Teoría del conocimiento

Teoría

 

¿QUÉ ES CONOCER?

¿Podemos estar seguros de lo que conocemos? ¿De dónde proviene nuestro conocimiento? ¿Hay alguna fuente absolutamente fiable? ¿Puede la imaginación ser fuente de conocimiento? ¿Puede la sensación de certeza garantizar que lo que creemos es realmente verdadero? ¿Es posible justificar nuestro conocimiento de forma completa? ¿Hay una diferencia clara entre conocimiento y opinión?

Estas preguntas constituyen el núcleo de la epistemología o teoría del conocimiento, una de las ramas más antiguas y centrales de la filosofía. No se trata de preguntas académicas: están en juego cada vez que alguien afirma que algo es verdad, que tiene razones para creerlo o que puede demostrarlo. La historia de la filosofía puede leerse, en buena medida, como una serie de respuestas distintas a estas mismas preguntas.

 

TEORÍAS DEL CONOCIMIENTO EN LA ANTIGÜEDAD

Mientras que la mayoría de los presocráticos se interesaron principalmente por el conocimiento de la naturaleza exterior, Sócrates (470–399 a. C.) dio un giro decisivo: comenzó a prestar atención a los conceptos e ideas que subyacen a nuestras experiencias sensibles y a nuestra comunicación con los demás. Si queremos conocer qué es la justicia, la belleza o el bien, no basta con observar el mundo: hay que examinar las ideas mismas.

Sócrates: la ironía y la mayéutica

Sócrates fue quizá el primer filósofo que subraya la importancia de la razón como herramienta indispensable para alcanzar un conocimiento objetivo. Su método es dialéctico, es decir, basado en el diálogo, y consta de dos momentos.

El primero es la ironía: Sócrates se muestra ignorante ante su interlocutor y, mediante preguntas, le hace ver que tampoco sabe lo que creía saber. Es el famoso «solo sé que no sé nada»: no como renuncia al conocimiento, sino como punto de partida honesto.

El segundo momento es la mayéutica (del griego maieutikē: el arte de la partera). Con nuevas preguntas, Sócrates ayuda al interlocutor a «dar a luz» los conocimientos que ya lleva dentro. La idea es que el verdadero conocimiento no se transmite desde fuera sino que se descubre desde dentro, mediante el ejercicio de la razón.

💡 Tip: Sócrates no escribió nada. Lo conocemos casi exclusivamente a través de los diálogos de Platón, su discípulo. Eso hace difícil separar lo que pensó el maestro de lo que añadió el alumno.

Los sofistas: relativismo y escepticismo

A Sócrates se les suelen contraponer los sofistas, maestros profesionales de retórica y oratoria que llegaron a Atenas procedentes de distintas partes del mundo griego. El contacto con culturas y leyes muy diferentes les llevó a cuestionar la existencia de una verdad universal.

Algunos defendieron el relativismo: no existe una verdad absoluta y objetiva; cada persona, cultura o ciudad tiene la suya. La frase de Protágoras lo resume bien: «El hombre es la medida de todas las cosas». Otros fueron más lejos y defendieron el escepticismo: la verdad no existe o, si existiera, sería imposible conocerla.

Para Sócrates, el relativismo y el escepticismo son posiciones que se destruyen a sí mismas: si no hay verdad objetiva, tampoco es objetivamente verdad que no la hay. El debate entre Sócrates y los sofistas es el primer gran debate de la historia de la epistemología, y sus términos siguen siendo actuales.

Platón: la teoría de las Ideas y la reminiscencia

Platón (428/7–348/7 a. C.) sigue los pasos de Sócrates y los lleva mucho más lejos. Para él existen dos mundos radicalmente distintos: el mundo sensible, formado por las cosas materiales, temporales y cambiantes que percibimos con los sentidos, y el mundo inteligible o mundo de las Ideas, formado por realidades inmateriales, eternas e inmutables (la Idea de Justicia, la Idea de Belleza, la Idea de Bien…). Las cosas del mundo sensible no son verdaderamente reales: solo participan de las Ideas, de las que son copias imperfectas.

De ahí se sigue una concepción original del conocimiento: conocer no es aprender algo nuevo, sino recordar (anámnesis o reminiscencia). Antes de nacer, nuestra alma habitó el mundo de las Ideas y las contempló directamente. Al caer al mundo sensible, olvidó ese conocimiento. La experiencia de las cosas sensibles actúa como un estímulo que nos ayuda a recordarlo.

Para entender por qué Platón llega a postular un mundo de Ideas separado del mundo sensible, es útil recurrir a la metáfora que él mismo usa en el Fedón: la de las dos navegaciones. La primera navegación es la que hacen los filósofos naturalistas, los presocráticos, que intentan explicar la realidad observando directamente los fenómenos del mundo sensible, confiando en los vientos favorables de los sentidos. Pero esa navegación, según Platón, encalla: los sentidos solo nos dan información de cosas cambiantes y contradictorias, incapaces de fundamentar un conocimiento verdadero y estable. Ante ese fracaso, Platón emprende una segunda navegación, a remo, sin viento: en lugar de seguir mirando el mundo sensible, decide refugiarse en los logoi, en los argumentos y conceptos racionales, y examinar en ellos la verdad de las cosas. Es en ese giro hacia la razón pura donde descubre que tiene que haber realidades inmateriales, eternas e inmutables —las Ideas— que den fundamento a todo lo que los sentidos perciben como cambiante e imperfecto.

Pero descubrir que existen las Ideas no resuelve por sí solo el problema del conocimiento. Queda una pregunta más difícil: si hay dos mundos —el sensible y el inteligible—, ¿cómo se relaciona cada uno de ellos con lo que podemos conocer? ¿Hay un solo tipo de conocimiento o varios, según el objeto al que se dirija la mente? Para responder a eso, Platón propone en la República dos imágenes complementarias: el símil de la línea y el mito de la caverna. La primera es una representación abstracta y esquemática; la segunda, una alegoría narrativa que dice lo mismo con mayor fuerza dramática.

El símil de la línea (República, 509d–511e)

En el símil de la línea, Platón propone dividir una línea en dos segmentos desiguales. El primero, más pequeño, representa el grado de conocimiento que se puede tener de las cosas materiales, que según Platón no puede ser más que mera opinión o doxa. Esto es así porque estas cosas cambian constantemente y su escasa realidad la obtienen por participar de las Ideas o conceptos, los cuales existen por sí mismos y no cambian. De estos últimos sí cabe un verdadero conocimiento o episteme, al que remite el segmento mayor. Dentro de cada uno de esos grandes segmentos, Platón establece una nueva división, también desigual, de manera que, de izquierda a derecha, los segmentos son cada vez mayores, significando con ello que los anteriores son copias imperfectas de los posteriores.

  • Eikasía (imaginación): la opinión que nos formamos de las cosas que imaginamos o que son sombras de los objetos percibidos por los sentidos. Es el grado más bajo de la doxa.
  • Pístis (creencia): la percepción de los propios objetos sensibles. Es el grado más alto de la doxa, pero sigue siendo mera opinión.
  • Dianoia (pensamiento discursivo, razonamiento, cálculo): el conocimiento de los entes matemáticos, como las formas geométricas. Platón los entiende como entes intermedios: a diferencia de los objetos sensibles, son eternos e inmóviles; pero a diferencia de las Ideas, son múltiples, pues puede haber muchos triángulos semejantes mientras que la Idea de triángulo es una sola (Aristóteles, Metafísica, I, 6, 987b 15). El conocimiento de esas entidades lo alcanzamos recordándolas a partir de la observación de las cosas sensibles que participan de ellas.
  • Noesis (intuición intelectual): el conocimiento inmediato de las Ideas puras (Bien, Justicia, Belleza…), la verdadera realidad. Es el grado más alto de la episteme y el único que Platón considera conocimiento en sentido pleno. El camino hacia él pasa por la dialéctica, que Platón entiende como el método filosófico por excelencia: el uso puro de la razón, sin apoyarse en ningún objeto sensible ni en hipótesis matemáticas, para captar las Ideas directamente. La dialéctica ascendente es el movimiento por el que la mente se eleva progresivamente desde las Ideas más particulares y concretas hacia las más universales y abarcadoras, descubriendo en ese ascenso las relaciones de participación y dependencia entre ellas: cómo la Idea de Justicia participa de la Idea de Bien, cómo la Idea de Belleza también remite a ella, hasta llegar a la Idea de Bien, el principio supremo del que todas las demás Ideas dependen y del que reciben su ser y su verdad. La dialéctica descendente es el movimiento inverso: desde la Idea de Bien, el filósofo desciende de nuevo a través del sistema de Ideas para establecer con precisión las relaciones de combinación y articulación entre ellas, lo que Platón llama symploké. No todas las Ideas se combinan entre sí: la dialéctica descendente determina cuáles son compatibles y cuáles no, tejiendo así una red ordenada de relaciones que constituye la estructura inteligible de la realidad.

El mito de la caverna (República, 514a–517a)

En el mito de la caverna (República, 514a–517a), Platón pide que nos imaginemos una caverna en cuyo fondo están atados unos prisioneros de manera que solo pueden mirar hacia el frente, donde hay una pared sobre la que se proyectan unas sombras generadas por una fogata que ilumina unas figuras transportadas por otros hombres que van por un sendero. Lo único que los prisioneros conocen, y a lo que atribuyen por tanto realidad, es a esas sombras y a los sonidos y palabras que escuchan de los hombres.

En esa situación, Platón se pregunta qué pasaría si un prisionero fuese arrastrado a la fuerza a mirar las figuras que transportan esos hombres, luego el fuego y, finalmente, a salir de la caverna. Su respuesta se desarrolla en tres momentos:

  • La liberación: en un primer momento, el prisionero quedaría cegado por la luz del fuego. Pero poco a poco se iría dando cuenta del engaño en el que había vivido y cobrando conciencia de que, en realidad, está siendo liberado.
  • La contemplación: una vez fuera de la caverna, podría ver las verdaderas sombras, las cosas y el sol que las ilumina, llegando a la conclusión de que lo que había en la caverna no son más que copias imperfectas de lo verdaderamente real. No tendría ningún deseo de volver a ese mundo de meras apariencias.
  • El regreso: sin embargo, querría liberar a sus antiguos compañeros de la ignorancia en la que permanecen. Pero ellos se resistirían, pensando que les intenta engañar.

En este mito se aprecian, por tanto, los diferentes niveles de realidad y los distintos grados de conocimiento que Platón defiende: las sombras de la caverna corresponden a la eikasía; las figuras transportadas, a la pístis; las cosas del exterior, a la dianoia; y el sol, a la noesis y a la Idea de Bien.

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Platón y Aristóteles coinciden en que el conocimiento verdadero es universal y necesario, no particular ni cambiante. Pero discrepan radicalmente en cómo se alcanza: para Platón, la razón recuerda Ideas que el alma ya contempló antes de nacer; para Aristóteles, el entendimiento abstrae formas universales a partir de lo que los sentidos perciben. La pregunta que los separa —¿viene el conocimiento de dentro o de fuera?— es la misma que enfrentará a racionalistas y empiristas dos mil años después.


 

Aristóteles: abstracción y ciencia

Aristóteles (384–322 a. C.) fue discípulo de Platón, pero adoptó una posición radicalmente distinta. Rechaza tanto el mundo de las Ideas como la doctrina de la reminiscencia. Para él, todo nuestro conocimiento comienza en la experiencia sensible: los sentidos nos informan de los objetos del mundo y sus propiedades. No hay conocimiento innato.

Pero los sentidos solos no bastan. Los seres humanos poseemos además una facultad llamada Entendimiento (Nous), que nos permite captar las formas o esencias universales de las cosas más allá de sus características particulares. Aristóteles distingue dos aspectos del Entendimiento: el Entendimiento agente, que «ilumina» los contenidos sensibles, y el Entendimiento paciente, que los recibe y en el que se imprimen las formas universales. Es así como, a partir de la experiencia de cosas concretas, abstraemos conceptos universales: de ver muchos caballos distintos llegamos al concepto universal de «caballo».

El método inductivo-deductivo

Aristóteles es el primero en desarrollar de forma sistemática el método inductivo-deductivo:

  • Inducción: a partir de la observación de casos particulares, extraemos principios generales. Por ejemplo: observamos que este hierro se dilata con el calor, y ese hierro también, y aquel otro… y concluimos que todos los metales se dilatan con el calor.
  • Deducción: a partir de esos principios generales, extraemos conclusiones sobre casos particulares. Si todos los metales se dilatan con el calor, y el cobre es un metal, entonces el cobre se dilata con el calor.

induccion deduccion

Para Aristóteles, los principios generales a los que llegamos por inducción son necesariamente verdaderos, siempre que la observación se haya hecho correctamente. Esta confianza en la experiencia como punto de partida del conocimiento lo convierte en el fundador del empirismo científico.

Tipos de razonamiento y tipos de saber

Aristóteles distingue dos grandes tipos de razonamiento. Los razonamientos científicos o demostraciones parten de premisas verdaderas y necesarias, y permiten alcanzar conclusiones igualmente necesarias: son propios de las ciencias. Los razonamientos dialécticos parten de opiniones establecidas y compartidas por la mayoría: son propios de ámbitos como la ética y la política, donde no es posible la demostración pero sí el argumento razonado.

A estos dos tipos de razonamiento corresponden tres tipos de saber:

Tipo de saber Ejemplos Finalidad
Teórico Metafísica, Física, Matemáticas, Biología, Lógica El conocimiento mismo. Se ocupa de lo necesario, de lo que no puede ser de otra manera.
Práctico Ética, Política Orientar la acción humana. Se ocupa de lo contingente, de lo que puede ser de otra manera.
Productivo Arte, Retórica, Poética Producir cosas u obras. Su fin está fuera del propio saber.

El principio fundamental que gobierna todo razonamiento, tanto científico como dialéctico, es el principio de no contradicción: nada puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido. Sin este principio, ningún argumento sería posible.

 

Práctica

 

Lee atentamente cada texto y responde a las cuatro preguntas en tu cuaderno.

 

¿Y qué ocurre con el mismo Protágoras? Si no hubiese juzgado que el hombre es la medida de todas las cosas, y si el pueblo no lo pensara, como en efecto no lo piensa, ¿no sería necesario que la verdad tal como él la ha definido no existiese para nadie? Y si él ha creído esto, y la multitud piensa lo contrario, ¿no observas tú primeramente que en la misma medida que el número de los que no comparten su opinión sobrepasa el de sus partidarios, la verdad tal como él la entiende debe no existir más que existir? Pero, en segundo lugar, lo más divertido de él es esto. Protágoras, al afirmar que lo que le parece a cada uno es verdadero, concede que es verdadera la opinión de los que contradicen la suya y creen que se equivoca.

—Efectivamente.

—Así pues, ¿es necesario que su opinión sea falsa, ya que reconoce como verdadera la opinión de los que creen que se equivoca?

—Necesariamente.

—Los otros, por su parte, ¿reconocen que se equivocan?

—No, ciertamente.

—Así pues, ¿está obligado aún a reconocer esta opinión como verdadera, según sus escritos?

—Aparentemente.

—Por consiguiente, habrá oposición por todos lados, empezando por el mismo Protágoras. ¿O más bien Protágoras, al admitir que piensa con verdad el que tiene una opinión contraria a la suya, admite que ni el perro ni ningún hombre es la medida de ninguna cosa si no la ha estudiado? ¿No es así?

—Sí.

—Por consiguiente, ya que todos se oponen a ella, la verdad de Protágoras no es verdadera para nadie, ni para otro ni para él mismo.

Platón, Teeteto, 170e–171c. En Verneaux, R. (1988). Textos de los grandes filósofos. Edad Antigua. Herder, pp. 20–21.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si la tesis relativista de Protágoras, según la cual cada uno es la medida de la verdad, es coherente consigo misma.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Sócrates defiende que la tesis de Protágoras se refuta a sí misma. Si lo que le parece a cada uno es verdadero, entonces también es verdadera la opinión de quienes creen que Protágoras se equivoca. Protágoras se ve obligado a reconocer como verdadera la opinión de sus oponentes, pero sus oponentes no reconocen como verdadera la de él. Por tanto, la tesis de que no hay verdad objetiva termina siendo falsa incluso según sus propios criterios: no es verdadera para nadie, ni para sus adversarios ni para el propio Protágoras.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Sócrates usa dos argumentos. El primero es cuantitativo: la mayoría de la gente no acepta la tesis de Protágoras, y como según su propia doctrina toda opinión es verdadera, la opinión mayoritaria de que se equivoca también lo es. El segundo es lógico y más profundo: si todo lo que parece verdadero a alguien es verdadero, Protágoras debe conceder que es verdadera la opinión de quienes creen que su tesis es falsa. Pero aceptar la verdad de quienes lo niegan equivale a negar su propia tesis. Se produce así una contradicción que destruye el relativismo desde dentro, sin necesidad de recurrir a ningún argumento externo.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Sexto Empírico mantendría una posición diferente. Para él la refutación de Sócrates no demuestra que exista una verdad objetiva, sino solo que la formulación de Protágoras era defectuosa. La posición escéptica es más cuidadosa: no afirma que cada opinión sea verdadera, sino que suspende el juicio porque a cada argumento se le puede oponer otro de igual fuerza. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la refutación de Sócrates se basa en el principio de no contradicción, pero ese principio es una premisa que habría que justificar antes de usarla, y su justificación presupone aquello que pretende demostrar. Segundo, que el relativismo se autorrefute no demuestra que exista una verdad objetiva: solo demuestra que no podemos formular la tesis relativista sin caer en contradicción, lo cual es un problema del lenguaje, no una prueba de la existencia de verdades universales.

 

A favor de la objetividad del conocimiento


Que hay nociones por sí mismas tan evidentes, que se las obscurece queriéndolas definir como se hace en la escolástica, y que no se adquieren con el estudio sino que nacen con nosotros. Además he observado que los filósofos, tratando de explicar por las reglas de su lógica cosas evidentes por sí mismas, no han hecho otra cosa que obscurecerlas, y cuando he dicho que la proposición «pienso, luego existo» es la primera y más cierta que se presenta al que conduce ordenadamente sus pensamientos, no he negado por eso la necesidad de saber de antemano qué es el pensamiento, la certidumbre, la existencia, y que para pensar es preciso existir y otras cosas semejantes. Pero como estas nociones son tan simples que por sí mismas no nos proporcionan el conocimiento de ninguna cosa existente, no he juzgado que aquí hubiese que enumerarlas. Ahora bien, a fin de saber cómo el conocimiento que tenemos de nuestro pensamiento precede al que tenemos de nuestro cuerpo y es incomparablemente más evidente, y tal que, aunque éste no existiese, tendríamos razón para concluir que aquél no dejaría de ser todo lo que es; observaremos que es manifiesto por una luz natural que hay en nuestras almas, que la nada no tiene cualidades ningunas ni propiedades que le pertenezcan y que donde percibimos algunas de ellas, debe encontrarse necesariamente una cosa o substancia de la que dependan.

Descartes, R. Principios de la filosofía, I, §§10–11. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 17–18.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si existe algún conocimiento absolutamente cierto e indudable que pueda servir de fundamento objetivo para todo lo demás.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Descartes defiende que el conocimiento que tenemos de nuestro propio pensamiento es la primera verdad absolutamente cierta y objetiva, anterior e independiente de cualquier conocimiento del mundo exterior. La proposición «pienso, luego existo» no puede ser puesta en duda porque incluso el acto de dudar confirma que estamos pensando. Sobre esta certeza indudable puede construirse todo un edificio de conocimiento objetivo, ya que todo lo que se nos presente con la misma claridad y distinción será igualmente cierto.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Descartes usa dos argumentos. El primero es que hay nociones tan evidentes que cualquier intento de definirlas las oscurece: el pensamiento, la certidumbre y la existencia son de este tipo. Su evidencia no depende de la experiencia ni del estudio, lo que las convierte en verdades objetivas independientes del sujeto particular que las piense. El segundo es que el conocimiento de nuestro pensamiento es más cierto que el del cuerpo, porque incluso si el mundo exterior no existiese, la certeza de que pensamos permanecería intacta. Esto demuestra que hay al menos una verdad absolutamente objetiva que ninguna duda puede destruir.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Hume mantendría una posición diferente. Para él la certeza del cogito no garantiza ningún conocimiento objetivo del mundo, porque del hecho de que yo piense no se sigue nada sobre la realidad exterior. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la «claridad y distinción» que Descartes propone como criterio de verdad es un sentimiento subjetivo, no una garantía objetiva, porque muchas ideas que nos parecen claras y distintas resultan después ser falsas. Segundo, el cogito solo demuestra que existe pensamiento en el momento en que se piensa, pero no que exista un yo sustancial permanente detrás de ese pensamiento: Hume buscó esa impresión de un «yo» constante y no la encontró.

 


Confieso con franqueza que fue la advertencia de David Hume la que interrumpió, hace muchos años, mi sueño dogmático y dio a mis investigaciones en el campo de la filosofía especulativa una dirección completamente distinta. Estaba yo muy lejos de admitir sus conclusiones, que resultaban simplemente de que no vio el problema en toda su amplitud, sino que lo consideró solamente por uno de sus lados. Yo ante todo traté de ver si la objeción de Hume podía presentarse de una forma general, y en seguida vi que la relación entre causa y efecto no era la única por la que el entendimiento concibe a priori las relaciones, sino que la metafísica está enteramente constituida por ellas. Traté de asegurarme de su número y conseguí lo que quería, reduciéndolas a un único principio; pasé después a la deducción de estos conceptos, estando ya seguro de que no derivaban de la experiencia, como Hume había temido, sino que tenían su origen en el entendimiento puro. Así pues, habiendo conseguido resolver el problema de Hume, no sólo para un caso particular, sino para la razón pura entera, podía avanzar con seguridad, aunque siempre con lentitud, con el objeto de determinar por fin toda la extensión de la razón pura, límites y contenido, de un modo completo y conforme a los principios generales; esto es lo que necesita la metafísica para construir su sistema según un plan seguro.

Kant, I. Prolegómenos a toda metafísica futura, Introducción. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 117–119.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si el conocimiento a priori, es decir, independiente de la experiencia, es objetivo y legítimo, o si, como sostenía Hume, se reduce a un hábito psicológico sin fundamento racional.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Kant defiende que Hume tenía razón al cuestionar el concepto de causalidad, pero se equivocaba en su conclusión. Hume solo vio un lado del problema: creyó que, como la causalidad no procede de la experiencia, es un mero hábito subjetivo. Kant descubrió que la causalidad no es la única relación que el entendimiento concibe a priori, sino que hay todo un sistema de conceptos puros (categorías) que no derivan de la experiencia sino del entendimiento mismo. Esos conceptos tienen validez objetiva porque son las condiciones que hacen posible cualquier experiencia.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Kant usa dos argumentos. El primero es que la objeción de Hume, una vez generalizada, afecta no solo a la causalidad sino a toda la metafísica: si Hume tuviese razón, no habría conocimiento a priori de ningún tipo, lo que destruiría también las matemáticas y la física. El segundo es que Kant logró deducir los conceptos puros del entendimiento a partir de un único principio, demostrando que no proceden de la experiencia sino del entendimiento puro. Esa deducción establece su validez objetiva: no son hábitos subjetivos sino condiciones necesarias de toda experiencia posible.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Hume mantendría una posición diferente. Para él Kant no ha resuelto realmente su problema sino que lo ha esquivado, porque la «deducción» de los conceptos puros es una operación racional que presupone la validez de la razón, que es precisamente lo que está en cuestión. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, que Kant haya reducido los conceptos a priori a un sistema no demuestra que sean objetivos, solo que son sistemáticos; un hábito psicológico puede ser tan ordenado y consistente como una verdad racional sin por ello dejar de ser un hábito. Segundo, la afirmación de que los conceptos puros son «condiciones de toda experiencia posible» es inverificable: nunca podremos saber si la experiencia requiere esos conceptos necesariamente o si simplemente estamos tan acostumbrados a ellos que no podemos imaginar la experiencia sin ellos.

 


El tema central de esta conferencia será lo que acostumbro a llamar, a falta de un nombre mejor, «el tercer mundo». Para explicar esta expresión, habrá que señalar que, sin tomar demasiado en serio las palabras «mundo» o «universo», podemos distinguir los tres mundos o universos siguientes: primero, el mundo de los objetos físicos o de los estados físicos; en segundo lugar, el mundo de los estados de conciencia o de los estados mentales o, quizá, de las disposiciones comportamentales a la acción; y en tercer lugar, el mundo de los contenidos de pensamiento objetivo, especialmente, de los pensamientos científicos y poéticos y de las obras de arte. Así pues, es obvio que lo que denomino «el tercer mundo» tiene mucho que ver con la teoría de las Formas o Ideas de Platón y, por tanto, también con el espíritu objetivo de Hegel, si bien mi teoría difiere radicalmente en algunos aspectos decisivos de las de Platón y Hegel. Tiene aún más que ver con la teoría de Bolzano sobre el universo de las proposiciones en sí mismas y de las verdades en sí mismas, aunque también difiere de la de Bolzano. Mi tercer mundo se asemeja, en mayor medida, al universo de los contenidos objetivos del pensamiento de Frege.

Popper, K. R. (1992). Conocimiento objetivo. Un enfoque evolucionista. Tecnos, p. 106.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si el conocimiento puede ser objetivo, es decir, si puede existir independientemente de los sujetos que lo piensan.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Popper defiende que existe un «tercer mundo» de contenidos de pensamiento objetivo que es tan real como el mundo físico y el mundo mental, pero distinto de ambos. Las teorías científicas, los argumentos filosóficos y las obras de arte, una vez formulados, adquieren una existencia objetiva independiente de quien los piense. El teorema de Pitágoras, por ejemplo, sería verdadero aunque nadie lo pensara. Este tercer mundo tiene propiedades propias que pueden ser descubiertas pero no inventadas, lo que demuestra que el conocimiento objetivo es posible.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Popper usa dos argumentos. El primero es la distinción entre tres mundos: el mundo físico, el mundo mental y el mundo de los contenidos objetivos de pensamiento. La necesidad de distinguir el tercer mundo del segundo demuestra que el conocimiento no se reduce a estados mentales subjetivos: una teoría científica tiene propiedades objetivas (puede ser verdadera o falsa, consistente o contradictoria) que no dependen de lo que nadie piense o sienta sobre ella. El segundo es la conexión con la tradición filosófica: la idea de un ámbito de contenidos objetivos ha sido defendida, con variantes, por Platón (Ideas), Hegel (espíritu objetivo), Bolzano (proposiciones en sí) y Frege (contenidos objetivos del pensamiento). Que pensadores tan distintos converjan en esta idea sugiere que responde a algo real.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Marx mantendría una posición diferente. Para él no existe un mundo de contenidos de pensamiento objetivo independiente de los sujetos que lo producen. Todas las ideas, incluidas las científicas, son productos de las condiciones materiales y sociales en que viven los seres humanos. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si el tercer mundo fuera realmente independiente del mundo social, las mismas teorías científicas habrían surgido en cualquier época y cultura, pero la historia muestra que cada sociedad produce el tipo de conocimiento que sus condiciones materiales le permiten. Segundo, postular un mundo de verdades eternas e independientes del sujeto es una forma de ocultar que el conocimiento siempre sirve a intereses sociales concretos: presentar como «objetivo» lo que en realidad es el producto de una clase social dominante.

 

En contra de la objetividad del conocimiento


El hombre, dice Protágoras, es la medida de todas las cosas, para las que son, de su ser, para las que no son, de su no-ser. ¿Habrás leído esto sin duda? —Sí, y más de una vez. —¿Y no dice más o menos esto: las cosas son para mí tales como me parecen; y para ti tales como te parecen? Y tú y yo somos hombres. —En efecto, es lo que dice. […] Me ha sorprendido que al principio de su libro sobre la verdad no haya dicho que la medida de todas las cosas es el cerdo, el cinocéfalo o algún otro ser todavía más extraño de los que están dotados de sensación. Si las opiniones que se forman en nosotros por medio de las sensaciones son verdaderas para cada uno, si ninguno es más hábil que otro para distinguir la verdad o la falsedad de una opinión; si al contrario, como a menudo hemos dicho, cada cual juzga únicamente según sus impresiones, y si todos sus juicios son verdaderos y rectos, ¿en virtud de qué privilegio Protágoras sería sabio hasta el extremo de creerse con derecho de enseñar a los demás y de poner precio tan alto a sus lecciones, mientras que nosotros no seríamos más que unos ignorantes, condenados a asistir a su escuela, puesto que cada cual es para sí mismo la medida de su propia sabiduría?

Platón, Teeteto, 151e–162a. En Verneaux, R. (1988). Textos de los grandes filósofos. Edad Antigua. Herder, pp. 19–20.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si las cosas son objetivamente como son o si son para cada uno tal como le parecen.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

El texto expone la tesis relativista de Protágoras: cada persona es la medida de la verdad. Las cosas son para mí como me parecen y para ti como te parecen. No existe una verdad objetiva independiente de las percepciones de cada individuo. Sócrates presenta esta tesis con ironía, señalando sus consecuencias absurdas, pero el texto funciona como la mejor exposición del relativismo de la Antigüedad: si toda opinión es verdadera, nadie es más sabio que nadie, y la propia pretensión de Protágoras de ser maestro carece de sentido.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

La tesis de Protágoras se apoya en dos argumentos. El primero es perceptivo: las cosas se nos presentan de forma distinta a cada persona, y no hay un criterio externo a la percepción que permita decidir cuál de las percepciones es la correcta. Si el mismo viento le parece frío a uno y cálido a otro, ¿quién tiene razón? Cada uno tiene la suya. El segundo es que toda percepción es igualmente válida porque toda percepción es igualmente real para quien la experimenta. No hay un punto de vista privilegiado desde el que juzgar que una percepción es más verdadera que otra.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Platón mantendría una posición diferente. Para él existe una verdad objetiva, inmutable y universal —las Ideas— que es la misma para todos y que la razón puede conocer. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si cada percepción fuera igualmente verdadera, sería imposible el error, pero la experiencia cotidiana muestra que nos equivocamos constantemente, lo que prueba que hay una diferencia real entre lo verdadero y lo falso que no depende de nuestras percepciones. Segundo, las matemáticas demuestran que existen verdades universales independientes de la percepción individual: el teorema de Pitágoras es verdadero para todos, en todo momento y en todo lugar, independientemente de lo que a cada uno le parezca.

 


El escepticismo es la capacidad de establecer antítesis en los fenómenos y en las consideraciones teóricas, según cualquiera de los tropos, gracias a la cual nos encaminamos —en virtud de la equivalencia entre las cosas y proposiciones contrapuestas— primero hacia la suspensión del juicio y después hacia la ataraxia. Hablamos de «capacidad», desde luego no por capricho sino sencillamente en el sentido de que uno sea capaz. Aquí entendemos por «fenómenos» lo sensible; por lo que definimos lo «teórico» por oposición a ellos. Decimos «según cualquiera de los tropos» porque contraponemos esas cosas de muy diversas maneras, contraponiendo fenómenos a fenómenos, consideraciones teóricas a consideraciones teóricas o los unos a las otras. Y en absoluto tomamos «proposiciones contrapuestas» como «afirmación y negación»: simplemente en el sentido de que se enfrentan la una a la otra. Y llamamos «equivalencia» a la igualdad respecto de la credibilidad o falta de credibilidad, de modo que ninguna de las proposiciones enfrentadas aventaje a la otra como más digna de crédito. La «suspensión del juicio» es el estado de la mente por el que ni negamos ni afirmamos nada. La «ataraxia» es la serenidad y la calma del espíritu.

Sexto Empírico (2008). Esbozos pirrónicos, I, §§8–10. Gredos, pp. 31–32.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si es posible alcanzar algún conocimiento objetivo sobre el que podamos pronunciarnos con seguridad.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Sexto Empírico defiende que ante cualquier afirmación puede formularse otra de igual fuerza que la contradiga. Como no hay forma de determinar cuál de las dos es más creíble, lo racional es suspender el juicio: no afirmar ni negar nada. Esta suspensión no es una renuncia sino una capacidad: la de establecer antítesis equilibradas que muestran que toda pretensión de conocimiento objetivo es infundada. El resultado no es la angustia sino la ataraxia: la serenidad que se obtiene al dejar de pretender que sabemos lo que no sabemos.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Sexto Empírico usa dos argumentos. El primero es la equivalencia: para cada argumento a favor de una tesis hay un argumento de igual fuerza en contra. Esto se aplica tanto a los fenómenos sensibles (lo que percibimos) como a las consideraciones teóricas (lo que pensamos). Si ninguno de los argumentos enfrentados aventaja al otro como más digno de crédito, pronunciarse por uno de ellos sería arbitrario. El segundo es pragmático: la suspensión del juicio no es paralizante sino liberadora. Quienes buscan la verdad objetiva y no la encuentran viven en la inquietud; quien suspende el juicio alcanza la ataraxia, la serenidad del espíritu.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Aristóteles mantendría una posición diferente. Para él el conocimiento objetivo es posible porque la ciencia demostrativa parte de principios verdaderos, evidentes y necesarios que no admiten una antítesis de igual fuerza. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, el principio de no contradicción es un axioma que todo ser racional acepta necesariamente, porque negarlo equivale a afirmarlo, lo que demuestra que no todo argumento tiene una réplica de igual fuerza. Segundo, la experiencia cotidiana y la ciencia muestran que hay conocimientos que funcionan de forma fiable y constante: la geometría, la física, la medicina producen resultados regulares y predecibles, lo que sería inexplicable si toda afirmación fuera tan creíble como su contraria.

 


Todo efecto es un acontecimiento distinto de su causa. No puede, por lo tanto, descubrirse en la causa, sino que sólo la experiencia puede enseñarnos el efecto. Si se nos presenta un objeto, y debemos pronunciarnos sobre el efecto que resultará de él sin consultar la experiencia pasada, ¿de qué modo deberá, a vuestro parecer, proceder la mente? Será necesario que invente o imagine un acontecimiento que ponga como efecto; y es claro que esta invención es enteramente arbitraria. La mente no puede encontrar jamás el efecto en la pretendida causa, ni aun con el examen o la investigación más rigurosos; porque el efecto es completamente distinto de la causa, y jamás, por consiguiente, podrá descubrirse en ella. El movimiento de la segunda bola de billar es enteramente distinto del movimiento de la primera bola, y no hay nada en el primero que pueda sugerir la más leve idea del segundo. Una piedra o un pedazo de metal levantados en el aire y dejados sin apoyo, caen inmediatamente al suelo; pero a considerar la cosa a priori, ¿encontramos en esta situación algo que pueda engendrar la idea de un movimiento descendente más bien que ascendente o cualquier otro movimiento en la piedra o el metal?

Hume, D. Investigación sobre el entendimiento humano, Ensayo IV. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 109–110.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si podemos conocer objetivamente la relación entre causa y efecto, o si esa relación es solo una proyección de nuestra mente.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Hume defiende que la relación causal no puede conocerse objetivamente porque el efecto es siempre un acontecimiento completamente distinto de su causa. No hay nada en la causa que permita deducir cuál será el efecto: si no hubiéramos visto nunca una bola de billar golpear a otra, no podríamos predecir qué ocurriría. Lo que llamamos conocimiento causal no es un conocimiento racional sino un hábito adquirido por la experiencia repetida: hemos visto tantas veces que B sigue a A que esperamos que vuelva a ocurrir, pero esa expectativa no tiene fundamento lógico.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Hume usa dos argumentos. El primero es lógico: el efecto es un acontecimiento distinto de su causa, por lo que no puede deducirse de ella. Por mucho que examinemos la primera bola de billar, no encontraremos en ella el movimiento de la segunda. La relación causal no es una relación lógica necesaria sino una asociación empírica. El segundo es el experimento mental de la piedra: si consideramos a priori, sin experiencia previa, una piedra suspendida en el aire, no hay nada en esa situación que nos indique que caerá hacia abajo y no hacia arriba o hacia cualquier otro lado. Solo la experiencia repetida nos ha enseñado que las piedras caen, pero esa experiencia no demuestra que tengan que caer necesariamente.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Kant mantendría una posición diferente. Para él la causalidad no es un hábito psicológico sino una categoría a priori del entendimiento, una forma necesaria de organizar la experiencia sin la cual ninguna experiencia sería posible. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, Hume tiene razón en que la causalidad no se percibe directamente, pero se equivoca al concluir que es un mero hábito, porque el hábito mismo presupone que la mente ya posee la categoría de causalidad para poder asociar eventos. Segundo, si la causalidad fuera solo un hábito, la ciencia no podría formular leyes universales y necesarias, pero la física de Newton demuestra que sí puede hacerlo, lo que indica que la causalidad tiene un fundamento más sólido que la mera costumbre.

 


Perdonadme que, como viejo filólogo que soy, no renuncie a la maldad de señalar con el dedo las malas técnicas de interpretación: pero aquella «regularidad de la naturaleza» de la que vosotros físicos habláis con tanto orgullo — existe solo en virtud de vuestra interpretación y mala «filología», — ¡no es ningún hecho, ningún «texto», antes bien, solo es una recomposición y una tergiversación del sentido ingenuos y humanitarios con las que complacéis hasta la saciedad a los instintos democráticos del alma moderna! «En todos lados, igualdad ante la ley, — en eso la naturaleza no lo tiene ni distinto ni mejor que nosotros»: gentil reticencia en la que de nuevo se enmascara la enemistad plebeya contra todo lo privilegiado y soberano. Pero, como ya he dicho, esto es interpretación, no texto; y podría llegar alguien que, con una intención y una técnica de interpretación opuestas, supiese leer en esta misma naturaleza y en relación a los mismos fenómenos precisamente la imposición tiránica, avasalladora e implacable de las aspiraciones de poder, — un intérprete que pusiera delante de vuestros ojos el carácter universal e incondicional de toda «voluntad de poder», de modo que prácticamente cualquier palabra e incluso la palabra «tirano» acabase pareciendo inutilizable o ya una metáfora debilitante y mitigadora; y que, sin embargo, terminase por afirmar de este mundo lo mismo que vosotros, esto es, que tendría un curso «necesario» y «calculable», pero no porque en él rigen unas leyes, sino porque faltan leyes en absoluto y porque cualquier poder saca en cada instante su última consecuencia. Suponiendo que también esto no sea más que interpretación — ¿y seréis lo bastante impetuosos para hacer esta objeción? — pues bien, tanto mejor. —

Nietzsche, F. W. (2016). Más allá del bien y del mal, §22. Obras completas. Volumen IV. Tecnos, pp. 311–312.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si las leyes de la naturaleza que describe la ciencia son hechos objetivos o interpretaciones humanas.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Nietzsche defiende que la «regularidad de la naturaleza» de la que hablan los científicos no es un hecho objetivo sino una interpretación. Lo que los físicos presentan como leyes naturales es en realidad una recomposición del sentido que proyecta sobre la naturaleza los valores democráticos e igualitarios del alma moderna. Pero alguien podría leer los mismos fenómenos de forma opuesta: como expresión de una voluntad de poder tiránica e implacable. Y si también esta segunda lectura fuera solo una interpretación, tanto mejor: eso confirma la tesis de que no hay hechos, solo interpretaciones.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Nietzsche usa dos argumentos. El primero es filológico: las leyes naturales no son un «texto» que la ciencia descifra objetivamente, sino una «interpretación» que los científicos producen condicionados por sus valores e instintos. La regularidad que ven en la naturaleza refleja su ideal democrático de igualdad ante la ley, no la estructura real de las cosas. El segundo es la demostración por contraste: los mismos fenómenos pueden leerse de forma completamente opuesta, como expresión de una voluntad de poder sin leyes ni regularidad. Si dos interpretaciones incompatibles dan cuenta de los mismos hechos, ninguna de las dos puede reclamar objetividad. Y si alguien objeta que la propia tesis de Nietzsche es también una interpretación, él lo acepta con ironía: precisamente eso es lo que está defendiendo.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Popper mantendría una posición diferente. Para él las teorías científicas no son meras interpretaciones condicionadas por los valores del científico, sino conjeturas objetivas que pueden ser contrastadas con la realidad mediante experimentos y falsadas si no resisten la prueba. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si las leyes de la naturaleza fueran solo interpretaciones, no sería posible que unas teorías fracasen y otras tengan éxito al predecir fenómenos: la capacidad predictiva de la ciencia demuestra que hay algo en la realidad que las teorías capturan y que no depende del intérprete. Segundo, la tesis de Nietzsche contiene una tensión interna: al afirmar que «esto es interpretación, no texto», está formulando una proposición que pretende ser objetivamente verdadera sobre la naturaleza del conocimiento. Si también esa proposición fuera solo una interpretación, no tendría por qué ser más válida que la del científico que cree en la objetividad de las leyes naturales.

 

Disertación filosófica

 

PROPUESTA DE TEMA

¿Es posible un conocimiento perfectamente objetivo?

 

CÓMO HACER UNA DISERTACIÓN FILOSÓFICA

 

La disertación filosófica es un texto argumentativo en el que defiendes una posición razonada ante una pregunta filosófica. No se trata de dar tu opinión sin más, sino de construir una respuesta fundamentada en argumentos, apoyada en lo que han dicho los filósofos y capaz de considerar posiciones contrarias a la tuya. La finalidad de una disertación es llegar a una verdad lo más objetiva posible, esto es, que pueda ser compartida por todo ser racional. Todos los argumentos, estés personalmente de acuerdo o en desacuerdo con ellos, deben ser expuestos con el máximo rigor y fuerza. La extensión debe estar entre 1200 y 1600 palabras.

 

I. TRABAJO PREVIO

 

Paso 1: Elige la pregunta que más te interese

Elige la pregunta sobre la que tengas una opinión más clara, la que te resulte más cercana o la que te provoque más curiosidad. Si tienes una opinión fuerte sobre ella, aunque sea en contra, eso es buena señal: significa que tienes algo que decir. Ve a lo más cercano y sencillo para ti. La complejidad la encontrarás según profundices.

 

Paso 2: Busca las posibles interpretaciones

Las preguntas filosóficas contienen conceptos que pueden entenderse de varias maneras. Identifica las palabras clave y pregúntate qué pueden significar. Cada significado diferente produce una interpretación distinta de la pregunta.

Por ejemplo, la pregunta ¿Conocemos las cosas como son o como somos? admite al menos tres interpretaciones:

  • Interpretación A: ¿Es posible el conocimiento objetivo, o el sujeto siempre distorsiona lo que percibe?
  • Interpretación B: ¿Determina la estructura de nuestra mente lo que podemos conocer, de modo que hay una frontera infranqueable entre la realidad y nuestra imagen de ella?
  • Interpretación C: ¿Es la «objetividad» un concepto coherente, o todo conocimiento es inevitablemente una perspectiva entre muchas?

💡 Tip: Si no se te ocurren varias interpretaciones, prueba a cambiar una palabra clave por un sinónimo: no es lo mismo ¿conocemos las cosas como son? que ¿nos muestra la percepción la realidad? o ¿es posible un conocimiento sin punto de vista? o ¿construye nuestra mente lo que llamamos realidad?

 

Paso 3: Piensa en las implicaciones y elige una interpretación

Cada interpretación tiene implicaciones distintas. Pregúntate: si respondiera que sí, ¿qué se seguiría de ello? ¿Y si respondiera que no? La interpretación más interesante suele ser la que tiene las implicaciones más profundas.

Por ejemplo:

  • Si el sujeto siempre distorsiona lo que percibe (A), toda pretensión de verdad objetiva es una ilusión y no habría forma de distinguir una creencia verdadera de un simple prejuicio. Pero si no lo distorsiona, habría que explicar cómo puede el sujeto ser completamente transparente a la realidad.
  • Si la estructura de nuestra mente determina lo que conocemos (B), hay cosas que nunca podremos saber, pero al menos lo que sabemos dentro de esos límites podría ser fiable. ¿Basta con eso?
  • Si la objetividad no es un concepto coherente (C), la ciencia no sería más verdadera que la superstición, solo más útil para ciertos fines. Pero entonces, ¿por qué funciona la tecnología basada en la ciencia y no la basada en la astrología?

Ahora elige la interpretación que te parezca más relevante y explica por qué las otras lo son menos. Sé coherente: sería contradictorio argumentar que la A es la más importante y luego trabajar con la C. Las implicaciones te ayudan a decidir: la interpretación que más cosas pone en juego suele ser la mejor para una disertación.

 

Paso 4: Formula tu tesis

Escribe en una frase la respuesta que vas a defender. Debe ser clara, concreta y discutible: alguien razonable debería poder estar en desacuerdo con ella. La tesis no contiene argumentos: eso viene después. Puede llevar matices y condiciones (pero, aunque, cuando), pero no justificaciones: si tu tesis lleva un «porque», ese «porque» es tu primer argumento, y su sitio es el desarrollo.

Ejemplos de buenas tesis:

  • Conocemos las cosas parcialmente como son y parcialmente como somos; la objetividad consiste en someter nuestras ideas a crítica para detectar nuestras limitaciones.
  • Todo conocimiento es subjetivo: no hay forma de acceder a la realidad independientemente de nuestra perspectiva.

Ejemplos de malas tesis:

  • El conocimiento es importante. (Demasiado vago.)
  • Hay muchas teorías del conocimiento. (No responde a la pregunta.)
  • Podemos conocerlo todo. (No tiene en cuenta ninguna objeción.)

💡 Tip: A medida que investigas puede que descubras que tu tesis inicial era incorrecta. Puedes modificarla o reflejar en la conclusión por qué has cambiado de opinión. Una disertación se escribe para llegar a una verdad, no para demostrar que tenemos razón.

 

Paso 5: Busca argumentos y trabaja con las fuentes

Lee los textos de la pestaña de Práctica y los libros disponibles de la bibliografía buscando argumentos a favor y en contra de tu tesis. Para cada argumento que encuentres, anota:

  • La idea principal, con tus propias palabras.
  • La referencia completa: autor, año, título y página.
  • Tu reacción: ¿estás de acuerdo?, ¿se te ocurre una objeción?, ¿te recuerda a otro autor?

Cómo citar. Hay cuatro formas:

Cita directa narrativa. Usa esta opción para dar importancia y protagonismo al pensador en tu texto. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. El año va inmediatamente después de su nombre.

Ejemplo: Locke sostiene que la mente es como un papel en blanco cuando afirma: «supongamos que la mente es un papel en blanco, limpio de toda inscripción, sin ninguna idea: ¿cómo llega a estar provista de ellas?» (Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, II, 1, §2, p. 83).

Cita directa parentética. Usa esta opción cuando quieres que el lector se concentre primero en la idea. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. Los datos del autor quedan en segundo plano al final de la frase.

Ejemplo: Frente a quienes defienden ideas innatas, se ha sostenido que «la mente es un papel en blanco, limpio de toda inscripción, sin ninguna idea» (Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, II, 1, §2, p. 83).

Cita indirecta narrativa. Explicas la idea con tus propias palabras, pero introduces la frase mencionando directamente al autor.

Ejemplo: Locke defiende que la mente humana nace vacía de contenido y que todas nuestras ideas proceden de la experiencia, ya sea a través de los sentidos o de la reflexión sobre nuestras propias operaciones mentales (Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, II, 1, §2, p. 83).

Cita indirecta parentética. Explicas la idea con tus propias palabras y colocas toda la información de la fuente junta al cerrar el punto.

Ejemplo: La mente no trae consigo ningún contenido al nacer, sino que lo adquiere por completo mediante la experiencia sensorial y la reflexión (Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, II, 1, §2, p. 83).

En todos los casos, después de la cita hay que explicar qué quiere decir el autor y relacionarla con tu argumento. Una cita sin explicación no demuestra nada.

💡 Tip: Cita con año y página la primera vez que atribuyes una idea a un autor. Después, si solo recuerdas o resumes algo que ya has citado antes (por ejemplo, en la valoración o en la conclusión), basta con nombrarlo: «como muestra Locke…». Repetir el año y la página cada vez que aparece un apellido no es más riguroso, solo más pesado. La regla es sencilla: idea nueva, cita completa; idea ya citada, solo el apellido.

 

Paso 6: Haz un esquema

Antes de redactar, escribe en tu cuaderno un esquema con la introducción (interpretaciones, implicaciones, elección razonada, tesis), los argumentos a favor y en contra con sus citas, la valoración, la delimitación de tu tesis y la conclusión. Este esquema es tu hoja de ruta.

 

II. REDACCIÓN

 

Estructura de la disertación

Introducción (aprox. 15% del texto). Consta de dos partes:

  • Primer párrafo: presenta el problema con un gancho que atraiga al lector (una imagen, una paradoja, un dato, una experiencia), despliega las interpretaciones posibles con sus implicaciones, justifica cuál es la más relevante y termina reformulando la pregunta tal como vas a responderla. Esa formulación final es importante: tu conclusión tendrá que responder exactamente a ella.
  • Segundo párrafo: formula tu tesis de forma clara y concreta.

💡 Tip: el gancho es el lugar más fácil para colocar un ejemplo propio, y los ejemplos propios puntúan en la rúbrica. Una anécdota, un caso real o una experiencia tuya que plantee el problema vale más que empezar directamente con un filósofo. Además, empezar por algo tuyo es más fácil que empezar por Kant.

 

Desarrollo (aprox. 70% del texto). Aquí hay dos formas de trabajar:

  • Estructura básica, para quien necesita un guion claro:
    1. Argumentos a favor de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado con ejemplos y una cita explicada.
    2. Argumentos en contra de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado también con ejemplos y una cita explicada. No los debilites a propósito: expónlos con el mismo rigor que los tuyos.
    3. Valoración: compara ambos lados, señala las fortalezas y las debilidades de cada uno, y explica cuáles pesan más y por qué.

Con esta estructura, hecha correctamente, puedes llegar al nivel notable.

 

  • Estructura dialéctica, para quien quiere ir más allá:

En lugar de separar los argumentos en dos bloques, construye una conversación entre posiciones. Los argumentos se responden entre sí, se señalan sus límites sobre la marcha y el pensamiento progresa. No hay un bloque a favor y un bloque en contra: hay un recorrido en el que cada paso surge del anterior.

Por ejemplo, en lugar de escribir:

Argumento a favor 1: Descartes encuentra certeza en el cogito. Argumento a favor 2: Kant demuestra que la objetividad es posible dentro de las estructuras de la mente. Argumento en contra 1: Sexto Empírico argumenta que debemos suspender el juicio… Argumento en contra 2: Nietzsche afirma que no hay hechos, solo interpretaciones…

Podrías escribir:

Sexto Empírico argumenta que las cosas aparecen de maneras distintas según quién las perciba, y que por tanto debemos suspender el juicio. Descartes intenta superar este escepticismo con el cogito, pero Hume muestra que ni siquiera la certeza del «pienso» nos da acceso a la causalidad real. Kant responde a ambos: no conocemos las cosas en sí mismas, pero sí la estructura que nuestra mente impone a la experiencia…

Esta estructura es más exigente pero produce disertaciones mucho más ricas.

 

Herramientas para trabajar los argumentos

Estas cuatro operaciones sirven para manejar cualquier argumento, sea tuyo o de la posición contraria. No hay que usarlas todas ni en todas las disertaciones: son ayudas para cuando no sepas cómo seguir. Las dos primeras te servirán en cualquier estructura. Las dos últimas, acotar e invertir, son las que hacen posible la estructura dialéctica: sin ellas, los argumentos no pueden responderse entre sí.

Conceder. Reconocer lo que un argumento tiene de razón antes de responderle. Se escribe con fórmulas como «esta objeción es seria, porque…» o «hay algo verdadero en esta idea». Parece una debilidad y es lo contrario: quien reconoce la fuerza del contrario y aun así le responde resulta mucho más convincente que quien finge que el contrario no decía nada. Lo opuesto es una falacia, el hombre de paja: debilitar la posición contraria para vencerla con facilidad. Ten presente que en la rúbrica el hombre de paja puntúa cero en honestidad intelectual: si la posición contraria queda ridícula en tu texto, es casi seguro que la has caricaturizado.

Buscar un contraejemplo. Si un argumento afirma algo con «todos», «siempre» o «nunca», un solo caso contrario lo derriba. Si alguien dice «todos los profesores mandan deberes» y encuentras uno que no manda, la afirmación era falsa. Cuidado: contra «la mayoría de los profesores mandan deberes» un caso contrario no prueba nada, porque esa afirmación ya contaba con las excepciones. Esta herramienta no siempre podrá usarse, y no pasa nada: solo funciona con afirmaciones universales.

Acotar. Aceptar que un argumento prueba algo y mostrar hasta dónde llega de verdad: «tienes razón, pero no tanta». La manera habitual de acotar es distinguir: separar dos cosas que estaban mezcladas y mostrar que el argumento vale para una pero no para la otra. La distinción puede ser de grado (los videojuegos no son malos; jugar demasiado, sí) o de aspecto (que todos los ladrillos de un edificio vengan de la fábrica no significa que el plano del edificio venga de ella). Acotar sirve también con tu propia tesis: decir bajo qué condiciones se sostiene, o qué casos no resuelve, puntúa en la rúbrica.

Invertir. Mostrar que un argumento, bien entendido, prueba lo contrario de lo que pretendía. Quien afirma que la filosofía no sirve para nada está defendiendo una tesis filosófica, así que necesita la filosofía para atacarla. Es la herramienta más espectacular cuando funciona y la más ridícula cuando se fuerza: úsala solo si la inversión es real.

💡 Tip: existen más herramientas (el experimento mental, la reducción al absurdo, el dilema, la autorrefutación) explicadas con ejemplos en la página de Técnicas argumentales.

 

Cómo comprobar tu desarrollo

Muchas disertaciones parecen dialécticas y son una lista disfrazada. Hay dos pruebas para comprobarlo antes de entregar.

La prueba del orden. Coge dos argumentos que estén del mismo lado (dos a favor, o dos en contra) e imagina que los intercambias. ¿Se entiende igual? Si sí, están yuxtapuestos: cada uno va por su cuenta, como en una lista. Si no, porque el segundo se apoyaba en el primero o respondía a una objeción que este había dejado abierta, hay una cadena. En una estructura dialéctica de verdad, casi ningún párrafo del desarrollo puede moverse sin romper algo.

La prueba de los conectores. Mira con qué palabras empieza cada párrafo del desarrollo. Los conectores de suma (además, por otra parte, también, en segundo lugar) indican que estás añadiendo: es una lista. Los conectores de respuesta (ahora bien, sin embargo, contra esto cabe objetar, conviene distinguir) indican que estás contestando a lo anterior: es una cadena.

Si todos tus párrafos empiezan con conectores de suma, tu texto es una lista, por muchos autores que cites. Y no se arregla cambiando las palabras: hay que cambiar lo que hacen los párrafos.

 

Conclusión (aprox. 15% del texto). Debe hacer tres cosas:

  • Responder a la pregunta tal como la reformulaste al final de la introducción, explicando si te reafirmas en la tesis o si cambias de postura, y qué argumentos han pesado más.
  • Delimitar tu tesis: bajo qué condiciones se sostiene, qué casos no resuelve, o qué tendría que ocurrir para que dejara de ser válida. Ninguna tesis lo explica todo, y precisarlo no la debilita: la hace más fuerte. La rúbrica lo premia dentro de la honestidad intelectual.
  • Señalar las consecuencias o implicaciones para el mundo actual.

💡 Tip: Las mejores conclusiones vuelven al principio y cierran el círculo. Si abriste con una imagen, una pregunta o un dato sorprendente, retómalo aquí y muestra cómo tu argumentación le ha dado un sentido nuevo.

 

Bibliografía. Al final del texto, tras la conclusión, incluye una lista de las obras que has citado. No cuenta para el límite de palabras. El formato es el siguiente:

  • Apellido, N. (año). Título de la obra (trad. N. Apellido). Editorial.

Por ejemplo:

  • Locke, J. (1690). Ensayo sobre el entendimiento humano. Fondo de Cultura Económica.
  • Hume, D. (1748). Investigación sobre el entendimiento humano. Alianza.

 

Consejos de redacción

  • Busca una apertura que enganche: una imagen, una paradoja, un dato sorprendente, una pregunta provocadora, una experiencia personal.
  • Haz frases cortas y claras. Evita las subordinadas en cadena.
  • Busca las palabras exactas. Evita afirmaciones vagas.
  • Los ejemplos que puntúan como propios son los que no aparecen ni en los textos de práctica ni en clase: de tu experiencia, de la actualidad, de la naturaleza, de la cultura. Un buen ejemplo propio no solo adorna: si al quitarlo el argumento pierde fuerza, es que estaba haciendo trabajo de verdad. Esa es la diferencia que la rúbrica premia.
  • Una cita sola, sin explicación, no demuestra nada. Explica siempre qué quiere decir el autor y por qué es relevante para tu argumento.
  • Un argumento no es una frase. Requiere desarrollo, ejemplo y, si puede ser, una cita explicada.
  • Reserva la primera persona para la tesis y la conclusión. En el desarrollo, expón los argumentos de forma impersonal.

 

Fases de escritura

Producción. Escribe todas las ideas sin preocuparte por el orden ni la corrección. El objetivo es sacar todo lo que tienes en la cabeza.

Edición. Ordena las ideas, redacta los párrafos, integra las citas con su explicación, conecta los argumentos entre sí.

Revisión. Lee el texto completo: ¿se entiende la tesis?, ¿los argumentos la sostienen?, ¿las citas están explicadas?, ¿la conclusión responde a la pregunta y delimita la tesis? Aplica la prueba del orden y la de los conectores. Comprueba la ortografía, cuenta las palabras y pasa a limpio.

 

Ejemplo de disertación

La siguiente disertación es un ejemplo de cómo aplicar los pasos anteriores. No es un modelo perfecto: es un ejemplo de trabajo bien hecho que puedes usar como referencia.

 

¿Conocemos las cosas como son o como somos?

Un murciélago percibe el mundo mediante ecolocación, una abeja ve la luz ultravioleta que nosotros no podemos captar, y nuestro cerebro construye colores que no existen como tales en el espectro electromagnético: no hay una longitud de onda del «rosa», es una invención de nuestro sistema nervioso. Cada especie vive en un mundo perceptivo distinto. ¿Cuál de ellas percibe la realidad «tal como es»? La pregunta «¿conocemos las cosas como son o como somos?» admite varias lecturas. Puede referirse a si el conocimiento objetivo es posible o si el sujeto siempre distorsiona lo que percibe: si lo distorsiona, toda pretensión de verdad objetiva es una ilusión, y no habría forma de distinguir una creencia verdadera de un simple prejuicio. Puede referirse a si la estructura de nuestra mente determina lo que podemos conocer: si lo determina, hay una frontera infranqueable entre la realidad y nuestra imagen de ella, y habría que preguntarse si lo que queda fuera de esa frontera importa. O puede referirse a si la «objetividad» es siquiera un concepto coherente, o si todo conocimiento es inevitablemente una perspectiva entre muchas: si es así, la ciencia no sería más objetiva que la poesía, solo más útil para ciertos fines. Esta última lectura es la más fecunda, porque pone en cuestión no solo lo que sabemos sino la posibilidad misma de saber, y obliga a preguntarse si hay alguna forma de conocimiento que, sin eliminar al sujeto, pueda aspirar a algo más que una opinión. La pregunta, entonces, es esta: si todo conocimiento está marcado por quien conoce, ¿hay alguna manera de distinguir lo que es verdadero de lo que simplemente nos lo parece?

La tesis que defenderé es que conocemos las cosas parcialmente como son y parcialmente como somos, y que la objetividad no consiste en eliminar al sujeto sino en someter nuestras ideas a la crítica para detectar y corregir nuestras limitaciones.

Sexto Empírico planteó el problema hace más de dos mil años con una claridad que sigue siendo difícil de superar. En los Esbozos pirrónicos, enumera los «tropos» o modos de la suspensión del juicio: las cosas aparecen de maneras distintas según la especie que las percibe, según el estado del observador, según las circunstancias, según la posición y la distancia (Sexto Empírico, Esbozos pirrónicos, I, 36-163, p. 55). La miel parece dulce al sano y amarga al enfermo; el agua templada parece fría a quien viene del calor y caliente a quien viene del frío. ¿Cuál es la cualidad «real» de la miel o del agua? Sexto concluye que no podemos saberlo y que lo más prudente es suspender el juicio. Descartes intentó superar este escepticismo dieciséis siglos después mediante un método radical: dudar de absolutamente todo (sentidos, razonamiento, existencia del mundo exterior) hasta encontrar algo indudable. Lo encontró en el cogito: «pienso, luego existo» (Descartes, Meditaciones metafísicas, II, p. 24). Al menos una cosa es cierta: que hay un sujeto que piensa. Desde ahí, Descartes intenta reconstruir el conocimiento objetivo apelando a la garantía de un Dios que no nos engaña. Pero Hume dinamitó esa reconstrucción al mostrar que ni siquiera la relación de causa y efecto, la base más elemental del conocimiento, es algo que observemos en la realidad: lo que vemos es que el fuego aparece antes que el calor, y nuestro hábito convierte esa sucesión regular en una conexión necesaria. Como escribe Hume, «la costumbre es la gran guía de la vida humana» (Hume, Investigación sobre el entendimiento humano, V, p. 68). Si Hume tiene razón, Descartes no escapó del escepticismo de Sexto Empírico: solo lo aplazó.

Kant respondió a este callejón sin salida con lo que él mismo llamó su «revolución copernicana». En la Crítica de la razón pura, Kant argumenta que no somos receptores pasivos de una realidad exterior, sino que nuestra mente impone formas (espacio, tiempo, causalidad) a todo lo que experimentamos: «los objetos se rigen por nuestro conocimiento» y no al revés (Kant, Crítica de la razón pura, B XVI, p. 20). No podemos conocer la «cosa en sí», la realidad tal como es independientemente de nuestra percepción, pero sí podemos conocer con certeza la estructura que nuestra mente impone a la experiencia. La ciencia es objetiva no porque nos muestre las cosas como son en sí mismas, sino porque describe leyes que cualquier mente racional encontraría al examinar la experiencia. Esto parece resolver el problema: conocemos como somos, sí, pero como todos los seres racionales compartimos las mismas formas de conocer, lo que conocemos vale para todos. Sin embargo, Nietzsche desafía precisamente este supuesto. En sus Fragmentos póstumos escribe que «no hay hechos, solo interpretaciones» (Nietzsche, Fragmentos póstumos, 7[60], p. 222). Para Nietzsche, las «formas universales» de Kant no son estructuras objetivas de la razón sino productos de nuestra biología y nuestra historia. Otros seres, con otra constitución, conocerían un mundo completamente distinto, y no habría forma de decidir cuál de los dos mundos es el «verdadero». Si Nietzsche tiene razón, la solución kantiana es una ilusión más sofisticada: no hay salida de la perspectiva.

Pero ¿significa eso que todo vale por igual, que la ciencia no es más fiable que la superstición? Popper ofrece una salida que no exige volver a la ingenuidad precrítica. En La lógica de la investigación científica, argumenta que la objetividad no consiste en demostrar que una teoría es verdadera (eso, reconoce, es imposible), sino en formularla de modo que pueda ser refutada por la experiencia: «el criterio para establecer el estatus científico de una teoría es su refutabilidad» (Popper, 1934, p. 40). Una teoría que ningún dato puede refutar no es más objetiva; es simplemente inmune a la crítica, y eso es lo contrario de la objetividad. Lo que hace Popper es responder simultáneamente a Nietzsche y a Sexto Empírico: es cierto que no podemos alcanzar la verdad absoluta, pero no todas las perspectivas son iguales. Las que sobreviven a los intentos de refutación son más fiables que las que no se someten a prueba. Y esto recupera algo esencial de Kant sin su pretensión de universalidad absoluta: el conocimiento está marcado por quien conoce, pero la crítica racional permite detectar errores y acercarse progresivamente a la realidad, aunque nunca se llegue a ella por completo. La ciencia no es objetiva porque refleje la realidad como un espejo, sino porque se equivoca mejor que cualquier otro sistema: detecta sus errores y los corrige.

A la luz de este recorrido, la pregunta «¿conocemos las cosas como son o como somos?» no admite una respuesta simple. Sexto Empírico y Nietzsche tienen razón al señalar que toda percepción y todo conocimiento están marcados por el sujeto. Descartes y Kant tienen razón al buscar algo firme sobre lo que construir. Y Popper tiene razón al proponer que la objetividad no es un punto de llegada sino un método: no se trata de eliminar la perspectiva (eso es imposible) sino de someterla a prueba. Conocemos las cosas parcialmente como son y parcialmente como somos, y la honestidad intelectual consiste en no confundir lo uno con lo otro.

Conviene delimitar la tesis. No sostengo que exista un método que elimine por completo la perspectiva del sujeto, ni que toda opinión valga tanto como cualquier otra; sostengo que la objetividad es un proceso de corrección progresiva, no un punto de llegada. Mi tesis se sostiene mientras existan mecanismos (como la refutabilidad de Popper) que permitan distinguir una perspectiva mejor fundada de otra peor fundada. Si se mostrara que ningún criterio permite jerarquizar perspectivas, entonces el relativismo de Nietzsche tendría la última palabra y mi tesis caería.

El murciélago, la abeja y el ser humano viven en mundos perceptivos distintos. Ninguno percibe la realidad «tal como es». Pero solo el ser humano puede preguntarse si lo que percibe es verdadero, y esa pregunta, que es filosófica antes que científica, es el primer paso para distinguir lo que sabemos de lo que simplemente creemos saber.

 

Bibliografía

  • Descartes, R. (1641). Meditaciones metafísicas. Alfaguara.
  • Hume, D. (1748). Investigación sobre el entendimiento humano. Alianza.
  • Kant, I. (1781). Crítica de la razón pura. Taurus.
  • Nietzsche, F. (1885-1889). Fragmentos póstumos. Tecnos.
  • Popper, K. (1934). La lógica de la investigación científica. Tecnos.
  • Sexto Empírico (siglo II). Esbozos pirrónicos. Gredos.

(1321 palabras)

 

III. EVALUACIÓN

Rúbrica de evaluación

Criterio Deficiente Aceptable Notable Excelente
Estructura e introducción
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Falta alguna parte esencial o la organización resulta confusa. La tesis no aparece con claridad.
1 pt.
Introducción, desarrollo y conclusión reconocibles. La tesis se formula con claridad y se retoma al final.
1,5 pt.
La introducción despliega las interpretaciones de la pregunta con sus implicaciones y justifica cuál se elige. La conclusión añade consecuencias o implicaciones actuales.
2 pt.
Además, la interpretación elegida orienta de principio a fin el desarrollo, y la conclusión responde a la pregunta tal como quedó planteada en la introducción.
Argumentación
hasta 3,5 puntos
0,5 pt.
Los argumentos apenas se desarrollan. Faltan ejemplos o citas, o estas no se explican. No se consideran posiciones contrarias.
2 pt.
Presenta al menos dos argumentos a favor y dos en contra, cada uno con ejemplos y una cita explicada. Los argumentos se exponen por separado, sin relacionarse entre sí.
3 pt.
Se comparan las posiciones y se señalan las fortalezas y las debilidades de cada una. La valoración final está razonada.
3,5 pt.
Los argumentos se responden entre sí: se concede lo que la posición contraria prueba y se muestra hasta dónde llega, o se invierte a favor de la tesis. La reflexión progresa.
Honestidad intelectual
hasta 1 punto
0 pt.
La posición contraria se caricaturiza, se presenta en su versión más débil o se le atribuye lo que no dice (hombre de paja).
0,5 pt.
La posición contraria se expone correctamente, aunque de forma escueta.
0,75 pt.
La posición contraria se expone en su versión más fuerte, con el mismo rigor que la propia.
1 pt.
Además, se delimitan las condiciones en que la propia tesis se sostiene, o los casos que no logra resolver.
Ejemplos propios
hasta 1,5 puntos
0,25 pt.
No usa ejemplos, o solo los que aparecen en los textos de práctica y en clase.
0,75 pt.
Usa algún ejemplo propio, aunque resulte decorativo o poco relacionado con el argumento.
1 pt.
Usa al menos dos ejemplos propios, pertinentes y bien elegidos para el argumento que ilustran.
1,5 pt.
Los ejemplos propios no solo ilustran: hacen avanzar el argumento, porque muestran algo que la cita por sí sola no mostraba.
Claridad y precisión expresiva
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Vocabulario impreciso. Párrafos poco conectados. Frases difíciles de seguir.
1 pt.
Vocabulario sencillo pero adecuado. El texto se entiende correctamente.
1,5 pt.
Vocabulario preciso y uso correcto de los conceptos filosóficos. Los párrafos se enlazan con conectores adecuados y la lectura es fluida.
2 pt.
Expresión rigurosa y matizada. Cada palabra dice exactamente lo que debe decir. Estilo cuidado.

Nota final: suma de los cinco criterios sobre 10 puntos, menos las penalizaciones. En cada criterio se asigna uno de los cuatro valores de la tabla, sin puntuaciones intermedias.

Sobre la estructura: quien sigue correctamente la estructura básica puede alcanzar el nivel notable. El nivel excelente exige que los argumentos se respondan entre sí, que la reflexión avance más allá de una simple acumulación de ideas.

 

Condiciones de entrega

Si no se cumplen, la disertación no se corrige:

  • Entregada en clase, dentro del plazo establecido.
  • Escrita a mano, en folios en blanco, con letra legible.
  • Al final del texto, tras la bibliografía, debe figurar el número de palabras de la disertación (sin contar la bibliografía).

El recuento forma parte del trabajo: llevarlo durante la redacción es la manera de ajustar la extensión mientras aún se puede corregir.

 

Penalizaciones

Concepto Descuento
Extensión (no acumulable: se aplica solo el tramo correspondiente, sobre el número de palabras declarado)
Desviación de hasta 100 palabras (1100-1199 o 1601-1700)
−0,5
Desviación de 100 a 200 palabras (1000-1099 o 1701-1800) −1
Desviación superior a 200 palabras (menos de 1000 o más de 1800) −2
Presentación (acumulable hasta un máximo de −1)
Sin sangría en la primera línea de cada párrafo
−0,25
Sin márgenes −0,25
Tachones o correcciones visibles −0,5
Ortografía (acumulable, sin límite)
Por cada falta de ortografía
−0,25
Por cada falta de tilde −0,05

 

Recursos

 

Bibliografía

Fuentes primarias

  • Descartes, R. Principios de la filosofía, I. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder.
  • Hume, D. Investigación sobre el entendimiento humano, Ensayo IV. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder.
  • Kant, I. Prolegómenos a toda metafísica futura. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder.
  • Nietzsche, F. W. (2016). Más allá del bien y del mal. En Obras completas. Volumen IV. Tecnos.
  • Platón. Teeteto. En Verneaux, R. (1988). Textos de los grandes filósofos. Edad Antigua. Herder.
  • Popper, K. R. (1992). Conocimiento objetivo. Un enfoque evolucionista. Tecnos.
  • Sexto Empírico (2008). Esbozos pirrónicos. Gredos.

 

Manuales, historias de la filosofía y obras de referencia

  • Ayer, A. J. (1988). Hume. Alianza.
  • Bennett, J. (1988). Locke, Berkeley, Hume. Temas centrales. FCE.
  • Ferrater Mora, J. (1964). Diccionario de filosofía (2 vols.). Sudamericana.
  • Honderich, T. (dir.) (2001). Enciclopedia Oxford de filosofía. Tecnos.
  • Sánchez Meca, D. (2001). Teoría del conocimiento. Dykinson.
  • Villoro, L. (2008). Creer, saber, conocer. Siglo XXI.

 

Vídeos

 

Glosario

 

GLOSARIO

Abstracción. En Aristóteles, la operación por la que la mente extrae las formas o esencias universales a partir de la experiencia de objetos particulares: de ver muchos caballos se obtiene el concepto universal de «caballo».

Anámnesis. En Platón, la doctrina según la cual conocer no es aprender algo nuevo sino recordar: el alma contempló las Ideas antes de nacer, y la experiencia sensible actúa como estímulo que ayuda a recordarlas.

Deducción. Método por el que, a partir de principios generales ya establecidos, se extraen conclusiones sobre casos particulares. Segundo paso del método de Aristóteles: si todo metal se dilata y el cobre es metal, el cobre se dilata.

Dialéctica. En Sócrates, el método del diálogo y la pregunta; en Platón, el uso puro de la razón, sin apoyo en lo sensible, para captar las Ideas directamente.

Dialéctica ascendente / dialéctica descendente. En Platón, el doble movimiento de la razón: la ascendente eleva la mente desde las Ideas particulares hasta la Idea de Bien; la descendente determina, desde ella, cómo pueden combinarse las Ideas entre sí.

Dianoia. Tercer nivel de conocimiento en el símil de la línea de Platón: el pensamiento matemático, que versa sobre entes eternos pero múltiples, inferior a la intuición directa de las Ideas.

Doxa. En Platón, la mera opinión, opuesta al conocimiento verdadero (episteme). Es lo único posible sobre el mundo sensible, cambiante e imperfecto, y se divide en eikasía y pístis.

Eikasía. Grado más bajo de conocimiento en el símil de la línea de Platón: la percepción de sombras e imágenes de los objetos, no de los objetos mismos, como en el mito de la caverna.

Entendimiento (Nous). En Aristóteles, la facultad que capta las esencias universales más allá de lo particular. Tiene dos aspectos: el entendimiento agente, que ilumina lo percibido, y el paciente, que recibe las formas abstraídas.

Episteme. En Platón, el verdadero conocimiento, opuesto a la doxa. Corresponde a las Ideas, realidades eternas e inmutables, y se divide en dianoia y noesis.

Epistemología. También llamada gnoseología o teoría del conocimiento: rama de la filosofía que estudia qué es el conocimiento, cómo se obtiene, qué límites tiene y qué métodos son fiables.

Escepticismo. Posición según la cual la verdad no existe o no puede conocerse; en su forma radical, sostiene que a toda afirmación cabe oponer otra igualmente fuerte, por lo que hay que suspender el juicio.

Idea de Bien. En Platón, el principio supremo del mundo inteligible, del que dependen todas las demás Ideas. En el mito de la caverna equivale al sol, que hace visibles y cognoscibles las cosas.

Ideas (mundo de las). En Platón, las realidades inmateriales, eternas e inmutables que constituyen la verdadera realidad; las cosas sensibles solo participan de ellas como copias imperfectas.

Inducción. Método por el que, de la observación de casos particulares, se extraen leyes generales. Primer paso del método de Aristóteles: de ver que varios metales se dilatan se concluye que todos lo hacen.

Ironía socrática. Primer momento del método de Sócrates: mostrarse ignorante ante el interlocutor y, mediante preguntas, hacerle ver que tampoco sabe lo que creía saber, como punto de partida honesto.

Mayéutica. Segundo momento del método de Sócrates: ayudar al interlocutor, mediante preguntas, a «dar a luz» el conocimiento que ya lleva dentro, en vez de transmitírselo desde fuera.

Método inductivo-deductivo. Método científico de Aristóteles que combina la inducción (de casos particulares a principios) y la deducción (de principios a conclusiones particulares), partiendo siempre de la experiencia.

Mito de la caverna. Alegoría de Platón que representa los grados de conocimiento: los prisioneros solo ven sombras; liberarse equivale a ascender desde la opinión hasta el conocimiento de las Ideas y, finalmente, del Bien.

Mundo inteligible / mundo sensible. En Platón, el mundo inteligible es el de las Ideas, eterno y accesible solo a la razón; el mundo sensible es el de las cosas materiales y cambiantes, reflejo imperfecto del primero.

Noesis. Grado más alto de conocimiento en el símil de la línea de Platón: la intuición intelectual directa de las Ideas puras, sin apoyo en objetos sensibles ni hipótesis matemáticas.

Pístis. Segundo nivel de conocimiento en el símil de la línea de Platón: la creencia o percepción directa de los objetos sensibles, el grado más alto de la doxa pero aún mera opinión.

Principio de no contradicción. Principio lógico de Aristóteles según el cual nada puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido; sin él ningún argumento racional sería posible.

Relativismo. Posición según la cual no hay verdad absoluta, sino que depende de cada persona, cultura o época. Su formulación célebre es la de Protágoras: «el hombre es la medida de todas las cosas».

Segunda navegación. Metáfora de Platón en el Fedón para su giro filosófico: ante el fracaso de explicar la realidad observando los sentidos, abandona el mundo sensible y se refugia en los argumentos racionales.

Símil de la línea. Imagen de Platón que representa los grados de conocimiento y de realidad mediante una línea dividida en doxa (sobre lo sensible) y episteme (sobre lo inteligible), cada una subdividida a su vez.

Sofistas. Maestros de retórica llegados a Atenas en el siglo V a. C. que, por el contacto con culturas distintas, cuestionaron la existencia de una verdad universal y defendieron el relativismo. Adversarios de Sócrates.

Symploké. Término platónico para la red de relaciones de combinación entre las Ideas: no todas son compatibles entre sí, y la dialéctica descendente determina cuáles pueden combinarse.

 

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Teoría

 

TEORÍAS DEL CONOCIMIENTO EN LA MODERNIDAD

Los filósofos de la Edad Moderna heredaron las preguntas de la Antigüedad sobre el conocimiento, pero las reformularon desde una nueva perspectiva. El punto de partida ya no es la realidad exterior sino el propio sujeto que conoce: ¿qué capacidades tenemos para conocer? ¿Cuáles son sus límites? ¿Qué métodos garantizan la certeza? Este desplazamiento —del objeto al sujeto, de la realidad al conocimiento— se conoce como el giro epistemológico de la filosofía moderna.

 

Francis Bacon: el empirismo y los ídolos

Francis Bacon (1561–1626) fue un político y filósofo inglés que expuso su concepción de la ciencia en el Novum Organum (1620). Para Bacon, todo conocimiento proviene de la experiencia por generalización inductiva: hay que observar los fenómenos, recoger datos de forma sistemática y extraer principios generales. Frente al modelo deductivo de Aristóteles, que parte de principios para llegar a conclusiones, Bacon propone invertir el orden: primero los hechos, luego los principios.

Pero la experiencia sola no basta si la mente no está preparada para recibirla correctamente. Bacon identifica cuatro tipos de prejuicios —que llama ídolos— que distorsionan nuestro conocimiento:

  • Ídolos de la tribu: prejuicios enraizados en la naturaleza humana. Tendemos a ver más regularidades en la naturaleza de las que realmente hay, a sobrevalorar las observaciones que confirman nuestras teorías y a ignorar las que las contradicen. Un ejemplo cotidiano son las pareidolías: ver caras en las nubes o en la corteza de los árboles.
  • Ídolos de la caverna: prejuicios adquiridos por la educación y la formación de cada individuo. Nos hacen interpretar la realidad de forma particular o reduccionista. Por ejemplo, quien solo ha aprendido a aplicar algoritmos conocidos tendrá dificultades para crear soluciones nuevas ante problemas inéditos.
  • Ídolos del mercado: distorsiones que surgen cuando los conceptos científicos quedan reducidos a su uso vulgar, perdiendo precisión. Ocurre habitualmente en la divulgación: palabras como energía, evolución o relatividad se usan en el lenguaje cotidiano con significados muy distintos a los que tienen en la ciencia.
  • Ídolos del teatro: dogmas filosóficos heredados que impiden desarrollar nuevos puntos de vista. Cada sistema filosófico construye un escenario en el que solo ciertas preguntas son posibles, limitando así el avance del conocimiento. Bacon critica en particular el aristotelismo, al que acusa de generalizar imprudentemente a partir de pocas observaciones y de recoger datos de forma azarosa, sin experimentación sistemática.

Además de su método, Bacon defendió dos ideas de gran repercusión. La primera: el objetivo de la ciencia es esencialmente práctico. Frente a la concepción aristotélica del conocimiento como fin en sí mismo, Bacon sostiene que el conocimiento nos proporciona poder para transformar la naturaleza en beneficio humano. Su frase más célebre lo resume: «saber es poder». La segunda: las causas finales o teleológicas no tienen lugar en las ciencias naturales. Solo las causas eficientes —las que explican cómo ocurre algo— son científicamente relevantes. Esta idea, que ya habían apuntado los atomistas, se convertiría en uno de los principios fundamentales de la ciencia moderna.

 

René Descartes: el racionalismo y la duda metódica

René Descartes (1596–1650) es considerado el padre de la filosofía moderna. Matemático y filósofo francés, desarrolló una teoría del conocimiento opuesta a la de Bacon: el racionalismo. Para Descartes, la experiencia sensible es una fuente de engaño y error; el único camino seguro hacia la verdad es la razón, siguiendo el modelo de las matemáticas.

Su punto de partida es la distinción entre propiedades primarias y secundarias, que tomó de Galileo. Las propiedades primarias son las características mensurables y matematizables de los objetos (extensión, figura, movimiento): completamente objetivas y accesibles a la razón. Las propiedades secundarias (colores, sabores, calor, frío…) no pertenecen realmente a los objetos sino al sujeto que los percibe: son subjetivas. Un mismo objeto puede parecer frío a una persona y caliente a otra. Por tanto, solo las propiedades primarias pueden ser base del conocimiento científico.

El método cartesiano consta de cuatro pasos: partir únicamente de intuiciones, es decir, ideas que se presentan de forma inmediata, clara y distinta a la mente; analizar esas intuiciones en sus partes más simples; sintetizar esas partes para reconstruir el todo; y hacer una enumeración completa para asegurarse de no haber omitido ningún paso.

Otra característica fundamental del racionalismo cartesiano es la defensa de las ideas innatas: ideas como las de Dios, Infinito o Perfección que poseemos desde el nacimiento, independientemente de cualquier experiencia. Para Descartes, nuestro conocimiento de la realidad externa no es más que el reconocimiento de que esa realidad se corresponde con las ideas que la razón ya lleva dentro.

En su obra El mundo o Tratado de la luz, Descartes empleó además el método hipotético-deductivo: formuló una serie de principios y leyes a partir de los cuales dedujo un modelo del sistema solar heliocéntrico, y luego comprobó que ese modelo coincidía con lo que la observación empírica permite ver. La obra, escrita hacia 1633, no se publicó en vida de su autor: Descartes temía sufrir la misma condena que ese año recayó sobre Galileo a manos de la Inquisición.

 


Descartes confía en que la razón, si sigue el método correcto, puede conocerlo absolutamente todo con certeza. Hume responde que esa confianza es infundada: la razón sola no puede demostrar ni siquiera que el sol saldrá mañana, porque de la experiencia pasada no se sigue lógicamente lo que ocurrirá en el futuro. Si Descartes representa el optimismo máximo sobre el poder de la razón, Hume representa su crítica más devastadora.


 

David Hume: el empirismo y sus consecuencias

David Hume (1711–1776), pensador escocés, es el máximo representante del empirismo moderno. Para él, todo conocimiento tiene su origen en la experiencia, y no existen ideas innatas de ningún tipo. Hume distingue dos tipos de contenidos mentales:

  • Impresiones: los datos que recibimos directamente a través de los sentidos. Son vívidas y directas.
  • Ideas: copias de impresiones almacenadas en la memoria. Son menos vívidas que las impresiones originales.

A partir de esta distinción, Hume defiende que solo hay dos tipos de conocimiento legítimo:

  • Relaciones entre ideas: juicios lógico-matemáticos que son siempre verdaderos por el principio de no contradicción (geometría, aritmética, lógica). Su verdad no depende de la experiencia.
  • Cuestiones de hecho: juicios sobre hechos del mundo, cuya verdad puede cambiar si cambian los hechos.

Esta distinción tiene dos consecuencias filosóficas de gran alcance. La primera: la crítica de la causalidad. Nunca percibimos directamente que una causa produce un efecto: solo observamos que ciertos eventos se suceden regularmente. La idea de «necesidad causal» no viene de ninguna impresión, sino del hábito mental de asociar eventos que siempre hemos visto juntos. Por tanto, no podemos tener certeza absoluta sobre lo que ocurrirá en el futuro: solo probabilidad basada en el pasado. La segunda: la crítica a las tres sustancias cartesianas (Dios, alma y mundo). Como ninguna de ellas corresponde a ninguna impresión sensible, para Hume son conceptos vacíos sobre los que no cabe ningún conocimiento genuino.

 

RACIONALISMO Y EMPIRISMO: SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS

A pesar de sus profundas diferencias, racionalismo y empirismo comparten un mismo punto de partida que los distingue de la filosofía antigua y medieval: el giro epistemológico. Ambas corrientes consideran que el ámbito del conocimiento es algo previo al ámbito de la realidad: antes de preguntarse cómo es el mundo, hay que preguntarse cómo lo conocemos.

Racionalismo Empirismo
Autores René Descartes, Baruch Spinoza, Gottfried Wilhelm Leibniz John Locke, David Hume, George Berkeley
Conocimiento El sujeto construye el conocimiento: la mente conoce directamente las ideas (no las cosas) y las relaciona
Origen de las ideas La razón (innatas) La experiencia (datos de los sentidos)

Razón
Papel fundamental en el conocimiento
No tiene límites (dogmática) Crítica (debe examinar sus límites y posibilidades)
Método de conocimiento Deductivo (modelo matemático) Inductivo (modelo de las ciencias experimentales)
Criterio de verdad La evidencia racional La experiencia
Certeza del conocimiento Universal y necesaria En muchos casos, solo probable

Ambas corrientes comparten también tres supuestos fundamentales: que la primacía en el conocimiento corresponde al sujeto, no al objeto; que el problema del método es central; y que no conocemos directamente la realidad sino a través de las representaciones o ideas que la mente forma de ella.

 


La situación tras Hume es incómoda: si el racionalismo confía demasiado en la razón y el empirismo la deja sin fundamento, ¿hay alguna salida? Kant intentará encontrarla mostrando que ni Descartes ni Hume tienen toda la razón: el conocimiento necesita la experiencia, pero la experiencia por sí sola no produce conocimiento. Hacen falta ambas cosas a la vez.


 

Immanuel Kant: el idealismo trascendental

Immanuel Kant (1724–1804), filósofo alemán, intentó resolver el conflicto entre racionalismo y empirismo sintetizando elementos de ambas corrientes en lo que llamó idealismo trascendental. Su punto de partida es una pregunta precisa: ¿cómo es posible que la ciencia alcance conocimientos universales y necesarios?

Antes de responderla, Kant distingue tres usos de la razón, a cada uno de los cuales dedica una obra:

Uso de la razón Pregunta central Obra
Teórico (epistemológico) ¿Qué puedo conocer? Crítica de la razón pura (1781)
Práctico (ético) ¿Qué debo hacer? Crítica de la razón práctica (1788)
Teleológico ¿Qué me cabe esperar? Crítica del juicio (1790)

En la Crítica de la razón pura, Kant hace dos distinciones clave. La primera separa los juicios a priori (cuya verdad es independiente de la experiencia, universal y necesaria) de los a posteriori (cuya verdad depende de la experiencia, es particular y contingente). La segunda separa los juicios analíticos (el predicado está incluido en el sujeto; no aportan información nueva) de los sintéticos (el predicado no está incluido en el sujeto; aportan información nueva). Cruzando estas dos distinciones, Kant defiende que los conocimientos científicos son sintéticos a priori: aportan información nueva sobre el mundo y, al mismo tiempo, son universales y necesarios.

¿Cómo es posible ese tipo de conocimiento? Kant responde que no podemos conocer las cosas tal como son en sí mismas —los noúmenos— sino solo tal como se nos aparecen —los fenómenos—, porque nuestra mente no es un receptor pasivo sino un organizador activo de la experiencia. Esa organización opera en dos niveles:

  • La sensibilidad: nuestra facultad de percibir. Organiza los datos de los sentidos mediante dos formas a priori: el espacio y el tiempo. Estas no son propiedades del mundo exterior que percibimos, sino herramientas de nuestra mente que le damos al mundo. De su análisis surge la geometría y la aritmética.
  • El entendimiento: nuestra facultad de pensar. Organiza los fenómenos percibidos mediante doce categorías a priori (de la cantidad -unidad, pluralidad, totalidad-, de la cualidad -realidad, negación, limitación-, de la relación -substancia/accidente; causa/efecto; agente/paciente- y de la modalidad -posibilidad, existencia, necesidad). De su análisis surge el conocimiento de los principios de la física.

Pero en nuestra razón hay tres Ideas —Dios, alma y mundo— que no corresponden a ningún fenómeno posible. Son las mismas tres sustancias del racionalismo cartesiano. Por lo tanto, para Kant, sobre ellas no cabe ningún conocimiento científico: la razón puede pensar en ellas, pero no puede conocerlas. Con esto, Kant traza un límite preciso al conocimiento humano: podemos conocer el mundo de la experiencia posible, pero no lo que está más allá de ella.

 

Práctica

 

Lee atentamente cada texto y responde a las cuatro preguntas en tu cuaderno.

 

—¿Todos estamos de acuerdo en que para recordar, es necesario haber sabido antes la cosa que se recuerda? —Sí. —¿Y estamos de acuerdo también en que cuando la ciencia viene de un cierto modo, es una reminiscencia? […] ¿No decimos que hay igualdad, no sólo entre un árbol y otro árbol, entre una piedra y otra piedra, sino alguna otra cosa distinta fuera de todo ello? ¿Decimos que la igualdad en sí es algo, o que no es nada? —Sí, por Zeus, dijo Simias, decimos que es algo. —¿Y conocemos esta igualdad en sí? —Sin duda. —¿De dónde hemos sacado este conocimiento? ¿No es de las cosas de que acabamos de hablar, de suerte que viendo árboles iguales, piedras iguales, nos hemos formado la idea de esta igualdad que no es ni estos árboles ni estas piedras, sino que es completamente diferente de ellos? […] Ciertamente, en algunos casos las cosas iguales te parecen desiguales; ¿ocurre lo mismo con la igualdad en sí, y te parece a veces desigualdad? —Nunca, Sócrates. […] —Así pues, antes del momento en que hemos empezado a ver, a oír y a hacer uso de los demás sentidos, era necesario que hubiéramos adquirido el conocimiento de esta igualdad en sí, para poder referir a ella las cosas iguales que percibimos por los sentidos. […] —Y si, habiendo adquirido este conocimiento antes de nacer, hemos nacido con él, ¿no conocíamos ya antes del nacimiento, y al venir al mundo, no solamente lo igual, lo mayor y lo menor, sino todas las cosas de este género? […] Y si después de haber adquirido este conocimiento antes de nacer lo hemos perdido al nacer, y después, sirviéndonos de nuestros sentidos respecto de estos objetos, recobramos el conocimiento que teníamos antes, ¿no es lo que llamamos aprender un recobrar un conocimiento que nos pertenecía? Y llamándole reminiscencia, ¿no le damos su verdadero nombre?

Platón, Fedón, 72e–77a. En Verneaux, R. (1988). Textos de los grandes filósofos. Edad Antigua. Herder, pp. 36–38.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es de dónde procede nuestro conocimiento de conceptos universales como la igualdad en sí.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Platón defiende que nuestro conocimiento de los conceptos universales, como la igualdad en sí, no puede proceder de la experiencia sensible, ya que las cosas que percibimos con los sentidos son siempre imperfectas e inconstantes, mientras que los conceptos son perfectos e inmutables. Si conocemos la igualdad en sí a pesar de no haberla percibido nunca con los sentidos, es porque nuestra alma ya la conocía antes de nacer. Conocer no es, por tanto, aprender algo nuevo, sino recordar lo que el alma ya sabía: una reminiscencia.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Platón usa dos argumentos. El primero es que poseemos el concepto de igualdad en sí a pesar de que ninguna experiencia sensible nos lo proporciona: las cosas iguales que percibimos con los sentidos a veces nos parecen desiguales, pero la igualdad en sí nunca nos parece desigualdad. Como el concepto es más perfecto que cualquier ejemplo sensible, no puede derivar de la experiencia. El segundo es que para poder comparar las cosas sensibles con la igualdad en sí y juzgar que son imperfectas, necesitamos ya poseer el concepto antes de percibir esas cosas. Como lo poseemos desde el momento en que empezamos a usar los sentidos, tuvo que ser adquirido antes del nacimiento.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Aristóteles mantendría una posición diferente. Para él los conceptos universales no son innatos ni se recuerdan de una vida anterior, sino que se obtienen por abstracción a partir de la experiencia sensible. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, el concepto de igualdad se forma observando muchos casos de cosas iguales y extrayendo lo que tienen en común, sin necesidad de postular un conocimiento previo al nacimiento. Segundo, la hipótesis de la preexistencia del alma es inverificable y multiplica innecesariamente las entidades: si la abstracción explica cómo obtenemos los conceptos, no hay razón para recurrir a una vida anterior.

 

A favor de las ideas innatas


Que hay nociones por sí mismas tan evidentes, que se las obscurece queriéndolas definir como se hace en la escolástica, y que no se adquieren con el estudio sino que nacen con nosotros. No explico aquí muchos otros términos de que ya me he servido y de los que he de servirme en adelante, pues no creo que entre los que lean mis escritos haya quienes sean tan estúpidos que no puedan entender por sí mismos lo que significan estos términos. Además he observado que los filósofos, tratando de explicar por las reglas de su lógica cosas evidentes por sí mismas, no han hecho otra cosa que obscurecerlas, y cuando he dicho que la proposición «pienso, luego existo» es la primera y más cierta que se presenta al que conduce ordenadamente sus pensamientos, no he negado por eso la necesidad de saber de antemano qué es el pensamiento, la certidumbre, la existencia, y que para pensar es preciso existir y otras cosas semejantes. Pero como estas nociones son tan simples que por sí mismas no nos proporcionan el conocimiento de ninguna cosa existente, no he juzgado que aquí hubiese que enumerarlas.

Descartes, R. Principios de la filosofía, I, §10. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 17–18.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si hay ideas o nociones que no se adquieren por la experiencia ni por el estudio, sino que son innatas.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Descartes defiende que existen nociones tan evidentes por sí mismas que nacen con nosotros y no necesitan ser aprendidas ni demostradas. Nociones como el pensamiento, la certidumbre o la existencia son tan simples y claras que cualquier intento de definirlas mediante la lógica formal las oscurece en lugar de aclararlas. El conocimiento más cierto de todos, «pienso, luego existo», se apoya precisamente en esas nociones innatas que toda persona posee antes de cualquier experiencia.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Descartes usa dos argumentos. El primero es pragmático: los filósofos escolásticos que han intentado definir estas nociones evidentes por reglas lógicas no han hecho sino oscurecerlas. Si fuera necesario aprenderlas, la lógica debería poder enseñarlas, pero lo que hace es complicarlas. Eso sugiere que su conocimiento es anterior a cualquier método. El segundo es que para comprender la proposición «pienso, luego existo» hay que saber ya de antemano qué es el pensamiento, la certidumbre y la existencia. Como ese saber no se adquiere por el estudio sino que lo posee cualquier persona, debe ser innato.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Locke mantendría una posición diferente. Para él no existen ideas innatas: la mente al nacer es un papel en blanco y todas las ideas, incluidas las más simples, proceden de la experiencia. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, que una noción nos resulte evidente no demuestra que sea innata, pues puede haberse formado tan tempranamente en nuestra infancia que no recordamos haberla adquirido. Segundo, si las nociones de pensamiento, existencia o certidumbre fueran verdaderamente innatas, todos los seres humanos deberían poseerlas por igual, incluidos los niños pequeños y las personas con discapacidad intelectual, pero la experiencia muestra que no es así.

 


Los hombres actúan como los animales mientras los encadenamientos de sus percepciones se realizan sólo por el principio de la memoria; se parecen a los médicos empíricos que poseen una simple práctica sin teoría; nosotros somos solamente empíricos en las tres cuartas partes de nuestras acciones. Por ejemplo, cuando esperamos que mañana se hará de día, actuamos empíricamente, porque siempre ha sido así hasta ahora. Sólo el astrónomo lo juzga por la razón. Pero el conocimiento de las verdades necesarias y eternas es lo que nos distingue de los simples animales y nos da la razón y las ciencias, elevándonos al conocimiento de nosotros mismos y de Dios. Es lo que en nosotros llamamos alma razonable o espíritu. También por el conocimiento de las verdades necesarias y por sus abstracciones nos elevamos a los actos reflexivos, que nos hacen pensar en lo que llamamos Yo, y considerar que esto o aquello está en nosotros. Y así, pensando en nosotros, pensamos en el ser, en la substancia, en lo simple y en lo compuesto, en lo inmaterial y en Dios mismo, y concebimos que lo que es limitado en nosotros en él carece de límites. Y estos actos reflexivos nos proporcionan los objetos principales de nuestros razonamientos.

Leibniz, G. W. Monadología, §§28–30. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 97–98.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es qué distingue el conocimiento humano del conocimiento animal y de dónde proceden las verdades necesarias y eternas.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Leibniz defiende que la mayor parte de nuestras acciones cotidianas son puramente empíricas, basadas en la memoria y la costumbre, como las de los animales. Pero lo que nos distingue de ellos es el conocimiento de las verdades necesarias y eternas, que no procede de la experiencia sino de la razón. Ese conocimiento racional nos permite reflexionar sobre nosotros mismos, pensar en el ser, la sustancia y Dios, y elevarnos así por encima de la mera experiencia sensible.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Leibniz usa dos argumentos. El primero es la distinción entre el conocimiento empírico y el racional: quien espera que mañana saldrá el sol actúa empíricamente, por costumbre; pero el astrónomo lo sabe por la razón, conociendo las leyes necesarias que rigen el movimiento de los astros. La experiencia sola no puede darnos verdades necesarias, solo regularidades observadas. El segundo es que por medio de la reflexión racional accedemos a conceptos como el ser, la sustancia, lo simple, lo compuesto y Dios, que no corresponden a ninguna impresión sensible concreta sino que surgen de actos reflexivos del espíritu sobre sí mismo.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Hume mantendría una posición diferente. Para él todas nuestras ideas, sin excepción, proceden de impresiones sensibles, y los conceptos de sustancia, ser o Dios no son verdades necesarias sino construcciones de la imaginación a partir de experiencias. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la distinción de Leibniz entre conocimiento empírico y racional es una petición de principio, porque presupone que existen verdades necesarias independientes de la experiencia, que es justamente lo que habría que demostrar. Segundo, los conceptos supuestamente racionales como el de sustancia o el de Dios no resisten el análisis empírico: si buscamos la impresión de la que proceden, no la encontramos, lo que según Hume demuestra que son palabras vacías, no verdades eternas.

 


No hay duda alguna de que todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia. Pues ¿cómo podría ser despertada a actuar la facultad de conocer sino mediante objetos que afectan a nuestros sentidos y que ora producen por sí mismos representaciones, ora ponen en movimiento la capacidad del entendimiento para comparar estas representaciones, para enlazarlas o separarlas y para elaborar de este modo la materia bruta de las impresiones sensibles con vistas a un conocimiento de los objetos denominado experiencia? Por consiguiente, en el orden temporal, ningún conocimiento precede a la experiencia y todo conocimiento comienza con ella. Pero, aunque todo nuestro conocimiento empiece con la experiencia, no por eso procede todo él de la experiencia. En efecto, podría ocurrir que nuestro mismo conocimiento empírico fuera una composición de lo que recibimos mediante las impresiones y de lo que nuestra propia facultad de conocer produce (simplemente motivada por las impresiones) a partir de sí misma. En tal supuesto, no distinguiríamos esta adición respecto de dicha materia fundamental hasta tanto que un prolongado ejercicio nos hubiese hecho fijar en ella y nos hubiese adiestrado para separarla.

Kant, I. (2005). Crítica de la razón pura, Introducción, I. Ed. Ribas. Taurus, pp. 27–28.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si todo nuestro conocimiento procede de la experiencia o si hay elementos que nuestra propia facultad de conocer aporta independientemente de ella.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Kant defiende una posición intermedia entre racionalismo y empirismo. Acepta que todo conocimiento comienza con la experiencia, ya que sin objetos que afecten a nuestros sentidos la facultad de conocer no se pondría en marcha. Pero niega que todo conocimiento proceda de la experiencia: nuestra propia facultad de conocer añade algo a partir de sí misma, algo que no viene de las impresiones sino que las organiza y les da forma. El conocimiento empírico es, por tanto, una composición de lo que recibimos de fuera y de lo que nuestra mente pone desde dentro.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Kant usa dos argumentos. El primero es concesivo: acepta la tesis empirista de que sin experiencia no habría conocimiento, porque la facultad de conocer necesita ser «despertada» por los objetos de los sentidos. Esto descarta el innatismo puro. El segundo es la distinción entre «comenzar con» y «proceder de»: que el conocimiento comience con la experiencia no implica que todo su contenido derive de ella. Nuestra facultad de conocer podría producir algo a partir de sí misma, simplemente motivada por las impresiones, y mezclarlo con los datos sensibles de forma tan íntima que solo un análisis prolongado permitiera separar ambos componentes.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Hume mantendría una posición diferente. Para él todo conocimiento sin excepción procede de la experiencia: no hay ningún elemento que la mente añada por sí misma. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la suposición de Kant de que nuestra facultad de conocer «produce algo a partir de sí misma» es inverificable, porque si esos elementos a priori están tan mezclados con la experiencia que no podemos separarlos sin un «prolongado ejercicio», tampoco podemos estar seguros de que existan realmente y no sean simplemente hábitos mentales que confundimos con estructuras de la razón. Segundo, Hume demostraría que incluso los conceptos que parecen más independientes de la experiencia, como el de causalidad, se explican perfectamente como productos de la costumbre y la asociación de ideas, sin necesidad de postular facultades que produzcan contenido propio.

 

En contra de las ideas innatas


Si el inteligir constituye una operación semejante a la sensación, consistirá en padecer cierto influjo bajo la acción de lo inteligible o bien en algún otro proceso similar. Por consiguiente, el intelecto —siendo impasible— ha de ser capaz de recibir la forma, es decir, ha de ser en potencia tal como la forma pero sin ser ella misma, y será respecto de lo inteligible algo análogo a lo que es la facultad sensitiva respecto de lo sensible. Por consiguiente, y puesto que intelige todas las cosas, necesariamente ha de ser sin mezcla, como dice Anaxágoras, para que pueda dominar o, lo que es lo mismo, conocer, ya que lo que exhibe su propia forma obstaculiza e interfiere a la ajena. Luego no tiene naturaleza alguna propia aparte de su misma potencialidad. Así pues, el denominado intelecto del alma —me refiero al intelecto con que el alma razona y enjuicia— no es en acto ninguno de los entes antes de inteligir. De ahí que sería igualmente ilógico que estuviera mezclado con el cuerpo: y es que en tal caso poseería alguna cualidad, sería frío o caliente y tendría un órgano como lo tiene la facultad sensitiva; pero no lo tiene realmente. Por lo tanto, dicen bien los que dicen que el alma es el lugar de las formas, si exceptuamos que no lo es toda ella, sino sólo la intelectiva y que no es las formas en acto, sino en potencia.

Aristóteles. Acerca del alma, III, 4, 429a13–29. En Aristóteles y Candel, M. (2011). Aristóteles. Tomo I. Gredos.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es cuál es la naturaleza del intelecto humano y cómo es posible que conozca todas las cosas.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Aristóteles defiende que el intelecto, antes de conocer, no es en acto ninguna cosa: es pura potencialidad receptiva. Así como la facultad sensitiva recibe las formas sensibles de los objetos (colores, sonidos…), el intelecto recibe las formas inteligibles (los conceptos universales). Para poder recibir cualquier forma, el intelecto no puede tener ninguna naturaleza propia que interfiera con las formas ajenas. El alma es «el lugar de las formas», pero no las posee en acto sino solo en potencia: las adquiere al conocer, no antes.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Aristóteles usa dos argumentos. El primero es por analogía con la sensación: igual que la facultad sensitiva recibe las formas sensibles sin ser ella misma ninguna de esas formas, el intelecto recibe las formas inteligibles sin ser él mismo ninguna de ellas. Si el intelecto tuviera una naturaleza propia, esa naturaleza interferiría con las formas que recibe, impidiéndole conocer objetivamente. El segundo es que si el intelecto poseyera las formas en acto antes de conocer, como defiende Platón, no habría propiamente conocimiento nuevo sino solo reconocimiento de lo ya sabido. Pero la experiencia muestra que aprendemos cosas genuinamente nuevas, lo que demuestra que el intelecto parte de la potencialidad y no del acto.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Platón mantendría una posición diferente. Para él el alma no es una potencialidad vacía sino que posee ya las Ideas antes de nacer, y conocer es recordarlas, no adquirirlas. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si el intelecto fuera pura potencialidad sin contenido propio, no podría reconocer las formas cuando las recibe, porque para reconocer algo como «igualdad» o «belleza» necesita ya tener algún criterio previo con el que comparar. Segundo, los conceptos universales, como la igualdad en sí, son más perfectos que cualquier ejemplo sensible, lo que sugiere que no pueden derivar de la experiencia imperfecta sino que deben tener un origen independiente de los sentidos.

 


Supongamos, entonces, que la mente sea, como se dice, un papel en blanco, limpio de toda inscripción, sin ninguna idea. ¿Cómo llega a tenerlas? ¿De dónde se hace la mente de ese prodigioso cúmulo, que la activa e ilimitada imaginación del hombre ha pintado en ella, en una variedad casi infinita? ¿De dónde saca todo ese material de la razón y del conocimiento? A esto contesto con una sola palabra, de la experiencia: he allí el fundamento de todo nuestro saber, y de allí es de donde en última instancia se deriva. Las observaciones que hacemos acerca de los objetos sensibles externos, o acerca de las operaciones internas de nuestra mente, que percibimos, y sobre las cuales reflexionamos nosotros mismos, es lo que provee a nuestro entendimiento de todos los materiales del pensar. Estas son las dos fuentes del conocimiento de donde dimanan todas las ideas que tenemos o que podamos naturalmente tener. En primer lugar, nuestros sentidos, que tienen trato con objetos sensibles particulares, transmiten respectivas y distintas percepciones de cosas a la mente, según los variados modos en que esos objetos los afectan, y es así como llegamos a poseer esas ideas que tenemos del amarillo, del blanco, del calor, del frío, de lo blando, de lo duro, de lo amargo, de lo dulce, y de todas aquellas que llamamos cualidades sensibles. A esta gran fuente que origina el mayor número de las ideas que tenemos, puesto que dependen totalmente de nuestros sentidos y de ellos son transmitidas al entendimiento, la llamo sensación. Pero, en segundo lugar, la otra fuente de donde la experiencia provee de ideas al entendimiento es la percepción de las operaciones interiores de nuestra propia mente al estar ocupada en las ideas que tiene; las cuales operaciones, cuando el alma reflexiona sobre ellas y las considera, proveen al entendimiento de otra serie de ideas que no podrían haberse derivado de cosas externas. Estas dos fuentes, digo, a saber: las cosas externas materiales, como objetos de sensación, y las operaciones internas de nuestra propia mente, como objetos de reflexión, son, para mí, los únicos orígenes de donde todas nuestras ideas proceden inicialmente.

Locke, J. (2005). Ensayo sobre el entendimiento humano, II, 1, §§2–4. Ed. O’Gorman. FCE, pp. 83–85.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es de dónde proceden todas las ideas que tenemos en la mente.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Locke defiende que la mente al nacer es como un papel en blanco, sin ninguna idea. Todas las ideas que poseemos proceden de una única fuente: la experiencia. Esta tiene dos canales: la sensación, que nos proporciona ideas de los objetos externos (colores, sabores, texturas…), y la reflexión, que nos proporciona ideas de las operaciones internas de nuestra propia mente (pensar, dudar, creer, querer…). No hay ideas innatas: todo lo que sabemos o podemos saber tiene su origen en alguna de estas dos fuentes.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Locke usa dos argumentos. El primero es la metáfora del papel en blanco como punto de partida: si la mente no tiene ideas innatas, la pregunta sobre de dónde vienen todas nuestras ideas solo puede responderse apelando a la experiencia, porque no hay otra fuente posible. El segundo es la exhaustividad de la clasificación: toda idea que poseemos puede rastrearse hasta una sensación (objetos externos) o una reflexión (operaciones internas de la mente). Si alguien afirma que hay ideas que no proceden de ninguna de estas dos fuentes, debería mostrar cuáles son y de dónde vienen, cosa que Locke considera imposible.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Leibniz mantendría una posición diferente. Para él la mente no es un papel en blanco sino que posee desde el nacimiento disposiciones y verdades necesarias que la experiencia no puede proporcionar. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, las verdades de la lógica y las matemáticas (como que 2+2=4) son necesarias y universales, pero la experiencia solo nos da casos particulares y contingentes, por lo que esas verdades no pueden derivar de ella. Segundo, la reflexión misma que Locke acepta como fuente de ideas presupone una capacidad de la mente para operar sobre sí misma que no puede proceder de la sensación, lo que demuestra que la mente no es completamente pasiva sino que posee una actividad propia desde el inicio.

 


Podemos pues dividir todas las percepciones del espíritu en dos clases o especies que se distinguen por sus diferentes grados de fuerza y de vivacidad. Comúnmente se llaman ideas o pensamientos a las percepciones menos fuertes y menos vivas. La segunda especie aún no ha recibido denominación común. Se me permitirá aquí una pequeña libertad y las llamaré impresiones, usando este término en un sentido algo distinto del que se acostumbra a darle. Incluyo pues en este término de impresión todas nuestras percepciones más fuertes, como son las del oído, de la vista, del tacto, del amor, del odio, del deseo o de la voluntad. Todos los materiales de nuestros pensamientos los tomamos o del sentido exterior, o del sentido interior; sólo la mezcla y la composición de estos materiales corresponden al espíritu y a la voluntad; o, para hablar más filosóficamente, las ideas son las copias de las impresiones, y cada percepción débil es la debilitación de alguna percepción más viva. Bastarán dos razones para convencernos. En primer lugar, si analizamos nuestros pensamientos, o ideas, por compuestas, por elevadas que sean, se resolverán siempre en un conjunto de ideas simples, cada una de las cuales está copiada de algún sentimiento o alguna sensación correspondiente. Así la idea de Dios, es decir, de un ser cuya inteligencia, sabiduría y bondad son infinitas, nos viene reflexionando sobre las operaciones de nuestro espíritu, y dando una extensión ilimitada a las cualidades de sabiduría o de bondad que observamos en nosotros. En segundo lugar, cuando por un defecto del órgano un hombre no es capaz de una cierta especie de sensación, lo encontramos siempre privado de las ideas que de ella nacen. Así, un ciego de nacimiento no tiene la noción de los colores, ni un sordo la de los sonidos.

Hume, D. Investigación sobre el entendimiento humano, Ensayo II. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 105–106.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es cuál es el origen de nuestras ideas y cuál es su relación con las impresiones sensibles.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Hume defiende que todas nuestras ideas son copias de impresiones. Las impresiones son percepciones vivas y directas (lo que vemos, oímos, sentimos, deseamos), mientras que las ideas son copias debilitadas de esas impresiones que conservamos en la memoria. La mente puede mezclar y combinar ideas, pero no puede crear ninguna idea que no derive en última instancia de una impresión previa. Incluso la idea de Dios se forma combinando y amplificando cualidades que observamos en nosotros mismos.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Hume usa dos argumentos. El primero es analítico: si descomponemos cualquier idea, por compleja o elevada que sea, siempre encontramos que se reduce a ideas simples, cada una de las cuales es copia de alguna impresión. Incluso la idea de Dios se obtiene reflexionando sobre nuestras propias cualidades y extendiéndolas ilimitadamente. No hay idea que no pueda rastrearse hasta una impresión. El segundo es empírico: cuando a una persona le falta un sentido, también le faltan las ideas correspondientes. Un ciego de nacimiento no tiene la noción de los colores, ni un sordo la de los sonidos. Si las ideas fueran innatas o procedieran de la razón pura, la carencia de un sentido no debería afectarlas.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Descartes mantendría una posición diferente. Para él las ideas más importantes, como las de Dios, infinito o perfección, no proceden de la experiencia sino que son innatas. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la idea de un ser infinito y perfecto no puede formarse a partir de nuestras impresiones, que son finitas e imperfectas, porque lo finito no puede producir lo infinito por mera combinación o ampliación. Segundo, el ejemplo del ciego no demuestra lo que Hume pretende: demuestra que las ideas sensibles (colores, sonidos) dependen de los sentidos, pero no dice nada sobre las ideas intelectuales (pensamiento, existencia, certidumbre), que no dependen de ningún sentido particular y que incluso un ciego posee.

 


Hay algunas verdades que son tan próximas a la mente y le son tan obvias, que un hombre sólo necesita abrir los ojos para verlas. De éstas, hay una de suma importancia, a saber: que todo el coro de los cielos y cosas de la tierra, o, en una palabra, todos esos cuerpos que componen la poderosa estructura del mundo, carecen de una subsistencia independiente de la mente, y que su ser consiste en ser percibidos o conocidos; y que, consecuentemente, mientras no sean percibidos por mí o no existan en mi mente o en la de otro espíritu creado, o bien no tendrán existencia en absoluto, o, si no, tendrán que subsistir en la mente de algún espíritu eterno. De lo que se ha dicho se sigue que no hay más sustancia que el espíritu, es decir, que la de quien percibe. Pero a fin de probar este punto más completamente, reparemos en que las cualidades sensibles son el color, la figura, el movimiento, el olor, el sabor, etc.; esto es, las ideas percibidas por el sentido. Ahora bien, decir que una idea existe en un algo que es incapaz de percibir, sería una contradicción manifiesta; pues tener una idea es lo mismo que percibir; así, allí donde el color, la figura y otras cualidades semejantes existen, tiene que haber un alguien que las perciba. De lo cual resulta claro que no puede haber una sustancia no-pensante o substratum de esas ideas.

Berkeley, G. (1992). Tratado sobre los principios del conocimiento humano, §§6–7, pp. 57–58.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si las cosas del mundo existen independientemente de la mente que las percibe.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Berkeley defiende que las cosas del mundo no tienen existencia independiente de la mente: su ser consiste en ser percibidas. Todas las cualidades que atribuimos a los objetos (color, figura, olor, sabor…) son ideas percibidas por los sentidos, y una idea solo puede existir en una mente que la perciba. Afirmar que una idea existe en algo que no percibe es una contradicción. Por tanto, no hay sustancia material independiente de la mente: solo existen los espíritus que perciben y las ideas que perciben.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Berkeley usa dos argumentos. El primero es que todas las cualidades de los objetos son ideas percibidas por los sentidos. Tener una idea es lo mismo que percibirla, por lo que donde hay una cualidad (un color, una figura) tiene que haber necesariamente un espíritu que la perciba. Afirmar que un color existe sin nadie que lo vea es una contradicción en los términos. El segundo es que no es posible concebir un objeto material existiendo sin ser percibido: si intentamos imaginar un árbol en un lugar donde nadie lo percibe, nosotros mismos lo estamos percibiendo en nuestra imaginación, lo que demuestra que no hemos logrado separar la existencia de la cosa de su percepción.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Locke mantendría una posición diferente. Aunque comparte con Berkeley que nuestras ideas proceden de la experiencia, Locke defiende que detrás de las cualidades que percibimos hay una sustancia material real que las produce, aunque no la conozcamos directamente. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si nuestras percepciones no fueran causadas por objetos externos reales, no podríamos explicar por qué percibimos cosas que no esperamos ni deseamos, lo que sugiere que algo independiente de nuestra mente las produce. Segundo, la regularidad y la constancia de nuestras percepciones (la mesa sigue ahí cuando salimos de la habitación y volvemos a entrar) se explican mejor postulando una sustancia que persiste que afirmando que los objetos dejan de existir cuando nadie los percibe.

 

Disertación filosófica

 

PROPUESTA DE TEMA

¿De dónde provienen las ideas que tenemos?

 

CÓMO HACER UNA DISERTACIÓN FILOSÓFICA

 

La disertación filosófica es un texto argumentativo en el que defiendes una posición razonada ante una pregunta filosófica. No se trata de dar tu opinión sin más, sino de construir una respuesta fundamentada en argumentos, apoyada en lo que han dicho los filósofos y capaz de considerar posiciones contrarias a la tuya. La finalidad de una disertación es llegar a una verdad lo más objetiva posible, esto es, que pueda ser compartida por todo ser racional. Todos los argumentos, estés personalmente de acuerdo o en desacuerdo con ellos, deben ser expuestos con el máximo rigor y fuerza. La extensión debe estar entre 1200 y 1600 palabras.

 

I. TRABAJO PREVIO

 

Paso 1: Elige la pregunta que más te interese

Elige la pregunta sobre la que tengas una opinión más clara, la que te resulte más cercana o la que te provoque más curiosidad. Si tienes una opinión fuerte sobre ella, aunque sea en contra, eso es buena señal: significa que tienes algo que decir. Ve a lo más cercano y sencillo para ti. La complejidad la encontrarás según profundices.

 

Paso 2: Busca las posibles interpretaciones

Las preguntas filosóficas contienen conceptos que pueden entenderse de varias maneras. Identifica las palabras clave y pregúntate qué pueden significar. Cada significado diferente produce una interpretación distinta de la pregunta.

Por ejemplo, la pregunta ¿Puede la imaginación ser fuente de conocimiento? admite al menos tres interpretaciones:

  • Interpretación A: ¿Produce la imaginación conocimiento genuino por sí misma, o solo recombina de formas nuevas lo que ya conocemos por otra vía?
  • Interpretación B: ¿Es la imaginación necesaria para el conocimiento científico (para formular hipótesis, diseñar experimentos mentales, construir modelos), o es un obstáculo que la ciencia debe superar?
  • Interpretación C: ¿Hay verdades que solo la imaginación puede alcanzar (verdades artísticas, morales, existenciales) aunque no sean verificables empíricamente?

💡 Tip: Si no se te ocurren varias interpretaciones, prueba a cambiar una palabra clave por un sinónimo: no es lo mismo ¿puede la imaginación ser fuente de conocimiento? que ¿nos enseña algo la imaginación? o ¿es la imaginación enemiga o aliada de la razón? o ¿hay verdades que solo se alcanzan imaginando?

 

Paso 3: Piensa en las implicaciones y elige una interpretación

Cada interpretación tiene implicaciones distintas. Pregúntate: si respondiera que sí, ¿qué se seguiría de ello? ¿Y si respondiera que no? La interpretación más interesante suele ser la que tiene las implicaciones más profundas.

Por ejemplo:

  • Si la imaginación solo recombina lo que ya sabemos (A), no es realmente una fuente de conocimiento sino un instrumento secundario, y su prestigio en la cultura (la «creatividad» como valor) estaría injustificado. Pero si produce algo nuevo, habría que explicar cómo una facultad que inventa ficciones puede también descubrir verdades.
  • Si la imaginación es necesaria para la ciencia (B), entonces la ciencia no es pura racionalidad ni pura observación, y habría que repensar la imagen del científico como alguien que solo sigue datos y reglas.
  • Si hay verdades que solo la imaginación alcanza (C), el conocimiento no se reduce a lo que la ciencia puede demostrar, y habría que preguntarse si la filosofía, el arte o la literatura producen un tipo de saber que la ciencia no puede sustituir.

Ahora elige la interpretación que te parezca más relevante y explica por qué las otras lo son menos. Sé coherente: sería contradictorio argumentar que la A es la más importante y luego trabajar con la C. Las implicaciones te ayudan a decidir: la interpretación que más cosas pone en juego suele ser la mejor para una disertación.

 

Paso 4: Formula tu tesis

Escribe en una frase la respuesta que vas a defender. Debe ser clara, concreta y discutible: alguien razonable debería poder estar en desacuerdo con ella. La tesis no contiene argumentos: eso viene después. Puede llevar matices y condiciones (pero, aunque, cuando), pero no justificaciones: si tu tesis lleva un «porque», ese «porque» es tu primer argumento, y su sitio es el desarrollo.

Ejemplos de buenas tesis:

  • La imaginación no es una fuente de conocimiento independiente, pero es una condición necesaria para todo conocimiento genuino: sin ella, ni la razón ni los sentidos podrían ir más allá de lo inmediato.
  • La imaginación es enemiga del conocimiento: todo lo que sabemos de verdad proviene de la experiencia o de la razón, y la imaginación solo añade fantasías.

Ejemplos de malas tesis:

  • La imaginación es importante. (Demasiado vago.)
  • Todos los filósofos han hablado de la imaginación. (No responde a la pregunta.)
  • Sin imaginación no hay nada. (No tiene en cuenta ninguna objeción.)

💡 Tip: A medida que investigas puede que descubras que tu tesis inicial era incorrecta. Puedes modificarla o reflejar en la conclusión por qué has cambiado de opinión. Una disertación se escribe para llegar a una verdad, no para demostrar que tenemos razón.

 

Paso 5: Busca argumentos y trabaja con las fuentes

Lee los textos de la pestaña de Práctica y los libros disponibles de la bibliografía buscando argumentos a favor y en contra de tu tesis. Para cada argumento que encuentres, anota:

  • La idea principal, con tus propias palabras.
  • La referencia completa: autor, año, título y página.
  • Tu reacción: ¿estás de acuerdo?, ¿se te ocurre una objeción?, ¿te recuerda a otro autor?

Cómo citar. Hay cuatro formas:

Cita directa narrativa. Usa esta opción para dar importancia y protagonismo al pensador en tu texto. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. El año va inmediatamente después de su nombre.

Ejemplo: Hobbes (Leviatán, I, 2, p. 13) sostiene que «la imaginación no es sino sensación en decadencia», de modo que no es una facultad creadora sino un mero eco de lo percibido.

Cita directa parentética. Usa esta opción cuando quieres que el lector se concentre primero en la idea. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. Los datos del autor quedan en segundo plano al final de la frase.

Ejemplo: Frente a quienes ven en la imaginación una facultad creadora, se ha sostenido que «la imaginación no es sino sensación en decadencia» (Hobbes, Leviatán, I, 2, p. 13).

Cita indirecta narrativa. Explicas la idea con tus propias palabras, pero introduces la frase mencionando directamente al autor.

Ejemplo: Hobbes sostiene que la imaginación no es una facultad creadora sino un debilitamiento progresivo de las impresiones sensoriales: lo que imaginamos no es más que el eco de lo que una vez percibimos (Hobbes, Leviatán, I, 2, p. 13).

Cita indirecta parentética. Explicas la idea con tus propias palabras y colocas toda la información de la fuente junta al cerrar el punto.

Ejemplo: Lo que llamamos imaginación no sería más que el rastro debilitado de percepciones anteriores, sin capacidad de generar nada nuevo (Hobbes, Leviatán, I, 2, p. 13).

En todos los casos, después de la cita hay que explicar qué quiere decir el autor y relacionarla con tu argumento. Una cita sin explicación no demuestra nada.

💡 Tip: Cita con año y página la primera vez que atribuyes una idea a un autor. Después, si solo recuerdas o resumes algo que ya has citado antes (por ejemplo, en la valoración o en la conclusión), basta con nombrarlo: «como muestra Hobbes…». Repetir el año y la página cada vez que aparece un apellido no es más riguroso, solo más pesado. La regla es sencilla: idea nueva, cita completa; idea ya citada, solo el apellido.

 

Paso 6: Haz un esquema

Antes de redactar, escribe en tu cuaderno un esquema con la introducción (interpretaciones, implicaciones, elección razonada, tesis), los argumentos a favor y en contra con sus citas, la valoración, la delimitación de tu tesis y la conclusión. Este esquema es tu hoja de ruta.

 

II. REDACCIÓN

 

Estructura de la disertación

Introducción (aprox. 15% del texto). Consta de dos partes:

  • Primer párrafo: presenta el problema con un gancho que atraiga al lector (una imagen, una paradoja, un dato, una experiencia), despliega las interpretaciones posibles con sus implicaciones, justifica cuál es la más relevante y termina reformulando la pregunta tal como vas a responderla. Esa formulación final es importante: tu conclusión tendrá que responder exactamente a ella.
  • Segundo párrafo: formula tu tesis de forma clara y concreta.

💡 Tip: el gancho es el lugar más fácil para colocar un ejemplo propio, y los ejemplos propios puntúan en la rúbrica. Una anécdota, un caso real o una experiencia tuya que plantee el problema vale más que empezar directamente con un filósofo. Además, empezar por algo tuyo es más fácil que empezar por Kant.

 

Desarrollo (aprox. 70% del texto). Aquí hay dos formas de trabajar:

  • Estructura básica, para quien necesita un guion claro:
    1. Argumentos a favor de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado con ejemplos y una cita explicada.
    2. Argumentos en contra de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado también con ejemplos y una cita explicada. No los debilites a propósito: expónlos con el mismo rigor que los tuyos.
    3. Valoración: compara ambos lados, señala las fortalezas y las debilidades de cada uno, y explica cuáles pesan más y por qué.

Con esta estructura, hecha correctamente, puedes llegar al nivel notable.

 

  • Estructura dialéctica, para quien quiere ir más allá:

En lugar de separar los argumentos en dos bloques, construye una conversación entre posiciones. Los argumentos se responden entre sí, se señalan sus límites sobre la marcha y el pensamiento progresa. No hay un bloque a favor y un bloque en contra: hay un recorrido en el que cada paso surge del anterior.

Por ejemplo, en lugar de escribir:

Argumento a favor 1: Kant defiende que la imaginación sintetiza los datos de los sentidos. Argumento a favor 2: Hume reconoce que todo razonamiento sobre el futuro depende de la imaginación. Argumento en contra 1: Platón sitúa la imaginación en el nivel más bajo del conocimiento… Argumento en contra 2: Locke sostiene que la imaginación solo recombina ideas ya conocidas…

Podrías escribir:

Platón sitúa la imaginación en el nivel más bajo de su jerarquía del conocimiento, y Descartes coincide al mostrar que lo que imaginamos de la cera cambia mientras que lo que entendemos permanece. Pero ambos recurren a la imaginación en sus propios argumentos (las alegorías de Platón, el genio maligno de Descartes), lo que sugiere que la relación entre imaginación y conocimiento es más compleja de lo que admiten…

Esta estructura es más exigente pero produce disertaciones mucho más ricas.

 

Herramientas para trabajar los argumentos

Estas cuatro operaciones sirven para manejar cualquier argumento, sea tuyo o de la posición contraria. No hay que usarlas todas ni en todas las disertaciones: son ayudas para cuando no sepas cómo seguir. Las dos primeras te servirán en cualquier estructura. Las dos últimas, acotar e invertir, son las que hacen posible la estructura dialéctica: sin ellas, los argumentos no pueden responderse entre sí.

Conceder. Reconocer lo que un argumento tiene de razón antes de responderle. Se escribe con fórmulas como «esta objeción es seria, porque…» o «hay algo verdadero en esta idea». Parece una debilidad y es lo contrario: quien reconoce la fuerza del contrario y aun así le responde resulta mucho más convincente que quien finge que el contrario no decía nada. Lo opuesto es una falacia, el hombre de paja: debilitar la posición contraria para vencerla con facilidad. Ten presente que en la rúbrica el hombre de paja puntúa cero en honestidad intelectual: si la posición contraria queda ridícula en tu texto, es casi seguro que la has caricaturizado.

Buscar un contraejemplo. Si un argumento afirma algo con «todos», «siempre» o «nunca», un solo caso contrario lo derriba. Si alguien dice «todos los profesores mandan deberes» y encuentras uno que no manda, la afirmación era falsa. Cuidado: contra «la mayoría de los profesores mandan deberes» un caso contrario no prueba nada, porque esa afirmación ya contaba con las excepciones. Esta herramienta no siempre podrá usarse, y no pasa nada: solo funciona con afirmaciones universales.

Acotar. Aceptar que un argumento prueba algo y mostrar hasta dónde llega de verdad: «tienes razón, pero no tanta». La manera habitual de acotar es distinguir: separar dos cosas que estaban mezcladas y mostrar que el argumento vale para una pero no para la otra. La distinción puede ser de grado (los videojuegos no son malos; jugar demasiado, sí) o de aspecto (que todos los ladrillos de un edificio vengan de la fábrica no significa que el plano del edificio venga de ella). Acotar sirve también con tu propia tesis: decir bajo qué condiciones se sostiene, o qué casos no resuelve, puntúa en la rúbrica.

Invertir. Mostrar que un argumento, bien entendido, prueba lo contrario de lo que pretendía. Quien afirma que la filosofía no sirve para nada está defendiendo una tesis filosófica, así que necesita la filosofía para atacarla. Es la herramienta más espectacular cuando funciona y la más ridícula cuando se fuerza: úsala solo si la inversión es real.

💡 Tip: existen más herramientas (el experimento mental, la reducción al absurdo, el dilema, la autorrefutación) explicadas con ejemplos en la página de Técnicas argumentales.

 

Cómo comprobar tu desarrollo

Muchas disertaciones parecen dialécticas y son una lista disfrazada. Hay dos pruebas para comprobarlo antes de entregar.

La prueba del orden. Coge dos argumentos que estén del mismo lado (dos a favor, o dos en contra) e imagina que los intercambias. ¿Se entiende igual? Si sí, están yuxtapuestos: cada uno va por su cuenta, como en una lista. Si no, porque el segundo se apoyaba en el primero o respondía a una objeción que este había dejado abierta, hay una cadena. En una estructura dialéctica de verdad, casi ningún párrafo del desarrollo puede moverse sin romper algo.

La prueba de los conectores. Mira con qué palabras empieza cada párrafo del desarrollo. Los conectores de suma (además, por otra parte, también, en segundo lugar) indican que estás añadiendo: es una lista. Los conectores de respuesta (ahora bien, sin embargo, contra esto cabe objetar, conviene distinguir) indican que estás contestando a lo anterior: es una cadena.

Si todos tus párrafos empiezan con conectores de suma, tu texto es una lista, por muchos autores que cites. Y no se arregla cambiando las palabras: hay que cambiar lo que hacen los párrafos.

 

Conclusión (aprox. 15% del texto). Debe hacer tres cosas:

  • Responder a la pregunta tal como la reformulaste al final de la introducción, explicando si te reafirmas en la tesis o si cambias de postura, y qué argumentos han pesado más.
  • Delimitar tu tesis: bajo qué condiciones se sostiene, qué casos no resuelve, o qué tendría que ocurrir para que dejara de ser válida. Ninguna tesis lo explica todo, y precisarlo no la debilita: la hace más fuerte. La rúbrica lo premia dentro de la honestidad intelectual.
  • Señalar las consecuencias o implicaciones para el mundo actual.

💡 Tip: Las mejores conclusiones vuelven al principio y cierran el círculo. Si abriste con una imagen, una pregunta o un dato sorprendente, retómalo aquí y muestra cómo tu argumentación le ha dado un sentido nuevo.

 

Bibliografía. Al final del texto, tras la conclusión, incluye una lista de las obras que has citado. No cuenta para el límite de palabras. El formato es el siguiente:

  • Apellido, N. (año). Título de la obra (trad. N. Apellido). Editorial.

Por ejemplo:

  • Hobbes, T. (1651). Leviatán. Alianza.
  • Kant, I. (1781). Crítica de la razón pura. Taurus.

 

Consejos de redacción

  • Busca una apertura que enganche: una imagen, una paradoja, un dato sorprendente, una pregunta provocadora, una experiencia personal.
  • Haz frases cortas y claras. Evita las subordinadas en cadena.
  • Busca las palabras exactas. Evita afirmaciones vagas.
  • Los ejemplos que puntúan como propios son los que no aparecen ni en los textos de práctica ni en clase: de tu experiencia, de la actualidad, de la naturaleza, de la cultura. Un buen ejemplo propio no solo adorna: si al quitarlo el argumento pierde fuerza, es que estaba haciendo trabajo de verdad. Esa es la diferencia que la rúbrica premia.
  • Una cita sola, sin explicación, no demuestra nada. Explica siempre qué quiere decir el autor y por qué es relevante para tu argumento.
  • Un argumento no es una frase. Requiere desarrollo, ejemplo y, si puede ser, una cita explicada.
  • Reserva la primera persona para la tesis y la conclusión. En el desarrollo, expón los argumentos de forma impersonal.

 

Fases de escritura

Producción. Escribe todas las ideas sin preocuparte por el orden ni la corrección. El objetivo es sacar todo lo que tienes en la cabeza.

Edición. Ordena las ideas, redacta los párrafos, integra las citas con su explicación, conecta los argumentos entre sí.

Revisión. Lee el texto completo: ¿se entiende la tesis?, ¿los argumentos la sostienen?, ¿las citas están explicadas?, ¿la conclusión responde a la pregunta y delimita la tesis? Aplica la prueba del orden y la de los conectores. Comprueba la ortografía, cuenta las palabras y pasa a limpio.

 

Ejemplo de disertación

La siguiente disertación es un ejemplo de cómo aplicar los pasos anteriores. No es un modelo perfecto: es un ejemplo de trabajo bien hecho que puedes usar como referencia.

 

¿Puede la imaginación ser fuente de conocimiento?

Antes de que nadie pudiera demostrar que la Tierra gira alrededor del Sol, alguien tuvo que imaginarlo. Copérnico no observó el movimiento de la Tierra (es imposible sentirlo), sino que concibió mentalmente un modelo en el que los planetas orbitaban alrededor del Sol y comprobó que ese modelo explicaba mejor los datos astronómicos conocidos. El punto de partida no fue una observación ni una deducción lógica, sino un acto de imaginación: ¿y si el centro no fuera la Tierra sino el Sol? Toda la astronomía moderna nace de esa pregunta imaginaria. Pero ¿significa eso que la imaginación produce conocimiento, o solo produce hipótesis que luego la razón y la experiencia deben verificar? La pregunta «¿puede la imaginación ser fuente de conocimiento?» admite varias lecturas. Puede referirse a si la imaginación produce conocimiento genuino por sí misma, o si solo recombina de formas nuevas lo que ya conocemos por otra vía: si solo recombina, no es realmente una fuente sino un instrumento, y su aportación es técnica, no epistémica. Puede referirse a si la imaginación es necesaria para el conocimiento científico, para formular hipótesis, diseñar experimentos mentales y construir modelos: si lo es, la ciencia no es pura razón ni pura observación, sino que depende de una facultad tradicionalmente asociada con la ficción y el error. O puede referirse a si hay verdades que solo la imaginación puede alcanzar (verdades artísticas, morales, existenciales) aunque no sean verificables empíricamente: si las hay, el conocimiento no se reduce a lo que la ciencia puede demostrar. Esta última lectura es la más fecunda, porque obliga a repensar qué entendemos por «conocimiento» y a preguntarse si los límites que habitualmente le ponemos no son demasiado estrechos. La pregunta, entonces, es esta: ¿es la imaginación una facultad que produce conocimiento legítimo, o es una fuente de ilusiones que la razón debe controlar?

La tesis que defenderé es que la imaginación no es una fuente de conocimiento independiente, pero es una condición necesaria para todo conocimiento genuino: sin ella, ni la razón ni los sentidos podrían ir más allá de lo inmediato.

Platón sitúa la imaginación en el nivel más bajo de su jerarquía del conocimiento. En la alegoría de la línea dividida, la eikasía (la capacidad de percibir imágenes y sombras) ocupa el escalón inferior, por debajo de la creencia, el razonamiento y la contemplación de las Ideas (Platón, República, 509d-511e, p. 335). Para Platón, la imaginación nos aleja de la verdad porque trabaja con copias de copias: no muestra las cosas como son sino como aparecen, y cuanto más nos dejamos guiar por imágenes, más nos alejamos de la realidad. Descartes coincide desde otro ángulo cuando analiza un trozo de cera en las Meditaciones: lo que imaginamos de la cera (su color, su olor, su forma) cambia al acercarla al fuego, pero lo que entendemos de ella (que es una sustancia extensa) permanece idéntico (Descartes, Meditaciones metafísicas, II, p. 28). La imaginación nos presenta la cera de mil maneras distintas, todas ellas inestables; solo el entendimiento puro, libre de imágenes, capta su naturaleza real. Si Platón y Descartes tienen razón, la imaginación no solo no produce conocimiento sino que lo obstaculiza: es una fuente de confusión que la razón debe aprender a dejar atrás. Pero hay una paradoja que ninguno de los dos resuelve satisfactoriamente: Platón, el filósofo que desconfía de las imágenes, construye su filosofía sobre algunas de las imágenes más poderosas de la historia del pensamiento (la caverna, el carro alado, el anillo de Giges). Si la imaginación fuera pura distorsión, ¿por qué recurrir a ella para transmitir la verdad? Y Descartes, al imaginar un genio maligno que le engaña, necesita un acto de imaginación para poner en marcha su método racional. Algo no encaja.

Locke ofrece un argumento que parece zanjar la cuestión a favor de quienes desconfían de la imaginación. En el Ensayo sobre el entendimiento humano, defiende que todas nuestras ideas proceden de la experiencia: unas de la sensación y otras de la reflexión sobre nuestras propias operaciones mentales (Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, II, 1, §2, p. 83). La imaginación, en este marco, no crea nada nuevo: solo combina ideas que ya teníamos. Podemos imaginar una montaña de oro porque conocemos las montañas y conocemos el oro, pero la «montaña de oro» no añade ningún conocimiento que no estuviera ya en sus partes. Hume comparte esta intuición cuando distingue entre impresiones e ideas: las ideas son copias debilitadas de las impresiones, y la imaginación se limita a «mezclar, componer, separar y dividir» esas copias (Hume, Investigación sobre el entendimiento humano, II, p. 30). Si la imaginación solo recombina, no puede ser fuente de conocimiento genuino: lo más que produce son ficciones, a veces útiles, a veces entretenidas, pero nunca verdaderas en sentido estricto. Sin embargo, el propio Hume descubre algo que complica gravemente esta conclusión: todo nuestro razonamiento sobre el futuro depende de la imaginación. Cuando creemos que el sol saldrá mañana, no estamos observando un hecho presente ni deduciendo una verdad lógica: estamos imaginando que el futuro repetirá el pasado. La costumbre nos lleva a proyectar una regularidad que hemos observado, y esa proyección es un acto imaginativo. Si Hume tiene razón, la imaginación no es solo un juguete del espíritu: es la base misma de toda previsión, toda planificación y toda ciencia inductiva. Negar que la imaginación contribuye al conocimiento implicaría negar que sabemos algo sobre el futuro, y eso es una consecuencia que nadie está dispuesto a aceptar.

Kant lleva esta intuición a sus últimas consecuencias. En la Crítica de la razón pura, identifica una facultad que llama «imaginación trascendental», a la que describe como «un arte oculto en las profundidades del alma humana» (Kant, Crítica de la razón pura, A 141/B 180, p. 183). Para Kant, la imaginación no es simplemente la capacidad de inventar ficciones: es la facultad que sintetiza los datos caóticos de los sentidos y los organiza en objetos coherentes. Sin la imaginación, no veríamos una mesa al mirar una superficie con cuatro patas: veríamos manchas de color, formas geométricas y sensaciones táctiles dispersas, sin conexión entre sí. Es la imaginación la que unifica todo eso en un objeto reconocible. Esto significa que la imaginación no es una fuente alternativa de conocimiento frente a la razón y los sentidos, sino la condición de posibilidad de ambos: sin ella, no podríamos ni percibir ni pensar. La respuesta de Kant a Platón y Descartes es radical: lejos de ser el escalón más bajo del conocimiento, la imaginación es la base sobre la que todo el edificio se construye. Pero, y esta matización es crucial, Kant no dice que la imaginación por sí sola produzca conocimiento válido. Lo que produce es la síntesis sin la cual el conocimiento sería imposible; pero esa síntesis necesita ser guiada por los conceptos del entendimiento y alimentada por los datos de la experiencia. La imaginación sin razón produce fantasías; la razón sin imaginación produce esquemas vacíos. Solo cuando trabajan juntas generan conocimiento genuino.

Y aquí es donde el recorrido alcanza su punto de convergencia. Locke y Hume tenían razón al decir que la imaginación recombina; pero se quedaron cortos al reducirla a eso, porque la recombinación imaginativa es precisamente lo que permite formular hipótesis, construir modelos y anticipar el futuro, cosas sin las cuales la ciencia no existiría. Platón y Descartes tenían razón al desconfiar de la imaginación como fuente de ilusiones; pero no advirtieron que sus propias herramientas filosóficas (las alegorías de Platón, el experimento mental de la cera y el genio maligno de Descartes) eran actos imaginativos al servicio de la verdad. Kant supo ver lo que los demás no vieron: que la imaginación no es ni puro engaño ni puro descubrimiento, sino la condición que hace posible tanto uno como otro. Todo depende de si la imaginación opera sola o acompañada de razón y experiencia. Copérnico imaginó que la Tierra giraba alrededor del Sol, y eso fue el comienzo de la astronomía moderna; pero alguien que imagina que la Tierra es plana y se niega a contrastar su imagen con los datos no está conociendo: está fantaseando. La diferencia no está en la facultad misma, sino en lo que hacemos con ella después.

Conviene delimitar la tesis. No sostengo que la imaginación garantice por sí sola ningún conocimiento, ni que toda ficción sea un paso hacia la verdad; sostengo que sin ella no hay tránsito posible de lo dado a lo nuevo. Mi tesis se sostiene mientras la imaginación vaya acompañada de un procedimiento (razón, experiencia, contraste) que la someta a control. Si se mostrara un caso de conocimiento genuino que prescindiera por completo de todo acto imaginativo previo, mi tesis caería; no conozco ese caso.

Volviendo al ejemplo inicial: la imaginación de Copérnico no demostró nada por sí sola. Hicieron falta siglos de observaciones, cálculos y correcciones, de Kepler a Galileo, de Galileo a Newton, para confirmar lo que Copérnico había imaginado. Pero sin ese acto inicial de imaginación, no habría habido nada que confirmar. Esa es la paradoja de la imaginación como fuente de conocimiento: no puede dar el último paso (la verificación, la prueba, la demostración), pero es siempre la que da el primero. Y sin primer paso, no hay camino.

 

Bibliografía

  • Descartes, R. (1641). Meditaciones metafísicas. Alfaguara.
  • Hume, D. (1748). Investigación sobre el entendimiento humano. Alianza.
  • Kant, I. (1781). Crítica de la razón pura. Taurus.
  • Locke, J. (1690). Ensayo sobre el entendimiento humano. Fondo de Cultura Económica.
  • Platón (siglo IV a. C.). República. Gredos.

(1543 palabras)

 

III. EVALUACIÓN

Rúbrica de evaluación

Criterio Deficiente Aceptable Notable Excelente
Estructura e introducción
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Falta alguna parte esencial o la organización resulta confusa. La tesis no aparece con claridad.
1 pt.
Introducción, desarrollo y conclusión reconocibles. La tesis se formula con claridad y se retoma al final.
1,5 pt.
La introducción despliega las interpretaciones de la pregunta con sus implicaciones y justifica cuál se elige. La conclusión añade consecuencias o implicaciones actuales.
2 pt.
Además, la interpretación elegida orienta de principio a fin el desarrollo, y la conclusión responde a la pregunta tal como quedó planteada en la introducción.
Argumentación
hasta 3,5 puntos
0,5 pt.
Los argumentos apenas se desarrollan. Faltan ejemplos o citas, o estas no se explican. No se consideran posiciones contrarias.
2 pt.
Presenta al menos dos argumentos a favor y dos en contra, cada uno con ejemplos y una cita explicada. Los argumentos se exponen por separado, sin relacionarse entre sí.
3 pt.
Se comparan las posiciones y se señalan las fortalezas y las debilidades de cada una. La valoración final está razonada.
3,5 pt.
Los argumentos se responden entre sí: se concede lo que la posición contraria prueba y se muestra hasta dónde llega, o se invierte a favor de la tesis. La reflexión progresa.
Honestidad intelectual
hasta 1 punto
0 pt.
La posición contraria se caricaturiza, se presenta en su versión más débil o se le atribuye lo que no dice (hombre de paja).
0,5 pt.
La posición contraria se expone correctamente, aunque de forma escueta.
0,75 pt.
La posición contraria se expone en su versión más fuerte, con el mismo rigor que la propia.
1 pt.
Además, se delimitan las condiciones en que la propia tesis se sostiene, o los casos que no logra resolver.
Ejemplos propios
hasta 1,5 puntos
0,25 pt.
No usa ejemplos, o solo los que aparecen en los textos de práctica y en clase.
0,75 pt.
Usa algún ejemplo propio, aunque resulte decorativo o poco relacionado con el argumento.
1 pt.
Usa al menos dos ejemplos propios, pertinentes y bien elegidos para el argumento que ilustran.
1,5 pt.
Los ejemplos propios no solo ilustran: hacen avanzar el argumento, porque muestran algo que la cita por sí sola no mostraba.
Claridad y precisión expresiva
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Vocabulario impreciso. Párrafos poco conectados. Frases difíciles de seguir.
1 pt.
Vocabulario sencillo pero adecuado. El texto se entiende correctamente.
1,5 pt.
Vocabulario preciso y uso correcto de los conceptos filosóficos. Los párrafos se enlazan con conectores adecuados y la lectura es fluida.
2 pt.
Expresión rigurosa y matizada. Cada palabra dice exactamente lo que debe decir. Estilo cuidado.

Nota final: suma de los cinco criterios sobre 10 puntos, menos las penalizaciones. En cada criterio se asigna uno de los cuatro valores de la tabla, sin puntuaciones intermedias.

Sobre la estructura: quien sigue correctamente la estructura básica puede alcanzar el nivel notable. El nivel excelente exige que los argumentos se respondan entre sí, que la reflexión avance más allá de una simple acumulación de ideas.

 

Condiciones de entrega

Si no se cumplen, la disertación no se corrige:

  • Entregada en clase, dentro del plazo establecido.
  • Escrita a mano, en folios en blanco, con letra legible.
  • Al final del texto, tras la bibliografía, debe figurar el número de palabras de la disertación (sin contar la bibliografía).

El recuento forma parte del trabajo: llevarlo durante la redacción es la manera de ajustar la extensión mientras aún se puede corregir.

 

Penalizaciones

Concepto Descuento
Extensión (no acumulable: se aplica solo el tramo correspondiente, sobre el número de palabras declarado)
Desviación de hasta 100 palabras (1100-1199 o 1601-1700)
−0,5
Desviación de 100 a 200 palabras (1000-1099 o 1701-1800) −1
Desviación superior a 200 palabras (menos de 1000 o más de 1800) −2
Presentación (acumulable hasta un máximo de −1)
Sin sangría en la primera línea de cada párrafo
−0,25
Sin márgenes −0,25
Tachones o correcciones visibles −0,5
Ortografía (acumulable, sin límite)
Por cada falta de ortografía
−0,25
Por cada falta de tilde −0,05

 

Recursos

 

Bibliografía

Fuentes primarias

  • Aristóteles. Acerca del alma, III. En Aristóteles y Candel, M. (2011). Aristóteles. Tomo I. Gredos.
  • Berkeley, G. (1992). Tratado sobre los principios del conocimiento humano.
  • Descartes, R. Principios de la filosofía, I. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder.
  • Hume, D. Investigación sobre el entendimiento humano, Ensayo II. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder.
  • Kant, I. (2005). Crítica de la razón pura (ed. P. Ribas). Taurus.
  • Leibniz, G. W. Monadología. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder.
  • Locke, J. (2005). Ensayo sobre el entendimiento humano (ed. E. O’Gorman). FCE.
  • Platón. Fedón. En Verneaux, R. (1988). Textos de los grandes filósofos. Edad Antigua. Herder.

 

Manuales, historias de la filosofía y obras de referencia

  • Bennett, J. (1988). Locke, Berkeley, Hume. Temas centrales. FCE.
  • Copleston, F. C. (1996). Historia de la filosofía. Vol. IV. De Descartes a Leibniz. Ariel.
  • Ferrater Mora, J. (1964). Diccionario de filosofía (2 vols.). Sudamericana.
  • Honderich, T. (dir.) (2001). Enciclopedia Oxford de filosofía. Tecnos.
  • Sánchez Meca, D. (2001). Teoría del conocimiento. Dykinson.
  • Sanz, V. (2005). De Descartes a Kant. Eunsa.

 

Vídeos

Eres empirista si crees que al nacer, la mente es un folio vacío

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Glosario

 

GLOSARIO

Categorías. En Kant, los doce conceptos puros del entendimiento que organizan a priori los fenómenos de la experiencia, agrupados en cantidad, cualidad, relación y modalidad. No proceden de la experiencia.

Causas eficientes / causas finales. La causa eficiente explica cómo ocurre algo; la final, para qué. Bacon sostuvo que solo las eficientes son científicamente relevantes, excluyendo las finales del estudio de la naturaleza.

Cuestiones de hecho / relaciones entre ideas. En Hume, los dos tipos de conocimiento legítimo: las relaciones entre ideas son verdades lógico-matemáticas necesarias; las cuestiones de hecho dependen de la experiencia y son solo probables.

Empirismo. Corriente que sostiene que todo conocimiento procede de la experiencia sensible, sin ideas innatas. Representada por Locke, Berkeley y Hume; su método es la inducción.

Entendimiento (Kant). En Kant, la facultad que organiza activamente los fenómenos percibidos mediante las categorías a priori, a diferencia de la sensibilidad, que solo los recibe de forma pasiva.

Espacio y tiempo. En Kant, las dos formas a priori de la sensibilidad: no son propiedades del mundo exterior, sino estructuras que la mente impone a los datos sensibles para organizarlos.

Fenómenos / noúmenos. En Kant, los fenómenos son las cosas tal como se nos aparecen, organizadas por la sensibilidad y el entendimiento; los noúmenos son las cosas en sí mismas, incognoscibles para nosotros.

Giro epistemológico. Desplazamiento propio de la filosofía moderna por el que el punto de partida deja de ser el objeto exterior y pasa a ser el sujeto y sus capacidades de conocer. Común a racionalismo y empirismo.

Idealismo trascendental. Posición de Kant que sintetiza racionalismo y empirismo: no conocemos las cosas en sí (noúmenos), solo los fenómenos, porque la mente organiza activamente los datos de la experiencia.

Ideas (Hume). En Hume, copias debilitadas de las impresiones que conservamos en la memoria o la imaginación. Toda idea, incluso combinada, procede en última instancia de una impresión previa.

Ideas (Kant). En Kant, los tres conceptos de la razón pura (Dios, alma, mundo) que no corresponden a ningún fenómeno posible y que, por tanto, se pueden pensar pero no conocer científicamente.

Ideas innatas. En Descartes, ideas como Dios o el Infinito que poseemos desde el nacimiento, sin depender de la experiencia. Los empiristas, sobre todo Locke, niegan que existan.

Ídolos de la tribu / de la caverna / del mercado / del teatro. Los cuatro tipos de prejuicio que, según Bacon, distorsionan el conocimiento: los de la tribu son propios de la naturaleza humana; los de la caverna, de cada individuo; los del mercado, del lenguaje impreciso; los del teatro, de los sistemas filosóficos heredados.

Impresiones. En Hume, los datos recibidos directamente por los sentidos o la introspección: las percepciones más vívidas, base de todo conocimiento legítimo, de las que las ideas son copias.

Intuición (Descartes). En el método cartesiano, una idea que se presenta de forma inmediata, clara y distinta, sin necesidad de demostración. El «pienso, luego existo» es su ejemplo por excelencia.

Juicios a priori / a posteriori. Los juicios a priori son independientes de la experiencia, universales y necesarios; los a posteriori dependen de ella y son contingentes, pudiendo ser falsos si los hechos fueran distintos.

Juicios analíticos / sintéticos. En Kant, los juicios analíticos explicitan lo que ya contiene el sujeto y no aportan información nueva; los sintéticos sí aportan información, ya sea a priori o a posteriori.

Juicios sintéticos a priori. En Kant, juicios que aportan información nueva sobre el mundo y son a la vez universales y necesarios. Para Kant, el conocimiento científico es de este tipo, y explicar cómo es posible es el problema central de su filosofía.

Método cartesiano. Método de Descartes con cuatro pasos: partir de intuiciones evidentes, analizarlas en partes simples, sintetizarlas para reconstruir el todo, y hacer una enumeración completa que no omita nada.

Método hipotético-deductivo. Método científico que formula hipótesis generales y deduce de ellas consecuencias comprobables por observación. Descartes lo empleó para deducir un modelo heliocéntrico y verificarlo con la astronomía.

Propiedades primarias / secundarias. Las primarias (extensión, figura, movimiento) son objetivas y base del conocimiento científico; las secundarias (color, sabor, calor) son subjetivas y dependen del sujeto que percibe.

Racionalismo. Corriente que sostiene que la razón es la única fuente fiable de conocimiento y que existen ideas innatas. Representada por Descartes, Spinoza y Leibniz; su método es la deducción.

Sensibilidad (Kant). En Kant, la facultad de percibir que organiza pasivamente los datos sensoriales mediante las formas a priori de espacio y tiempo, antes de que el entendimiento los elabore.

 

Quiz

 

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Teoría

 

TEORÍAS DEL CONOCIMIENTO CONTEMPORÁNEAS

El espectacular desarrollo de la física durante la modernidad, coronado por la mecánica de Newton, provocó que esta ciencia fuese considerada el modelo de todo conocimiento verdadero. Desde entonces, la filosofía comenzó a centrarse en una pregunta nueva: ¿qué hace que una teoría sea científica? Para responderla, conviene distinguir los dos tipos de enunciados que componen la ciencia:

  • Leyes científicas: enunciados universales que expresan relaciones constantes entre fenómenos. Dependen de la experiencia: si una sola observación las contradice, se descartan por completo.
  • Teorías científicas: conjuntos de enunciados que sirven para explicar y predecir fenómenos. También dependen de la experiencia, pero son más flexibles: no se desechan hasta que aparece una teoría competidora con mayor alcance explicativo y mayor precisión en sus predicciones.

Respecto a las teorías, el astrónomo John Herschel (1792–1871) estableció una distinción fundamental que el filósofo de la ciencia Hans Reichenbach (1891–1953) precisaría después: la diferencia entre el contexto de descubrimiento y el contexto de justificación.

  • El contexto de descubrimiento se refiere a cómo se formula una teoría, qué métodos o intuiciones llevan a imaginarla.
  • El contexto de justificación remite a cómo se contrasta una teoría una vez formulada, si se confirma o se rechaza mediante la experiencia. Desde este contexto, el procedimiento que lleva a formular una teoría es irrelevante para juzgar su validez: lo que importa es si resiste la comprobación.

 

Pierre Duhem: la infradeterminación

El físico y filósofo francés Pierre Duhem (1861–1916) señaló un problema profundo en el corazón del método científico: ninguna observación es completamente neutral. Todo experimento está impregnado de supuestos teóricos previos, y ninguna medición es absolutamente precisa. De ello se sigue el llamado problema de la infradeterminación de las teorías por los hechos: los datos experimentales son compatibles con infinitas teorías distintas. No existe ningún conjunto de observaciones que pueda determinar, por sí solo, cuál de todas las teorías posibles es la correcta. Los hechos subdeterminan la teoría: siempre cabe, en principio, formular una teoría alternativa que también los explique.

 

Ernst Mach: el instrumentalismo

Ernst Mach (1838–1916), físico y filósofo austriaco, adoptó una postura consecuente con este problema. Para él, las leyes y teorías científicas no nos dicen cómo es realmente el mundo: son reglas mnemotécnicas, formulaciones que condensan mucha información en poco espacio para poder recordarla y aplicarla. Que una teoría funcione —que nos ayude a describir y predecir fenómenos— no significa que sea verdadera. Es decir, Mach entiende las teorías de manera instrumentalista: son herramientas más o menos útiles para manejarnos en el mundo, no retratos de la realidad.

 

El Círculo de Viena: el verificacionismo

La influencia de Mach fue decisiva en el físico y filósofo Moritz Schlick (1882–1936), fundador del Círculo de Viena. Este grupo de filósofos de la ciencia defendió el empirismo lógico (también llamado positivismo lógico o neopositivismo), según el cual una teoría solo es científica si es verificable, es decir, si puede ser contrastada con hechos observables. Si los hechos coinciden con lo que la teoría predice, queda confirmada como verdadera; si no coinciden, queda falsada.

Esta exigencia de verificabilidad les llevó a rechazar como metafísica —y por tanto carente de significado científico— toda afirmación que no pueda ser contrastada con la experiencia. Eso incluye gran parte de la filosofía continental, como la de Martin Heidegger, pero también las preguntas sobre Dios, el alma o el origen del universo.

 

Karl Popper: la falsabilidad

Karl Popper (1902–1994) es considerado uno de los filósofos de la ciencia más importantes del siglo XX. Compartió con Duhem la preocupación por la infradeterminación, pero criticó el criterio verificacionista del Círculo de Viena apoyándose en lo que él llamó el problema de Hume o problema de la inducción: por mucho que acumulemos observaciones particulares, nunca podemos concluir con certeza lógica que un principio general es verdadero. El salto de «todos los casos observados» a «todos los casos posibles» es lógicamente ilegítimo.

Lo que sí podemos hacer, según Popper, es demostrar con certeza que una teoría es falsa: basta con que una sola observación contradiga sus predicciones. De ahí su propuesta: el criterio que distingue las teorías científicas de las no científicas no es la verificabilidad sino la falsabilidad. Una teoría es científica si y solo si formula predicciones concretas y arriesgadas que podrían no cumplirse. Si ninguna observación posible pudiera desmentirla, no es una teoría científica sino una creencia.

Para Popper, la historia de la ciencia no es una acumulación de verdades sino una secuencia de conjeturas y refutaciones: se propone una teoría audaz, se busca falsarla mediante experimentos cruciales, y si se falsifica se propone una nueva teoría mejorada. Pero nunca sabemos si una teoría es verdadera; solo sabemos cuáles han sobrevivido hasta ahora a todos los intentos de refutación.

💡 Tip: Según Popper, la astrología o el psicoanálisis no son pseudociencias porque sean falsas, sino porque no son falsables: no formulan predicciones lo suficientemente concretas como para poder ser desmentidas.


Popper ofrece una imagen heroica de la ciencia: los científicos proponen teorías audaces y las someten honestamente a refutación. Kuhn responde que eso no es lo que ocurre en la práctica: los científicos normalmente no intentan refutar su paradigma sino defenderlo, y solo lo abandonan cuando aparece otro mejor. La discrepancia no es menor: si Popper tiene razón, la ciencia progresa por la crítica racional; si Kuhn tiene razón, progresa por rupturas colectivas que se parecen más a una conversión que a una demostración.


 

Thomas S. Kuhn: los paradigmas y las revoluciones científicas

Thomas S. Kuhn (1922–1996) criticó la imagen de la ciencia como un progreso lineal y acumulativo. En su obra La estructura de las revoluciones científicas (1962) propuso una visión muy distinta: la historia de la ciencia está llena de saltos y discontinuidades, y alterna entre dos tipos de periodos.

Durante los periodos de ciencia normal, la comunidad científica trabaja dentro de un paradigma: un modelo teórico compartido que incluye teorías, métodos, problemas legítimos y criterios de solución aceptables. Los científicos no cuestionan el paradigma sino que intentan resolver los «puzles» que este plantea. Cuando aparecen observaciones que lo contradicen, la tendencia es atribuirlas a errores de cálculo o de experimentación, no al paradigma mismo.

Pero cuando las anomalías se acumulan y ya no pueden ignorarse, se entra en un periodo revolucionario: el paradigma dominante entra en crisis y, si surge un paradigma alternativo suficientemente convincente, se produce un cambio de paradigma. Kuhn pone como ejemplo el paso del paradigma aristotélico-ptolemaico (geocéntrico, con leyes distintas para el mundo sublunar y el supralunar) al paradigma newtoniano (heliocéntrico, con leyes universales válidas en todo el cosmos).

Una de las ideas más controvertidas de Kuhn es que los paradigmas son inconmensurables: no existe un lenguaje neutral desde el que compararlos objetivamente, porque cada paradigma tiene su propio vocabulario, sus propios métodos y sus propios problemas. La misma palabra —gravedad, por ejemplo— no significa lo mismo en Aristóteles, en Newton o en Einstein. Por eso el cambio de paradigma no es solo un cambio de teoría sino una transformación de la forma de ver el mundo, comparable a los cambios perceptivos que estudia la psicología de la Gestalt.

 

Paul Feyerabend: el anarquismo epistemológico

Paul Feyerabend (1924–1994), físico y filósofo austríaco, llevó las tesis de Kuhn hasta sus últimas consecuencias. En su obra Contra el método (1975) defendió el anarquismo epistemológico: no existe ningún método científico único y universal que garantice el progreso del conocimiento. La imposición de un método estricto no protege la ciencia sino que la limita.

Su principio metodológico se resume en la expresión «anything goes» (todo vale): los científicos deberían tener libertad para explorar cualquier teoría o enfoque sin restricciones metodológicas previas. La historia de la ciencia muestra que los grandes avances a menudo se han conseguido violando las reglas establecidas, no siguiéndolas.

Feyerabend subraya además que la ciencia no es un proceso aislado de la sociedad. Los factores culturales, políticos, económicos e incluso personales influyen en qué teorías se desarrollan, se financian y se aceptan. La imagen de una ciencia neutral y objetiva que acumula conocimiento de forma ordenada es, para Feyerabend, una ficción: el desarrollo científico es un proceso caótico, atravesado por intereses y contingencias históricas.

 

Práctica

 

Lee atentamente cada texto y responde a las cuatro preguntas en tu cuaderno.

 

Creemos que sabemos cada cosa sin más, pero no del modo sofístico, accidental, cuando creemos conocer la causa por la que es la cosa, que es la causa de aquella cosa y que no cabe que sea de otra manera. Está claro, pues, que el saber es algo de este tipo. Si, pues, el saber es como estipulamos, es necesario también que la ciencia demostrativa se base en cosas verdaderas, primeras, inmediatas, más conocidas, anteriores y causales respecto de la conclusión: pues así los principios serán también apropiados a la demostración. En efecto, razonamiento lo habrá también sin esas cosas, pero demostración no: pues no producirá ciencia. Así, pues, es necesario que aquellas cosas sean verdaderas, porque no es posible saber lo que no lo es, v.g.: que la diagonal es conmensurable. Y que el razonamiento se base en cosas primordiales no demostrables, porque no se podrán saber si no es así, al no tener demostración de ellas: pues saber de manera no accidental aquellas cosas de las que hay demostración es tener su demostración. Y han de ser causales, más conocidas y anteriores: causales porque sabemos cuando conocemos la causa, y anteriores por ser causales, y conocidas precisamente no sólo por entenderse del segundo modo, sino también por saberse que existen.

Aristóteles. Analíticos Segundos, I, 2, 71b9–72a5. En Aristóteles y Candel Sanmartín, M. (1988). Tratados de lógica (Organon). Vol. 2. Gredos, pp. 316–317.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es qué condiciones debe cumplir un conocimiento para ser genuinamente científico y seguro.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Aristóteles defiende que sabemos algo de verdad cuando conocemos la causa por la que es así y sabemos que no puede ser de otra manera. La ciencia genuina es demostrativa: parte de principios verdaderos, primeros, inmediatos y causales, y de ellos deduce conclusiones necesarias. Solo cuando un conocimiento se obtiene de este modo podemos estar seguros de que es verdadero.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Aristóteles usa dos argumentos. El primero es que la ciencia requiere premisas verdaderas porque no es posible saber lo que no es: un razonamiento que parte de premisas falsas podrá ser formalmente correcto pero no producirá ciencia. El segundo es que esas premisas deben ser causales, anteriores y más conocidas que la conclusión, porque solo conocemos algo cuando conocemos su causa. Puede haber razonamiento sin estas condiciones, pero no demostración científica.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Popper mantendría una posición diferente. Para él la ciencia no puede alcanzar verdades necesarias y demostrables, sino solo conjeturas que hasta el momento no han sido refutadas. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, los principios «primeros e indemostrables» de los que parte Aristóteles son en realidad hipótesis que podrían ser falsas, y la historia de la ciencia muestra que principios considerados indudables durante siglos han resultado erróneos. Segundo, la ciencia no avanza por demostración a partir de causas conocidas sino por conjetura y refutación: se propone una hipótesis audaz y se intenta falsarla, y si resiste los intentos de refutación, se acepta provisionalmente, pero nunca como verdad definitiva.

 

A favor de la certeza científica


Ni la mano desnuda ni el entendimiento abandonado a sí mismo valen gran cosa. Las cosas se llevan a cabo con instrumentos y con ayudas, de las cuales el entendimiento no está menos necesitado que la mano. Y al igual que los instrumentos gobiernan o rigen el movimiento de la mano, también los instrumentos de la mente custodian y protegen el entendimiento. La ciencia y el poder humanos vienen a ser lo mismo, porque el ignorar la causa nos priva del efecto. En verdad, no es posible vencer la naturaleza más que obedeciéndola y lo que en la contemplación tiene el valor de causa viene a tener en la operación el valor de regla. En lo que se refiere a las obras, el hombre no puede sino acercar o alejar los cuerpos naturales. El resto lo lleva a cabo la naturaleza actuando desde el interior. Sería insensato, y contradictorio en sí mismo, pensar que es posible hacer lo que hasta ahora nunca se ha hecho si no es con medios que hasta ahora nunca se han ensayado.

Bacon, F. (2011). La gran restauración (Novum Organum). Aforismos I–VI, pp. 55–58.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si el conocimiento científico de la naturaleza es posible y para qué sirve.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Bacon defiende que la ciencia y el poder humanos son lo mismo: conocer las causas de los fenómenos naturales es lo que nos permite actuar sobre ellos. Pero ni la mano desnuda ni el entendimiento por sí solo bastan: ambos necesitan instrumentos adecuados. El entendimiento necesita un método que lo guíe y lo proteja de sus propios errores, del mismo modo que la mano necesita herramientas. La naturaleza solo puede ser dominada si primero se la obedece, es decir, si se conocen sus leyes.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Bacon usa dos argumentos. El primero es la analogía entre la mano y el entendimiento: así como la mano sin herramientas apenas puede hacer nada, el entendimiento sin método es incapaz de alcanzar conocimiento fiable. El método es al entendimiento lo que las herramientas a la mano. El segundo es práctico: ignorar la causa nos priva del efecto. Si la ciencia no proporcionase conocimientos verdaderos sobre las causas de los fenómenos, no podríamos actuar sobre la naturaleza, pero la experiencia muestra que sí podemos, lo que demuestra que nuestro conocimiento causal es correcto.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Hume mantendría una posición diferente. Para él no podemos conocer las causas reales de los fenómenos, solo observar regularidades entre ellos. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, que un método funcione en la práctica no demuestra que nos dé verdades sobre las causas reales: podríamos estar prediciendo correctamente sin comprender por qué las cosas ocurren como ocurren. Segundo, la conexión entre causa y efecto que Bacon da por supuesta es precisamente lo que Hume pone en cuestión: nunca percibimos la «causa» de nada, solo la sucesión regular de fenómenos, y del pasado no se sigue lógicamente el futuro.

 


En lugar del gran número de preceptos que encierra la lógica, creí que me bastarían los cuatro siguientes, supuesto que tomase una firme y constante resolución de no dejar de observarlos una vez siquiera. Fue el primero no admitir como verdadera cosa alguna, como no supiese con evidencia que lo es; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no comprender en mis juicios nada más que lo que se presentase tan clara y distintamente a mi espíritu, que no hubiese ninguna ocasión de ponerlo en duda. El segundo, dividir cada una de las dificultades que examinare en cuantas partes fuere posible y en cuantas requiriese su mejor solución. El tercero, conducir ordenadamente mis pensamientos, empezando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más compuestos. Y el último, hacer en todos unos recuentos tan integrales y unas revisiones tan generales, que llegase a estar seguro de no omitir nada. Esas largas series de trabadas razones muy plausibles y fáciles, que los geómetras acostumbran emplear, para llegar a sus más difíciles demostraciones, habíanme dado ocasión de imaginar que todas las cosas de que el hombre puede adquirir conocimiento se siguen unas a otras en igual manera, y que, con sólo abstenerse de admitir como verdadera una que no lo sea y guardar siempre el orden necesario para deducirlas unas de otras, no puede haber ninguna, por lejos que se halle situada o por oculta que esté, que no se llegue a alcanzar y descubrir.

Descartes, R. (2011). Discurso del método, Segunda parte. Ed. Flórez. Gredos, pp. 113–115.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si existe un método que permita alcanzar la verdad con total certeza en cualquier ámbito del conocimiento.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Descartes defiende que siguiendo cuatro reglas simples es posible alcanzar un conocimiento completamente cierto sobre cualquier cosa. El método consiste en no admitir nada que no sea evidente, dividir los problemas en partes, avanzar de lo simple a lo complejo, y revisar que no se ha omitido nada. Inspirado por las matemáticas, Descartes cree que todo conocimiento se encadena como las demostraciones geométricas y que no hay verdad, por oculta que esté, que no pueda alcanzarse y descubrirse si se sigue este método correctamente.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Descartes usa dos argumentos. El primero es que las demostraciones matemáticas muestran que es posible alcanzar verdades absolutamente ciertas encadenando razonamientos simples: si los geómetras lo consiguen con figuras, el mismo procedimiento debería funcionar con cualquier objeto de conocimiento. El segundo es que el método se autoprotege: la primera regla (no admitir nada que no sea evidente) impide que se introduzcan errores, y la última (revisar todo) impide que se omita algo. Si se siguen las reglas sin faltar nunca, no hay lugar para el error.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Ayer mantendría una posición diferente. Para él ninguna proposición sobre hechos del mundo, por riguroso que sea el método con el que se haya obtenido, puede ser más que una hipótesis probable. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la certeza que Descartes atribuye al método solo funciona en las matemáticas y la lógica, que son tautologías, pero no en las ciencias empíricas, donde toda afirmación pretende abarcar infinitos casos a partir de observaciones finitas. Segundo, la «claridad y distinción» que Descartes propone como criterio de evidencia es un sentimiento subjetivo, no una garantía objetiva: a lo largo de la historia muchos filósofos han considerado «claras y distintas» ideas que resultaron ser falsas.

 


El criterio que utilizamos para probar la autenticidad de aparentes declaraciones de hecho es el criterio de verificabilidad. Decimos que una frase es factualmente significante para toda persona dada, siempre y cuando esta persona conozca cómo verificar la proposición que la frase pretende expresar, es decir, si conoce qué observaciones le inducirán, bajo ciertas condiciones, a aceptar la proposición como verdadera, o a rechazarla como falsa. Por otra parte, si la proposición putativa es de tal carácter que la admisión de su verdad o de su falsedad está conforme con cualquier admisión relativa a la naturaleza de su experiencia futura, entonces, en la medida en que la persona está interesada, la frase es, si no una tautología, una simple pseudo-proposición. Es necesario establecer una distinción entre verificabilidad práctica, y verificabilidad en principio. Queda un buen número de proposiciones significantes, relativas a cuestiones de hecho, que no podríamos verificar aunque nos lo propusiéramos; sencillamente, porque carecemos de los medios prácticos para colocarnos en la situación en que podrían hacerse las observaciones pertinentes. Un ejemplo simple y familiar de tales proposiciones es la proposición de que hay montañas en la cara oculta de la Luna. Todavía no se ha inventado ningún cohete que me permita ir y mirar a la cara oculta de la Luna, de modo que me veo incapacitado para decidir la cuestión mediante la observación real. Pero yo sé qué observaciones la decidirían para mí, si alguna vez me encontrase en situación de hacerlas. Y, por consiguiente, digo que la proposición es verificable en principio, ya que no en la práctica, y es, por lo tanto, significante.

Ayer, A. J. (1984). Lenguaje, verdad y lógica. Orbis, pp. 38–39.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es qué criterio permite distinguir las proposiciones científicas genuinas de las que carecen de significado.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Ayer defiende que una proposición solo tiene significado si es verificable, es decir, si sabemos qué observaciones nos llevarían a aceptarla como verdadera o a rechazarla como falsa. Si ninguna observación posible puede confirmarla ni desmentirla, no es una proposición genuina sino una pseudoproposición. Pero verificable no significa verificada en la práctica: una proposición puede ser verificable en principio aunque no tengamos los medios para comprobarlo ahora mismo. Lo que importa es que sepamos qué tipo de experiencia la confirmaría.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Ayer usa dos argumentos. El primero es el criterio mismo: si no podemos concebir ninguna observación que permita determinar si una proposición es verdadera o falsa, esa proposición no dice nada sobre el mundo y es una pseudoproposición. Este criterio traza una línea clara entre la ciencia (verificable) y la metafísica (no verificable). El segundo es la distinción entre verificabilidad práctica y verificabilidad en principio: que no podamos ir ahora a la cara oculta de la Luna no convierte la proposición «hay montañas allí» en carente de significado, porque sabemos perfectamente qué observaciones la decidirían. Eso la distingue de una pseudoproposición metafísica, para la que no podemos concebir ninguna observación relevante.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Kuhn mantendría una posición diferente. Para él el criterio de verificabilidad no describe adecuadamente cómo funciona la ciencia real, porque los científicos no verifican proposiciones aisladas sino que trabajan dentro de paradigmas que determinan qué cuenta como observación relevante y qué no. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la verificación presupone que hay observaciones neutrales que pueden decidir la verdad de cualquier proposición, pero Kuhn muestra que las observaciones mismas están condicionadas por el paradigma desde el que se hacen. Segundo, la historia de la ciencia muestra que los científicos no abandonan una teoría cuando las observaciones la contradicen: protegen el paradigma mediante hipótesis auxiliares, lo que demuestra que la verificabilidad no es en la práctica el criterio que guía la actividad científica.

 

En contra de la certeza científica


Cada vez que la repetición frecuente de un acto particular ha hecho nacer una disposición a reproducir el mismo acto, sin que se mezclen en ello ni el razonamiento ni ninguna operación del entendimiento, decimos que esta disposición es efecto de la costumbre. Al servirnos de este término, no pretendemos citar una causa primitiva, no hacemos más que indicar con él un principio de la naturaleza humana, generalmente reconocido y manifiesto por sus efectos. Sea lo que fuere, siempre es seguro que adelantamos aquí una proposición, si no verdadera, al menos muy inteligible, al decir que después de haber observado la relación constante de dos cosas, del calor, por ejemplo, con la llama, o de la solidez con el peso, el hábito nos determina a concluir la existencia de una de estas cosas cuando la otra existe. Esta hipótesis parece incluso la única apropiada para explicar por qué concluimos de mil casos lo que no podríamos concluir de un caso único, aunque fuese el mismo en todos los aspectos. La razón no varía así: las conclusiones que ella saca de la consideración de un círculo son las mismas que sacaría después de haber considerado todos los círculos que hay en el universo; mientras que nadie, después de haber visto un solo cuerpo moverse después de haber sido golpeado por otro, se atrevería a afirmar que todos los cuerpos sin excepción se pondrían en movimiento con un choque parecido. Así pues, ninguna inferencia experimental procede del razonamiento; nacen todas de la costumbre. La costumbre es el principal guía de la vida humana, ella sola es la que hace útiles nuestras experiencias, mostrándonos, en la semejanza de las diferentes series de acontecimientos, un porvenir semejante al pasado.

Hume, D. Investigación sobre el entendimiento humano, Ensayo V. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder, pp. 112–113.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es sobre qué se fundamentan nuestras inferencias científicas a partir de la experiencia.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Hume defiende que todas nuestras inferencias a partir de la experiencia se basan en la costumbre, no en el razonamiento. Cuando observamos repetidamente que dos fenómenos van juntos (como el calor y la llama), el hábito nos lleva a esperar uno cuando vemos el otro. Pero esa expectativa no tiene fundamento racional: la razón no puede justificar el paso de los casos observados a los no observados. La costumbre es el «principal guía de la vida humana», pero no es una fuente de certeza sino un mecanismo psicológico que nos permite funcionar sin garantizarnos la verdad.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Hume usa dos argumentos. El primero es la asimetría entre la razón y la experiencia: la razón saca las mismas conclusiones de un solo círculo que de todos los círculos del universo, pero nadie concluiría de un solo choque entre cuerpos que todos los cuerpos se comportarán igual. La repetición de observaciones añade algo que la razón sola no aporta, y ese algo es la costumbre. El segundo es que la costumbre es la única explicación plausible de por qué mil observaciones nos convencen y una sola no: si las inferencias experimentales fuesen racionales, una sola observación bastaría, igual que un solo triángulo basta para demostrar el teorema de Pitágoras.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Kant mantendría una posición diferente. Para él la relación causal no es un mero hábito sino una categoría a priori del entendimiento que hace posible la experiencia misma. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, si la causalidad fuera solo un hábito, no se explicaría que pudiéramos descubrir leyes nuevas que nunca hemos experimentado antes, como hizo Newton con la gravitación universal. Segundo, la propia explicación de Hume presupone la causalidad: dice que la costumbre «hace nacer» una disposición y que la repetición «determina» nuestras conclusiones, es decir, usa relaciones causales para explicar que la causalidad es un hábito, lo que es circular.

 


Una vez que ha alcanzado la condición de paradigma, una teoría científica sólo se considerará inválida si hay disponible un candidato alternativo para ocupar su lugar. No hay ningún proceso que los estudios históricos del desarrollo científico hayan puesto hasta ahora de manifiesto que tenga la menor semejanza con el estereotipo metodológico de falsación por contrastación directa con la naturaleza. Esta observación no quiere decir que los científicos no rechacen teorías científicas ni que la experiencia y la experimentación no sean esenciales en el proceso que conduce a ello. Lo que quiere decir, y que constituirá un punto central, es que el juicio que lleva a los científicos a rechazar una teoría previamente aceptada se basa siempre en algo más que en una contrastación de dicha teoría con el mundo. La decisión de rechazar un paradigma conlleva siempre simultáneamente la decisión de aceptar otro, y el juicio que lleva a tal decisión entraña la comparación de ambos paradigmas con la naturaleza y entre sí. Se ha observado a menudo, por ejemplo, que la segunda ley del movimiento de Newton, por más que su consecución hubiese exigido siglos de difícil investigación empírica y teórica, para los comprometidos con la teoría newtoniana funciona en gran medida como un enunciado puramente lógico que ningún conjunto de observaciones podría refutar. Algo muy parecido ocurrirá también con la generalización de que los científicos no rechazan los paradigmas cuando se enfrentan a anomalías o contraejemplos. No pueden hacer tal cosa si quieren seguir siendo científicos.

Kuhn, T. S. (2004). La estructura de las revoluciones científicas. Trad. Solís Santos. Fondo de Cultura Económica, cap. VIII, pp. 141–143.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si los científicos abandonan sus teorías cuando los hechos las contradicen.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Kuhn defiende que una teoría científica nunca se abandona simplemente porque los hechos la contradigan. Solo se descarta cuando existe otra teoría disponible para sustituirla. No hay en la historia de la ciencia ningún caso que se ajuste al modelo de «falsación directa»: los científicos no comparan una teoría con los hechos y la rechazan si no encaja, sino que comparan dos paradigmas rivales entre sí y con la naturaleza. Mientras no haya alternativa, los científicos siguen trabajando dentro de su paradigma a pesar de las anomalías. Es más: las leyes fundamentales de un paradigma funcionan casi como definiciones que ninguna observación podría refutar por sí sola.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Kuhn usa dos argumentos. El primero es histórico: los estudios históricos del desarrollo científico no muestran ningún caso de falsación directa. Lo que muestran es que los científicos solo abandonan un paradigma cuando tienen otro que lo sustituya; rechazar un paradigma sin reemplazo equivale a abandonar la ciencia misma. El segundo es que las leyes fundamentales de un paradigma se vuelven prácticamente irrefutables dentro de él: por ejemplo, la segunda ley de Newton funcionaba para los newtonianos como un enunciado casi lógico. Cuando una observación contradecía la ley, se buscaba el error en otra parte (en los cálculos, en los datos, en las hipótesis auxiliares), nunca en la ley misma. Esto demuestra que la contrastación con los hechos no determina por sí sola el rechazo de una teoría.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Popper mantendría una posición diferente. Para él la ciencia progresa precisamente por falsación: los científicos proponen conjeturas audaces y las someten a contrastación con los hechos; cuando una predicción falla, la teoría queda refutada. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, que los científicos no abandonen de hecho las teorías ante las anomalías no significa que no deban hacerlo. Kuhn confunde cómo se comportan los científicos (una cuestión sociológica) con cómo deberían comportarse (una cuestión metodológica). Segundo, si ninguna observación pudiera refutar nunca una teoría, como sugiere Kuhn, no habría forma de distinguir una teoría científica de un dogma religioso: cualquier teoría sería inmune a la crítica, y la ciencia perdería lo que la distingue de la pseudociencia.

 


En mi opinión, no existe nada que pueda llamarse inducción. Por tanto, será lógicamente inadmisible la inferencia de teorías a partir de enunciados singulares que estén «verificados por la experiencia». Así pues, las teorías no son nunca verificables empíricamente. Si queremos evitar el error positivista de que nuestro criterio de demarcación elimine los sistemas teóricos de la ciencia natural, debemos elegir un criterio que nos permita admitir en el dominio de la ciencia empírica incluso enunciados que no puedan verificarse. Pero, ciertamente, sólo admitiré un sistema entre los científicos o empíricos si es susceptible de ser contrastado por la experiencia. Estas consideraciones nos sugieren que el criterio de demarcación que hemos de adoptar no es el de la verificabilidad, sino el de la falsabilidad de los sistemas. Dicho de otro modo: no exigiré que un sistema científico pueda ser seleccionado, de una vez para siempre, en un sentido positivo; pero sí que sea susceptible de selección en un sentido negativo por medio de contrastes y pruebas empíricas: ha de ser posible refutar por la experiencia un sistema científico empírico.

Popper, K. R. (1962). La lógica de la investigación científica. Ed. Sánchez. Tecnos, §6, pp. 39–41.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es qué criterio distingue las teorías científicas de las que no lo son, y si las teorías científicas pueden verificarse.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Popper defiende que las teorías científicas no son nunca verificables: no se puede demostrar que sean verdaderas, porque la inducción no existe como procedimiento lógico válido. Pero lo que sí se puede hacer es intentar refutarlas. El criterio que distingue una teoría científica de una que no lo es no es que pueda verificarse sino que pueda falsarse: una teoría es científica si formula predicciones que, de no cumplirse, la refutarían. Si ninguna observación posible puede desmentir una teoría, esa teoría no es científica.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Popper usa dos argumentos. El primero es lógico: no existe la inducción como procedimiento lógico válido. De enunciados singulares («este cisne es blanco», «este otro cisne es blanco») no se puede inferir lógicamente un enunciado universal («todos los cisnes son blancos»). Por tanto, ninguna cantidad de observaciones puede verificar una teoría. El segundo es que el criterio positivista de verificabilidad, si se aplica rigurosamente, elimina de la ciencia precisamente lo que la hace valiosa: las teorías universales. Si solo aceptamos como científico lo que puede verificarse, toda ley natural queda fuera. La falsabilidad resuelve este problema: permite conservar las leyes universales como científicas sin pretender que sean verdaderas.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Aristóteles mantendría una posición diferente. Para él la ciencia sí puede alcanzar verdades necesarias y demostrables a partir de principios primeros evidentes por sí mismos. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, la inducción sí existe como proceso legítimo de conocimiento: de la observación repetida de casos particulares, el entendimiento abstrae la forma universal que es necesariamente verdadera. Segundo, si ninguna teoría pudiera verificarse jamás, como sostiene Popper, la ciencia se reduciría a un juego de conjeturas sin fundamento, lo que contradice el hecho de que las teorías científicas producen resultados fiables y previsibles, algo que no sería posible si no capturasen algo verdadero sobre la realidad.

 


El criterio de Popper ignora la notable tenacidad de las teorías científicas. Los científicos tienen la piel gruesa. No abandonan una teoría simplemente porque los hechos la contradigan. Normalmente o bien inventan alguna hipótesis de rescate para explicar lo que ellos llaman después una simple anomalía o, si no pueden explicar la anomalía, la ignoran y centran su atención en otros problemas. Obsérvese que los científicos hablan de anomalías, ejemplos recalcitrantes, pero no de refutaciones. La historia de la ciencia está, por supuesto, repleta de exposiciones sobre cómo los experimentos cruciales supuestamente destruyen a las teorías. Pero tales exposiciones suelen estar elaboradas mucho después de que la teoría haya sido abandonada. Si Popper hubiera preguntado a un científico newtoniano en qué condiciones experimentales abandonaría la teoría de Newton, algunos científicos newtonianos hubieran recibido la misma calificación que algunos marxistas. En los últimos años he defendido la metodología de los programas de investigación científica. En primer lugar defiendo que la unidad descriptiva típica de los grandes logros científicos no es una hipótesis aislada sino más bien un programa de investigación. La ciencia newtoniana, por ejemplo, no es sólo un conjunto de cuatro conjeturas. Esas cuatro leyes sólo constituyen el «núcleo firme» del programa newtoniano. Pero este núcleo firme está tenazmente protegido contra las refutaciones mediante un gran «cinturón protector» de hipótesis auxiliares. Y, lo que es más importante, el programa de investigación tiene también una heurística, esto es, una poderosa maquinaria para la solución de problemas que, con la ayuda de técnicas matemáticas sofisticadas, asimila las anomalías e incluso las convierte en evidencia positiva.

Lakatos, I. (1989). La metodología de los programas de investigación científica. Trad. Zapatero. Alianza, Introducción, pp. 12–14.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si el criterio de falsabilidad de Popper describe correctamente cómo funciona la ciencia y cómo se distingue de la pseudociencia.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Lakatos defiende que Popper se equivoca al pensar que las teorías científicas se abandonan cuando un experimento las refuta. En realidad, los científicos nunca abandonan una teoría por un solo contraejemplo: inventan hipótesis auxiliares para protegerla o simplemente ignoran la anomalía. Lo que hay que evaluar no es una hipótesis aislada sino un «programa de investigación» completo, que incluye un núcleo firme de principios (que no se cuestiona), un cinturón protector de hipótesis auxiliares (que se modifica cuando hace falta) y una heurística que permite asimilar las anomalías. La ciencia no funciona por refutaciones instantáneas sino por la capacidad de los programas para predecir hechos nuevos.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Lakatos usa dos argumentos. El primero es histórico: los científicos «tienen la piel gruesa» y no abandonan una teoría porque los hechos la contradigan. Lo que la historia llama «experimentos cruciales» suelen ser reconstrucciones hechas después, cuando la teoría ya ha sido sustituida. Si se hubiera preguntado a un newtoniano qué observación le haría abandonar la mecánica de Newton, no habría sabido responder, igual que un marxista dogmático. El segundo es estructural: la ciencia no trabaja con hipótesis aisladas sino con programas de investigación. El núcleo firme del programa está protegido por un cinturón de hipótesis auxiliares que absorbe las anomalías. Cuando un planeta no se mueve como predice la teoría, el científico newtoniano no abandona la ley de gravitación: revisa la refracción atmosférica, inventa un planeta desconocido o ajusta los cálculos. Eso no es trampa, es cómo funciona la ciencia real.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Popper mantendría una posición diferente. Para él una teoría es científica si y solo si es falsable, y debe ser abandonada cuando un experimento la refuta. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, el «cinturón protector» que describe Lakatos puede convertir cualquier teoría en irrefutable, y entonces no habría forma de distinguir la ciencia de la pseudociencia. Si siempre se pueden añadir hipótesis auxiliares para salvar una teoría, el marxismo y la astrología serían tan científicos como la física de Newton. Segundo, Lakatos reconoce que las anomalías existen pero propone tolerarlas indefinidamente esperando que el programa «despegue»; Popper respondería que esa tolerancia es precisamente lo que convierte a una teoría en dogma: el progreso científico exige que las teorías se expongan al riesgo de refutación, no que se las proteja de ella.

 

Disertación filosófica

 

PROPUESTA DE TEMA

¿Podemos estar seguros de que una teoría científica es verdadera?

 

CÓMO HACER UNA DISERTACIÓN FILOSÓFICA

 

La disertación filosófica es un texto argumentativo en el que defiendes una posición razonada ante una pregunta filosófica. No se trata de dar tu opinión sin más, sino de construir una respuesta fundamentada en argumentos, apoyada en lo que han dicho los filósofos y capaz de considerar posiciones contrarias a la tuya. La finalidad de una disertación es llegar a una verdad lo más objetiva posible, esto es, que pueda ser compartida por todo ser racional. Todos los argumentos, estés personalmente de acuerdo o en desacuerdo con ellos, deben ser expuestos con el máximo rigor y fuerza. La extensión debe estar entre 1200 y 1600 palabras.

 

I. TRABAJO PREVIO

 

Paso 1: Elige la pregunta que más te interese

Elige la pregunta sobre la que tengas una opinión más clara, la que te resulte más cercana o la que te provoque más curiosidad. Si tienes una opinión fuerte sobre ella, aunque sea en contra, eso es buena señal: significa que tienes algo que decir. Ve a lo más cercano y sencillo para ti. La complejidad la encontrarás según profundices.

 

Paso 2: Busca las posibles interpretaciones

Las preguntas filosóficas contienen conceptos que pueden entenderse de varias maneras. Identifica las palabras clave y pregúntate qué pueden significar. Cada significado diferente produce una interpretación distinta de la pregunta.

Por ejemplo, la pregunta ¿Progresa realmente la ciencia hacia la verdad? admite al menos tres interpretaciones:

  • Interpretación A: ¿Acumula la ciencia verdades de forma progresiva, acercándose cada vez más a una descripción completa de la realidad?
  • Interpretación B: ¿Rompen las revoluciones científicas con el pasado de tal manera que no tiene sentido hablar de progreso acumulativo?
  • Interpretación C: ¿Cabe distinguir entre progreso práctico (resolver más problemas, hacer mejores predicciones) y progreso hacia la verdad (conocer la realidad tal como es)?

💡 Tip: Si no se te ocurren varias interpretaciones, prueba a cambiar una palabra clave por un sinónimo: no es lo mismo ¿progresa la ciencia hacia la verdad? que ¿se acerca la ciencia a una descripción definitiva de la realidad? o ¿mejoran realmente las teorías o solo cambian? o ¿avanza la ciencia o da saltos sin dirección?

 

Paso 3: Piensa en las implicaciones y elige una interpretación

Cada interpretación tiene implicaciones distintas. Pregúntate: si respondiera que sí, ¿qué se seguiría de ello? ¿Y si respondiera que no? La interpretación más interesante suele ser la que tiene las implicaciones más profundas.

Por ejemplo:

  • Si la ciencia acumula verdades progresivamente (A), cada teoría nueva es más verdadera que la anterior y el conocimiento tiene una dirección clara. Pero entonces, ¿por qué teorías que parecían definitivas, como la mecánica newtoniana, han sido sustituidas por otras radicalmente distintas?
  • Si las revoluciones científicas rompen con el pasado (B), la ciencia no avanza hacia la verdad sino que salta de una visión del mundo a otra incompatible. Pero entonces, ¿cómo se explica que la ciencia funcione cada vez mejor?
  • Si cabe distinguir entre progreso práctico y progreso hacia la verdad (C), la ciencia podría resolver más problemas sin estar más cerca de la verdad, lo que obligaría a repensar qué tipo de conocimiento ofrece realmente.

Ahora elige la interpretación que te parezca más relevante y explica por qué las otras lo son menos. Sé coherente: sería contradictorio argumentar que la A es la más importante y luego trabajar con la C. Las implicaciones te ayudan a decidir: la interpretación que más cosas pone en juego suele ser la mejor para una disertación.

 

Paso 4: Formula tu tesis

Escribe en una frase la respuesta que vas a defender. Debe ser clara, concreta y discutible: alguien razonable debería poder estar en desacuerdo con ella. La tesis no contiene argumentos: eso viene después. Puede llevar matices y condiciones (pero, aunque, cuando), pero no justificaciones: si tu tesis lleva un «porque», ese «porque» es tu primer argumento, y su sitio es el desarrollo.

Ejemplos de buenas tesis:

  • La ciencia progresa genuinamente, pero su progreso consiste en resolver problemas con mayor eficacia, no en acercarse a una verdad definitiva.
  • La ciencia sí progresa hacia la verdad: cada teoría refutada nos acerca a una descripción más fiel de la realidad.

Ejemplos de malas tesis:

  • La ciencia es importante. (Demasiado vago.)
  • Ha habido muchas teorías científicas a lo largo de la historia. (No responde a la pregunta.)
  • La ciencia siempre tiene razón. (No tiene en cuenta ninguna objeción.)

💡 Tip: A medida que investigas puede que descubras que tu tesis inicial era incorrecta. Puedes modificarla o reflejar en la conclusión por qué has cambiado de opinión. Una disertación se escribe para llegar a una verdad, no para demostrar que tenemos razón.

 

Paso 5: Busca argumentos y trabaja con las fuentes

Lee los textos de la pestaña de Práctica y los libros disponibles de la bibliografía buscando argumentos a favor y en contra de tu tesis. Para cada argumento que encuentres, anota:

  • La idea principal, con tus propias palabras.
  • La referencia completa: autor, año, título y página.
  • Tu reacción: ¿estás de acuerdo?, ¿se te ocurre una objeción?, ¿te recuerda a otro autor?

Cómo citar. Hay cuatro formas:

Cita directa narrativa. Usa esta opción para dar importancia y protagonismo al pensador en tu texto. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. El año va inmediatamente después de su nombre.

Ejemplo: Feyerabend (1975) afirma que «la ciencia es una empresa esencialmente anarquista» (p. 1), de modo que ningún método fijo puede explicar sus mayores éxitos.

Cita directa parentética. Usa esta opción cuando quieres que el lector se concentre primero en la idea. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. Los datos del autor quedan en segundo plano al final de la frase.

Ejemplo: Frente a la imagen de un método científico riguroso y estable, se ha sostenido que «la ciencia es una empresa esencialmente anarquista» (Feyerabend, 1975, p. 1).

Cita indirecta narrativa. Explicas la idea con tus propias palabras, pero introduces la frase mencionando directamente al autor.

Ejemplo: Feyerabend (1975) defiende que no existe un método científico único y que las grandes revoluciones científicas han ocurrido precisamente cuando los investigadores han violado las reglas metodológicas establecidas (p. 1).

Cita indirecta parentética. Explicas la idea con tus propias palabras y colocas toda la información de la fuente junta al cerrar el punto.

Ejemplo: Las mayores revoluciones de la ciencia no siguieron ningún método fijo, sino que surgieron precisamente al saltarse las reglas metodológicas vigentes (Feyerabend, 1975, p. 1).

En todos los casos, después de la cita hay que explicar qué quiere decir el autor y relacionarla con tu argumento. Una cita sin explicación no demuestra nada.

💡 Tip: Cita con año y página la primera vez que atribuyes una idea a un autor. Después, si solo recuerdas o resumes algo que ya has citado antes (por ejemplo, en la valoración o en la conclusión), basta con nombrarlo: «como muestra Feyerabend…». Repetir el año y la página cada vez que aparece un apellido no es más riguroso, solo más pesado. La regla es sencilla: idea nueva, cita completa; idea ya citada, solo el apellido.

 

Paso 6: Haz un esquema

Antes de redactar, escribe en tu cuaderno un esquema con la introducción (interpretaciones, implicaciones, elección razonada, tesis), los argumentos a favor y en contra con sus citas, la valoración, la delimitación de tu tesis y la conclusión. Este esquema es tu hoja de ruta.

 

II. REDACCIÓN

 

Estructura de la disertación

Introducción (aprox. 15% del texto). Consta de dos partes:

  • Primer párrafo: presenta el problema con un gancho que atraiga al lector (una imagen, una paradoja, un dato, una experiencia), despliega las interpretaciones posibles con sus implicaciones, justifica cuál es la más relevante y termina reformulando la pregunta tal como vas a responderla. Esa formulación final es importante: tu conclusión tendrá que responder exactamente a ella.
  • Segundo párrafo: formula tu tesis de forma clara y concreta.

💡 Tip: el gancho es el lugar más fácil para colocar un ejemplo propio, y los ejemplos propios puntúan en la rúbrica. Una anécdota, un caso real o una experiencia tuya que plantee el problema vale más que empezar directamente con un filósofo. Además, empezar por algo tuyo es más fácil que empezar por Kant.

 

Desarrollo (aprox. 70% del texto). Aquí hay dos formas de trabajar:

  • Estructura básica, para quien necesita un guion claro:
    1. Argumentos a favor de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado con ejemplos y una cita explicada.
    2. Argumentos en contra de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado también con ejemplos y una cita explicada. No los debilites a propósito: expónlos con el mismo rigor que los tuyos.
    3. Valoración: compara ambos lados, señala las fortalezas y las debilidades de cada uno, y explica cuáles pesan más y por qué.

Con esta estructura, hecha correctamente, puedes llegar al nivel notable.

 

  • Estructura dialéctica, para quien quiere ir más allá:

En lugar de separar los argumentos en dos bloques, construye una conversación entre posiciones. Los argumentos se responden entre sí, se señalan sus límites sobre la marcha y el pensamiento progresa. No hay un bloque a favor y un bloque en contra: hay un recorrido en el que cada paso surge del anterior.

Por ejemplo, en lugar de escribir:

Argumento a favor 1: Popper defiende que la ciencia avanza eliminando errores. Argumento a favor 2: Lakatos propone que los programas progresivos generan predicciones nuevas. Argumento en contra 1: Kuhn argumenta que los paradigmas son incompatibles entre sí… Argumento en contra 2: Hume muestra que no podemos justificar la inducción…

Podrías escribir:

Popper defiende que la ciencia avanza eliminando errores mediante la falsificación. Pero Hume planteó un problema previo: si no podemos justificar la inducción, ¿cómo puede una refutación acercarnos a la verdad? Kuhn radicaliza la objeción: las revoluciones científicas no corrigen el paradigma anterior sino que lo sustituyen por otro incompatible. Lakatos intenta mediar…

Esta estructura es más exigente pero produce disertaciones mucho más ricas.

 

Herramientas para trabajar los argumentos

Estas cuatro operaciones sirven para manejar cualquier argumento, sea tuyo o de la posición contraria. No hay que usarlas todas ni en todas las disertaciones: son ayudas para cuando no sepas cómo seguir. Las dos primeras te servirán en cualquier estructura. Las dos últimas, acotar e invertir, son las que hacen posible la estructura dialéctica: sin ellas, los argumentos no pueden responderse entre sí.

Conceder. Reconocer lo que un argumento tiene de razón antes de responderle. Se escribe con fórmulas como «esta objeción es seria, porque…» o «hay algo verdadero en esta idea». Parece una debilidad y es lo contrario: quien reconoce la fuerza del contrario y aun así le responde resulta mucho más convincente que quien finge que el contrario no decía nada. Lo opuesto es una falacia, el hombre de paja: debilitar la posición contraria para vencerla con facilidad. Ten presente que en la rúbrica el hombre de paja puntúa cero en honestidad intelectual: si la posición contraria queda ridícula en tu texto, es casi seguro que la has caricaturizado.

Buscar un contraejemplo. Si un argumento afirma algo con «todos», «siempre» o «nunca», un solo caso contrario lo derriba. Si alguien dice «todos los profesores mandan deberes» y encuentras uno que no manda, la afirmación era falsa. Cuidado: contra «la mayoría de los profesores mandan deberes» un caso contrario no prueba nada, porque esa afirmación ya contaba con las excepciones. Esta herramienta no siempre podrá usarse, y no pasa nada: solo funciona con afirmaciones universales.

Acotar. Aceptar que un argumento prueba algo y mostrar hasta dónde llega de verdad: «tienes razón, pero no tanta». La manera habitual de acotar es distinguir: separar dos cosas que estaban mezcladas y mostrar que el argumento vale para una pero no para la otra. La distinción puede ser de grado (los videojuegos no son malos; jugar demasiado, sí) o de aspecto (que todos los ladrillos de un edificio vengan de la fábrica no significa que el plano del edificio venga de ella). Acotar sirve también con tu propia tesis: decir bajo qué condiciones se sostiene, o qué casos no resuelve, puntúa en la rúbrica.

Invertir. Mostrar que un argumento, bien entendido, prueba lo contrario de lo que pretendía. Quien afirma que la filosofía no sirve para nada está defendiendo una tesis filosófica, así que necesita la filosofía para atacarla. Es la herramienta más espectacular cuando funciona y la más ridícula cuando se fuerza: úsala solo si la inversión es real.

💡 Tip: existen más herramientas (el experimento mental, la reducción al absurdo, el dilema, la autorrefutación) explicadas con ejemplos en la página de Técnicas argumentales.

 

Cómo comprobar tu desarrollo

Muchas disertaciones parecen dialécticas y son una lista disfrazada. Hay dos pruebas para comprobarlo antes de entregar.

La prueba del orden. Coge dos argumentos que estén del mismo lado (dos a favor, o dos en contra) e imagina que los intercambias. ¿Se entiende igual? Si sí, están yuxtapuestos: cada uno va por su cuenta, como en una lista. Si no, porque el segundo se apoyaba en el primero o respondía a una objeción que este había dejado abierta, hay una cadena. En una estructura dialéctica de verdad, casi ningún párrafo del desarrollo puede moverse sin romper algo.

La prueba de los conectores. Mira con qué palabras empieza cada párrafo del desarrollo. Los conectores de suma (además, por otra parte, también, en segundo lugar) indican que estás añadiendo: es una lista. Los conectores de respuesta (ahora bien, sin embargo, contra esto cabe objetar, conviene distinguir) indican que estás contestando a lo anterior: es una cadena.

Si todos tus párrafos empiezan con conectores de suma, tu texto es una lista, por muchos autores que cites. Y no se arregla cambiando las palabras: hay que cambiar lo que hacen los párrafos.

 

Conclusión (aprox. 15% del texto). Debe hacer tres cosas:

  • Responder a la pregunta tal como la reformulaste al final de la introducción, explicando si te reafirmas en la tesis o si cambias de postura, y qué argumentos han pesado más.
  • Delimitar tu tesis: bajo qué condiciones se sostiene, qué casos no resuelve, o qué tendría que ocurrir para que dejara de ser válida. Ninguna tesis lo explica todo, y precisarlo no la debilita: la hace más fuerte. La rúbrica lo premia dentro de la honestidad intelectual.
  • Señalar las consecuencias o implicaciones para el mundo actual.

💡 Tip: Las mejores conclusiones vuelven al principio y cierran el círculo. Si abriste con una imagen, una pregunta o un dato sorprendente, retómalo aquí y muestra cómo tu argumentación le ha dado un sentido nuevo.

 

Bibliografía. Al final del texto, tras la conclusión, incluye una lista de las obras que has citado. No cuenta para el límite de palabras. El formato es el siguiente:

  • Apellido, N. (año). Título de la obra (trad. N. Apellido). Editorial.

Por ejemplo:

  • Feyerabend, P. (1975). Contra el método. Ariel.
  • Kuhn, T. S. (1962). La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica.

 

Consejos de redacción

  • Busca una apertura que enganche: una imagen, una paradoja, un dato sorprendente, una pregunta provocadora, una experiencia personal.
  • Haz frases cortas y claras. Evita las subordinadas en cadena.
  • Busca las palabras exactas. Evita afirmaciones vagas.
  • Los ejemplos que puntúan como propios son los que no aparecen ni en los textos de práctica ni en clase: de tu experiencia, de la actualidad, de la naturaleza, de la cultura. Un buen ejemplo propio no solo adorna: si al quitarlo el argumento pierde fuerza, es que estaba haciendo trabajo de verdad. Esa es la diferencia que la rúbrica premia.
  • Una cita sola, sin explicación, no demuestra nada. Explica siempre qué quiere decir el autor y por qué es relevante para tu argumento.
  • Un argumento no es una frase. Requiere desarrollo, ejemplo y, si puede ser, una cita explicada.
  • Reserva la primera persona para la tesis y la conclusión. En el desarrollo, expón los argumentos de forma impersonal.

 

Fases de escritura

Producción. Escribe todas las ideas sin preocuparte por el orden ni la corrección. El objetivo es sacar todo lo que tienes en la cabeza.

Edición. Ordena las ideas, redacta los párrafos, integra las citas con su explicación, conecta los argumentos entre sí.

Revisión. Lee el texto completo: ¿se entiende la tesis?, ¿los argumentos la sostienen?, ¿las citas están explicadas?, ¿la conclusión responde a la pregunta y delimita la tesis? Aplica la prueba del orden y la de los conectores. Comprueba la ortografía, cuenta las palabras y pasa a limpio.

 

Ejemplo de disertación

La siguiente disertación es un ejemplo de cómo aplicar los pasos anteriores. No es un modelo perfecto: es un ejemplo de trabajo bien hecho que puedes usar como referencia.

 

¿Progresa realmente la ciencia hacia la verdad?

En 1900, Lord Kelvin declaró supuestamente que la física estaba prácticamente completa y que solo quedaban «dos pequeñas nubes» por resolver. Esas dos nubes resultaron ser la relatividad y la mecánica cuántica, que no solo resolvieron los problemas pendientes sino que demolieron los fundamentos mismos de la física que Kelvin consideraba acabada. La historia de la ciencia está llena de episodios parecidos: teorías que parecían definitivas (el flogisto, el calórico, el éter, la mecánica newtoniana) fueron abandonadas y sustituidas por otras radicalmente distintas. Si cada generación descubre que las «verdades» de la anterior eran errores, ¿estamos realmente avanzando hacia la verdad o simplemente reemplazando una historia por otra? La pregunta «¿progresa realmente la ciencia hacia la verdad?» admite varias lecturas. Puede referirse a si la ciencia acumula verdades de forma progresiva, acercándose cada vez más a una descripción completa de la realidad: si es así, cada teoría nueva es más verdadera que la anterior y el conocimiento tiene una dirección clara. Puede referirse a si las revoluciones científicas rompen con el pasado de tal manera que no tiene sentido hablar de progreso acumulativo: si es así, la ciencia no avanza hacia la verdad sino que salta de una visión del mundo a otra incompatible con la anterior. O puede referirse a si cabe distinguir entre progreso práctico (resolver más problemas, hacer mejores predicciones) y progreso hacia la verdad (conocer la realidad tal como es): si cabe, la ciencia podría progresar en un sentido sin hacerlo necesariamente en el otro. Esta última lectura es la más fecunda, porque permite reconocer los logros evidentes de la ciencia sin cerrar los ojos ante las discontinuidades que su historia muestra. La pregunta, entonces, es esta: cuando la ciencia sustituye una teoría por otra mejor, ¿se acerca más a la verdad o simplemente resuelve más problemas?

La tesis que defenderé es que la ciencia progresa genuinamente, pero que su progreso consiste en resolver problemas con mayor eficacia y amplitud, no en acercarse a una verdad definitiva que quizá nunca alcancemos.

Popper ofrece la visión más optimista del progreso científico. Para él, la ciencia avanza mediante un proceso de conjeturas y refutaciones: los científicos proponen teorías audaces, las someten a pruebas rigurosas y eliminan las que no resisten el contraste con la experiencia. Cada teoría refutada nos acerca a la verdad porque reduce el espacio de lo posible: «nuestro conocimiento solo puede ser finito, mientras que nuestra ignorancia tiene que ser necesariamente infinita» (Popper, 1963, p. 48). La ciencia no demuestra verdades, pero descarta errores, y eso es progreso real. Sin embargo, esta visión choca con un problema que Hume planteó dos siglos antes: no podemos justificar racionalmente la inducción. Que el sol haya salido cada mañana durante miles de años no demuestra que saldrá mañana; solo nos da un hábito de expectativa (Hume, Investigación sobre el entendimiento humano, IV, p. 42). Si Hume tiene razón, ¿cómo puede la falsificación acercarnos a la verdad? Popper reconoce el problema y responde que la ciencia no necesita la inducción: avanza por eliminación de errores, no por acumulación de confirmaciones. Pero la objeción de Hume sigue pesando: para diseñar un experimento que refute una teoría, necesitamos suponer que la naturaleza se comportará mañana como se comportó ayer, y eso es exactamente lo que Hume cuestionó. La base del método popperiano descansa sobre un supuesto que ni él ni nadie ha conseguido fundamentar del todo. Si no podemos confiar en que la regularidad pasada se mantendrá, ni siquiera una refutación es definitiva: quizá la teoría falló solo en esas circunstancias concretas, no en todas.

Kuhn radicaliza el problema desde otro ángulo. En La estructura de las revoluciones científicas, argumenta que la ciencia no progresa de forma lineal sino a través de «revoluciones» en las que un paradigma entero (con sus leyes, sus métodos y sus supuestos básicos) es sustituido por otro radicalmente diferente (Kuhn, 1962, p. 150). La física de Newton no «mejoró» la de Aristóteles: la reemplazó por completo, cambiando incluso el significado de conceptos como «fuerza» o «masa». Y la física de Einstein no «completó» la de Newton: la reformuló desde los cimientos, mostrando que el espacio y el tiempo no son lo que Newton creía. Si los paradigmas sucesivos son incompatibles entre sí, si ni siquiera comparten el significado de sus términos centrales, ¿en qué sentido puede decirse que la ciencia avanza «hacia» algo? Para Kuhn, la ciencia resuelve más puzzles dentro del nuevo paradigma, pero eso no significa que esté más cerca de la verdad: significa que tiene herramientas nuevas, no necesariamente mejores en un sentido absoluto. Lakatos intentó mediar entre Popper y Kuhn con su teoría de los programas de investigación. Un programa es «progresivo» si genera predicciones nuevas y exitosas, y «degenerativo» si solo se dedica a explicar anomalías a posteriori (Lakatos, 1978, p. 52). Esto ofrece un criterio de progreso que no requiere hablar de verdad: podemos evaluar si un programa avanza o retrocede sin necesidad de saber si se acerca a la realidad última. Pero el criterio de Lakatos tiene un problema que el propio Kuhn señalaría: ¿quién decide cuándo un programa ha dejado de ser progresivo? La historia muestra que programas aparentemente agotados han resurgido décadas después con nuevos éxitos; la teoría atómica fue considerada mera ficción útil durante gran parte del siglo XIX antes de ser confirmada en el XX. El juicio sobre el progreso solo es claro en retrospectiva, lo que limita severamente su utilidad como guía para la ciencia en marcha.

Lo que este recorrido revela es que «progreso» y «verdad» no son lo mismo, aunque a menudo los confundamos. La ciencia progresa indudablemente: hoy resolvemos problemas que hace un siglo eran inabordables, hacemos predicciones de una precisión extraordinaria y disponemos de tecnologías que funcionan. Eso no es una ilusión. Pero que las teorías funcionen no demuestra que sean verdaderas, como Hume vio con claridad: que algo haya funcionado hasta ahora no garantiza que siga funcionando ni que refleje la estructura real de la naturaleza. Lo más prudente es reconocer, con Lakatos, que la ciencia progresa en su capacidad de resolver problemas, y aceptar, con Kuhn, que ese progreso no es lineal ni garantiza la convergencia hacia una verdad final. Popper tenía razón al insistir en que la ciencia avanza eliminando errores; pero quizá se equivocaba al creer que eso nos acerca a la verdad, porque cada nuevo paradigma no solo corrige errores del anterior sino que redefine qué cuenta como error y qué cuenta como explicación.

Conviene delimitar la tesis. No sostengo que el progreso científico sea una simple ilusión, ni que todas las teorías tengan el mismo valor; sostengo que la mejora que la ciencia produce es demostrable en su capacidad de resolver problemas, mientras que su avance hacia una verdad última permanece indemostrable. Mi tesis se sostiene mientras exista esa asimetría entre eficacia contrastable y verdad última incontrastable. Si alguien mostrara un criterio que permitiera medir la cercanía a la verdad con la misma solidez con que medimos la capacidad de resolver problemas, mi tesis quedaría en entredicho.

Volviendo a Lord Kelvin y sus «dos pequeñas nubes»: lo que él no podía imaginar era que esas nubes no eran excepciones dentro de su física, sino los primeros indicios de una física completamente diferente. Eso no fue un fracaso del progreso científico: fue su forma de operar. La ciencia no avanza en línea recta hacia una meta que conoce de antemano, sino que descubre, paso a paso, que la realidad es más extraña y más rica de lo que cualquier teoría previa había supuesto. Quizá esa sea la forma más honesta de progreso: no acercarse a una verdad que ya está ahí esperando, sino ampliar continuamente nuestra capacidad de preguntar y de asombrarnos ante lo que todavía no comprendemos.

 

Bibliografía

  • Hume, D. (1748). Investigación sobre el entendimiento humano. Alianza.
  • Kuhn, T. S. (1962). La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica.
  • Lakatos, I. (1978). La metodología de los programas de investigación científica. Alianza.
  • Popper, K. (1963). Conjeturas y refutaciones. Paidós.

(1296 palabras)

 

III. EVALUACIÓN

Rúbrica de evaluación

Criterio Deficiente Aceptable Notable Excelente
Estructura e introducción
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Falta alguna parte esencial o la organización resulta confusa. La tesis no aparece con claridad.
1 pt.
Introducción, desarrollo y conclusión reconocibles. La tesis se formula con claridad y se retoma al final.
1,5 pt.
La introducción despliega las interpretaciones de la pregunta con sus implicaciones y justifica cuál se elige. La conclusión añade consecuencias o implicaciones actuales.
2 pt.
Además, la interpretación elegida orienta de principio a fin el desarrollo, y la conclusión responde a la pregunta tal como quedó planteada en la introducción.
Argumentación
hasta 3,5 puntos
0,5 pt.
Los argumentos apenas se desarrollan. Faltan ejemplos o citas, o estas no se explican. No se consideran posiciones contrarias.
2 pt.
Presenta al menos dos argumentos a favor y dos en contra, cada uno con ejemplos y una cita explicada. Los argumentos se exponen por separado, sin relacionarse entre sí.
3 pt.
Se comparan las posiciones y se señalan las fortalezas y las debilidades de cada una. La valoración final está razonada.
3,5 pt.
Los argumentos se responden entre sí: se concede lo que la posición contraria prueba y se muestra hasta dónde llega, o se invierte a favor de la tesis. La reflexión progresa.
Honestidad intelectual
hasta 1 punto
0 pt.
La posición contraria se caricaturiza, se presenta en su versión más débil o se le atribuye lo que no dice (hombre de paja).
0,5 pt.
La posición contraria se expone correctamente, aunque de forma escueta.
0,75 pt.
La posición contraria se expone en su versión más fuerte, con el mismo rigor que la propia.
1 pt.
Además, se delimitan las condiciones en que la propia tesis se sostiene, o los casos que no logra resolver.
Ejemplos propios
hasta 1,5 puntos
0,25 pt.
No usa ejemplos, o solo los que aparecen en los textos de práctica y en clase.
0,75 pt.
Usa algún ejemplo propio, aunque resulte decorativo o poco relacionado con el argumento.
1 pt.
Usa al menos dos ejemplos propios, pertinentes y bien elegidos para el argumento que ilustran.
1,5 pt.
Los ejemplos propios no solo ilustran: hacen avanzar el argumento, porque muestran algo que la cita por sí sola no mostraba.
Claridad y precisión expresiva
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Vocabulario impreciso. Párrafos poco conectados. Frases difíciles de seguir.
1 pt.
Vocabulario sencillo pero adecuado. El texto se entiende correctamente.
1,5 pt.
Vocabulario preciso y uso correcto de los conceptos filosóficos. Los párrafos se enlazan con conectores adecuados y la lectura es fluida.
2 pt.
Expresión rigurosa y matizada. Cada palabra dice exactamente lo que debe decir. Estilo cuidado.

Nota final: suma de los cinco criterios sobre 10 puntos, menos las penalizaciones. En cada criterio se asigna uno de los cuatro valores de la tabla, sin puntuaciones intermedias.

Sobre la estructura: quien sigue correctamente la estructura básica puede alcanzar el nivel notable. El nivel excelente exige que los argumentos se respondan entre sí, que la reflexión avance más allá de una simple acumulación de ideas.

 

Condiciones de entrega

Si no se cumplen, la disertación no se corrige:

  • Entregada en clase, dentro del plazo establecido.
  • Escrita a mano, en folios en blanco, con letra legible.
  • Al final del texto, tras la bibliografía, debe figurar el número de palabras de la disertación (sin contar la bibliografía).

El recuento forma parte del trabajo: llevarlo durante la redacción es la manera de ajustar la extensión mientras aún se puede corregir.

 

Penalizaciones

Concepto Descuento
Extensión (no acumulable: se aplica solo el tramo correspondiente, sobre el número de palabras declarado)
Desviación de hasta 100 palabras (1100-1199 o 1601-1700)
−0,5
Desviación de 100 a 200 palabras (1000-1099 o 1701-1800) −1
Desviación superior a 200 palabras (menos de 1000 o más de 1800) −2
Presentación (acumulable hasta un máximo de −1)
Sin sangría en la primera línea de cada párrafo
−0,25
Sin márgenes −0,25
Tachones o correcciones visibles −0,5
Ortografía (acumulable, sin límite)
Por cada falta de ortografía
−0,25
Por cada falta de tilde −0,05

 

Recursos

 

Bibliografía

Fuentes primarias

  • Aristóteles. Analíticos segundos, I. En Aristóteles y Candel Sanmartín, M. (1988). Tratados de lógica (Organon). Vol. 2. Gredos.
  • Bacon, F. (2011). La gran restauración (Novum Organum).
  • Descartes, R. (2011). Discurso del método (ed. M. C. Flórez). Gredos.
  • Hume, D. Investigación sobre el entendimiento humano, Ensayo V. En Verneaux, R. (1982). Textos de los grandes filósofos. Edad moderna. Herder.
  • Kuhn, T. S. (2004). La estructura de las revoluciones científicas (trad. C. Solís). FCE.
  • Lakatos, I. (1989). La metodología de los programas de investigación científica (trad. J. C. Zapatero). Alianza.
  • Popper, K. R. (1962). La lógica de la investigación científica (ed. V. Sánchez). Tecnos.

 

Manuales, historias de la filosofía y obras de referencia

  • Chalmers, A. (1990). ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? Siglo XXI.
  • Díez Calzada, J. A. (2002). Iniciación a la lógica. Ariel.
  • Echeverría, J. (1995). Filosofía de la ciencia. Akal.
  • Ferrater Mora, J. (1964). Diccionario de filosofía (2 vols.). Sudamericana.
  • Honderich, T. (dir.) (2001). Enciclopedia Oxford de filosofía. Tecnos.
  • Losee, J. (1981). Introducción histórica a la filosofía de la ciencia. Alianza.

 

Vídeos

 

Glosario

 

GLOSARIO

Anarquismo epistemológico. Posición de Feyerabend según la cual no existe un método científico único y universal; su lema, «todo vale», defiende la libertad de los científicos para explorar cualquier enfoque sin restricciones.

Cambio de paradigma. En Kuhn, el proceso por el que la comunidad científica abandona un paradigma en crisis por otro alternativo. No es puramente racional, ya que los paradigmas son inconmensurables entre sí.

Ciencia normal. En Kuhn, el periodo en que la comunidad científica trabaja dentro de un paradigma compartido sin cuestionarlo, resolviendo los «puzles» que este plantea y atribuyendo las anomalías a errores propios.

Círculo de Viena. Grupo de filósofos, fundado por Schlick, que defendió el empirismo lógico: solo son científicamente significativas las proposiciones verificables mediante hechos observables.

Conjeturas y refutaciones. Expresión de Popper para el progreso científico: la ciencia no acumula verdades, sino que propone conjeturas audaces y las somete a contrastación, descartándolas si son refutadas.

Contexto de descubrimiento / contexto de justificación. Distinción de Herschel, precisada por Reichenbach: el de descubrimiento se refiere a cómo se formula una teoría; el de justificación, a cómo se contrasta. Para Popper, solo importa este segundo.

Criterio de demarcación. En Popper, el criterio que distingue una teoría científica de otra que no lo es: la falsabilidad, es decir, que formule predicciones que podrían no cumplirse.

Empirismo lógico. También llamado positivismo lógico, corriente del Círculo de Viena que combina el empirismo con el análisis lógico del lenguaje, sosteniendo que solo tiene sentido lo verificable empíricamente.

Falsabilidad. Criterio de Popper: una teoría es científica si formula predicciones arriesgadas que podrían no cumplirse. Cuanto más arriesgadas y más experimentos supera, más sólida es la teoría.

Inconmensurabilidad. En Kuhn, la imposibilidad de comparar dos paradigmas desde un punto de vista neutral, porque cada uno tiene su propio vocabulario y sus propios problemas, de modo que ni siquiera los mismos términos significan lo mismo en ambos.

Infradeterminación de las teorías por los hechos. Problema de Duhem: los datos experimentales son siempre compatibles con más de una teoría, de modo que ninguna observación puede determinar por sí sola cuál es la teoría correcta.

Instrumentalismo. Posición, defendida por Mach, según la cual las teorías científicas no describen cómo es el mundo, sino que son herramientas útiles para predecir y manejar fenómenos, sin comprometerse con la verdad de sus entidades.

Leyes científicas / teorías científicas. Las leyes son enunciados universales que se descartan por completo ante una sola observación contraria; las teorías son más flexibles y se mantienen hasta que aparece una alternativa mejor.

Metafísica (en filosofía de la ciencia). Para el Círculo de Viena, toda afirmación que no puede contrastarse con hechos observables y que, por tanto, carece de significado científico, como las preguntas sobre Dios o el alma.

Paradigma. En Kuhn, el modelo teórico compartido por una comunidad científica, que incluye teorías, métodos y problemas legítimos. Durante la ciencia normal se trabaja sin cuestionarlo.

Periodo revolucionario. En Kuhn, la fase en que un paradigma entra en crisis por acumulación de anomalías y, si surge una alternativa convincente, se produce un cambio de paradigma no gradual sino de ruptura.

Problema de la inducción. Señalado por Hume y retomado por Popper: ningún número de observaciones particulares justifica lógicamente una conclusión universal, porque siempre cabe que el siguiente caso sea distinto.

Programa de investigación científica. En Lakatos, unidad de análisis de la ciencia formada por un núcleo firme de principios no cuestionados y un cinturón protector de hipótesis auxiliares que absorbe las anomalías.

Verificabilidad. Criterio del Círculo de Viena: una proposición es verificable si sabemos qué observaciones la confirmarían o la refutarían, aunque no dispongamos aún de medios técnicos para comprobarlo.

 

Quiz

 

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Teoría

 

¿QUÉ ES LA CIENCIA?

¿Existe la ciencia como algo unitario? ¿Son todas las ciencias iguales? ¿Deben compartir el mismo método? ¿Pueden las ciencias explicarlo absolutamente todo? ¿Describen las teorías científicas la verdadera realidad? ¿Qué son las pseudociencias?

Estas preguntas son el objeto de la filosofía de la ciencia, que trata de averiguar cuatro cosas:

  1. las características que distinguen la investigación científica de otros tipos de investigación,
  2. los procedimientos que deben seguir los científicos,
  3. las condiciones que debe reunir una explicación científica para ser correcta,
  4. y el tipo y la fiabilidad del saber que resulta de la actividad científica.

 

REALISMO E INSTRUMENTALISMO CIENTÍFICOS

Una de las preguntas más antiguas y persistentes de la filosofía de la ciencia es si las teorías científicas describen realmente el mundo o son simplemente herramientas útiles para predecir fenómenos. Este debate opone el realismo científico al instrumentalismo.

Los pitagóricos son los primeros representantes del realismo: para ellos, las matemáticas no son una mera herramienta racional sino la descripción perfecta del orden del universo. El mundo se compone de relaciones matemáticas. Platón sigue esa orientación al defender que la estructura profunda de la realidad no se nos aparece directamente, sino que lo fenoménico oculta el verdadero ser: el mundo de las Ideas.

Frente al realismo, la postura instrumentalista sostiene que las teorías científicas no describen la realidad: son herramientas explicativas y predictivas de alcance limitado. Aunque las teorías funcionasen bien, nunca podríamos saber si se corresponden con la realidad, porque no tenemos acceso directo a ella sino siempre mediado por nuestros aparatos conceptuales. La tarea de las teorías científicas consiste simplemente en explicar los fenómenos, sin ningún compromiso sobre cómo es el mundo en sí mismo.

💡 Tip: Reflexiona sobre esto: ¿las matemáticas se descubren o se inventan? ¿Los números son reales o son una construcción humana? Tu respuesta a esas preguntas te situará del lado del realismo o del instrumentalismo.

 

El debate en la astronomía antigua: Ptolomeo

Desde la Antigüedad se consideraba que el movimiento perfecto de los cuerpos celestes debía ser circular. Pero los planetas —y en especial Marte— describen a nuestros ojos una trayectoria extraña: en ciertos momentos parecen retroceder. Este fenómeno se llama movimiento de retrogradación y es la razón por la que los griegos llamaron a estos cuerpos planetas (en griego, «errantes»).

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Claudio Ptolomeo (100–178) introdujo sofisticados dispositivos teóricos —los epiciclos y los deferentes— para dar cuenta de ese movimiento aparentemente desordenado. Su postura fue ambivalente: en el Almagesto sugiere que sus modelos matemáticos no describen el movimiento real de los planetas sino que solo sirven para calcular sus trayectorias (postura instrumentalista); pero en las Hypotheses planetarum sostiene que esos dispositivos forman parte de la estructura real del universo (postura realista).

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La Revolución Científica: Copérnico y Galileo

El debate reaparece en los siglos XVI y XVII, durante la llamada Revolución Científica. Nicolás Copérnico (1473–1543) mantuvo un compromiso realista con su modelo heliocéntrico, aunque el teólogo Andreas Osiander, en el prólogo de su obra De revolutionibus orbium coelestium (1543), presentó ese modelo como un mero artificio matemático para simplificar los cálculos del sistema ptolemaico.

 

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Pocos años después, el debate tuvo como protagonistas al cardenal Roberto Bellarmino (1542–1621) y al físico Galileo Galilei (1564–1642). Bellarmino pidió a Galileo que adoptase una postura instrumentalista sobre el heliocentrismo, ya que sus pruebas —observaciones de cráteres lunares, cuatro lunas de Júpiter, manchas solares y las fases de Venus— no eran concluyentes. Galileo rechazó la recomendación y publicó en 1632 el Diálogo sobre los principales sistemas del mundo, donde defendía abiertamente el heliocentrismo copernicano. Tras un proceso inquisitorial, fue condenado a arresto domiciliario de por vida.

Galileo también realizó importantes aportaciones metodológicas. Propuso que lo que distingue las explicaciones científicas de otras es que se basan en las propiedades primarias de los objetos: aquellas que pueden medirse cuantitativamente (forma, tamaño, peso, velocidad…), a diferencia de las propiedades secundarias (colores, sabores, olores…), que son subjetivas y solo existen en nuestra mente. Además, amplió el método inductivo-deductivo aristotélico introduciendo experimentos mentales o abstracciones que permiten entender por extrapolación cómo se comportarían los cuerpos en condiciones ideales. Su pregunta sobre cómo caerían los cuerpos en el vacío es un ejemplo: no puede responderse experimentalmente en condiciones naturales ordinarias.

 

La piedra angular del método científico es el postulado de la objetividad de la Naturaleza. Es decir, la negativa sistemática a considerar capaz de conducir a un conocimiento «verdadero» toda interpretación de los fenómenos dada en términos de causas finales, es decir de «proyecto». Se puede fechar exactamente el descubrimiento de este principio. La formulación, por Galileo y Descartes, del principio de inercia, no fundaba sólo la mecánica, sino la epistemología de la ciencia moderna, aboliendo la física y la cosmología de Aristóteles. Cierto; ni la razón, ni la lógica, ni la experiencia, ni incluso la idea de su confrontación sistemática habían faltado a los predecesores de Descartes. Pero la ciencia, tal como la entendemos hoy, no podía constituirse sobre estas únicas bases. Le faltaba todavía la austera censura impuesta por el postulado de objetividad. Postulado puro, por siempre indemostrable, porque evidentemente es imposible imaginar una experiencia que pudiera probar la no existencia de un proyecto, de un fin perseguido, en cualquier parte de la naturaleza.

Jacques Monod, El azar y la necesidad, 1970.

 

Kepler y la abducción

Johannes Kepler (1571–1630), astrónomo y matemático alemán, contribuyó decisivamente al desarrollo del modelo copernicano y lo hizo empleando una forma de razonamiento distinta de la inducción y la deducción: la abducción.

Si la inducción exige examinar todos los casos particulares para llegar a un principio general —algo que en la práctica es imposible—, la abducción relaja esa exigencia y se conforma con una inferencia a la mejor explicación. El lógico Charles Sanders Peirce (1839–1914) la formuló así: «El hecho C es observado; pero si A fuera verdadera, por supuesto se daría C; luego hay razón para sospechar que A es verdadera» (Collected Papers, 5.189). No es un razonamiento lógicamente riguroso, pero permite formular hipótesis plausibles a partir de los datos disponibles.

Kepler la aplicó al problema de la órbita de Marte. Sus cálculos basados en una órbita circular diferían en 8 minutos de arco respecto a las observaciones del astrónomo Tycho Brahe. Ante esa discrepancia, en lugar de atribuirla a un error de observación, Kepler cuestionó el supuesto de partida —que la órbita fuese circular— y fue probando diferentes figuras ovales hasta dar con que la elipse encajaba perfectamente con los datos. En sus propias palabras:

Es imposible que Tycho cometiera un error de observación equivalente a ocho minutos; debemos buscar el origen de las discrepancias en nuestras hipótesis iniciales. Esos ocho minutos que no tenemos derecho a descuidar nos brindarán el medio para reformar toda la astronomía. (Astronomia nova, 1609)

Desde su razonamiento abductivo, Kepler no demostró que la órbita de Marte sea verdaderamente elíptica: demostró que esa hipótesis es la que mejor da cuenta de las observaciones. La abducción es, en definitiva, una estrategia para el descubrimiento científico —una forma de llegar a la mejor hipótesis posible— sin comprometerse con que esa hipótesis describa la realidad tal como es.

 

Newton y el método axiomático

Isaac Newton (1642–1727) defendió el procedimiento inductivo-deductivo frente al modelo puramente deductivo de Descartes, pero en su obra principal, Principios matemáticos de la filosofía natural (1687), aplicó un método axiomático que consta de tres etapas.

La primera es la formulación de un sistema axiomático: un conjunto de teoremas, definiciones y axiomas organizados deductivamente. Un axioma es un principio fundamental e indemostrable sobre el que se construye una teoría. Aquí es donde Newton enuncia sus tres leyes del movimiento:

  • Primera ley (inercia): todo cuerpo continúa en reposo o en movimiento uniforme y rectilíneo salvo que una fuerza lo obligue a cambiar de estado.
  • Segunda ley: el cambio de movimiento es proporcional a la fuerza aplicada y se produce en la dirección de esa fuerza.
  • Tercera ley (acción y reacción): a toda acción se opone siempre una reacción igual y en sentido contrario.

La segunda etapa es especificar un procedimiento de correlación entre los teoremas del sistema axiomático y las observaciones empíricas. Esta distinción entre el sistema formal y su aplicación empírica fue una de las contribuciones más importantes de Newton a la metodología científica. La tercera etapa es la confirmación empírica de las consecuencias derivadas del sistema. Newton subrayaba, sin embargo, que todas las interpretaciones de los procesos naturales son contingentes y están sujetas a revisión a la luz de nuevas evidencias.

 


Con Newton, la ciencia parece haber alcanzado su forma definitiva: un sistema axiomático que describe el universo con precisión matemática y que la experiencia confirma una y otra vez. Durante más de un siglo nadie duda seriamente de que la física newtoniana describe la realidad tal como es. Pero en el siglo XIX esa confianza empieza a resquebrajarse, no por un fallo experimental sino por un descubrimiento puramente teórico: resulta que hay más de una geometría posible, y todas son igualmente coherentes. Si las matemáticas, el lenguaje de la ciencia, admiten varios sistemas incompatibles entre sí, ¿cuál de ellos describe el mundo real? ¿O acaso ninguno lo hace?


 

Las geometrías no euclidianas y el convencionalismo

Un nuevo cuestionamiento del estatus de las teorías científicas llegó en el siglo XIX con la construcción de las geometrías no euclidianas. Bernhard Riemann (1826–1866) y Nikolai Lobachevsky (1792–1856) desarrollaron respectivamente la geometría elíptica (de curvatura positiva) y la geometría hiperbólica (de curvatura negativa), alternativas perfectamente coherentes a la geometría plana de Euclides.

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Esto no invalidó la geometría euclidiana, pero mostró que pueden existir varios sistemas matemáticos igualmente válidos e internamente coherentes que resultan incompatibles entre sí. Y que cualquiera de ellos puede o no corresponderse con lo que encontramos en la naturaleza. De ahí surgió la tesis convencionalista: las teorías matemáticas —y por extensión las científicas— son convenciones que quizá representan aspectos del mundo, pero sobre las que nunca podemos tener la certeza de que describen exactamente cómo funciona la realidad.

 

POSTURAS SOBRE EL ESTATUS DE LAS TEORÍAS CIENTÍFICAS

Postura Tesis central
Realismo Las ciencias nos proporcionan una representación adecuada del mundo tal como es, con independencia de nosotros.
Instrumentalismo No podemos saber si las teorías científicas describen adecuadamente la realidad. Las aceptamos porque nos proporcionan buenas predicciones.
Relativismo No podemos saber si las teorías científicas describen adecuadamente la realidad. Las aceptamos porque se corresponden con la imagen del mundo del grupo al que pertenecemos.
Convencionalismo Las teorías científicas son convenciones útiles. Pueden representar aspectos del mundo, pero no hay garantía de que lo describan tal como es.

 

Práctica

 

Lee atentamente cada texto y responde a las cuatro preguntas en tu cuaderno.

 

Es una teoría de la razón que asigna a los argumentos racionales el papel modesto pero importante de criticar nuestros intentos, con frecuencia errados, por resolver nuestros problemas. Es también una teoría de la experiencia que asigna a nuestras observaciones el papel igualmente modesto y casi igualmente importante de constituir tests que puedan ayudarnos a descubrir nuestros errores. Si bien destaca nuestra falibilidad, no se resigna al escepticismo, pues al mismo tiempo destaca el hecho de que el conocimiento puede incrementarse y que la ciencia puede progresar, justamente porque aprendemos de nuestros errores. El conocimiento científico progresa a través de anticipaciones injustificadas (e injustificables), de presunciones, de soluciones tentativas para nuestros problemas, de conjeturas. Estas conjeturas son controladas por la crítica; esto es, por intentos de refutaciones, entre las que se cuentan tests severamente críticos. Ellas pueden sobrevivir a estos tests, pero nunca pueden ser justificadas categóricamente: no se las puede establecer como indudablemente verdaderas, ni siquiera como «probables». La crítica de nuestras conjeturas es de importancia decisiva: al poner de manifiesto nuestros errores, nos hace comprender las dificultades del problema que estamos tratando de resolver. La misma refutación de una teoría —es decir, de una solución tentativa seria para nuestro problema— es siempre un paso adelante que nos acerca a la verdad. Y es ésta la manera por la cual podemos aprender de nuestros errores. A medida que aprendemos de nuestros errores, nuestro conocimiento aumenta, aunque nunca podemos llegar a conocer con certeza. Aquellas teorías que resultan más resistentes a la crítica y que parecen, en una cierta época, mejores aproximaciones a la verdad que otras teorías conocidas, pueden ser descritas como «la ciencia» de esa época. Puesto que ninguna de ellas puede ser justificada de manera categórica, lo que constituye fundamentalmente la racionalidad de la ciencia es el carácter crítico y progresivo de las mismas.

Popper, K. R. (1983). Conjeturas y refutaciones. Trad. Míguez, N. Paidós, pp. 13–14.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si la ciencia puede progresar realmente hacia la verdad a pesar de que sus teorías nunca puedan verificarse definitivamente.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Popper defiende que sí: la ciencia progresa hacia la verdad, aunque nunca la alcance con certeza. El conocimiento científico avanza mediante conjeturas «injustificadas e injustificables» que se someten a intentos de refutación. Las teorías que sobreviven a los tests más severos son mejores aproximaciones a la verdad, pero nunca pueden establecerse como indudablemente verdaderas. Cada refutación, lejos de ser un fracaso, es un paso adelante: nos muestra un error y nos permite proponer una solución mejor. La racionalidad de la ciencia no consiste en demostrar verdades, sino en su carácter crítico y progresivo.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Popper usa dos argumentos. El primero es el argumento del progreso por eliminación de errores: si cada refutación nos revela un error y nos obliga a proponer una teoría que lo corrija, el conocimiento se acumula, pues las nuevas conjeturas explican más fenómenos que las anteriores. Este progreso solo tiene sentido si hay una realidad independiente con la que las teorías pueden chocar, de modo que la ciencia describe esa realidad de forma cada vez más precisa. El segundo es el argumento contra el escepticismo: aunque ninguna teoría pueda justificarse categóricamente, eso no significa que todas valgan igual. Las que resisten más tests son «mejores aproximaciones a la verdad», y es esa diferencia de grado la que convierte a la ciencia en una empresa racional, no en una simple sucesión de opiniones.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Kuhn mantendría una posición diferente. Para él la ciencia no avanza linealmente hacia la verdad, sino que evoluciona mediante revoluciones de paradigma que son incomparables entre sí. Dos argumentos justifican esta posición: primero, no existe un punto de vista neutral desde el que medir cuánto se ha «acercado» la ciencia a la verdad, porque cada paradigma define sus propios criterios de éxito, sus problemas y sus soluciones aceptables; comparar Newton con Einstein como si uno fuera «más verdadero» que el otro carece de sentido. Segundo, usando una analogía con Darwin, Kuhn señala que la ciencia evoluciona desde lo que conocemos, no hacia una meta prefijada; del mismo modo que la selección natural no tiene una dirección teleológica, el desarrollo científico no avanza hacia una descripción final de la realidad.

 

A favor del realismo científico


«Lo que es» se dice en muchos sentidos: significa el qué-es y algo determinado y, de otra parte, la cualidad, la cantidad o cualquier otra de las cosas que se predican de este modo. Pues bien, si «lo que es» se dice tal en todos estos sentidos, es evidente que lo que es primero de todos ellos es el qué-es referido a la entidad; efectivamente, cuando queremos decir de qué cualidad es algo determinado, decimos que es bueno o malo, pero no que es de tres codos o un hombre; por el contrario, cuando queremos decir qué es, no decimos que es blanco o caliente o de tres codos, sino «hombre» o «dios»; mientras que las demás cosas se denominan «cosas que son» porque son cantidades o cualidades o afecciones o alguna otra determinación de lo que es en ese sentido. […] Ninguna de las otras cosas que se predican es capaz de existencia separada, sino solamente ella. Y también ella es primera en cuanto a la noción, ya que en la noción de cada una de las demás está incluida necesariamente la de entidad. Y, en fin, pensamos que conocemos cada cosa, sobre todo, cuando sabemos qué es el hombre o el fuego, más que si sabemos la cualidad, la cantidad o el dónde; y es que incluso conocemos cada una de estas cosas cuando sabemos qué es la cantidad o la cualidad. Conque la cuestión que se está indagando desde antiguo y ahora y siempre, y que siempre resulta aporética, qué es «lo que es», viene a identificarse con ésta: ¿qué es la entidad? Ésta, unos dicen que es una sola y otros que más de una, y unos que son limitadas en número y otros que infinitas. Por ello también nosotros hemos de estudiar, sobre todo, en primer lugar y —por así decirlo— exclusivamente, qué es «lo que es» en el sentido indicado. Por otra parte, parece con total evidencia que el ser entidad corresponde a los cuerpos; por eso decimos que son entidades los animales y las plantas y sus partes, y los cuerpos naturales como el fuego, el agua, la tierra. Ahora bien, hemos de examinar si son éstas las únicas entidades o hay también otras.

Aristóteles (1994). Metafísica, VII (Z), cap. 1. Ed. Calvo Martínez, T. Gredos, 1028a10–1028b15.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es qué significa decir que algo «es» y, en último término, qué es la entidad o sustancia.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Aristóteles defiende que la realidad tiene una estructura objetiva y jerarquizada: las cosas son lo que son en virtud de su entidad o sustancia, que es lo primero y más fundamental de cuanto existe. Todo lo demás —cualidades, cantidades, relaciones— depende de la entidad y no puede existir separado de ella. Por eso el conocimiento científico genuino, cuando alcanza el «qué es» de algo —cuando sabe que esto es un hombre, que aquello es fuego—, está describiendo la estructura real del mundo, no una apariencia subjetiva.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Aristóteles ofrece tres argumentos entrelazados. El primero es ontológico: la entidad es lo único capaz de existencia separada e independiente; las demás categorías solo existen en la entidad, por lo que es primaria en el orden del ser. El segundo es lógico: en la noción de cualquier otra categoría está incluida necesariamente la de entidad —para hablar de «lo bueno» o «lo blanco» necesitamos un «algo» que sea bueno o blanco—, lo que muestra que la entidad es primaria también en el orden del pensamiento. El tercero es epistemológico: Aristóteles distingue expresamente dos tipos de pregunta —preguntar de qué cualidad es algo y preguntar qué es algo— y muestra que la segunda es más fundamental; decimos que conocemos algo de verdad cuando sabemos qué es (hombre, fuego), no cuando solo sabemos que es blanco o caliente.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Hume mantendría una posición diferente. Para él la ciencia no puede captar ninguna «esencia» ni «entidad» oculta, sino solo cualidades sensibles y conjunciones habituales entre ellas. Dos argumentos justifican esta posición: primero, los sentidos solo nos dan cualidades superficiales —color, peso, textura—, nunca la estructura interna que las produce; no hay ninguna impresión de una «entidad» o «esencia», y sin impresión no hay idea legítima. Segundo, no existe inferencia válida que nos lleve de las apariencias observadas a una supuesta naturaleza profunda; la costumbre, no la razón, es lo que nos hace esperar que el futuro se parezca al pasado.

 


La tarea y el propósito de la ciencia humana consiste en descubrir la Forma de una naturaleza dada, es decir, la diferencia verdadera o natura naturante o fuente de emanación. Se sostiene con razón que «el verdadero saber es un saber por causas». Pero el descubrimiento de las Formas es tenido por cosa imposible; con el nombre de Forma entendemos dicha ley y sus artículos. Quien conoce sólo la causa material y eficiente puede llegar a nuevos descubrimientos en una materia similar hasta cierto punto, pero no puede penetrar en los límites más profundos de las cosas. Sin embargo, quien conoce las Formas abraza la unidad de la naturaleza en materias disparísimas y, por tanto, puede descubrir y producir lo que hasta ahora no se ha efectuado, cosas que ni las vicisitudes de la naturaleza, ni las actividades experimentales, ni el azar han producido jamás. Por eso del descubrimiento de las Formas se sigue el conocimiento verdadero y la operatividad libre. La Forma verdadera es tal que, una vez puesta, la naturaleza en cuestión se sigue infaliblemente y se encuentra presente siempre que dicha naturaleza está presente, la afirma universalmente y está constantemente inherente a ella. Por el contrario, ausente la Forma, la naturaleza en cuestión se escapa infaliblemente. La fórmula y el precepto de un axioma verdadero y perfecto del saber será la siguiente: que se descubra una naturaleza que sea convertible con la naturaleza dada y que sea una limitación de una naturaleza más conocida, como de un género verdadero. Ahora bien, estos dos enunciados, el activo y el contemplativo, son la misma cosa, y lo que en la operación resulta más útil es en el conocimiento lo más verdadero.

Bacon, F. (2011). La gran restauración (Novum Organum), II, aforismos I–IV. pp. 179–184.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es cuál es el verdadero objetivo de la ciencia y qué tipo de conocimiento debe perseguir.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Bacon defiende que la ciencia debe descubrir las Formas, es decir, las leyes fundamentales y reales de la naturaleza. Estas Formas son los principios que explican por qué los fenómenos ocurren necesariamente: cuando la Forma está presente, la propiedad correspondiente aparece siempre e infaliblemente; cuando falta, desaparece. Quien conoce solo causas materiales o eficientes puede reproducir lo ya conocido, pero quien conoce las Formas puede producir efectos completamente nuevos. Por eso del descubrimiento de las Formas se sigue a la vez el conocimiento verdadero y la capacidad de transformar la naturaleza.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Bacon usa dos argumentos. El primero es el argumento de la universalidad y la potencia: quien conoce solo causas materiales o eficientes puede hacer descubrimientos en materias similares, pero no puede penetrar en los límites más profundos de las cosas; en cambio, quien conoce la Forma abraza la unidad de la naturaleza en materias disparísimas y puede producir lo que nunca ha existido. Esta «operatividad libre» solo es posible si se ha captado algo real. El segundo es el argumento de la identidad entre verdad y utilidad: «lo que en la operación resulta más útil es en el conocimiento lo más verdadero». Teoría y práctica son la misma cosa; la capacidad de transformar infaliblemente la naturaleza prueba que se ha descubierto su Forma real.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Van Fraassen mantendría una posición diferente con su empirismo constructivo. Para él la ciencia no necesita describir la realidad profunda; le basta con ser «empíricamente adecuada». Dos argumentos justifican esta posición: primero, aceptar una teoría no implica creer que sus entidades teóricas existen realmente, sino solo que sus predicciones sobre lo observable son correctas. Segundo, el éxito práctico de la ciencia no prueba que las teorías sean literalmente verdaderas, sino solo que son útiles: un modelo puede predecir perfectamente todos los fenómenos sin que sus entidades teóricas existan.

 


Cualquier cosa que los realistas afirmen además, han de afirmar al menos esto: que las afirmaciones de las ciencias maduras son verdaderas en su mayoría, aunque posiblemente de forma aproximada. Que los términos de las ciencias maduras refieren típicamente. Que el mismo término puede referir al mismo objeto aunque aparezca en teorías diferentes. Que hay una continuidad causal entre las denotaciones de los términos científicos al pasar de una teoría a otra. Hay enunciados en las ciencias maduras que son verdaderos, y los términos de esas teorías refieren. El éxito de la ciencia constituye una fuerte evidencia de que los términos científicos que aparecen en las teorías mejor confirmadas refieren genuinamente a algo. Si los términos teóricos no refirieran, el éxito de la ciencia sería un milagro. El físico que trabaja con la noción de electrón obtiene resultados que se verifican; el ingeniero que diseña circuitos sobre la base de la teoría cuántica construye aparatos que funcionan. Si el electrón no fuera más que una ficción conveniente, este éxito práctico sería completamente inexplicable. Los objetos postulados por las ciencias —electrones, campos electromagnéticos, estructura del ADN— no son ficciones convenientes: forman parte del mobiliario real del universo, y las teorías que los describen nos dicen, al menos de manera aproximada, cómo es el mundo. Negar esto equivale a sostener que la ciencia acierta por pura casualidad, lo cual es filosóficamente insostenible. El que el realismo científico sea la única filosofía que no convierte en milagro el éxito de la ciencia es el argumento más poderoso en su favor.

Putnam, H. (1976). «What Is «Realism»?». Proceedings of the Aristotelian Society, 76, pp. 177–178. Traducción propia.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es qué justifica la creencia de que las teorías científicas describen la realidad y no son meras ficciones útiles.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Putnam defiende que la ciencia describe genuinamente la realidad. Sus términos teóricos —electrón, campo magnético, ADN— refieren a entidades que realmente existen, y sus afirmaciones, aunque aproximadas, capturan algo verdadero sobre el mundo. El argumento central es el del «no-milagro»: el éxito espectacular de las teorías científicas —su capacidad para predecir fenómenos nuevos, guiar la tecnología y unificar conocimientos muy distintos— solo se entiende si están captando algo verdadero. Si no fuera así, ese éxito sería un milagro inexplicable.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Putnam usa dos argumentos. El primero es el argumento del no-milagro: el físico que usa la noción de electrón obtiene resultados que se verifican; el ingeniero que aplica la teoría cuántica construye aparatos que funcionan. Si el electrón no fuera más que una ficción conveniente, este éxito sistemático no tendría explicación. Solo se entiende si las teorías están describiendo algo real. El segundo es el argumento de la continuidad referencial: cuando la ciencia cambia de teoría, los términos que designan entidades bien establecidas conservan su referencia a lo largo del cambio. Esto muestra que la ciencia no inventa ficciones sucesivas sino que refina progresivamente su descripción de la misma realidad.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Lakatos mantendría una posición diferente. Para él el éxito de la ciencia no prueba que sus teorías describan la realidad, sino que los programas de investigación bien construidos generan predicciones nuevas mediante ajustes metodológicos. Dos argumentos justifican esta posición: primero, teorías muy exitosas —como la mecánica newtoniana— han sido finalmente abandonadas, lo que muestra que el éxito pasado no garantiza la verdad. Segundo, los científicos protegen el núcleo firme de sus programas mediante hipótesis auxiliares inventadas para absorber anomalías; el éxito empírico se debe a este trabajo de ajuste, no a que la teoría sea verdadera.

 

En contra del realismo científico


Sin duda alguna, se ha de aceptar que la naturaleza nos ha tenido a gran distancia de todos sus secretos y nos ha proporcionado sólo el conocimiento de algunas cualidades superficiales de los objetos, mientras que nos oculta los poderes y principios de los que depende totalmente el influjo de estos objetos. Nuestros sentimientos nos comunican el color, peso, consistencia del pan, pero ni los sentidos ni la razón pueden informarnos de las propiedades que le hacen adecuado como alimento y sostén del cuerpo humano. […] Pero, a pesar de esta ignorancia de los poderes y principios naturales, siempre suponemos, cuando vemos cualidades sensibles iguales, que tienen los mismos poderes ocultos, y esperamos que efectos semejantes a los que hemos experimentado se seguirán de ellas. […] Es por todos aceptado que no hay una conexión conocida entre cualidades sensibles y poderes ocultos y, por consiguiente, que la mente no es llevada a formarse esa conclusión por lo que puede conocer de su naturaleza. […] Pero por qué esta experiencia debe extenderse a momentos futuros y a otros objetos que, por lo que sabemos, puede ser que sólo en apariencia sean semejantes, ésta es la cuestión en la que deseo insistir. El pan que en otra ocasión comí, que me nutrió, es decir, un cuerpo con determinadas cualidades, estaba en aquel momento dotado con determinados poderes secretos. Pero ¿se sigue de esto que otro trozo distinto de pan también ha de nutrirme en otro momento y que las mismas cualidades sensibles siempre han de estar acompañadas por los mismos poderes secretos? De ningún modo parece la conclusión necesaria. […] Las dos proposiciones siguientes distan mucho de ser las mismas: He encontrado que a tal objeto ha correspondido siempre tal efecto y preveo que otros objetos, que en apariencia son similares, serán acompañados por efectos similares. Pero si se insiste en que la inferencia es realizada por medio de una cadena de razonamientos, deseo que se represente aquel razonamiento. La conexión entre estas dos proposiciones no es intuitiva. Se requiere un término medio que permita a la mente llegar a tal inferencia. Lo que este término medio sea, debo confesarlo, sobrepasa mi comprensión.

Hume, D. (1988). Investigación sobre el conocimiento humano, Sección IV, Parte II. Trad. Salas Ortueta, J. Alianza Editorial, pp. 55–57.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si la ciencia puede conocer los poderes o principios reales de la naturaleza, o solo las cualidades superficiales de los objetos.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Hume defiende que la ciencia no puede conocer la realidad profunda del mundo. La naturaleza nos oculta sus poderes y principios, y solo nos da cualidades superficiales —color, peso, consistencia—. A pesar de esta ignorancia, suponemos que cualidades sensibles iguales tendrán los mismos poderes ocultos y esperamos los mismos efectos, pero esta suposición no tiene fundamento racional: no hay conexión conocida entre cualidades sensibles y poderes ocultos. La inferencia que nos lleva de «siempre ha ocurrido así» a «seguirá ocurriendo así» no es intuitiva ni demostrable; necesita un término medio que, confiesa Hume, sobrepasa su comprensión.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Hume usa dos argumentos. El primero es el de la ignorancia de los poderes: los sentidos nos comunican solo cualidades superficiales —color, peso, consistencia del pan—, pero ni los sentidos ni la razón nos informan de los poderes que hacen que el pan nutra. Es por todos aceptado, dice Hume, que no hay conexión conocida entre cualidades sensibles y poderes ocultos. El segundo es el de la ilegitimidad de la inducción: la experiencia pasada solo testimonia acerca de objetos concretos en momentos concretos; extenderla al futuro requiere una inferencia para la que no hay fundamento. Las dos proposiciones —«a tal objeto correspondió siempre tal efecto» y «objetos similares serán acompañados por efectos similares»— distan mucho de ser la misma, y para pasar de una a otra se necesita un «término medio» que no existe.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Aristóteles mantendría una posición diferente. Para él la ciencia puede alcanzar el conocimiento de las causas reales y de la esencia de las cosas, no solo de sus apariencias. Dos argumentos justifican esta posición: primero, el conocimiento científico auténtico —la demostración— parte de principios verdaderos, primeros e inmediatos, y llega a conclusiones necesarias; nos dice no solo cómo son las cosas sino por qué tienen que ser así, y esa necesidad no es un hábito de la mente sino una propiedad de la realidad. Segundo, conocer algo de verdad es conocer su entidad o esencia —saber qué es el fuego, no solo que es caliente—; el intelecto puede captar lo universal en lo particular, y eso es precisamente el conocimiento científico.

 


El proceso de desarrollo descrito en este ensayo ha sido un proceso de evolución desde los comienzos primitivos, un proceso cuyas etapas sucesivas se caracterizan por una comprensión cada vez más detallada y refinada de la naturaleza. Pero nada de lo que hemos dicho hará que sea un proceso de evolución hacia algo. Todos estamos profundamente acostumbrados a considerar a la ciencia como la empresa que se acerca cada vez más a alguna meta establecida de antemano por la naturaleza. ¿No podemos explicar tanto la existencia de la ciencia como su éxito en términos de evolución a partir del estado de conocimientos de una comunidad en un momento dado? Si podemos aprender a sustituir la evolución-hacia-lo-que-deseamos-conocer por la evolución-a-partir-de-lo-que-conocemos, muchos problemas difíciles desaparecerán en el proceso. Todas las teorías conocidas sobre la evolución antes de Darwin habían considerado a la evolución como un proceso dirigido hacia un fin. Para muchos hombres, la abolición de ese tipo teleológico de evolución era la más importante y desagradable sugerencia de Darwin. El Origin of Species no reconoció ninguna meta establecida por Dios o por la naturaleza; en lugar de ello, la selección natural operaba en un medio ambiente dado. ¿No podemos seguir un camino análogo para la ciencia? ¿No podemos explicar tanto la existencia de la ciencia como su éxito en términos de evolución a partir de los comienzos, sin postular ninguna meta fijada ni ninguna verdad científica permanente, de la cual cada etapa del desarrollo científico constituya una mejor aproximación? Si podemos, entonces la propia existencia de la ciencia no deberá implicar que exista una respuesta completa, objetiva y verdadera de la naturaleza hacia la que la investigación científica converge.

Kuhn, T. S. (2004). La estructura de las revoluciones científicas, cap. XIII. Trad. Solís Santos, C. FCE, pp. 263–265.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es si el desarrollo científico avanza hacia una descripción verdadera de la realidad o si puede explicarse sin postular esa meta.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Kuhn defiende que la ciencia no avanza hacia una verdad establecida de antemano por la naturaleza. Propone entender el progreso científico como Darwin entendió la evolución biológica: las especies no evolucionan «hacia» un ser vivo perfecto, sino simplemente a partir de sus antecesores adaptándose al entorno. Del mismo modo, la ciencia evoluciona desde lo que ya conocemos, sin dirigirse hacia ninguna verdad final. No es necesario postular una «verdad científica permanente» para explicar el éxito de la ciencia.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Kuhn usa dos argumentos. El primero es la analogía darwiniana: antes de Darwin, todas las teorías evolutivas suponían un fin predeterminado —la «idea» del hombre ya estaba presente desde el principio—. Darwin mostró que la evolución se explica sin ese fin: la selección natural opera a partir de lo dado, sin meta. Kuhn propone aplicar la misma lógica a la ciencia: el progreso científico se explica perfectamente como evolución desde lo conocido, sin necesidad de postular una verdad hacia la que nos aproximamos. El segundo es el argumento de la suficiencia explicativa: la existencia y el éxito de la ciencia se explican por la evolución a partir del estado de conocimientos de una comunidad; postular además una «respuesta completa, objetiva y verdadera de la naturaleza» es un añadido innecesario y no verificable.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Popper mantendría una posición diferente. Para él la ciencia sí progresa hacia la verdad, aunque no pueda alcanzarla con certeza. Dos argumentos justifican esta posición: primero, cada refutación de una teoría es un aprendizaje genuino sobre la realidad, porque descubrimos algo que la teoría no captaba bien; si la ciencia solo evolucionara «desde lo conocido» sin referencia a la realidad, las refutaciones no serían informativas. Segundo, una teoría que hace más predicciones correctas y menos incorrectas es objetivamente mejor que su predecesora, y este juicio no depende del paradigma desde el que se haga; la analogía darwiniana de Kuhn oscurece precisamente lo que necesita explicarse: por qué la ciencia funciona.

 


Todos los programas de investigación científica pueden ser caracterizados por su «núcleo firme». La heurística negativa del programa impide que apliquemos el modus tollens a este «núcleo firme». Por el contrario, debemos utilizar nuestra inteligencia para incorporar e incluso inventar hipótesis auxiliares que formen un cinturón protector en torno a ese centro, y contra ellas debemos dirigir el modus tollens. El cinturón protector debe recibir los impactos de las contrastaciones y, para defender al núcleo firme, será ajustado y reajustado e incluso completamente sustituido. En el programa de Newton, este «núcleo» es «irrefutable» por decisión metodológica de sus defensores; las anomalías sólo deben originar cambios en el cinturón «protector» de hipótesis auxiliares. Los newtonianos convirtieron un contraejemplo tras otro en ejemplos corroboradores, fundamentalmente al destruir las teorías observacionales originales con las que se había establecido la «evidencia contraria». Racionalmente es posible decidir que no se permitirá que las «refutaciones» transmitan la falsedad al núcleo firme mientras aumente el contenido empírico corroborado del cinturón protector. Pero nuestro enfoque difiere del convencionalismo porque mantenemos que el núcleo firme puede tener que ser abandonado cuando el programa deja de anticipar hechos nuevos: nuestro núcleo firme puede derrumbarse en ciertas condiciones. Un programa de investigación tiene éxito si conduce a un cambio progresivo de problemática; fracasa si conduce a un cambio regresivo. Nuestro término «intermitentemente» suministra suficiente espacio racional para que sea posible la adhesión a un programa a pesar de las refutaciones aparentes: no exigimos que cada nuevo paso produzca inmediatamente un nuevo hecho observado.

Lakatos, I. (1989). La metodología de los programas de investigación científica, Introducción. Trad. Zapatero, J. C. Alianza, pp. 65–68.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es cómo funciona realmente la ciencia cuando los datos empíricos parecen contradecir sus teorías fundamentales.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Lakatos defiende que la unidad real de la ciencia no es la hipótesis aislada sino el programa de investigación. Todo programa tiene un «núcleo firme» —las teorías centrales, que se protegen de cualquier refutación por decisión metodológica— y un «cinturón protector» de hipótesis auxiliares que absorben las anomalías. El núcleo es «irrefutable» no porque sea verdadero, sino porque los científicos deciden no ponerlo en cuestión mientras el programa genere predicciones nuevas. Un programa es racional si es progresivo —si anticipa hechos nuevos—; cuando se vuelve regresivo, puede abandonarse.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Lakatos usa dos argumentos. El primero es histórico: en el programa newtoniano, cuando los datos parecían contradecir la gravitación, los científicos no abandonaron a Newton sino que inventaron hipótesis auxiliares para proteger el núcleo, y convirtieron «un contraejemplo tras otro en ejemplos corroboradores». Esto muestra que el núcleo se mantiene por decisión metodológica, no porque los datos prueben que es verdadero. El segundo es metodológico: esta decisión es racional mientras el programa sea progresivo, es decir, mientras genere predicciones de hechos nuevos que se corroboren; pero cuando deja de hacerlo y se vuelve regresivo, el núcleo puede derrumbarse. El criterio de elección entre programas es la progresividad, no la correspondencia con la realidad.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Putnam mantendría una posición diferente. Para él, si las teorías del núcleo firme fueran solo convenios metodológicos sin referencia a la realidad, el éxito predictivo de la ciencia sería un milagro inexplicable. Dos argumentos justifican esta posición: primero, el éxito sistemático de las teorías solo se explica si sus términos teóricos —electrón, campo, ADN— refieren a algo real; los electrones no son ficciones protegidas metodológicamente, sino parte del mobiliario real del universo. Segundo, la historia de la ciencia muestra una convergencia referencial: aunque los programas cambian y los cinturones se ajustan, los términos que designan entidades bien establecidas sobreviven a las revoluciones teóricas, lo cual sería inexplicable si las teorías fueran solo instrumentos metodológicos.

 


El realismo científico es la posición según la cual la construcción de teorías científicas aspira a darnos una historia literalmente verdadera de cómo es el mundo, y la aceptación de una teoría científica implica la creencia en que es verdadera. El anti-realismo es una posición según la cual el objetivo de la ciencia puede cumplirse perfectamente bien sin necesidad de dar esa historia literalmente verdadera, y la aceptación de una teoría puede implicar propiamente algo distinto —o menos— que la creencia en que es verdadera. Lo que hace un científico, según el anti-realista, no es afirmar que la teoría es verdadera; la exhibe, y reivindica para ella ciertas virtudes. Estas virtudes pueden quedarse por debajo de la verdad: la adecuación empírica, quizá; la comprensividad; la aceptabilidad para diversos propósitos. La idea de una descripción literalmente verdadera tiene dos aspectos: el lenguaje ha de construirse de forma literal; y así construido, la descripción ha de ser verdadera. El anti-realismo que yo defenderé sostiene que el lenguaje de la ciencia ha de construirse de forma literal, pero sus teorías no necesitan ser verdaderas para ser buenas. La ciencia aspira a darnos teorías que sean empíricamente adecuadas; y la aceptación de una teoría implica solo la creencia en que es empíricamente adecuada. Una teoría es empíricamente adecuada exactamente si lo que dice acerca de las cosas y sucesos observables en este mundo es verdadero; no necesita ser verdadera acerca de lo que es inobservable. Nos basta con salvar los fenómenos. El éxito de la ciencia no es un milagro, pero tampoco prueba que sus teorías sean verdaderas sobre lo inobservable: prueba únicamente que son buenas herramientas para organizar y predecir lo que sí podemos observar.

Van Fraassen, B. (1980). The Scientific Image. Clarendon Press, pp. 11–12. Traducción propia.

 

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta es qué implica aceptar una teoría científica: creer que es verdadera o solo que es empíricamente adecuada.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Van Fraassen defiende el «empirismo constructivo»: la ciencia no aspira a la verdad literal sobre entidades no observables, sino a la adecuación empírica. Una teoría es buena si «salva los fenómenos», es decir, si sus predicciones sobre todo lo que podemos observar son correctas. Aceptar una teoría no significa creer que los electrones o los quarks existen tal como los describe la física; significa solo creer que la teoría funciona para lo observable. Las teorías no necesitan ser verdaderas para ser buenas: les basta con ser empíricamente adecuadas.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Van Fraassen usa dos argumentos. El primero es el de la distinción observable/inobservable: tenemos buenas razones para confiar en lo que los sentidos nos muestran directamente, pero no para extender esa confianza a entidades que no podemos observar; aceptar que los electrones existen «tal como los describe la teoría» va más allá de lo que la evidencia empírica nos autoriza a creer. El segundo es el de la insuficiencia del éxito predictivo: el éxito de la ciencia no prueba que las teorías sean literalmente verdaderas sobre lo inobservable, sino solo que son empíricamente adecuadas; un modelo puede predecir perfectamente todos los fenómenos sin que sus entidades teóricas existan en la realidad.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Bacon mantendría una posición diferente. Para él la ciencia puede y debe ir más allá de los fenómenos observables para alcanzar las Formas o leyes reales de la naturaleza. Dos argumentos justifican esta posición: primero, quien conoce la Forma del calor puede producirlo en cualquier material, incluso en condiciones nunca antes experimentadas; este poder de producir efectos completamente nuevos no sería posible si la ciencia solo organizara apariencias. Segundo, la ciencia que se conforma con «salvar los fenómenos» es impotente e incompleta: solo cuando se descubren las Formas se obtiene «el conocimiento verdadero y la operatividad libre», es decir, la capacidad de producir lo que nunca antes ha existido en la naturaleza.

 

Disertación filosófica

 

PROPUESTA DE TEMA

¿Es razonable pensar que la ciencia describe la realidad?

 

CÓMO HACER UNA DISERTACIÓN FILOSÓFICA

 

La disertación filosófica es un texto argumentativo en el que defiendes una posición razonada ante una pregunta filosófica. No se trata de dar tu opinión sin más, sino de construir una respuesta fundamentada en argumentos, apoyada en lo que han dicho los filósofos y capaz de considerar posiciones contrarias a la tuya. La finalidad de una disertación es llegar a una verdad lo más objetiva posible, esto es, que pueda ser compartida por todo ser racional. Todos los argumentos, estés personalmente de acuerdo o en desacuerdo con ellos, deben ser expuestos con el máximo rigor y fuerza. La extensión debe estar entre 1200 y 1600 palabras.

 

I. TRABAJO PREVIO

 

Paso 1: Elige la pregunta que más te interese

Elige la pregunta sobre la que tengas una opinión más clara, la que te resulte más cercana o la que te provoque más curiosidad. Si tienes una opinión fuerte sobre ella, aunque sea en contra, eso es buena señal: significa que tienes algo que decir. Ve a lo más cercano y sencillo para ti. La complejidad la encontrarás según profundices.

 

Paso 2: Busca las posibles interpretaciones

Las preguntas filosóficas contienen conceptos que pueden entenderse de varias maneras. Identifica las palabras clave y pregúntate qué pueden significar. Cada significado diferente produce una interpretación distinta de la pregunta.

Por ejemplo, la pregunta ¿Son las leyes de la naturaleza descubrimientos o invenciones humanas? admite al menos tres interpretaciones:

  • Interpretación A: ¿Son las leyes rasgos reales del mundo que los científicos descubren, como un explorador descubre un continente?
  • Interpretación B: ¿Son las leyes construcciones humanas (herramientas útiles para predecir) que no necesariamente describen lo que «realmente» ocurre?
  • Interpretación C: ¿Tiene sentido la distinción entre descubrimiento e invención, o todo conocimiento científico implica ambas cosas a la vez?

💡 Tip: Si no se te ocurren varias interpretaciones, prueba a cambiar una palabra clave por un sinónimo: no es lo mismo ¿son las leyes descubrimientos o invenciones? que ¿existen las leyes de la naturaleza independientemente de nosotros? o ¿encuentra la ciencia verdades o fabrica modelos útiles? o ¿describen las ecuaciones la realidad o la simplifican?

 

Paso 3: Piensa en las implicaciones y elige una interpretación

Cada interpretación tiene implicaciones distintas. Pregúntate: si respondiera que sí, ¿qué se seguiría de ello? ¿Y si respondiera que no? La interpretación más interesante suele ser la que tiene las implicaciones más profundas.

Por ejemplo:

  • Si las leyes son descubrimientos de un orden real (A), la ciencia nos da acceso a la estructura profunda de la realidad y sus logros no son casualidades sino conquistas. Pero entonces, ¿por qué cambian las leyes con cada revolución científica?
  • Si las leyes son invenciones humanas (B), la ciencia es eficaz pero no nos dice cómo es el mundo, solo cómo se comporta ante nuestros instrumentos. Pero entonces, ¿por qué funcionan tan bien las predicciones científicas? ¿Es pura casualidad?
  • Si todo conocimiento científico implica descubrimiento e invención a la vez (C), necesitamos una forma más matizada de entender la relación entre nuestras teorías y la realidad, aceptando que las leyes capturan algo real pero lo expresan con herramientas humanas.

Ahora elige la interpretación que te parezca más relevante y explica por qué las otras lo son menos. Sé coherente: sería contradictorio argumentar que la A es la más importante y luego trabajar con la C. Las implicaciones te ayudan a decidir: la interpretación que más cosas pone en juego suele ser la mejor para una disertación.

 

Paso 4: Formula tu tesis

Escribe en una frase la respuesta que vas a defender. Debe ser clara, concreta y discutible: alguien razonable debería poder estar en desacuerdo con ella. La tesis no contiene argumentos: eso viene después. Puede llevar matices y condiciones (pero, aunque, cuando), pero no justificaciones: si tu tesis lleva un «porque», ese «porque» es tu primer argumento, y su sitio es el desarrollo.

Ejemplos de buenas tesis:

  • Las leyes de la naturaleza no son ni puros descubrimientos ni puras invenciones, sino formulaciones humanas que capturan regularidades reales del mundo.
  • Las leyes de la naturaleza son invenciones humanas: modelos útiles para predecir fenómenos, pero no descripciones de la realidad en sí misma.

Ejemplos de malas tesis:

  • Las leyes de la naturaleza son interesantes. (Demasiado vago.)
  • Hay muchas leyes científicas. (No responde a la pregunta.)
  • La ciencia siempre describe la realidad tal como es. (No tiene en cuenta ninguna objeción.)

💡 Tip: A medida que investigas puede que descubras que tu tesis inicial era incorrecta. Puedes modificarla o reflejar en la conclusión por qué has cambiado de opinión. Una disertación se escribe para llegar a una verdad, no para demostrar que tenemos razón.

 

Paso 5: Busca argumentos y trabaja con las fuentes

Lee los textos de la pestaña de Práctica y los libros disponibles de la bibliografía buscando argumentos a favor y en contra de tu tesis. Para cada argumento que encuentres, anota:

  • La idea principal, con tus propias palabras.
  • La referencia completa: autor, año, título y página.
  • Tu reacción: ¿estás de acuerdo?, ¿se te ocurre una objeción?, ¿te recuerda a otro autor?

Cómo citar. Hay cuatro formas:

Cita directa narrativa. Usa esta opción para dar importancia y protagonismo al pensador en tu texto. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. El año va inmediatamente después de su nombre.

Ejemplo: Popper (1934) sostiene que «las teorías son redes que lanzamos para apresar aquello que llamamos «el mundo»» (p. 57), de modo que ninguna teoría agota jamás lo que pretende capturar.

Cita directa parentética. Usa esta opción cuando quieres que el lector se concentre primero en la idea. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. Los datos del autor quedan en segundo plano al final de la frase.

Ejemplo: Frente a quienes ven en las teorías científicas espejos fieles de la realidad, se ha sostenido que «las teorías son redes que lanzamos para apresar aquello que llamamos «el mundo»» (Popper, 1934, p. 57).

Cita indirecta narrativa. Explicas la idea con tus propias palabras, pero introduces la frase mencionando directamente al autor.

Ejemplo: Popper (1934) sostiene que las teorías científicas no son descripciones definitivas de la realidad, sino conjeturas audaces que ponemos a prueba intentando refutarlas, y que el progreso consiste en sustituir conjeturas refutadas por otras mejores (p. 57).

Cita indirecta parentética. Explicas la idea con tus propias palabras y colocas toda la información de la fuente junta al cerrar el punto.

Ejemplo: Las teorías científicas funcionan como conjeturas provisionales sometidas a prueba, nunca como descripciones cerradas y definitivas del mundo (Popper, 1934, p. 57).

En todos los casos, después de la cita hay que explicar qué quiere decir el autor y relacionarla con tu argumento. Una cita sin explicación no demuestra nada.

💡 Tip: Cita con año y página la primera vez que atribuyes una idea a un autor. Después, si solo recuerdas o resumes algo que ya has citado antes (por ejemplo, en la valoración o en la conclusión), basta con nombrarlo: «como muestra Popper…». Repetir el año y la página cada vez que aparece un apellido no es más riguroso, solo más pesado. La regla es sencilla: idea nueva, cita completa; idea ya citada, solo el apellido.

 

Paso 6: Haz un esquema

Antes de redactar, escribe en tu cuaderno un esquema con la introducción (interpretaciones, implicaciones, elección razonada, tesis), los argumentos a favor y en contra con sus citas, la valoración, la delimitación de tu tesis y la conclusión. Este esquema es tu hoja de ruta.

 

II. REDACCIÓN

 

Estructura de la disertación

Introducción (aprox. 15% del texto). Consta de dos partes:

  • Primer párrafo: presenta el problema con un gancho que atraiga al lector (una imagen, una paradoja, un dato, una experiencia), despliega las interpretaciones posibles con sus implicaciones, justifica cuál es la más relevante y termina reformulando la pregunta tal como vas a responderla. Esa formulación final es importante: tu conclusión tendrá que responder exactamente a ella.
  • Segundo párrafo: formula tu tesis de forma clara y concreta.

💡 Tip: el gancho es el lugar más fácil para colocar un ejemplo propio, y los ejemplos propios puntúan en la rúbrica. Una anécdota, un caso real o una experiencia tuya que plantee el problema vale más que empezar directamente con un filósofo. Además, empezar por algo tuyo es más fácil que empezar por Kant.

 

Desarrollo (aprox. 70% del texto). Aquí hay dos formas de trabajar:

  • Estructura básica, para quien necesita un guion claro:
    1. Argumentos a favor de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado con ejemplos y una cita explicada.
    2. Argumentos en contra de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado también con ejemplos y una cita explicada. No los debilites a propósito: expónlos con el mismo rigor que los tuyos.
    3. Valoración: compara ambos lados, señala las fortalezas y las debilidades de cada uno, y explica cuáles pesan más y por qué.

Con esta estructura, hecha correctamente, puedes llegar al nivel notable.

 

  • Estructura dialéctica, para quien quiere ir más allá:

En lugar de separar los argumentos en dos bloques, construye una conversación entre posiciones. Los argumentos se responden entre sí, se señalan sus límites sobre la marcha y el pensamiento progresa. No hay un bloque a favor y un bloque en contra: hay un recorrido en el que cada paso surge del anterior.

Por ejemplo, en lugar de escribir:

Argumento a favor 1: Aristóteles defiende que la naturaleza tiene un orden que podemos descubrir. Argumento a favor 2: Putnam argumenta que el éxito de la ciencia sería un milagro sin realismo. Argumento en contra 1: Hume muestra que nunca observamos leyes, solo regularidades… Argumento en contra 2: Van Fraassen defiende que basta con la adecuación empírica…

Podrías escribir:

Aristóteles y Bacon coinciden en que la naturaleza tiene un orden real que el científico descubre. Pero Hume demolió esta confianza al mostrar que nunca observamos leyes, solo regularidades que nuestro hábito convierte en necesidad. Kuhn profundiza la objeción: si las leyes fueran descubrimientos, ¿por qué cada revolución cambia su significado? Putnam responde con el argumento del no-milagro…

Esta estructura es más exigente pero produce disertaciones mucho más ricas.

 

Herramientas para trabajar los argumentos

Estas cuatro operaciones sirven para manejar cualquier argumento, sea tuyo o de la posición contraria. No hay que usarlas todas ni en todas las disertaciones: son ayudas para cuando no sepas cómo seguir. Las dos primeras te servirán en cualquier estructura. Las dos últimas, acotar e invertir, son las que hacen posible la estructura dialéctica: sin ellas, los argumentos no pueden responderse entre sí.

Conceder. Reconocer lo que un argumento tiene de razón antes de responderle. Se escribe con fórmulas como «esta objeción es seria, porque…» o «hay algo verdadero en esta idea». Parece una debilidad y es lo contrario: quien reconoce la fuerza del contrario y aun así le responde resulta mucho más convincente que quien finge que el contrario no decía nada. Lo opuesto es una falacia, el hombre de paja: debilitar la posición contraria para vencerla con facilidad. Ten presente que en la rúbrica el hombre de paja puntúa cero en honestidad intelectual: si la posición contraria queda ridícula en tu texto, es casi seguro que la has caricaturizado.

Buscar un contraejemplo. Si un argumento afirma algo con «todos», «siempre» o «nunca», un solo caso contrario lo derriba. Si alguien dice «todos los profesores mandan deberes» y encuentras uno que no manda, la afirmación era falsa. Cuidado: contra «la mayoría de los profesores mandan deberes» un caso contrario no prueba nada, porque esa afirmación ya contaba con las excepciones. Esta herramienta no siempre podrá usarse, y no pasa nada: solo funciona con afirmaciones universales.

Acotar. Aceptar que un argumento prueba algo y mostrar hasta dónde llega de verdad: «tienes razón, pero no tanta». La manera habitual de acotar es distinguir: separar dos cosas que estaban mezcladas y mostrar que el argumento vale para una pero no para la otra. La distinción puede ser de grado (los videojuegos no son malos; jugar demasiado, sí) o de aspecto (que todos los ladrillos de un edificio vengan de la fábrica no significa que el plano del edificio venga de ella). Acotar sirve también con tu propia tesis: decir bajo qué condiciones se sostiene, o qué casos no resuelve, puntúa en la rúbrica.

Invertir. Mostrar que un argumento, bien entendido, prueba lo contrario de lo que pretendía. Quien afirma que la filosofía no sirve para nada está defendiendo una tesis filosófica, así que necesita la filosofía para atacarla. Es la herramienta más espectacular cuando funciona y la más ridícula cuando se fuerza: úsala solo si la inversión es real.

💡 Tip: existen más herramientas (el experimento mental, la reducción al absurdo, el dilema, la autorrefutación) explicadas con ejemplos en la página de Técnicas argumentales.

 

Cómo comprobar tu desarrollo

Muchas disertaciones parecen dialécticas y son una lista disfrazada. Hay dos pruebas para comprobarlo antes de entregar.

La prueba del orden. Coge dos argumentos que estén del mismo lado (dos a favor, o dos en contra) e imagina que los intercambias. ¿Se entiende igual? Si sí, están yuxtapuestos: cada uno va por su cuenta, como en una lista. Si no, porque el segundo se apoyaba en el primero o respondía a una objeción que este había dejado abierta, hay una cadena. En una estructura dialéctica de verdad, casi ningún párrafo del desarrollo puede moverse sin romper algo.

La prueba de los conectores. Mira con qué palabras empieza cada párrafo del desarrollo. Los conectores de suma (además, por otra parte, también, en segundo lugar) indican que estás añadiendo: es una lista. Los conectores de respuesta (ahora bien, sin embargo, contra esto cabe objetar, conviene distinguir) indican que estás contestando a lo anterior: es una cadena.

Si todos tus párrafos empiezan con conectores de suma, tu texto es una lista, por muchos autores que cites. Y no se arregla cambiando las palabras: hay que cambiar lo que hacen los párrafos.

 

Conclusión (aprox. 15% del texto). Debe hacer tres cosas:

  • Responder a la pregunta tal como la reformulaste al final de la introducción, explicando si te reafirmas en la tesis o si cambias de postura, y qué argumentos han pesado más.
  • Delimitar tu tesis: bajo qué condiciones se sostiene, qué casos no resuelve, o qué tendría que ocurrir para que dejara de ser válida. Ninguna tesis lo explica todo, y precisarlo no la debilita: la hace más fuerte. La rúbrica lo premia dentro de la honestidad intelectual.
  • Señalar las consecuencias o implicaciones para el mundo actual.

💡 Tip: Las mejores conclusiones vuelven al principio y cierran el círculo. Si abriste con una imagen, una pregunta o un dato sorprendente, retómalo aquí y muestra cómo tu argumentación le ha dado un sentido nuevo.

 

Bibliografía. Al final del texto, tras la conclusión, incluye una lista de las obras que has citado. No cuenta para el límite de palabras. El formato es el siguiente:

  • Apellido, N. (año). Título de la obra (trad. N. Apellido). Editorial.

Por ejemplo:

  • Popper, K. (1934). La lógica de la investigación científica. Tecnos.
  • Van Fraassen, B. (1980). La imagen científica. Paidós.

 

Consejos de redacción

  • Busca una apertura que enganche: una imagen, una paradoja, un dato sorprendente, una pregunta provocadora, una experiencia personal.
  • Haz frases cortas y claras. Evita las subordinadas en cadena.
  • Busca las palabras exactas. Evita afirmaciones vagas.
  • Los ejemplos que puntúan como propios son los que no aparecen ni en los textos de práctica ni en clase: de tu experiencia, de la actualidad, de la naturaleza, de la cultura. Un buen ejemplo propio no solo adorna: si al quitarlo el argumento pierde fuerza, es que estaba haciendo trabajo de verdad. Esa es la diferencia que la rúbrica premia.
  • Una cita sola, sin explicación, no demuestra nada. Explica siempre qué quiere decir el autor y por qué es relevante para tu argumento.
  • Un argumento no es una frase. Requiere desarrollo, ejemplo y, si puede ser, una cita explicada.
  • Reserva la primera persona para la tesis y la conclusión. En el desarrollo, expón los argumentos de forma impersonal.

 

Fases de escritura

Producción. Escribe todas las ideas sin preocuparte por el orden ni la corrección. El objetivo es sacar todo lo que tienes en la cabeza.

Edición. Ordena las ideas, redacta los párrafos, integra las citas con su explicación, conecta los argumentos entre sí.

Revisión. Lee el texto completo: ¿se entiende la tesis?, ¿los argumentos la sostienen?, ¿las citas están explicadas?, ¿la conclusión responde a la pregunta y delimita la tesis? Aplica la prueba del orden y la de los conectores. Comprueba la ortografía, cuenta las palabras y pasa a limpio.

 

Ejemplo de disertación

La siguiente disertación es un ejemplo de cómo aplicar los pasos anteriores. No es un modelo perfecto: es un ejemplo de trabajo bien hecho que puedes usar como referencia.

 

¿Son las leyes de la naturaleza descubrimientos o invenciones humanas?

La gravedad existía antes de Newton. Las manzanas caían, los planetas orbitaban y las mareas subían y bajaban miles de años antes de que nadie escribiera una ecuación. Pero ¿existía la ley de la gravedad antes de Newton? La manzana caía igual antes y después de 1687; lo que Newton añadió fue una descripción matemática (F = G·m₁·m₂/r²) que permite calcular con precisión la fuerza entre dos cuerpos cualesquiera. La pregunta es si esa ecuación describe algo que ya estaba ahí, esperando ser encontrado, o si es una herramienta inventada por la mente humana para poner orden en lo que observamos. La pregunta «¿son las leyes de la naturaleza descubrimientos o invenciones humanas?» admite varias lecturas. Puede referirse a si las leyes son rasgos reales del mundo que los científicos descubren, como un explorador descubre un continente: si lo son, la ciencia nos da acceso a la estructura profunda de la realidad, y sus logros no son casualidades sino conquistas. Puede referirse a si las leyes son construcciones humanas, herramientas útiles para predecir fenómenos, que no necesariamente describen lo que «realmente» ocurre: si lo son, la ciencia es extraordinariamente eficaz pero no nos dice cómo es el mundo, solo cómo se comporta ante nuestros instrumentos. O puede referirse a si la distinción misma entre descubrimiento e invención tiene sentido, o si todo conocimiento científico implica ambas cosas a la vez: si es así, la pregunta está mal planteada y necesitamos una forma más matizada de entender la relación entre las teorías y la realidad. Esta última lectura es la más fecunda, porque evita los extremos del realismo ingenuo y del escepticismo radical y obliga a pensar con precisión qué tipo de relación mantienen nuestras leyes con el mundo que pretenden describir. La pregunta, entonces, es esta: ¿capturan las leyes de la naturaleza algo real del mundo, o son solo herramientas humanas que podrían ser reemplazadas por otras igualmente eficaces pero completamente distintas?

La tesis que defenderé es que las leyes de la naturaleza no son ni puros descubrimientos ni puras invenciones, sino formulaciones humanas que capturan regularidades reales del mundo, y que su valor reside en esa doble condición: son nuestras, pero no son arbitrarias.

Aristóteles fue el primero en defender que la naturaleza tiene un orden intrínseco que el conocimiento humano puede descubrir. Para él, cada cosa tiene una esencia (una forma que la hace ser lo que es) y conocer es captar esa esencia mediante la razón (Aristóteles, Física, II, 1, 192b, p. 128). Las leyes de la naturaleza, en esta perspectiva, no son inventos humanos sino expresiones de un orden real: la piedra cae porque su naturaleza la impulsa hacia su lugar natural, y la ley que describe esa caída solo pone en palabras lo que la piedra ya hacía por sí misma. Bacon heredó esta convicción y la convirtió en programa de investigación: en el Novum Organum, propuso un método sistemático de observación y experimentación para descubrir las «formas» ocultas de la naturaleza, convencido de que «la naturaleza solo se vence obedeciéndola» (Bacon, Novum Organum, I, §3, p. 79). Para Bacon, el científico no inventa leyes: las encuentra, siempre que tenga la paciencia y el método adecuados. Si Aristóteles y Bacon tienen razón, la ciencia es una empresa de descubrimiento, y sus leyes son tan reales como las rocas y los ríos. Pero Hume demolió esta confianza al mostrar que lo que llamamos «leyes» no es más que el registro de regularidades observadas: nunca vemos una ley, nunca observamos una causa; solo vemos que unas cosas suceden después de otras con regularidad, y nuestro hábito convierte esa regularidad en necesidad (Hume, Investigación sobre el entendimiento humano, VII, p. 76). La «ley de la gravedad» no está en la manzana ni en la Tierra: está en la mente de quien observa que las manzanas siempre caen y espera que sigan cayendo. Si Hume tiene razón, lo que descubrimos no son leyes sino patrones, y las leyes son la forma que nuestra mente les da. El propio Newton lo sospechaba cuando escribió «no invento hipótesis»: describió cómo se comportan los cuerpos, pero nunca pretendió saber por qué la gravedad existe.

Kuhn profundiza la objeción de Hume desde la historia de la ciencia. Si las leyes fueran descubrimientos de un orden preexistente, cabría esperar que cada nueva ley completara las anteriores, como piezas de un mismo rompecabezas. Pero lo que la historia muestra es lo contrario: las revoluciones científicas no completan el cuadro anterior sino que lo sustituyen por otro incompatible (Kuhn, 1962, p. 150). La «fuerza» de Newton y la «fuerza» de Einstein no significan lo mismo; la «masa» en mecánica clásica y la «masa» en relatividad son conceptos distintos aunque lleven el mismo nombre. Si las leyes fueran descubrimientos de la misma realidad, ¿por qué cada revolución cambia el significado de los términos que usa? Kuhn concluye que las leyes son inseparables del paradigma que las produce, y que cambiar de paradigma es, en cierto sentido, cambiar de mundo. Putnam responde a esta objeción con lo que se conoce como el argumento del no-milagro: «el realismo científico es la única filosofía que no convierte el éxito de la ciencia en un milagro» (Putnam, 1975, p. 73). Si las leyes fueran puras invenciones humanas sin conexión con la realidad, sería un milagro inexplicable que nos permitieran predecir eclipses con precisión de segundos, diseñar satélites que orbitan exactamente donde esperamos y desarrollar medicamentos que curan enfermedades que antes eran mortales. La eficacia de la ciencia necesita una explicación, y la más sencilla es que las leyes capturan algo real. No necesitan ser perfectas ni definitivas (pueden ser aproximaciones), pero no pueden ser pura ficción.

Van Fraassen, sin embargo, muestra que el argumento de Putnam no es tan concluyente como parece. En La imagen científica, defiende lo que llama «empirismo constructivo»: las teorías científicas no necesitan ser verdaderas para ser buenas; basta con que sean «empíricamente adecuadas», es decir, que salven los fenómenos observables (Van Fraassen, 1980, p. 12). Que una ley permita predecir eclipses no demuestra que describa la realidad tal como es; solo demuestra que funciona dentro del rango de lo que podemos observar. Podría haber otra ley, formulada de manera completamente distinta, que hiciera exactamente las mismas predicciones; de hecho, en la historia de la ciencia ha ocurrido más de una vez que teorías rivales hacían las mismas predicciones con fundamentos opuestos. Si Van Fraassen tiene razón, el éxito de la ciencia no es un argumento a favor del realismo: es compatible tanto con que las leyes descubran la realidad como con que simplemente la imiten bien. Pero la posición de Van Fraassen tiene su propio problema: si las leyes solo necesitan «salvar los fenómenos», ¿por qué los científicos siguen buscando explicaciones más profundas en lugar de conformarse con modelos que funcionan? La práctica científica real muestra que los científicos no solo quieren predecir sino comprender, y eso sugiere que buscan algo más que adecuación empírica: buscan la verdad, aunque no puedan estar seguros de haberla encontrado.

El recorrido de Aristóteles a Van Fraassen muestra que la dicotomía entre descubrimiento e invención es demasiado simple. Las leyes de la naturaleza tienen algo de ambas cosas. La regularidad que describen (las manzanas caen, los planetas orbitan, la luz se propaga) no es una invención humana: existía antes de que nadie la formulara, como señalaban Aristóteles y Bacon. Pero la forma en que la describimos (ecuaciones, modelos, paradigmas) sí es una construcción humana, marcada por nuestras herramientas, nuestros conceptos y nuestros límites, como muestran Hume y Kuhn. Putnam tiene razón al insistir en que la eficacia de la ciencia necesita una explicación y que la más razonable es que nuestras leyes capturan algo real. Van Fraassen tiene razón al recordar que capturar algo real no es lo mismo que describirlo perfectamente. Lo que las leyes hacen es algo intermedio y fascinante: traducir regularidades del mundo al lenguaje de la mente humana. La traducción no es el original, pero tampoco es una ficción: es un puente entre lo que hay y lo que podemos comprender.

Conviene delimitar la tesis. No sostengo que exista una traducción neutral y transparente de la naturaleza a nuestras ecuaciones, ni que da igual qué teoría usemos con tal de que funcione; sostengo que las leyes que sobreviven al contraste con la experiencia capturan algo del orden real, aunque expresado con herramientas nuestras. Mi tesis se sostiene mientras el éxito predictivo de la ciencia siga necesitando una explicación mejor que la pura coincidencia. Si se mostrara que teorías radicalmente falsas pueden ser indefinidamente exitosas sin capturar nada real, el argumento del no-milagro caería y con él mi tesis.

Volviendo a la pregunta inicial: ¿existía la ley de la gravedad antes de Newton? La regularidad que describe (que los cuerpos se atraen) sí existía. La ecuación que la formula (F = G·m₁·m₂/r²) no. La naturaleza tiene un orden que no hemos inventado, pero las palabras y los números con los que lo expresamos son inevitablemente nuestros. Reconocer eso no es una derrota: es la forma más honesta de hacer ciencia.

 

Bibliografía

  • Aristóteles (siglo IV a. C.). Física. Gredos.
  • Bacon, F. (1620). Novum Organum. Losada.
  • Hume, D. (1748). Investigación sobre el entendimiento humano. Alianza.
  • Kuhn, T. S. (1962). La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica.
  • Putnam, H. (1975). Mathematics, Matter and Method. Cambridge University Press.
  • Van Fraassen, B. (1980). La imagen científica. Paidós.

(1523 palabras)

 

III. EVALUACIÓN

Rúbrica de evaluación

Criterio Deficiente Aceptable Notable Excelente
Estructura e introducción
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Falta alguna parte esencial o la organización resulta confusa. La tesis no aparece con claridad.
1 pt.
Introducción, desarrollo y conclusión reconocibles. La tesis se formula con claridad y se retoma al final.
1,5 pt.
La introducción despliega las interpretaciones de la pregunta con sus implicaciones y justifica cuál se elige. La conclusión añade consecuencias o implicaciones actuales.
2 pt.
Además, la interpretación elegida orienta de principio a fin el desarrollo, y la conclusión responde a la pregunta tal como quedó planteada en la introducción.
Argumentación
hasta 3,5 puntos
0,5 pt.
Los argumentos apenas se desarrollan. Faltan ejemplos o citas, o estas no se explican. No se consideran posiciones contrarias.
2 pt.
Presenta al menos dos argumentos a favor y dos en contra, cada uno con ejemplos y una cita explicada. Los argumentos se exponen por separado, sin relacionarse entre sí.
3 pt.
Se comparan las posiciones y se señalan las fortalezas y las debilidades de cada una. La valoración final está razonada.
3,5 pt.
Los argumentos se responden entre sí: se concede lo que la posición contraria prueba y se muestra hasta dónde llega, o se invierte a favor de la tesis. La reflexión progresa.
Honestidad intelectual
hasta 1 punto
0 pt.
La posición contraria se caricaturiza, se presenta en su versión más débil o se le atribuye lo que no dice (hombre de paja).
0,5 pt.
La posición contraria se expone correctamente, aunque de forma escueta.
0,75 pt.
La posición contraria se expone en su versión más fuerte, con el mismo rigor que la propia.
1 pt.
Además, se delimitan las condiciones en que la propia tesis se sostiene, o los casos que no logra resolver.
Ejemplos propios
hasta 1,5 puntos
0,25 pt.
No usa ejemplos, o solo los que aparecen en los textos de práctica y en clase.
0,75 pt.
Usa algún ejemplo propio, aunque resulte decorativo o poco relacionado con el argumento.
1 pt.
Usa al menos dos ejemplos propios, pertinentes y bien elegidos para el argumento que ilustran.
1,5 pt.
Los ejemplos propios no solo ilustran: hacen avanzar el argumento, porque muestran algo que la cita por sí sola no mostraba.
Claridad y precisión expresiva
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Vocabulario impreciso. Párrafos poco conectados. Frases difíciles de seguir.
1 pt.
Vocabulario sencillo pero adecuado. El texto se entiende correctamente.
1,5 pt.
Vocabulario preciso y uso correcto de los conceptos filosóficos. Los párrafos se enlazan con conectores adecuados y la lectura es fluida.
2 pt.
Expresión rigurosa y matizada. Cada palabra dice exactamente lo que debe decir. Estilo cuidado.

Nota final: suma de los cinco criterios sobre 10 puntos, menos las penalizaciones. En cada criterio se asigna uno de los cuatro valores de la tabla, sin puntuaciones intermedias.

Sobre la estructura: quien sigue correctamente la estructura básica puede alcanzar el nivel notable. El nivel excelente exige que los argumentos se respondan entre sí, que la reflexión avance más allá de una simple acumulación de ideas.

 

Condiciones de entrega

Si no se cumplen, la disertación no se corrige:

  • Entregada en clase, dentro del plazo establecido.
  • Escrita a mano, en folios en blanco, con letra legible.
  • Al final del texto, tras la bibliografía, debe figurar el número de palabras de la disertación (sin contar la bibliografía).

El recuento forma parte del trabajo: llevarlo durante la redacción es la manera de ajustar la extensión mientras aún se puede corregir.

 

Penalizaciones

Concepto Descuento
Extensión (no acumulable: se aplica solo el tramo correspondiente, sobre el número de palabras declarado)
Desviación de hasta 100 palabras (1100-1199 o 1601-1700)
−0,5
Desviación de 100 a 200 palabras (1000-1099 o 1701-1800) −1
Desviación superior a 200 palabras (menos de 1000 o más de 1800) −2
Presentación (acumulable hasta un máximo de −1)
Sin sangría en la primera línea de cada párrafo
−0,25
Sin márgenes −0,25
Tachones o correcciones visibles −0,5
Ortografía (acumulable, sin límite)
Por cada falta de ortografía
−0,25
Por cada falta de tilde −0,05

 

Recursos

 

Bibliografía

Fuentes primarias

  • Aristóteles (1994). Metafísica, VII (ed. T. Calvo Martínez). Gredos.
  • Bacon, F. (2011). La gran restauración (Novum Organum).
  • Hume, D. (1988). Investigación sobre el conocimiento humano (trad. J. Salas Ortueta). Alianza.
  • Kuhn, T. S. (2004). La estructura de las revoluciones científicas (trad. C. Solís). FCE.
  • Lakatos, I. (1989). La metodología de los programas de investigación científica (trad. J. C. Zapatero). Alianza.
  • Popper, K. R. (1983). Conjeturas y refutaciones (trad. N. Míguez). Paidós.
  • Putnam, H. (1975). «What Is «Realism»?». Proceedings of the Aristotelian Society.
  • Van Fraassen, B. (1980). The Scientific Image. Clarendon Press.

 

Manuales, historias de la filosofía y obras de referencia

  • Bunge, M. (1985). Seudociencia e ideología. Alianza.
  • Chalmers, A. (1990). ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? Siglo XXI.
  • Diéguez, A. (1998). Realismo científico. Una introducción al debate actual en la filosofía de la ciencia. Universidad de Málaga.
  • Duhem, P. (2003). La teoría física, su objeto y su estructura. Herder.
  • Feyerabend, P. (1986). Tratado contra el método. Tecnos.
  • Ferrater Mora, J. (1964). Diccionario de filosofía (2 vols.). Sudamericana.

 

Vídeos

 

Glosario

 

GLOSARIO

Abducción / inferencia a la mejor explicación. Forma de razonamiento de Peirce, aplicada por Kepler: ante un hecho observado, se propone la hipótesis que, de ser verdadera, lo explicaría de forma más natural. No garantiza la verdad, pero orienta la investigación.

Axioma. Principio indemostrable sobre el que se construye una teoría en el método axiomático. En la mecánica de Newton, sus tres leyes del movimiento funcionan como axiomas del sistema.

Confirmación empírica. Tercera etapa del método axiomático de Newton: comprobar que las consecuencias del sistema formal coinciden con las observaciones, sabiendo que esa confirmación nunca es definitiva.

Convencionalismo. Postura, surgida con las geometrías no euclidianas, según la cual las teorías científicas son convenciones útiles para representar el mundo, sin que podamos tener certeza de que lo describen tal cual es.

Deferente / epiciclo. En el sistema de Ptolomeo, el deferente es la gran circunferencia centrada en la Tierra; el epiciclo, la pequeña circunferencia cuyo centro se mueve sobre ella. Su combinación explicaba el movimiento aparente de los planetas.

Experimentos mentales. Situaciones hipotéticas idealizadas, introducidas por Galileo, para entender por extrapolación cómo se comportarían los cuerpos en condiciones no reproducibles, como la caída en el vacío.

Filosofía de la ciencia. Rama de la filosofía que estudia qué distingue a la investigación científica, qué procedimientos debe seguir, qué hace correcta una explicación y qué fiabilidad tiene el saber que produce.

Geometrías no euclidianas. Sistemas geométricos alternativos al de Euclides, desarrollados en el siglo XIX (elíptica de Riemann, hiperbólica de Lobachevsky), que mostraron que puede haber más de un sistema matemático coherente.

Método axiomático. Método científico de Newton en tres etapas: formular un sistema axiomático, establecer su correlación con la experiencia, y confirmar empíricamente sus consecuencias.

Movimiento de retrogradación. Fenómeno por el que los planetas, sobre todo Marte, parecen retroceder en su trayectoria antes de reanudar su movimiento habitual. Ptolomeo lo explicó mediante epiciclos y deferentes.

Postulado de la objetividad. Principio, formulado por Galileo y Descartes y descrito por Monod, que rechaza sistemáticamente explicar los fenómenos naturales por causas finales, admitiendo solo causas eficientes.

Principio de inercia. Primera ley de Newton, ya formulada por Galileo y Descartes: todo cuerpo permanece en reposo o movimiento uniforme salvo que una fuerza externa lo altere. Axioma fundamental de la mecánica clásica.

Procedimiento de correlación. Segunda etapa del método axiomático de Newton: especificar la relación entre los teoremas del sistema formal y las observaciones empíricas que les corresponden.

Propiedades primarias / secundarias. Según Galileo, las primarias (forma, tamaño, velocidad) son objetivas y base del conocimiento científico; las secundarias (color, sabor, calor) son subjetivas y dependen de quien percibe.

Realismo científico. Postura según la cual las teorías científicas describen genuinamente el mundo y sus términos refieren a entidades reales. Su argumento principal es el del «no-milagro»: el éxito predictivo de la ciencia sería inexplicable si no describiera la realidad.

Relativismo científico. Postura según la cual no podemos saber si las teorías describen la realidad, y las aceptamos porque corresponden a la visión del mundo de la comunidad científica a la que pertenecemos.

Revolución Científica. Periodo de los siglos XVI y XVII que transformó la imagen científica del mundo, con Copérnico, Galileo, Kepler y Newton como figuras principales, y que puso fin a la física aristotélica.

Sistema axiomático. Conjunto de teoremas, definiciones y axiomas organizados deductivamente, primera etapa del método de Newton, del que se derivan lógicamente las consecuencias antes de contrastarlas con la experiencia.

 

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