Teoría del conocimiento
Teoría
¿QUÉ ES CONOCER?
¿Podemos estar seguros de lo que conocemos? ¿De dónde proviene nuestro conocimiento? ¿Hay alguna fuente absolutamente fiable? ¿Puede la imaginación ser fuente de conocimiento? ¿Puede la sensación de certeza garantizar que lo que creemos es realmente verdadero? ¿Es posible justificar nuestro conocimiento de forma completa? ¿Hay una diferencia clara entre conocimiento y opinión?
Estas preguntas constituyen el núcleo de la epistemología o teoría del conocimiento, una de las ramas más antiguas y centrales de la filosofía. No se trata de preguntas académicas: están en juego cada vez que alguien afirma que algo es verdad, que tiene razones para creerlo o que puede demostrarlo. La historia de la filosofía puede leerse, en buena medida, como una serie de respuestas distintas a estas mismas preguntas.
TEORÍAS DEL CONOCIMIENTO EN LA ANTIGÜEDAD
Mientras que la mayoría de los presocráticos se interesaron principalmente por el conocimiento de la naturaleza exterior, Sócrates (470–399 a. C.) dio un giro decisivo: comenzó a prestar atención a los conceptos e ideas que subyacen a nuestras experiencias sensibles y a nuestra comunicación con los demás. Si queremos conocer qué es la justicia, la belleza o el bien, no basta con observar el mundo: hay que examinar las ideas mismas.
Sócrates: la ironía y la mayéutica

Sócrates fue quizá el primer filósofo que subraya la importancia de la razón como herramienta indispensable para alcanzar un conocimiento objetivo. Su método es dialéctico, es decir, basado en el diálogo, y consta de dos momentos.
El primero es la ironía: Sócrates se muestra ignorante ante su interlocutor y, mediante preguntas, le hace ver que tampoco sabe lo que creía saber. Es el famoso «solo sé que no sé nada»: no como renuncia al conocimiento, sino como punto de partida honesto.
El segundo momento es la mayéutica (del griego maieutikē: el arte de la partera). Con nuevas preguntas, Sócrates ayuda al interlocutor a «dar a luz» los conocimientos que ya lleva dentro. La idea es que el verdadero conocimiento no se transmite desde fuera sino que se descubre desde dentro, mediante el ejercicio de la razón.
💡 Tip: Sócrates no escribió nada. Lo conocemos casi exclusivamente a través de los diálogos de Platón, su discípulo. Eso hace difícil separar lo que pensó el maestro de lo que añadió el alumno.
Los sofistas: relativismo y escepticismo
A Sócrates se les suelen contraponer los sofistas, maestros profesionales de retórica y oratoria que llegaron a Atenas procedentes de distintas partes del mundo griego. El contacto con culturas y leyes muy diferentes les llevó a cuestionar la existencia de una verdad universal.
Algunos defendieron el relativismo: no existe una verdad absoluta y objetiva; cada persona, cultura o ciudad tiene la suya. La frase de Protágoras lo resume bien: «El hombre es la medida de todas las cosas». Otros fueron más lejos y defendieron el escepticismo: la verdad no existe o, si existiera, sería imposible conocerla.
Para Sócrates, el relativismo y el escepticismo son posiciones que se destruyen a sí mismas: si no hay verdad objetiva, tampoco es objetivamente verdad que no la hay. El debate entre Sócrates y los sofistas es el primer gran debate de la historia de la epistemología, y sus términos siguen siendo actuales.
Platón: la teoría de las Ideas y la reminiscencia

Platón (428/7–348/7 a. C.) sigue los pasos de Sócrates y los lleva mucho más lejos. Para él existen dos mundos radicalmente distintos: el mundo sensible, formado por las cosas materiales, temporales y cambiantes que percibimos con los sentidos, y el mundo inteligible o mundo de las Ideas, formado por realidades inmateriales, eternas e inmutables (la Idea de Justicia, la Idea de Belleza, la Idea de Bien…). Las cosas del mundo sensible no son verdaderamente reales: solo participan de las Ideas, de las que son copias imperfectas.
De ahí se sigue una concepción original del conocimiento: conocer no es aprender algo nuevo, sino recordar (anámnesis o reminiscencia). Antes de nacer, nuestra alma habitó el mundo de las Ideas y las contempló directamente. Al caer al mundo sensible, olvidó ese conocimiento. La experiencia de las cosas sensibles actúa como un estímulo que nos ayuda a recordarlo.
Para entender por qué Platón llega a postular un mundo de Ideas separado del mundo sensible, es útil recurrir a la metáfora que él mismo usa en el Fedón: la de las dos navegaciones. La primera navegación es la que hacen los filósofos naturalistas, los presocráticos, que intentan explicar la realidad observando directamente los fenómenos del mundo sensible, confiando en los vientos favorables de los sentidos. Pero esa navegación, según Platón, encalla: los sentidos solo nos dan información de cosas cambiantes y contradictorias, incapaces de fundamentar un conocimiento verdadero y estable. Ante ese fracaso, Platón emprende una segunda navegación, a remo, sin viento: en lugar de seguir mirando el mundo sensible, decide refugiarse en los logoi, en los argumentos y conceptos racionales, y examinar en ellos la verdad de las cosas. Es en ese giro hacia la razón pura donde descubre que tiene que haber realidades inmateriales, eternas e inmutables —las Ideas— que den fundamento a todo lo que los sentidos perciben como cambiante e imperfecto.
Pero descubrir que existen las Ideas no resuelve por sí solo el problema del conocimiento. Queda una pregunta más difícil: si hay dos mundos —el sensible y el inteligible—, ¿cómo se relaciona cada uno de ellos con lo que podemos conocer? ¿Hay un solo tipo de conocimiento o varios, según el objeto al que se dirija la mente? Para responder a eso, Platón propone en la República dos imágenes complementarias: el símil de la línea y el mito de la caverna. La primera es una representación abstracta y esquemática; la segunda, una alegoría narrativa que dice lo mismo con mayor fuerza dramática.
El símil de la línea (República, 509d–511e)
En el símil de la línea, Platón propone dividir una línea en dos segmentos desiguales. El primero, más pequeño, representa el grado de conocimiento que se puede tener de las cosas materiales, que según Platón no puede ser más que mera opinión o doxa. Esto es así porque estas cosas cambian constantemente y su escasa realidad la obtienen por participar de las Ideas o conceptos, los cuales existen por sí mismos y no cambian. De estos últimos sí cabe un verdadero conocimiento o episteme, al que remite el segmento mayor. Dentro de cada uno de esos grandes segmentos, Platón establece una nueva división, también desigual, de manera que, de izquierda a derecha, los segmentos son cada vez mayores, significando con ello que los anteriores son copias imperfectas de los posteriores.
- Eikasía (imaginación): la opinión que nos formamos de las cosas que imaginamos o que son sombras de los objetos percibidos por los sentidos. Es el grado más bajo de la doxa.
- Pístis (creencia): la percepción de los propios objetos sensibles. Es el grado más alto de la doxa, pero sigue siendo mera opinión.
- Dianoia (pensamiento discursivo, razonamiento, cálculo): el conocimiento de los entes matemáticos, como las formas geométricas. Platón los entiende como entes intermedios: a diferencia de los objetos sensibles, son eternos e inmóviles; pero a diferencia de las Ideas, son múltiples, pues puede haber muchos triángulos semejantes mientras que la Idea de triángulo es una sola (Aristóteles, Metafísica, I, 6, 987b 15). El conocimiento de esas entidades lo alcanzamos recordándolas a partir de la observación de las cosas sensibles que participan de ellas.
- Noesis (intuición intelectual): el conocimiento inmediato de las Ideas puras (Bien, Justicia, Belleza…), la verdadera realidad. Es el grado más alto de la episteme y el único que Platón considera conocimiento en sentido pleno. El camino hacia él pasa por la dialéctica, que Platón entiende como el método filosófico por excelencia: el uso puro de la razón, sin apoyarse en ningún objeto sensible ni en hipótesis matemáticas, para captar las Ideas directamente. La dialéctica ascendente es el movimiento por el que la mente se eleva progresivamente desde las Ideas más particulares y concretas hacia las más universales y abarcadoras, descubriendo en ese ascenso las relaciones de participación y dependencia entre ellas: cómo la Idea de Justicia participa de la Idea de Bien, cómo la Idea de Belleza también remite a ella, hasta llegar a la Idea de Bien, el principio supremo del que todas las demás Ideas dependen y del que reciben su ser y su verdad. La dialéctica descendente es el movimiento inverso: desde la Idea de Bien, el filósofo desciende de nuevo a través del sistema de Ideas para establecer con precisión las relaciones de combinación y articulación entre ellas, lo que Platón llama symploké. No todas las Ideas se combinan entre sí: la dialéctica descendente determina cuáles son compatibles y cuáles no, tejiendo así una red ordenada de relaciones que constituye la estructura inteligible de la realidad.

El mito de la caverna (República, 514a–517a)
En el mito de la caverna (República, 514a–517a), Platón pide que nos imaginemos una caverna en cuyo fondo están atados unos prisioneros de manera que solo pueden mirar hacia el frente, donde hay una pared sobre la que se proyectan unas sombras generadas por una fogata que ilumina unas figuras transportadas por otros hombres que van por un sendero. Lo único que los prisioneros conocen, y a lo que atribuyen por tanto realidad, es a esas sombras y a los sonidos y palabras que escuchan de los hombres.
En esa situación, Platón se pregunta qué pasaría si un prisionero fuese arrastrado a la fuerza a mirar las figuras que transportan esos hombres, luego el fuego y, finalmente, a salir de la caverna. Su respuesta se desarrolla en tres momentos:
- La liberación: en un primer momento, el prisionero quedaría cegado por la luz del fuego. Pero poco a poco se iría dando cuenta del engaño en el que había vivido y cobrando conciencia de que, en realidad, está siendo liberado.
- La contemplación: una vez fuera de la caverna, podría ver las verdaderas sombras, las cosas y el sol que las ilumina, llegando a la conclusión de que lo que había en la caverna no son más que copias imperfectas de lo verdaderamente real. No tendría ningún deseo de volver a ese mundo de meras apariencias.
- El regreso: sin embargo, querría liberar a sus antiguos compañeros de la ignorancia en la que permanecen. Pero ellos se resistirían, pensando que les intenta engañar.
En este mito se aprecian, por tanto, los diferentes niveles de realidad y los distintos grados de conocimiento que Platón defiende: las sombras de la caverna corresponden a la eikasía; las figuras transportadas, a la pístis; las cosas del exterior, a la dianoia; y el sol, a la noesis y a la Idea de Bien.
Platón y Aristóteles coinciden en que el conocimiento verdadero es universal y necesario, no particular ni cambiante. Pero discrepan radicalmente en cómo se alcanza: para Platón, la razón recuerda Ideas que el alma ya contempló antes de nacer; para Aristóteles, el entendimiento abstrae formas universales a partir de lo que los sentidos perciben. La pregunta que los separa —¿viene el conocimiento de dentro o de fuera?— es la misma que enfrentará a racionalistas y empiristas dos mil años después.
Aristóteles: abstracción y ciencia

Aristóteles (384–322 a. C.) fue discípulo de Platón, pero adoptó una posición radicalmente distinta. Rechaza tanto el mundo de las Ideas como la doctrina de la reminiscencia. Para él, todo nuestro conocimiento comienza en la experiencia sensible: los sentidos nos informan de los objetos del mundo y sus propiedades. No hay conocimiento innato.
Pero los sentidos solos no bastan. Los seres humanos poseemos además una facultad llamada Entendimiento (Nous), que nos permite captar las formas o esencias universales de las cosas más allá de sus características particulares. Aristóteles distingue dos aspectos del Entendimiento: el Entendimiento agente, que «ilumina» los contenidos sensibles, y el Entendimiento paciente, que los recibe y en el que se imprimen las formas universales. Es así como, a partir de la experiencia de cosas concretas, abstraemos conceptos universales: de ver muchos caballos distintos llegamos al concepto universal de «caballo».
El método inductivo-deductivo
Aristóteles es el primero en desarrollar de forma sistemática el método inductivo-deductivo:
- Inducción: a partir de la observación de casos particulares, extraemos principios generales. Por ejemplo: observamos que este hierro se dilata con el calor, y ese hierro también, y aquel otro… y concluimos que todos los metales se dilatan con el calor.
- Deducción: a partir de esos principios generales, extraemos conclusiones sobre casos particulares. Si todos los metales se dilatan con el calor, y el cobre es un metal, entonces el cobre se dilata con el calor.

Para Aristóteles, los principios generales a los que llegamos por inducción son necesariamente verdaderos, siempre que la observación se haya hecho correctamente. Esta confianza en la experiencia como punto de partida del conocimiento lo convierte en el fundador del empirismo científico.
Tipos de razonamiento y tipos de saber
Aristóteles distingue dos grandes tipos de razonamiento. Los razonamientos científicos o demostraciones parten de premisas verdaderas y necesarias, y permiten alcanzar conclusiones igualmente necesarias: son propios de las ciencias. Los razonamientos dialécticos parten de opiniones establecidas y compartidas por la mayoría: son propios de ámbitos como la ética y la política, donde no es posible la demostración pero sí el argumento razonado.
A estos dos tipos de razonamiento corresponden tres tipos de saber:
| Tipo de saber | Ejemplos | Finalidad |
|---|---|---|
| Teórico | Metafísica, Física, Matemáticas, Biología, Lógica | El conocimiento mismo. Se ocupa de lo necesario, de lo que no puede ser de otra manera. |
| Práctico | Ética, Política | Orientar la acción humana. Se ocupa de lo contingente, de lo que puede ser de otra manera. |
| Productivo | Arte, Retórica, Poética | Producir cosas u obras. Su fin está fuera del propio saber. |
El principio fundamental que gobierna todo razonamiento, tanto científico como dialéctico, es el principio de no contradicción: nada puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido. Sin este principio, ningún argumento sería posible.
Práctica
Lee atentamente cada texto y responde a las cuatro preguntas en tu cuaderno.
¿Y qué ocurre con el mismo Protágoras? Si no hubiese juzgado que el hombre es la medida de todas las cosas, y si el pueblo no lo pensara, como en efecto no lo piensa, ¿no sería necesario que la verdad tal como él la ha definido no existiese para nadie? Y si él ha creído esto, y la multitud piensa lo contrario, ¿no observas tú primeramente que en la misma medida que el número de los que no comparten su opinión sobrepasa el de sus partidarios, la verdad tal como él la entiende debe no existir más que existir? Pero, en segundo lugar, lo más divertido de él es esto. Protágoras, al afirmar que lo que le parece a cada uno es verdadero, concede que es verdadera la opinión de los que contradicen la suya y creen que se equivoca. —Efectivamente. —Así pues, ¿es necesario que su opinión sea falsa, ya que reconoce como verdadera la opinión de los que creen que se equivoca? —Necesariamente. —Los otros, por su parte, ¿reconocen que se equivocan? —No, ciertamente. —Así pues, ¿está obligado aún a reconocer esta opinión como verdadera, según sus escritos? —Aparentemente. —Por consiguiente, habrá oposición por todos lados, empezando por el mismo Protágoras. ¿O más bien Protágoras, al admitir que piensa con verdad el que tiene una opinión contraria a la suya, admite que ni el perro ni ningún hombre es la medida de ninguna cosa si no la ha estudiado? ¿No es así? —Sí. —Por consiguiente, ya que todos se oponen a ella, la verdad de Protágoras no es verdadera para nadie, ni para otro ni para él mismo.
Platón, Teeteto, 170e–171c. En Verneaux, R. (1988). Textos de los grandes filósofos. Edad Antigua. Herder, pp. 20–21.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si la tesis relativista de Protágoras, según la cual cada uno es la medida de la verdad, es coherente consigo misma.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Sócrates defiende que la tesis de Protágoras se refuta a sí misma. Si lo que le parece a cada uno es verdadero, entonces también es verdadera la opinión de quienes creen que Protágoras se equivoca. Protágoras se ve obligado a reconocer como verdadera la opinión de sus oponentes, pero sus oponentes no reconocen como verdadera la de él. Por tanto, la tesis de que no hay verdad objetiva termina siendo falsa incluso según sus propios criterios: no es verdadera para nadie, ni para sus adversarios ni para el propio Protágoras.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Sócrates usa dos argumentos. El primero es cuantitativo: la mayoría de la gente no acepta la tesis de Protágoras, y como según su propia doctrina toda opinión es verdadera, la opinión mayoritaria de que se equivoca también lo es. El segundo es lógico y más profundo: si todo lo que parece verdadero a alguien es verdadero, Protágoras debe conceder que es verdadera la opinión de quienes creen que su tesis es falsa. Pero aceptar la verdad de quienes lo niegan equivale a negar su propia tesis. Se produce así una contradicción que destruye el relativismo desde dentro, sin necesidad de recurrir a ningún argumento externo.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Sexto Empírico mantendría una posición diferente. Para él la refutación de Sócrates no demuestra que exista una verdad objetiva, sino solo que la formulación de Protágoras era defectuosa. La posición escéptica es más cuidadosa: no afirma que cada opinión sea verdadera, sino que suspende el juicio porque a cada argumento se le puede oponer otro de igual fuerza. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la refutación de Sócrates se basa en el principio de no contradicción, pero ese principio es una premisa que habría que justificar antes de usarla, y su justificación presupone aquello que pretende demostrar. Segundo, que el relativismo se autorrefute no demuestra que exista una verdad objetiva: solo demuestra que no podemos formular la tesis relativista sin caer en contradicción, lo cual es un problema del lenguaje, no una prueba de la existencia de verdades universales.
A favor de la objetividad del conocimiento
Que hay nociones por sí mismas tan evidentes, que se las obscurece queriéndolas definir como se hace en la escolástica, y que no se adquieren con el estudio sino que nacen con nosotros. Además he observado que los filósofos, tratando de explicar por las reglas de su lógica cosas evidentes por sí mismas, no han hecho otra cosa que obscurecerlas, y cuando he dicho que la proposición «pienso, luego existo» es la primera y más cierta que se presenta al que conduce ordenadamente sus pensamientos, no he negado por eso la necesidad de saber de antemano qué es el pensamiento, la certidumbre, la existencia, y que para pensar es preciso existir y otras cosas semejantes. Pero como estas nociones son tan simples que por sí mismas no nos proporcionan el conocimiento de ninguna cosa existente, no he juzgado que aquí hubiese que enumerarlas. Ahora bien, a fin de saber cómo el conocimiento que tenemos de nuestro pensamiento precede al que tenemos de nuestro cuerpo y es incomparablemente más evidente, y tal que, aunque éste no existiese, tendríamos razón para concluir que aquél no dejaría de ser todo lo que es; observaremos que es manifiesto por una luz natural que hay en nuestras almas, que la nada no tiene cualidades ningunas ni propiedades que le pertenezcan y que donde percibimos algunas de ellas, debe encontrarse necesariamente una cosa o substancia de la que dependan.
Descartes, R. Principios de la filosofía, I, §§10–11. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 17–18.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si existe algún conocimiento absolutamente cierto e indudable que pueda servir de fundamento objetivo para todo lo demás.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Descartes defiende que el conocimiento que tenemos de nuestro propio pensamiento es la primera verdad absolutamente cierta y objetiva, anterior e independiente de cualquier conocimiento del mundo exterior. La proposición «pienso, luego existo» no puede ser puesta en duda porque incluso el acto de dudar confirma que estamos pensando. Sobre esta certeza indudable puede construirse todo un edificio de conocimiento objetivo, ya que todo lo que se nos presente con la misma claridad y distinción será igualmente cierto.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Descartes usa dos argumentos. El primero es que hay nociones tan evidentes que cualquier intento de definirlas las oscurece: el pensamiento, la certidumbre y la existencia son de este tipo. Su evidencia no depende de la experiencia ni del estudio, lo que las convierte en verdades objetivas independientes del sujeto particular que las piense. El segundo es que el conocimiento de nuestro pensamiento es más cierto que el del cuerpo, porque incluso si el mundo exterior no existiese, la certeza de que pensamos permanecería intacta. Esto demuestra que hay al menos una verdad absolutamente objetiva que ninguna duda puede destruir.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Hume mantendría una posición diferente. Para él la certeza del cogito no garantiza ningún conocimiento objetivo del mundo, porque del hecho de que yo piense no se sigue nada sobre la realidad exterior. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la «claridad y distinción» que Descartes propone como criterio de verdad es un sentimiento subjetivo, no una garantía objetiva, porque muchas ideas que nos parecen claras y distintas resultan después ser falsas. Segundo, el cogito solo demuestra que existe pensamiento en el momento en que se piensa, pero no que exista un yo sustancial permanente detrás de ese pensamiento: Hume buscó esa impresión de un «yo» constante y no la encontró.
Confieso con franqueza que fue la advertencia de David Hume la que interrumpió, hace muchos años, mi sueño dogmático y dio a mis investigaciones en el campo de la filosofía especulativa una dirección completamente distinta. Estaba yo muy lejos de admitir sus conclusiones, que resultaban simplemente de que no vio el problema en toda su amplitud, sino que lo consideró solamente por uno de sus lados. Yo ante todo traté de ver si la objeción de Hume podía presentarse de una forma general, y en seguida vi que la relación entre causa y efecto no era la única por la que el entendimiento concibe a priori las relaciones, sino que la metafísica está enteramente constituida por ellas. Traté de asegurarme de su número y conseguí lo que quería, reduciéndolas a un único principio; pasé después a la deducción de estos conceptos, estando ya seguro de que no derivaban de la experiencia, como Hume había temido, sino que tenían su origen en el entendimiento puro. Así pues, habiendo conseguido resolver el problema de Hume, no sólo para un caso particular, sino para la razón pura entera, podía avanzar con seguridad, aunque siempre con lentitud, con el objeto de determinar por fin toda la extensión de la razón pura, límites y contenido, de un modo completo y conforme a los principios generales; esto es lo que necesita la metafísica para construir su sistema según un plan seguro.
Kant, I. Prolegómenos a toda metafísica futura, Introducción. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 117–119.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si el conocimiento a priori, es decir, independiente de la experiencia, es objetivo y legítimo, o si, como sostenía Hume, se reduce a un hábito psicológico sin fundamento racional.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Kant defiende que Hume tenía razón al cuestionar el concepto de causalidad, pero se equivocaba en su conclusión. Hume solo vio un lado del problema: creyó que, como la causalidad no procede de la experiencia, es un mero hábito subjetivo. Kant descubrió que la causalidad no es la única relación que el entendimiento concibe a priori, sino que hay todo un sistema de conceptos puros (categorías) que no derivan de la experiencia sino del entendimiento mismo. Esos conceptos tienen validez objetiva porque son las condiciones que hacen posible cualquier experiencia.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Kant usa dos argumentos. El primero es que la objeción de Hume, una vez generalizada, afecta no solo a la causalidad sino a toda la metafísica: si Hume tuviese razón, no habría conocimiento a priori de ningún tipo, lo que destruiría también las matemáticas y la física. El segundo es que Kant logró deducir los conceptos puros del entendimiento a partir de un único principio, demostrando que no proceden de la experiencia sino del entendimiento puro. Esa deducción establece su validez objetiva: no son hábitos subjetivos sino condiciones necesarias de toda experiencia posible.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Hume mantendría una posición diferente. Para él Kant no ha resuelto realmente su problema sino que lo ha esquivado, porque la «deducción» de los conceptos puros es una operación racional que presupone la validez de la razón, que es precisamente lo que está en cuestión. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, que Kant haya reducido los conceptos a priori a un sistema no demuestra que sean objetivos, solo que son sistemáticos; un hábito psicológico puede ser tan ordenado y consistente como una verdad racional sin por ello dejar de ser un hábito. Segundo, la afirmación de que los conceptos puros son «condiciones de toda experiencia posible» es inverificable: nunca podremos saber si la experiencia requiere esos conceptos necesariamente o si simplemente estamos tan acostumbrados a ellos que no podemos imaginar la experiencia sin ellos.
El tema central de esta conferencia será lo que acostumbro a llamar, a falta de un nombre mejor, «el tercer mundo». Para explicar esta expresión, habrá que señalar que, sin tomar demasiado en serio las palabras «mundo» o «universo», podemos distinguir los tres mundos o universos siguientes: primero, el mundo de los objetos físicos o de los estados físicos; en segundo lugar, el mundo de los estados de conciencia o de los estados mentales o, quizá, de las disposiciones comportamentales a la acción; y en tercer lugar, el mundo de los contenidos de pensamiento objetivo, especialmente, de los pensamientos científicos y poéticos y de las obras de arte. Así pues, es obvio que lo que denomino «el tercer mundo» tiene mucho que ver con la teoría de las Formas o Ideas de Platón y, por tanto, también con el espíritu objetivo de Hegel, si bien mi teoría difiere radicalmente en algunos aspectos decisivos de las de Platón y Hegel. Tiene aún más que ver con la teoría de Bolzano sobre el universo de las proposiciones en sí mismas y de las verdades en sí mismas, aunque también difiere de la de Bolzano. Mi tercer mundo se asemeja, en mayor medida, al universo de los contenidos objetivos del pensamiento de Frege.
Popper, K. R. (1992). Conocimiento objetivo. Un enfoque evolucionista. Tecnos, p. 106.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si el conocimiento puede ser objetivo, es decir, si puede existir independientemente de los sujetos que lo piensan.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Popper defiende que existe un «tercer mundo» de contenidos de pensamiento objetivo que es tan real como el mundo físico y el mundo mental, pero distinto de ambos. Las teorías científicas, los argumentos filosóficos y las obras de arte, una vez formulados, adquieren una existencia objetiva independiente de quien los piense. El teorema de Pitágoras, por ejemplo, sería verdadero aunque nadie lo pensara. Este tercer mundo tiene propiedades propias que pueden ser descubiertas pero no inventadas, lo que demuestra que el conocimiento objetivo es posible.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Popper usa dos argumentos. El primero es la distinción entre tres mundos: el mundo físico, el mundo mental y el mundo de los contenidos objetivos de pensamiento. La necesidad de distinguir el tercer mundo del segundo demuestra que el conocimiento no se reduce a estados mentales subjetivos: una teoría científica tiene propiedades objetivas (puede ser verdadera o falsa, consistente o contradictoria) que no dependen de lo que nadie piense o sienta sobre ella. El segundo es la conexión con la tradición filosófica: la idea de un ámbito de contenidos objetivos ha sido defendida, con variantes, por Platón (Ideas), Hegel (espíritu objetivo), Bolzano (proposiciones en sí) y Frege (contenidos objetivos del pensamiento). Que pensadores tan distintos converjan en esta idea sugiere que responde a algo real.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Marx mantendría una posición diferente. Para él no existe un mundo de contenidos de pensamiento objetivo independiente de los sujetos que lo producen. Todas las ideas, incluidas las científicas, son productos de las condiciones materiales y sociales en que viven los seres humanos. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si el tercer mundo fuera realmente independiente del mundo social, las mismas teorías científicas habrían surgido en cualquier época y cultura, pero la historia muestra que cada sociedad produce el tipo de conocimiento que sus condiciones materiales le permiten. Segundo, postular un mundo de verdades eternas e independientes del sujeto es una forma de ocultar que el conocimiento siempre sirve a intereses sociales concretos: presentar como «objetivo» lo que en realidad es el producto de una clase social dominante.
En contra de la objetividad del conocimiento
El hombre, dice Protágoras, es la medida de todas las cosas, para las que son, de su ser, para las que no son, de su no-ser. ¿Habrás leído esto sin duda? —Sí, y más de una vez. —¿Y no dice más o menos esto: las cosas son para mí tales como me parecen; y para ti tales como te parecen? Y tú y yo somos hombres. —En efecto, es lo que dice. […] Me ha sorprendido que al principio de su libro sobre la verdad no haya dicho que la medida de todas las cosas es el cerdo, el cinocéfalo o algún otro ser todavía más extraño de los que están dotados de sensación. Si las opiniones que se forman en nosotros por medio de las sensaciones son verdaderas para cada uno, si ninguno es más hábil que otro para distinguir la verdad o la falsedad de una opinión; si al contrario, como a menudo hemos dicho, cada cual juzga únicamente según sus impresiones, y si todos sus juicios son verdaderos y rectos, ¿en virtud de qué privilegio Protágoras sería sabio hasta el extremo de creerse con derecho de enseñar a los demás y de poner precio tan alto a sus lecciones, mientras que nosotros no seríamos más que unos ignorantes, condenados a asistir a su escuela, puesto que cada cual es para sí mismo la medida de su propia sabiduría?
Platón, Teeteto, 151e–162a. En Verneaux, R. (1988). Textos de los grandes filósofos. Edad Antigua. Herder, pp. 19–20.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si las cosas son objetivamente como son o si son para cada uno tal como le parecen.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
El texto expone la tesis relativista de Protágoras: cada persona es la medida de la verdad. Las cosas son para mí como me parecen y para ti como te parecen. No existe una verdad objetiva independiente de las percepciones de cada individuo. Sócrates presenta esta tesis con ironía, señalando sus consecuencias absurdas, pero el texto funciona como la mejor exposición del relativismo de la Antigüedad: si toda opinión es verdadera, nadie es más sabio que nadie, y la propia pretensión de Protágoras de ser maestro carece de sentido.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
La tesis de Protágoras se apoya en dos argumentos. El primero es perceptivo: las cosas se nos presentan de forma distinta a cada persona, y no hay un criterio externo a la percepción que permita decidir cuál de las percepciones es la correcta. Si el mismo viento le parece frío a uno y cálido a otro, ¿quién tiene razón? Cada uno tiene la suya. El segundo es que toda percepción es igualmente válida porque toda percepción es igualmente real para quien la experimenta. No hay un punto de vista privilegiado desde el que juzgar que una percepción es más verdadera que otra.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Platón mantendría una posición diferente. Para él existe una verdad objetiva, inmutable y universal —las Ideas— que es la misma para todos y que la razón puede conocer. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si cada percepción fuera igualmente verdadera, sería imposible el error, pero la experiencia cotidiana muestra que nos equivocamos constantemente, lo que prueba que hay una diferencia real entre lo verdadero y lo falso que no depende de nuestras percepciones. Segundo, las matemáticas demuestran que existen verdades universales independientes de la percepción individual: el teorema de Pitágoras es verdadero para todos, en todo momento y en todo lugar, independientemente de lo que a cada uno le parezca.
El escepticismo es la capacidad de establecer antítesis en los fenómenos y en las consideraciones teóricas, según cualquiera de los tropos, gracias a la cual nos encaminamos —en virtud de la equivalencia entre las cosas y proposiciones contrapuestas— primero hacia la suspensión del juicio y después hacia la ataraxia. Hablamos de «capacidad», desde luego no por capricho sino sencillamente en el sentido de que uno sea capaz. Aquí entendemos por «fenómenos» lo sensible; por lo que definimos lo «teórico» por oposición a ellos. Decimos «según cualquiera de los tropos» porque contraponemos esas cosas de muy diversas maneras, contraponiendo fenómenos a fenómenos, consideraciones teóricas a consideraciones teóricas o los unos a las otras. Y en absoluto tomamos «proposiciones contrapuestas» como «afirmación y negación»: simplemente en el sentido de que se enfrentan la una a la otra. Y llamamos «equivalencia» a la igualdad respecto de la credibilidad o falta de credibilidad, de modo que ninguna de las proposiciones enfrentadas aventaje a la otra como más digna de crédito. La «suspensión del juicio» es el estado de la mente por el que ni negamos ni afirmamos nada. La «ataraxia» es la serenidad y la calma del espíritu.
Sexto Empírico (2008). Esbozos pirrónicos, I, §§8–10. Gredos, pp. 31–32.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si es posible alcanzar algún conocimiento objetivo sobre el que podamos pronunciarnos con seguridad.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Sexto Empírico defiende que ante cualquier afirmación puede formularse otra de igual fuerza que la contradiga. Como no hay forma de determinar cuál de las dos es más creíble, lo racional es suspender el juicio: no afirmar ni negar nada. Esta suspensión no es una renuncia sino una capacidad: la de establecer antítesis equilibradas que muestran que toda pretensión de conocimiento objetivo es infundada. El resultado no es la angustia sino la ataraxia: la serenidad que se obtiene al dejar de pretender que sabemos lo que no sabemos.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Sexto Empírico usa dos argumentos. El primero es la equivalencia: para cada argumento a favor de una tesis hay un argumento de igual fuerza en contra. Esto se aplica tanto a los fenómenos sensibles (lo que percibimos) como a las consideraciones teóricas (lo que pensamos). Si ninguno de los argumentos enfrentados aventaja al otro como más digno de crédito, pronunciarse por uno de ellos sería arbitrario. El segundo es pragmático: la suspensión del juicio no es paralizante sino liberadora. Quienes buscan la verdad objetiva y no la encuentran viven en la inquietud; quien suspende el juicio alcanza la ataraxia, la serenidad del espíritu.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Aristóteles mantendría una posición diferente. Para él el conocimiento objetivo es posible porque la ciencia demostrativa parte de principios verdaderos, evidentes y necesarios que no admiten una antítesis de igual fuerza. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, el principio de no contradicción es un axioma que todo ser racional acepta necesariamente, porque negarlo equivale a afirmarlo, lo que demuestra que no todo argumento tiene una réplica de igual fuerza. Segundo, la experiencia cotidiana y la ciencia muestran que hay conocimientos que funcionan de forma fiable y constante: la geometría, la física, la medicina producen resultados regulares y predecibles, lo que sería inexplicable si toda afirmación fuera tan creíble como su contraria.
Todo efecto es un acontecimiento distinto de su causa. No puede, por lo tanto, descubrirse en la causa, sino que sólo la experiencia puede enseñarnos el efecto. Si se nos presenta un objeto, y debemos pronunciarnos sobre el efecto que resultará de él sin consultar la experiencia pasada, ¿de qué modo deberá, a vuestro parecer, proceder la mente? Será necesario que invente o imagine un acontecimiento que ponga como efecto; y es claro que esta invención es enteramente arbitraria. La mente no puede encontrar jamás el efecto en la pretendida causa, ni aun con el examen o la investigación más rigurosos; porque el efecto es completamente distinto de la causa, y jamás, por consiguiente, podrá descubrirse en ella. El movimiento de la segunda bola de billar es enteramente distinto del movimiento de la primera bola, y no hay nada en el primero que pueda sugerir la más leve idea del segundo. Una piedra o un pedazo de metal levantados en el aire y dejados sin apoyo, caen inmediatamente al suelo; pero a considerar la cosa a priori, ¿encontramos en esta situación algo que pueda engendrar la idea de un movimiento descendente más bien que ascendente o cualquier otro movimiento en la piedra o el metal?
Hume, D. Investigación sobre el entendimiento humano, Ensayo IV. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 109–110.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si podemos conocer objetivamente la relación entre causa y efecto, o si esa relación es solo una proyección de nuestra mente.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Hume defiende que la relación causal no puede conocerse objetivamente porque el efecto es siempre un acontecimiento completamente distinto de su causa. No hay nada en la causa que permita deducir cuál será el efecto: si no hubiéramos visto nunca una bola de billar golpear a otra, no podríamos predecir qué ocurriría. Lo que llamamos conocimiento causal no es un conocimiento racional sino un hábito adquirido por la experiencia repetida: hemos visto tantas veces que B sigue a A que esperamos que vuelva a ocurrir, pero esa expectativa no tiene fundamento lógico.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Hume usa dos argumentos. El primero es lógico: el efecto es un acontecimiento distinto de su causa, por lo que no puede deducirse de ella. Por mucho que examinemos la primera bola de billar, no encontraremos en ella el movimiento de la segunda. La relación causal no es una relación lógica necesaria sino una asociación empírica. El segundo es el experimento mental de la piedra: si consideramos a priori, sin experiencia previa, una piedra suspendida en el aire, no hay nada en esa situación que nos indique que caerá hacia abajo y no hacia arriba o hacia cualquier otro lado. Solo la experiencia repetida nos ha enseñado que las piedras caen, pero esa experiencia no demuestra que tengan que caer necesariamente.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Kant mantendría una posición diferente. Para él la causalidad no es un hábito psicológico sino una categoría a priori del entendimiento, una forma necesaria de organizar la experiencia sin la cual ninguna experiencia sería posible. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, Hume tiene razón en que la causalidad no se percibe directamente, pero se equivoca al concluir que es un mero hábito, porque el hábito mismo presupone que la mente ya posee la categoría de causalidad para poder asociar eventos. Segundo, si la causalidad fuera solo un hábito, la ciencia no podría formular leyes universales y necesarias, pero la física de Newton demuestra que sí puede hacerlo, lo que indica que la causalidad tiene un fundamento más sólido que la mera costumbre.
Perdonadme que, como viejo filólogo que soy, no renuncie a la maldad de señalar con el dedo las malas técnicas de interpretación: pero aquella «regularidad de la naturaleza» de la que vosotros físicos habláis con tanto orgullo — existe solo en virtud de vuestra interpretación y mala «filología», — ¡no es ningún hecho, ningún «texto», antes bien, solo es una recomposición y una tergiversación del sentido ingenuos y humanitarios con las que complacéis hasta la saciedad a los instintos democráticos del alma moderna! «En todos lados, igualdad ante la ley, — en eso la naturaleza no lo tiene ni distinto ni mejor que nosotros»: gentil reticencia en la que de nuevo se enmascara la enemistad plebeya contra todo lo privilegiado y soberano. Pero, como ya he dicho, esto es interpretación, no texto; y podría llegar alguien que, con una intención y una técnica de interpretación opuestas, supiese leer en esta misma naturaleza y en relación a los mismos fenómenos precisamente la imposición tiránica, avasalladora e implacable de las aspiraciones de poder, — un intérprete que pusiera delante de vuestros ojos el carácter universal e incondicional de toda «voluntad de poder», de modo que prácticamente cualquier palabra e incluso la palabra «tirano» acabase pareciendo inutilizable o ya una metáfora debilitante y mitigadora; y que, sin embargo, terminase por afirmar de este mundo lo mismo que vosotros, esto es, que tendría un curso «necesario» y «calculable», pero no porque en él rigen unas leyes, sino porque faltan leyes en absoluto y porque cualquier poder saca en cada instante su última consecuencia. Suponiendo que también esto no sea más que interpretación — ¿y seréis lo bastante impetuosos para hacer esta objeción? — pues bien, tanto mejor. —
Nietzsche, F. W. (2016). Más allá del bien y del mal, §22. Obras completas. Volumen IV. Tecnos, pp. 311–312.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si las leyes de la naturaleza que describe la ciencia son hechos objetivos o interpretaciones humanas.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Nietzsche defiende que la «regularidad de la naturaleza» de la que hablan los científicos no es un hecho objetivo sino una interpretación. Lo que los físicos presentan como leyes naturales es en realidad una recomposición del sentido que proyecta sobre la naturaleza los valores democráticos e igualitarios del alma moderna. Pero alguien podría leer los mismos fenómenos de forma opuesta: como expresión de una voluntad de poder tiránica e implacable. Y si también esta segunda lectura fuera solo una interpretación, tanto mejor: eso confirma la tesis de que no hay hechos, solo interpretaciones.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Nietzsche usa dos argumentos. El primero es filológico: las leyes naturales no son un «texto» que la ciencia descifra objetivamente, sino una «interpretación» que los científicos producen condicionados por sus valores e instintos. La regularidad que ven en la naturaleza refleja su ideal democrático de igualdad ante la ley, no la estructura real de las cosas. El segundo es la demostración por contraste: los mismos fenómenos pueden leerse de forma completamente opuesta, como expresión de una voluntad de poder sin leyes ni regularidad. Si dos interpretaciones incompatibles dan cuenta de los mismos hechos, ninguna de las dos puede reclamar objetividad. Y si alguien objeta que la propia tesis de Nietzsche es también una interpretación, él lo acepta con ironía: precisamente eso es lo que está defendiendo.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Popper mantendría una posición diferente. Para él las teorías científicas no son meras interpretaciones condicionadas por los valores del científico, sino conjeturas objetivas que pueden ser contrastadas con la realidad mediante experimentos y falsadas si no resisten la prueba. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si las leyes de la naturaleza fueran solo interpretaciones, no sería posible que unas teorías fracasen y otras tengan éxito al predecir fenómenos: la capacidad predictiva de la ciencia demuestra que hay algo en la realidad que las teorías capturan y que no depende del intérprete. Segundo, la tesis de Nietzsche contiene una tensión interna: al afirmar que «esto es interpretación, no texto», está formulando una proposición que pretende ser objetivamente verdadera sobre la naturaleza del conocimiento. Si también esa proposición fuera solo una interpretación, no tendría por qué ser más válida que la del científico que cree en la objetividad de las leyes naturales.
Disertación filosófica
Recursos
Bibliografía
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- Verneaux, R. (1988). Textos de los grandes filósofos. Edad Antigua. Herder.
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TEORÍAS DEL CONOCIMIENTO EN LA MODERNIDAD
Los filósofos de la Edad Moderna heredaron las preguntas de la Antigüedad sobre el conocimiento, pero las reformularon desde una nueva perspectiva. El punto de partida ya no es la realidad exterior sino el propio sujeto que conoce: ¿qué capacidades tenemos para conocer? ¿Cuáles son sus límites? ¿Qué métodos garantizan la certeza? Este desplazamiento —del objeto al sujeto, de la realidad al conocimiento— se conoce como el giro epistemológico de la filosofía moderna.
Francis Bacon: el empirismo y los ídolos

Francis Bacon (1561–1626) fue un político y filósofo inglés que expuso su concepción de la ciencia en el Novum Organum (1620). Para Bacon, todo conocimiento proviene de la experiencia por generalización inductiva: hay que observar los fenómenos, recoger datos de forma sistemática y extraer principios generales. Frente al modelo deductivo de Aristóteles, que parte de principios para llegar a conclusiones, Bacon propone invertir el orden: primero los hechos, luego los principios.
Pero la experiencia sola no basta si la mente no está preparada para recibirla correctamente. Bacon identifica cuatro tipos de prejuicios —que llama ídolos— que distorsionan nuestro conocimiento:
- Ídolos de la tribu: prejuicios enraizados en la naturaleza humana. Tendemos a ver más regularidades en la naturaleza de las que realmente hay, a sobrevalorar las observaciones que confirman nuestras teorías y a ignorar las que las contradicen. Un ejemplo cotidiano son las pareidolías: ver caras en las nubes o en la corteza de los árboles.
- Ídolos de la caverna: prejuicios adquiridos por la educación y la formación de cada individuo. Nos hacen interpretar la realidad de forma particular o reduccionista. Por ejemplo, quien solo ha aprendido a aplicar algoritmos conocidos tendrá dificultades para crear soluciones nuevas ante problemas inéditos.
- Ídolos del mercado: distorsiones que surgen cuando los conceptos científicos quedan reducidos a su uso vulgar, perdiendo precisión. Ocurre habitualmente en la divulgación: palabras como energía, evolución o relatividad se usan en el lenguaje cotidiano con significados muy distintos a los que tienen en la ciencia.
- Ídolos del teatro: dogmas filosóficos heredados que impiden desarrollar nuevos puntos de vista. Cada sistema filosófico construye un escenario en el que solo ciertas preguntas son posibles, limitando así el avance del conocimiento. Bacon critica en particular el aristotelismo, al que acusa de generalizar imprudentemente a partir de pocas observaciones y de recoger datos de forma azarosa, sin experimentación sistemática.
Además de su método, Bacon defendió dos ideas de gran repercusión. La primera: el objetivo de la ciencia es esencialmente práctico. Frente a la concepción aristotélica del conocimiento como fin en sí mismo, Bacon sostiene que el conocimiento nos proporciona poder para transformar la naturaleza en beneficio humano. Su frase más célebre lo resume: «saber es poder». La segunda: las causas finales o teleológicas no tienen lugar en las ciencias naturales. Solo las causas eficientes —las que explican cómo ocurre algo— son científicamente relevantes. Esta idea, que ya habían apuntado los atomistas, se convertiría en uno de los principios fundamentales de la ciencia moderna.
René Descartes: el racionalismo y la duda metódica

René Descartes (1596–1650) es considerado el padre de la filosofía moderna. Matemático y filósofo francés, desarrolló una teoría del conocimiento opuesta a la de Bacon: el racionalismo. Para Descartes, la experiencia sensible es una fuente de engaño y error; el único camino seguro hacia la verdad es la razón, siguiendo el modelo de las matemáticas.
Su punto de partida es la distinción entre propiedades primarias y secundarias, que tomó de Galileo. Las propiedades primarias son las características mensurables y matematizables de los objetos (extensión, figura, movimiento): completamente objetivas y accesibles a la razón. Las propiedades secundarias (colores, sabores, calor, frío…) no pertenecen realmente a los objetos sino al sujeto que los percibe: son subjetivas. Un mismo objeto puede parecer frío a una persona y caliente a otra. Por tanto, solo las propiedades primarias pueden ser base del conocimiento científico.
El método cartesiano consta de cuatro pasos: partir únicamente de intuiciones, es decir, ideas que se presentan de forma inmediata, clara y distinta a la mente; analizar esas intuiciones en sus partes más simples; sintetizar esas partes para reconstruir el todo; y hacer una enumeración completa para asegurarse de no haber omitido ningún paso.
Otra característica fundamental del racionalismo cartesiano es la defensa de las ideas innatas: ideas como las de Dios, Infinito o Perfección que poseemos desde el nacimiento, independientemente de cualquier experiencia. Para Descartes, nuestro conocimiento de la realidad externa no es más que el reconocimiento de que esa realidad se corresponde con las ideas que la razón ya lleva dentro.
En su obra El mundo o Tratado de la luz, Descartes empleó además el método hipotético-deductivo: formuló una serie de principios y leyes a partir de los cuales dedujo un modelo del sistema solar heliocéntrico, y luego comprobó que ese modelo coincidía con lo que la observación empírica permite ver. La obra, escrita hacia 1633, no se publicó en vida de su autor: Descartes temía sufrir la misma condena que ese año recayó sobre Galileo a manos de la Inquisición.
Descartes confía en que la razón, si sigue el método correcto, puede conocerlo absolutamente todo con certeza. Hume responde que esa confianza es infundada: la razón sola no puede demostrar ni siquiera que el sol saldrá mañana, porque de la experiencia pasada no se sigue lógicamente lo que ocurrirá en el futuro. Si Descartes representa el optimismo máximo sobre el poder de la razón, Hume representa su crítica más devastadora.
David Hume: el empirismo y sus consecuencias

David Hume (1711–1776), pensador escocés, es el máximo representante del empirismo moderno. Para él, todo conocimiento tiene su origen en la experiencia, y no existen ideas innatas de ningún tipo. Hume distingue dos tipos de contenidos mentales:
- Impresiones: los datos que recibimos directamente a través de los sentidos. Son vívidas y directas.
- Ideas: copias de impresiones almacenadas en la memoria. Son menos vívidas que las impresiones originales.
A partir de esta distinción, Hume defiende que solo hay dos tipos de conocimiento legítimo:
- Relaciones entre ideas: juicios lógico-matemáticos que son siempre verdaderos por el principio de no contradicción (geometría, aritmética, lógica). Su verdad no depende de la experiencia.
- Cuestiones de hecho: juicios sobre hechos del mundo, cuya verdad puede cambiar si cambian los hechos.
Esta distinción tiene dos consecuencias filosóficas de gran alcance. La primera: la crítica de la causalidad. Nunca percibimos directamente que una causa produce un efecto: solo observamos que ciertos eventos se suceden regularmente. La idea de «necesidad causal» no viene de ninguna impresión, sino del hábito mental de asociar eventos que siempre hemos visto juntos. Por tanto, no podemos tener certeza absoluta sobre lo que ocurrirá en el futuro: solo probabilidad basada en el pasado. La segunda: la crítica a las tres sustancias cartesianas (Dios, alma y mundo). Como ninguna de ellas corresponde a ninguna impresión sensible, para Hume son conceptos vacíos sobre los que no cabe ningún conocimiento genuino.
RACIONALISMO Y EMPIRISMO: SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS
A pesar de sus profundas diferencias, racionalismo y empirismo comparten un mismo punto de partida que los distingue de la filosofía antigua y medieval: el giro epistemológico. Ambas corrientes consideran que el ámbito del conocimiento es algo previo al ámbito de la realidad: antes de preguntarse cómo es el mundo, hay que preguntarse cómo lo conocemos.
| Racionalismo | Empirismo | |
|---|---|---|
| Autores | René Descartes, Baruch Spinoza, Gottfried Wilhelm Leibniz | John Locke, David Hume, George Berkeley |
| Conocimiento | El sujeto construye el conocimiento: la mente conoce directamente las ideas (no las cosas) y las relaciona | |
| Origen de las ideas | La razón (innatas) | La experiencia (datos de los sentidos) |
Razón |
Papel fundamental en el conocimiento | |
| No tiene límites (dogmática) | Crítica (debe examinar sus límites y posibilidades) | |
| Método de conocimiento | Deductivo (modelo matemático) | Inductivo (modelo de las ciencias experimentales) |
| Criterio de verdad | La evidencia racional | La experiencia |
| Certeza del conocimiento | Universal y necesaria | En muchos casos, solo probable |
Ambas corrientes comparten también tres supuestos fundamentales: que la primacía en el conocimiento corresponde al sujeto, no al objeto; que el problema del método es central; y que no conocemos directamente la realidad sino a través de las representaciones o ideas que la mente forma de ella.
La situación tras Hume es incómoda: si el racionalismo confía demasiado en la razón y el empirismo la deja sin fundamento, ¿hay alguna salida? Kant intentará encontrarla mostrando que ni Descartes ni Hume tienen toda la razón: el conocimiento necesita la experiencia, pero la experiencia por sí sola no produce conocimiento. Hacen falta ambas cosas a la vez.
Immanuel Kant: el idealismo trascendental

Immanuel Kant (1724–1804), filósofo alemán, intentó resolver el conflicto entre racionalismo y empirismo sintetizando elementos de ambas corrientes en lo que llamó idealismo trascendental. Su punto de partida es una pregunta precisa: ¿cómo es posible que la ciencia alcance conocimientos universales y necesarios?
Antes de responderla, Kant distingue tres usos de la razón, a cada uno de los cuales dedica una obra:
| Uso de la razón | Pregunta central | Obra |
|---|---|---|
| Teórico (epistemológico) | ¿Qué puedo conocer? | Crítica de la razón pura (1781) |
| Práctico (ético) | ¿Qué debo hacer? | Crítica de la razón práctica (1788) |
| Teleológico | ¿Qué me cabe esperar? | Crítica del juicio (1790) |
En la Crítica de la razón pura, Kant hace dos distinciones clave. La primera separa los juicios a priori (cuya verdad es independiente de la experiencia, universal y necesaria) de los a posteriori (cuya verdad depende de la experiencia, es particular y contingente). La segunda separa los juicios analíticos (el predicado está incluido en el sujeto; no aportan información nueva) de los sintéticos (el predicado no está incluido en el sujeto; aportan información nueva). Cruzando estas dos distinciones, Kant defiende que los conocimientos científicos son sintéticos a priori: aportan información nueva sobre el mundo y, al mismo tiempo, son universales y necesarios.
¿Cómo es posible ese tipo de conocimiento? Kant responde que no podemos conocer las cosas tal como son en sí mismas —los noúmenos— sino solo tal como se nos aparecen —los fenómenos—, porque nuestra mente no es un receptor pasivo sino un organizador activo de la experiencia. Esa organización opera en dos niveles:
- La sensibilidad: nuestra facultad de percibir. Organiza los datos de los sentidos mediante dos formas a priori: el espacio y el tiempo. Estas no son propiedades del mundo exterior que percibimos, sino herramientas de nuestra mente que le damos al mundo. De su análisis surge la geometría y la aritmética.
- El entendimiento: nuestra facultad de pensar. Organiza los fenómenos percibidos mediante doce categorías a priori (de la cantidad -unidad, pluralidad, totalidad-, de la cualidad -realidad, negación, limitación-, de la relación -substancia/accidente; causa/efecto; agente/paciente- y de la modalidad -posibilidad, existencia, necesidad). De su análisis surge el conocimiento de los principios de la física.
Pero en nuestra razón hay tres Ideas —Dios, alma y mundo— que no corresponden a ningún fenómeno posible. Son las mismas tres sustancias del racionalismo cartesiano. Por lo tanto, para Kant, sobre ellas no cabe ningún conocimiento científico: la razón puede pensar en ellas, pero no puede conocerlas. Con esto, Kant traza un límite preciso al conocimiento humano: podemos conocer el mundo de la experiencia posible, pero no lo que está más allá de ella.
Práctica
Lee atentamente cada texto y responde a las cuatro preguntas en tu cuaderno.
—¿Todos estamos de acuerdo en que para recordar, es necesario haber sabido antes la cosa que se recuerda? —Sí. —¿Y estamos de acuerdo también en que cuando la ciencia viene de un cierto modo, es una reminiscencia? […] ¿No decimos que hay igualdad, no sólo entre un árbol y otro árbol, entre una piedra y otra piedra, sino alguna otra cosa distinta fuera de todo ello? ¿Decimos que la igualdad en sí es algo, o que no es nada? —Sí, por Zeus, dijo Simias, decimos que es algo. —¿Y conocemos esta igualdad en sí? —Sin duda. —¿De dónde hemos sacado este conocimiento? ¿No es de las cosas de que acabamos de hablar, de suerte que viendo árboles iguales, piedras iguales, nos hemos formado la idea de esta igualdad que no es ni estos árboles ni estas piedras, sino que es completamente diferente de ellos? […] Ciertamente, en algunos casos las cosas iguales te parecen desiguales; ¿ocurre lo mismo con la igualdad en sí, y te parece a veces desigualdad? —Nunca, Sócrates. […] —Así pues, antes del momento en que hemos empezado a ver, a oír y a hacer uso de los demás sentidos, era necesario que hubiéramos adquirido el conocimiento de esta igualdad en sí, para poder referir a ella las cosas iguales que percibimos por los sentidos. […] —Y si, habiendo adquirido este conocimiento antes de nacer, hemos nacido con él, ¿no conocíamos ya antes del nacimiento, y al venir al mundo, no solamente lo igual, lo mayor y lo menor, sino todas las cosas de este género? […] Y si después de haber adquirido este conocimiento antes de nacer lo hemos perdido al nacer, y después, sirviéndonos de nuestros sentidos respecto de estos objetos, recobramos el conocimiento que teníamos antes, ¿no es lo que llamamos aprender un recobrar un conocimiento que nos pertenecía? Y llamándole reminiscencia, ¿no le damos su verdadero nombre?
Platón, Fedón, 72e–77a. En Verneaux, R. (1988). Textos de los grandes filósofos. Edad Antigua. Herder, pp. 36–38.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es de dónde procede nuestro conocimiento de conceptos universales como la igualdad en sí.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Platón defiende que nuestro conocimiento de los conceptos universales, como la igualdad en sí, no puede proceder de la experiencia sensible, ya que las cosas que percibimos con los sentidos son siempre imperfectas e inconstantes, mientras que los conceptos son perfectos e inmutables. Si conocemos la igualdad en sí a pesar de no haberla percibido nunca con los sentidos, es porque nuestra alma ya la conocía antes de nacer. Conocer no es, por tanto, aprender algo nuevo, sino recordar lo que el alma ya sabía: una reminiscencia.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Platón usa dos argumentos. El primero es que poseemos el concepto de igualdad en sí a pesar de que ninguna experiencia sensible nos lo proporciona: las cosas iguales que percibimos con los sentidos a veces nos parecen desiguales, pero la igualdad en sí nunca nos parece desigualdad. Como el concepto es más perfecto que cualquier ejemplo sensible, no puede derivar de la experiencia. El segundo es que para poder comparar las cosas sensibles con la igualdad en sí y juzgar que son imperfectas, necesitamos ya poseer el concepto antes de percibir esas cosas. Como lo poseemos desde el momento en que empezamos a usar los sentidos, tuvo que ser adquirido antes del nacimiento.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Aristóteles mantendría una posición diferente. Para él los conceptos universales no son innatos ni se recuerdan de una vida anterior, sino que se obtienen por abstracción a partir de la experiencia sensible. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, el concepto de igualdad se forma observando muchos casos de cosas iguales y extrayendo lo que tienen en común, sin necesidad de postular un conocimiento previo al nacimiento. Segundo, la hipótesis de la preexistencia del alma es inverificable y multiplica innecesariamente las entidades: si la abstracción explica cómo obtenemos los conceptos, no hay razón para recurrir a una vida anterior.
A favor de las ideas innatas
Que hay nociones por sí mismas tan evidentes, que se las obscurece queriéndolas definir como se hace en la escolástica, y que no se adquieren con el estudio sino que nacen con nosotros. No explico aquí muchos otros términos de que ya me he servido y de los que he de servirme en adelante, pues no creo que entre los que lean mis escritos haya quienes sean tan estúpidos que no puedan entender por sí mismos lo que significan estos términos. Además he observado que los filósofos, tratando de explicar por las reglas de su lógica cosas evidentes por sí mismas, no han hecho otra cosa que obscurecerlas, y cuando he dicho que la proposición «pienso, luego existo» es la primera y más cierta que se presenta al que conduce ordenadamente sus pensamientos, no he negado por eso la necesidad de saber de antemano qué es el pensamiento, la certidumbre, la existencia, y que para pensar es preciso existir y otras cosas semejantes. Pero como estas nociones son tan simples que por sí mismas no nos proporcionan el conocimiento de ninguna cosa existente, no he juzgado que aquí hubiese que enumerarlas.
Descartes, R. Principios de la filosofía, I, §10. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 17–18.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si hay ideas o nociones que no se adquieren por la experiencia ni por el estudio, sino que son innatas.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Descartes defiende que existen nociones tan evidentes por sí mismas que nacen con nosotros y no necesitan ser aprendidas ni demostradas. Nociones como el pensamiento, la certidumbre o la existencia son tan simples y claras que cualquier intento de definirlas mediante la lógica formal las oscurece en lugar de aclararlas. El conocimiento más cierto de todos, «pienso, luego existo», se apoya precisamente en esas nociones innatas que toda persona posee antes de cualquier experiencia.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Descartes usa dos argumentos. El primero es pragmático: los filósofos escolásticos que han intentado definir estas nociones evidentes por reglas lógicas no han hecho sino oscurecerlas. Si fuera necesario aprenderlas, la lógica debería poder enseñarlas, pero lo que hace es complicarlas. Eso sugiere que su conocimiento es anterior a cualquier método. El segundo es que para comprender la proposición «pienso, luego existo» hay que saber ya de antemano qué es el pensamiento, la certidumbre y la existencia. Como ese saber no se adquiere por el estudio sino que lo posee cualquier persona, debe ser innato.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Locke mantendría una posición diferente. Para él no existen ideas innatas: la mente al nacer es un papel en blanco y todas las ideas, incluidas las más simples, proceden de la experiencia. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, que una noción nos resulte evidente no demuestra que sea innata, pues puede haberse formado tan tempranamente en nuestra infancia que no recordamos haberla adquirido. Segundo, si las nociones de pensamiento, existencia o certidumbre fueran verdaderamente innatas, todos los seres humanos deberían poseerlas por igual, incluidos los niños pequeños y las personas con discapacidad intelectual, pero la experiencia muestra que no es así.
Los hombres actúan como los animales mientras los encadenamientos de sus percepciones se realizan sólo por el principio de la memoria; se parecen a los médicos empíricos que poseen una simple práctica sin teoría; nosotros somos solamente empíricos en las tres cuartas partes de nuestras acciones. Por ejemplo, cuando esperamos que mañana se hará de día, actuamos empíricamente, porque siempre ha sido así hasta ahora. Sólo el astrónomo lo juzga por la razón. Pero el conocimiento de las verdades necesarias y eternas es lo que nos distingue de los simples animales y nos da la razón y las ciencias, elevándonos al conocimiento de nosotros mismos y de Dios. Es lo que en nosotros llamamos alma razonable o espíritu. También por el conocimiento de las verdades necesarias y por sus abstracciones nos elevamos a los actos reflexivos, que nos hacen pensar en lo que llamamos Yo, y considerar que esto o aquello está en nosotros. Y así, pensando en nosotros, pensamos en el ser, en la substancia, en lo simple y en lo compuesto, en lo inmaterial y en Dios mismo, y concebimos que lo que es limitado en nosotros en él carece de límites. Y estos actos reflexivos nos proporcionan los objetos principales de nuestros razonamientos.
Leibniz, G. W. Monadología, §§28–30. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 97–98.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es qué distingue el conocimiento humano del conocimiento animal y de dónde proceden las verdades necesarias y eternas.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Leibniz defiende que la mayor parte de nuestras acciones cotidianas son puramente empíricas, basadas en la memoria y la costumbre, como las de los animales. Pero lo que nos distingue de ellos es el conocimiento de las verdades necesarias y eternas, que no procede de la experiencia sino de la razón. Ese conocimiento racional nos permite reflexionar sobre nosotros mismos, pensar en el ser, la sustancia y Dios, y elevarnos así por encima de la mera experiencia sensible.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Leibniz usa dos argumentos. El primero es la distinción entre el conocimiento empírico y el racional: quien espera que mañana saldrá el sol actúa empíricamente, por costumbre; pero el astrónomo lo sabe por la razón, conociendo las leyes necesarias que rigen el movimiento de los astros. La experiencia sola no puede darnos verdades necesarias, solo regularidades observadas. El segundo es que por medio de la reflexión racional accedemos a conceptos como el ser, la sustancia, lo simple, lo compuesto y Dios, que no corresponden a ninguna impresión sensible concreta sino que surgen de actos reflexivos del espíritu sobre sí mismo.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Hume mantendría una posición diferente. Para él todas nuestras ideas, sin excepción, proceden de impresiones sensibles, y los conceptos de sustancia, ser o Dios no son verdades necesarias sino construcciones de la imaginación a partir de experiencias. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la distinción de Leibniz entre conocimiento empírico y racional es una petición de principio, porque presupone que existen verdades necesarias independientes de la experiencia, que es justamente lo que habría que demostrar. Segundo, los conceptos supuestamente racionales como el de sustancia o el de Dios no resisten el análisis empírico: si buscamos la impresión de la que proceden, no la encontramos, lo que según Hume demuestra que son palabras vacías, no verdades eternas.
No hay duda alguna de que todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia. Pues ¿cómo podría ser despertada a actuar la facultad de conocer sino mediante objetos que afectan a nuestros sentidos y que ora producen por sí mismos representaciones, ora ponen en movimiento la capacidad del entendimiento para comparar estas representaciones, para enlazarlas o separarlas y para elaborar de este modo la materia bruta de las impresiones sensibles con vistas a un conocimiento de los objetos denominado experiencia? Por consiguiente, en el orden temporal, ningún conocimiento precede a la experiencia y todo conocimiento comienza con ella. Pero, aunque todo nuestro conocimiento empiece con la experiencia, no por eso procede todo él de la experiencia. En efecto, podría ocurrir que nuestro mismo conocimiento empírico fuera una composición de lo que recibimos mediante las impresiones y de lo que nuestra propia facultad de conocer produce (simplemente motivada por las impresiones) a partir de sí misma. En tal supuesto, no distinguiríamos esta adición respecto de dicha materia fundamental hasta tanto que un prolongado ejercicio nos hubiese hecho fijar en ella y nos hubiese adiestrado para separarla.
Kant, I. (2005). Crítica de la razón pura, Introducción, I. Ed. Ribas. Taurus, pp. 27–28.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si todo nuestro conocimiento procede de la experiencia o si hay elementos que nuestra propia facultad de conocer aporta independientemente de ella.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Kant defiende una posición intermedia entre racionalismo y empirismo. Acepta que todo conocimiento comienza con la experiencia, ya que sin objetos que afecten a nuestros sentidos la facultad de conocer no se pondría en marcha. Pero niega que todo conocimiento proceda de la experiencia: nuestra propia facultad de conocer añade algo a partir de sí misma, algo que no viene de las impresiones sino que las organiza y les da forma. El conocimiento empírico es, por tanto, una composición de lo que recibimos de fuera y de lo que nuestra mente pone desde dentro.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Kant usa dos argumentos. El primero es concesivo: acepta la tesis empirista de que sin experiencia no habría conocimiento, porque la facultad de conocer necesita ser «despertada» por los objetos de los sentidos. Esto descarta el innatismo puro. El segundo es la distinción entre «comenzar con» y «proceder de»: que el conocimiento comience con la experiencia no implica que todo su contenido derive de ella. Nuestra facultad de conocer podría producir algo a partir de sí misma, simplemente motivada por las impresiones, y mezclarlo con los datos sensibles de forma tan íntima que solo un análisis prolongado permitiera separar ambos componentes.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Hume mantendría una posición diferente. Para él todo conocimiento sin excepción procede de la experiencia: no hay ningún elemento que la mente añada por sí misma. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la suposición de Kant de que nuestra facultad de conocer «produce algo a partir de sí misma» es inverificable, porque si esos elementos a priori están tan mezclados con la experiencia que no podemos separarlos sin un «prolongado ejercicio», tampoco podemos estar seguros de que existan realmente y no sean simplemente hábitos mentales que confundimos con estructuras de la razón. Segundo, Hume demostraría que incluso los conceptos que parecen más independientes de la experiencia, como el de causalidad, se explican perfectamente como productos de la costumbre y la asociación de ideas, sin necesidad de postular facultades que produzcan contenido propio.
En contra de las ideas innatas
Si el inteligir constituye una operación semejante a la sensación, consistirá en padecer cierto influjo bajo la acción de lo inteligible o bien en algún otro proceso similar. Por consiguiente, el intelecto —siendo impasible— ha de ser capaz de recibir la forma, es decir, ha de ser en potencia tal como la forma pero sin ser ella misma, y será respecto de lo inteligible algo análogo a lo que es la facultad sensitiva respecto de lo sensible. Por consiguiente, y puesto que intelige todas las cosas, necesariamente ha de ser sin mezcla, como dice Anaxágoras, para que pueda dominar o, lo que es lo mismo, conocer, ya que lo que exhibe su propia forma obstaculiza e interfiere a la ajena. Luego no tiene naturaleza alguna propia aparte de su misma potencialidad. Así pues, el denominado intelecto del alma —me refiero al intelecto con que el alma razona y enjuicia— no es en acto ninguno de los entes antes de inteligir. De ahí que sería igualmente ilógico que estuviera mezclado con el cuerpo: y es que en tal caso poseería alguna cualidad, sería frío o caliente y tendría un órgano como lo tiene la facultad sensitiva; pero no lo tiene realmente. Por lo tanto, dicen bien los que dicen que el alma es el lugar de las formas, si exceptuamos que no lo es toda ella, sino sólo la intelectiva y que no es las formas en acto, sino en potencia.
Aristóteles. Acerca del alma, III, 4, 429a13–29. En Aristóteles y Candel, M. (2011). Aristóteles. Tomo I. Gredos.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es cuál es la naturaleza del intelecto humano y cómo es posible que conozca todas las cosas.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Aristóteles defiende que el intelecto, antes de conocer, no es en acto ninguna cosa: es pura potencialidad receptiva. Así como la facultad sensitiva recibe las formas sensibles de los objetos (colores, sonidos…), el intelecto recibe las formas inteligibles (los conceptos universales). Para poder recibir cualquier forma, el intelecto no puede tener ninguna naturaleza propia que interfiera con las formas ajenas. El alma es «el lugar de las formas», pero no las posee en acto sino solo en potencia: las adquiere al conocer, no antes.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Aristóteles usa dos argumentos. El primero es por analogía con la sensación: igual que la facultad sensitiva recibe las formas sensibles sin ser ella misma ninguna de esas formas, el intelecto recibe las formas inteligibles sin ser él mismo ninguna de ellas. Si el intelecto tuviera una naturaleza propia, esa naturaleza interferiría con las formas que recibe, impidiéndole conocer objetivamente. El segundo es que si el intelecto poseyera las formas en acto antes de conocer, como defiende Platón, no habría propiamente conocimiento nuevo sino solo reconocimiento de lo ya sabido. Pero la experiencia muestra que aprendemos cosas genuinamente nuevas, lo que demuestra que el intelecto parte de la potencialidad y no del acto.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Platón mantendría una posición diferente. Para él el alma no es una potencialidad vacía sino que posee ya las Ideas antes de nacer, y conocer es recordarlas, no adquirirlas. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si el intelecto fuera pura potencialidad sin contenido propio, no podría reconocer las formas cuando las recibe, porque para reconocer algo como «igualdad» o «belleza» necesita ya tener algún criterio previo con el que comparar. Segundo, los conceptos universales, como la igualdad en sí, son más perfectos que cualquier ejemplo sensible, lo que sugiere que no pueden derivar de la experiencia imperfecta sino que deben tener un origen independiente de los sentidos.
Supongamos, entonces, que la mente sea, como se dice, un papel en blanco, limpio de toda inscripción, sin ninguna idea. ¿Cómo llega a tenerlas? ¿De dónde se hace la mente de ese prodigioso cúmulo, que la activa e ilimitada imaginación del hombre ha pintado en ella, en una variedad casi infinita? ¿De dónde saca todo ese material de la razón y del conocimiento? A esto contesto con una sola palabra, de la experiencia: he allí el fundamento de todo nuestro saber, y de allí es de donde en última instancia se deriva. Las observaciones que hacemos acerca de los objetos sensibles externos, o acerca de las operaciones internas de nuestra mente, que percibimos, y sobre las cuales reflexionamos nosotros mismos, es lo que provee a nuestro entendimiento de todos los materiales del pensar. Estas son las dos fuentes del conocimiento de donde dimanan todas las ideas que tenemos o que podamos naturalmente tener. En primer lugar, nuestros sentidos, que tienen trato con objetos sensibles particulares, transmiten respectivas y distintas percepciones de cosas a la mente, según los variados modos en que esos objetos los afectan, y es así como llegamos a poseer esas ideas que tenemos del amarillo, del blanco, del calor, del frío, de lo blando, de lo duro, de lo amargo, de lo dulce, y de todas aquellas que llamamos cualidades sensibles. A esta gran fuente que origina el mayor número de las ideas que tenemos, puesto que dependen totalmente de nuestros sentidos y de ellos son transmitidas al entendimiento, la llamo sensación. Pero, en segundo lugar, la otra fuente de donde la experiencia provee de ideas al entendimiento es la percepción de las operaciones interiores de nuestra propia mente al estar ocupada en las ideas que tiene; las cuales operaciones, cuando el alma reflexiona sobre ellas y las considera, proveen al entendimiento de otra serie de ideas que no podrían haberse derivado de cosas externas. Estas dos fuentes, digo, a saber: las cosas externas materiales, como objetos de sensación, y las operaciones internas de nuestra propia mente, como objetos de reflexión, son, para mí, los únicos orígenes de donde todas nuestras ideas proceden inicialmente.
Locke, J. (2005). Ensayo sobre el entendimiento humano, II, 1, §§2–4. Ed. O’Gorman. FCE, pp. 83–85.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es de dónde proceden todas las ideas que tenemos en la mente.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Locke defiende que la mente al nacer es como un papel en blanco, sin ninguna idea. Todas las ideas que poseemos proceden de una única fuente: la experiencia. Esta tiene dos canales: la sensación, que nos proporciona ideas de los objetos externos (colores, sabores, texturas…), y la reflexión, que nos proporciona ideas de las operaciones internas de nuestra propia mente (pensar, dudar, creer, querer…). No hay ideas innatas: todo lo que sabemos o podemos saber tiene su origen en alguna de estas dos fuentes.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Locke usa dos argumentos. El primero es la metáfora del papel en blanco como punto de partida: si la mente no tiene ideas innatas, la pregunta sobre de dónde vienen todas nuestras ideas solo puede responderse apelando a la experiencia, porque no hay otra fuente posible. El segundo es la exhaustividad de la clasificación: toda idea que poseemos puede rastrearse hasta una sensación (objetos externos) o una reflexión (operaciones internas de la mente). Si alguien afirma que hay ideas que no proceden de ninguna de estas dos fuentes, debería mostrar cuáles son y de dónde vienen, cosa que Locke considera imposible.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Leibniz mantendría una posición diferente. Para él la mente no es un papel en blanco sino que posee desde el nacimiento disposiciones y verdades necesarias que la experiencia no puede proporcionar. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, las verdades de la lógica y las matemáticas (como que 2+2=4) son necesarias y universales, pero la experiencia solo nos da casos particulares y contingentes, por lo que esas verdades no pueden derivar de ella. Segundo, la reflexión misma que Locke acepta como fuente de ideas presupone una capacidad de la mente para operar sobre sí misma que no puede proceder de la sensación, lo que demuestra que la mente no es completamente pasiva sino que posee una actividad propia desde el inicio.
Podemos pues dividir todas las percepciones del espíritu en dos clases o especies que se distinguen por sus diferentes grados de fuerza y de vivacidad. Comúnmente se llaman ideas o pensamientos a las percepciones menos fuertes y menos vivas. La segunda especie aún no ha recibido denominación común. Se me permitirá aquí una pequeña libertad y las llamaré impresiones, usando este término en un sentido algo distinto del que se acostumbra a darle. Incluyo pues en este término de impresión todas nuestras percepciones más fuertes, como son las del oído, de la vista, del tacto, del amor, del odio, del deseo o de la voluntad. Todos los materiales de nuestros pensamientos los tomamos o del sentido exterior, o del sentido interior; sólo la mezcla y la composición de estos materiales corresponden al espíritu y a la voluntad; o, para hablar más filosóficamente, las ideas son las copias de las impresiones, y cada percepción débil es la debilitación de alguna percepción más viva. Bastarán dos razones para convencernos. En primer lugar, si analizamos nuestros pensamientos, o ideas, por compuestas, por elevadas que sean, se resolverán siempre en un conjunto de ideas simples, cada una de las cuales está copiada de algún sentimiento o alguna sensación correspondiente. Así la idea de Dios, es decir, de un ser cuya inteligencia, sabiduría y bondad son infinitas, nos viene reflexionando sobre las operaciones de nuestro espíritu, y dando una extensión ilimitada a las cualidades de sabiduría o de bondad que observamos en nosotros. En segundo lugar, cuando por un defecto del órgano un hombre no es capaz de una cierta especie de sensación, lo encontramos siempre privado de las ideas que de ella nacen. Así, un ciego de nacimiento no tiene la noción de los colores, ni un sordo la de los sonidos.
Hume, D. Investigación sobre el entendimiento humano, Ensayo II. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 105–106.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es cuál es el origen de nuestras ideas y cuál es su relación con las impresiones sensibles.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Hume defiende que todas nuestras ideas son copias de impresiones. Las impresiones son percepciones vivas y directas (lo que vemos, oímos, sentimos, deseamos), mientras que las ideas son copias debilitadas de esas impresiones que conservamos en la memoria. La mente puede mezclar y combinar ideas, pero no puede crear ninguna idea que no derive en última instancia de una impresión previa. Incluso la idea de Dios se forma combinando y amplificando cualidades que observamos en nosotros mismos.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Hume usa dos argumentos. El primero es analítico: si descomponemos cualquier idea, por compleja o elevada que sea, siempre encontramos que se reduce a ideas simples, cada una de las cuales es copia de alguna impresión. Incluso la idea de Dios se obtiene reflexionando sobre nuestras propias cualidades y extendiéndolas ilimitadamente. No hay idea que no pueda rastrearse hasta una impresión. El segundo es empírico: cuando a una persona le falta un sentido, también le faltan las ideas correspondientes. Un ciego de nacimiento no tiene la noción de los colores, ni un sordo la de los sonidos. Si las ideas fueran innatas o procedieran de la razón pura, la carencia de un sentido no debería afectarlas.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Descartes mantendría una posición diferente. Para él las ideas más importantes, como las de Dios, infinito o perfección, no proceden de la experiencia sino que son innatas. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la idea de un ser infinito y perfecto no puede formarse a partir de nuestras impresiones, que son finitas e imperfectas, porque lo finito no puede producir lo infinito por mera combinación o ampliación. Segundo, el ejemplo del ciego no demuestra lo que Hume pretende: demuestra que las ideas sensibles (colores, sonidos) dependen de los sentidos, pero no dice nada sobre las ideas intelectuales (pensamiento, existencia, certidumbre), que no dependen de ningún sentido particular y que incluso un ciego posee.
Hay algunas verdades que son tan próximas a la mente y le son tan obvias, que un hombre sólo necesita abrir los ojos para verlas. De éstas, hay una de suma importancia, a saber: que todo el coro de los cielos y cosas de la tierra, o, en una palabra, todos esos cuerpos que componen la poderosa estructura del mundo, carecen de una subsistencia independiente de la mente, y que su ser consiste en ser percibidos o conocidos; y que, consecuentemente, mientras no sean percibidos por mí o no existan en mi mente o en la de otro espíritu creado, o bien no tendrán existencia en absoluto, o, si no, tendrán que subsistir en la mente de algún espíritu eterno. De lo que se ha dicho se sigue que no hay más sustancia que el espíritu, es decir, que la de quien percibe. Pero a fin de probar este punto más completamente, reparemos en que las cualidades sensibles son el color, la figura, el movimiento, el olor, el sabor, etc.; esto es, las ideas percibidas por el sentido. Ahora bien, decir que una idea existe en un algo que es incapaz de percibir, sería una contradicción manifiesta; pues tener una idea es lo mismo que percibir; así, allí donde el color, la figura y otras cualidades semejantes existen, tiene que haber un alguien que las perciba. De lo cual resulta claro que no puede haber una sustancia no-pensante o substratum de esas ideas.
Berkeley, G. (1992). Tratado sobre los principios del conocimiento humano, §§6–7, pp. 57–58.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si las cosas del mundo existen independientemente de la mente que las percibe.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Berkeley defiende que las cosas del mundo no tienen existencia independiente de la mente: su ser consiste en ser percibidas. Todas las cualidades que atribuimos a los objetos (color, figura, olor, sabor…) son ideas percibidas por los sentidos, y una idea solo puede existir en una mente que la perciba. Afirmar que una idea existe en algo que no percibe es una contradicción. Por tanto, no hay sustancia material independiente de la mente: solo existen los espíritus que perciben y las ideas que perciben.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Berkeley usa dos argumentos. El primero es que todas las cualidades de los objetos son ideas percibidas por los sentidos. Tener una idea es lo mismo que percibirla, por lo que donde hay una cualidad (un color, una figura) tiene que haber necesariamente un espíritu que la perciba. Afirmar que un color existe sin nadie que lo vea es una contradicción en los términos. El segundo es que no es posible concebir un objeto material existiendo sin ser percibido: si intentamos imaginar un árbol en un lugar donde nadie lo percibe, nosotros mismos lo estamos percibiendo en nuestra imaginación, lo que demuestra que no hemos logrado separar la existencia de la cosa de su percepción.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Locke mantendría una posición diferente. Aunque comparte con Berkeley que nuestras ideas proceden de la experiencia, Locke defiende que detrás de las cualidades que percibimos hay una sustancia material real que las produce, aunque no la conozcamos directamente. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si nuestras percepciones no fueran causadas por objetos externos reales, no podríamos explicar por qué percibimos cosas que no esperamos ni deseamos, lo que sugiere que algo independiente de nuestra mente las produce. Segundo, la regularidad y la constancia de nuestras percepciones (la mesa sigue ahí cuando salimos de la habitación y volvemos a entrar) se explican mejor postulando una sustancia que persiste que afirmando que los objetos dejan de existir cuando nadie los percibe.
Disertación filosófica
Recursos
Bibliografía
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Teoría
TEORÍAS DEL CONOCIMIENTO CONTEMPORÁNEAS
El espectacular desarrollo de la física durante la modernidad, coronado por la mecánica de Newton, provocó que esta ciencia fuese considerada el modelo de todo conocimiento verdadero. Desde entonces, la filosofía comenzó a centrarse en una pregunta nueva: ¿qué hace que una teoría sea científica? Para responderla, conviene distinguir los dos tipos de enunciados que componen la ciencia:
- Leyes científicas: enunciados universales que expresan relaciones constantes entre fenómenos. Dependen de la experiencia: si una sola observación las contradice, se descartan por completo.
- Teorías científicas: conjuntos de enunciados que sirven para explicar y predecir fenómenos. También dependen de la experiencia, pero son más flexibles: no se desechan hasta que aparece una teoría competidora con mayor alcance explicativo y mayor precisión en sus predicciones.
Respecto a las teorías, el astrónomo John Herschel (1792–1871) estableció una distinción fundamental que el filósofo de la ciencia Hans Reichenbach (1891–1953) precisaría después: la diferencia entre el contexto de descubrimiento y el contexto de justificación.
- El contexto de descubrimiento se refiere a cómo se formula una teoría, qué métodos o intuiciones llevan a imaginarla.
- El contexto de justificación remite a cómo se contrasta una teoría una vez formulada, si se confirma o se rechaza mediante la experiencia. Desde este contexto, el procedimiento que lleva a formular una teoría es irrelevante para juzgar su validez: lo que importa es si resiste la comprobación.
Pierre Duhem: la infradeterminación

El físico y filósofo francés Pierre Duhem (1861–1916) señaló un problema profundo en el corazón del método científico: ninguna observación es completamente neutral. Todo experimento está impregnado de supuestos teóricos previos, y ninguna medición es absolutamente precisa. De ello se sigue el llamado problema de la infradeterminación de las teorías por los hechos: los datos experimentales son compatibles con infinitas teorías distintas. No existe ningún conjunto de observaciones que pueda determinar, por sí solo, cuál de todas las teorías posibles es la correcta. Los hechos subdeterminan la teoría: siempre cabe, en principio, formular una teoría alternativa que también los explique.
Ernst Mach: el instrumentalismo

Ernst Mach (1838–1916), físico y filósofo austriaco, adoptó una postura consecuente con este problema. Para él, las leyes y teorías científicas no nos dicen cómo es realmente el mundo: son reglas mnemotécnicas, formulaciones que condensan mucha información en poco espacio para poder recordarla y aplicarla. Que una teoría funcione —que nos ayude a describir y predecir fenómenos— no significa que sea verdadera. Es decir, Mach entiende las teorías de manera instrumentalista: son herramientas más o menos útiles para manejarnos en el mundo, no retratos de la realidad.
El Círculo de Viena: el verificacionismo

La influencia de Mach fue decisiva en el físico y filósofo Moritz Schlick (1882–1936), fundador del Círculo de Viena. Este grupo de filósofos de la ciencia defendió el empirismo lógico (también llamado positivismo lógico o neopositivismo), según el cual una teoría solo es científica si es verificable, es decir, si puede ser contrastada con hechos observables. Si los hechos coinciden con lo que la teoría predice, queda confirmada como verdadera; si no coinciden, queda falsada.
Esta exigencia de verificabilidad les llevó a rechazar como metafísica —y por tanto carente de significado científico— toda afirmación que no pueda ser contrastada con la experiencia. Eso incluye gran parte de la filosofía continental, como la de Martin Heidegger, pero también las preguntas sobre Dios, el alma o el origen del universo.
Karl Popper: la falsabilidad

Karl Popper (1902–1994) es considerado uno de los filósofos de la ciencia más importantes del siglo XX. Compartió con Duhem la preocupación por la infradeterminación, pero criticó el criterio verificacionista del Círculo de Viena apoyándose en lo que él llamó el problema de Hume o problema de la inducción: por mucho que acumulemos observaciones particulares, nunca podemos concluir con certeza lógica que un principio general es verdadero. El salto de «todos los casos observados» a «todos los casos posibles» es lógicamente ilegítimo.
Lo que sí podemos hacer, según Popper, es demostrar con certeza que una teoría es falsa: basta con que una sola observación contradiga sus predicciones. De ahí su propuesta: el criterio que distingue las teorías científicas de las no científicas no es la verificabilidad sino la falsabilidad. Una teoría es científica si y solo si formula predicciones concretas y arriesgadas que podrían no cumplirse. Si ninguna observación posible pudiera desmentirla, no es una teoría científica sino una creencia.
Para Popper, la historia de la ciencia no es una acumulación de verdades sino una secuencia de conjeturas y refutaciones: se propone una teoría audaz, se busca falsarla mediante experimentos cruciales, y si se falsifica se propone una nueva teoría mejorada. Pero nunca sabemos si una teoría es verdadera; solo sabemos cuáles han sobrevivido hasta ahora a todos los intentos de refutación.
💡 Tip: Según Popper, la astrología o el psicoanálisis no son pseudociencias porque sean falsas, sino porque no son falsables: no formulan predicciones lo suficientemente concretas como para poder ser desmentidas.
Popper ofrece una imagen heroica de la ciencia: los científicos proponen teorías audaces y las someten honestamente a refutación. Kuhn responde que eso no es lo que ocurre en la práctica: los científicos normalmente no intentan refutar su paradigma sino defenderlo, y solo lo abandonan cuando aparece otro mejor. La discrepancia no es menor: si Popper tiene razón, la ciencia progresa por la crítica racional; si Kuhn tiene razón, progresa por rupturas colectivas que se parecen más a una conversión que a una demostración.
Thomas S. Kuhn: los paradigmas y las revoluciones científicas

Thomas S. Kuhn (1922–1996) criticó la imagen de la ciencia como un progreso lineal y acumulativo. En su obra La estructura de las revoluciones científicas (1962) propuso una visión muy distinta: la historia de la ciencia está llena de saltos y discontinuidades, y alterna entre dos tipos de periodos.
Durante los periodos de ciencia normal, la comunidad científica trabaja dentro de un paradigma: un modelo teórico compartido que incluye teorías, métodos, problemas legítimos y criterios de solución aceptables. Los científicos no cuestionan el paradigma sino que intentan resolver los «puzles» que este plantea. Cuando aparecen observaciones que lo contradicen, la tendencia es atribuirlas a errores de cálculo o de experimentación, no al paradigma mismo.
Pero cuando las anomalías se acumulan y ya no pueden ignorarse, se entra en un periodo revolucionario: el paradigma dominante entra en crisis y, si surge un paradigma alternativo suficientemente convincente, se produce un cambio de paradigma. Kuhn pone como ejemplo el paso del paradigma aristotélico-ptolemaico (geocéntrico, con leyes distintas para el mundo sublunar y el supralunar) al paradigma newtoniano (heliocéntrico, con leyes universales válidas en todo el cosmos).
Una de las ideas más controvertidas de Kuhn es que los paradigmas son inconmensurables: no existe un lenguaje neutral desde el que compararlos objetivamente, porque cada paradigma tiene su propio vocabulario, sus propios métodos y sus propios problemas. La misma palabra —gravedad, por ejemplo— no significa lo mismo en Aristóteles, en Newton o en Einstein. Por eso el cambio de paradigma no es solo un cambio de teoría sino una transformación de la forma de ver el mundo, comparable a los cambios perceptivos que estudia la psicología de la Gestalt.
Paul Feyerabend: el anarquismo epistemológico

Paul Feyerabend (1924–1994), físico y filósofo austríaco, llevó las tesis de Kuhn hasta sus últimas consecuencias. En su obra Contra el método (1975) defendió el anarquismo epistemológico: no existe ningún método científico único y universal que garantice el progreso del conocimiento. La imposición de un método estricto no protege la ciencia sino que la limita.
Su principio metodológico se resume en la expresión «anything goes» (todo vale): los científicos deberían tener libertad para explorar cualquier teoría o enfoque sin restricciones metodológicas previas. La historia de la ciencia muestra que los grandes avances a menudo se han conseguido violando las reglas establecidas, no siguiéndolas.
Feyerabend subraya además que la ciencia no es un proceso aislado de la sociedad. Los factores culturales, políticos, económicos e incluso personales influyen en qué teorías se desarrollan, se financian y se aceptan. La imagen de una ciencia neutral y objetiva que acumula conocimiento de forma ordenada es, para Feyerabend, una ficción: el desarrollo científico es un proceso caótico, atravesado por intereses y contingencias históricas.
TEORÍAS DEL CONOCIMIENTO CONTEMPORÁNEAS



Práctica
Lee atentamente cada texto y responde a las cuatro preguntas en tu cuaderno.
Creemos que sabemos cada cosa sin más, pero no del modo sofístico, accidental, cuando creemos conocer la causa por la que es la cosa, que es la causa de aquella cosa y que no cabe que sea de otra manera. Está claro, pues, que el saber es algo de este tipo. Si, pues, el saber es como estipulamos, es necesario también que la ciencia demostrativa se base en cosas verdaderas, primeras, inmediatas, más conocidas, anteriores y causales respecto de la conclusión: pues así los principios serán también apropiados a la demostración. En efecto, razonamiento lo habrá también sin esas cosas, pero demostración no: pues no producirá ciencia. Así, pues, es necesario que aquellas cosas sean verdaderas, porque no es posible saber lo que no lo es, v.g.: que la diagonal es conmensurable. Y que el razonamiento se base en cosas primordiales no demostrables, porque no se podrán saber si no es así, al no tener demostración de ellas: pues saber de manera no accidental aquellas cosas de las que hay demostración es tener su demostración. Y han de ser causales, más conocidas y anteriores: causales porque sabemos cuando conocemos la causa, y anteriores por ser causales, y conocidas precisamente no sólo por entenderse del segundo modo, sino también por saberse que existen.
Aristóteles. Analíticos Segundos, I, 2, 71b9–72a5. En Aristóteles y Candel Sanmartín, M. (1988). Tratados de lógica (Organon). Vol. 2. Gredos, pp. 316–317.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es qué condiciones debe cumplir un conocimiento para ser genuinamente científico y seguro.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Aristóteles defiende que sabemos algo de verdad cuando conocemos la causa por la que es así y sabemos que no puede ser de otra manera. La ciencia genuina es demostrativa: parte de principios verdaderos, primeros, inmediatos y causales, y de ellos deduce conclusiones necesarias. Solo cuando un conocimiento se obtiene de este modo podemos estar seguros de que es verdadero.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Aristóteles usa dos argumentos. El primero es que la ciencia requiere premisas verdaderas porque no es posible saber lo que no es: un razonamiento que parte de premisas falsas podrá ser formalmente correcto pero no producirá ciencia. El segundo es que esas premisas deben ser causales, anteriores y más conocidas que la conclusión, porque solo conocemos algo cuando conocemos su causa. Puede haber razonamiento sin estas condiciones, pero no demostración científica.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Popper mantendría una posición diferente. Para él la ciencia no puede alcanzar verdades necesarias y demostrables, sino solo conjeturas que hasta el momento no han sido refutadas. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, los principios «primeros e indemostrables» de los que parte Aristóteles son en realidad hipótesis que podrían ser falsas, y la historia de la ciencia muestra que principios considerados indudables durante siglos han resultado erróneos. Segundo, la ciencia no avanza por demostración a partir de causas conocidas sino por conjetura y refutación: se propone una hipótesis audaz y se intenta falsarla, y si resiste los intentos de refutación, se acepta provisionalmente, pero nunca como verdad definitiva.
A favor de la certeza científica
Ni la mano desnuda ni el entendimiento abandonado a sí mismo valen gran cosa. Las cosas se llevan a cabo con instrumentos y con ayudas, de las cuales el entendimiento no está menos necesitado que la mano. Y al igual que los instrumentos gobiernan o rigen el movimiento de la mano, también los instrumentos de la mente custodian y protegen el entendimiento. La ciencia y el poder humanos vienen a ser lo mismo, porque el ignorar la causa nos priva del efecto. En verdad, no es posible vencer la naturaleza más que obedeciéndola y lo que en la contemplación tiene el valor de causa viene a tener en la operación el valor de regla. En lo que se refiere a las obras, el hombre no puede sino acercar o alejar los cuerpos naturales. El resto lo lleva a cabo la naturaleza actuando desde el interior. Sería insensato, y contradictorio en sí mismo, pensar que es posible hacer lo que hasta ahora nunca se ha hecho si no es con medios que hasta ahora nunca se han ensayado.
Bacon, F. (2011). La gran restauración (Novum Organum). Aforismos I–VI, pp. 55–58.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si el conocimiento científico de la naturaleza es posible y para qué sirve.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Bacon defiende que la ciencia y el poder humanos son lo mismo: conocer las causas de los fenómenos naturales es lo que nos permite actuar sobre ellos. Pero ni la mano desnuda ni el entendimiento por sí solo bastan: ambos necesitan instrumentos adecuados. El entendimiento necesita un método que lo guíe y lo proteja de sus propios errores, del mismo modo que la mano necesita herramientas. La naturaleza solo puede ser dominada si primero se la obedece, es decir, si se conocen sus leyes.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Bacon usa dos argumentos. El primero es la analogía entre la mano y el entendimiento: así como la mano sin herramientas apenas puede hacer nada, el entendimiento sin método es incapaz de alcanzar conocimiento fiable. El método es al entendimiento lo que las herramientas a la mano. El segundo es práctico: ignorar la causa nos priva del efecto. Si la ciencia no proporcionase conocimientos verdaderos sobre las causas de los fenómenos, no podríamos actuar sobre la naturaleza, pero la experiencia muestra que sí podemos, lo que demuestra que nuestro conocimiento causal es correcto.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Hume mantendría una posición diferente. Para él no podemos conocer las causas reales de los fenómenos, solo observar regularidades entre ellos. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, que un método funcione en la práctica no demuestra que nos dé verdades sobre las causas reales: podríamos estar prediciendo correctamente sin comprender por qué las cosas ocurren como ocurren. Segundo, la conexión entre causa y efecto que Bacon da por supuesta es precisamente lo que Hume pone en cuestión: nunca percibimos la «causa» de nada, solo la sucesión regular de fenómenos, y del pasado no se sigue lógicamente el futuro.
En lugar del gran número de preceptos que encierra la lógica, creí que me bastarían los cuatro siguientes, supuesto que tomase una firme y constante resolución de no dejar de observarlos una vez siquiera. Fue el primero no admitir como verdadera cosa alguna, como no supiese con evidencia que lo es; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no comprender en mis juicios nada más que lo que se presentase tan clara y distintamente a mi espíritu, que no hubiese ninguna ocasión de ponerlo en duda. El segundo, dividir cada una de las dificultades que examinare en cuantas partes fuere posible y en cuantas requiriese su mejor solución. El tercero, conducir ordenadamente mis pensamientos, empezando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más compuestos. Y el último, hacer en todos unos recuentos tan integrales y unas revisiones tan generales, que llegase a estar seguro de no omitir nada. Esas largas series de trabadas razones muy plausibles y fáciles, que los geómetras acostumbran emplear, para llegar a sus más difíciles demostraciones, habíanme dado ocasión de imaginar que todas las cosas de que el hombre puede adquirir conocimiento se siguen unas a otras en igual manera, y que, con sólo abstenerse de admitir como verdadera una que no lo sea y guardar siempre el orden necesario para deducirlas unas de otras, no puede haber ninguna, por lejos que se halle situada o por oculta que esté, que no se llegue a alcanzar y descubrir.
Descartes, R. (2011). Discurso del método, Segunda parte. Ed. Flórez. Gredos, pp. 113–115.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si existe un método que permita alcanzar la verdad con total certeza en cualquier ámbito del conocimiento.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Descartes defiende que siguiendo cuatro reglas simples es posible alcanzar un conocimiento completamente cierto sobre cualquier cosa. El método consiste en no admitir nada que no sea evidente, dividir los problemas en partes, avanzar de lo simple a lo complejo, y revisar que no se ha omitido nada. Inspirado por las matemáticas, Descartes cree que todo conocimiento se encadena como las demostraciones geométricas y que no hay verdad, por oculta que esté, que no pueda alcanzarse y descubrirse si se sigue este método correctamente.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Descartes usa dos argumentos. El primero es que las demostraciones matemáticas muestran que es posible alcanzar verdades absolutamente ciertas encadenando razonamientos simples: si los geómetras lo consiguen con figuras, el mismo procedimiento debería funcionar con cualquier objeto de conocimiento. El segundo es que el método se autoprotege: la primera regla (no admitir nada que no sea evidente) impide que se introduzcan errores, y la última (revisar todo) impide que se omita algo. Si se siguen las reglas sin faltar nunca, no hay lugar para el error.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Ayer mantendría una posición diferente. Para él ninguna proposición sobre hechos del mundo, por riguroso que sea el método con el que se haya obtenido, puede ser más que una hipótesis probable. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la certeza que Descartes atribuye al método solo funciona en las matemáticas y la lógica, que son tautologías, pero no en las ciencias empíricas, donde toda afirmación pretende abarcar infinitos casos a partir de observaciones finitas. Segundo, la «claridad y distinción» que Descartes propone como criterio de evidencia es un sentimiento subjetivo, no una garantía objetiva: a lo largo de la historia muchos filósofos han considerado «claras y distintas» ideas que resultaron ser falsas.
El criterio que utilizamos para probar la autenticidad de aparentes declaraciones de hecho es el criterio de verificabilidad. Decimos que una frase es factualmente significante para toda persona dada, siempre y cuando esta persona conozca cómo verificar la proposición que la frase pretende expresar, es decir, si conoce qué observaciones le inducirán, bajo ciertas condiciones, a aceptar la proposición como verdadera, o a rechazarla como falsa. Por otra parte, si la proposición putativa es de tal carácter que la admisión de su verdad o de su falsedad está conforme con cualquier admisión relativa a la naturaleza de su experiencia futura, entonces, en la medida en que la persona está interesada, la frase es, si no una tautología, una simple pseudo-proposición. Es necesario establecer una distinción entre verificabilidad práctica, y verificabilidad en principio. Queda un buen número de proposiciones significantes, relativas a cuestiones de hecho, que no podríamos verificar aunque nos lo propusiéramos; sencillamente, porque carecemos de los medios prácticos para colocarnos en la situación en que podrían hacerse las observaciones pertinentes. Un ejemplo simple y familiar de tales proposiciones es la proposición de que hay montañas en la cara oculta de la Luna. Todavía no se ha inventado ningún cohete que me permita ir y mirar a la cara oculta de la Luna, de modo que me veo incapacitado para decidir la cuestión mediante la observación real. Pero yo sé qué observaciones la decidirían para mí, si alguna vez me encontrase en situación de hacerlas. Y, por consiguiente, digo que la proposición es verificable en principio, ya que no en la práctica, y es, por lo tanto, significante.
Ayer, A. J. (1984). Lenguaje, verdad y lógica. Orbis, pp. 38–39.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es qué criterio permite distinguir las proposiciones científicas genuinas de las que carecen de significado.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Ayer defiende que una proposición solo tiene significado si es verificable, es decir, si sabemos qué observaciones nos llevarían a aceptarla como verdadera o a rechazarla como falsa. Si ninguna observación posible puede confirmarla ni desmentirla, no es una proposición genuina sino una pseudoproposición. Pero verificable no significa verificada en la práctica: una proposición puede ser verificable en principio aunque no tengamos los medios para comprobarlo ahora mismo. Lo que importa es que sepamos qué tipo de experiencia la confirmaría.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Ayer usa dos argumentos. El primero es el criterio mismo: si no podemos concebir ninguna observación que permita determinar si una proposición es verdadera o falsa, esa proposición no dice nada sobre el mundo y es una pseudoproposición. Este criterio traza una línea clara entre la ciencia (verificable) y la metafísica (no verificable). El segundo es la distinción entre verificabilidad práctica y verificabilidad en principio: que no podamos ir ahora a la cara oculta de la Luna no convierte la proposición «hay montañas allí» en carente de significado, porque sabemos perfectamente qué observaciones la decidirían. Eso la distingue de una pseudoproposición metafísica, para la que no podemos concebir ninguna observación relevante.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Kuhn mantendría una posición diferente. Para él el criterio de verificabilidad no describe adecuadamente cómo funciona la ciencia real, porque los científicos no verifican proposiciones aisladas sino que trabajan dentro de paradigmas que determinan qué cuenta como observación relevante y qué no. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la verificación presupone que hay observaciones neutrales que pueden decidir la verdad de cualquier proposición, pero Kuhn muestra que las observaciones mismas están condicionadas por el paradigma desde el que se hacen. Segundo, la historia de la ciencia muestra que los científicos no abandonan una teoría cuando las observaciones la contradicen: protegen el paradigma mediante hipótesis auxiliares, lo que demuestra que la verificabilidad no es en la práctica el criterio que guía la actividad científica.
En contra de la certeza científica
Cada vez que la repetición frecuente de un acto particular ha hecho nacer una disposición a reproducir el mismo acto, sin que se mezclen en ello ni el razonamiento ni ninguna operación del entendimiento, decimos que esta disposición es efecto de la costumbre. Al servirnos de este término, no pretendemos citar una causa primitiva, no hacemos más que indicar con él un principio de la naturaleza humana, generalmente reconocido y manifiesto por sus efectos. Sea lo que fuere, siempre es seguro que adelantamos aquí una proposición, si no verdadera, al menos muy inteligible, al decir que después de haber observado la relación constante de dos cosas, del calor, por ejemplo, con la llama, o de la solidez con el peso, el hábito nos determina a concluir la existencia de una de estas cosas cuando la otra existe. Esta hipótesis parece incluso la única apropiada para explicar por qué concluimos de mil casos lo que no podríamos concluir de un caso único, aunque fuese el mismo en todos los aspectos. La razón no varía así: las conclusiones que ella saca de la consideración de un círculo son las mismas que sacaría después de haber considerado todos los círculos que hay en el universo; mientras que nadie, después de haber visto un solo cuerpo moverse después de haber sido golpeado por otro, se atrevería a afirmar que todos los cuerpos sin excepción se pondrían en movimiento con un choque parecido. Así pues, ninguna inferencia experimental procede del razonamiento; nacen todas de la costumbre. La costumbre es el principal guía de la vida humana, ella sola es la que hace útiles nuestras experiencias, mostrándonos, en la semejanza de las diferentes series de acontecimientos, un porvenir semejante al pasado.
Hume, D. Investigación sobre el entendimiento humano, Ensayo V. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 112–113.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es sobre qué se fundamentan nuestras inferencias científicas a partir de la experiencia.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Hume defiende que todas nuestras inferencias a partir de la experiencia se basan en la costumbre, no en el razonamiento. Cuando observamos repetidamente que dos fenómenos van juntos (como el calor y la llama), el hábito nos lleva a esperar uno cuando vemos el otro. Pero esa expectativa no tiene fundamento racional: la razón no puede justificar el paso de los casos observados a los no observados. La costumbre es el «principal guía de la vida humana», pero no es una fuente de certeza sino un mecanismo psicológico que nos permite funcionar sin garantizarnos la verdad.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Hume usa dos argumentos. El primero es la asimetría entre la razón y la experiencia: la razón saca las mismas conclusiones de un solo círculo que de todos los círculos del universo, pero nadie concluiría de un solo choque entre cuerpos que todos los cuerpos se comportarán igual. La repetición de observaciones añade algo que la razón sola no aporta, y ese algo es la costumbre. El segundo es que la costumbre es la única explicación plausible de por qué mil observaciones nos convencen y una sola no: si las inferencias experimentales fuesen racionales, una sola observación bastaría, igual que un solo triángulo basta para demostrar el teorema de Pitágoras.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Kant mantendría una posición diferente. Para él la relación causal no es un mero hábito sino una categoría a priori del entendimiento que hace posible la experiencia misma. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si la causalidad fuera solo un hábito, no se explicaría que pudiéramos descubrir leyes nuevas que nunca hemos experimentado antes, como hizo Newton con la gravitación universal. Segundo, la propia explicación de Hume presupone la causalidad: dice que la costumbre «hace nacer» una disposición y que la repetición «determina» nuestras conclusiones, es decir, usa relaciones causales para explicar que la causalidad es un hábito, lo que es circular.
Una vez que ha alcanzado la condición de paradigma, una teoría científica sólo se considerará inválida si hay disponible un candidato alternativo para ocupar su lugar. No hay ningún proceso que los estudios históricos del desarrollo científico hayan puesto hasta ahora de manifiesto que tenga la menor semejanza con el estereotipo metodológico de falsación por contrastación directa con la naturaleza. Esta observación no quiere decir que los científicos no rechacen teorías científicas ni que la experiencia y la experimentación no sean esenciales en el proceso que conduce a ello. Lo que quiere decir, y que constituirá un punto central, es que el juicio que lleva a los científicos a rechazar una teoría previamente aceptada se basa siempre en algo más que en una contrastación de dicha teoría con el mundo. La decisión de rechazar un paradigma conlleva siempre simultáneamente la decisión de aceptar otro, y el juicio que lleva a tal decisión entraña la comparación de ambos paradigmas con la naturaleza y entre sí. Se ha observado a menudo, por ejemplo, que la segunda ley del movimiento de Newton, por más que su consecución hubiese exigido siglos de difícil investigación empírica y teórica, para los comprometidos con la teoría newtoniana funciona en gran medida como un enunciado puramente lógico que ningún conjunto de observaciones podría refutar. Algo muy parecido ocurrirá también con la generalización de que los científicos no rechazan los paradigmas cuando se enfrentan a anomalías o contraejemplos. No pueden hacer tal cosa si quieren seguir siendo científicos.
Kuhn, T. S. (2004). La estructura de las revoluciones científicas. Trad. Solís Santos. Fondo de Cultura Económica, cap. VIII, pp. 141–143.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si los científicos abandonan sus teorías cuando los hechos las contradicen.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Kuhn defiende que una teoría científica nunca se abandona simplemente porque los hechos la contradigan. Solo se descarta cuando existe otra teoría disponible para sustituirla. No hay en la historia de la ciencia ningún caso que se ajuste al modelo de «falsación directa»: los científicos no comparan una teoría con los hechos y la rechazan si no encaja, sino que comparan dos paradigmas rivales entre sí y con la naturaleza. Mientras no haya alternativa, los científicos siguen trabajando dentro de su paradigma a pesar de las anomalías. Es más: las leyes fundamentales de un paradigma funcionan casi como definiciones que ninguna observación podría refutar por sí sola.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Kuhn usa dos argumentos. El primero es histórico: los estudios históricos del desarrollo científico no muestran ningún caso de falsación directa. Lo que muestran es que los científicos solo abandonan un paradigma cuando tienen otro que lo sustituya; rechazar un paradigma sin reemplazo equivale a abandonar la ciencia misma. El segundo es que las leyes fundamentales de un paradigma se vuelven prácticamente irrefutables dentro de él: por ejemplo, la segunda ley de Newton funcionaba para los newtonianos como un enunciado casi lógico. Cuando una observación contradecía la ley, se buscaba el error en otra parte (en los cálculos, en los datos, en las hipótesis auxiliares), nunca en la ley misma. Esto demuestra que la contrastación con los hechos no determina por sí sola el rechazo de una teoría.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Popper mantendría una posición diferente. Para él la ciencia progresa precisamente por falsación: los científicos proponen conjeturas audaces y las someten a contrastación con los hechos; cuando una predicción falla, la teoría queda refutada. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, que los científicos no abandonen de hecho las teorías ante las anomalías no significa que no deban hacerlo. Kuhn confunde cómo se comportan los científicos (una cuestión sociológica) con cómo deberían comportarse (una cuestión metodológica). Segundo, si ninguna observación pudiera refutar nunca una teoría, como sugiere Kuhn, no habría forma de distinguir una teoría científica de un dogma religioso: cualquier teoría sería inmune a la crítica, y la ciencia perdería lo que la distingue de la pseudociencia.
En mi opinión, no existe nada que pueda llamarse inducción. Por tanto, será lógicamente inadmisible la inferencia de teorías a partir de enunciados singulares que estén «verificados por la experiencia». Así pues, las teorías no son nunca verificables empíricamente. Si queremos evitar el error positivista de que nuestro criterio de demarcación elimine los sistemas teóricos de la ciencia natural, debemos elegir un criterio que nos permita admitir en el dominio de la ciencia empírica incluso enunciados que no puedan verificarse. Pero, ciertamente, sólo admitiré un sistema entre los científicos o empíricos si es susceptible de ser contrastado por la experiencia. Estas consideraciones nos sugieren que el criterio de demarcación que hemos de adoptar no es el de la verificabilidad, sino el de la falsabilidad de los sistemas. Dicho de otro modo: no exigiré que un sistema científico pueda ser seleccionado, de una vez para siempre, en un sentido positivo; pero sí que sea susceptible de selección en un sentido negativo por medio de contrastes y pruebas empíricas: ha de ser posible refutar por la experiencia un sistema científico empírico.
Popper, K. R. (1962). La lógica de la investigación científica. Ed. Sánchez. Tecnos, §6, pp. 39–41.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es qué criterio distingue las teorías científicas de las que no lo son, y si las teorías científicas pueden verificarse.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Popper defiende que las teorías científicas no son nunca verificables: no se puede demostrar que sean verdaderas, porque la inducción no existe como procedimiento lógico válido. Pero lo que sí se puede hacer es intentar refutarlas. El criterio que distingue una teoría científica de una que no lo es no es que pueda verificarse sino que pueda falsarse: una teoría es científica si formula predicciones que, de no cumplirse, la refutarían. Si ninguna observación posible puede desmentir una teoría, esa teoría no es científica.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Popper usa dos argumentos. El primero es lógico: no existe la inducción como procedimiento lógico válido. De enunciados singulares («este cisne es blanco», «este otro cisne es blanco») no se puede inferir lógicamente un enunciado universal («todos los cisnes son blancos»). Por tanto, ninguna cantidad de observaciones puede verificar una teoría. El segundo es que el criterio positivista de verificabilidad, si se aplica rigurosamente, elimina de la ciencia precisamente lo que la hace valiosa: las teorías universales. Si solo aceptamos como científico lo que puede verificarse, toda ley natural queda fuera. La falsabilidad resuelve este problema: permite conservar las leyes universales como científicas sin pretender que sean verdaderas.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Aristóteles mantendría una posición diferente. Para él la ciencia sí puede alcanzar verdades necesarias y demostrables a partir de principios primeros evidentes por sí mismos. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la inducción sí existe como proceso legítimo de conocimiento: de la observación repetida de casos particulares, el entendimiento abstrae la forma universal que es necesariamente verdadera. Segundo, si ninguna teoría pudiera verificarse jamás, como sostiene Popper, la ciencia se reduciría a un juego de conjeturas sin fundamento, lo que contradice el hecho de que las teorías científicas producen resultados fiables y previsibles, algo que no sería posible si no capturasen algo verdadero sobre la realidad.
El criterio de Popper ignora la notable tenacidad de las teorías científicas. Los científicos tienen la piel gruesa. No abandonan una teoría simplemente porque los hechos la contradigan. Normalmente o bien inventan alguna hipótesis de rescate para explicar lo que ellos llaman después una simple anomalía o, si no pueden explicar la anomalía, la ignoran y centran su atención en otros problemas. Obsérvese que los científicos hablan de anomalías, ejemplos recalcitrantes, pero no de refutaciones. La historia de la ciencia está, por supuesto, repleta de exposiciones sobre cómo los experimentos cruciales supuestamente destruyen a las teorías. Pero tales exposiciones suelen estar elaboradas mucho después de que la teoría haya sido abandonada. Si Popper hubiera preguntado a un científico newtoniano en qué condiciones experimentales abandonaría la teoría de Newton, algunos científicos newtonianos hubieran recibido la misma calificación que algunos marxistas. En los últimos años he defendido la metodología de los programas de investigación científica. En primer lugar defiendo que la unidad descriptiva típica de los grandes logros científicos no es una hipótesis aislada sino más bien un programa de investigación. La ciencia newtoniana, por ejemplo, no es sólo un conjunto de cuatro conjeturas. Esas cuatro leyes sólo constituyen el «núcleo firme» del programa newtoniano. Pero este núcleo firme está tenazmente protegido contra las refutaciones mediante un gran «cinturón protector» de hipótesis auxiliares. Y, lo que es más importante, el programa de investigación tiene también una heurística, esto es, una poderosa maquinaria para la solución de problemas que, con la ayuda de técnicas matemáticas sofisticadas, asimila las anomalías e incluso las convierte en evidencia positiva.
Lakatos, I. (1989). La metodología de los programas de investigación científica. Trad. Zapatero. Alianza, Introducción, pp. 12–14.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta es si el criterio de falsabilidad de Popper describe correctamente cómo funciona la ciencia y cómo se distingue de la pseudociencia.
- Explica con tus palabras la tesis del autor.
Lakatos defiende que Popper se equivoca al pensar que las teorías científicas se abandonan cuando un experimento las refuta. En realidad, los científicos nunca abandonan una teoría por un solo contraejemplo: inventan hipótesis auxiliares para protegerla o simplemente ignoran la anomalía. Lo que hay que evaluar no es una hipótesis aislada sino un «programa de investigación» completo, que incluye un núcleo firme de principios (que no se cuestiona), un cinturón protector de hipótesis auxiliares (que se modifica cuando hace falta) y una heurística que permite asimilar las anomalías. La ciencia no funciona por refutaciones instantáneas sino por la capacidad de los programas para predecir hechos nuevos.
- ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Lakatos usa dos argumentos. El primero es histórico: los científicos «tienen la piel gruesa» y no abandonan una teoría porque los hechos la contradigan. Lo que la historia llama «experimentos cruciales» suelen ser reconstrucciones hechas después, cuando la teoría ya ha sido sustituida. Si se hubiera preguntado a un newtoniano qué observación le haría abandonar la mecánica de Newton, no habría sabido responder, igual que un marxista dogmático. El segundo es estructural: la ciencia no trabaja con hipótesis aisladas sino con programas de investigación. El núcleo firme del programa está protegido por un cinturón de hipótesis auxiliares que absorbe las anomalías. Cuando un planeta no se mueve como predice la teoría, el científico newtoniano no abandona la ley de gravitación: revisa la refracción atmosférica, inventa un planeta desconocido o ajusta los cálculos. Eso no es trampa, es cómo funciona la ciencia real.
- ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Popper mantendría una posición diferente. Para él una teoría es científica si y solo si es falsable, y debe ser abandonada cuando un experimento la refuta. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, el «cinturón protector» que describe Lakatos puede convertir cualquier teoría en irrefutable, y entonces no habría forma de distinguir la ciencia de la pseudociencia. Si siempre se pueden añadir hipótesis auxiliares para salvar una teoría, el marxismo y la astrología serían tan científicos como la física de Newton. Segundo, Lakatos reconoce que las anomalías existen pero propone tolerarlas indefinidamente esperando que el programa «despegue»; Popper respondería que esa tolerancia es precisamente lo que convierte a una teoría en dogma: el progreso científico exige que las teorías se expongan al riesgo de refutación, no que se las proteja de ella.
Artículo
Pasos para escribir un artículo filosófico (IV)
4. ¿Cómo sacar citas y referenciar los textos?
Citar un texto
Spinoza está en lo cierto cuando dice que «los hombres juzgan de las cosas según la disposición de su cerebro y que más bien las imaginan que las entienden» (Spinoza, 2000, p. 73), porque si no fuera así…
De la misma forma opina Spinoza cuando dice lo siguiente:Estos dichos bastan para mostrar que los hombres juzgan de las cosas según la disposición de su cerebro y que más bien las imaginan que las entienden. Ya que, de haber entendido las cosas, éstas (testigo las Matemáticas), aunque no atrajeran a todos, al menos los convencerían. (Spinoza, 2000, p. 73)Esto supone que…
Spinoza apunta lo mismo cuando dice que los seres humanos valoramos las cosas siguiendo nuestra imaginación más que nuestro entendimiento, porque, si no fuera así, pasaría como con las matemáticas, con cuyos resultados todos estamos de acuerdo (Spinoza, 2000, p. 73).
¿Cómo referenciar los textos?
- Apellido, A. A. (fecha). Título del libro en cursiva. Editorial.
- Spinoza, B. (2000). Ética demostrada según el orden geométrico. Trotta.
a)
hasta ahora cada día de nuestra vida nos ha enseñado que las alegrías y los placeres, aun cuando se logren, son en sí mismos engañosos, no dan lo que prometen, no dejan el corazón satisfecho y su posesión está al menos amargada por las molestias que les acompañan o que surgen de ellos; mientras que, por el contrario, los dolores y los sufrimientos se muestran sumamente reales y a menudo superan todas las expectativas.
- Autor: Arthur Schopenhauer
- Obra: El mundo como voluntad y representación. Complementos
- Año: 2019
- Editorial: Trotta
- Página: 693
Cuando el yo conoce los sentimientos dentro del organismo que los posee, éstos mejoran y amplifican el proceso de gestionar la vida.
- Autor: Antonio Damasio
- Obra: En busca de Spinoza
- Año: 2005
- Editorial: Crítica
- Página: 693
La finalidad real de un estado debe comprender la mejora moral de sus ciudadanos, ya que debe ser una asociación de hombres que vivan juntos para alcanzar la mejor vida posible.
- Autor: George Holland Sabine
- Obra: Historia de la teoría política
- Año: 1979
- Editorial: FCE
- Página: 81
Recursos
Bibliografía:
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- Feyerabend, P. (1986). Tratado contra el método. Tecnos.
- Feyerabend, P. (1998). La ciencia en una sociedad libre. Siglo XXI.
- Feyerabend, P. (1996). Adiós a la razón. Tecnos.
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- Kuhn, Th. S. (1982) La tensión esencial. FCE.
- Losee, J. (1981). Introducción histórica a la filosofía de la ciencia. Alianza.
- Popper, K. R. (1998). La sociedad abierta y sus enemigos. Barcelona: Paidós.
- Popper, K. R. & Solís, S. C. (1992). Conocimiento objetivo: Un enfoque evolucionista. Madrid: Tecnos.
- Popper, K. R. & Míguez, N. (1983). Conjeturas y refutaciones: El desarrollo del conocimiento científico. Barcelona: Paidós.
- Popper, K. R. & Sánchez, S. V. (1962). La lógica de la investigación científica. Madrid: Tecnos.
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- Störig, H. J. (2012). Historia universal de la filosofía. Madrid: Tecnos.
- Villoro, L. (2008). Creer, saber, conocer. S. XXI.
Vídeos:
Argumentación
Posible cuestión del examen argumentativo:
Elementos del texto argumentativo
- Interpretación y contextualización de la cuestión
- Maneras de entender o interpretar la pregunta. ¿A qué se refiere la pregunta? Algunos de los conceptos que aparecen en ella se pueden interpretar de diferentes maneras, por lo que se puede referir a muchas cosas. Así que hay que interpretarla, concretarla. En este punto hay que señalar los conceptos que admiten más de una interpretación y escribir cómo se reformularía la pregunta inicial dándole cada una de esas interpretaciones.
- Implicaciones de tal o cual interpretación de la pregunta. De cada una de las interpretaciones que hemos dado de la pregunta inicial hay que decir qué consecuencias tendría planteárnoslas. Es decir, para qué serviría responder a cada una de esas interpretaciones.
- Relevancia o importancia de tal o cual interpretación. Hay que decir cuál de las interpretaciones que se han dado de la pregunta inicial sería más interesante o importante, diciendo por qué. Y también por qué las otras no son tan relevantes y por qué.
- Elección de una interpretación de la pregunta a la que dar respuesta. Aquí hay que decir que se elige dar respuesta a la interpretación que antes se ha dicho que es la más importante. Si se elige otra, sería incoherente, por lo que restaría puntos.
- Problemas u otras cuestiones asociadas a la interpretación elegida. La interpretación que se ha elegido como la más importante da lugar a otras preguntas relacionadas con ella. Aquí hay que escribir alguna de esas otras preguntas.
- Tesis (respuesta tentativa a la pregunta)
- Postura que se va a defender en la disertación. Es decir, aquí hay que responder en una frase clara y concisa a la interpretación que se ha elegido.
- Argumentos a favor de la tesis (al menos 2)
- Explicación detallada de cada argumento. Deben ser argumentos que apoyen, sustenten, la tesis dada y deben de estar clara y suficientemente explicados. Se pueden poner ejemplos.
- Se debe utilizar, al menos, una cita bien referenciada y explicada de una fuente fiable. Se pueden utilizar citas directas e indirectas.
- Argumentos en contra de la tesis (al menos 2)
- Explicación detallada de cada argumento. Deben ser argumentos que refuten, nieguen, la tesis dada y deben de estar clara y suficientemente explicados. Se pueden poner ejemplos.
- Se debe utilizar, al menos, una cita bien referenciada y explicada de una fuente fiable. Se pueden utilizar citas directas e indirectas.
- Valoración comentada de la potencia e importancia de los argumentos para apoyar o refutar la tesis. Aquí hay que decir qué tipo de argumentos, los a favor de la tesis o los en contra de la tesis, tienen más peso, son más razonables, argumentando por qué.
- Conclusión
- Explicación de si se reafirma en la tesis o se cambia de postura. Es decir, hay que explicitar si, dada la valoración hecha antes, se sigue estando de acuerdo con la tesis o si se ha cambiado de opinión porque han resultado más convincentes los argumentos en contra.
- Consecuencias o implicaciones para el mundo actual de la postura adoptada. Aquí hay que decir qué pasaría o debería pasar en el mundo si es correcta la conclusión final a la que se ha llegado.
Teoría
¿QUÉ ES LA CIENCIA?
¿Existe la ciencia como algo unitario? ¿Son todas las ciencias iguales? ¿Deben compartir el mismo método? ¿Pueden las ciencias explicarlo absolutamente todo? ¿Describen las teorías científicas la verdadera realidad? ¿Qué son las pseudociencias?
Estas preguntas son el objeto de la filosofía de la ciencia, que trata de averiguar cuatro cosas:
- las características que distinguen la investigación científica de otros tipos de investigación,
- los procedimientos que deben seguir los científicos,
- las condiciones que debe reunir una explicación científica para ser correcta,
- y el tipo y la fiabilidad del saber que resulta de la actividad científica.
REALISMO E INSTRUMENTALISMO CIENTÍFICOS
Una de las preguntas más antiguas y persistentes de la filosofía de la ciencia es si las teorías científicas describen realmente el mundo o son simplemente herramientas útiles para predecir fenómenos. Este debate opone el realismo científico al instrumentalismo.
Los pitagóricos son los primeros representantes del realismo: para ellos, las matemáticas no son una mera herramienta racional sino la descripción perfecta del orden del universo. El mundo se compone de relaciones matemáticas. Platón sigue esa orientación al defender que la estructura profunda de la realidad no se nos aparece directamente, sino que lo fenoménico oculta el verdadero ser: el mundo de las Ideas.
Frente al realismo, la postura instrumentalista sostiene que las teorías científicas no describen la realidad: son herramientas explicativas y predictivas de alcance limitado. Aunque las teorías funcionasen bien, nunca podríamos saber si se corresponden con la realidad, porque no tenemos acceso directo a ella sino siempre mediado por nuestros aparatos conceptuales. La tarea de las teorías científicas consiste simplemente en explicar los fenómenos, sin ningún compromiso sobre cómo es el mundo en sí mismo.
💡 Tip: Reflexiona sobre esto: ¿las matemáticas se descubren o se inventan? ¿Los números son reales o son una construcción humana? Tu respuesta a esas preguntas te situará del lado del realismo o del instrumentalismo.
El debate en la astronomía antigua: Ptolomeo

Desde la Antigüedad se consideraba que el movimiento perfecto de los cuerpos celestes debía ser circular. Pero los planetas —y en especial Marte— describen a nuestros ojos una trayectoria extraña: en ciertos momentos parecen retroceder. Este fenómeno se llama movimiento de retrogradación y es la razón por la que los griegos llamaron a estos cuerpos planetas (en griego, «errantes»).
Claudio Ptolomeo (100–178) introdujo sofisticados dispositivos teóricos —los epiciclos y los deferentes— para dar cuenta de ese movimiento aparentemente desordenado. Su postura fue ambivalente: en el Almagesto sugiere que sus modelos matemáticos no describen el movimiento real de los planetas sino que solo sirven para calcular sus trayectorias (postura instrumentalista); pero en las Hypotheses planetarum sostiene que esos dispositivos forman parte de la estructura real del universo (postura realista).

La Revolución Científica: Copérnico y Galileo

El debate reaparece en los siglos XVI y XVII, durante la llamada Revolución Científica. Nicolás Copérnico (1473–1543) mantuvo un compromiso realista con su modelo heliocéntrico, aunque el teólogo Andreas Osiander, en el prólogo de su obra De revolutionibus orbium coelestium (1543), presentó ese modelo como un mero artificio matemático para simplificar los cálculos del sistema ptolemaico.


Pocos años después, el debate tuvo como protagonistas al cardenal Roberto Bellarmino (1542–1621) y al físico Galileo Galilei (1564–1642). Bellarmino pidió a Galileo que adoptase una postura instrumentalista sobre el heliocentrismo, ya que sus pruebas —observaciones de cráteres lunares, cuatro lunas de Júpiter, manchas solares y las fases de Venus— no eran concluyentes. Galileo rechazó la recomendación y publicó en 1632 el Diálogo sobre los principales sistemas del mundo, donde defendía abiertamente el heliocentrismo copernicano. Tras un proceso inquisitorial, fue condenado a arresto domiciliario de por vida.
Galileo también realizó importantes aportaciones metodológicas. Propuso que lo que distingue las explicaciones científicas de otras es que se basan en las propiedades primarias de los objetos: aquellas que pueden medirse cuantitativamente (forma, tamaño, peso, velocidad…), a diferencia de las propiedades secundarias (colores, sabores, olores…), que son subjetivas y solo existen en nuestra mente. Además, amplió el método inductivo-deductivo aristotélico introduciendo experimentos mentales o abstracciones que permiten entender por extrapolación cómo se comportarían los cuerpos en condiciones ideales. Su pregunta sobre cómo caerían los cuerpos en el vacío es un ejemplo: no puede responderse experimentalmente en condiciones naturales ordinarias.
La piedra angular del método científico es el postulado de la objetividad de la Naturaleza. Es decir, la negativa sistemática a considerar capaz de conducir a un conocimiento «verdadero» toda interpretación de los fenómenos dada en términos de causas finales, es decir de «proyecto». Se puede fechar exactamente el descubrimiento de este principio. La formulación, por Galileo y Descartes, del principio de inercia, no fundaba sólo la mecánica, sino la epistemología de la ciencia moderna, aboliendo la física y la cosmología de Aristóteles. Cierto; ni la razón, ni la lógica, ni la experiencia, ni incluso la idea de su confrontación sistemática habían faltado a los predecesores de Descartes. Pero la ciencia, tal como la entendemos hoy, no podía constituirse sobre estas únicas bases. Le faltaba todavía la austera censura impuesta por el postulado de objetividad. Postulado puro, por siempre indemostrable, porque evidentemente es imposible imaginar una experiencia que pudiera probar la no existencia de un proyecto, de un fin perseguido, en cualquier parte de la naturaleza.
Jacques Monod, El azar y la necesidad, 1970.
Kepler y la abducción

Johannes Kepler (1571–1630), astrónomo y matemático alemán, contribuyó decisivamente al desarrollo del modelo copernicano y lo hizo empleando una forma de razonamiento distinta de la inducción y la deducción: la abducción.
Si la inducción exige examinar todos los casos particulares para llegar a un principio general —algo que en la práctica es imposible—, la abducción relaja esa exigencia y se conforma con una inferencia a la mejor explicación. El lógico Charles Sanders Peirce (1839–1914) la formuló así: «El hecho C es observado; pero si A fuera verdadera, por supuesto se daría C; luego hay razón para sospechar que A es verdadera» (Collected Papers, 5.189). No es un razonamiento lógicamente riguroso, pero permite formular hipótesis plausibles a partir de los datos disponibles.
Kepler la aplicó al problema de la órbita de Marte. Sus cálculos basados en una órbita circular diferían en 8 minutos de arco respecto a las observaciones del astrónomo Tycho Brahe. Ante esa discrepancia, en lugar de atribuirla a un error de observación, Kepler cuestionó el supuesto de partida —que la órbita fuese circular— y fue probando diferentes figuras ovales hasta dar con que la elipse encajaba perfectamente con los datos. En sus propias palabras:
Es imposible que Tycho cometiera un error de observación equivalente a ocho minutos; debemos buscar el origen de las discrepancias en nuestras hipótesis iniciales. Esos ocho minutos que no tenemos derecho a descuidar nos brindarán el medio para reformar toda la astronomía. (Astronomia nova, 1609)
Desde su razonamiento abductivo, Kepler no demostró que la órbita de Marte sea verdaderamente elíptica: demostró que esa hipótesis es la que mejor da cuenta de las observaciones. La abducción es, en definitiva, una estrategia para el descubrimiento científico —una forma de llegar a la mejor hipótesis posible— sin comprometerse con que esa hipótesis describa la realidad tal como es.
Newton y el método axiomático

Isaac Newton (1642–1727) defendió el procedimiento inductivo-deductivo frente al modelo puramente deductivo de Descartes, pero en su obra principal, Principios matemáticos de la filosofía natural (1687), aplicó un método axiomático que consta de tres etapas.
La primera es la formulación de un sistema axiomático: un conjunto de teoremas, definiciones y axiomas organizados deductivamente. Un axioma es un principio fundamental e indemostrable sobre el que se construye una teoría. Aquí es donde Newton enuncia sus tres leyes del movimiento:
- Primera ley (inercia): todo cuerpo continúa en reposo o en movimiento uniforme y rectilíneo salvo que una fuerza lo obligue a cambiar de estado.
- Segunda ley: el cambio de movimiento es proporcional a la fuerza aplicada y se produce en la dirección de esa fuerza.
- Tercera ley (acción y reacción): a toda acción se opone siempre una reacción igual y en sentido contrario.
La segunda etapa es especificar un procedimiento de correlación entre los teoremas del sistema axiomático y las observaciones empíricas. Esta distinción entre el sistema formal y su aplicación empírica fue una de las contribuciones más importantes de Newton a la metodología científica. La tercera etapa es la confirmación empírica de las consecuencias derivadas del sistema. Newton subrayaba, sin embargo, que todas las interpretaciones de los procesos naturales son contingentes y están sujetas a revisión a la luz de nuevas evidencias.
Con Newton, la ciencia parece haber alcanzado su forma definitiva: un sistema axiomático que describe el universo con precisión matemática y que la experiencia confirma una y otra vez. Durante más de un siglo nadie duda seriamente de que la física newtoniana describe la realidad tal como es. Pero en el siglo XIX esa confianza empieza a resquebrajarse, no por un fallo experimental sino por un descubrimiento puramente teórico: resulta que hay más de una geometría posible, y todas son igualmente coherentes. Si las matemáticas, el lenguaje de la ciencia, admiten varios sistemas incompatibles entre sí, ¿cuál de ellos describe el mundo real? ¿O acaso ninguno lo hace?
Las geometrías no euclidianas y el convencionalismo
Un nuevo cuestionamiento del estatus de las teorías científicas llegó en el siglo XIX con la construcción de las geometrías no euclidianas. Bernhard Riemann (1826–1866) y Nikolai Lobachevsky (1792–1856) desarrollaron respectivamente la geometría elíptica (de curvatura positiva) y la geometría hiperbólica (de curvatura negativa), alternativas perfectamente coherentes a la geometría plana de Euclides.

Esto no invalidó la geometría euclidiana, pero mostró que pueden existir varios sistemas matemáticos igualmente válidos e internamente coherentes que resultan incompatibles entre sí. Y que cualquiera de ellos puede o no corresponderse con lo que encontramos en la naturaleza. De ahí surgió la tesis convencionalista: las teorías matemáticas —y por extensión las científicas— son convenciones que quizá representan aspectos del mundo, pero sobre las que nunca podemos tener la certeza de que describen exactamente cómo funciona la realidad.
POSTURAS SOBRE EL ESTATUS DE LAS TEORÍAS CIENTÍFICAS
| Postura | Tesis central |
|---|---|
| Realismo | Las ciencias nos proporcionan una representación adecuada del mundo tal como es, con independencia de nosotros. |
| Instrumentalismo | No podemos saber si las teorías científicas describen adecuadamente la realidad. Las aceptamos porque nos proporcionan buenas predicciones. |
| Relativismo | No podemos saber si las teorías científicas describen adecuadamente la realidad. Las aceptamos porque se corresponden con la imagen del mundo del grupo al que pertenecemos. |
| Convencionalismo | Las teorías científicas son convenciones útiles. Pueden representar aspectos del mundo, pero no hay garantía de que lo describan tal como es. |
¿QUÉ ES LA CIENCIA?
CLASIFICACIÓN DE LAS CIENCIAS SEGÚN MARIO BUNGE

EL MÉTODO HIPOTÉTICO-DEDUCTIVO

FILOSOFÍA DE LA CIENCIA
REALISMO E INSTRUMENTALISMO CIENTÍFICOS



La piedra angular del método científico es el postulado de la objetividad de la Naturaleza. Es decir, la negativa sistemática a considerar capaz de conducir a un conocimiento «verdadero» toda interpretación de los fenómenos dada en términos de causas finales, es decir de «proyecto». Se puede fechar exactamente el descubrimiento de este principio. La formulación, por Galileo y Descartes, del principio de inercia, no fundaba sólo la mecánica, sino la epistemología de la ciencia moderna, aboliendo la física y la cosmología de Aristóteles. Cierto; ni la razón, ni la lógica, ni la experiencia, ni incluso la idea de su confrontación sistemática habían faltado a los predecesores de Descartes. Pero la ciencia, tal como la entendemos hoy, no podía constituirse sobre estas únicas bases. Le faltaba todavía la austera censura impuesta por el postulado de objetividad. Postulado puro, por siempre indemostrable, porque evidentemente es imposible imaginar una experiencia que pudiera probar la no existencia de un proyecto, de un fin perseguido, en cualquier parte de la naturaleza.(Jacques Monod, El azar y la necesidad, 1970)

Es imposible que Tycho (Tycho Brahe) cometiera un error de observación equivalente a ocho minutos; debemos buscar el origen de las discrepancias en nuestras hipótesis iniciales. Esos ocho minutos que no tenemos derecho a descuidar nos brindarán el medio para reformar toda la astronomía.(Kepler, Astronomia nova, 1609)

I. Todo cuerpo continúa en su estado de reposo o de movimiento uniforme y rectilíneo, salvo que se vea obligado a cambiar de estado por la acción de fuerzas que actúen sobre él.II. El cambio de movimiento es proporcional a la fuerza aplicada; y se efectúa en la dirección de la línea recta en la que se aplica la fuerza.III. A toda acción se opone siempre una reacción igual; o las acciones mutuas de dos cuerpos son siempre iguales, y dirigidas en sentidos contrarios.

|
Realismo |
Antirrealismo |
|||
| Las ciencias nos proporcionan una representación adecuada del mundo, tal como es, con independencia de nosotros. |
Instrumentalismo |
Relativismo |
||
| No podemos saber si las teorías científicas nos proporcionan representaciones adecuadas. Las aceptamos porque nos proporcionan buenas predicciones. | No podemos saber si las teorías científicas nos proporcionan representaciones adecuadas. Las aceptamos porque se corresponden con la imagen del mundo que adopta el grupo al que pertenecemos. | |||
|
Sobre entidades |
Sobre teorías |
Metodológico |
||
| Los objetos y propiedades analizados en una teoría científica existen realmente. | Además de los objetos y entidades, se verifica la existencia de toda relación (por ejemplo, causal) establecida en una teoría. | La representación de objetos y relaciones que nos ofrece una teoría es sólo parcialmente adecuada, dependiendo de su grado de confirmación. | ||
Práctica
Divulgada ya la fama acerca de la novedad de las hipótesis de esta obra, que considera que la tierra se mueve y que el sol está inmóvil en el centro del universo, no me extraña que algunos eruditos se hayan ofendido vehementemente y consideren que no se deben modificar las disciplinas liberales constituidas correctamente hace ya tiempo. Pero si quieren ponderar la cuestión con exactitud, encontrarán que el autor de esta obra no ha cometido nada por lo que merezca ser reprendido. Pues es propio del astrónomo calcular la historia de los movimientos celestes con una labor diligente y diestra. Y además concebir y configurar las causas de estos movimientos, o sus hipótesis, cuando por medio de ningún proceso racional puede averiguar las verdaderas causas de ellos. Y con tales supuestos pueden calcularse correctamente dichos movimientos a partir de los principios de la geometría, tanto mirando hacia el futuro como hacia el pasado. Ambas cosas ha establecido el autor de modo muy notable. Y no es necesario que estas hipótesis sean verdaderas, ni siquiera que sean verosímiles, sino que basta con que muestren un cálculo coincidente con las observaciones […] Quizás el filósofo busque más la verosimilitud: pero ninguno de los dos comprenderá o transmitirá nada cierto, a no ser que le haya sido revelado por la divinidad. Por lo tanto, permitamos que también estas nuevas hipótesis se den a conocer entre las antiguas, no como más verosímiles, sino porque son al mismo tiempo admirables y fáciles y porque aportan un gran tesoro de sapientísimas observaciones. Y no espere nadie, en lo que respecta a las hipótesis, algo cierto de la astronomía, pues no puede proporcionarlo; para que no salga de esta disciplina más estúpido de lo que entró, si toma como verdad lo imaginado para otro uso.Copérnico, N. (1987). Sobre las revoluciones (de los orbes celestes), pp. 3-4.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
- Explique con sus palabras la tesis que se defiende en el texto.
- Muestre las ideas y la estructura argumental de que se sirve el autor para defender esa tesis.
- ¿Qué otra posible respuesta puede darse o se ha dado en la historia de la filosofía a la pregunta que trata de responder este texto? Dé al menos dos argumentos para apoyarla.
Mírese como se mire, hay excelentes razones para afirmar que en la ciencia lo que se pretende es describir y (en la medida de lo posible) explicar la realidad. Lo haremos mediante conjeturas teóricas; es decir, «teorías» que esperamos sean verdaderas (o próximas a la verdad), aunque no podamos demostrar su certeza ni siquiera su probabilidad (en el sentido del cálculo de probabilidades) a pesar de que sean las mejores teorías que podamos formularnos y de que, por tanto, puedan considerarse como «probables» en la medida en que este término está libre de toda asociación con el cálculo de probabilidades.Hay otro sentido excelente y muy próximo en el que podemos hablar de «realismo científico»; el procedimiento adoptado entraña (en la medida en que no se vea destruido por actitudes irracionales) el éxito, en el sentido de que nuestras conjeturas teóricas tienden progresivamente hacia la verdad; es decir, hacia descripciones verdaderas de ciertos hechos o aspectos de la realidad.Popper, K. R. & Solís, S. C. (1992). Conocimiento objetivo. Un enfoque evolucionista, p. 48.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
- Explique con sus palabras la tesis que se defiende en el texto.
- Muestre las ideas y la estructura argumental de que se sirve el autor para defender esa tesis.
- ¿Qué otra posible respuesta puede darse o se ha dado en la historia de la filosofía a la pregunta que trata de responder este texto? Dé al menos dos argumentos para apoyarla.
A menudo se considera que una teoría científica es mejor que sus predecesoras, no tan solo en el sentido en que es un instrumento mejor para descubrir y resolver enigmas, sino también porque, de alguna manera, constituye una representación mejor de lo que en realidad es la naturaleza. A menudo se oye decir que las teorías sucesivas crecen aproximándose cada vez más a la verdad. Generalizaciones aparentes como esa no sólo se refieren a la solución de enigmas y a las predicciones concretas derivadas de una teoría, sino, antes bien, a su ontología, es decir, a la unión de las entidades con que la teoría cubre la naturaleza y lo que «realmente está allí».Quizás haya alguna manera de salvar la idea de «verdad» para su aplicación a teorías completas, pero ésta no funcionará. Creo yo que no hay un medio, independiente de teorías, para reconstruir frases como «realmente está allí»; la idea de una unión de la ontología de una teoría y su correspondiente «verdadero» en la naturaleza me parece ahora, en principio, una ilusión; además, como historiador, estoy impresionado por lo improbable de tal opinión. Por ejemplo, no dudo de que la mecánica de Newton es una mejora sobre la de Aristóteles, y que la de Einstein es una mejora sobre la de Newton como instrumento para resolver enigmas. Pero en su sucesión no puedo ver una dirección coherente de desarrollo ontológico.Kuhn, T. S. & Solís, S. C. (1971). La estructura de las revoluciones científicas, p. 314.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
- Explique con sus palabras la tesis que se defiende en el texto.
- Muestre las ideas y la estructura argumental de que se sirve el autor para defender esa tesis.
- ¿Qué otra posible respuesta puede darse o se ha dado en la historia de la filosofía a la pregunta que trata de responder este texto? Dé al menos dos argumentos para apoyarla.
He aquí algunas de las tesis que desarrollaremos y defenderemos en este libro: 1. El realismo científico —la tesis de que el universo existe por sí mismo, puede ser explorado y la mejor manera de hacerlo es científicamente— no es solo una gnoseología más entre muchas otras: es la gnoseología presupuesta y confirmada por la investigación científica y tecnológica. En contraposición, el fenomenismo, vale decir la concepción de que «el mundo es una suma de apariencias» (Kant, 1787, p. B724) o que, al menos, estas son lo único que podemos conocer, es superficial y falsa. De hecho, la emisión de luz, las reacciones químicas, las infecciones, la evolución biológica, las intenciones, los engaños políticos y casi todo lo demás ocurren aun cuando sean imperceptibles. No es una casualidad, por ende, que Galileo y Descartes, dos de los fundadores de la ciencia moderna, hicieran hincapié en la diferencia entre propiedades primarias y secundarias y pusieran el énfasis en que la ciencia privilegiara las primeras. De modo irónico, si se los hubiese tomado en serio, los fenomenistas —de manera notable Hume, Kant y los positivistas y positivistas lógicos— habrían acabado también con la ciencia en su afán por refutar el sobrenaturalismo y la metafísica especulativa. 2. Si bien las apariencias son solo superficiales, son parte de la realidad, en lugar de ser algo opuesto a ella, ya que ocurren en el cerebro del sujeto, el cual es parte del mundo. Las experiencias internas (qualia), tales como tener frío, ver azul, oír un crujido u oler menta, no son básicas sino derivadas: son procesos del sistema nervioso central, no del mundo externo. Con todo, no se los debe descartar, porque son reales y, además, indispensables para la vida animal.Bunge, M. (2007). A la caza de la realidad. La controversia sobre el realismo, p. 27.
- ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
- Explique con sus palabras la tesis que se defiende en el texto.
- Muestre las ideas y la estructura argumental de que se sirve el autor para defender esa tesis.
- ¿Qué otra posible respuesta puede darse o se ha dado en la historia de la filosofía a la pregunta que trata de responder este texto? Dé al menos dos argumentos para apoyarla.
Artículo
Pasos para escribir un artículo filosófico (V)
5. ¿Cómo escribir la Introducción?
- El contexto, la relevancia y la justificación:
- Debemos justificar por qué es importante o interesante plantearse el tema elegido, qué podemos conseguir con ello. La relevancia puede ser histórica, como averiguar el sentido que le da determinado autor a un concepto concreto, o respecto a la actualidad, porque sea un tema que tenga repercusiones hoy en día… También puede ser relevante porque abra otros problemas, porque influya en determinadas personas, etc.
- El estado de la cuestión:
- Debemos hacer referencia a los autores que tienen una opinión importante, interesante, relevante, influyente sobre el tema, diciendo brevemente en qué consiste esa opinión.
- Este punto supone ya cierto manejo de las fuentes primarias, por lo que es normal que sufra modificaciones.
- En los artículos de las revistas más prestigiosas, el estado de la cuestión se refiere a las más recientes investigaciones que se han hecho sobre ese tema hasta la actualidad.
- Debemos hacer referencia a los autores que tienen una opinión importante, interesante, relevante, influyente sobre el tema, diciendo brevemente en qué consiste esa opinión.
- La concreción del tema:
- Debe tener la forma de problema, cuestión o pregunta, es decir, como algo que tiene que ser resuelto o contestado.
- Esa formulación tiene que plasmar los verdaderos intereses personales del autor, algo que realmente le inquiete, sobre lo que sienta una profunda y genuina curiosidad, transformando el tema elegido a su conveniencia, aunque sin salirse completamente de él.
- Tiene que ser redactado de la forma más clara posible. Con ello no solo conseguimos que nuestros lectores lo comprendan, sino que también nos sirve a nosotros a modo de camino del que no debemos desviarnos en nuestra investigación.
- Los conceptos que utilicemos en su redacción deben de ser precisos para no dar lugar a vaguedades o ambigüedades.
- Además debemos expresarlo de forma concisa, con un par de frases, más o menos.
- Hay que tener en cuenta que la mera formulación del tema puede ser la clave del avance en esa materia. El primer paso para solucionar los problemas puede ser plantearlos de manera diferente, cambiar su enfoque.
- Debe tener la forma de problema, cuestión o pregunta, es decir, como algo que tiene que ser resuelto o contestado.
- El objetivo:
- Se debe expresar de la manera más clara y concisa posible cuál es la respuesta o solución que vamos a dar al tema propuesto, es decir, nuestra tesis. Por ejemplo, si el tema es la clarificación de un concepto, en este punto debemos decir que en este artículo se va a defender que tal concepto significa realmente tal cosa, al contrario de lo que opina tal o cual autor o al igual que lo que opina tal otro. Si el tema es una confrontación entre varios autores, aquí hay que tomar partido por uno de ellos o por ninguno. El caso es que hay que expresar la posición propia.
- A medida que vamos investigando, puede que nos demos cuenta de que nuestra tesis inicial es incorrecta. En ese caso se puede bien modificar la tesis y argumentar en el desarrollo del artículo por qué no es correcta, bien mantenerla como tentativa y reflejar su incorrección en la conclusión a la vista de los argumentos analizados.
- Hay que tener en cuenta que un artículo filosófico se escribe para llegar a una verdad lo más objetiva posible, no para demostrar que tenemos razón.
- La metodología:
- Aquí hay que explicar todo lo que se va a hacer para cumplir el objetivo: el sistema de pensamiento del que se va a partir (por ejemplo, desde el Materialismo filosófico), las bases teóricas y conceptuales que se utilizarán (cómo se va a entender tal o cual concepto, desde la interpretación de qué autor…), qué autores y textos se van a analizar, qué argumentos se van a confrontar, etc.
- En este punto hay que explicitar el esquema o estructura de la argumentación que se va a seguir en el artículo, que coincidirá, más o menos, con el número de apartados de los que constará.
- Por ejemplo, si el tema elegido es El ser humano en Platón y la concreción que le damos es ¿Es satisfactoria la subsunción platónica de la complejidad del ser humano en la noción de alma?, el guion podría ser:
- ¿Qué entendemos hoy en día por ser humano?
- ¿Qué es el ser humano para Platón?
- ¿Qué es el alma para Platón?
- ¿Qué tipos o partes de alma hay, según Platón?
- El alma racional
- El alma irascible
- El alma concupiscible
- ¿Cómo cada tipo de alma platónica da explicación de cada una de las características del ser humano?
- ¿Es completa la explicación platónica del ser humano?
- ¿Es satisfactoria la explicación platónica del ser humano?
- La redacción de este punto no debe ser esquemática, sino que hay que redactar la sucesión de pasos que se van a seguir en el artículo.
- Por ejemplo, si el tema elegido es El ser humano en Platón y la concreción que le damos es ¿Es satisfactoria la subsunción platónica de la complejidad del ser humano en la noción de alma?, el guion podría ser:
Recursos
Bibliografía:
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- Abbagnano, N. (1985). Historia de la filosofía. Vol 3. Barcelona: Hora.
- Bunge, M. (2007) A la caza de la realidad. La controversia sobre el realismo. Gedisa.
- Chalmers, A. (2010). ¿Qué es esa cosa llamada ciencia?. S. XXI.
- Copérnico, N. (1987). Sobre las revoluciones (de los orbes celestes). Tecnos.
- Copleston, F. C. (1996). Historia de la filosofía IV. Barcelona: Ariel.
- Copleston, F. C. (1993). Historia de la filosofía V. Barcelona: Ariel.
- Copleston, F. C. (1993). Historia de la filosofía VI. Barcelona: Ariel.
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- Feyerabend, P. (1998). La ciencia en una sociedad libre. Siglo XXI.
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- Kuhn, T. S. & Solís, S. C. (1971). La estructura de las revoluciones científicas. México: FCE.
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- Martínez Marzoa, F. (2003). Historia de la filosofia vol. 2: Istmo.
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- Popper, K. R. & Solís, S. C. (1992). Conocimiento objetivo: Un enfoque evolucionista. Madrid: Tecnos.
- Popper, K. R. & Míguez, N. (1983). Conjeturas y refutaciones: El desarrollo del conocimiento científico. Barcelona: Paidós.
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- Villoro, L. (2008). Creer, saber, conocer. S. XXI.
Vídeos:
Argumentación
Posible cuestión del examen argumentativo:
Elementos del texto argumentativo
- Interpretación y contextualización de la cuestión
- Maneras de entender o interpretar la pregunta. ¿A qué se refiere la pregunta? Algunos de los conceptos que aparecen en ella se pueden interpretar de diferentes maneras, por lo que se puede referir a muchas cosas. Así que hay que interpretarla, concretarla. En este punto hay que señalar los conceptos que admiten más de una interpretación y escribir cómo se reformularía la pregunta inicial dándole cada una de esas interpretaciones.
- Implicaciones de tal o cual interpretación de la pregunta. De cada una de las interpretaciones que hemos dado de la pregunta inicial hay que decir qué consecuencias tendría planteárnoslas. Es decir, para qué serviría responder a cada una de esas interpretaciones.
- Relevancia o importancia de tal o cual interpretación. Hay que decir cuál de las interpretaciones que se han dado de la pregunta inicial sería más interesante o importante, diciendo por qué. Y también por qué las otras no son tan relevantes y por qué.
- Elección de una interpretación de la pregunta a la que dar respuesta. Aquí hay que decir que se elige dar respuesta a la interpretación que antes se ha dicho que es la más importante. Si se elige otra, sería incoherente, por lo que restaría puntos.
- Problemas u otras cuestiones asociadas a la interpretación elegida. La interpretación que se ha elegido como la más importante da lugar a otras preguntas relacionadas con ella. Aquí hay que escribir alguna de esas otras preguntas.
- Tesis (respuesta tentativa a la pregunta)
- Postura que se va a defender en la disertación. Es decir, aquí hay que responder en una frase clara y concisa a la interpretación que se ha elegido.
- Argumentos a favor de la tesis (al menos 2)
- Explicación detallada de cada argumento. Deben ser argumentos que apoyen, sustenten, la tesis dada y deben de estar clara y suficientemente explicados. Se pueden poner ejemplos.
- Se debe utilizar, al menos, una cita bien referenciada y explicada de una fuente fiable. Se pueden utilizar citas directas e indirectas.
- Argumentos en contra de la tesis (al menos 2)
- Explicación detallada de cada argumento. Deben ser argumentos que refuten, nieguen, la tesis dada y deben de estar clara y suficientemente explicados. Se pueden poner ejemplos.
- Se debe utilizar, al menos, una cita bien referenciada y explicada de una fuente fiable. Se pueden utilizar citas directas e indirectas.
- Valoración comentada de la potencia e importancia de los argumentos para apoyar o refutar la tesis. Aquí hay que decir qué tipo de argumentos, los a favor de la tesis o los en contra de la tesis, tienen más peso, son más razonables, argumentando por qué.
- Conclusión
- Explicación de si se reafirma en la tesis o se cambia de postura. Es decir, hay que explicitar si, dada la valoración hecha antes, se sigue estando de acuerdo con la tesis o si se ha cambiado de opinión porque han resultado más convincentes los argumentos en contra.
- Consecuencias o implicaciones para el mundo actual de la postura adoptada. Aquí hay que decir qué pasaría o debería pasar en el mundo si es correcta la conclusión final a la que se ha llegado.


