El problema del ser humano

Teoría

 

EL PROBLEMA DEL SER HUMANO

¿Qué somos los seres humanos? ¿Somos un alma inmortal encerrada en un cuerpo, o somos nuestro cuerpo? ¿Tenemos una identidad fija que nos acompaña toda la vida, o somos algo que cambia y se construye con el tiempo? ¿Nos define la razón, la libertad, la memoria, el lenguaje, la biología? A lo largo de la historia de la filosofía, cada época y cada pensador ha dado respuestas muy diferentes a estas preguntas. Lo que sigue es un recorrido por las principales concepciones filosóficas del ser humano, desde la Antigüedad griega hasta el pensamiento contemporáneo.

 

EL SER HUMANO EN LA ANTIGÜEDAD

Para los antiguos, el ser humano forma parte del cosmos y está sometido a sus leyes. Su destino está predeterminado y no depende de la voluntad. Como dice Homero (s. VIII a. C.) en la Ilíada:

[N]ada hay sin duda más mísero que el hombre de todo cuanto camina y respira sobre la tierra.

Homero. (1991). Ilíada, p. 455.

Tras los presocráticos, con el giro antropológico de Sócrates (470-399 a. C.) y los sofistas, se cuestiona por primera vez la naturaleza o carácter del ser humano. El sofista Protágoras (481-411 a. C.) sostiene que «el hombre es la medida de todas las cosas», es decir, que no existen la verdad y el bien objetivos, sino que dependen de cada sujeto. Para Sócrates sí existen un bien y una verdad objetivos que trascienden al ser humano, por lo que nuestra tarea ha de consistir en conocerlos y practicarlos.

 

El dualismo platónico

Platón (427/428-347 a. C.), discípulo de Sócrates, recoge un dualismo antropológico de raíces pitagóricas según el cual el hombre es un compuesto de alma y cuerpo. El alma es el principio vital y de movimiento de los seres. Es inmaterial, eterna y pertenece al mundo de las Ideas, donde está en contacto con estas, aprehendiéndolas. El cuerpo es materia inerte que, al estar compuesta, se puede descomponer, cambiar, corromper, como todo aquello que pertenece al mundo sensible, que es donde reside. Para Platón, la unión del alma con el cuerpo es accidental y antinatural. Esto es porque esta cae sin quererlo al mundo sensible, donde da forma a la materia que allí hay conformando cada uno de los seres humanos, a pesar de que en la naturaleza del alma y de la materia no está el juntarse con la otra, por lo que tienen un trato conflictivo. Por su parte, la materia influye al alma, confundiéndola, haciéndole pensar que el mundo sensible es el real. Es decir, es la parte material del ser humano la que hace a este no actuar correctamente, dejándose llevar por distintos placeres. El alma está encerrada en el cuerpo, a quien trata de dirigir y de quien trata de liberarse para volver pura y limpia a donde pertenece: el mundo de las Ideas. Eso solo lo puede hacer tratando de recordar las Ideas con las que había tenido trato, ayudándose del hecho de que las cosas del mundo sensible son copias imperfectas de las Ideas. Ese camino de liberación no es solo epistemológico, sino también ético, ya que el ser humano que más sabe es también el más justo y bueno. Y también el que menos teme a la muerte, pues reconoce que la verdadera realidad no es la que se percibe por medio de los sentidos, sino la del mundo de las Ideas. Por eso, para Platón, la filosofía no es más que una preparación para la muerte, su aceptación feliz y tranquila.

Esta disputa entre la naturaleza del alma y la del cuerpo en cada ser humano le sirve a Platón para explicar el problema que surge de la propuesta ética socrática, según la cual las malas acciones solo tienen como explicación la ignorancia o, dicho de otra manera, solo obra mal quien desconoce el bien. Esa idea choca con la experiencia de que una persona puede conocer perfectamente qué es lo mejor para ella y, aun así, actuar mal. Para explicar esa contradicción, Platón distinguió tres partes o tipos de alma: la racional, la irascible y la concupiscible. El alma en sentido estricto sería la racional, pues, según Platón, esta es el principio vital de cada ser humano y la que explica nuestra capacidad de conocer y de obrar de una manera éticamente correcta. El alma racional es inmaterial, eterna y pertenece al mundo de las Ideas. Platón, en el cuerpo humano, la sitúa en la cabeza, y dice que su misión es la de guiar a las otras dos al tiempo que debe purificarse de ellas. El alma irascible o pasional perece cuando el cuerpo se degrada tanto que se dice que el ser humano muere. Hay que subrayar que realmente esto no es así, puesto que el ser humano no es otra cosa que su alma racional. Pero la idea de que el alma irascible perece le sirve a Platón para dar a entender que no es como la racional, sino que es algo así como un subproducto material, que se sitúa en el pecho, y que sería la responsable de las inclinaciones de los seres humanos hacia la fama, el honor y ese tipo de pasiones. El alma concupiscible o apetitiva también es perecedera, se sitúa en el bajo vientre y es fuente de apetitos y deseos aún más materiales, como el de beber, comer, mantener relaciones sexuales, etc. Con esta clasificación, Platón explica el hecho de que una persona, aunque sepa objetivamente, gracias a su alma racional, que debe hacer tal o cual cosa, haga otra, empujada por su alma irascible o su alma concupiscible.

 

Platón y Aristóteles coinciden en que el alma es lo que explica la vida y el conocimiento del ser humano. Pero discrepan radicalmente en su relación con el cuerpo: para Platón, el alma está encerrada en el cuerpo como en una cárcel y aspira a liberarse de él; para Aristóteles, esa separación es absurda, porque el alma es la forma del cuerpo, inseparable de él como la figura lo es de la cera. Si Platón tiene razón, somos esencialmente almas que usan cuerpos. Si Aristóteles tiene razón, somos cuerpos-con-alma, y preguntar qué somos sin cuerpo tiene tan poco sentido como preguntar qué es una estatua sin su mármol.

 

El hilemorfismo aristotélico

Aristóteles (384-322 a. C.) rechaza la antropología dualista platónica, a la que opone su teoría hilemórfica (hile = materia; morfe = forma), según la cual todo viviente es una composición inseparable de materia y forma, es decir, cuerpo y alma, de manera que no puede existir la una sin la otra. Esa unión sería perfectamente natural y esencial, y explicaría no solo la figura externa de cada individuo, sino también su modo de ser y de comportarse. Aristóteles defiende que en el alma de cada ser vivo residen las causas que explican todos sus movimientos: la formal, la eficiente y la final. La causa formal se refiere a la esencia del movimiento de los vivientes, su naturaleza y comportamiento, es decir, lo que hace que cada viviente sea lo que es y por lo que podemos identificarlo. La causa eficiente se refiere al origen causal del movimiento. Que en el alma de los vivientes esté la causa eficiente de su movimiento significa que ella es el origen, el agente de sus movimientos, como no ocurre con las cosas artificiales, que tienen que ser movidas por otras cosas o seres. Por último, la causa final remite al objetivo o la finalidad del movimiento. Es decir, se puede explicar el movimiento de un ser señalando el objetivo que parece perseguir. De hecho, según Aristóteles, todas nuestras acciones y comportamientos están dirigidas a un objetivo prefijado por nuestra alma. Ese fin teleológico constituye, precisamente, su perfección.

Dado que el alma, para Aristóteles, es la forma de un cuerpo, no es exclusiva de los seres humanos, sino que todo tiene cierta alma, eso sí, con diferentes capacidades o facultades. Más allá del alma ínfima que tienen las cosas inertes (y que hace que cada una de ellas se mueva como se mueve), el alma de los seres vivos inferiores, como las plantas, según él, solo tiene la capacidad de nutrirse. El alma de seres algo más sofisticados, como los animales, tiene, además, la facultad perceptiva y de cambio local, esto es, de desplazarse de un lado para otro. Finalmente, Aristóteles sostiene que los seres humanos, además de las capacidades del resto de los seres inferiores a él, poseen la facultad intelectiva, que nos permite alcanzar conocimiento científico y tener voluntad, es decir, querer hacer tal o cual cosa, ejerciendo nuestra libertad.

 

La persona en Roma

Los filósofos griegos se centran en describir las características de los seres humanos, pero no utilizan el concepto de persona. Será en el derecho romano donde empezará a usarse para distinguir al homo (hombre), esto es, todo aquel ser que pertenece biológicamente a la especie humana, de la persona, que es quien, además de ser hombre, tiene el estatus jurídico y social de ciudadano romano libre. De esta manera, aunque los esclavos son seres humanos, no son personas, porque no son sujetos de derecho, es decir, no tienen voz ni voto sobre los asuntos de la vida pública.

 

LA PERSONA EN EL PENSAMIENTO MEDIEVAL

Es en el pensamiento cristiano medieval donde surge el concepto actual de persona como ser dotado de dignidad propia. Hay varias razones para ello. En primer lugar, la vida de Jesús de Nazaret, interpretada como la acción de Dios en la Tierra en la forma de un hombre que nace, se desarrolla y muere, liga al ser humano con la trascendencia. Esto no solo significa que los seres humanos somos animales especialmente inteligentes o con características superiores, sino que se reconoce nuestra naturaleza divina y creadora. En segundo lugar, ese aspecto subraya las características que el dogma cristiano atribuye al ser humano como hijo de Dios y directamente creado por él a su imagen y semejanza. En tercer lugar, el debate teológico sobre la Trinidad y la naturaleza de Cristo se resolvió desde la categoría de persona.

En el Concilio de Nicea (325) una de las cuestiones fundamentales que se discutieron fue la naturaleza de Cristo. ¿Fue Cristo un hombre, el mismo Dios o una mezcla de los dos? Eso no queda claro en la Biblia, pues en ella hay pasajes contradictorios. El dogma decidido en Nicea establece que Cristo tiene una doble naturaleza, divina y humana, pero tiene solo una persona, la cual es única e indivisible. De esta forma, el concepto de persona permitió ligar las distintas naturalezas, humana y divina, en la figura de Cristo, así como distinguirlo de las otras dos personas divinas: Dios Padre y el Espíritu Santo.

 

Agustín de Hipona

Desarrollando el dogma establecido en el Concilio de Nicea, el más importante Padre de la Iglesia, Agustín de Hipona (354-430), subrayó que las personas divinas no podían ser consideradas como simples substancias, en el sentido clásico del término substancia (aquello que no necesita de otra cosa para ser), sino que además son personas. Para caracterizar a las personas humanas, Agustín recoge elementos platónicos, integrándolos en el dogma cristiano. Defiende que el hombre es la unión de alma y cuerpo. El alma es simple, lo que significa que no se puede descomponer. Además es inmortal, no eterna como entendían los griegos, pues, aunque no muere nunca, sí que ha sido creada en un momento determinado. Por su parte, el cuerpo es mortal, terrestre, esto es, compuesto, y es un instrumento del alma. San Agustín distingue tres facultades del alma: la memoria, la inteligencia y la voluntad. La memoria es la capacidad que nos permite preservar la identidad, el yo, de cada uno. La inteligencia es la capacidad de conocer. Esta se sirve de dos herramientas: la razón inferior y la razón superior. La razón inferior es la que nos permite alcanzar un conocimiento científico de las realidades mutables y sensibles del mundo terrenal. La razón superior es la que nos proporciona sabiduría, es decir, el conocimiento de la verdadera realidad: las Ideas de Dios. Finalmente, la voluntad es nuestra capacidad para querer, amar, utilizando nuestro libre albedrío.

 

Tomás de Aquino

Con Tomás de Aquino (1225-1274) llega el culmen de la Escolástica. Manifiesta que la individualidad se refiere a la substancia, pero que hay ciertos individuos que tienen la facultad de actuar libremente, por sí mismos, gracias a su naturaleza racional. Esta clase de individuos es diferente al resto de substancias y por eso los llamamos personas. A la hora de caracterizar a las personas humanas, Santo Tomás trata de integrar el dogma cristiano con la filosofía aristotélica. Por eso defiende que el hombre es una unión sustancial (esencial, potencial) de alma inmaterial y cuerpo material, de manera que no se pueden dar el uno sin el otro. Siguiendo a Aristóteles, también distingue tres facultades del alma: la vegetativa, la sensitiva y la racional. La vegetativa sería la capacidad que tienen las plantas de nutrirse, crecer y reproducirse. Los animales, además de la vegetativa, tendrían la sensitiva, es decir, la capacidad de experimentar sensaciones y percibir el ambiente que les rodea. Finalmente, los seres humanos, además de tener la vegetativa y la sensitiva, serían los únicos en tener entendimiento y voluntad, es decir, la capacidad de alcanzar conocimientos sobre el mundo y decidir libremente qué hacer, respectivamente.

 

Tanto Agustín como Tomás de Aquino coinciden en que el ser humano tiene una naturaleza creada por Dios y dotada de dignidad. Pero heredan marcos griegos diferentes: Agustín sigue a Platón y presenta el alma como lo verdaderamente humano, el lugar donde nos encontramos a nosotros mismos y a Dios; Tomás sigue a Aristóteles e insiste en que el ser humano no es solo alma ni solo cuerpo, sino la unión inseparable de ambos. La pregunta que los separa —¿soy fundamentalmente mi alma o soy el conjunto de mi alma y mi cuerpo?— reaparecerá con fuerza en la Modernidad, cuando Descartes vuelva a apostar por el alma sola.

 

EL SUJETO EN LA MODERNIDAD

En el Renacimiento y la Modernidad se hacen avances y descubrimientos (la llamada Revolución científica) que provocan un giro en la concepción del hombre. Por una parte, con el descubrimiento de América y sus habitantes se puso en discusión el estatus de los seres humanos como sujetos políticos de derecho. El fraile dominico Bartolomé de las Casas (1474-1566) defendió los derechos inalienables de los aborígenes frente al esclavismo. De las Casas subrayó que las leyes naturales que nos enseña la religión católica están por encima de las leyes positivas del Estado, que no existen diferencias raciales a los ojos de Dios, que la esclavitud y la servidumbre son ilegítimas desde las leyes naturales y que se debía restituir a los indios su libertad y bienes, pues también son personas. Estos principios sirvieron a la siguiente redacción de las Leyes de Indias, que sería la primera proclamación de unos derechos humanos.

Por otra parte, los descubrimientos astronómicos dan al traste con la interpretación geocéntrica del sistema solar y la Tierra pasa a ser un planeta más que orbita alrededor del Sol como muchos otros planetas giran alrededor de otros soles en un espacio infinito. Esto, por un lado, aleja al ser humano de una posición central, de privilegio, en la creación de Dios. No obstante, por otro lado, los hombres ilustrados de la época ensalzan la racionalidad y creatividad del ser humano por ser capaz de hacer descubrimientos y creaciones tan asombrosas. Así, equiparan nuestra capacidad de conocer y crear cosas nuevas con las capacidades de Dios.

 

El dualismo cartesiano

René Descartes (1596-1650), el padre de la Modernidad, entiende al ser humano como la composición de dos substancias. Aunque, según él, solo hay una substancia en sentido estricto, Dios, pues es el único que puede existir por sí mismo (causa sui), Descartes distingue otras dos substancias: la res cogitans y la res extensa. La res cogitans (cosa pensante) sería el alma inextensa e inmaterial. Su naturaleza es el pensamiento y las formas en que tal pensamiento se dan son la imaginación, la voluntad, la memoria, etc. La res extensa (cosa que tiene extensión) sería aquello que ocupa un lugar y que, por lo tanto, se puede medir su profundidad, anchura y longitud. Las maneras como se da esa extensión son, por ejemplo, la figura o el tamaño. Pues bien, el ser humano estaría compuesto de una res cogitans que dirige una res extensa, comunicándose a través de la glándula pineal. Para Descartes, el alma humana se concentra en un yo pensante racional (cogito) que es capaz de conocer absolutamente todo de la misma manera que Dios.

 

Las mónadas leibnizianas

Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) ofrece una visión del ser humano muy distinta a la de Descartes. Para Leibniz, la realidad no está compuesta de dos sustancias (pensante y extensa), sino de infinitas sustancias simples que él llama mónadas. Cada mónada es indivisible, indestructible y absolutamente única: no existen en la naturaleza dos seres perfectamente iguales. Las mónadas «no tienen ventanas», lo que significa que nada externo puede penetrar en ellas ni alterarlas desde fuera; todo cambio que experimentan procede de un principio interno. Cada mónada refleja el universo entero desde su propia perspectiva, como un espejo viviente. Lo que distingue a unas mónadas de otras es su grado de percepción y conciencia. Las mónadas inferiores (como las de los minerales o las plantas) tienen percepciones oscuras e inconscientes. Las de los animales tienen sensación y memoria. Pero solo las mónadas humanas poseen apercepción, es decir, conciencia de sí mismas y capacidad de reflexión racional. Para Leibniz, la identidad de cada ser humano es, por tanto, intrínseca e inalterable: viene dada por la naturaleza misma de su mónada, que contiene en sí todo lo que le ocurrirá a lo largo de su vida.

 

Descartes y Leibniz están convencidos de que existe un yo permanente: Descartes lo encuentra en el cogito (pienso, luego existo), Leibniz en la mónada (una sustancia simple, indestructible y única). Pero discrepan en qué es ese yo: para Descartes es una cosa que piensa y que podría existir sin cuerpo; para Leibniz es un espejo viviente del universo entero cuya identidad viene dada desde siempre. Hume desafiará a ambos con una pregunta incómoda: ¿dónde está ese yo permanente? Cuando miro dentro de mí, solo encuentro percepciones particulares que se suceden unas a otras. El yo, dice Hume, es quizá solo un nombre que le damos a esa sucesión.

 

David Hume

El dualismo cartesiano es muy criticado por lo inverosímil de que algo inextenso pueda relacionarse de algún modo con algo extenso. Una de las principales críticas del yo cartesiano proviene del filósofo escocés David Hume (1711-1776), para quien el yo, nuestra identidad personal, no existe tal y como dice Descartes. Hume defiende que nunca percibimos algo así como el yo, pues nuestras impresiones o percepciones siempre son concretas y variables, mientras que el yo nos lo representamos como algo permanente a lo largo del tiempo. Por eso argumenta que el yo no es más que la yuxtaposición o reunión de las actuaciones que percibimos que nosotros realizamos. Sería la memoria la que reúne todas esas percepciones haciéndonos creer en el yo como agente racional.

 

La situación después de Hume es incómoda: si el yo permanente es una ficción y no somos más que un haz de percepciones cambiantes, ¿qué nos mantiene unidos? ¿Qué hace que yo sea la misma persona que era ayer, o que seré mañana? Kant intentará salvar al sujeto mostrando que, sin un yo que unifique la experiencia, ni siquiera podríamos percibir nada. Pero el precio que paga es alto: ese yo unificador es una condición necesaria del conocimiento, no algo que podamos conocer en sí mismo. Sabemos que tiene que existir, pero no sabemos qué es.

 

Immanuel Kant

El debate entre el racionalismo cartesiano y el empirismo de Hume recibe la síntesis del pensador Immanuel Kant (1724-1804). Para Kant, desde la perspectiva científica o razón teórica, los individuos somos entidades físicas determinadas como cualquier otra cosa del universo. Pero, desde el punto de vista ético o de la razón práctica, somos agentes libres y autónomos. Por lo tanto, nuestra razón nos permite vernos de dos maneras diferentes. Por decirlo así, desde fuera y desde dentro, respectivamente. Kant considera que es en nuestra razón donde reside la dignidad del ser humano y desde donde podemos decirnos persona. Las personas siempre son un fin en sí mismo y no pueden ser tratadas como medio para conseguir otra cosa. Con ello, Kant sienta las bases del posterior desarrollo y reconocimiento de los Derechos Humanos.

 

Kant dejó al ser humano en una posición paradójica: somos libres desde la razón práctica pero estamos determinados desde la razón teórica; necesitamos un yo unificador pero no podemos conocerlo. Los filósofos contemporáneos partirán de esa grieta para ir más lejos. Nietzsche dirá que incluso el yo kantiano es una ficción gramatical. Ortega dirá que el ser humano no tiene naturaleza fija sino historia. Y Sartre sacará la conclusión más radical: si no hay un Dios que haya diseñado nuestra esencia, entonces primero existimos y después nos definimos. En los tres casos, la pregunta ya no es «¿qué soy?» sino «¿qué voy a hacer de mí?».

 

EL SER HUMANO EN EL PENSAMIENTO CONTEMPORÁNEO

A partir del siglo XIX, la concepción del ser humano sufre una serie de sacudidas profundas. La teoría de la evolución de Darwin sitúa al hombre en continuidad con el resto de los animales. La crítica de Marx muestra que lo que somos depende de las condiciones materiales y sociales en que vivimos. Y varios filósofos cuestionan de raíz la idea de que exista una naturaleza humana fija o un yo permanente.

 

Friedrich Nietzsche

Friedrich Nietzsche (1844-1900) lleva la crítica del sujeto más lejos que Hume. Mientras que Hume negaba que pudiéramos encontrar el yo en la experiencia, Nietzsche argumenta que la propia idea de un «yo» que piensa es una ficción producida por la estructura del lenguaje. Cuando decimos «yo pienso», damos por sentado que existe un sujeto (yo) que es la causa de una actividad (pensar). Pero, según Nietzsche, eso es un hábito gramatical, no una verdad: «un pensamiento viene cuando «él» quiere y no cuando «yo» quiero». Del hecho de que haya pensamiento no se sigue que haya un pensador fijo detrás. Más ampliamente, Nietzsche rechaza que el ser humano tenga una naturaleza fija o una esencia moral dada. Los valores que consideramos «naturales» (bueno, malo, justo, injusto) son, en realidad, creaciones históricas producidas por relaciones de poder. El ser humano es, para Nietzsche, «el animal no fijado todavía» (das noch nicht festgestellte Thier): un ser cuya forma de ser no está determinada de antemano y que tiene la capacidad —y la tarea— de crearse a sí mismo.

 

El humano como ser histórico: Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset (1883-1955) propone una concepción del ser humano radicalmente diferente a la tradición filosófica anterior. Su célebre fórmula «yo soy yo y mi circunstancia» indica que el ser humano no es una sustancia aislada (ni un alma, ni un cuerpo, ni un yo pensante), sino que es inseparable del mundo concreto en que vive: su época, su sociedad, su cultura, su biografía. Pero la tesis más radical de Ortega es que «el hombre no tiene naturaleza, sino que tiene historia». A diferencia de una piedra o un tigre, cuya forma de ser está dada por la naturaleza, el ser humano no es nada fijo: es un drama, un proyecto que tiene que hacerse a sí mismo eligiendo entre posibilidades. La vida no es un factum (algo hecho), sino un faciendum (algo por hacer). Ser libre, para Ortega, no es una cualidad añadida al ser humano, sino su modo de ser: consiste en carecer de identidad constitutiva, en no poder instalarse nunca definitivamente en ninguna forma de ser. Lo único fijo y estable en el ser libre es, paradójicamente, su constitutiva inestabilidad.

 

El existencialismo sartriano

Jean-Paul Sartre (1905-1980), el principal representante del existencialismo ateo, formula la tesis de que «la existencia precede a la esencia». A diferencia de un objeto fabricado —como un abrecartas, cuya función y forma son concebidas antes de que exista—, el ser humano primero existe, surge en el mundo, y solo después se define a través de lo que hace. No hay una naturaleza humana previa porque no hay un Dios que la haya concebido. El hombre, tal como lo concibe Sartre, empieza por no ser nada: solo será después, y será tal como se haya hecho. «El hombre no es otra cosa que lo que él se hace»: este es el primer principio del existencialismo. La consecuencia es que el ser humano es radicalmente libre, pero esa libertad no es un privilegio, sino una condena: estamos «condenados a ser libres», porque no hemos elegido existir y sin embargo somos responsables de todo lo que hacemos. No hay excusas, ni determinismo, ni naturaleza humana a la que apelar para justificar nuestros actos. Cada elección que hacemos compromete no solo a nosotros mismos, sino a toda la humanidad, porque al elegir lo que queremos ser, elegimos una imagen del ser humano tal como consideramos que debe ser.

 

Práctica

 

Lee atentamente cada texto y responde a las cuatro preguntas en tu cuaderno.

 

La Mónada, de la que vamos a hablar aquí, no es sino una sustancia simple que entra en los compuestos; simple quiere decir sin partes. Es, empero, preciso que haya sustancias simples, puesto que hay compuestos; pues lo compuesto no es sino un montón o aggregatum de simples. Ahora bien, allí donde no hay partes, tampoco hay extensión, ni figura, ni divisibilidad posibles. Y estas Mónadas son los verdaderos Átomos de la Naturaleza y, en una palabra, los Elementos de las cosas. En ellas tampoco hay que temer disolución alguna, ni es concebible modo alguno por el que una sustancia simple pueda perecer naturalmente. Por la misma razón, no hay modo alguno por el que una sustancia simple pueda comenzar naturalmente, puesto que no puede formarse por composición. Cabe afirmar, por lo tanto, que las Mónadas no pueden comenzar ni acabar más que de repente, esto es, no pueden comenzar, a no ser por creación, ni acabar, a no ser por aniquilación; lo que es compuesto, por el contrario, comienza o acaba por partes. Tampoco hay medio de explicar cómo una Mónada pueda ser alterada o cambiada en su interior por alguna otra criatura, puesto que en ella no cabe trasponer nada ni concebir movimiento interno alguno que pueda ser excitado, dirigido, aumentado o disminuido dentro de ella, como sí es posible en los compuestos, en donde hay cambio entre las partes. Las Mónadas no tienen en absoluto ventanas por las que pueda entrar o salir algo. Es preciso, incluso, que cada Mónada sea diferente de otra cualquiera. Pues nunca se dan en la Naturaleza dos Seres que sean perfectamente el uno como el otro, y en donde no sea posible hallar una diferencia interna o fundada en una denominación intrínseca.

Leibniz, G. W. (1981). Monadología. Pentalfa, §§ 1-9, pp. 73-79.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es cuáles son los elementos últimos que componen la realidad y qué características tienen.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Leibniz sostiene que la realidad está compuesta en último término por sustancias simples que él llama mónadas. Puesto que son simples, es decir, carecen de partes, no pueden descomponerse ni destruirse por medios naturales: solo podrían comenzar por creación o acabar por aniquilación. Además, al no tener partes ni extensión, nada externo puede penetrar en ellas ni alterarlas desde fuera (no tienen «ventanas»). Cada mónada es absolutamente única e irrepetible, diferente de todas las demás por alguna cualidad interna.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Leibniz emplea varios argumentos encadenados. En primer lugar, parte de un hecho observable: existen cosas compuestas. De ahí deduce que debe haber sustancias simples, porque lo compuesto no es más que una agrupación de simples. En segundo lugar, de la simplicidad (ausencia de partes) deduce varias propiedades: las mónadas no tienen extensión, ni figura, ni divisibilidad, y por tanto no pueden disolverse ni perecer naturalmente, pues la disolución consiste en la separación de partes. En tercer lugar, argumenta que nada externo puede alterar una mónada porque en ella no hay partes que puedan ser recolocadas ni movimiento interno que pueda ser excitado desde fuera, a diferencia de lo que ocurre en los compuestos. Por último, invoca el principio de los indiscernibles: en la naturaleza no existen dos seres perfectamente iguales, por lo que cada mónada debe poseer una diferencia interna que la haga única.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

David Hume mantendría una posición radicalmente diferente. Frente a la idea de que existen sustancias simples, permanentes e inalterables, Hume defiende que no tenemos experiencia de ninguna sustancia, ni simple ni compuesta, sino solo de percepciones particulares que se suceden unas a otras. En primer lugar, argumenta que toda idea legítima debe derivar de alguna impresión sensible, y no existe ninguna impresión de una «sustancia simple» permanente e inmutable: lo único que percibimos son sensaciones concretas y cambiantes. En segundo lugar, sostiene que la identidad que atribuimos a las cosas (y a nosotros mismos) no es más que una ficción producida por la imaginación, que confunde la sucesión de percepciones relacionadas con la permanencia de un objeto idéntico.

 

A favor de que tenemos una identidad estable


—¿Le conviene, por tanto, a lo que se ha compuesto y a lo que es compuesto por su naturaleza sufrir eso, el descomponerse del mismo modo como se compuso? Y si hay algo que es simple, solo a eso no le toca experimentar ese proceso, si es que le toca a algo.
—Me parece a mí que así es —dijo Cebes.
—¿Precisamente las cosas que son siempre del mismo modo y se encuentran en iguales condiciones, ésas es extraordinariamente probable que sean las simples, mientras que las que están en condiciones diversas y en diversas formas, ésas serán compuestas?
—A mí al menos así me lo parece.
—Vayamos, pues, ahora —dijo— hacia lo que tratábamos en nuestro coloquio de antes. La entidad misma, de cuyo ser dábamos razón al preguntar y responder, ¿acaso es siempre de igual modo en idéntica condición, o unas veces de una manera y otras de otras? Lo igual en sí, lo bello en sí, lo que cada cosa es en realidad, lo ente, ¿admite alguna vez un cambio y de cualquier tipo? ¿O lo que es siempre cada uno de los mismos entes, que es de aspecto único en sí mismo, se mantiene idéntico y en las mismas condiciones, y nunca en ninguna parte y de ningún modo acepta variación alguna?
—Es necesario —dijo Cebes— que se mantengan idénticos y en las mismas condiciones, Sócrates.
—¿Qué pasa con la multitud de cosas bellas, como por ejemplo personas o caballos o vestidos o cualquier otro género de cosas semejantes, o de cosas iguales, o de todas aquellas que son homónimas con las de antes? ¿Acaso se mantienen idénticas, o, todo lo contrario a aquéllas, ni son iguales a sí mismas, ni unas a otras nunca ni, en una palabra, de ningún modo son idénticas?
—Así son, a su vez —dijo Cebes— estas cosas: jamás se presentan de igual modo.
—¿A cuál de las dos clases de cosas, tanto por lo de antes como por lo que ahora decimos, te parece que es el alma más afín y connatural?
—Cualquiera, incluso el más lerdo en aprender —dijo él— creo que concedería, Sócrates, de acuerdo con tu indagación, que el alma es por completo y en todo más afín a lo que siempre es idéntico que a lo que no lo es.
—Examina, pues, Cebes —dijo—, si de todo lo dicho se nos deduce esto: que el alma es lo más semejante a lo divino, inmortal, inteligible, uniforme, indisoluble y que está siempre idéntico consigo mismo, mientras que, a su vez, el cuerpo es lo más semejante a lo humano, mortal, multiforme, irracional, soluble y que nunca está idéntico a sí mismo.

Platón (1986). Fedón. En Diálogos, Tomo III (trad. C. García Gual). Gredos, 78b-80b, pp. 75-79.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es si el alma es algo permanente e idéntico a sí mismo o, por el contrario, algo cambiante y perecedero como el cuerpo.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Platón defiende que el alma es lo más semejante a lo divino, inmortal, inteligible, uniforme, indisoluble y siempre idéntico consigo mismo, mientras que el cuerpo es lo más semejante a lo humano, mortal, multiforme, irracional, soluble y nunca idéntico a sí mismo. Por tanto, el alma constituye la identidad permanente del ser humano.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Platón argumenta en varios pasos. Primero, establece que lo compuesto es lo que puede descomponerse, mientras que lo simple no puede experimentar ese proceso. Segundo, señala que las cosas que son siempre del mismo modo y en las mismas condiciones son las simples, mientras que las que varían son compuestas. Tercero, aplica esta distinción a dos clases de realidades: las entidades en sí (lo igual en sí, lo bello en sí), que se mantienen siempre idénticas y en las mismas condiciones, y las cosas sensibles (personas, caballos, vestidos), que jamás se presentan de igual modo. Cuarto, pregunta a cuál de estas dos clases es más afín el alma, y Cebes concede que el alma es por completo más afín a lo que siempre es idéntico. De ahí concluye que el alma es semejante a lo divino, inmortal e indisoluble, y el cuerpo a lo mortal y cambiante.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Friedrich Nietzsche mantendría una posición diferente. Para Nietzsche, la idea de un alma simple, inmutable e idéntica a sí misma es una ficción derivada de la estructura del lenguaje, no de la experiencia. En primer lugar, argumenta que el concepto de «yo» como sustancia permanente es un producto de la gramática: del hecho de que toda oración necesita un sujeto deducimos que detrás de cada acción hay un agente fijo, pero eso es un hábito lingüístico, no una verdad metafísica. En segundo lugar, sostiene que la experiencia muestra que nuestras percepciones, pensamientos y deseos cambian constantemente y que un pensamiento viene cuando «él» quiere, no cuando «yo» quiero, lo cual desmiente la existencia de un yo unificador y permanente que controle el pensamiento.

 


Rebasaré, pues, esa fuerza de mi naturaleza subiendo peldaños hacia el que me hizo. Y llego a los campos y al espacioso cuartel general de la memoria, donde están los tesoros de innumerables imágenes transportadas por los sentidos en relación a todo tipo de cosas. Allí ha sido escondido incluso todo cuanto pensamos, ya aumentando, ya disminuyendo, ya variando, del modo que sea, lo que haya tocado el sentido, incluso si le ha sido confiado y almacenado algo que todavía no haya absorbido y sepultado el olvido. Cuando estoy allí pido que me sea mostrado todo cuanto quiero. Y algunas cosas se presentan al momento; algunas hay que buscarlas durante más tiempo y son arrancadas como de unos receptáculos muy abstrusos; algunas se precipitan en masa y, mientras se solicita y se busca otra cosa, saltan al medio, como si dijesen: «¿no somos nosotras por casualidad?». Y con la mano del corazón las aparto del rostro de mi recuerdo hasta que quede despejado lo que quiero y salte a la vista desde sus escondrijos. Allí están archivadas separadamente y por clases todas las que han sido introducidas, cada una según su puerta de entrada, como la luz y todos los colores y formas corpóreas, por los ojos; por las orejas, en cambio, todo tipo de sonidos; y todos los olores por la entrada de las fosas nasales, todos los sabores por la entrada de la boca. Dentro es donde hago estas cosas, en la enorme sala de mi memoria. Lo cierto es que allí están a mi disposición el cielo, la tierra y el mar junto con todo lo que pude percibir en ellos, salvo aquello que he olvidado. Allí también me salgo yo mismo al encuentro y me rememoro: qué he hecho, cuándo y dónde, y de qué manera me sentía cuando lo hacía. Allí está todo lo que recuerdo que han sido mis experiencias o mis creencias. De entre esa misma abundancia, también yo mismo voy entretejiendo de aquí y de allá semejanzas con hechos anteriores, y a partir de ellas concibo también acciones futuras, y acontecimientos, y esperanzas, y todas estas cosas, de nuevo, como si estuviesen presentes. Grande es este poder de la memoria, demasiado grande, Dios mío, un depósito interior amplio e infinito. ¿Quién ha llegado a su fondo? Y éste es el poder de mi espíritu y pertenece a mi naturaleza, y yo mismo no abarco todo lo que soy.

Agustín de Hipona (2010). Confesiones, Libro X, 8, 12-14 (trad. O. A. Encuentra). Gredos, pp. 482-484.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es dónde reside nuestra identidad personal y qué papel desempeña la memoria en el conocimiento de nosotros mismos.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Agustín de Hipona defiende que la memoria es un depósito interior inmenso donde se almacenan todas las experiencias vividas y donde el ser humano se encuentra a sí mismo. En la memoria no solo guardamos imágenes de lo percibido por los sentidos, sino que allí nos salimos al encuentro de nosotros mismos: recordamos qué hemos hecho, cuándo, dónde y cómo nos sentíamos. A partir de esos recuerdos también concebimos el futuro, entretejiendo esperanzas y proyectos. La memoria es, así, la sede de la identidad personal, el lugar donde el yo se reconoce como continuo a través del tiempo.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Agustín utiliza una descripción fenomenológica de la experiencia interior. En primer lugar, describe la memoria como un espacio inmenso («campos y espacioso cuartel general») donde están archivadas todas las percepciones sensoriales, organizadas según el sentido por el que entraron: colores por los ojos, sonidos por los oídos, olores por la nariz, sabores por la boca. En segundo lugar, muestra que la memoria no solo conserva el pasado, sino que permite la autoconciencia: «allí también me salgo yo mismo al encuentro y me rememoro», lo cual indica que el yo se reconoce en sus recuerdos como un ser continuo. En tercer lugar, señala que la memoria permite proyectar el futuro, pues a partir de las semejanzas con experiencias pasadas concebimos acciones futuras, acontecimientos y esperanzas. Todo ello le lleva a concluir que la memoria es un poder inmenso del espíritu que pertenece a nuestra propia naturaleza, un poder tan grande que ni siquiera el propio yo logra abarcarlo del todo.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

David Hume mantendría una posición diferente. Mientras que Agustín ve en la memoria el fundamento de un yo continuo, Hume sostiene que la memoria solo conecta percepciones sucesivas creando una ilusión de identidad. En primer lugar, Hume argumenta que cuando examinamos nuestra experiencia interior no encontramos ningún yo permanente, sino únicamente percepciones particulares de calor o frío, luz o sombra, amor u odio, que se suceden sin cesar. En segundo lugar, defiende que la memoria no descubre un yo preexistente, sino que produce la ficción de la identidad al crear relaciones de semejanza entre percepciones pasadas, haciendo que la imaginación confunda una sucesión de experiencias relacionadas con la permanencia de un sujeto idéntico.

 


Supongo entonces que todas las cosas que veo son falsas; me persuado de que, de todo lo que mi memoria repleta de mentiras me representa, nada ha sido jamás; pienso que no tengo sentidos; creo que el cuerpo, la figura, la extensión, el movimiento y el lugar no son más que ficciones de mi espíritu. ¿Qué será entonces lo que podrá ser considerado verdadero? Tal vez únicamente que en el mundo no hay nada cierto. Me he persuadido, empero, de que no había absolutamente nada en el mundo, de que no había cielo, ni tierra, ni espíritus, ni cuerpo alguno; pero entonces ¿no me he persuadido también de que yo no era? Ciertamente no; sin duda que yo era, si me he persuadido, o solo si yo he pensado algo. Sin embargo, hay no sé qué engañador muy poderoso y muy astuto que emplea toda su destreza en engañarme siempre. Pero entonces no hay duda de que soy, si me engaña; y que me engañe cuanto quiera, él no podrá nunca hacer que yo no sea nada mientras que yo piense ser algo. De manera que después de haberlo pensado bien, y de haber examinado con cuidado todas las cosas, hay que llegar a concluir y a tener como firme que esta proposición: yo soy, yo existo, es necesariamente verdadera cada vez que la pronuncie, o que la conciba en mi espíritu. Pero aún no conozco con suficiente claridad lo que soy, yo que estoy cierto de que soy. Pasemos entonces a los atributos del Alma y veamos si hay algunos que estén en mí. Los primeros son los de alimentarme y caminar; pero si es verdad que no tengo cuerpo, tampoco lo es que puedo caminar ni alimentarme. Otro es el de sentir; pero tampoco se puede sentir sin el cuerpo. Otro es el de pensar; y aquí encuentro que el pensamiento es un atributo que me pertenece: solo él no puede ser desprendido de mí. Yo soy, yo existo: esto es cierto; pero ¿por cuánto tiempo? A saber, por el tiempo que piense. Así pues, soy una cosa verdadera, y en verdad existente; pero ¿qué cosa? Lo he dicho: una cosa que piensa. ¿Qué es una cosa que piensa? Es decir, una cosa que duda, que concibe, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que también imagina, y que siente.

Descartes, R. (2011). Meditaciones metafísicas, Segunda Meditación (trad. M. C. Flórez). En Descartes. Gredos, pp. 170-174.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es si existe algo de lo que no podamos dudar y, en caso afirmativo, qué es eso que somos con toda certeza.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Descartes defiende que, aunque podamos dudar de todo lo que percibimos por los sentidos, del cuerpo, del mundo exterior e incluso de la existencia de otras mentes, hay algo de lo que no podemos dudar: de que existimos como seres pensantes. La proposición «yo soy, yo existo» es necesariamente verdadera cada vez que la pensamos. Lo que somos con certeza es una cosa que piensa, es decir, una cosa que duda, concibe, afirma, niega, quiere, imagina y siente. El pensamiento es el único atributo que no puede ser separado de nosotros.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Descartes utiliza el método de la duda radical. Primero, supone que todo lo que percibe es falso: los sentidos engañan, la memoria miente, el cuerpo, la extensión y el movimiento pueden ser ficciones. Segundo, se plantea si al negar todo también debe negar su propia existencia, y descubre que no: si se ha persuadido de algo, entonces necesariamente existe como ser pensante. Incluso si un engañador todopoderoso le engaña, el hecho mismo de ser engañado demuestra que existe. Tercero, una vez establecida la certeza de su existencia, descarta uno por uno los atributos que requieren un cuerpo (alimentarse, caminar, sentir) y concluye que el único atributo inseparable de él es el pensamiento. De ahí deduce que es esencialmente una «cosa que piensa», que abarca todas las formas de actividad mental: dudar, concebir, afirmar, negar, querer, imaginar y sentir.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Friedrich Nietzsche mantendría una posición radicalmente opuesta a la de Descartes. Nietzsche niega que del hecho de pensar se pueda deducir la existencia de un «yo» como sujeto permanente del pensamiento. En primer lugar, argumenta que la proposición «yo pienso» presupone varias afirmaciones injustificadas: que soy yo el que piensa, que tiene que existir algo que piense, que el pensar es la actividad de un ser pensado como causa, y que ya sabemos qué es pensar. Ninguna de estas afirmaciones es una «certeza inmediata», sino que son interpretaciones que damos por sentadas. En segundo lugar, señala que un pensamiento viene cuando «él» quiere y no cuando «yo» quiero, de modo que inferir un «yo» como causa del pensamiento es un falseamiento de los hechos, derivado de la costumbre gramatical que exige un sujeto para cada predicado.

 

A favor de que la identidad es cambiante o construida


Hay algunos filósofos que imaginan que somos conscientes íntimamente en todo momento de lo que llamamos nuestro YO, que sentimos su existencia y su continuidad en la existencia, y están seguros, más allá de la evidencia de una demostración, de su identidad y simplicidad perfecta. Desgraciadamente, todas estas afirmaciones positivas son contrarias a la experiencia que se presume en favor de ellas y no tenemos una idea del Yo de la manera que se ha explicado aquí. ¿Pues de qué impresión puede derivarse esta idea? Debe ser alguna impresión la que da lugar a cada idea real. Ahora bien, el Yo o persona no es una impresión, sino aquello a lo que suponemos que hacen referencia nuestras diversas impresiones o ideas. Si una impresión da lugar a la idea del Yo, la impresión debe continuar siendo invariablemente la misma a través de todo el curso de nuestras vidas, ya que se supone que existe de esa manera. Pero no existe ninguna impresión constante e invariable. El dolor y el placer, la pena y la alegría, las pasiones y sensaciones se suceden las unas a las otras y no pueden existir jamás todas a un mismo tiempo. No podemos, pues, derivar la idea del Yo de una de estas impresiones, o de cualquier otra, y, en consecuencia, no existe tal idea. Pero ¿qué sucederá con todas nuestras percepciones particulares, partiendo de esta hipótesis? Por mi parte, cuando penetro más íntimamente en lo que llamo mí mismo, tropiezo siempre con alguna percepción particular de calor o frío, luz o sombra, amor u odio, dolor o placer. No puedo jamás captarme a mí mismo en algún momento sin percepción alguna, y jamás puedo observar más que percepciones. Dejando a un lado a algunos metafísicos de esta clase, me atrevo a afirmar del resto de los hombres que no son más que un haz o colección de diferentes percepciones que se suceden las unas a las otras con una rapidez inconcebible y que se hallan en un flujo y movimiento perpetuo.

Hume, D. (2012). Tratado de la naturaleza humana, Libro I, Parte 4, Sección 6. En David Hume. Gredos, pp. 265-266.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es si tenemos realmente una idea del yo como algo idéntico y permanente a lo largo de nuestra vida.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Hume sostiene que no tenemos una idea legítima del yo como algo permanente, simple e idéntico. Cuando examinamos nuestra experiencia interior, no encontramos nunca un yo fijo, sino únicamente percepciones particulares que se suceden sin cesar: sensaciones de calor o frío, emociones de amor u odio, experiencias de dolor o placer. El ser humano no es más que un haz o colección de percepciones diferentes en flujo y movimiento perpetuo.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Hume emplea dos argumentos principales. El primero es de carácter epistemológico: toda idea legítima debe derivar de alguna impresión. Si existiera una idea del yo, debería proceder de alguna impresión constante e invariable que permaneciera igual a lo largo de toda nuestra vida. Pero no existe tal impresión: el dolor, el placer, la pena, la alegría y las sensaciones se suceden unas a otras y nunca existen todas al mismo tiempo. Por tanto, no podemos derivar la idea del yo de ninguna impresión, y en consecuencia no existe tal idea. El segundo argumento es de carácter introspectivo: Hume afirma que cuando penetra en lo que llama «mí mismo», siempre tropieza con alguna percepción particular, nunca con un yo separado de las percepciones. No puede captarse a sí mismo en ningún momento sin percepción alguna. De ahí concluye que los seres humanos no son más que un haz de percepciones en flujo perpetuo.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

René Descartes mantendría una posición opuesta. Para Descartes, el yo es lo más cierto e indudable que existe: es una sustancia pensante cuya existencia se demuestra por el propio acto de dudar. En primer lugar, argumenta que incluso si un genio maligno nos engañara en todo, el hecho mismo de ser engañados prueba que existimos como seres pensantes: «yo soy, yo existo» es necesariamente verdadero cada vez que lo concebimos. En segundo lugar, defiende que el pensamiento es un atributo inseparable del yo, de modo que hay un sujeto permanente que subyace a todas nuestras operaciones mentales: dudar, concebir, afirmar, negar, querer, imaginar y sentir son todas formas de una misma cosa que piensa.

 


Todavía sigue habiendo inofensivos observadores de sí mismos que creen en la existencia de «certezas inmediatas», por ejemplo, «yo pienso», o, como fue la superstición de Schopenhauer, «yo quiero»: como si aquí, por así decirlo, el conocer lograra captar pura y desnudamente su objeto, como «cosa en sí», y sin que por ello tuviese lugar una falsificación ni por parte del sujeto ni por parte del objeto. Pero que tanto la «certeza inmediata» como el «conocimiento absoluto» o la «cosa en sí» implican una contradictio in adjecto, esto es algo que repetiré cien veces: ¡deberíamos librarnos de una vez para siempre de la seducción de las palabras! Por más que el pueblo crea que conocer es un conocer-hasta-el-final, el filósofo tiene que decirse a sí mismo: «si descompongo la operación que está expresada en la proposición «yo pienso», entonces obtengo una serie de temerarias afirmaciones cuya fundamentación resulta difícil, acaso imposible, —por ejemplo, que sea yo el que piense, que tenga que existir en absoluto algo que piense, que el pensar sea la actividad y el efecto de un ser que es pensado como causa, que exista un «yo», o, finalmente, que ya esté fijado de antemano aquello que deba ser definido como pensar». En lo que se refiere a la superstición de los lógicos: no me cansaré de subrayar una y otra vez un hecho pequeño y conciso que es reconocido con desgana por parte de estos supersticiosos, —a saber, que un pensamiento viene cuando «él» quiere y no cuando «yo» quiero; siendo así que es un falseamiento de los hechos decir: el sujeto «yo» es la condición del predicado «pienso». Ello piensa: pero que ese «ello» sea precisamente aquel viejo y conocido «yo», eso es, por decirlo con suavidad, tan solo una suposición, una afirmación, y sobre todo no es una «certeza inmediata». De hecho, con este «ello piensa» ya se ha dicho demasiado: este «ello» contiene ya una interpretación del proceso y no pertenece al proceso mismo. Aquí se infiere según la costumbre gramatical que dice «pensar es una actividad, a cada actividad le corresponde alguien que actúe, en consecuencia—».

Nietzsche, F. (2016). Más allá del bien y del mal, §§ 16-17. En Obras completas, vol. IV. Tecnos, pp. 307-308.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es si la proposición «yo pienso» constituye una certeza inmediata e indudable que prueba la existencia de un yo como sujeto del pensamiento.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Nietzsche sostiene que el «yo pienso» cartesiano no es en absoluto una certeza inmediata, sino una construcción llena de supuestos injustificados. La idea de que existe un «yo» que piensa es una ficción derivada de la costumbre gramatical, que exige un sujeto para cada acción. En realidad, un pensamiento viene cuando «él» quiere, no cuando «yo» quiero: decir que el sujeto «yo» es la condición del predicado «pienso» es un falseamiento de los hechos. El «yo» no es más que una interpretación que añadimos al proceso del pensar, no algo que pertenezca al proceso mismo.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Nietzsche utiliza dos argumentos principales. El primero es el análisis lógico de la proposición «yo pienso»: al descomponerla, Nietzsche encuentra una serie de afirmaciones que se dan por sentadas sin justificación: que sea yo el que piense, que tenga que existir algo que piense, que el pensar sea la actividad de un ser pensado como causa, que exista un «yo», y que ya sepamos qué es pensar. Cada una de estas afirmaciones es, según Nietzsche, temeraria y difícil o imposible de fundamentar. El segundo argumento apela a la experiencia: un pensamiento viene cuando «él» quiere, no cuando «yo» quiero. Inferir de ahí un «yo» como causa del pensamiento es seguir la costumbre gramatical que dice «pensar es una actividad, a cada actividad le corresponde alguien que actúe», del mismo modo que el atomismo antiguo buscaba un «grumo de materia» detrás de cada fuerza. Pero esa inferencia no describe el proceso real, sino que le añade una interpretación.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

René Descartes mantendría la posición exactamente opuesta. Para Descartes, «yo pienso, yo existo» es la primera verdad indudable de la filosofía. En primer lugar, argumenta que incluso sometiendo todo a la duda más radical, el acto mismo de dudar prueba que existe un sujeto que duda: si me engaño, existo; si pienso, existo. La existencia del yo pensante se impone como certeza inmediata. En segundo lugar, Descartes defiende que el yo es una sustancia cuyo atributo esencial es el pensamiento: una cosa que duda, concibe, afirma, niega, quiere, imagina y siente. Esta sustancia pensante es simple, indivisible y distinta del cuerpo, y constituye la identidad permanente de cada ser humano.

 


Mal podía la razón físico-matemática, en su forma crasa de naturalismo o en su forma beatífica de espiritualismo, afrontar los problemas humanos. Por su misma constitución, no podía hacer más que buscar la naturaleza del hombre. Y, claro está, no la encontraba. Porque el hombre no tiene naturaleza. El hombre no es su cuerpo, que es una cosa; ni es su alma, psique, conciencia o espíritu, que es también una cosa. El hombre no es cosa ninguna, sino un drama —su vida, un puro y universal acontecimiento que acontece a cada cual y en que cada cual no es, a su vez, sino acontecimiento. El hombre no encuentra cosas, sino que las pone o supone. Lo que encuentra son puras dificultades y puras facilidades para existir. El existir mismo no le es dado «hecho» y regalado como a la piedra, sino que al encontrarse con que existe, al acontecerle existir, lo único que encuentra o le acontece es no tener más remedio que hacer algo para no dejar de existir. La vida es un gerundio y no un participio: un faciendum y no un factum. La vida es quehacer. En cada momento de mi vida se abren ante mí diversas posibilidades: puedo hacer esto o lo otro. Si hago esto, seré A en el instante próximo; si hago lo otro, seré B. El hombre es el ente que se hace a sí mismo. Pero el hombre no solo tiene que hacerse a sí mismo, sino que lo más grave que tiene que hacer es determinar lo que va a ser. Ser libre quiere decir carecer de identidad constitutiva, no estar adscrito a un ser determinado, poder ser otro del que se era y no poder instalarse de una vez y para siempre en ningún ser determinado. Lo único que hay de ser fijo y estable en el ser libre es la constitutiva inestabilidad. En suma, que el hombre no tiene naturaleza, sino que tiene… historia.

Ortega y Gasset, J. (1964). «Historia como sistema», VII-VIII. En Obras completas, tomo VI. Revista de Occidente, pp. 32-41.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es si el ser humano posee una naturaleza fija o si, por el contrario, su ser consiste en algo diferente.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Ortega y Gasset defiende que el hombre no tiene naturaleza, sino historia. A diferencia de las cosas, cuyo ser está dado de antemano, el ser humano no es nada fijo: no es su cuerpo ni su alma, sino un drama, un acontecimiento que tiene que hacerse a sí mismo eligiendo entre posibilidades. La vida no es algo hecho (factum), sino algo por hacer (faciendum), un quehacer. Ser libre significa carecer de identidad constitutiva: no estar adscrito a un ser determinado y poder ser siempre otro del que se era. Lo único fijo en el ser humano es su constitutiva inestabilidad.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Ortega utiliza varios argumentos. Primero, señala que la razón científica, tanto en su versión naturalista como espiritualista, ha fracasado al buscar la «naturaleza» del hombre: no la ha encontrado porque no existe. El hombre no es una cosa con propiedades fijas. Segundo, describe la vida humana como un drama o acontecimiento: a diferencia de la piedra, a la que le es dado existir sin esfuerzo, el ser humano se encuentra con que tiene que hacer algo para no dejar de existir. La existencia no le es regalada como un hecho, sino impuesta como una tarea. Tercero, muestra que en cada momento se abren ante nosotros diversas posibilidades de ser (si hago esto seré A, si hago lo otro seré B), y que somos nosotros quienes debemos elegir. Cuarto, argumenta que la libertad consiste precisamente en carecer de una identidad fija: no poder instalarse para siempre en ningún ser determinado. De todo ello concluye que lo que la naturaleza es a las cosas, la historia es al hombre.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Platón mantendría una posición opuesta. Para Platón, el ser humano sí tiene una naturaleza fija, que reside en el alma. En primer lugar, argumenta que el alma es simple, inmortal e idéntica a sí misma, semejante a las Ideas eternas: no cambia, no se descompone y permanece siempre igual. En segundo lugar, defiende que el cuerpo cambia y perece, pero el alma es la verdadera identidad del ser humano, y su destino es liberarse del cuerpo para regresar al mundo de las Ideas, donde se mantendrá idéntica por toda la eternidad. Para Platón, lo que somos no es un drama ni un quehacer, sino algo dado por naturaleza.

 


Lo que ellos tienen en común es simplemente el hecho de considerar que la existencia precede a la esencia, o, si se prefiere, que hay que partir de la subjetividad. ¿Qué significa esto exactamente? Consideremos un objeto fabricado, por ejemplo un libro o un abrecartas. Este objeto ha sido fabricado por un artesano que se ha inspirado en un concepto; se ha referido al concepto de abrecartas, e igualmente a una técnica de producción previa que forma parte del concepto, y que en el fondo es una fórmula. Así, el abrecartas es a la vez un objeto que se produce de cierta manera y que, por otra parte, tiene una utilidad definida, y es impensable que un hombre produzca un abrecartas sin saber para qué va a servir ese objeto. Diríamos entonces que en el caso del abrecartas, la esencia precede a la existencia. El existencialismo ateo que yo represento es más coherente. Declara que si Dios no existe, hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y que este ser es el hombre o, como dice Heidegger, la realidad humana. ¿Qué significa aquí que la existencia precede a la esencia? Significa que el hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y que después se define. El hombre, tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada. Solo será después, y será tal como se haya hecho. Así pues, no hay naturaleza humana, porque no hay Dios para concebirla. El hombre es el único que no solo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Este es el primer principio del existencialismo.

Sartre, J.-P. (2009). El existencialismo es un humanismo (trad. V. Prati de Fernández). Edhasa, pp. 27-31.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es si el ser humano tiene una esencia o naturaleza que lo defina antes de existir, o si, por el contrario, primero existe y después se define.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Sartre defiende que en el caso del ser humano la existencia precede a la esencia. A diferencia de un objeto fabricado como un abrecartas, cuya esencia (concepto, función, técnica de producción) es concebida antes de que el objeto exista, el ser humano primero existe, surge en el mundo, y solo después se define a través de lo que hace. No hay una naturaleza humana previa que lo determine, porque no hay un Dios que la haya concebido. El hombre empieza por no ser nada y solo será lo que se haya hecho a sí mismo.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Sartre emplea un razonamiento por analogía y su negación. Primero, toma el ejemplo de un objeto fabricado, el abrecartas: antes de producirlo, el artesano tiene en mente un concepto (su forma, su función, su técnica de producción). En este caso, la esencia precede a la existencia. Segundo, señala que cuando concebimos un Dios creador, lo asimilamos a un artesano superior que concibe la esencia del hombre antes de crearlo, de modo que cada ser humano individual realizaría un concepto previo que está en el entendimiento divino. Tercero, y este es el paso decisivo, Sartre declara que si Dios no existe, entonces no hay nadie que haya concebido previamente la esencia del ser humano. Por tanto, el hombre es el único ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto: primero surge en el mundo y después se define a través de sus actos y sus elecciones. No hay naturaleza humana fija porque no hay un Dios que la haya pensado de antemano.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Tomás de Aquino mantendría una posición opuesta. Para Santo Tomás, el ser humano sí tiene una naturaleza o esencia que precede a su existencia individual, porque Dios la ha concebido. En primer lugar, argumenta que la persona humana es un individuo de naturaleza racional: hay una esencia humana universal, creada por Dios, que se realiza en cada individuo concreto. En segundo lugar, defiende que el alma humana es inmortal y forma una unión sustancial con el cuerpo, de modo que lo que somos no es producto de nuestras elecciones, sino de una naturaleza racional dada por Dios, que incluye facultades como el entendimiento y la voluntad. La esencia del hombre está, pues, definida antes de que cada individuo exista.

 

Disertación filosófica

 

PROPUESTA DE TEMA

¿Qué nos hace ser quienes somos?

 

CÓMO HACER UNA DISERTACIÓN FILOSÓFICA

 

La disertación filosófica es un texto argumentativo en el que defiendes una posición razonada ante una pregunta filosófica. No se trata de dar tu opinión sin más, sino de construir una respuesta fundamentada en argumentos, apoyada en lo que han dicho los filósofos y capaz de considerar posiciones contrarias a la tuya. La finalidad de una disertación es llegar a una verdad lo más objetiva posible, esto es, que pueda ser compartida por todo ser racional. Todos los argumentos, estés personalmente de acuerdo o en desacuerdo con ellos, deben ser expuestos con el máximo rigor y fuerza. La extensión debe estar entre 1200 y 1600 palabras.

 

I. TRABAJO PREVIO

 

Paso 1: Elige la pregunta que más te interese

Elige la pregunta sobre la que tengas una opinión más clara, la que te resulte más cercana o la que te provoque más curiosidad. Si tienes una opinión fuerte sobre ella, aunque sea en contra, eso es buena señal: significa que tienes algo que decir. Ve a lo más cercano y sencillo para ti. La complejidad la encontrarás según profundices.

 

Paso 2: Busca las posibles interpretaciones

Las preguntas filosóficas contienen conceptos que pueden entenderse de varias maneras. Identifica las palabras clave y pregúntate qué pueden significar. Cada significado diferente produce una interpretación distinta de la pregunta.

Por ejemplo, la pregunta ¿Seguimos siendo la misma persona a lo largo de la vida? admite al menos tres interpretaciones:

  • Interpretación A: ¿Hay en nosotros algo que permanezca idéntico bajo todos los cambios, como un alma o una sustancia?
  • Interpretación B: ¿Es la memoria lo que une al niño que fuimos con el adulto que somos?
  • Interpretación C: ¿Es la identidad algo que se descubre, o algo que cada uno construye como quien cuenta una historia?

💡 Tip: Si no se te ocurren varias interpretaciones, prueba a cambiar una palabra clave por un sinónimo: no es lo mismo ¿seguimos siendo la misma persona? que ¿hay un yo permanente? o ¿qué queda de mí cuando todo en mí cambia? o ¿la identidad se tiene o se hace?

 

Paso 3: Piensa en las implicaciones y elige una interpretación

Cada interpretación tiene implicaciones distintas. Pregúntate: si respondiera que sí, ¿qué se seguiría de ello? ¿Y si respondiera que no? La interpretación más interesante suele ser la que tiene las implicaciones más profundas.

Por ejemplo:

  • Si hay una sustancia idéntica bajo los cambios (A), la identidad estaría garantizada pase lo que pase, y habría que explicar entonces por qué nunca la percibimos directamente. Pero si no la hay, la identidad queda pendiente de otra cosa que sí pueda fallar.
  • Si la memoria es lo que nos une con nuestro pasado (B), quien pierde la memoria perdería, en algún sentido, su identidad, y habría que decidir si eso es aceptable. Pero si la memoria no basta, habría que decir qué más hace falta.
  • Si la identidad se construye como un relato (C), cada uno sería en parte autor de sí mismo, y las responsabilidades del pasado podrían quedar en el aire: ¿puede alguien reescribirse hasta dejar de ser quien fue?

Ahora elige la interpretación que te parezca más relevante y explica por qué las otras lo son menos. Sé coherente: sería contradictorio argumentar que la A es la más importante y luego trabajar con la C. Las implicaciones te ayudan a decidir: la interpretación que más cosas pone en juego suele ser la mejor para una disertación.

 

Paso 4: Formula tu tesis

Escribe en una frase la respuesta que vas a defender. Debe ser clara, concreta y discutible: alguien razonable debería poder estar en desacuerdo con ella. La tesis no contiene argumentos: eso viene después. Puede llevar matices y condiciones (pero, aunque, cuando), pero no justificaciones: si tu tesis lleva un «porque», ese «porque» es tu primer argumento, y su sitio es el desarrollo.

Ejemplos de buenas tesis:

  • Seguimos siendo la misma persona a lo largo de la vida, aunque no gracias a una sustancia inmutable, sino a la continuidad de la memoria y del propio proyecto.
  • No somos la misma persona a lo largo de la vida: la identidad es una ficción útil que la mente fabrica para ordenar sus estados.

Ejemplos de malas tesis:

  • Cambiar es ley de vida. Demasiado vago.
  • Cada persona es un mundo. No responde a la pregunta.
  • Yo siempre seré yo. No tiene en cuenta ninguna objeción.

💡 Tip: A medida que investigas puede que descubras que tu tesis inicial era incorrecta. Puedes modificarla o reflejar en la conclusión por qué has cambiado de opinión. Una disertación se escribe para llegar a una verdad, no para demostrar que tenemos razón.

 

Paso 5: Busca argumentos y trabaja con las fuentes

Lee los textos de la pestaña de Práctica y los libros disponibles de la bibliografía buscando argumentos a favor y en contra de tu tesis. Para cada argumento que encuentres, anota:

  • La idea principal, con tus propias palabras.
  • La referencia completa: autor, año, título y página.
  • Tu reacción: ¿estás de acuerdo?, ¿se te ocurre una objeción?, ¿te recuerda a otro autor?

Cómo citar. Hay cuatro formas:

Cita directa narrativa. Usa esta opción para dar importancia y protagonismo al pensador en tu texto. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. El año va inmediatamente después de su nombre.

Ejemplo: Platón (1986) sostiene que el alma es «lo más semejante a lo divino, inmortal, inteligible, uniforme» (p. 79).

Cita directa parentética. Usa esta opción cuando quieres que el lector se concentre primero en la idea. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. Los datos del autor quedan en segundo plano al final de la frase.

Ejemplo: Frente al cuerpo, que cambia y se disuelve, el alma sería «lo más semejante a lo divino, inmortal, inteligible, uniforme» (Platón, 1986, p. 79).

Cita indirecta narrativa. Explicas la idea con tus propias palabras, pero introduces la frase mencionando directamente al autor.

Ejemplo: Platón (1986) distingue dos clases de realidades, las que cambian sin cesar y las que permanecen idénticas, y sostiene que el alma es afín a las segundas, mientras que el cuerpo pertenece a las primeras (pp. 75-79).

Cita indirecta parentética. Explicas la idea con tus propias palabras y colocas toda la información de la fuente junta al cerrar el punto.

Ejemplo: Si existen realidades inmutables y realidades cambiantes, y el alma se parece más a las primeras que a las segundas, entonces lo que somos en el fondo no estaría sometido al cambio que arrastra al cuerpo (Platón, 1986, pp. 75-79).

En todos los casos, después de la cita hay que explicar qué quiere decir el autor y relacionarla con tu argumento. Una cita sin explicación no demuestra nada.

💡 Tip: Cita con año y página la primera vez que atribuyes una idea a un autor. Después, si solo recuerdas o resumes algo que ya has citado antes (por ejemplo, en la valoración o en la conclusión), basta con nombrarlo: «como muestra Ortega…». Repetir el año y la página cada vez que aparece un apellido no es más riguroso, solo más pesado. La regla es sencilla: idea nueva, cita completa; idea ya citada, solo el apellido.

📌 Novedad: en las disertaciones de este tema y de los siguientes, debes identificar la forma lógica de al menos uno de tus argumentos. Más abajo, en la sección de Redacción, se explica cómo hacerlo.

 

Paso 6: Haz un esquema

Antes de redactar, escribe en tu cuaderno un esquema con la introducción (interpretaciones, implicaciones, elección razonada, tesis), los argumentos a favor y en contra con sus citas, la valoración, la delimitación de tu tesis y la conclusión. Este esquema es tu hoja de ruta.

 

II. REDACCIÓN

 

Estructura de la disertación

Introducción (aprox. 15% del texto). Consta de dos partes:

  • Primer párrafo: presenta el problema con un gancho que atraiga al lector (una imagen, una paradoja, un dato, una experiencia), despliega las interpretaciones posibles con sus implicaciones, justifica cuál es la más relevante y termina reformulando la pregunta tal como vas a responderla. Esa formulación final es importante: tu conclusión tendrá que responder exactamente a ella.
  • Segundo párrafo: formula tu tesis de forma clara y concreta.

💡 Tip: el gancho es el lugar más fácil para colocar un ejemplo propio, y los ejemplos propios puntúan en la rúbrica. Una anécdota, un caso real o una experiencia tuya que plantee el problema vale más que empezar directamente con un filósofo. Además, empezar por algo tuyo es más fácil que empezar por Kant.

 

Desarrollo (aprox. 70% del texto). Aquí hay dos formas de trabajar:

  • Estructura básica, para quien necesita un guion claro:
    1. Argumentos a favor de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado con ejemplos y una cita explicada.
    2. Argumentos en contra de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado también con ejemplos y una cita explicada. No los debilites a propósito: expónlos con el mismo rigor que los tuyos.
    3. Valoración: compara ambos lados, señala las fortalezas y las debilidades de cada uno, y explica cuáles pesan más y por qué.

Con esta estructura, hecha correctamente, puedes llegar al nivel notable.

 

  • Estructura dialéctica, para quien quiere ir más allá:

En lugar de separar los argumentos en dos bloques, construye una conversación entre posiciones. Los argumentos se responden entre sí, se señalan sus límites sobre la marcha y el pensamiento progresa. No hay un bloque a favor y un bloque en contra: hay un recorrido en el que cada paso surge del anterior.

Por ejemplo, en lugar de escribir:

Argumento a favor 1: Descartes defiende que el yo es una sustancia pensante indudable.
Argumento a favor 2: Agustín sostiene que la memoria nos hace presentes a nosotros mismos.
Argumento en contra 1: Hume afirma que solo encontramos percepciones sueltas, nunca un yo…
Argumento en contra 2: Nietzsche sostiene que el sujeto es una invención de la gramática…

Podrías escribir:

Descartes sostiene que el yo es una sustancia pensante cuya existencia resulta indudable. Hume acepta el método, mirar dentro de la propia experiencia, y vuelve el resultado en su contra: cuando mira dentro de sí, nunca encuentra un yo, solo percepciones sueltas que se suceden. Ahora bien, su objeción prueba que no percibimos el yo, no que el yo no exista: quizá la identidad no sea algo que se percibe, sino algo que se construye…

Esta estructura es más exigente pero produce disertaciones mucho más ricas.

 

Herramientas para trabajar los argumentos

Estas cuatro operaciones sirven para manejar cualquier argumento, sea tuyo o de la posición contraria. No hay que usarlas todas ni en todas las disertaciones: son ayudas para cuando no sepas cómo seguir. Las dos primeras te servirán en cualquier estructura. Las dos últimas, acotar e invertir, son las que hacen posible la estructura dialéctica: sin ellas, los argumentos no pueden responderse entre sí.

Conceder. Reconocer lo que un argumento tiene de razón antes de responderle. Se escribe con fórmulas como «esta objeción es seria, porque…» o «hay algo verdadero en esta idea». Parece una debilidad y es lo contrario: quien reconoce la fuerza del contrario y aun así le responde resulta mucho más convincente que quien finge que el contrario no decía nada. Lo opuesto es una falacia, el hombre de paja: debilitar la posición contraria para vencerla con facilidad. Ten presente que en la rúbrica el hombre de paja puntúa cero en honestidad intelectual: si la posición contraria queda ridícula en tu texto, es casi seguro que la has caricaturizado.

Buscar un contraejemplo. Si un argumento afirma algo con «todos», «siempre» o «nunca», un solo caso contrario lo derriba. Si alguien dice «todos los profesores mandan deberes» y encuentras uno que no manda, la afirmación era falsa. Cuidado: contra «la mayoría de los profesores mandan deberes» un caso contrario no prueba nada, porque esa afirmación ya contaba con las excepciones. Esta herramienta no siempre podrá usarse, y no pasa nada: solo funciona con afirmaciones universales.

Acotar. Aceptar que un argumento prueba algo y mostrar hasta dónde llega de verdad: «tienes razón, pero no tanta». La manera habitual de acotar es distinguir: separar dos cosas que estaban mezcladas y mostrar que el argumento vale para una pero no para la otra. La distinción puede ser de grado (los videojuegos no son malos; jugar demasiado, sí) o de aspecto (que todos los ladrillos de un edificio vengan de la fábrica no significa que el plano del edificio venga de ella). Acotar sirve también con tu propia tesis: decir bajo qué condiciones se sostiene, o qué casos no resuelve, puntúa en la rúbrica.

Invertir. Mostrar que un argumento, bien entendido, prueba lo contrario de lo que pretendía. Quien afirma que la filosofía no sirve para nada está defendiendo una tesis filosófica, así que necesita la filosofía para atacarla. Es la herramienta más espectacular cuando funciona y la más ridícula cuando se fuerza: úsala solo si la inversión es real.

💡 Tip: existen más herramientas (el experimento mental, la reducción al absurdo, el dilema, la autorrefutación) explicadas con ejemplos en la página de Técnicas argumentales.

 

Cómo comprobar tu desarrollo

Muchas disertaciones parecen dialécticas y son una lista disfrazada. Hay dos pruebas para comprobarlo antes de entregar.

La prueba del orden. Coge dos argumentos que estén del mismo lado (dos a favor, o dos en contra) e imagina que los intercambias. ¿Se entiende igual? Si sí, están yuxtapuestos: cada uno va por su cuenta, como en una lista. Si no, porque el segundo se apoyaba en el primero o respondía a una objeción que este había dejado abierta, hay una cadena. En una estructura dialéctica de verdad, casi ningún párrafo del desarrollo puede moverse sin romper algo.

La prueba de los conectores. Mira con qué palabras empieza cada párrafo del desarrollo. Los conectores de suma (además, por otra parte, también, en segundo lugar) indican que estás añadiendo: es una lista. Los conectores de respuesta (ahora bien, sin embargo, contra esto cabe objetar, conviene distinguir) indican que estás contestando a lo anterior: es una cadena.

Si todos tus párrafos empiezan con conectores de suma, tu texto es una lista, por muchos autores que cites. Y no se arregla cambiando las palabras: hay que cambiar lo que hacen los párrafos.

 

Sobre la forma lógica

En tu disertación, al menos uno de los argumentos que utilices debe ir acompañado de la identificación explícita de su forma lógica. Las formas más habituales son el modus ponens (si P entonces Q; P; luego Q), el modus tollens (si P entonces Q; no Q; luego no P) y el silogismo disyuntivo (P o Q; no P; luego Q).

Para hacerlo, escribe el argumento en prosa normal y añade a continuación una frase que nombre la forma lógica y muestre su estructura aplicada a ese argumento concreto. Por ejemplo:

Si la identidad personal dependiera únicamente de la memoria, quien olvida su pasado dejaría de ser la misma persona. Pero quien olvida su pasado no deja de ser la misma persona, ni ante la ley ni ante los suyos. Luego la identidad personal no depende únicamente de la memoria. Este argumento sigue la forma de un modus tollens.

Debe quedar integrado en la prosa, no entre paréntesis ni en un esquema aparte: la forma lógica sirve para exhibir la estructura de un razonamiento que ya era bueno, no para disfrazar uno que no lo era.

 

Conclusión (aprox. 15% del texto). Debe hacer tres cosas:

  • Responder a la pregunta tal como la reformulaste al final de la introducción, explicando si te reafirmas en la tesis o si cambias de postura, y qué argumentos han pesado más.
  • Delimitar tu tesis: bajo qué condiciones se sostiene, qué casos no resuelve, o qué tendría que ocurrir para que dejara de ser válida. Ninguna tesis lo explica todo, y precisarlo no la debilita: la hace más fuerte. La rúbrica lo premia dentro de la honestidad intelectual.
  • Señalar las consecuencias o implicaciones para el mundo actual.

💡 Tip: Las mejores conclusiones vuelven al principio y cierran el círculo. Si abriste con una imagen, una pregunta o un dato sorprendente, retómalo aquí y muestra cómo tu argumentación le ha dado un sentido nuevo.

 

Bibliografía. Al final del texto, tras la conclusión, incluye una lista de las obras que has citado. No cuenta para el límite de palabras. El formato es el siguiente:

  • Apellido, N. (año). Título de la obra (trad. N. Apellido). Editorial.

Por ejemplo:

  • Hume, D. (2012). Tratado de la naturaleza humana. En David Hume. Gredos.
  • Ortega y Gasset, J. (1964). «Historia como sistema». En Obras completas, tomo VI. Revista de Occidente.

 

Consejos de redacción

  • Busca una apertura que enganche: una imagen, una paradoja, un dato sorprendente, una pregunta provocadora, una experiencia personal.
  • Haz frases cortas y claras. Evita las subordinadas en cadena.
  • Busca las palabras exactas. Evita afirmaciones vagas.
  • Los ejemplos que puntúan como propios son los que no aparecen ni en los textos de práctica ni en clase: de tu experiencia, de la actualidad, de la naturaleza, de la cultura. Un buen ejemplo propio no solo adorna: si al quitarlo el argumento pierde fuerza, es que estaba haciendo trabajo de verdad. Esa es la diferencia que la rúbrica premia.
  • Una cita sola, sin explicación, no demuestra nada. Explica siempre qué quiere decir el autor y por qué es relevante para tu argumento.
  • Un argumento no es una frase. Requiere desarrollo, ejemplo y, si puede ser, una cita explicada.
  • Reserva la primera persona para la tesis y la conclusión. En el desarrollo, expón los argumentos de forma impersonal.

 

Fases de escritura

Producción. Escribe todas las ideas sin preocuparte por el orden ni la corrección. El objetivo es sacar todo lo que tienes en la cabeza.

Edición. Ordena las ideas, redacta los párrafos, integra las citas con su explicación, conecta los argumentos entre sí.

Revisión. Lee el texto completo: ¿se entiende la tesis?, ¿los argumentos la sostienen?, ¿las citas están explicadas?, ¿la conclusión responde a la pregunta y delimita la tesis? Aplica la prueba del orden y la de los conectores. Comprueba la ortografía, cuenta las palabras y pasa a limpio.

 

Ejemplo de disertación

La siguiente disertación es un ejemplo de cómo aplicar los pasos anteriores. No es un modelo perfecto: es un ejemplo de trabajo bien hecho que puedes usar como referencia.

 

¿Seguimos siendo la misma persona a lo largo de la vida?

En 1953, un joven estadounidense llamado Henry Molaison fue operado para tratar una epilepsia grave. La cirugía funcionó contra las crisis, pero tuvo un efecto que nadie esperaba: Henry perdió la capacidad de formar recuerdos nuevos. Durante los cincuenta y cinco años que le quedaban de vida, cada persona que conocía volvía a ser un desconocido a los pocos minutos, y cada mañana su historia se detenía en 1953. Y sin embargo, quienes lo trataron durante décadas coincidían en algo notable: seguía siendo Henry, con su carácter afable, su paciencia y su sentido del humor. Su caso plantea con crudeza la pregunta «¿seguimos siendo la misma persona a lo largo de la vida?», que admite varias lecturas. Puede referirse a si hay en nosotros algo que permanezca idéntico bajo todos los cambios, como un alma o una sustancia: si lo hay, la identidad estaría garantizada, pero habría que explicar por qué nunca lo percibimos. Puede referirse a si la memoria es lo que une al niño que fuimos con el adulto que somos: si lo es, quien la pierde perdería en algún sentido su identidad, y el caso de Henry lo desmiente a medias. O puede referirse a si la identidad es algo que se descubre o algo que se construye: si se construye, cada uno sería en parte autor de sí mismo. La segunda y la tercera lectura son las más fecundas, porque no dan por resuelto lo que está en juego, y pueden tratarse juntas: ambas buscan la identidad en algo que hacemos, no en algo que tenemos. La pregunta, entonces, es esta: si no hay una sustancia inmutable que nos sostenga, ¿de qué está hecha la continuidad que nos permite decir «sigo siendo yo»?

La tesis que defenderé es que seguimos siendo la misma persona a lo largo de la vida, aunque no gracias a una sustancia inmutable: la identidad se sostiene sobre la continuidad de la memoria y del propio proyecto.

La posición clásica contraria a esta tesis merece exponerse primero y con toda su fuerza, porque es la más intuitiva. Descartes sostiene que el yo es una sustancia pensante cuya existencia resulta indudable: puedo dudar de mi cuerpo y del mundo entero, pero no de que existo mientras pienso, y ese algo que piensa, duda, afirma y niega es lo que soy (Descartes, 2011, pp. 170-174). Si esto es correcto, la identidad está asegurada de antemano: bajo todos los cambios habría un mismo sujeto pensante, simple e idéntico, que los atraviesa intacto. La fuerza de la posición está en su punto de partida: nadie puede negar que hay pensamiento.

Contra esta seguridad se levanta la objeción de Hume, y conviene apreciar su precisión. Acepta el método cartesiano de mirar dentro de la propia experiencia, y encuentra otra cosa: cuando entra en lo que llama «sí mismo», tropieza siempre con alguna percepción particular, de calor o frío, de placer o dolor, y jamás consigue atraparse a sí mismo sin percepción alguna. De ahí concluye que no somos sino un haz de percepciones que se suceden con rapidez inconcebible (Hume, 2012, pp. 265-266). El argumento admite una formulación exacta: si el yo fuera una sustancia simple e idéntica, deberíamos tener alguna impresión constante de ella; pero no tenemos ninguna impresión constante de tal cosa; luego el yo no es una sustancia simple e idéntica. Este argumento sigue la forma de un modus tollens.

La objeción es seria y no puede esquivarse, pero conviene acotar lo que prueba. Hume demuestra que no percibimos un yo sustancial, y de ahí se sigue que la identidad no puede apoyarse en una sustancia observable. No se sigue, en cambio, que no haya identidad alguna: una cosa es que el yo no sea un objeto que se encuentra al mirar dentro, y otra que la palabra «yo» no nombre nada. La ley, la promesa, la culpa y la gratitud presuponen que quien actuó ayer es quien responde hoy, y esas prácticas no se derrumban por el hecho de que nadie perciba su sustancia pensante. Lo que la objeción de Hume obliga a hacer es buscar la identidad en otro sitio: no en algo que se tiene, sino en algo que se mantiene.

Agustín señala el primer candidato. En el libro X de las Confesiones describe la memoria como un palacio inmenso donde están guardados el cielo, la tierra y el mar junto con todo lo que ha vivido, y donde, dice, me encuentro también conmigo mismo (Agustín de Hipona, 2010, pp. 482-484). La memoria no sería un simple archivo: sería el lugar donde el pasado sigue siendo mío, y por eso el niño que fui y el adulto que soy pertenecen a una misma vida. La propuesta es poderosa, pero el caso de Henry Molaison marca exactamente su límite. Si la identidad consistiera solo en la memoria, Henry habría dejado de ser Henry en 1953, y no fue así: su carácter, su trato y su manera de estar en el mundo persistieron cuando los recuerdos ya no podían formarse. La memoria sostiene mucho de lo que somos, pero no lo sostiene todo.

Ortega ofrece la pieza que falta. Sostiene que el hombre no tiene naturaleza, sino que tiene historia: no somos una cosa hecha, sino un quehacer, un proyecto que va decidiéndose en cada situación, y lo que hemos sido opera como el repertorio desde el cual elegimos lo que vamos a ser (Ortega y Gasset, 1964, pp. 32-41). Con esto, la identidad deja de ser un objeto y pasa a ser una tarea: soy el mismo no como una piedra es la misma, por inercia, sino como una novela es la misma, por la trama que une sus capítulos. Y esta idea permite entender lo que la memoria sola no explicaba: la continuidad de Henry no estaba en sus recuerdos, que ya no se formaban, sino en la manera de ser que su vida anterior había ido labrando y que seguía actuando en él.

A la luz de este recorrido, considero que seguimos siendo la misma persona, aunque no del modo en que la tradición lo esperaba. Descartes acierta al señalar que hay algo innegable en la primera persona, pero se excede al convertirlo en una sustancia; Hume acierta al desmontar esa sustancia, pero su argumento no alcanza a la identidad como continuidad; Agustín y Ortega muestran de qué está hecha esa continuidad: de memoria y de proyecto, de lo que conservamos y de lo que vamos haciendo con ello. Conviene, con todo, delimitar la tesis. Se sostiene mientras exista alguna continuidad, de recuerdos, de carácter o de proyecto, que enlace los estados de una vida; en los casos extremos en que toda continuidad se pierde, la pregunta por la identidad deja de tener una respuesta clara, y es honesto reconocer que ahí la tesis no decide nada. La implicación para el presente es directa: si la identidad es en parte tarea, entonces no está simplemente dada, y cuidar la propia memoria, los propios vínculos y el propio proyecto no es un adorno de la vida, sino la manera de seguir siendo alguien.

Henry Molaison no recordaba a las personas que lo cuidaban, pero les sonreía con la misma amabilidad cada vez que las veía por primera vez. Quizá esa sea la respuesta que su caso ofrece: lo que somos no se guarda solo en lo que recordamos, sino en lo que hemos llegado a ser.

 

Bibliografía

  • Agustín de Hipona (2010). Confesiones (trad. O. A. Encuentra). Gredos.
  • Descartes, R. (2011). Meditaciones metafísicas (trad. M. C. Flórez). En Descartes. Gredos.
  • Hume, D. (2012). Tratado de la naturaleza humana. En David Hume. Gredos.
  • Ortega y Gasset, J. (1964). «Historia como sistema». En Obras completas, tomo VI. Revista de Occidente.

 

III. EVALUACIÓN

Rúbrica de evaluación

Criterio Deficiente Aceptable Notable Excelente
Estructura e introducción
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Falta alguna parte esencial o la organización resulta confusa. La tesis no aparece con claridad.
1 pt.
Introducción, desarrollo y conclusión reconocibles. La tesis se formula con claridad y se retoma al final.
1,5 pt.
La introducción despliega las interpretaciones de la pregunta con sus implicaciones y justifica cuál se elige. La conclusión añade consecuencias o implicaciones actuales.
2 pt.
Además, la interpretación elegida orienta de principio a fin el desarrollo, y la conclusión responde a la pregunta tal como quedó planteada en la introducción.
Argumentación
hasta 3,5 puntos
0,5 pt.
Los argumentos apenas se desarrollan. Faltan ejemplos o citas, o estas no se explican. No se consideran posiciones contrarias.
2 pt.
Presenta al menos dos argumentos a favor y dos en contra, cada uno con ejemplos y una cita explicada. Los argumentos se exponen por separado, sin relacionarse entre sí.
3 pt.
Se comparan las posiciones y se señalan las fortalezas y las debilidades de cada una. La valoración final está razonada.
3,5 pt.
Los argumentos se responden entre sí: se concede lo que la posición contraria prueba y se muestra hasta dónde llega, o se invierte a favor de la tesis. La reflexión progresa. Al menos un argumento presenta de forma explícita su forma lógica.
Honestidad intelectual
hasta 1 punto
0 pt.
La posición contraria se caricaturiza, se presenta en su versión más débil o se le atribuye lo que no dice (hombre de paja).
0,5 pt.
La posición contraria se expone correctamente, aunque de forma escueta.
0,75 pt.
La posición contraria se expone en su versión más fuerte, con el mismo rigor que la propia.
1 pt.
Además, se delimitan las condiciones en que la propia tesis se sostiene, o los casos que no logra resolver.
Ejemplos propios
hasta 1,5 puntos
0,25 pt.
No usa ejemplos, o solo los que aparecen en los textos de práctica y en clase.
0,75 pt.
Usa algún ejemplo propio, aunque resulte decorativo o poco relacionado con el argumento.
1 pt.
Usa al menos dos ejemplos propios, pertinentes y bien elegidos para el argumento que ilustran.
1,5 pt.
Los ejemplos propios no solo ilustran: hacen avanzar el argumento, porque muestran algo que la cita por sí sola no mostraba.
Claridad y precisión expresiva
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Vocabulario impreciso. Párrafos poco conectados. Frases difíciles de seguir.
1 pt.
Vocabulario sencillo pero adecuado. El texto se entiende correctamente.
1,5 pt.
Vocabulario preciso y uso correcto de los conceptos filosóficos. Los párrafos se enlazan con conectores adecuados y la lectura es fluida.
2 pt.
Expresión rigurosa y matizada. Cada palabra dice exactamente lo que debe decir. Estilo cuidado.

Nota final: suma de los cinco criterios sobre 10 puntos, menos las penalizaciones. En cada criterio se asigna uno de los cuatro valores de la tabla, sin puntuaciones intermedias.

Sobre la estructura: quien sigue correctamente la estructura básica puede alcanzar el nivel notable. El nivel excelente exige que los argumentos se respondan entre sí, que la reflexión avance más allá de una simple acumulación de ideas y que al menos un argumento presente su forma lógica de manera explícita.

 

Condiciones de entrega

Si no se cumplen, la disertación no se corrige:

  • Entregada en clase, dentro del plazo establecido.
  • Escrita a mano, en folios en blanco, con letra legible.
  • Al final del texto, tras la bibliografía, debe figurar el número de palabras de la disertación (sin contar la bibliografía).

El recuento forma parte del trabajo: llevarlo durante la redacción es la manera de ajustar la extensión mientras aún se puede corregir.

 

Penalizaciones

Concepto Descuento
Extensión (no acumulable: se aplica solo el tramo correspondiente, sobre el número de palabras declarado)
Desviación de hasta 100 palabras (1100-1199 o 1601-1700)
−0,5
Desviación de 100 a 200 palabras (1000-1099 o 1701-1800) −1
Desviación superior a 200 palabras (menos de 1000 o más de 1800) −2
Presentación (acumulable hasta un máximo de −1)
Sin sangría en la primera línea de cada párrafo
−0,25
Sin márgenes −0,25
Tachones o correcciones visibles −0,5
Ortografía (acumulable, sin límite)
Por cada falta de ortografía
−0,25
Por cada falta de tilde −0,05

 

Recursos

 

Bibliografía

Fuentes primarias

  • Agustín de Hipona (2010). Confesiones (trad. O. A. Encuentra). Gredos.
  • Descartes, R. (2011). Meditaciones metafísicas (trad. M. C. Flórez). En Descartes. Gredos.
  • Hume, D. (2012). Tratado de la naturaleza humana. En David Hume. Gredos.
  • Leibniz, G. W. (1981). Monadología. Pentalfa.
  • Nietzsche, F. (2016). Más allá del bien y del mal. En Obras completas, vol. IV. Tecnos.
  • Ortega y Gasset, J. (1964). «Historia como sistema». En Obras completas, tomo VI. Revista de Occidente.
  • Platón (1986). Fedón. En Diálogos, Tomo III (trad. C. García Gual). Gredos.
  • Sartre, J.-P. (2009). El existencialismo es un humanismo (trad. V. Prati de Fernández). Edhasa.

 

Manuales, historias de la filosofía y obras de referencia

  • Copleston, F. C. (1996). Historia de la filosofía. Vol. IX. De Maine de Biran a Sartre. Ariel.
  • Ferrater Mora, J. (1964). Diccionario de filosofía (2 vols.). Sudamericana.
  • Honderich, T. (dir.) (2001). Enciclopedia Oxford de filosofía. Tecnos.
  • MacIntyre, A. (2001). Animales racionales y dependientes. Paidós.
  • Sánchez Meca, D. (2012). Diccionario esencial de filosofía. Tecnos.
  • Stevenson, L. y otros (2018). Trece teorías de la naturaleza humana. Cátedra.

 

Vídeos

 

Glosario

 

GLOSARIO

Animal no fijado todavía. Expresión de Nietzsche para describir al ser humano: a diferencia de los demás animales, cuya forma está determinada por la naturaleza, carece de una esencia fija y tiene la tarea de crearse a sí mismo.

Apercepción. En Leibniz, la conciencia reflexiva de sí mismo, es decir, no solo percibir sino saber que se percibe. Solo las mónadas humanas la poseen, a diferencia de las animales y las inferiores.

Causa eficiente. En Aristóteles, la causa que explica el origen del movimiento de un ser. En los vivientes, esa causa es el alma, que actúa como agente interno, a diferencia de las cosas artificiales, movidas desde fuera.

Causa final. En Aristóteles, la causa que explica el movimiento de un ser señalando el fin u objetivo hacia el que tiende. La ciencia moderna, desde Bacon y Descartes, excluyó este tipo de causa del estudio de la naturaleza.

Causa formal. En Aristóteles, la causa que explica la esencia de un ser: lo que lo hace ser lo que es. El alma es la causa formal del viviente, porque define su modo de ser y de comportarse.

Causa sui. Expresión latina, «causa de sí mismo», que Descartes aplica a Dios: el único ser que existe por sí mismo sin depender de ninguna otra sustancia que lo produzca o lo sostenga.

Cogito. Abreviatura de «cogito ergo sum» (pienso, luego existo), la primera verdad cierta de Descartes: incluso dudando de todo, la duda misma confirma que hay un sujeto que piensa.

Concilio de Nicea. Concilio del año 325 en que se fijó el dogma de que Cristo tiene dos naturalezas, humana y divina, pero una sola persona, lo que dio origen filosófico al concepto de persona.

Condena a la libertad. Expresión de Sartre: no elegimos existir, pero una vez que existimos somos absolutamente responsables de todo lo que hacemos, sin poder apelar a ninguna naturaleza ni destino que nos justifique.

Dualismo antropológico. Concepción que distingue en el ser humano dos principios irreductibles, alma y cuerpo. En Platón su unión es accidental y conflictiva; se opone al hilemorfismo aristotélico, que los concibe unidos naturalmente.

Dualismo cartesiano. Versión moderna del dualismo propuesta por Descartes: el ser humano es la unión de la res cogitans (alma pensante) y la res extensa (cuerpo material), comunicadas a través de la glándula pineal.

Escolástica. Corriente filosófica y teológica medieval, cuya figura máxima es Tomás de Aquino, que trató de armonizar la fe cristiana con la filosofía de Aristóteles mediante el método de cuestión y disputa racional.

Faciendum / Factum. Distinción de Ortega y Gasset: un factum es algo ya hecho y fijo; un faciendum es un proyecto por hacer. Para Ortega, la vida humana no es un factum sino un faciendum.

Fin en sí mismo. Principio ético de Kant según el cual las personas nunca deben tratarse solo como medios, sino siempre también como fines, por su capacidad racional y su autonomía.

Giro antropológico. Desplazamiento del interés filosófico, protagonizado por Sócrates, desde el estudio de la naturaleza exterior hacia el estudio del ser humano: qué es, qué puede conocer y cómo debe vivir.

Glándula pineal. En Descartes, el órgano cerebral a través del cual interactúan el alma (res cogitans) y el cuerpo (res extensa), elegido por carecer de par simétrico. Su solución fue muy criticada.

Hilemorfismo aristotélico. Teoría de Aristóteles según la cual todo viviente es una unión inseparable de materia y forma, cuerpo y alma, que no pueden existir el uno sin el otro. Se opone al dualismo platónico.

Homo / Persona. Distinción del derecho romano: homo designa a todo miembro de la especie humana; persona, a quien además posee estatus jurídico de ciudadano libre. Los esclavos eran homines pero no personae.

«La existencia precede a la esencia». Tesis de Sartre: a diferencia de un objeto fabricado, el ser humano existe primero y solo después se define por lo que hace, porque no hay naturaleza humana previa que lo determine.

Libre albedrío. Capacidad de elegir entre alternativas sin estar determinado por completo por causas externas. Para Agustín reside en la voluntad; para Kant es lo que hace posible la moral y la condición de persona.

Mónadas. En Leibniz, sustancias simples e indivisibles que constituyen toda la realidad. Cada una es única, carece de «ventanas» al exterior y refleja el universo entero desde su propia perspectiva.

Persona. Categoría que en el derecho romano designa al ciudadano libre, y que el pensamiento cristiano, a partir del debate trinitario, transforma en la idea de que todo ser humano posee una dignidad única e indivisible.

Razón inferior / razón superior. Distinción de Agustín: la razón inferior conoce las realidades sensibles y mutables del mundo; la razón superior alcanza la sabiduría, el conocimiento de las Ideas de Dios que orienta hacia él.

Razón práctica / razón teórica. Distinción de Kant: la razón teórica conoce el mundo como fenómenos sometidos a leyes causales; la razón práctica nos permite actuar como agentes libres, dándonos a nosotros mismos leyes morales.

Res cogitans. Expresión latina de Descartes, «cosa pensante»: el alma, sustancia inmaterial cuya naturaleza es el pensamiento (imaginar, querer, dudar). Se identifica con el yo del cogito y se opone a la res extensa.

Res extensa. Expresión latina de Descartes, «cosa extensa»: todo lo que ocupa un lugar en el espacio y puede medirse, como el cuerpo humano. Se opone a la res cogitans.

Ser histórico. Concepción de Ortega y Gasset: el ser humano no tiene una esencia fija dada por la naturaleza, sino que construye su identidad mediante las elecciones de su vida. «El hombre no tiene naturaleza, sino historia».

Sustancia. Aquello que existe por sí mismo sin necesitar de otra cosa. Aristóteles la aplica a los seres individuales; Descartes la reserva propiamente para Dios y la aplica de forma derivada al alma y al cuerpo.

Tres almas de Platón. Las tres partes del alma según Platón: la racional, inmaterial y guía de las otras; la irascible, sede del honor y las pasiones; y la concupiscible, origen de los deseos materiales.

Trinidad. Dogma cristiano según el cual Dios es una sola sustancia en tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Su debate teológico dio al concepto de persona su significado filosófico propio.

Yo (crítica de Hume). Hume niega que exista un yo permanente: al introspeccionar solo hallamos percepciones cambiantes que se suceden unas a otras, y es la memoria la que crea la ilusión de una identidad continua.

«Yo soy yo y mi circunstancia». Fórmula de Ortega y Gasset: el ser humano es inseparable del mundo concreto en que vive (su época, su sociedad, su cultura), que forma parte constitutiva de su identidad, no un obstáculo externo a ella.

 

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Teoría

 

¿Somos los seres humanos un producto de la naturaleza, como cualquier otro animal, o somos algo esencialmente distinto: un ser que se construye a sí mismo mediante la cultura, la educación, el trabajo o la política? La teoría de la evolución muestra que descendemos de otros animales y que nuestras capacidades mentales difieren de las de los primates solo en grado. Pero la filosofía lleva siglos preguntándose si eso basta para explicar lo que somos. ¿Es la biología nuestro destino, o lo propiamente humano empieza donde termina la naturaleza?

 

LA EVOLUCIÓN DE LOS SERES VIVOS

Hoy en día, la evolución de los seres vivos es un hecho comprobado experimentalmente. Las teorías de la evolución se refieren a los mecanismos que explican ese hecho. Hay tres tipos de teorías vigentes y aceptadas en biología, pero que tienen difícil encaje entre sí en tanto se basan en niveles explicativos diferentes en los que intervienen órdenes temporales distintos. Por una parte, las teorías seleccionistas son propias de la biología evolucionista, que estudia el cambio de las especies en periodos muy largos de tiempo. Las teorías neutralistas son preferentemente utilizadas en biología molecular. Por último, las teorías direccionalistas son desarrollos propios de la físico-química. Cada uno de estos tres tipos de teorías se puede encontrar desde el s. XVIII e incluso siglos anteriores. No obstante, las teorías que han despertado más interés por parte de la filosofía a lo largo de la historia han sido las seleccionistas.

Las teorías seleccionistas de la evolución comparten la idea de que las especies de seres vivos han ido cambiando porque algunos de sus individuos han sido «seleccionados» por la naturaleza. Esa selección se produciría por la presión que la propia naturaleza haría al modificarse el medio ambiente en el que viven las especies. Se dice que se produce una selección negativa cuando la presión que ejerce la naturaleza hace que perezcan o no dejen descendencia los individuos que están peor adaptados a ese medio ambiente determinado, de manera que sus características individuales se pierden en la historia evolutiva de su especie. Se dice que se produce una selección positiva cuando la presión que ejerce la naturaleza favorece la supervivencia y reproducción de determinados individuos de una especie porque tienen características individuales ventajosas en un medio ambiente determinado, de manera que tales características se conservan en la historia evolutiva de su especie.

Las diferentes teorías seleccionistas de la evolución se pueden rastrear desde la antigüedad:

Anaximandro de Mileto (610-546 a.C.) defiende que el hombre ha de proceder de otro animal, en concreto de los peces, que no necesitase tantos cuidados tras su nacimiento, porque si no, no hubiese sobrevivido.

Empedocles

Empédocles de Agrigento (495-430 a.C.) sostiene que el hombre es producto de la composición de órganos y miembros sueltos surgidos al azar, lo cual ha dado lugar también a otras configuraciones menos armónicas que no sobrevivieron.

lucrecio

Lucrecio (99-55 a.C.) apuntó que los animales actuales son configuraciones azarosas de átomos que han sobrevivido porque fueron aptos para la vida (no monstruos) y no sucumbieron en la lucha con los demás por los recursos.

Benoît de Maillet

Para Benoît de Maillet (1656-1738), todos los animales terrestres proceden de animales acuáticos, pues antes toda la tierra estaba anegada. La evolución de las especies se produjo por el cambio de las condiciones ambientales.

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Georges-Louis Leclerc, Conde de Buffon (1707-1788) defiende que todas las especies proceden de un antepasado común, por lo que derivan unas de otras. Es el medio ambiente el que modifica a los seres vivos: el clima modifica su forma exterior, la alimentación su forma interior y la domesticación es otro agente modificador.

 

Darwin y el origen de la teoría de la evolución por selección natural

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Charles Darwin (1809-1882) es, junto a Alfred Russell Wallace (1823-1913), el creador de la teoría de la evolución por selección natural. Su principal obra, de la que escribe seis ediciones, es El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida, de 1859. Pero el origen de esa teoría está en un debate teológico acerca de la intervención divina en la creación de los seres vivos.

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Robert FitzRoy (1805-1865), capitán del HMS Beagle, cree en un dios caprichoso, propio del Antiguo Régimen, por lo que considera que las diferencias que presentan los pinzones en las distintas islas Galápagos se deben a que son diferentes especies que han sido creadas por Dios independientemente. Darwin, en cambio, cree en un Dios racional y económico, propio de la Revolución Industrial (Erasmus Darwin, James Watt, etc. de la Sociedad Lunar), por lo que considera que Dios habría creado originariamente una sola especie de pinzones que, con el paso del tiempo, se habrían ido diferenciando, acumulando variaciones, hasta dar lugar a especies distintas de pinzones.

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La teoría de la evolución por selección natural se basa en tres ideas:

  • primero, existen variaciones, es decir, descendencia con modificación;
  • segundo, hay recursos limitados, por lo que se produce una lucha por la existencia (Malthus);
  • y tercero, sobreviven y se reproducen aquellos individuos cuyas variaciones les hacen más aptos que otros en el ambiente en el que viven.

La teoría de la evolución por selección natural tiene las siguientes consecuencias bio-filosóficas. En primer lugar, el origen común de las especies, representado por el árbol de la vida, lleva al minimismo, esto es, se considera al ser humano como un animal más cuyas habilidades y potencialidades remiten a circunstancias exclusivamente biológicas. En segundo lugar, se subraya que el mecanismo de la selección natural es ciego y no direccional, por lo que no se necesita ninguna instancia sobrenatural para explicar el origen y la evolución de las especies, de manera que la evolución no es progresiva ni teleológica.

 

HISTORIA EVOLUTIVA DEL SER HUMANO

El fenotipo es la interacción constante entre el genoma y el medio que se expresa en todas las características que conforman a un ser vivo: morfológicas, fisiológicas, etc. El código genético determina las formas en las que cada célula puede construirse y expresarse en el medio, mientras que el medio hace posible que cada propensión genética se exprese o no en un momento determinado, es decir, influye en la expresión del genoma y, además, a la larga, lo modifica.

El genoma de nuestra especie, el homo sapiens, no ha cambiado prácticamente (salvo tolerancia a la lactosa, etc.) desde hace unos 200.000 años. Pero la evolución humana es interesante desde hace unos 2,5 millones de años, cuando una especie anterior a la nuestra y de la que procedemos, el homo habilis, llamada así porque fue la primera en crear herramientas, se enfrentó a un importante cambio en las condiciones ambientales del lugar donde vivía. El enfriamiento del clima provocó la desaparición de los bosques y la formación de la sabana africana, por lo que estos animales tuvieron que cambiar de nicho ecológico, pasando de vivir en los árboles al suelo. El paso de un medio homogéneo para ellos (ya que les era bien conocido) a un medio nuevo y, por tanto, heterogéneo para ellos, favoreció la selección natural de características o variaciones relacionadas con la autoconciencia y la racionalidad, que son las características más propiamente humanas. La autoconciencia se opone a la instintividad porque supone pasar del presentismo a una conciencia del pasado (memoria) y del futuro (simulación) que permite hacer predicciones sin comprometer el propio fenotipo. Esto supone una ventaja evolutiva en ambientes heterogéneos y cambiantes, pues un ser vivo que solo tenga respuestas automáticas a los problemas de un ambiente determinado, si este ambiente cambia, tales respuestas pueden no ser adecuadas y llevarle a la muerte. Pero un ser vivo que pueda obtener respuestas simplemente conjeturando o teorizando lo que ocurrirá en el futuro al plantear determinadas condiciones iniciales, es decir, realizando inferencias, no pone en riesgo su vida incluso cuando tales conjeturas son erróneas o falsas. Esta intuición ya la encontramos en las tres preguntas kantianas: qué puedo conocer, qué debo hacer y qué me cabe esperar.

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El desarrollo de la autoconciencia y la racionalidad como características que conformarán al ser humano se puede rastrear desde el homo habilis, dando muestra de su valía adaptativa en cada paso de nuestra evolución como especie. Con un nuevo cambio de condiciones ambientales, nuestros ancestros emprendieron la marcha fuera de África (algunos se quedan), ya como homo erectus (1,8 millones de años – 70.000 años), hacia Asia y Europa. Estos ya controlan el fuego, cocinan y crean herramientas más sofisticadas. Existe una controversia con el homo antecessor (1,2 – 800.000) y el homo heidelbergensis (800.000 – 300.000) que se disputan ser el ancestro de neandertales y sapiens, pues, al parecer, ambos tienen ya un lenguaje rudimentario. Nuestro pariente más cercano, el homo neanderthalensis (400.000 – 30.000), ya tiene estructuras sociales de cazadores-recolectores, domina el fuego, tiene capacidad simbólica y ritualista, pues se han encontrado vestigios de que enterraban a sus muertos.

Nuestra especie, el homo sapiens (250.000 – actualidad), formó en su origen sociedades nómadas de cazadores-recolectores. Su genoma es prácticamente igual al nuestro (los africanos actuales 100%, el resto de la población tiene al menos un 3% de genoma neandertal). Pero, aunque tenemos el mismo genoma, nuestra autoconciencia y racionalidad han provocado que nuestro medio haya cambiado mucho, pasando de natural a fundamentalmente sociohistórico. Es decir, nuestra memoria y nuestra capacidad de reflexionar, razonar y teorizar ha hecho que construyamos nuestro propio medio ambiente cultural, simbólico y mítico.

 

DEL MITO A LA RAZÓN: LA CONSTRUCCIÓN SIMBÓLICA DE LO HUMANO

En opinión del sociólogo francés Émile Durkheim (1858-1917), las estructuras simbólicas de las colectividades humanas son una transposición de la estructura social existente. Es decir, que los mitos que creamos son una especie de representación justificatoria de cómo cada grupo humano ha organizado su sociedad. Para el antropólogo Claude Lévi-Strauss (1908-2009), fenotípicamente el ser humano parte con una estructura mítica original (esprit) compuesta de unidades (mitemas) que se relacionan a lo largo del tiempo según las necesidades externas (del medio) e internas (de coherencia interna del propio mito). Es decir, que los seres humanos ya partiríamos de forma innata con una especie de gramática mítica que, con las pertinentes modificaciones, nos permitiría explicar simbólicamente nuestro medio ambiente sociocultural. En definitiva, que nuestra plasticidad fenotípico-mítica serviría para adaptarnos al medio social existente.

Así, en las sociedades de cazadores-recolectores, el mundo está completamente estructurado míticamente (son sociedades frías o estáticas, según Lévi-Strauss). El animismo y la teleología están generalizados, por lo que hay una plenitud de sentido. Todas las acciones están regladas: son o prohibidas u obligatorias. No existen explícitamente los conceptos de felicidad o infelicidad. Y la baja tensión intragrupal contrasta con la alta tensión intergrupal, sobre todo para captar mujeres para procrear, ya que son un bien escaso.

Después de la última glaciación, hace aproximadamente 12.000 años, cuando el clima mejoró, las personas ya no tuvieron que moverse constantemente para buscar comida y refugio, sino que pudieron dejar de ser nómadas y volverse sedentarios gracias a la práctica masiva de la agricultura y la ganadería. Estos eran trabajos más duros y penosos que la caza y recolección. Además, la alimentación que proporcionaban no era tan saludable, con menos aportes de vitaminas. Sin embargo, con la agricultura se pudo producir mucho más alimento, lo que promovió el crecimiento poblacional y el nacimiento de las primeras ciudades. Esta transformación del medio social, que se convierte en dinámico (sociedades calientes), lleva al inicio de lo que conocemos como Historia, que está relacionado con el surgimiento de la escritura. En este nuevo contexto, el mayor problema para las personas ya no eran los desastres naturales ni otros animales, sino sus propias acciones. Por eso, era importante tener una estructura social fuerte que ayudara a evitar problemas y resolver conflictos.

Para explicar y justificar esta nueva forma de vivir, se crearon nuevas estructuras mítico-simbólicas que, según el filólogo francés Georges Dumézil (1898-1986), siguen un mismo patrón. La llamada hipótesis trifuncional de Dumézil dice que los pueblos indoeuropeos crearon sus mitos y religiones basándose en la estructura social que propiciaba el modo de producción agrícola para justificarla. Tal estructura social consiste en tres grupos de personas bien diferenciados. En primer lugar, hay un grupo de personas, los jefes o controladores, que son los que ostentan el poder sobre los demás, deciden cómo repartir los excedentes de producción y tienen preocupaciones a largo plazo, pues ellos mismos tienen ampliamente cubiertas sus necesidades básicas. A este grupo pertenecerían los nobles, la figura del rey-filósofo platónico, pero también, en el plano mitológico-religioso, dioses como Zeus o el cielo cristiano. En segundo lugar, hay un grupo de personas, los soldados, que son los encargados de defender los silos o almacenes donde se guarda el excedente y tienen preocupaciones a medio plazo, pues su supervivencia está asegurada a corto plazo. A este grupo pertenecerían los policías y soldados platónicos, pero también los burgueses, burócratas y científicos modernos, así como Atenea o la tierra cristiana. Por último, en tercer lugar están los controlados, cuya labor es la de producir los excedentes de alimentos. Estos tienen preocupaciones a corto plazo, pues viven día a día. A este grupo pertenecerían los agricultores, ganaderos, artesanos, los productores platónicos, así como Deméter o el infierno cristiano.

A lo largo de la Historia, siguiendo la teoría de Dumézil, se pueden distinguir tres grandes fases en el desarrollo de estas estructuras simbólicas. La primera comenzaría con el paso del mito al logos o filosofía como resultado de la primera revolución burguesa en polis griegas y fenicias con el auge del comercio, e iría hasta la caída de Roma. La segunda fase empezaría con los emperadores Constantino I (272-337) y Teodosio I (379-395), responsables de la instauración del dogma de la Iglesia cristiana como la ortodoxia legitimadora del orden atemporal y temporal del Antiguo Régimen, que vería su descomposición con la segunda revolución burguesa desde la Reforma protestante. La tercera fase comenzaría con el nacimiento de la ciencia moderna en el Renacimiento, sobre todo en cuanto a física y astronomía, además de innovaciones clave procedentes de China como la pólvora, el papel, la brújula y la imprenta, que permitirían una creciente tecnificación aún impulsada con la Revolución Industrial. La ciencia moderna trae consigo una cosmovisión que seculariza la anterior, es decir, la simplifica, en tanto que suprime los elementos míticos y religiosos que servían para interpretar el mundo de forma teleológica. En la actualidad sería predominante este tipo de racionalidad científica, aunque quizá a la espera de una nueva fase mítico-religiosa.

 

En 1874, Francis Galton (1822-1911), primo de Darwin, acuñó la expresión nature versus nurture («naturaleza frente a crianza») para plantear una pregunta que los filósofos se hacen desde la Antigüedad: ¿nos define principalmente lo que heredamos al nacer o lo que aprendemos y vivimos en la sociedad?

El recorrido que acabamos de hacer —desde la evolución biológica hasta la creación de mitos, normas y formas de organización social— muestra que la ciencia, por sí sola, no puede responder de manera definitiva a esta cuestión. Si Lévi-Strauss y Dumézil tienen razón al afirmar que todas las sociedades humanas se organizan mediante mitos, símbolos y reglas compartidas, surge una nueva pregunta: ¿esas estructuras culturales forman parte de nuestra naturaleza, como la tela que una araña teje por instinto, o son una creación exclusivamente humana que nos distingue de los demás animales? A lo largo de la historia, los filósofos han dado respuestas muy diferentes a esta cuestión.

 

 

EL SER HUMANO: ¿NATURALEZA O CULTURA?

Aristóteles

Para Aristóteles (384-322 a. C.), el ser humano es un ser plenamente natural. En su tratado Acerca del alma, Aristóteles define el alma como «la entelequia primera de un cuerpo natural que en potencia tiene vida»: el alma no es algo separado del cuerpo ni algo sobrenatural, sino la forma que organiza la materia y la hace vivir. Alma y cuerpo forman una unidad inseparable, del mismo modo que la figura es inseparable de la cera. Las facultades del alma se organizan en una jerarquía natural: las plantas poseen solo la facultad nutritiva; los animales añaden la sensitiva y la locomotriz; los seres humanos poseen, además, la facultad intelectiva, que nos permite conocer y elegir. Pero incluso esta facultad superior es, para Aristóteles, un escalón más de la naturaleza, no un salto fuera de ella. El ser humano no necesita «construirse» porque su alma ya contiene, de forma natural, todas las capacidades que lo definen.

 

Tomás de Aquino

Tomás de Aquino (1225-1274) integra la antropología aristotélica en el marco del dogma cristiano. Define a la persona como «individuo de naturaleza racional»: hay una esencia humana fija, dada por Dios, que se realiza en cada individuo concreto. El ser humano es un compuesto sustancial de alma inmaterial y cuerpo material, inseparables el uno del otro. El alma no es el hombre: el hombre es la unión de ambos. Las facultades del alma —vegetativa, sensitiva y racional— son naturales y están ordenadas jerárquicamente. Para Tomás, la racionalidad y la voluntad no son adquisiciones culturales ni productos de la educación, sino capacidades naturales creadas por Dios. Lo que somos no depende de lo que hagamos de nosotros mismos, sino de una naturaleza racional que nos precede y nos define.

Tanto Aristóteles como Tomás de Aquino comparten la convicción de que el ser humano tiene una naturaleza fija. Pero mientras que para Aristóteles esa naturaleza se explica por la biología y la metafísica, para Tomás se explica además por la teología: somos lo que Dios nos hizo ser. En ambos casos, la cultura, la historia y la educación pueden perfeccionar lo que somos, pero no constituirnos. Sin embargo, a partir del Renacimiento, varios filósofos empezarán a invertir esta relación: quizá lo que somos no es algo dado por la naturaleza o por Dios, sino algo que nosotros mismos fabricamos.

 

Nicolás Maquiavelo

Nicolás Maquiavelo (1469-1527) ofrece una visión del ser humano muy alejada de la tradición aristotélico-tomista. En El Príncipe, Maquiavelo distingue dos modalidades de actuar: por las leyes (propia del hombre) y por la fuerza (propia de las bestias). Pero como la primera a menudo no basta, el ser humano que quiera sobrevivir necesita saber usar ambas naturalezas: debe ser a la vez zorra (para reconocer las trampas) y león (para amedrentar a los lobos). Más radicalmente, Maquiavelo afirma que el príncipe no necesita poseer realmente las virtudes morales (clemencia, lealtad, humanidad, integridad, devoción), sino que baste con aparentarlas, estando siempre dispuesto a convertirse en lo contrario si la situación lo exige. Lo humano no es aquí una naturaleza fija sino una construcción estratégica: el ser humano se fabrica a sí mismo combinando naturalezas, simulando cualidades y adaptándose a las circunstancias. La virtù maquiaveliana es la capacidad de moldear el propio ser según lo que la fortuna demande.

 

Thomas Hobbes

Thomas Hobbes (1588-1679) retoma la pregunta por la naturaleza humana con una respuesta contundente. En el Leviatán, Hobbes describe a los seres humanos en estado de naturaleza como aproximadamente iguales en fuerza y capacidad mental, y naturalmente inclinados a tres causas de discordia: la competencia (por el beneficio), la desconfianza (por la seguridad) y la gloria (por la reputación). Sin un poder común que los atemorice a todos, los seres humanos viven en un estado de guerra de todos contra todos, donde no hay industria, ni agricultura, ni ciencia, ni sociedad, y la vida del hombre es «solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve». Para Hobbes, la sociedad, las leyes y el Estado son artificios posteriores, creados para escapar de esa condición natural. Pero lo que somos en el fondo, antes de toda construcción social, es naturaleza: egoísmo, competencia y violencia.

Hobbes y Rousseau parten de la misma pregunta —¿cómo sería el ser humano sin sociedad?— pero llegan a conclusiones opuestas. Para Hobbes, el ser humano natural es egoísta y violento, y la sociedad es un artificio necesario para controlar esa naturaleza peligrosa. Para Rousseau, como veremos, el ser humano natural es pacífico e inocente, y es precisamente la sociedad la que lo corrompe y lo transforma en algo que la naturaleza no previó. La discrepancia no es menor: si Hobbes tiene razón, la civilización nos salva de nuestra naturaleza; si Rousseau tiene razón, la civilización nos aleja de ella.

 

Jean-Jacques Rousseau

Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) propone un experimento mental en su Discurso sobre el origen de la desigualdad: despojar al ser humano de «todos los dones sobrenaturales que haya podido recibir y de todas las facultades artificiales que no ha podido adquirir sino mediando largos progresos». ¿Qué queda? Un animal más, menos fuerte que unos, menos ágil que otros, pero ventajosamente organizado en conjunto. Para Rousseau, «el estado de reflexión es un estado contra la naturaleza, y el hombre que medita es un animal degenerado»: la razón, el lenguaje, la moral, la ciencia, las instituciones son adquisiciones artificiales de la sociedad, no datos naturales. Lo que verdaderamente distingue al ser humano del animal es la perfectibilidad: la facultad de desarrollarse y cambiar indefinidamente. Mientras que el animal es al cabo de unos meses lo que será toda su vida, el ser humano puede transformarse sin límite. Pero esta facultad, lejos de ser una bendición, es la fuente de todas las desdichas humanas, porque saca al hombre de su condición natural originaria y lo convierte en algo que la naturaleza no hizo.

 

Immanuel Kant

Immanuel Kant (1724-1804) aborda la cuestión desde la perspectiva de la educación. En su obra Sobre pedagogía, Kant afirma que «el hombre es la única criatura que tiene que ser educada» y que «la disciplina transforma la animalidad en humanidad». A diferencia del animal, que es todo ya por su instinto, el ser humano nace sin estar desarrollado y carece de instinto que guíe su conducta. Necesita que otros le cuiden, le disciplinen, le instruyan y le formen. La conclusión de Kant es contundente: «El hombre solo por la educación puede llegar a ser hombre. No es nada más que lo que la educación hace de él.» Sin el artificio de la educación, el ser humano permanecería en un estado de salvajismo. Lo propiamente humano —la racionalidad, la moralidad, la libertad— no es un dato natural, sino una adquisición cultural que cada generación transmite a la siguiente.

Tanto Kant como Marx defienden que el ser humano no nace hecho, sino que se construye. Pero discrepan en el mecanismo de esa construcción. Para Kant, lo que nos humaniza es la educación: la disciplina, la instrucción y la formación moral que una generación transmite a la siguiente. Para Marx, lo que nos humaniza es el trabajo: la transformación consciente de la naturaleza mediante la cual el ser humano se produce a sí mismo. En un caso, el artificio que nos hace humanos es cultural y pedagógico; en el otro, es material y productivo.

 

Karl Marx

Karl Marx (1818-1883) sitúa la diferencia entre el ser humano y el animal en el modo de producir. En sus Manuscritos de economía y filosofía (1844), Marx argumenta que el animal produce solo lo que necesita directamente para sobrevivir, de forma unilateral y según la necesidad de su especie. El ser humano, en cambio, produce de forma universal y libre: puede producir sin la coacción de la necesidad física inmediata, reproduce toda la naturaleza, sabe crear según la medida de cualquier especie e incluso con arreglo a las leyes de la belleza. «Es solo y precisamente en la transformación del mundo objetivo donde el hombre comienza a manifestarse realmente como ser genérico.» La esencia humana no es, para Marx, un dato biológico fijo, sino el conjunto de las relaciones sociales: nos hacemos humanos trabajando, no nacemos hechos. Cuando el trabajo se enajena —cuando el obrero pierde el control sobre lo que produce y sobre el proceso mismo de producción—, el ser humano pierde su esencia y se convierte en un ser que solo se siente libre en sus funciones animales (comer, beber, procrear), mientras que en sus funciones propiamente humanas se siente como un animal.

 

Práctica

 

Lee atentamente cada texto y responde a las cuatro preguntas en tu cuaderno.

 

Mi principal objeto en este capítulo es probar que no hay ninguna diferencia fundamental entre el hombre y los mamíferos más elevados en las facultades mentales. Poseyendo el hombre los mismos sentidos que los animales, sus intuiciones fundamentales deben ser las mismas. Tiene el hombre con ellos algunos instintos comunes, tales como el de la propia conservación, el amor sexual, el amor de la madre por sus hijos recién nacidos y otros muchos. Los animales manifiestan muy evidentemente que disfrutan en la excitación y sufren en el fastidio. Todos los animales experimentan la sorpresa y muchos dan pruebas de curiosidad. Casi no hay facultad más importante para el progreso intelectual del hombre que la de la atención. Esta se manifiesta claramente entre los animales, como cuando un perro acecha cerca de un agujero para arrojarse sobre su presa. Es cosa admitida que la razón se encuentra en la cúspide de todas las facultades del espíritu humano. Pocos dudan de que los animales poseen alguna aptitud para el raciocinio. A mi modo de ver, hemos ya demostrado que el hombre y los animales superiores, especialmente los primates, tienen en común algunos instintos. Todos poseen los mismos sentidos, intuiciones y sensaciones; pasiones, afectos y sentimientos, aun los más complejos, los tienen parecidos. Experimentan la sorpresa y la curiosidad; poseen las mismas facultades de imitación, de atención, de memoria, de imaginación y de raciocinio, aunque en grados muy distintos.

Darwin, C. (1925). El origen del hombre (trad. A. López White). Sempere, pp. 25-38.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es si las facultades mentales del ser humano son fundamentalmente distintas de las de los animales o si, por el contrario, difieren solo en grado.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Darwin defiende que no existe ninguna diferencia fundamental entre las facultades mentales del ser humano y las de los mamíferos superiores. Los seres humanos compartimos con los animales los mismos sentidos, instintos, emociones y capacidades cognitivas: atención, memoria, imaginación, curiosidad e incluso raciocinio. La diferencia es solo de grado, no de naturaleza. Esto significa que el ser humano es un producto de la evolución natural, no un ser esencialmente distinto del resto de los animales.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Darwin emplea una acumulación de evidencias empíricas comparadas. En primer lugar, señala que los seres humanos poseemos los mismos sentidos que los animales, por lo que nuestras intuiciones fundamentales deben ser las mismas. En segundo lugar, muestra que compartimos instintos básicos como el de conservación, el amor sexual y el amor maternal. En tercer lugar, presenta ejemplos de que los animales experimentan emociones complejas como la sorpresa, la curiosidad, el disfrute y el sufrimiento. En cuarto lugar, argumenta que facultades consideradas exclusivamente humanas, como la atención, la memoria, la imaginación y el raciocinio, se encuentran también en los animales, aunque en grados menores. De todo ello concluye que la diferencia entre el ser humano y los animales superiores no es de clase sino de grado.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Jean-Jacques Rousseau mantendría una posición diferente. Aunque reconoce que el ser humano es en origen un animal más, Rousseau sostiene que la civilización lo ha transformado en algo radicalmente distinto de su estado natural. En primer lugar, argumenta que el ser humano posee una facultad exclusiva, la perfectibilidad, que le permite desarrollarse indefinidamente y que ningún animal posee: el animal es al cabo de unos meses lo que será toda su vida, mientras que el ser humano puede cambiar sin límite. En segundo lugar, defiende que todo lo que consideramos propiamente humano (razón, lenguaje, moral, instituciones) no es natural sino una adquisición artificial de la sociedad, hasta el punto de que «el hombre que medita es un animal degenerado». Para Rousseau, la diferencia no es solo de grado: la cultura nos ha convertido en algo que la naturaleza no hizo.

 

A favor de que el ser humano es algo natural


Solemos decir que uno de los géneros de los entes es la entidad y que ésta puede ser entendida, en primer lugar, como materia —aquello que por sí no es algo determinado—, en segundo lugar, como estructura y forma en virtud de la cual puede decirse ya de la materia que es algo determinado y, en tercer lugar, como el compuesto de una y otra. Por lo demás, la materia es potencia, mientras que la forma es entelequia. Ahora bien, entre los cuerpos naturales los hay que tienen vida y los hay que no la tienen; y solemos llamar vida a la autoalimentación, al crecimiento y al envejecimiento. De donde resulta que todo cuerpo natural que participa de la vida es entidad, pero entidad en el sentido de entidad compuesta. Y puesto que se trata de un cuerpo de tal tipo —a saber, que tiene vida— no es posible que el cuerpo sea el alma: y es que el cuerpo no es de las cosas que se dicen de un sujeto, antes al contrario, realiza la función de sujeto y materia. Luego el alma es necesariamente entidad en cuanto forma específica de un cuerpo natural que en potencia tiene vida. Ahora bien, la entidad es entelequia, luego el alma es entelequia de tal cuerpo. Por tanto, si cabe enunciar algo en general acerca de toda clase de alma, habría que decir que es la entelequia primera de un cuerpo natural organizado. De ahí además que no quepa preguntarse si el alma y el cuerpo son una única realidad, como no cabe hacer tal pregunta acerca de la cera y la figura y, en general, acerca de la materia de cada cosa y aquello de que es materia. Es perfectamente claro que el alma no es separable del cuerpo o, al menos, ciertas partes de la misma si es que es por naturaleza divisible: en efecto, la entelequia de ciertas partes del alma pertenece a las partes mismas del cuerpo.

Aristóteles (2011). Acerca del alma, Libro II, cap. 1, 412a-413a (trad. M. Candel). En Aristóteles, Tomo I. Gredos, pp. 667-676.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es qué es el alma y cuál es su relación con el cuerpo en los seres vivos.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Aristóteles defiende que el alma es la entelequia primera de un cuerpo natural organizado, es decir, la forma o acto que hace que un cuerpo vivo sea lo que es. El alma no es algo separado del cuerpo ni algo sobrenatural, sino la estructura que organiza la materia y le da vida. Alma y cuerpo forman una unidad inseparable, del mismo modo que la figura es inseparable de la cera. El ser humano es, por tanto, un ser natural cuya alma es la forma natural de su cuerpo.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Aristóteles desarrolla su argumento en varios pasos. Primero, distingue tres sentidos de «entidad»: materia (potencia), forma (acto) y el compuesto de ambas. Segundo, observa que entre los cuerpos naturales hay algunos que tienen vida y otros que no, y que la vida se manifiesta en la autoalimentación, el crecimiento y el envejecimiento. Tercero, deduce que el cuerpo vivo es una entidad compuesta, y que el cuerpo no puede ser él mismo el alma, porque el cuerpo funciona como sujeto y materia. El alma es, por tanto, la forma o entelequia de ese cuerpo. Cuarto, utiliza una analogía: preguntar si el alma y el cuerpo son una sola cosa sería como preguntar si la cera y su figura son una sola cosa; la respuesta es que son inseparables. De ahí concluye que el alma no es separable del cuerpo, pues es su acto y su principio organizador.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Karl Marx mantendría una posición diferente. Frente a la idea de que el ser humano es un ser natural definido por la forma de su alma, Marx defiende que la esencia humana no es algo dado biológicamente, sino el conjunto de las relaciones sociales. En primer lugar, argumenta que lo que distingue al ser humano del animal no es una facultad natural, sino el trabajo: mediante la transformación consciente de la naturaleza, el ser humano se produce a sí mismo. El animal produce solo lo que necesita para sobrevivir, mientras que el ser humano produce de forma universal y libre, incluso con arreglo a las leyes de la belleza. En segundo lugar, Marx sostiene que cuando el trabajo se enajena (bajo el capitalismo), el ser humano pierde su esencia, lo cual demuestra que esa esencia no es una forma natural fija e inseparable del cuerpo, sino algo que se construye y se puede perder según las condiciones sociales.

 


La Naturaleza ha hecho a los hombres tan iguales en las facultades del cuerpo y del espíritu que, si bien un hombre es, a veces, evidentemente, más fuerte de cuerpo o más sagaz de entendimiento que otro, cuando se considera en conjunto, la diferencia entre hombre y hombre no es tan importante que uno pueda reclamar, a base de ella, para sí mismo, un beneficio cualquiera al que otro no pueda aspirar como él. De esta igualdad en cuanto a la capacidad se deriva la igualdad de esperanza respecto a la consecución de nuestros fines. Esta es la causa de que si dos hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla ambos, se vuelven enemigos, y en el camino que conduce al fin tratan de aniquilarse o sojuzgarse uno a otro. Así hallamos en la naturaleza del hombre tres causas principales de discordia. Primera, la competencia; segunda, la desconfianza; tercera, la gloria. La primera causa impulsa a los hombres a atacarse para lograr un beneficio; la segunda, para lograr seguridad; la tercera, para ganar reputación. Con todo ello es manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los atemorice a todos, se hallan en la condición o estado que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos. En una situación semejante no existe oportunidad para la industria, ya que su fruto es incierto; por consiguiente no hay cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de los artículos que pueden ser importados por mar, ni construcciones confortables, ni instrumentos para mover y remover las cosas que requieren mucha fuerza, ni conocimiento de la faz de la tierra, ni cómputo del tiempo, ni artes, ni letras, ni sociedad; y lo que es peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve.

Hobbes, T. (1980). Leviatán, Parte I, cap. 13. FCE, pp. 100-102.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es cómo sería la vida de los seres humanos si vivieran en su condición natural, sin leyes ni Estado que los gobernara.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Hobbes defiende que los seres humanos son por naturaleza iguales en fuerza y en capacidad mental, y que esa igualdad genera inevitablemente competencia, desconfianza y deseo de gloria, lo que conduce a un estado de guerra de todos contra todos. En ese estado natural no hay industria, ni agricultura, ni ciencia, ni sociedad: la vida del hombre es «solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve». La sociedad, las leyes y el Estado son artificios posteriores, creados para escapar de esa condición natural. Pero lo que somos en el fondo, antes de toda construcción social, es naturaleza: egoísmo, competencia y violencia.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Hobbes desarrolla un razonamiento deductivo a partir de la igualdad natural. Primero, establece que la naturaleza ha hecho a los hombres aproximadamente iguales en cuerpo y espíritu: incluso el más débil puede matar al más fuerte mediante la astucia o la alianza con otros. Segundo, deduce que de esa igualdad de capacidades se deriva una igualdad de esperanzas: todos aspiran a lo mismo. Tercero, concluye que cuando dos hombres desean lo mismo y no pueden compartirlo, se vuelven enemigos. Cuarto, identifica tres causas naturales de discordia: la competencia (por el beneficio), la desconfianza (por la seguridad) y la gloria (por la reputación). Quinto, describe las consecuencias de esta situación: sin un poder común que imponga el orden, la vida humana carece de todo lo que asociamos con la civilización (industria, agricultura, ciencia, arte, sociedad), reduciéndose a una existencia miserable y violenta.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Immanuel Kant mantendría una posición diferente. Frente a la idea de que la naturaleza humana está fijada de antemano como egoísta y violenta, Kant defiende que el ser humano no tiene una naturaleza moral dada, sino que se construye mediante la educación. En primer lugar, argumenta que «el hombre es la única criatura que tiene que ser educada» y que «solo por la educación puede llegar a ser hombre»: sin disciplina, instrucción y cultura, el ser humano sería un animal más, no el ser violento y competitivo que describe Hobbes. En segundo lugar, Kant sostiene que la disciplina «transforma la animalidad en humanidad», lo que significa que lo propiamente humano (racionalidad, moralidad, civilización) no es un dato de la naturaleza sino un producto artificial de la educación. La guerra de todos contra todos no sería la naturaleza del hombre, sino la consecuencia de una educación ausente o deficiente.

 


Para analizar la naturaleza del alma, es necesario tener presente el presupuesto según el cual se dice que el alma es el primer principio vital en aquello que vive entre nosotros, pues llamamos animados a los vivientes, e inanimados a los no vivientes. La vida se manifiesta, sobre todo, en una doble acción: la del conocimiento y la del movimiento. Pero decimos que el primer principio vital es el alma. Aunque algún cuerpo pueda ser un determinado principio vital, como en el animal su principio vital es el corazón, sin embargo, un determinado cuerpo no puede ser el primer principio vital. Ya que es evidente que ser principio vital no le corresponde al cuerpo por ser cuerpo. De ser así, todo cuerpo sería viviente o principio vital. Así, pues, a algún cuerpo le corresponde ser viviente o principio vital en cuanto que es tal cuerpo. Pero es tal cuerpo en acto por la presencia de algún principio que constituye su acto. Por lo tanto, el alma, primer principio vital, no es el cuerpo, sino el acto del cuerpo. La afirmación «el alma es el hombre» no puede ser verdadera si la operación del alma sensitiva se realiza con el cuerpo. Porque sentir es una determinada operación del hombre, no la única. Es evidente que el hombre no es solo alma, sino algo compuesto a partir del alma y del cuerpo. Así, pues, es propio de la naturaleza de la especie humana que lo sea a partir del alma, carne y huesos. Es necesario que la sustancia de la especie tenga lo propio y común de la sustancia de todos los individuos contenidos en dicha especie.

Tomás de Aquino (1994). Suma de Teología, Primera Parte, q. 75, a.1 y a.4 (trad. J. Martorell). BAC, pp. 672-676.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es qué es el alma, si es o no un cuerpo, y si el ser humano se reduce al alma o es algo más.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Tomás de Aquino defiende que el alma es el primer principio vital de los seres vivos: aquello que hace que un cuerpo esté vivo. El alma no es un cuerpo, sino el acto del cuerpo, es decir, el principio que lo organiza y le da vida. Además, el ser humano no es solo alma: es un compuesto natural de alma y cuerpo. Pertenece a la naturaleza de la especie humana estar constituida por alma, carne y huesos. El ser humano tiene, por tanto, una naturaleza fija y dada, no construida: es un compuesto sustancial cuya esencia incluye tanto lo espiritual como lo material.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Tomás de Aquino utiliza un razonamiento deductivo en varios pasos. Primero, parte del hecho de que hay seres vivos y seres no vivos, y que la vida se manifiesta en dos acciones: el conocimiento y el movimiento. Llamamos «alma» al primer principio de esa vida. Segundo, argumenta que el alma no puede ser un cuerpo, porque si lo fuera, todo cuerpo sería viviente, lo cual es evidentemente falso. Un cuerpo es viviente porque tiene un principio que lo hace tal: ese principio es el alma, que no es cuerpo sino acto del cuerpo. Tercero, demuestra que el ser humano no se reduce al alma: sentir es una operación que requiere el cuerpo, por lo que el hombre no es solo alma sino un compuesto de alma y cuerpo. Cuarto, señala que la definición de la especie humana incluye necesariamente alma, carne y huesos: la naturaleza humana es un dato dado, no algo que el individuo elige o construye.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Nicolás Maquiavelo mantendría una posición diferente. Frente a la idea de que el ser humano tiene una naturaleza fija compuesta de alma racional y cuerpo, Maquiavelo sostiene que lo humano es una construcción estratégica. En primer lugar, argumenta que el príncipe —y por extensión el ser humano que quiera sobrevivir— necesita saber usar «la bestia y el hombre», combinando la fuerza del león y la astucia de la zorra: no hay una naturaleza humana fija, sino dos naturalezas que hay que saber alternar según las circunstancias. En segundo lugar, defiende que el príncipe no necesita poseer realmente las virtudes morales, sino aparentar tenerlas: «parecer clemente, leal, humano, íntegro, devoto, y serlo; pero con el ánimo predispuesto a convertirse en lo contrario». Esto implica que la identidad humana no es una esencia dada por la naturaleza, sino algo que se fabrica y se adapta según la necesidad.

 

A favor de que el ser humano es algo artificial o construido


Despojando a este ser, así constituido, de todos los dones sobrenaturales que haya podido recibir y de todas las facultades artificiales que no ha podido adquirir sino mediando largos progresos; considerándole, en una palabra, tal como ha debido salir de manos de la naturaleza, veo un animal menos fuerte que unos, menos ágil que otros, pero, en conjunto, el más ventajosamente organizado de todos. El estado de reflexión es un estado contra la naturaleza, y el hombre que medita es un animal degenerado. Hay una cualidad muy específica que los distingue y sobre la cual no puede haber discusión: es la facultad de perfeccionarse, facultad que, ayudada por las circunstancias, desarrolla sucesivamente todas las demás, y que posee tanto nuestra especie como el individuo; mientras que el animal es al cabo de algunos meses lo que será toda su vida, y su especie es al cabo de mil años lo mismo que era el primero de esos mil años. Triste sería para nosotros vernos obligados a reconocer que esta facultad distintiva y casi ilimitada es la fuente de todas las desdichas del hombre; que ella es quien le saca a fuerza de tiempo de su condición original, en la cual pasaría tranquilos e inocentes sus días; que ella, produciendo con los siglos sus luces y sus errores, sus vicios y virtudes, le hace al cabo tirano de sí mismo y de la naturaleza.

Rousseau, J.-J. (2012). Discurso sobre el origen de la desigualdad. Alianza, Primera parte.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es qué queda del ser humano cuando se le despoja de todo lo que la civilización le ha añadido y qué facultad lo distingue verdaderamente de los animales.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Rousseau sostiene que si despojamos al ser humano de todo lo que ha adquirido artificialmente a lo largo de los siglos (razón, lenguaje, ciencia, moral, instituciones), lo que queda es un animal más, menos fuerte y menos ágil que otros, aunque mejor organizado en conjunto. El hombre que medita es «un animal degenerado»: la reflexión va contra la naturaleza. Lo que distingue al ser humano de los animales no es la razón sino la perfectibilidad, es decir, la facultad de desarrollarse y cambiar indefinidamente. Pero esta facultad, lejos de ser una bendición, es la fuente de todas las desdichas humanas, porque saca al hombre de su condición natural originaria y lo convierte en algo que la naturaleza no hizo.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Rousseau utiliza un método de sustracción y una comparación con los animales. Primero, propone un experimento mental: despojar al ser humano de «todos los dones sobrenaturales» y «todas las facultades artificiales» adquiridas por largos progresos, para ver qué queda. El resultado es un animal solitario, que se alimenta bajo una encina, bebe en el primer arroyo y duerme al pie de un árbol. Segundo, argumenta que la reflexión es un estado contra la naturaleza: el estado natural del ser humano no incluye la razón desarrollada, la ciencia ni la moralidad. Tercero, identifica la perfectibilidad como la cualidad específica que distingue al ser humano del animal: mientras que el animal es al cabo de unos meses lo que será toda su vida, el ser humano puede cambiar indefinidamente. Cuarto, señala la paradoja de que esta facultad es la fuente de todas las desdichas: al sacarnos de nuestra condición original, nos ha hecho tiranos de nosotros mismos y de la naturaleza.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Aristóteles mantendría una posición opuesta. Para Aristóteles, el ser humano no es un animal desnaturalizado por la civilización, sino un ser cuya naturaleza incluye precisamente las facultades racionales que Rousseau considera artificiales. En primer lugar, argumenta que el alma es la forma natural del cuerpo vivo: el intelecto no es un añadido artificial, sino la facultad más alta de una jerarquía natural que incluye la nutrición, la sensación y el pensamiento. En segundo lugar, defiende que alma y cuerpo son inseparables, como la cera y su figura: no cabe «despojar» al ser humano de sus facultades racionales sin destruirlo, porque esas facultades son su naturaleza misma, no algo adquirido artificialmente.

 


Cierto que también el animal produce. Construye su nido, su morada, como la abeja, el castor, la hormiga, etc. Pero sólo produce aquello que necesita directamente para sí o para su cría; produce de un modo unilateral, mientras que la producción del hombre es universal; sólo produce bajo el acicate de la necesidad física inmediata, mientras que el hombre produce también sin la coacción de la necesidad física, y cuando se halla libre de ella es cuando verdaderamente produce; el animal sólo se produce a sí mismo, mientras que el hombre reproduce a toda la naturaleza; el producto del animal forma directamente parte de su cuerpo físico, mientras que el hombre se enfrenta libremente a su producto. El animal produce solamente a tono y con arreglo a la necesidad de la especie a que pertenece, mientras que el hombre sabe producir a tono con toda especie y aplicar siempre la medida inherente al objeto; el hombre, por tanto, crea también con arreglo a las leyes de la belleza. Es sólo y precisamente en la transformación del mundo objetivo donde el hombre comienza a manifestarse realmente como ser genérico. Esta producción constituye su vida genérica laboriosa. Mediante ella aparece la naturaleza como obra suya, como su realidad. El objeto del trabajo es, por tanto, la objetivación de la vida genérica del hombre.

Marx, K. (1966). «El trabajo enajenado». En Escritos económicos varios (trad. W. Roces). Grijalbo, pp. 67-68.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es qué distingue la producción humana de la producción animal y qué dice eso sobre la esencia del ser humano.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Marx defiende que lo que distingue al ser humano del animal es el modo en que produce. El animal produce solo lo que necesita para sobrevivir, de forma unilateral y limitada a su especie. El ser humano, en cambio, produce de forma universal y libre: puede producir sin estar acuciado por la necesidad física inmediata, reproduce toda la naturaleza, sabe crear según la medida de cualquier especie e incluso con arreglo a las leyes de la belleza. Es precisamente en la transformación del mundo objetivo, mediante el trabajo, donde el ser humano se manifiesta como lo que realmente es. La esencia humana no es un dato biológico, sino algo que se construye mediante la actividad productiva.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Marx desarrolla su argumento mediante una comparación sistemática entre la producción animal y la humana. Primero, señala que el animal produce solo lo que necesita directamente para sí o para su cría, mientras que el ser humano produce también sin la coacción de la necesidad, y es precisamente entonces cuando produce de verdad. Segundo, observa que el animal solo se produce a sí mismo, mientras que el hombre reproduce toda la naturaleza, transformándola. Tercero, indica que el producto del animal forma parte directa de su cuerpo físico, mientras que el ser humano se enfrenta libremente a su producto, como algo separado de sí. Cuarto, destaca que el animal produce solo según la necesidad de su especie, pero el ser humano sabe producir según la medida de cualquier especie y con arreglo a las leyes de la belleza. De todo ello concluye que el ser humano se manifiesta como ser genérico únicamente en la transformación del mundo objetivo: nos hacemos humanos trabajando, no nacemos hechos.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Thomas Hobbes mantendría una posición diferente. Frente a la idea de que el ser humano se construye a sí mismo mediante el trabajo, Hobbes defiende que existe una naturaleza humana fija que precede a toda actividad productiva o social. En primer lugar, argumenta que los seres humanos son por naturaleza iguales, competitivos y desconfiados, y que estas características producen inevitablemente un estado de guerra de todos contra todos: la naturaleza humana es egoísmo, no trabajo libre. En segundo lugar, sostiene que la sociedad, las leyes y las instituciones son artificios creados para controlar esa naturaleza, no para constituirla: la naturaleza está primero, y lo social viene después como un remedio a los males naturales, no como una fuente de humanidad.

 


El hombre es la única criatura que tiene que ser educada. Bajo el nombre de educación entendemos, en efecto, el cuidado, la disciplina y la instrucción junto a la formación. El hombre es, en consecuencia, lactante, alumno y aprendiz. Los animales utilizan sus fuerzas, no bien tienen algunas, regularmente, es decir: de tal manera que no les sean dañosas a ellos mismos. La disciplina o la crianza transforman la animalidad en humanidad. Un animal es todo ya por su instinto; una razón extraña ha cuidado ya de ello en lugar de él. Pero el hombre necesita de su propia razón. No tiene instinto, y tiene que hacerse el plan de su conducta. Pero como no está inmediatamente en condiciones de hacérselo, sino que llega al mundo sin estar desarrollado, otros tienen que hacerlo por él. El género humano debe hacer que aparezcan por sí mismas todas las aptitudes naturales de la humanidad, paulatinamente y poniendo su propio esfuerzo. Una generación educa a la otra. El hombre sólo por la educación puede llegar a ser hombre. No es nada más que lo que la educación hace de él. Hay que notar que el hombre es sólo educado por hombres, hombres que, a su vez, están educados. De ahí que también la falta de disciplina e instrucción es lo que hace que algunos hombres sean malos educadores de sus alumnos. Es maravilloso imaginarse que la naturaleza humana se ha de desarrollar por la educación cada vez mejor, y que a esta se la pueda impartir de una forma que sea adecuada a la humanidad. Esto nos abre la perspectiva hacia un futuro género humano más feliz.

Kant, I. (2009). Sobre pedagogía. Encuentro, §§ 1-7, pp. 28-32.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es si el ser humano llega a ser lo que es por naturaleza o si necesita de algo más para convertirse propiamente en humano.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Kant defiende que el ser humano es la única criatura que necesita ser educada para llegar a ser propiamente humana. A diferencia del animal, que es todo ya por su instinto, el ser humano nace sin estar desarrollado, carece de instinto y necesita que otros le hagan el plan de su conducta. La disciplina transforma la animalidad en humanidad. La conclusión es contundente: «El hombre solo por la educación puede llegar a ser hombre. No es nada más que lo que la educación hace de él.» Sin el artificio de la educación (cuidado, disciplina, instrucción, formación), el ser humano sería un animal más.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Kant emplea una comparación entre el ser humano y los animales, junto con un argumento sobre el papel de la educación. Primero, observa que los animales utilizan sus fuerzas de forma regular e instintiva desde que nacen: un animal es todo ya por su instinto. Segundo, señala que el ser humano, a diferencia del animal, no tiene instinto: nace sin estar desarrollado y necesita que otros se hagan cargo de él y le tracen un plan de conducta. Tercero, afirma que la disciplina es lo que transforma la animalidad en humanidad: sin ella, el ser humano permanecería en un estado salvaje. Cuarto, establece que la educación es una tarea colectiva e intergeneracional: una generación educa a la siguiente, y el género humano en su conjunto debe hacer que aparezcan paulatinamente todas las aptitudes de la humanidad. De todo ello concluye que el hombre no es nada por naturaleza y es todo por educación.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Charles Darwin mantendría una posición diferente. Frente a la idea de que el ser humano no es nada sin educación, Darwin defiende que nuestras facultades mentales y morales son producto de la evolución natural, no de la cultura. En primer lugar, argumenta que no existe ninguna diferencia fundamental entre las facultades mentales del ser humano y las de los mamíferos superiores: atención, memoria, imaginación, curiosidad y raciocinio se encuentran también en los animales, aunque en grados menores. Esto significa que nuestras capacidades son naturales, no artificiales. En segundo lugar, sostiene que incluso facultades que parecen exclusivamente humanas, como el sentido moral o el lenguaje, tienen sus raíces en instintos compartidos con otros animales, como el instinto social y la capacidad de comunicación vocal, y se han desarrollado gradualmente por selección natural, no por educación deliberada.

 


Debéis, pues, saber que hay dos modalidades de combate: con las leyes, uno; con la fuerza, el otro. La primera es propia del hombre, la segunda, de las bestias; mas al no ser a menudo suficiente la primera, es menester recurrir a la segunda. Un príncipe requiere, por tanto, saber usar bien de la bestia y del hombre. Y tener como preceptor a alguien mitad hombre mitad bestia no significa sino que un príncipe necesita saber hacer uso de una y otra naturalezas, y que la una no dura sin la otra. Así pues, necesitando un príncipe saber hacer buen uso de la bestia, debe entre todas secundar a la zorra y al león, porque el león no se defiende de las trampas, ni la zorra de los lobos. Requiere, por tanto, ser zorra para reconocer las trampas, y león para amedrentar a los lobos. No puede, en suma, ni debe, un señor prudente mantener su promesa cuando el hacerlo se le vuelve en contra, y han desaparecido las razones que le llevaron a hacerla. Así pues, un príncipe no tiene por qué poseer todas las propiedades antedichas, pero sí es del todo necesario que parezca poseerlas. Más aún, hasta me atrevo a decir que, si las tuviera y observara siempre, le serán perjudiciales, mientras que si aparenta tenerlas le son útiles; por ejemplo, parecer clemente, leal, humano, íntegro, devoto, y serlo; pero con el ánimo predispuesto a que, en caso de necesidad, puedas y sepas convertirte en lo contrario.

Maquiavelo, N. (2011). El Príncipe, cap. XVIII. Gredos, pp. 58-60.

1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?

La pregunta que trata de responder este texto es si el ser humano puede gobernar y sobrevivir apoyándose solo en su naturaleza racional y moral, o si necesita recurrir también a otras cualidades.

2. Explica con tus palabras la tesis del autor.

Maquiavelo defiende que el ser humano no puede sobrevivir actuando solo según su naturaleza racional (las leyes), sino que necesita saber usar también la naturaleza animal (la fuerza). Debe combinar la astucia de la zorra con la fuerza del león, adaptándose a las circunstancias. Además, no es necesario que el príncipe posea realmente las virtudes morales (clemencia, lealtad, humanidad, integridad, devoción), sino que baste con aparentarlas, estando siempre dispuesto a convertirse en lo contrario si la necesidad lo exige. Lo humano no es una naturaleza fija, sino una construcción estratégica: el ser humano se fabrica a sí mismo combinando naturalezas y simulando cualidades según lo que la situación requiera.

3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.

Maquiavelo argumenta en varios pasos. Primero, distingue dos modalidades de combate: por las leyes (propia del hombre) y por la fuerza (propia de las bestias), y señala que la primera a menudo no basta, por lo que es preciso recurrir a la segunda. Segundo, recurre al mito del centauro Quirón, preceptor de los antiguos príncipes, mitad hombre y mitad bestia, para ilustrar que el gobernante necesita saber hacer uso de ambas naturalezas, y que la una no dura sin la otra. Tercero, especifica qué tipo de bestia hay que ser: zorra (para reconocer las trampas) y león (para amedrentar a los lobos), no basta con una sola. Cuarto, y este es el argumento más radical, afirma que el príncipe no necesita poseer realmente las virtudes, sino aparentarlas: tenerlas de verdad puede ser perjudicial, mientras que simularlas es útil. Esto implica que la identidad humana no es algo dado por naturaleza sino algo que se construye, se adapta y se representa estratégicamente.

4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.

Tomás de Aquino mantendría una posición opuesta. Para Santo Tomás, el ser humano tiene una naturaleza racional fija, creada por Dios, que no puede ni debe ser simulada ni manipulada. En primer lugar, argumenta que el alma humana es el primer principio vital del ser humano y que incluye naturalmente las facultades del entendimiento y la voluntad: la racionalidad no es una máscara que el ser humano se pone o se quita, sino su esencia misma. En segundo lugar, defiende que el ser humano es un compuesto sustancial de alma y cuerpo cuya naturaleza es fija y común a toda la especie: todos los individuos humanos comparten la misma esencia racional, dada por Dios, y no pueden «convertirse en lo contrario» sin dejar de ser lo que son. La virtud, para Tomás, no es apariencia estratégica sino perfección natural del alma racional.

Disertación filosófica

 

PROPUESTA DE TEMA

¿Es el ser humano algo natural o algo artificial?

 

CÓMO HACER UNA DISERTACIÓN FILOSÓFICA

 

La disertación filosófica es un texto argumentativo en el que defiendes una posición razonada ante una pregunta filosófica. No se trata de dar tu opinión sin más, sino de construir una respuesta fundamentada en argumentos, apoyada en lo que han dicho los filósofos y capaz de considerar posiciones contrarias a la tuya. La finalidad de una disertación es llegar a una verdad lo más objetiva posible, esto es, que pueda ser compartida por todo ser racional. Todos los argumentos, estés personalmente de acuerdo o en desacuerdo con ellos, deben ser expuestos con el máximo rigor y fuerza. La extensión debe estar entre 1200 y 1600 palabras.

 

I. TRABAJO PREVIO

 

Paso 1: Elige la pregunta que más te interese

Elige la pregunta sobre la que tengas una opinión más clara, la que te resulte más cercana o la que te provoque más curiosidad. Si tienes una opinión fuerte sobre ella, aunque sea en contra, eso es buena señal: significa que tienes algo que decir. Ve a lo más cercano y sencillo para ti. La complejidad la encontrarás según profundices.

 

Paso 2: Busca las posibles interpretaciones

Las preguntas filosóficas contienen conceptos que pueden entenderse de varias maneras. Identifica las palabras clave y pregúntate qué pueden significar. Cada significado diferente produce una interpretación distinta de la pregunta.

Por ejemplo, la pregunta ¿Nacemos humanos o llegamos a serlo? admite al menos tres interpretaciones:

  • Interpretación A: ¿Basta la dotación biológica con la que nacemos para ser humanos en sentido pleno?
  • Interpretación B: ¿Es la cultura una segunda naturaleza que completa lo que la biología deja abierto?
  • Interpretación C: ¿Existe una naturaleza humana fija, o somos enteramente moldeables por la sociedad y la historia?

💡 Tip: Si no se te ocurren varias interpretaciones, prueba a cambiar una palabra clave por un sinónimo: no es lo mismo ¿nacemos humanos? que ¿se nace o se hace uno persona? o ¿qué pone la biología y qué pone la sociedad en lo que somos? o ¿hay algo humano que ninguna cultura pueda cambiar?

 

Paso 3: Piensa en las implicaciones y elige una interpretación

Cada interpretación tiene implicaciones distintas. Pregúntate: si respondiera que sí, ¿qué se seguiría de ello? ¿Y si respondiera que no? La interpretación más interesante suele ser la que tiene las implicaciones más profundas.

Por ejemplo:

  • Si la dotación biológica basta (A), la educación sería un añadido prescindible, y habría que explicar por qué un niño criado sin contacto humano no desarrolla lenguaje ni pensamiento. Pero si no basta, ser humano sería algo que puede lograrse o malograrse.
  • Si la cultura es una segunda naturaleza (B), la frontera entre lo natural y lo artificial se volvería borrosa en nosotros, y habría que preguntarse si tiene sentido seguir oponiéndolas.
  • Si no existe una naturaleza humana fija (C), no habría límites a lo que la sociedad puede hacer de nosotros, para bien y para mal, y los derechos humanos perderían su apoyo más habitual: que hay algo en todo ser humano que debe respetarse.

Ahora elige la interpretación que te parezca más relevante y explica por qué las otras lo son menos. Sé coherente: sería contradictorio argumentar que la A es la más importante y luego trabajar con la C. Las implicaciones te ayudan a decidir: la interpretación que más cosas pone en juego suele ser la mejor para una disertación.

 

Paso 4: Formula tu tesis

Escribe en una frase la respuesta que vas a defender. Debe ser clara, concreta y discutible: alguien razonable debería poder estar en desacuerdo con ella. La tesis no contiene argumentos: eso viene después. Puede llevar matices y condiciones (pero, aunque, cuando), pero no justificaciones: si tu tesis lleva un «porque», ese «porque» es tu primer argumento, y su sitio es el desarrollo.

Ejemplos de buenas tesis:

  • Nacemos humanos en sentido biológico, pero solo llegamos a serlo plenamente mediante la cultura.
  • No existe una naturaleza humana fija: lo que llamamos humanidad es el resultado cambiante de la historia y de la sociedad.

Ejemplos de malas tesis:

  • El ser humano es muy complejo. Demasiado vago.
  • Hay muchas teorías sobre la naturaleza humana. No responde a la pregunta.
  • Somos animales y punto. No tiene en cuenta ninguna objeción.

💡 Tip: A medida que investigas puede que descubras que tu tesis inicial era incorrecta. Puedes modificarla o reflejar en la conclusión por qué has cambiado de opinión. Una disertación se escribe para llegar a una verdad, no para demostrar que tenemos razón.

 

Paso 5: Busca argumentos y trabaja con las fuentes

Lee los textos de la pestaña de Práctica y los libros disponibles de la bibliografía buscando argumentos a favor y en contra de tu tesis. Para cada argumento que encuentres, anota:

  • La idea principal, con tus propias palabras.
  • La referencia completa: autor, año, título y página.
  • Tu reacción: ¿estás de acuerdo?, ¿se te ocurre una objeción?, ¿te recuerda a otro autor?

Cómo citar. Hay cuatro formas:

Cita directa narrativa. Usa esta opción para dar importancia y protagonismo al pensador en tu texto. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. El año va inmediatamente después de su nombre.

Ejemplo: Hobbes (1980) describió la vida del hombre en su condición natural como «solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve» (p. 102).

Cita directa parentética. Usa esta opción cuando quieres que el lector se concentre primero en la idea. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. Los datos del autor quedan en segundo plano al final de la frase.

Ejemplo: Sin un poder común que ordene la convivencia, la existencia humana sería «solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve» (Hobbes, 1980, p. 102).

Cita indirecta narrativa. Explicas la idea con tus propias palabras, pero introduces la frase mencionando directamente al autor.

Ejemplo: Hobbes (1980) sostiene que los hombres son aproximadamente iguales en fuerzas y facultades, y que de esa igualdad nace la desconfianza mutua que hace de la condición natural un estado de guerra de todos contra todos (pp. 100-102).

Cita indirecta parentética. Explicas la idea con tus propias palabras y colocas toda la información de la fuente junta al cerrar el punto.

Ejemplo: Si los seres humanos son básicamente iguales en capacidades y desean a veces las mismas cosas, ninguno puede sentirse seguro frente a los demás, de modo que la convivencia pacífica no es un punto de partida natural sino un logro (Hobbes, 1980, pp. 100-102).

En todos los casos, después de la cita hay que explicar qué quiere decir el autor y relacionarla con tu argumento. Una cita sin explicación no demuestra nada.

💡 Tip: Cita con año y página la primera vez que atribuyes una idea a un autor. Después, si solo recuerdas o resumes algo que ya has citado antes (por ejemplo, en la valoración o en la conclusión), basta con nombrarlo: «como muestra Rousseau…». Repetir el año y la página cada vez que aparece un apellido no es más riguroso, solo más pesado. La regla es sencilla: idea nueva, cita completa; idea ya citada, solo el apellido.

📌 Novedad: en las disertaciones de este tema y de los siguientes, debes identificar la forma lógica de al menos uno de tus argumentos. Más abajo, en la sección de Redacción, se explica cómo hacerlo.

 

Paso 6: Haz un esquema

Antes de redactar, escribe en tu cuaderno un esquema con la introducción (interpretaciones, implicaciones, elección razonada, tesis), los argumentos a favor y en contra con sus citas, la valoración, la delimitación de tu tesis y la conclusión. Este esquema es tu hoja de ruta.

 

II. REDACCIÓN

 

Estructura de la disertación

Introducción (aprox. 15% del texto). Consta de dos partes:

  • Primer párrafo: presenta el problema con un gancho que atraiga al lector (una imagen, una paradoja, un dato, una experiencia), despliega las interpretaciones posibles con sus implicaciones, justifica cuál es la más relevante y termina reformulando la pregunta tal como vas a responderla. Esa formulación final es importante: tu conclusión tendrá que responder exactamente a ella.
  • Segundo párrafo: formula tu tesis de forma clara y concreta.

💡 Tip: el gancho es el lugar más fácil para colocar un ejemplo propio, y los ejemplos propios puntúan en la rúbrica. Una anécdota, un caso real o una experiencia tuya que plantee el problema vale más que empezar directamente con un filósofo. Además, empezar por algo tuyo es más fácil que empezar por Kant.

 

Desarrollo (aprox. 70% del texto). Aquí hay dos formas de trabajar:

  • Estructura básica, para quien necesita un guion claro:
    1. Argumentos a favor de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado con ejemplos y una cita explicada.
    2. Argumentos en contra de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado también con ejemplos y una cita explicada. No los debilites a propósito: expónlos con el mismo rigor que los tuyos.
    3. Valoración: compara ambos lados, señala las fortalezas y las debilidades de cada uno, y explica cuáles pesan más y por qué.

Con esta estructura, hecha correctamente, puedes llegar al nivel notable.

 

  • Estructura dialéctica, para quien quiere ir más allá:

En lugar de separar los argumentos en dos bloques, construye una conversación entre posiciones. Los argumentos se responden entre sí, se señalan sus límites sobre la marcha y el pensamiento progresa. No hay un bloque a favor y un bloque en contra: hay un recorrido en el que cada paso surge del anterior.

Por ejemplo, en lugar de escribir:

Argumento a favor 1: Darwin muestra la continuidad entre el ser humano y los demás animales.
Argumento a favor 2: Wilson sostiene que la propia cultura está dirigida por la biología.
Argumento en contra 1: Rousseau defiende que el hombre se distingue por su capacidad de transformarse…
Argumento en contra 2: Marx afirma que el hombre se produce a sí mismo mediante el trabajo…

Podrías escribir:

Darwin muestra que las diferencias entre el ser humano y los animales son de grado, no de clase. Rousseau concede la continuidad y señala el punto exacto de la diferencia: el animal tiene un instinto cerrado, el hombre una capacidad abierta de transformarse. Ahora bien, esa apertura no cierra la cuestión: falta saber si aquello que la llena, la cultura, obedece también en el fondo a la naturaleza, como sostendrá la sociobiología…

Esta estructura es más exigente pero produce disertaciones mucho más ricas.

 

Herramientas para trabajar los argumentos

Estas cuatro operaciones sirven para manejar cualquier argumento, sea tuyo o de la posición contraria. No hay que usarlas todas ni en todas las disertaciones: son ayudas para cuando no sepas cómo seguir. Las dos primeras te servirán en cualquier estructura. Las dos últimas, acotar e invertir, son las que hacen posible la estructura dialéctica: sin ellas, los argumentos no pueden responderse entre sí.

Conceder. Reconocer lo que un argumento tiene de razón antes de responderle. Se escribe con fórmulas como «esta objeción es seria, porque…» o «hay algo verdadero en esta idea». Parece una debilidad y es lo contrario: quien reconoce la fuerza del contrario y aun así le responde resulta mucho más convincente que quien finge que el contrario no decía nada. Lo opuesto es una falacia, el hombre de paja: debilitar la posición contraria para vencerla con facilidad. Ten presente que en la rúbrica el hombre de paja puntúa cero en honestidad intelectual: si la posición contraria queda ridícula en tu texto, es casi seguro que la has caricaturizado.

Buscar un contraejemplo. Si un argumento afirma algo con «todos», «siempre» o «nunca», un solo caso contrario lo derriba. Si alguien dice «todos los profesores mandan deberes» y encuentras uno que no manda, la afirmación era falsa. Cuidado: contra «la mayoría de los profesores mandan deberes» un caso contrario no prueba nada, porque esa afirmación ya contaba con las excepciones. Esta herramienta no siempre podrá usarse, y no pasa nada: solo funciona con afirmaciones universales.

Acotar. Aceptar que un argumento prueba algo y mostrar hasta dónde llega de verdad: «tienes razón, pero no tanta». La manera habitual de acotar es distinguir: separar dos cosas que estaban mezcladas y mostrar que el argumento vale para una pero no para la otra. La distinción puede ser de grado (los videojuegos no son malos; jugar demasiado, sí) o de aspecto (que todos los ladrillos de un edificio vengan de la fábrica no significa que el plano del edificio venga de ella). Acotar sirve también con tu propia tesis: decir bajo qué condiciones se sostiene, o qué casos no resuelve, puntúa en la rúbrica.

Invertir. Mostrar que un argumento, bien entendido, prueba lo contrario de lo que pretendía. Quien afirma que la filosofía no sirve para nada está defendiendo una tesis filosófica, así que necesita la filosofía para atacarla. Es la herramienta más espectacular cuando funciona y la más ridícula cuando se fuerza: úsala solo si la inversión es real.

💡 Tip: existen más herramientas (el experimento mental, la reducción al absurdo, el dilema, la autorrefutación) explicadas con ejemplos en la página de Técnicas argumentales.

 

Cómo comprobar tu desarrollo

Muchas disertaciones parecen dialécticas y son una lista disfrazada. Hay dos pruebas para comprobarlo antes de entregar.

La prueba del orden. Coge dos argumentos que estén del mismo lado (dos a favor, o dos en contra) e imagina que los intercambias. ¿Se entiende igual? Si sí, están yuxtapuestos: cada uno va por su cuenta, como en una lista. Si no, porque el segundo se apoyaba en el primero o respondía a una objeción que este había dejado abierta, hay una cadena. En una estructura dialéctica de verdad, casi ningún párrafo del desarrollo puede moverse sin romper algo.

La prueba de los conectores. Mira con qué palabras empieza cada párrafo del desarrollo. Los conectores de suma (además, por otra parte, también, en segundo lugar) indican que estás añadiendo: es una lista. Los conectores de respuesta (ahora bien, sin embargo, contra esto cabe objetar, conviene distinguir) indican que estás contestando a lo anterior: es una cadena.

Si todos tus párrafos empiezan con conectores de suma, tu texto es una lista, por muchos autores que cites. Y no se arregla cambiando las palabras: hay que cambiar lo que hacen los párrafos.

 

Sobre la forma lógica

En tu disertación, al menos uno de los argumentos que utilices debe ir acompañado de la identificación explícita de su forma lógica. Las formas más habituales son el modus ponens (si P entonces Q; P; luego Q), el modus tollens (si P entonces Q; no Q; luego no P) y el silogismo disyuntivo (P o Q; no P; luego Q).

Para hacerlo, escribe el argumento en prosa normal y añade a continuación una frase que nombre la forma lógica y muestre su estructura aplicada a ese argumento concreto. Por ejemplo:

Si un rasgo aparece en todas las culturas conocidas, entonces no es la invención de una cultura concreta. El lenguaje aparece en todas las culturas conocidas. Luego el lenguaje no es la invención de una cultura concreta. Este argumento sigue la forma de un modus ponens.

Debe quedar integrado en la prosa, no entre paréntesis ni en un esquema aparte: la forma lógica sirve para exhibir la estructura de un razonamiento que ya era bueno, no para disfrazar uno que no lo era.

 

Conclusión (aprox. 15% del texto). Debe hacer tres cosas:

  • Responder a la pregunta tal como la reformulaste al final de la introducción, explicando si te reafirmas en la tesis o si cambias de postura, y qué argumentos han pesado más.
  • Delimitar tu tesis: bajo qué condiciones se sostiene, qué casos no resuelve, o qué tendría que ocurrir para que dejara de ser válida. Ninguna tesis lo explica todo, y precisarlo no la debilita: la hace más fuerte. La rúbrica lo premia dentro de la honestidad intelectual.
  • Señalar las consecuencias o implicaciones para el mundo actual.

💡 Tip: Las mejores conclusiones vuelven al principio y cierran el círculo. Si abriste con una imagen, una pregunta o un dato sorprendente, retómalo aquí y muestra cómo tu argumentación le ha dado un sentido nuevo.

 

Bibliografía. Al final del texto, tras la conclusión, incluye una lista de las obras que has citado. No cuenta para el límite de palabras. El formato es el siguiente:

  • Apellido, N. (año). Título de la obra (trad. N. Apellido). Editorial.

Por ejemplo:

  • Kant, I. (2009). Sobre pedagogía. Encuentro.
  • Rousseau, J.-J. (2012). Discurso sobre el origen de la desigualdad. Alianza.

 

Consejos de redacción

  • Busca una apertura que enganche: una imagen, una paradoja, un dato sorprendente, una pregunta provocadora, una experiencia personal.
  • Haz frases cortas y claras. Evita las subordinadas en cadena.
  • Busca las palabras exactas. Evita afirmaciones vagas.
  • Los ejemplos que puntúan como propios son los que no aparecen ni en los textos de práctica ni en clase: de tu experiencia, de la actualidad, de la naturaleza, de la cultura. Un buen ejemplo propio no solo adorna: si al quitarlo el argumento pierde fuerza, es que estaba haciendo trabajo de verdad. Esa es la diferencia que la rúbrica premia.
  • Una cita sola, sin explicación, no demuestra nada. Explica siempre qué quiere decir el autor y por qué es relevante para tu argumento.
  • Un argumento no es una frase. Requiere desarrollo, ejemplo y, si puede ser, una cita explicada.
  • Reserva la primera persona para la tesis y la conclusión. En el desarrollo, expón los argumentos de forma impersonal.

 

Fases de escritura

Producción. Escribe todas las ideas sin preocuparte por el orden ni la corrección. El objetivo es sacar todo lo que tienes en la cabeza.

Edición. Ordena las ideas, redacta los párrafos, integra las citas con su explicación, conecta los argumentos entre sí.

Revisión. Lee el texto completo: ¿se entiende la tesis?, ¿los argumentos la sostienen?, ¿las citas están explicadas?, ¿la conclusión responde a la pregunta y delimita la tesis? Aplica la prueba del orden y la de los conectores. Comprueba la ortografía, cuenta las palabras y pasa a limpio.

 

Ejemplo de disertación

La siguiente disertación es un ejemplo de cómo aplicar los pasos anteriores. No es un modelo perfecto: es un ejemplo de trabajo bien hecho que puedes usar como referencia.

 

¿Nacemos humanos o llegamos a serlo?

En el año 1800, unos cazadores capturaron en los bosques del Aveyron, en el sur de Francia, a un niño de unos doce años que había vivido solo en el monte durante buena parte de su infancia. No hablaba, no soportaba la ropa, comía raíces y se movía a cuatro patas con una agilidad asombrosa. Un joven médico, Jean Itard, dedicó años a educarlo, con la convicción de que bastaría enseñarle para que el niño desplegara todo lo que llevaba dentro. El resultado fue desconcertante: Víctor, como lo llamaron, aprendió hábitos, mostró afecto y llegó a entender algunas palabras, pero jamás aprendió a hablar. Biológicamente era un ser humano completo; sin embargo, algo esencial no había llegado a formarse. Su caso plantea la pregunta «¿nacemos humanos o llegamos a serlo?», que admite varias lecturas. Puede referirse a si la dotación biológica basta para ser humano en sentido pleno: si basta, la educación sería un añadido prescindible, y el caso de Víctor lo desmiente. Puede referirse a si la cultura es una segunda naturaleza que completa lo que la biología deja abierto: si lo es, la frontera entre lo natural y lo artificial se vuelve borrosa precisamente en nosotros. O puede referirse a si existe una naturaleza humana fija o somos enteramente moldeables: si no existe, no habría límites a lo que la sociedad puede hacer de nosotros, y los derechos humanos perderían su apoyo más habitual. La segunda lectura es la más fecunda, porque las otras dos se deciden desde ella: solo sabiendo qué aporta la cultura a lo que la biología deja abierto puede responderse si la dotación basta y si queda algo fijo. La pregunta, entonces, es esta: ¿es la cultura algo que se añade a nuestra naturaleza, o algo que nuestra naturaleza necesita para completarse?

La tesis que defenderé es que el ser humano es un ser natural cuya peculiaridad consiste en estar inacabado: nacemos humanos en sentido biológico, pero solo llegamos a serlo plenamente mediante la cultura.

El punto de partida debe ser la posición naturalista, y conviene concederle todo lo que tiene de verdad, que es mucho. Darwin sostiene que la diferencia entre la mente del hombre y la de los animales superiores, con ser inmensa, es una diferencia de grado y no de clase: las facultades que nos enorgullecen, la curiosidad, la imitación, la atención, la memoria e incluso formas elementales de razonamiento, se encuentran ya, incipientes o desarrolladas, en otros animales (Darwin, 1925, pp. 25-38). Después de Darwin, ninguna respuesta seria puede partir de que el ser humano sea una excepción caída del cielo: somos un producto de la evolución, hechos de la misma materia y por los mismos mecanismos que el resto de los vivientes.

Aristóteles, desde el otro extremo de la historia, aporta una precisión que sigue siendo útil. Define el alma como la forma de un cuerpo natural que tiene la vida en potencia: no una cosa alojada en el cuerpo, sino su principio de organización y desarrollo (Aristóteles, 2011, pp. 667-676). Naturaleza, en este sentido, no es lo que ya está terminado, sino aquello hacia lo que un ser tiende desde dentro: la semilla es naturalmente árbol aunque todavía no lo sea. Aplicado a nuestro caso, esto abre una posibilidad interesante: quizá lo natural en el hombre no sea un repertorio cerrado de conductas, sino una orientación hacia algo que aún debe realizarse.

Rousseau da el paso decisivo al identificar en qué consiste esa apertura. Comparado con el animal, que recibe del instinto un programa cerrado que cumple sin desviarse, el hombre se distingue por lo que Rousseau llama perfectibilidad: la facultad de transformarse, de adquirir capacidades nuevas y también de perderlas, para bien y para mal (Rousseau, 2012, Primera parte). El animal es al cabo de unos meses lo que será toda su vida; el ser humano, no. Y aquí el caso de Víctor encuentra su explicación: la perfectibilidad no es un contenido, sino una capacidad, y una capacidad que no se ejercita a tiempo queda dormida. Víctor tenía todo lo necesario para hablar, y nadie con quien aprenderlo.

Marx añade la dimensión activa que en Rousseau queda apenas esbozada. El hombre no solo puede transformarse: se transforma transformando el mundo. En el trabajo, sostiene, el ser humano se distingue del animal en que hace de su actividad vital un objeto de su voluntad y de su conciencia: el animal es inmediatamente una sola cosa con su actividad, mientras que el hombre la dirige, la planifica y se reconoce en sus productos (Marx, 1966, pp. 67-68). Lo que somos no está escrito de antemano en ninguna esencia: se produce históricamente, en la manera en que cada sociedad organiza su trabajo y su vida. De ahí que humanidades distintas hayan producido, de hecho, seres humanos distintos.

Kant condensa todo lo anterior en una tesis célebre con la que abre su tratado de pedagogía: el hombre es la única criatura que ha de ser educada, y únicamente por la educación puede llegar a ser hombre, pues no es nada más que lo que la educación hace de él (Kant, 2009, pp. 28-32). El argumento admite una formulación exacta: si un ser solo puede desarrollar sus disposiciones propias mediante la educación, entonces necesita de los demás para llegar a ser lo que es; el ser humano solo puede desarrollar sus disposiciones propias mediante la educación; luego el ser humano necesita de los demás para llegar a ser lo que es. Este argumento sigue la forma de un modus ponens. La primera premisa es la que Víctor confirma trágicamente, y la conclusión convierte la cultura en algo muy distinto de un adorno: en la condición de nuestra propia realización.

Contra este recorrido cabe una objeción naturalista más fuerte que la de Darwin, y conviene exponerla con todo su vigor. La sociobiología sostiene que la propia cultura está, en último término, dirigida por la biología: las instituciones, las normas morales y hasta las religiones serían estrategias que los genes han favorecido para perpetuarse, de modo que la aparente apertura humana sería un rodeo más de la naturaleza (Wilson, 1980). Si esto es correcto, decir que la cultura nos completa sería un espejismo: la naturaleza nunca habría soltado las riendas. La objeción obliga a una distinción que resulta decisiva. Una cosa es que las capacidades humanas tengan base biológica, cosa que nadie serio niega: hablamos porque nuestra especie evolucionó para hablar. Y otra muy distinta es que los contenidos estén determinados por esa base: la biología explica que hablemos, pero no explica que este niño hable castellano y aquel japonés, ni que una cultura entierre a sus muertos y otra los incinere. El argumento sociobiológico prueba lo primero, y solo lo primero; la variabilidad de las culturas es exactamente lo que queda sin explicar si la correa biológica fuera tan corta como se pretende. Hay además un dato que la objeción no puede acomodar: las culturas cambian a una velocidad que ningún cambio genético puede seguir. Entre un ser humano del Neolítico y nosotros median unos pocos milenios, biológicamente insignificantes, y sin embargo la distancia entre sus formas de vida y las nuestras es inmensa. Si la biología llevara las riendas, ese cambio sería inexplicable; si lo que la biología entrega es una capacidad abierta, es exactamente lo que cabría esperar.

A la luz de este recorrido, considero que la oposición entre nacer humanos y llegar a serlo es una falsa alternativa, y que la clave está en la noción aristotélica de naturaleza como orientación: nacemos con una naturaleza cuya peculiaridad es exigir aquello que la biología no proporciona. Darwin acierta al situarnos en la continuidad de la vida; Rousseau y Marx aciertan al señalar que esa continuidad incluye, en nuestro caso, una apertura que las demás especies no tienen; Kant extrae la consecuencia: la educación no es un complemento, es el proceso por el que un ser biológicamente humano se hace plenamente humano. Conviene delimitar la tesis: se sostiene mientras pueda distinguirse entre la capacidad, que es natural, y su realización, que es cultural; en los casos en que ambas se entrelazan hasta confundirse, como ocurre con el lenguaje, la frontera debe trazarse caso por caso, y la tesis orienta el análisis pero no lo sustituye. La implicación para el presente es considerable, y tiene dos caras. Si llegamos a ser humanos mediante la cultura, entonces privar a alguien de educación no es negarle un servicio, es negarle parte de su humanidad; y una sociedad que descuida la crianza y la escuela no está ahorrando en un lujo, está desatendiendo la fábrica misma de lo humano. Pero la misma tesis pone un límite a los sueños de moldear personas a voluntad: la cultura completa una naturaleza, no escribe sobre una página en blanco, y lo que contradice esa naturaleza, como aprendió Itard con Víctor, encuentra tarde o temprano su resistencia.

Víctor del Aveyron tenía ojos humanos, manos humanas y un cerebro humano, y no le bastaron. Lo que le faltó no se compra ni se hereda: se recibe de otros. Quizá esa sea la definición más exacta de nuestra especie: el animal que necesita ser esperado por alguien para llegar a ser lo que es.

 

Bibliografía

  • Aristóteles (2011). Acerca del alma. En Aristóteles, Tomo I (trad. M. Candel). Gredos.
  • Darwin, C. (1925). El origen del hombre (trad. A. López White). Sempere.
  • Kant, I. (2009). Sobre pedagogía. Encuentro.
  • Marx, K. (1966). «El trabajo enajenado». En Escritos económicos varios (trad. W. Roces). Grijalbo.
  • Rousseau, J.-J. (2012). Discurso sobre el origen de la desigualdad. Alianza.
  • Wilson, E. O. (1980). Sobre la naturaleza humana. FCE.

 

III. EVALUACIÓN

Rúbrica de evaluación

Criterio Deficiente Aceptable Notable Excelente
Estructura e introducción
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Falta alguna parte esencial o la organización resulta confusa. La tesis no aparece con claridad.
1 pt.
Introducción, desarrollo y conclusión reconocibles. La tesis se formula con claridad y se retoma al final.
1,5 pt.
La introducción despliega las interpretaciones de la pregunta con sus implicaciones y justifica cuál se elige. La conclusión añade consecuencias o implicaciones actuales.
2 pt.
Además, la interpretación elegida orienta de principio a fin el desarrollo, y la conclusión responde a la pregunta tal como quedó planteada en la introducción.
Argumentación
hasta 3,5 puntos
0,5 pt.
Los argumentos apenas se desarrollan. Faltan ejemplos o citas, o estas no se explican. No se consideran posiciones contrarias.
2 pt.
Presenta al menos dos argumentos a favor y dos en contra, cada uno con ejemplos y una cita explicada. Los argumentos se exponen por separado, sin relacionarse entre sí.
3 pt.
Se comparan las posiciones y se señalan las fortalezas y las debilidades de cada una. La valoración final está razonada.
3,5 pt.
Los argumentos se responden entre sí: se concede lo que la posición contraria prueba y se muestra hasta dónde llega, o se invierte a favor de la tesis. La reflexión progresa. Al menos un argumento presenta de forma explícita su forma lógica.
Honestidad intelectual
hasta 1 punto
0 pt.
La posición contraria se caricaturiza, se presenta en su versión más débil o se le atribuye lo que no dice (hombre de paja).
0,5 pt.
La posición contraria se expone correctamente, aunque de forma escueta.
0,75 pt.
La posición contraria se expone en su versión más fuerte, con el mismo rigor que la propia.
1 pt.
Además, se delimitan las condiciones en que la propia tesis se sostiene, o los casos que no logra resolver.
Ejemplos propios
hasta 1,5 puntos
0,25 pt.
No usa ejemplos, o solo los que aparecen en los textos de práctica y en clase.
0,75 pt.
Usa algún ejemplo propio, aunque resulte decorativo o poco relacionado con el argumento.
1 pt.
Usa al menos dos ejemplos propios, pertinentes y bien elegidos para el argumento que ilustran.
1,5 pt.
Los ejemplos propios no solo ilustran: hacen avanzar el argumento, porque muestran algo que la cita por sí sola no mostraba.
Claridad y precisión expresiva
hasta 2 puntos
0,5 pt.
Vocabulario impreciso. Párrafos poco conectados. Frases difíciles de seguir.
1 pt.
Vocabulario sencillo pero adecuado. El texto se entiende correctamente.
1,5 pt.
Vocabulario preciso y uso correcto de los conceptos filosóficos. Los párrafos se enlazan con conectores adecuados y la lectura es fluida.
2 pt.
Expresión rigurosa y matizada. Cada palabra dice exactamente lo que debe decir. Estilo cuidado.

Nota final: suma de los cinco criterios sobre 10 puntos, menos las penalizaciones. En cada criterio se asigna uno de los cuatro valores de la tabla, sin puntuaciones intermedias.

Sobre la estructura: quien sigue correctamente la estructura básica puede alcanzar el nivel notable. El nivel excelente exige que los argumentos se respondan entre sí, que la reflexión avance más allá de una simple acumulación de ideas y que al menos un argumento presente su forma lógica de manera explícita.

 

Condiciones de entrega

Si no se cumplen, la disertación no se corrige:

  • Entregada en clase, dentro del plazo establecido.
  • Escrita a mano, en folios en blanco, con letra legible.
  • Al final del texto, tras la bibliografía, debe figurar el número de palabras de la disertación (sin contar la bibliografía).

El recuento forma parte del trabajo: llevarlo durante la redacción es la manera de ajustar la extensión mientras aún se puede corregir.

 

Penalizaciones

Concepto Descuento
Extensión (no acumulable: se aplica solo el tramo correspondiente, sobre el número de palabras declarado)
Desviación de hasta 100 palabras (1100-1199 o 1601-1700)
−0,5
Desviación de 100 a 200 palabras (1000-1099 o 1701-1800) −1
Desviación superior a 200 palabras (menos de 1000 o más de 1800) −2
Presentación (acumulable hasta un máximo de −1)
Sin sangría en la primera línea de cada párrafo
−0,25
Sin márgenes −0,25
Tachones o correcciones visibles −0,5
Ortografía (acumulable, sin límite)
Por cada falta de ortografía
−0,25
Por cada falta de tilde −0,05

 

Recursos

 

Bibliografía

Fuentes primarias

  • Aristóteles (2011). Acerca del alma. En Aristóteles, Tomo I (trad. M. Candel). Gredos.
  • Darwin, C. (1925). El origen del hombre (trad. A. López White). Sempere.
  • Hobbes, T. (1980). Leviatán. FCE.
  • Kant, I. (2009). Sobre pedagogía. Encuentro.
  • Maquiavelo, N. (2011). El príncipe. En Maquiavelo. Obra selecta. Gredos.
  • Marx, K. (1966). «El trabajo enajenado». En Escritos económicos varios (trad. W. Roces). Grijalbo.
  • Rousseau, J.-J. (2012). Discurso sobre el origen de la desigualdad. Alianza.
  • Tomás de Aquino (1994). Suma de teología (trad. J. Martorell). BAC.

 

Manuales, historias de la filosofía y obras de referencia

  • Dawkins, R. (1993). El gen egoísta. Salvat.
  • Ferrater Mora, J. (1964). Diccionario de filosofía (2 vols.). Sudamericana.
  • Honderich, T. (dir.) (2001). Enciclopedia Oxford de filosofía. Tecnos.
  • Sánchez Meca, D. (2012). Diccionario esencial de filosofía. Tecnos.
  • Stevenson, L. y otros (2018). Trece teorías de la naturaleza humana. Cátedra.
  • Wilson, E. O. (1980). Sobre la naturaleza humana. FCE.

 

Vídeos

 

Glosario

 

GLOSARIO

Alienación / enajenación. En Marx, la pérdida por el trabajador del control sobre su trabajo y su producto, que se le vuelve ajeno y hostil. Al enajenarse, el ser humano pierde su esencia como ser genérico.

Animismo. Cosmovisión propia de sociedades cazadoras-recolectoras en la que todo en la naturaleza posee alma o espíritu, y la vida está regulada por prohibiciones rituales dentro de un mundo mítico ya estructurado.

Árbol de la vida. Imagen de Darwin para representar que todas las especies derivan de antepasados comunes y se han diversificado por selección natural, lo que refuerza la tesis del minimismo sobre el ser humano.

Autoconciencia. Capacidad de ser consciente del propio pasado y de simular el futuro, lo que permite hacer inferencias sin arriesgar la vida. Se opone a la instintividad y supone una ventaja evolutiva en medios cambiantes.

Entelequia. Término aristotélico para la realización plena de una capacidad. El alma es «la entelequia primera de un cuerpo natural que en potencia tiene vida»: la forma que organiza y actualiza la materia.

Esprit. En Lévi-Strauss, la estructura mítica innata con la que el ser humano viene dotado, compuesta de mitemas, que se reorganiza según las necesidades del entorno sin perder su coherencia interna.

Estado de guerra de todos contra todos. Expresión de Hobbes: sin poder común que atemorice a todos, los hombres se enfrentan por competencia, desconfianza y gloria, y no hay industria, agricultura ni sociedad posible.

Estado de naturaleza. Condición hipotética del ser humano antes de la sociedad y el Estado. Hobbes la describe como guerra permanente; Rousseau, como paz e inocencia. En ambos casos es un experimento mental, no un hecho histórico.

Fenotipo. Conjunto de características de un organismo (morfológicas, fisiológicas, conductuales) que resultan de la interacción entre su información genética y el medio en que se desarrolla.

Genoma. Conjunto completo de la información genética de un organismo. El del Homo sapiens apenas ha cambiado en 200.000 años, aunque su medio se ha vuelto sociohistórico gracias a la razón.

Hipótesis trifuncional de Dumézil. Tesis de Georges Dumézil según la cual los pueblos indoeuropeos organizaron sus mitos según una estructura social tripartita: gobernantes, guerreros y productores, reflejada en sus dioses y relatos.

Homo habilis. Homínido que vivió hace unos 2,5 millones de años, primero en fabricar herramientas. El cambio del bosque a la sabana favoreció en él la selección de la autoconciencia y la racionalidad.

Homo sapiens. Especie humana actual, surgida hace unos 250.000 años, cuyo genoma apenas ha variado desde entonces, aunque su medio ha pasado de ser natural a ser sociohistórico y simbólico.

Instintividad. Modo de respuesta automática y rígida al entorno propio de los animales no humanos, que se opone a la autoconciencia y resulta desventajosa cuando el medio cambia con rapidez.

Minimismo. Consecuencia filosófica de la teoría de la evolución que considera al ser humano un animal más, cuyas capacidades remiten enteramente a causas biológicas, sin diferencia esencial con las demás especies.

Mitema. Unidad mínima de sentido de un mito según Lévi-Strauss, comparable al fonema del lenguaje: solo adquiere significado en relación con otros mitemas dentro de la gramática mítica de cada cultura.

Nature versus nurture. Debate, formulado por Francis Galton, sobre si el ser humano se define principalmente por lo que hereda biológicamente (nature) o por lo que aprende en sociedad (nurture).

Perfectibilidad. Facultad, según Rousseau, exclusivamente humana de desarrollarse y cambiar sin límite, a diferencia del animal, que es siempre igual a sí mismo. Para Rousseau es también el origen de todas nuestras desdichas.

Selección natural. Mecanismo central de la evolución: dado que los individuos varían, los recursos son limitados y los más aptos sobreviven y se reproducen más, las características ventajosas se extienden en la población con el tiempo.

Selección negativa. Proceso por el que la presión del medio hace que los individuos peor adaptados perezcan o no dejen descendencia, de modo que sus características se pierden en la historia evolutiva de la especie.

Selección positiva. Proceso por el que la presión del medio favorece la supervivencia y reproducción de los individuos con características ventajosas, que se extienden en la historia evolutiva de la especie.

Ser genérico. Concepto de Marx: la capacidad humana de producir libremente, más allá de la necesidad inmediata, transformando el mundo y produciéndose a sí mismo en el proceso. Se pierde cuando el trabajo se aliena.

Sociedades frías / sociedades calientes. Distinción de Lévi-Strauss: las frías (cazadoras-recolectoras) conciben el mundo como mítico e inmutable; las calientes, surgidas con la agricultura, incorporan el cambio histórico y la tensión social.

Teleología. Interpretación de los procesos naturales en términos de fines. Aristóteles la aplica a toda la naturaleza; la ciencia moderna y la teoría de Darwin, en cambio, explican la naturaleza sin recurrir a fines.

Teorías neutralistas de la evolución. Teorías, propias de la biología molecular, que atribuyen el cambio evolutivo no a la presión selectiva del entorno, sino a mutaciones genéticas neutras que se fijan en las poblaciones por azar.

Teorías seleccionistas de la evolución. Familia de teorías que explican el cambio de las especies por la presión del medio sobre los individuos, seleccionando a los más aptos. Su formulación rigurosa se debe a Darwin y Wallace.

Virtù. Concepto de Maquiavelo: no la virtud moral tradicional, sino la capacidad del gobernante de adaptar su conducta a lo que exigen las circunstancias, aparentando virtudes o actuando contra ellas según convenga.

 

Quiz

 

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