. Y de ahí procede también el ascetismo, que Zambrano presenta como el instrumento descubierto por este saber ambicioso: la posesión total se paga con una renuncia inicial.
El poeta es, sencillamente, aquel que se quedó en el primer momento. Quienes sintieron su mirada enredada en la hoja o en el agua no pudieron pasar al segundo instante, ese en que la violencia interior hace cerrar los ojos para buscar otra hoja y otra agua más verdaderas. No es pereza ni falta de ímpetu: es fidelidad. La cosa se había fijado ya en ellos, la tenían dentro. El poeta poseía de otro modo aquello que el filósofo perseguía.
Adviértase la fecundidad de este planteamiento. Zambrano no está discutiendo con Platón desde fuera: está usando el propio texto de la caverna y la propia frase inaugural de Aristóteles para mostrar que en el origen de la filosofía hay dos fuerzas y que Occidente solo reconoció una.
Las dos unidades
Viene después el punto que ella misma califica de más delicado, y que suele exponerse mal. La fórmula conocida es que el filósofo quiere lo uno porque lo quiere todo, mientras que el poeta no quiere propiamente el todo, porque teme que en ese todo no estén ya cada una de las cosas y sus matices; quiere una, cada una, sin abstracción y sin renuncia.
Pero Zambrano añade en seguida una corrección importante: eso no significa que el poeta carezca de unidad. Si el poeta no tuviera vuelo, no habría poesía ni habría palabra, porque toda palabra exige ya cierto alejamiento de aquello a lo que se refiere, y quien habla, aunque hable de apariencias, ha alcanzado alguna forma de unidad. El ejemplo que emplea es la música: cada pieza es una unidad y sin embargo está hecha solo de instantes fugaces, sin necesidad de recurrir a ningún ser oculto e idéntico a sí mismo.
Así ocurre con el poema. La unidad del filósofo, si llegara a alcanzarla, sería absoluta y sin mezcla; la del poeta es una unidad creada y encarnada, presente en lugar de oculta, y además siempre incompleta. Y en aceptar esa fragilidad está, dice Zambrano, la humildad del poeta. De ahí ese temblor que queda tras todo buen poema y ese espacio abierto que lo rodea.
El poeta no teme a la nada
La realidad que busca el poeta no es solo la que hay: abarca el ser y el no ser, porque todo, incluso lo que no ha podido ser jamás, tiene derecho a ser. El poeta saca del no ser aquello que gime en él y le da nombre y rostro; no trabaja para que unas cosas sean y otras no, sino para que todo lo que hay y lo que no hay llegue a ser. Por eso, concluye Zambrano con una fórmula que se ha hecho célebre, el poeta no teme a la nada.
La pregunta a Aristóteles
El capítulo se cierra con una objeción que conviene conocer, porque es donde Zambrano golpea más fuerte. Aristóteles abre la Metafísica afirmando que todos los seres humanos desean por naturaleza saber, y justifica así de antemano el saber que va a buscar. Zambrano le devuelve la pregunta: si todos te necesitan, ¿por qué son tan pocos los que te alcanzan? ¿Ha sido alguna vez la filosofía para todos? ¿Ha amparado alguna vez el lógos la endeble vida de cada hombre?
Con la poesía, en cambio, la cuestión ni siquiera se plantea, porque la poesía nunca se estableció a sí misma ni empezó declarando que todos la necesitan. Es una y es distinta para cada cual; su unidad es tan elástica que puede plegarse y casi desaparecer, y desciende hasta la carne, la sangre y el sueño de quien la recibe. De ahí la distinción entre los dos lógos: el de la poesía es de consumo inmediato y cotidiano, un lógos disperso de la misericordia que acude a quien lo necesita; el de la filosofía es inmóvil, no desciende, y solo resulta accesible a quien puede alcanzarlo por sus propios pasos.
Y una última observación, que explica por qué el poeta puede parecer escéptico sin serlo: el poeta ama la verdad, pero no la verdad excluyente ni imperativa, esa que selecciona lo que va a erigirse en dueño de todo lo demás. Su «todo» no es un horizonte ni un principio, sino un todo a posteriori, que solo lo será cuando cada cosa haya alcanzado su plenitud.
El final: el Verbo hecho carne
El capítulo termina con un gesto que conviene entender bien. Zambrano ha recordado antes que la razón cristiana vino a engarzarse con la razón filosófica griega en la fórmula del comienzo del evangelio de Juan: en el principio era el Verbo, el lógos, la palabra creadora que queda situada más allá del hombre, más allá de la naturaleza, más allá del ser y de la nada.
Y cierra recordando que ese mismo texto continúa diciendo que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, lleno de gracia y de verdad. Es decir: la propia tradición que colocó el lógos por encima de todo contiene también su descenso a lo concreto, a lo corporal, a lo que se recibe como don. Ahí está señalado, sin desarrollarlo aún, el horizonte de reconciliación que el libro entero persigue.
Lo que viene después: los otros capítulos
Conviene saber cómo continúa el libro, porque algunos de sus pasajes más citados no pertenecen al primer capítulo y suelen atribuírsele por error.
- «Poesía y ética» examina la condena de la República, dictada en nombre de la justicia y de la verdad. Aquí aparece la formulación célebre de que el nudo está en la muerte: el filósofo desdeña las apariencias porque sabe que son perecederas, y el poeta lo sabe igual de bien y por eso mismo se aferra a ellas; los cabellos de la persona amada encanecen mientras se acarician, y por eso son más amados. De esa melancolía el filósofo se salva por el camino de la razón —Zambrano concede que la razón es realmente la esperanza—, pero a costa de una enorme renuncia. Y el poeta no renuncia. De ahí que amenace todo orden, porque conserva la memoria del dolor y nos hace simpatizar con lo que la razón nos había prohibido.
- «Mística y poesía» muestra que la condena platónica no se dictó en nombre del conocimiento, sino de un designio religioso: salvar el alma. Platón, sostiene Zambrano, hizo teología y mística —dio fundamento racional a los anhelos órficos de purificación—, y por eso tuvo que condenar a la poesía, que era el vivir según la carne. Es también donde estudia a san Juan de la Cruz y donde afirma que gracias al platonismo el amor pudo tener categoría intelectual y social.
- «Poesía y metafísica» traslada el conflicto a la modernidad: el romanticismo, donde poesía y filosofía se abrazan un instante; Baudelaire y Kierkegaard, que traen la conciencia y vuelven a separarlas; y la tesis de que la angustia es la raíz de la metafísica moderna y el sistema la forma que adopta un pensamiento angustiado. Frente a ella, la poesía sería el vértigo del amor, no el de la libertad. Aquí aparece también la fórmula que suele citarse aislada: la filosofía muestra lo que al ser humano le ha ocurrido en su historia; la poesía manifiesta lo que el ser humano es.
- «Poesía», el capítulo final, describe al filósofo como quien decide darse a sí mismo su nombre y su ser, cansado de esperar una voz que lo llame, y al poeta como hijo: el que sigue esperando la donación y no acepta un ser que no le sea dado. Y no quiere volver solo, sino con todos.
La razón poética
La expresión aparece por primera vez en 1937, en un artículo sobre Antonio Machado, y se desarrolla durante el resto de su vida. Zambrano la construye desde la razón vital de Ortega, no contra ella, pero llevándola a un terreno en el que su maestro no entró.
- Es una razón que no se desliga de la experiencia vivida ni del cuerpo: sentiente y razonante a la vez.
- Sustituye la abstracción del concepto por la irradiación de la imagen. Donde el concepto delimita y fija, la metáfora ilumina desde dentro y deja abierto lo que nombra. De ahí que sus imágenes —la aurora, los claros del bosque, las entrañas, el corazón, las ruinas— no sean adorno literario, sino instrumento de conocimiento.
- Exige un descenso previo al ascenso: hay que adentrarse en las zonas oscuras de la realidad y de uno mismo antes de poder renacer.
- Renuncia deliberadamente a la definición y al sistema, no por falta de rigor, sino porque su objeto no se deja aprisionar en ninguna armazón lógica.
Conviene además reparar en el adjetivo. «Poética» no remite aquí en primer lugar a los versos, sino al sentido etimológico de poíesis: creación. La razón poética es una razón creadora, y lo que crea es el propio ser de quien la ejerce. De ahí que Zambrano insista en que el ser humano se conoce a sí mismo antes actuando que pensando: sabe después de haber actuado, y lo que hace por responder a sus pasiones más hondas lo hace sin saber qué está haciendo. Iluminar un poco esa zona es la tarea.
Esta razón trae consigo, además, un concepto distinto de ser. Frente al Ser del racionalismo —uno, homogéneo y estático—, Zambrano reivindica, con una expresión que toma de Machado, la esencial heterogeneidad del ser: una realidad múltiple, en transformación continua, que se resiste a ser apresada por el principio de identidad. Y distingue con cuidado dos ámbitos que la tradición confundió: «lo que hay» es más amplio que «lo que es», porque el ser solo ha sido pensado hasta ahora desde la razón racionalista. Lo real, siguiendo aquí a Ortega, es lo que resiste, lo que no se somete a nuestra voluntad.
La diferencia con Ortega es precisa: para él la razón vital debía seguir siendo razón discursiva aplicada a la vida; para Zambrano la vida exige además otro tipo de saber, receptivo, que se recibe antes que buscarse.
El saber sobre el alma y el sentir originario
Bajo la expresión «saber sobre el alma», Zambrano reclama un orden del interior humano que ni la psicología científica ni la filosofía del sujeto han sabido alcanzar. No es una tesis religiosa: sostiene que entre el yo de la conciencia y la naturaleza exterior hay una zona intermedia —eso que llamamos alma— con su propia lógica y sus propias razones.
En su fondo sitúa el sentir originario: un contacto con lo real anterior a toda reflexión y a todo concepto. Aquí introduce una corrección a Ortega. Si para él el estrato más profundo de nuestra vida son las creencias, aquello en lo que estamos sin advertirlo, para Zambrano hay algo más hondo todavía: una confianza originaria, una apertura a lo que hay cuya mayor o menor amplitud determina cuánta realidad somos capaces de acoger. Las almas mezquinas lo son, dice, por la estrechez de esa confianza inicial.
La imagen que emplea para este conocimiento es la aurora. La luz del mediodía lo iguala todo y se impone sobre las cosas; la claridad temblorosa del amanecer surge lentamente desde la oscuridad y no se desliga nunca de ella. Así es el conocimiento que busca: uno que no ilumine aboliendo la sombra de la que procede.
El método: los claros del bosque
En Claros del bosque (1977), su libro más difícil y también el que la dio a conocer en España, Zambrano ya no expone la razón poética: la ejerce. Y en sus primeras páginas ofrece la formulación más clara de su método, precisamente al mostrar por qué no puede ser un método al uso.
La lección del claro
El claro del bosque es un espacio abierto en la espesura al que no siempre es posible entrar. Se lo mira desde la linde; un pájaro llama y se lo obedece, y luego no se encuentra nada, solo un lugar intacto que parece haberse abierto en ese instante y que nunca volverá a darse así. De ahí extrae la que llama su lección inmediata, y que es la clave de toda su obra tardía: no hay que buscarlo, no hay que buscar. Nada determinado, prefigurado ni sabido de antemano.
Adviértase la inversión respecto de Filosofía y poesía: allí la filosofía era búsqueda guiada por un método y la poesía era don recibido; aquí Zambrano propone un modo de pensar que renuncia a buscar para poder recibir. Y advierte además contra una confusión fácil: la analogía del claro con el templo puede desorientar, porque un templo lo hace el hombre, y el claro se ha hecho por sí mismo; allí donde cuenta el esfuerzo humano no hay templo, hay plaza.
El problema de todo método
Zambrano formula a continuación una objeción de fondo a la idea misma de método, y es de las cosas más agudas que escribió. Todo método, dice, nace de un instante de lucidez que la inunda y la fecunda, y por eso todo método es un incipit vita nova, un anuncio de vida nueva: se oye ese aleluya en el Discurso de Descartes y antes en el encuentro de Agustín con su evidencia.
Pero lo propio del método es la continuidad, hasta el punto de que no sabemos pensar un método discontinuo. Y la conciencia, en cambio, es discontinua: se cansa, decae, y la vida de un ser humano no está empleada continuamente en conocer. De ahí la disparidad entre el vivir consciente y el método que se le propone, y de ahí que un método que solo sirva al conocimiento objetivo acabe siendo un instrumento lógico disponible a ciertas horas, mientras el resto del ser queda desamparado. Lo que Zambrano busca es un método que se haga cargo también de esas zonas, aceptando la discontinuidad en lugar de disimularla, y asumiendo la pasividad del entendimiento: la disposición a recibir en vez de conquistar.
La crítica a la deducción
Su objeción a la lógica formal se entiende mejor con el ejemplo que ella misma propone, tomado del silogismo escolar. De «todos los hombres son mortales» se concluye que Sócrates lo es, uno más como todos. Y Zambrano observa lo que ese razonamiento pierde: todos los hombres mueren, pero no todos mueren como Sócrates. La deducción parte de un juicio universal y desemboca en algo concreto y vivo que queda confinado bajo esa envoltura abstracta, como si no pudiera encontrar en sí mismo razón de ser.
Lo que propone no es abandonar la lógica, sino anteponerle una detención: percibir con los sentidos interiores antes de formular ningún juicio, escuchar la forma concreta de esa muerte, y solo entonces permitir al intelecto que siga esas indicaciones. Es un ejemplo excelente para entender qué añade la razón poética a la razón discursiva sin negarla.
El espejo de Atenea
En el apéndice del mismo libro desarrolla una imagen que resume su propuesta epistemológica. Perseo no podía mirar de frente a la Medusa sin quedar petrificado, y Atenea no le entregó una espada, sino un espejo: un medio que le permitía ver por reflexión aquello que directamente no podía verse.
De ahí extrae Zambrano su tesis: el espejo de Atenea nos habla de modos de conocimiento que solo son posibles en un determinado medio de visibilidad. La razón racionalista ofrece un único medio, adecuado a las cosas tal como aparecen y creemos que son. Pero el ser humano —sostiene— debería recuperar otros medios de visibilidad que su mente y sus sentidos reclaman, porque los poseyó alguna vez poética, litúrgica o metafísicamente. No se trata, por tanto, de sustituir la razón, sino de reconocer que hay realidades que solo se dejan ver de otro modo.
La confesión como método
Si el método lógico-demostrativo no sirve para este saber, ¿cuál sirve? Zambrano dedica un libro entero, La confesión: género literario y método (1943), a proponer uno.
Su diagnóstico de partida es que el drama de la cultura moderna ha sido la falta de contacto entre la verdad de la razón y la vida. La verdad pura, dice con una imagen bellísima, tiene que enamorar a la vida; cuando no sabe hacerlo, la humilla, y la vida humillada acaba declarándose en rebeldía. De ahí las dos salidas modernas, y ambas le parecen fracasos: el relativismo, que sustituye la exigencia de verdad por la de sinceridad, y el positivismo, que disuelve la verdad en los simples hechos. Soberbia y humillación son, según ella, los dos polos de la desesperación del alma moderna.
La confesión ofrece otra vía. Es, en su definición, el lenguaje de quien no ha borrado su condición de sujeto: no expresa sentimientos ni anhelos, sino los esfuerzos de alguien por ser. Nace de la desesperación de sentirse oscuro e incompleto y del afán de encontrar una unidad, y por eso supone siempre una esperanza.
Su modelo es Agustín de Hipona, y aquí hace una afirmación de gran calado. Lo peculiar de las Confesiones es la creencia que obligó a escribirlas: mientras los filósofos buscaban la verdad sin pensar que tuvieran que mostrarse a sí mismos, Agustín creyó que solo descubriéndose a uno mismo se llega al descubrimiento de la verdad. Con ello nace el sujeto, y con él —sostiene Zambrano— el hombre europeo. La contrapartida aparecerá después: ese hombre dejará de sentirse hijo de nadie y se irá sintiendo cada vez más original, hasta que la soledad humana quede constituida.
La metáfora del corazón
Uno de los textos más originales de Claros del bosque, y el que mejor muestra cómo funciona su método, es el dedicado al corazón. Zambrano no lo usa como símbolo sentimental: parte de su descripción anatómica para extraer de ella una consecuencia filosófica.
Su punto de partida es que el corazón tiene huecos, habitaciones abiertas, un dentro. Y eso lo opone al modelo de centro que la tradición heredó de Aristóteles: el motor inmóvil, que mueve todo el universo sin ser movido, atrayendo como atrae el objeto del deseo, pero que no tiene un dentro, ni abre hueco alguno para que nada entre en él. El corazón, en cambio, mueve moviéndose, y la vida circula por él y se estancaría sin él.
De ahí extrae dos consecuencias. La primera es una imagen de la casa: la choza es confín y abrigo, horizonte propio de su habitante, morada y cárcel a la vez; la casa a imagen del corazón, en cambio, deja circular y pide ser recorrida, y por eso es lugar de libertad y no de encierro. La segunda es una tesis sobre lo vivo: todo organismo persigue poseer un vacío dentro de sí, y un ser resulta tanto más «ser» cuanto más amplio y cualificado sea el vacío que contiene.
Añade además que el corazón es lo único de nuestro ser que suena, y que por él los seres que lo tienen se oyen a sí mismos; que es profeta, porque siendo centro está siempre en un confín, a punto de romper a hablar; y que es vaso del dolor, que guarda durante un tiempo y luego ofrece, y solo cuando el dolor circula puede ser asimilado y aparecer con él la razón. Su reproche a la impasibilidad que la tradición estableció como condición del conocimiento racional es preciso: impide advertir que la razón puede nacer del dolor, y deja al dolor sin esencia y sin razón alguna, condenado a estar ahí sin circular.
El hombre y lo divino
Su libro más ambicioso recorre la historia de la relación del ser humano con lo que le trasciende. Parte de una observación histórica: hace muy poco tiempo que el ser humano cuenta su historia y proyecta su futuro sin contar con los dioses, y sin embargo esa actitud se ha vuelto tan habitual que necesitamos hacernos violencia para comprender las épocas en que no era así.
Zambrano distingue dos términos que no deben confundirse. Lo sagrado es la matriz oscura, ambigua y anterior: aquello que resiste y no se deja nombrar. Lo divino es lo sagrado ya configurado y convertido en figura. La filosofía misma, escribirá al final de su vida, es la transformación de lo sagrado en lo divino, es decir, de lo oscuro y entrañable en algo que aspira a ser salvado en la luz.
La piedad
El concepto más original del libro es el de piedad, que Zambrano define de forma inesperada: saber tratar adecuadamente con lo otro. No se trata de compasión. Hablamos de piedad, observa, siempre que tratamos con algo que no está en nuestro mismo plano vital: un dios, un animal, una planta, un enfermo, algo innombrable que es y no es. Es, por tanto, la virtud del trato con lo que no somos nosotros, y su carencia es una de las indigencias de nuestro tiempo.
La nada como última aparición de lo sagrado
El recorrido desemboca en el presente. Al desprenderse de toda relación con lo divino, el ser humano no ha quedado libre: ha quedado como mero proyecto de ser, y se ha encontrado de bruces con la nada, que aparece con toda claridad en Heidegger y en Sartre. Su interpretación es que esa nada no es la desaparición de lo sagrado, sino su última aparición: lo sagrado reaparece como lo irreductible que la libertad humana encuentra cuando pretende ser absoluta. Y como todo lo que resiste, parece esconder una promesa.
La esperanza y el nacimiento incompleto
Si hay un concepto que sostiene toda la antropología de Zambrano, es la esperanza, y su formulación es de las más originales del siglo XX.
Parte de una diferencia entre el animal y el ser humano. El animal nace de una vez: es enteramente lo que es y no necesita ser otra cosa. El ser humano nunca ha nacido del todo; tiene el trabajo de engendrarse nuevamente, o de esperar ser engendrado. De ahí su definición: la esperanza es hambre de nacer del todo, de llevar a plenitud lo que solo tenemos en proyecto.
Las consecuencias son notables. Si estuviéramos acabados, no tendríamos tiempo, porque no tendría sentido consumirnos en él; tenemos tiempo porque no estamos hechos. Y la cultura entera —religión, filosofía, arte, ciencia— se explica como consecuencia de esa necesidad de nacer de nuevo: todas las culturas realizadas, e incluso las utopías, son ensayos de ser.
Añade dos precisiones. La realidad no se nos presenta nunca neutra: la encontramos en términos de esperanza, como promesa cumplida o negada, y solo después nos preguntamos por ella para conocerla. Y bajo la esperanza hay algo que la sostiene, la confianza: la esperanza sostiene todo acto de vida, y la confianza sostiene a la esperanza.
De aquí procede también su idea de un fondo insobornable presente en cada persona: algo que, por muy plagada de errores que esté una vida, no puede jamás acallarse y protesta ante toda iniquidad. Es lo que nos permite reconocer como monstruoso lo que nos rodea, y muy especialmente lo construido por los propios seres humanos.
La ética: hacerse persona
Si la vida humana es un nacimiento incompleto, la consecuencia es una ética. Y la ética de Zambrano tiene una forma muy definida: la tarea de hacerse persona.
Su punto de partida es que el estado inicial de toda vida humana es de opacidad y confusión. No nos somos transparentes: nuestro propio ser se nos manifiesta y a la vez se nos oculta, se nos impone y se nos desvanece, de modo que la ambigüedad resulta ser una categoría esencial de la vida y no un defecto pasajero. Zambrano llega a decir que el ser humano encuentra su ser, pero se encuentra con él como con un extraño.
Ese extrañamiento provoca lo que llama el hambre de ser: la avidez de hacerse presente a uno mismo, que en un segundo momento y ya conscientemente se convierte en voluntad de trascendencia, es decir, en el impulso a no quedarse estancado en el estado presente y a dar forma a ese ser que solo se ha entrevisto o soñado. De ahí su definición del ser humano como aquel que padece su propia trascendencia.
La conclusión es una tesis moral de gran fuerza: no se es hombre por haber nacido hombre, sino cuando se asume el serlo. Ser persona no es un dato biológico ni un derecho automático: es una decisión de la voluntad, la aceptación consciente de dar cauce al propio proyecto, a lo que ella llama vocación o destino. Y por eso el verdadero nacimiento no es el biológico, sino ese despertar al propio ser que sobreviene al aceptar el compromiso de la libertad. Zambrano describe el desarrollo de una persona como el proceso de sus continuos despertares.
Merece la pena señalar en qué se distingue esta ética de otras que aparecen en el temario. No es una ética de la norma: Zambrano insiste en que la exigencia moral brota del fondo mismo del ser humano en su bregar, y no le viene impuesta desde fuera de manera apriorística, lo que la sitúa en las antípodas del formalismo kantiano. Y no es una ética eudemonista al modo griego, porque su fin no es la felicidad sino el llegar a ser. Su único imperativo corrige el de su maestro: si Ortega decía que el hombre ha de hacerse su vida, Zambrano dice que ha de ir cobrando su ser en vida.
Los sueños y el tiempo
Desde finales de los años cincuenta, Zambrano dedica un esfuerzo sostenido a los sueños. Su planteamiento se distingue expresamente del de Freud: el psicoanálisis analiza el contenido de los sueños; ella propone estudiar primero la forma sueño, es decir, hacer una fenomenología del soñar antes que una interpretación de lo soñado.
Lo primero que aparece al mirarlos así es su atemporalidad. En el sueño no existe ese momento privilegiado en que nos preguntamos algo o decidimos hacer algo; todo sucede como si el sueño estuviera hecho desde el primer instante, como una historia ya ocurrida a la que no podemos añadir ni quitar nada. Soñando no tenemos tiempo: al despertar, nos lo devuelven, y con él la libertad, porque en el sueño el sujeto es puramente pasivo.
Distingue los sueños de la psique, en los que la realidad aparece invertida y el sujeto es arrastrado por el deseo, y los sueños de la persona, en los que las dimensiones temporales se ordenan en torno a un centro que es una acción por ejecutar. A estos los llama sueños creadores, y sostiene que la misma estructura se da despierto: los momentos en que un enigma se presenta de golpe como una historia completa o como una melodía, y en los que se es pasivo y activo a la vez. Ahí sitúa los descubrimientos científicos, las soluciones del arte y la inspiración poética.
Las tres dimensiones y sus tiempos
Este análisis desemboca en una de sus construcciones más elaboradas. Frente al tiempo lineal y único de la tradición filosófica, Zambrano sostiene que en el ser humano conviven varios tiempos simultáneos, y que a cada una de las tres dimensiones que lo constituyen le corresponde el suyo:
- La psique, sede del sentir, vive en la atemporalidad de los sueños, donde no hay desarrollo del pensamiento ni libertad posible.
- El yo, sede de la conciencia, vive en el tiempo sucesivo, lineal y homogéneo, con sus tres dimensiones. Es el tiempo histórico en el que se realiza el proyecto de ser, y también el tiempo del encuentro con los demás y de la vida social.
- La persona, centro de la voluntad, alcanza una supratemporalidad: abre un hueco en el tiempo, un espacio de intimidad desde el que puede mirar la propia vida a cierta distancia y advertir su figura. Son los momentos creadores, esos instantes en que el tiempo no desaparece pero queda trascendido.
La consecuencia práctica es notable: para que una persona llegue a verse en su unidad tiene que saber transitar por todos sus tiempos y armonizarlos. No basta con vivir en la conciencia despierta.
La palabra
En su última etapa, la reflexión sobre el lenguaje ocupa el primer plano, y conviene recogerla porque es donde su pensamiento resulta más actual.
Zambrano distingue la palabra que se profiere —lanzada al exterior por quien la hace suya y da por supuesto que quienes la reciben quedarán sometidos, palabra materializada como un poder— de la palabra de comunión, que circula sin obstáculo y se consume sin desgastarse. Y describe el despertar de la palabra: indecisa, apenas articulada, brota como un susurro, en balbuceos, igual que un ave que no sabe adónde ha de ir. Enseguida viene a sustituirla la palabra que la inteligencia profiere como una orden, cargada de intención; y la primera se recoge y vuelve a su vagar silencioso, dejando una huella imperceptible. Pero no se pierde: atraviesa la serie de las palabras dictadas por la intención y las suelta por instantes de sus cadenas.
Dos nociones completan el análisis. La palabra perdida: todas las palabras aluden a una que falta, y se la siente latir en el fondo de la respiración y cerrando la garganta al paso de lo que iba a decirse; es la que los moribundos luchan por dejar aquí sin conseguirlo. Y la palabra que se guarda: aquella que alguien conserva como su propia sustancia y que no dice, porque decirla la desdiría; suele ser un nombre, o un sí o un no dados una vez y ya olvidados, que siguen orientando a quien los guarda incluso cuando ha entrado en la noche de su mente.
La consecuencia que extrae es de largo alcance: que la palabra haya de ser concebida humanamente es lo único que explica que exista la palabra. Si no, bastaría con el lenguaje: la danza de las abejas que notifica dónde hay alimento, o el canto de la lechuza que avisa a la cierva de que el cazador la busca. Notificar no es hablar. La palabra propiamente dicha es la que se alberga, la que puede irse y esconderse, la que nunca da certeza de quedarse.
Persona y democracia
Es el libro donde su distancia respecto de Ortega se vuelve explícita. Para Ortega, el ser humano no tiene naturaleza sino historia. Para Zambrano hay en él algo que escapa a la sociedad y trasciende la historia, y precisamente por eso la produce: si se agotara en su sociedad, esta funcionaría como el medio ambiente para las especies animales, no habría más que una sola sociedad y no existiría la historia.
De ahí una distinción que conviene retener. El lugar del individuo es la sociedad; el lugar de la persona es un íntimo espacio, una soledad. Y en esa soledad —no en ningún otro lugar de la realidad humana— reside un absoluto y nace la responsabilidad: la capacidad de decir sí o no a lo que nos envuelve, y de hacerse cargo incluso de lo que no hemos decidido. La persona no es un dato biológico ni un papel social: es lo que resulta de esa libertad interior al vaciarse en unas circunstancias.
El absolutismo y la sociedad idolátrica
El diagnóstico político de Zambrano es que la sociedad occidental impide precisamente eso, hacerse persona, y que la causa es lo que llama el absolutismo del poder. Con ese término no designa solo una forma de gobierno: designa el proceso por el cual quien detenta el poder se erige en ídolo y exige víctimas, al modo de las viejas deidades que se alimentaban del corazón de los sacrificados en su honor. Es una estructura que, según ella, recorre la civilización occidental desde el Imperio romano hasta los totalitarismos del siglo XX.
Su explicación es psicológica antes que institucional. El origen está en el endiosamiento: el afán de ser plenamente que, cuando no se controla racionalmente, lleva a quien manda a necesitar verse como un dios en la mirada de otro. Y como el modelo de dios que inconscientemente le sirve de patrón corresponde a épocas religiosas muy primitivas, pide, como aquellos, víctimas; porque solo alzándose sobre ellas puede quien no es un dios hacerse la ilusión de serlo. De ahí que todo absolutismo se sostenga sobre la transgresión de la ley y sobre el crimen.
Qué es una democracia
Frente a ello, Zambrano reclama que la sociedad pierda en todas sus formas su constitución idolátrica, que se llegue a amar, creer y obedecer sin idolatría, y que deje de regirse por las leyes del sacrificio. Y define el modo de vida democrático de una forma llamativa: como la liberación y disolución de todo absolutismo. Eso se logra si quien ejerce el poder se desprende de él al mismo tiempo que lo ejerce, es decir, si bajo el personaje histórico que representa sigue habiendo una persona.
Redefine también el concepto de pueblo: no una clase social enfrentada a las demás, sino la totalidad de los ciudadanos elevados a su condición de personas. Y de ahí su definición más citada, que resume toda su filosofía política: la democracia es aquella sociedad en la que ser persona no solo está permitido, sino exigido.
Adviértase lo que esto implica. Para Zambrano la democracia no es principalmente un procedimiento de elección ni un reparto de poderes: es la única forma de convivencia que hace posible el desarrollo moral de las personas. La política queda así subordinada a la ética, y no al revés.
Las ruinas
Su otro concepto histórico importante es el de las ruinas. Lo propiamente histórico no son los acontecimientos tal como fueron, sino lo que de ellos ha quedado: solo vive históricamente lo que ha sobrevivido a su destrucción. Y de ahí extrae una definición de persona: persona es lo que ha sobrevivido a la destrucción de todo en una vida y todavía deja entrever un sentido superior a los hechos.
El exilio
Zambrano cruzó la frontera francesa una noche de finales de enero de 1939, acompañada de un centenar de republicanos, y no regresó hasta el 20 de noviembre de 1984. Cuarenta y cinco años. Lo excepcional es lo que hizo con esa circunstancia: la convirtió en categoría filosófica. En su vida coinciden, como ha señalado José Luis Abellán, el exilio como suceso biográfico y el exilio como realidad que afecta al ser humano en cuanto tal.
Tres maneras de vivir el destierro
Conviene distinguir tres figuras, porque no todos los exiliados españoles de 1939 vivieron lo mismo.
- El desterrado sigue vinculado a su país por la nostalgia. Vive fuera, pero su referencia sigue estando allí. Fue la situación de la mayoría.
- El transterrado echa raíces en el país de acogida, casi siempre latinoamericano, y encuentra en él una segunda patria. En México se les llamó precisamente «refugiados», expresión que describe bien su situación.
- El exiliado en sentido estricto ha perdido todo vínculo con tierra alguna y se siente de ninguna parte. No es nostalgia ni arraigo nuevo: es un flotar sin raíces en tierra de nadie.
Zambrano pertenece al tercer grupo, que fue el más reducido, y de él es el arquetipo. Ella misma prefería hablar de desgarro, porque ninguna otra palabra refleja tan bien lo que el exilio tiene de desarraigo.
Destino y vocación
Abellán observa que en ella el exilio es a la vez destino heredado y elección. El destino viene de antes de nacer: su abuelo, almeriense, había tenido que abandonar su tierra, y sus padres fueron ya desterrados en Castilla, donde nadie de la familia había vivido nunca sin tierras. Zambrano llegó a escribir que, perdido el lazo con la tierra y con la pequeña historia familiar, cuando se ha perdido la fábula solo queda el pensamiento; y que la filosofía fue para ella, a falta de otra cosa, la única manera de vivir sin todo aquello sin traicionarlo.
Pero también fue vocación. Pudiendo haberse quedado como profesora en varios países, optó por una huida constante de un lugar a otro. Ella lo describió diciendo que el exiliado va muriendo y desposeyéndose en cada destierro, saliendo una y otra vez de cada posible patria, dejándose a veces la capa al huir de la seducción de una patria que se le ofrece. De lo que huye quien está prometido al exilio es precisamente de tener un dónde.
El exilio como rito iniciático
El texto decisivo es la «Carta sobre el exilio», publicada en París en junio de 1961. Allí formula la tesis que convierte su circunstancia en filosofía: pocas situaciones hay como la del exilio para que las pruebas de la condición humana se presenten como en un rito iniciático, tal como si se estuviera cumpliendo la iniciación de ser hombre. El exiliado, escribe, se ha desprendido de todos sus ropajes y figuras, incluso de las más legítimas, y queda al borde de la historia, solo en la vida y sin lugar propio.
Ese proceso de desnudamiento tiene un modelo evidente y reconocido: la noche oscura de san Juan de la Cruz. El exilio no es entonces solo una desgracia política, sino una vía de conocimiento: un despojamiento que permite descubrir no solo la patria verdadera, sino el ser verdadero del ser humano. De ahí que llegara a definirlo como la condición ontológica de todo ser humano, y que los rasgos con que describe la experiencia del desterrado —el abandono, la exclusión, el vacío, esa muerte en vida— sirvan también para describir la conciencia de crisis del europeo contemporáneo.
Y de ahí una consecuencia filosófica de primer orden: fue en ese estado, y sobre todo desde su instalación en el bosque del Jura en 1964, cuando su razón poética alcanzó su despliegue pleno. Los libros que hoy se consideran capitales —La tumba de Antígona, El sueño creador, Claros del bosque— pertenecen todos a esa etapa. El exilio no interrumpió su filosofía: fue su condición de posibilidad.
Antígona
La figura literaria en la que condensa todo esto es Antígona, a la que dedicó tres textos a lo largo de veinte años, el último de ellos la obra dramática La tumba de Antígona (1967). El paralelismo es transparente y ella misma lo reconoció: dos hermanas —como ella y Araceli—, una guerra fratricida entre hermanos, y la fidelidad a una ley no escrita frente al poder del tirano. Zambrano contó que Antígona le hablaba antes de que ella reconociera de quién era aquella voz, y que las primeras palabras que le sonaron al oído fueron que, habiendo nacido para el amor, había sido devorada por la piedad.
Nótese que Zambrano no deja morir a Antígona en la tumba: prolonga su vida allí para que pueda pensar, hablar y recibir a quienes la condenaron. El sacrificio no se consuma en la muerte, sino en la conciencia. A su propia generación, la de los intelectuales españoles que se enfrentaron al fascismo y lo pagaron con el destierro, la llamó la generación del toro: la que se ofreció en sacrificio a la historia por defender los valores de la democracia.
La España soñada y la paradoja del regreso
Junto a la España real, perdida, Zambrano elaboró una España soñada, hecha de Cervantes, Galdós, Segovia y Ortega, a la que dedicó España, sueño y verdad. No es evasión sentimental: en su filosofía el sueño es una forma de realidad, y por eso escribe a la vez ese libro y El sueño creador.
Queda una paradoja que conviene no ocultar, porque Abellán la plantea con honestidad. Si el exilio se había convertido en su verdadera patria, su regreso a España resulta incoherente; otros exiliados asumidos, como José Gaos, se negaron a volver. La propia Zambrano confesó en 1989, cinco años después de su vuelta, que le había costado mucho trabajo, y que pese al cariño encontrado sentía a veces algo semejante a haber sido despellejada, una sensación que ella misma calificaba de ininteligible. Abellán apunta que solo las difíciles condiciones económicas de sus últimos años explican el regreso. Es un episodio que dice mucho sobre lo que el exilio llegó a significar para ella.
La vía órfico-pitagórica
Un último apunte, que explica el hermetismo de su última obra. Al buscar un saber sobre el alma, Zambrano retoma en El hombre y lo divino una tradición que Occidente había abandonado tras Aristóteles: la órfico-pitagórica, con su aventura del descenso a los infiernos. Su argumento es que el padecer del alma cuando se siente a sí misma es indecible, y que por serlo se resuelve en música, y en la forma más musical de la palabra, que es la poesía.
Esto sitúa su filosofía en una vecindad reconocida con las religiones mistéricas, y explica por qué su escritura última exige del lector algo más que atención conceptual. Ella misma recordaba que también en Platón los conocimientos conservan algo de iniciación: el misterio requiere iniciación y la matemática aprendizaje, pero ese aprendizaje tenía todavía para él valor iniciático.
La cuestión de la mujer
Zambrano escribió sobre la condición femenina desde muy joven, en artículos de prensa de finales de los años veinte, y la cuestión reaparece después transformada en su interés por una serie de figuras de mujer: Antígona, Diotima, Eloísa, Perséfone, Nina la de Galdós.
Su tesis es que la historia de Occidente ha sido la historia del espíritu —la razón, la voluntad, la libertad, lo que ella llama con el término latino animus—, y que en ese recorrido quedaron atrás los saberes del alma, de los que la mujer se convirtió en depositaria y que los poetas preservaron. Recuperar esas figuras es, para ella, recuperar una forma de conocimiento largamente olvidada, no reivindicar una esencia femenina.
Conviene señalar que su posición es discutida y difícil de encajar en el feminismo de su tiempo. Describe una sabiduría femenina ligada a la paciencia, la receptividad y la capacidad de acoger, lo que algunas lectoras han considerado una reelaboración de estereotipos tradicionales, mientras que otras ven en ello la reivindicación de un modo de conocer que la cultura occidental despreció por asociarlo a lo femenino. Es significativo, en todo caso, que no congeniara con Simone de Beauvoir cuando coincidieron en el París de posguerra: sus planteamientos son casi opuestos, y ese contraste es una de las comparaciones más productivas del temario.
Cómo leerla: dificultades y objeciones
Las etapas de su pensamiento
Conviene advertir que en Zambrano no hay giros ni rupturas: sigue un mismo camino desde sus primeros artículos de 1928 hasta la última obra póstuma, y sus dos preocupaciones —la ética y la política, es decir, cómo llegar a ser persona y en qué sociedad es eso posible— están presentes de principio a fin. Con esa salvedad, suelen distinguirse dos grandes periodos.
- Un periodo crítico (aproximadamente 1928-1960), en el que traza una genealogía de la crisis de Occidente e indaga en las raíces filosóficas, políticas y morales del nihilismo contemporáneo. A él pertenecen Filosofía y poesía, La confesión, La agonía de Europa, El hombre y lo divino y Persona y democracia.
- Un periodo afirmativo (1960-1990), en el que, sin abandonar del todo la crítica, expone su propio pensamiento. Dentro de él suele separarse una primera etapa centrada en los sueños, el tiempo y el exilio, y una segunda, desde 1970, en la que la razón poética deja de exponerse para ejercerse y la escritura se vuelve enteramente simbólica: es la etapa de Claros del bosque, De la Aurora y Los bienaventurados.
Objeciones
Su obra plantea problemas de lectura que conviene reconocer en lugar de disimular.
La forma. Zambrano no argumenta al modo habitual: procede por imágenes, y a partir de Claros del bosque abandona casi por completo el discurso explicativo. Eso ha llevado a preguntarse si lo suyo es filosofía o literatura. Su respuesta implícita es que la pregunta ya presupone la separación que ella combate; pero la objeción de que un pensamiento que renuncia a la definición se vuelve difícil de discutir es legítima.
El riesgo del irracionalismo. Una razón que se abre a la inspiración y a la mística corre el peligro de acabar validando cualquier cosa que se presente como intuición. Zambrano insiste en que se trata de ampliar la razón y no de abandonarla; pero el criterio para distinguir la inspiración legítima de la mera ocurrencia queda menos precisado de lo deseable.
La trayectoria política. Zambrano firmó en 1932, animada por Ortega, el manifiesto del Frente Español, un intento de agrupación nacional del que se apartó al advertir su deriva falangista y que contribuyó a disolver. Fue después una firme defensora de la República y pagó el exilio durante cuarenta y cinco años. El episodio se cita a veces descontextualizado, y conviene conocerlo con sus dos mitades.
Proyección posterior
- Frente a Ortega. Su obra es la continuación más original de la razón vital y a la vez su crítica más honda. La pareja Ortega-Zambrano permite ver cómo una tradición filosófica se prolonga discutiendo consigo misma.
- El diálogo con Platón y Aristóteles. Es probablemente la lectora contemporánea que más lejos ha llevado la discusión con la fundación griega de la filosofía: reabre la expulsión de los poetas, reinterpreta la caverna como escena de violencia originaria y devuelve a Aristóteles su propia pregunta sobre el deseo de saber.
- El exilio como categoría. Zambrano convirtió su circunstancia en concepto filosófico. Sus páginas sobre el destierro, sobre quienes quedan fuera de la historia y sobre la lucha contra el olvido se leen hoy en los estudios sobre migraciones y memoria.
- La poesía y la filosofía. Su reapertura del conflicto que Platón zanjó ha tenido larga descendencia entre poetas y filósofos españoles, muy señaladamente en José Ángel Valente, uno de sus primeros lectores atentos.
- El reconocimiento tardío. Su recuperación en España desde los años setenta, y el Premio Cervantes de 1988, forman parte de un fenómeno más amplio: la reincorporación del pensamiento del exilio republicano a la cultura española.
Elaborado a partir de las obras de María Zambrano Filosofía y poesía (1939; ed. Fondo de Cultura Económica) y Claros del bosque (1977; ed. Seix Barral); del estudio introductorio de Mercedes Gómez Blesa a M. Zambrano, Las palabras del regreso (Cátedra, Letras Hispánicas, 2009); de J. L. Abellán, María Zambrano. Una pensadora de nuestro tiempo (Anthropos, 2006); de M. L. Maillard García, María Zambrano. Cuaderno didáctico (Centro Andaluz de las Letras, Junta de Andalucía, 2021); y de la voz «María Zambrano» de M. Moretti en Philosophica: Enciclopedia filosófica on line (2024), Universidad de Navarra.
Glosario
Glosario de términos zambranianos
- Razón poética: forma de conocimiento que integra razón y sentir, y que se expresa mediante imágenes en lugar de conceptos. No se opone a la razón: la ensancha.
- Reforma del entendimiento: tarea que Zambrano asigna a la filosofía, consistente en sanar la fractura entre el pensamiento y la vida.
- Admiración y violencia: las dos fuerzas que, según ella, están en el origen de la filosofía. La primera es el pasmo ante las cosas; la segunda, el arrancarse de ellas para buscar lo que no se da.
- Éxtasis fracasado: definición zambraniana de la filosofía, que interrumpe la admiración originaria mediante un desgarramiento.
- Los dos lógos: el de la filosofía, inmóvil y accesible solo a quien lo alcanza por sus pasos; el de la poesía, de consumo cotidiano, que desciende hasta quien lo necesita.
- Sentir originario: contacto con la realidad anterior a toda reflexión y a todo concepto, que constituye el fondo del que arranca el conocimiento.
- Saber sobre el alma: conocimiento de esa zona intermedia entre el yo y el mundo que el racionalismo abandonó y la psicología científica no supo alcanzar.
- Confianza: apertura originaria a lo que hay, más honda que las creencias de Ortega; sostiene a la esperanza y determina cuánta realidad somos capaces de acoger.
- Esperanza: hambre de nacer del todo. Fondo último de la vida humana y explicación de que tengamos tiempo y produzcamos cultura.
- Nacimiento incompleto: condición del ser humano, que a diferencia del animal no nace de una vez y ha de seguir engendrándose.
- Fondo insobornable: núcleo de cada persona que no puede ser engañado y que protesta ante la iniquidad.
- Aurora: metáfora central de su método. Frente a la luz cegadora del mediodía, la claridad que nace de la oscuridad sin desligarse de ella.
- Claro del bosque: espacio abierto en la espesura al que no se llega buscándolo. Imagen del conocimiento que se recibe, y de un método que renuncia a la continuidad.
- Pasividad del entendimiento: disposición a recibir en lugar de conquistar, que Zambrano considera condición de este otro modo de conocer.
- Espejo de Atenea: imagen del conocimiento indirecto. Sostiene que existen otros medios de visibilidad además del que ofrece la razón racionalista.
- Entrañas: zona oscura y corporal del ser humano de la que procede la vida y a la que hay que descender antes de poder ascender.
- Corazón: centro que, a diferencia del motor inmóvil aristotélico, tiene un dentro y mueve moviéndose. Casa, cauce, profeta y vaso del dolor.
- Confesión: género literario y método. Lenguaje del sujeto que no ha borrado su condición de tal, y en el que el ser se revela a sí mismo.
- Lo sagrado y lo divino: lo primero es la matriz oscura, ambigua y anterior; lo segundo, esa misma realidad ya configurada y nombrada. La filosofía es el proceso de transformación de uno en otro.
- Piedad: saber tratar adecuadamente con lo otro, es decir, con aquello que no está en nuestro mismo plano vital.
- Inspiración: saber que se recibe como un don y no se busca; opuesto al conocimiento metódico y fuente de la creación poética.
- Forma sueño: modo de estudiar los sueños por su estructura y no por su contenido. Su rasgo primero es la atemporalidad.
- Sueño creador: aquel en que las dimensiones temporales se ordenan en torno a una acción por ejecutar; se da también en la vigilia y sostiene la inspiración.
- Palabra perdida: aquella a la que todas las demás aluden y que nunca llega a decirse.
- Palabra que se guarda: la que alguien conserva como su propia sustancia y que sigue orientándolo sin ser pronunciada.
- Hambre de ser: avidez de hacerse presente a uno mismo, que nace del extrañamiento con que el propio ser se nos manifiesta y se nos oculta.
- Hacerse persona: tarea ética central. No se es hombre por haber nacido hombre, sino cuando se asume el serlo.
- Heterogeneidad del ser: frente al ser uno, homogéneo y estático del racionalismo, concepción de lo real como múltiple y en transformación continua.
- Lo que hay y lo que es: distinción según la cual lo real desborda al ser, que solo ha sido pensado desde la razón racionalista.
- Los tres tiempos: la atemporalidad de la psique, el tiempo sucesivo del yo y la supratemporalidad de la persona. Conviven simultáneamente y hay que aprender a transitarlos.
- Absolutismo del poder: proceso por el cual quien manda se erige en ídolo y exige víctimas. Zambrano lo considera la raíz de la deshumanización de la sociedad occidental.
- Endiosamiento: necesidad de verse como un dios en la mirada del otro, origen psicológico del absolutismo político.
- Democracia: liberación y disolución de todo absolutismo; sociedad en la que ser persona no solo está permitido, sino exigido.
- Desterrado, transterrado y exiliado: las tres figuras del desgarro. El primero conserva el vínculo por la nostalgia; el segundo arraiga en el país de acogida; el tercero ha perdido todo lugar. Zambrano es el arquetipo del tercero.
- Desgarro: término que Zambrano prefiere para nombrar el exilio, por expresar mejor que ningún otro el desarraigo.
- Rito iniciático: sentido que atribuye al exilio, entendido como despojamiento que permite descubrir la patria verdadera y el ser verdadero del ser humano.
- España soñada: figura de España construida sobre Cervantes, Galdós, Segovia y Ortega, que no sustituye a la real sino que la salva en el sueño creador.
- Generación del toro: nombre que da a la generación de intelectuales españoles que se ofreció en sacrificio a la historia defendiendo la democracia.
- Persona: frente al individuo, cuyo lugar es la sociedad, la persona habita un íntimo espacio de soledad en el que nacen la libertad y la responsabilidad.
- Ruinas: lo que sobrevive a la destrucción y constituye, según Zambrano, lo propiamente histórico.
- Exilio: circunstancia biográfica que Zambrano convierte en categoría filosófica para comprender la condición humana.
Preguntas cortas
Responde cada pregunta en tres o cuatro líneas, en voz alta o por escrito, y pulsa después en Ver la respuesta. Marca entonces si la sabías: las que falles volverán a salir más adelante. Lo que aparece en gris amplía la respuesta.