El problema de Dios
Teoría
DEÍSMO Y TEÍSMO
Antes de preguntarnos si la existencia de Dios puede demostrarse racionalmente, conviene aclarar qué se entiende por «Dios», pues no todos los filósofos ni todas las religiones se refieren a lo mismo. A lo largo de la historia se han dado fundamentalmente dos concepciones: el teísmo y el deísmo. El teísmo defiende la existencia de un Dios personal que ha creado el mundo, lo conoce y actúa en él (responde a las plegarias, hace milagros, castiga y premia). Es la concepción propia de las grandes religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e islam). El deísmo, en cambio, reconoce la existencia de un dios creador del universo, pero niega que intervenga en él: se trata de un principio racional que explica el origen del mundo, no de un ser personal con el que se pueda establecer una relación. Esta distinción es importante porque los argumentos a favor y en contra de la existencia de Dios no afectan por igual a ambas concepciones: el problema del mal, por ejemplo, solo se plantea contra el dios del teísmo (omnipotente, omnisciente y bueno), no contra el dios impersonal del deísmo.
| Teísmo | Deísmo |
| Creencia en un dios como ser superior, creador del mundo. (DLE)
El dios de los teístas conoce e interviene en el mundo. Le atribuyen características antropomórficas y personales. |
Doctrina que reconoce un dios como autor de la naturaleza, pero sin admitir revelación ni culto externo. (DLE)
El dios de los deístas no conoce ni interviene en el mundo. Se trata, más bien, de un supuesto lógico o racional. |
POSTURAS ANTE EL PROBLEMA FE/RAZÓN
Agustín de Hipona (354-430) es una figura muy importante en la filosofía cristiana antigua, justo en la época en la que esta trata de imponerse sobre otras religiones y establecer un cuerpo doctrinal fijo. Por esa labor es considerado Padre de la Iglesia. Nació en la ciudad de Tagaste, en la actual Argelia, de padre pagano y madre cristiana. Fue educado en varias ciudades y se interesó por la filosofía al leer a Cicerón. En su juventud, siguió el maniqueísmo, una religión fundada por el profeta persa Mani, que defendía el dualismo entre el Bien y el Mal, la Luz y las Tinieblas, el alma y el cuerpo. Según los maniqueos, puesto que el alma, buena y divina, está encerrada en el cuerpo, malo y oscuro, los seres humanos estamos condenados a actuar mal. Es decir, los maniqueos negaban el libre albedrío. Tras leer un diálogo perdido de Cicerón y por influencia de su madre, santa Mónica, Agustín se convirtió al cristianismo, recibiendo el bautismo de manos de san Ambrosio de Milán. De vuelta al norte de África, Agustín fue ordenado sacerdote y, pocos años más tarde, consagrado como obispo de Hipona, localidad en la que fallece durante un ataque de los vándalos. Tras su muerte fue canonizado como santo y proclamado Doctor de la Iglesia. La principal preocupación filosófica de Agustín consistió en tratar de conciliar la fe cristiana y la razón filosófica, concretamente el dogma cristiano con la filosofía de Platón.
Según Agustín, tanto la fe como la razón son esenciales para alcanzar la salvación. A diferencia de otras religiones que solo piden fe ciega y obediencia a sus dogmas, Agustín argumenta que, para llegar al cielo y obtener la vida y felicidad eternas, un cristiano no solo debe tener fe en los dogmas de la Iglesia, sino también comprenderlos de forma racional. Esto se debe a que Agustín interpreta a Dios no solo con una dimensión moral, sino también con una epistemológica, donde se observa la influencia platónica. Así, desde su propia experiencia vital, Agustín defiende que tanto la fe como la razón deben colaborar en el camino hacia la salvación. En primer lugar, la razón ayuda al hombre a encontrar la fe verdadera. Luego, la fe ilumina y orienta a la razón para conocer a Dios. Finalmente, la razón contribuye a clarificar los contenidos de la fe.
Tomás de Aquino (1225-1274) es el filósofo y teólogo más importante de la escolástica, esto es, la corriente de pensamiento medieval que trataba de hacer comprensible el dogma cristiano con la ayuda de la filosofía clásica griega. Tanto es así que la Iglesia católica considera su pensamiento como doctrina oficial. Tomás nació en el castillo de Roccasecca (cerca de la localidad de Aquino) en Italia y estudió en la universidad en Nápoles, tras lo cual se unió a la orden de los dominicos, contra el deseo de su familia. En la Universidad de París es discípulo de san Alberto Magno, quien le introduce en la filosofía de Aristóteles, y ya como profesor de Teología en tal universidad escribe importantes obras como la monumental Summa theologica. Tomás de Aquino falleció mientras se dirigía al II Concilio de Lyon. Después de su muerte, fue canonizado como santo y proclamado Doctor de la Iglesia.
El mayor logro que se atribuye a Tomás de Aquino es el de haber realizado la mejor síntesis entre la fe y la razón, esto es, entre el dogma cristiano y la filosofía griega, especialmente la aristotélica. Su labor ya no consistió en fijar el dogma cristiano, como trató de hacer Agustín, sino la de integrar en él los nuevos textos de Aristóteles que llegaban a Occidente a través de sus comentadores árabes y judíos y que eran traducidos principalmente en la llamada Escuela de traductores de Toledo. Esto suponía todo un desafío, pues Aristóteles no solo negaba la existencia del mundo de las Ideas platónico, que Agustín lo asimilaba a la mente de Dios, sino también el alma como algo separado de la materia. Dificultades de este tipo llevaron a Tomás a clasificar tres tipos de verdades en función de cómo podemos acceder a ellas. La fe nos informa de algunas de ellas mediante los textos sagrados. Hay otras que solo podemos conocer aplicando la razón. Pero, según Tomás, hay un tercer tipo de verdades, por ejemplo, que Dios existe, que podemos alcanzar tanto por medio de la fe como por medio de la razón. Son las que llama «preámbulos de la fe«. Es decir, la existencia de Dios no es solo algo que debamos creer porque la Biblia nos ofrece testimonios de ello, sino que, además, podemos demostrarla racionalmente. No obstante, Tomás apunta que esa demostración racional no se puede hacer a priori, es decir, independientemente de la experiencia, porque, aunque el enunciado «Dios existe» es evidentemente verdadero en sí mismo, ya que el significado del predicado está contenido en el sujeto, eso no es evidente para los seres humanos, pues no conocemos perfectamente a Dios. Por ello, solo se puede demostrar racionalmente su existencia a posteriori, a partir de sus efectos, esto es, a partir de lo que ha creado.

Finalmente, Tomás señala que si hay alguna contradicción entre una verdad de fe y una de razón, prevalece siempre la de fe. Y, por otra parte, la razón ayuda a la fe a construir la Teología, que es la investigación racional sobre Dios.
Guillermo de Ockham (1280-1349) es el filósofo más importante de la escolástica tardía. Nacido en Ockham (cerca de Londres), Inglaterra, se unió a la orden de los franciscanos y estudió en la Universidad de Oxford, donde también fue profesor. Más tarde impartió clases en la Universidad de París, donde se hizo famoso por cuestionar, entre otras cosas, la compatibilidad entre la fe y la razón. Según Ockham, fe y razón son completamente distintas e independientes, por lo que no hay verdades comunes a ambas. Las verdades de la fe no pueden ser nunca alcanzadas por la razón, pues están fuera de sus límites. Así que solo la fe nos informa de asuntos clave como la existencia de Dios y la inmortalidad del alma. Es decir, contra lo que pensaba Tomás de Aquino y sus seguidores, para Ockham no es posible demostrar racionalmente la existencia de Dios. Ockham también defendió la doctrina de la pobreza apostólica, según la cual la Iglesia debería desprenderse de sus riquezas, por lo que fue excomulgado. Acogido por el emperador Luis IV de Baviera, Ockham se estableció en Munich, donde se involucró en temas políticos hasta su muerte.
ARGUMENTOS A FAVOR DE LA EXISTENCIA DE DIOS
Anselmo de Canterbury (1033-1109) fue un filósofo y teólogo benedictino nacido en Aosta, Italia. En 1093 fue nombrado arzobispo de Canterbury y es famoso por ofrecer dos demostraciones de la existencia de Dios. Tras su muerte fue canonizado como santo y proclamado Doctor de la Iglesia.
En su obra Proslogion desarrolla el llamado argumento ontológico, que es un argumento a priori, es decir, independiente de la experiencia, según el cual Dios es el ser más grande que puede ser concebido. Según este argumento, si podemos concebir en nuestras mentes la existencia de un ser perfecto e infinito, entonces ese ser debe existir necesariamente en la realidad, ya que si no existiera, no podría ser perfecto. En otras palabras, si Dios es el ser más grande que puede ser concebido, entonces no se puede imaginar nada que sea más grande que Dios. Pero, si Dios no existiera, entonces se podría imaginar algo que es más grande que Dios, es decir, un Dios que sí existe. Esto sería contradictorio, por lo que, según el argumento de San Anselmo, Dios debe existir tanto en el pensamiento como en la realidad.
En su obra Monologion construye un argumento a posteriori, es decir, dependiente de la experiencia, para demostrar la existencia de Dios. Anselmo parte de la evidencia de que los seres del mundo tienen diferentes grados de perfección y esta gradación implica la existencia de un ser supremamente perfecto del cual todos los demás seres derivan su perfección. Esto es así porque este máximo nivel de perfección solo puede ser atribuido a aquello que tiene la capacidad de existir por sí mismo, es decir, que no depende de nada más. Por ejemplo, cuando hablamos de la máxima bondad y grandeza, estas características solo pueden ser de aquello que es bueno y grande en sí mismo, sin depender de nada más. Por lo tanto, hay algo supremo, que es lo único que existe por sí mismo, y a partir de lo cual todas las demás cosas tienen su existencia.
Gaunilo de Marmoutier (?-1083) fue un monje benedictino famoso por contraargumentar el argumento ontológico de Anselmo de Canterbury utilizando una reducción al absurdo. Gaunilo propone imaginar la existencia de una mítica isla perdida, que es la más maravillosa y perfecta. Siguiendo el argumento de Anselmo, apunta Gaunilo, tal isla que podemos pensar, debe también existir porque, si no, esa no sería la isla más perfecta y maravillosa que podríamos concebir. Habría otra superior en perfección, esto es, una realmente existente. De esta manera, Gaunilo quiere llamar la atención sobre lo absurdo del argumento ontológico, pues sirve para demostrar la existencia de cualquier cosa si la definimos como lo más grande o maravilloso. Gaunilo, por lo tanto, no cree que se pueda demostrar la existencia de Dios a priori. Según él, eso solo puede hacerse a posteriori, basándose en la experiencia.
Tomás de Aquino no cree que sea posible demostrar la existencia de Dios a priori, es decir, sin recurrir a la experiencia, sino únicamente a posteriori, atendiendo a lo que nuestros sentidos nos informan sobre el mundo, esto es, su creación. En la Suma teológica da, de forma resumida, cinco argumentos para demostrar racionalmente la existencia de Dios. Estas cinco vías siguen un mismo razonamiento, aunque se observa más claramente en las tres primeras. En primer lugar se parte de un hecho que se puede observar en el mundo. En segundo lugar se aplica el principio de causalidad, según el cual todo lo que existe en el mundo no es causa de sí mismo, por lo que tiene que haber sido causado por otra cosa. En tercer lugar se rechaza por imposible una regresión jerárquica infinita de causas. En cuarto lugar se concluye que tiene que haber una primera causa que sustente la existencia de ese hecho así como de todos aquellos que lo hacen posible. Finalmente, en quinto lugar, se identifica esta primera causa con Dios.
La primera vía, la del movimiento, parte de la observación de que en el mundo hay cosas que se mueven o cambian en sentido general. Tomás apunta que todo lo que se mueve es movido por otro. Pero es imposible una sucesión jerárquica infinita de cosas movidas por otras y estas por otras, etc. Por lo que tiene que haber un Primer Motor Inmóvil, es decir, algo que sea responsable del movimiento de lo siguiente pero que, a su vez, no reciba movimiento de nada, por lo que permanece inmóvil. Y tal Primer Motor Inmóvil sería en el que «todos reconocen a Dios».
La segunda vía, la de la causalidad, parte de la observación de que, en el mundo, todo lo que existe depende de algo que lo ha causado. Tomás apunta que no hay nada que sea causa de sí mismo. Pero también es imposible una sucesión jerárquica infinita de causas causadas. Por lo que tiene que haber una Primera Causa Incausada, es decir, Dios.
La tercera vía es la de la contingencia. Esta parte de la observación de que, en el mundo, todo lo que existe podría no haber existido. De hecho, antes no existía y dejará de existir. Es decir, todo es contingente. Pero, si esto es así, es posible un momento en el que nada existiera y, dado que nada puede surgir de la nada, ahora no podría existir nada. Por lo tanto, tiene que haber algo absolutamente Necesario, que no pueda no existir, y ese es Dios.
La cuarta vía, de los grados de perfección, parte de la observación en el mundo de que las cosas tienen diferentes grados de perfecciones como la bondad, la belleza, la verdad, la nobleza, etc. Pero, si las tuviesen por sí mismas, esencialmente, no las podrían tener de manera limitada. Eso quiere decir que no las poseen por sí mismas, sino que las tienen porque otra cosa se las ha dado o participan en cierta medida de esa otra cosa. Pero no es posible una regresión jerárquica infinita de cosas que den tales perfecciones a otras. Por lo que tiene que haber algo que sí que las tenga esencialmente, esto es, un Ser Perfectísimo: Dios.
La quinta vía es la del ordenamiento a un fin. Esta parte de la observación en el mundo de que hay seres que, aunque carecen de entendimiento, se comportan como persiguiendo un objetivo. Pero eso no sería posible a no ser que fuesen dirigidos por un ser inteligente. Así que tiene que existir una Inteligencia Ordenadora que dirija a todas las cosas carentes de inteligencia a su objetivo. Y ese es Dios.
La quinta vía de Tomás de Aquino es un argumento teleológico, es decir, uno que apela a la finalidad u objetivo de un agente. A lo largo de la historia se han dado muchos argumentos de este tipo, pero uno que tiene especial repercusión en la actualidad es el argumento del diseño inteligente, elaborado por el teólogo británico William Paley (1743-1805). Este propuso un escenario hipotético en el que alguien está paseando por un desierto y ve un reloj en el suelo. Al examinar minuciosamente el reloj, puede apreciar las numerosas piezas que operan de manera conjunta para cumplir el objetivo para el que fue diseñado, esto es, dar la hora. Porque, apunta Paley, esa persona asumiría lógicamente que ese reloj no fue producto del azar, sino que fue diseñado y creado por un relojero. De la misma manera, Paley defiende que alguien que contemple el universo y su compleja organización debe concluir que existe un diseñador inteligente que lo ha creado. Paley recurrió a diversos ejemplos para ilustrar su argumento, siendo el ojo humano uno de los más prominentes. Este órgano posee la capacidad de percibir una amplia gama de colores y formas gracias a su complejo diseño. De acuerdo con la perspectiva de Paley, la única explicación plausible para la presencia de elementos tan complejos y perfectamente configurados radica en su creación por parte de un ser inteligente: Dios.
CRÍTICAS A LOS ARGUMENTOS A FAVOR DE LA EXISTENCIA DE DIOS
Los argumentos anteriores han recibido objeciones importantes a lo largo de la historia de la filosofía. Las más influyentes son las de Hume, Kant y Russell.
El filósofo escocés David Hume (1711-1776), en sus Diálogos sobre la religión natural, cuestionó tanto el argumento del diseño como la posibilidad misma de demostrar la existencia de Dios mediante la razón. Según Hume, la analogía entre el universo y un artefacto humano es demasiado débil para sostener la inferencia de un diseñador cósmico. Además, argumentó que pretender demostrar una cuestión de hecho con razonamientos a priori es un error lógico, ya que todo lo que podemos concebir como existente podemos también concebirlo como inexistente sin incurrir en contradicción.
El filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804), en la Crítica de la razón pura, dirigió su crítica especialmente contra el argumento ontológico de Anselmo. Según Kant, la existencia no es una propiedad que se pueda añadir al concepto de una cosa: decir que Dios existe no añade nada al concepto de Dios, del mismo modo que cien táleros reales no contienen más propiedades que cien táleros meramente posibles. Por ello, la existencia de Dios no puede deducirse de su concepto. Kant también argumentó que los demás argumentos (cosmológico y teleológico) dependen en último término del ontológico y caen con él.
El filósofo y matemático británico Bertrand Russell (1872-1970), en su conferencia Por qué no soy cristiano (1927), criticó el argumento de la primera causa señalando un dilema: si todo necesita una causa, entonces Dios también la necesita; y si algo puede existir sin causa, ese algo bien puede ser el mundo mismo, haciendo innecesaria la hipótesis de Dios.
EL AGNOSTICISMO DE THOMAS HENRY HUXLEY

El principal hecho contra el argumento del diseño inteligente es la evolución natural de las especies. La teoría más influyente e importante para explicar ese hecho es la de la selección natural darwiniana. Thomas Henry Huxley (1825-1895), apodado el «Bulldog de Darwin», fue un gran defensor de esta teoría. Es famoso su enfrentamiento dialéctico con el obispo de Oxford, Samuel Wilberforce (1805-1873), quien le inquirió si él descendía del mono por parte materna o paterna. Ante esa afrenta, Huxley respondió algo así:
Si tuviera que elegir por antepasado entre un pobre mono y un hombre magníficamente dotado por la naturaleza y de gran influencia que utiliza sus dones para ridiculizar una discusión científica y para desacreditar a quienes buscaran humildemente la verdad, preferiría descender del mono.
En todo caso, lo que más nos interesa aquí es que Huxley fue quien inventó el término «agnóstico», aunque esa noción ya se había utilizado con anterioridad.
El agnosticismo, de hecho, no es un credo, sino un método, cuya esencia radica en la rigurosa aplicación de un único principio. […] Positivamente, el principio puede expresarse así: en cuestiones del intelecto, sigue a tu razón tan lejos como ella te lleve, sin tener en cuenta ninguna otra consideración. Y negativamente: en cuestiones del intelecto no pretendas que son ciertas las conclusiones que no han sido demostradas o no son demostrables.
Huxley, Th. H., «Agnosticism», en The Popular Science Monthly, (New York: D. Appleton & Company), 34 (46): 768.
Práctica
Lee atentamente cada texto y responde a las cuatro preguntas en tu cuaderno.
Objeciones por las que parece que Dios no es demostrable: 1. La existencia de Dios es artículo de fe. Pero los contenidos de fe no son demostrables, puesto que la demostración convierte algo en evidente, en cambio la fe trata lo no evidente, como dice el Apóstol en Heb 2,1. Por lo tanto, la existencia de Dios no es demostrable. 2. Más aún. La base de la demostración está en lo que es. Pero de Dios no podemos saber qué es, sino sólo qué no es, como dice el Damasceno. Por lo tanto, no podemos demostrar la existencia de Dios. 3. Todavía más. Si se demostrase la existencia de Dios, no sería más que a partir de sus efectos. Pero sus efectos no son proporcionales a Él, en cuanto que los efectos son finitos y Él es infinito; y lo finito no es proporcional a lo infinito. Como quiera, pues, que la causa no puede demostrarse a partir de los efectos que no le son proporcionales, parece que la existencia de Dios no puede ser demostrada.
En cambio está lo que dice el Apóstol en Rom 1,20: Lo invisible de Dios se hace comprensible y visible por lo creado. Pero esto no sería posible a no ser que por lo creado pudiera ser demostrada la existencia de Dios, ya que lo primero que hay que saber de una cosa es si existe.
Solución. Hay que decir: Toda demostración es doble. Una, por la causa, que es absolutamente previa a cualquier cosa. Se la llama: a causa de. Otra, por el efecto, que es lo primero con lo que nos encontramos; pues el efecto se nos presenta como más evidente que la causa, y por el efecto llegamos a conocer la causa. Se la llama: porque. Por cualquier efecto puede ser demostrada su causa (siempre que los efectos de la causa se nos presenten como más evidentes): porque, como quiera que los efectos dependen de la causa, dado el efecto, necesariamente antes se ha dado la causa. De donde se deduce que la existencia de Dios, aun cuando en sí misma no se nos presenta como evidente, en cambio sí es demostrable por los efectos con que nos encontramos.
Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: La existencia de Dios y otras verdades que de Él pueden ser conocidas por la sola razón natural, tal como dice Rom 1,19, no son artículos de fe, sino preámbulos a tales artículos. Pues la fe presupone el conocimiento natural, como la gracia presupone la naturaleza y la perfección lo perfectible.
Tomás de Aquino (1994). Suma de teología. Vol. I. BAC (trad. J. Martorell), I, q.2, a.2, pp. 109-110.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si la existencia de Dios es demostrable racionalmente o si, por el contrario, pertenece exclusivamente al ámbito de la fe.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Tomás de Aquino sostiene que la existencia de Dios sí es demostrable, aunque no mediante una demostración a priori (partiendo de la esencia divina, que desconocemos), sino mediante una demostración a posteriori, es decir, partiendo de los efectos que encontramos en el mundo y remontándonos desde ellos hasta su causa. Además, aclara que la existencia de Dios no es un artículo de fe sino un «preámbulo» de la fe que la razón natural puede alcanzar por sí misma.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
El texto presenta una estructura argumentativa en tres pasos. Primero, Tomás recoge tres objeciones contra la demostrabilidad: que la existencia de Dios es un contenido de fe y no de demostración, que no conocemos la esencia de Dios y por tanto no podemos partir de ella, y que los efectos finitos son desproporcionados respecto de una causa infinita. Segundo, opone a estas objeciones la autoridad de San Pablo (Rom 1,20), que afirma que lo invisible de Dios se conoce por lo creado: si esto es así, debe ser posible demostrar la existencia de Dios a partir de lo creado. Tercero, en la solución, distingue dos tipos de demostración —por la causa (a priori) y por el efecto (a posteriori)— y argumenta que, puesto que los efectos dependen necesariamente de su causa, a partir de los efectos podemos remontarnos con certeza hasta la existencia de Dios. Finalmente, responde a la primera objeción distinguiendo entre los artículos de fe y los «preámbulos» de la fe: la existencia de Dios pertenece a los segundos, que son accesibles a la razón natural, igual que la gracia presupone la naturaleza.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Kant mantendría una posición diferente. En la Crítica de la razón pura sostiene que la existencia de Dios no puede ser demostrada por la razón teórica. Dos argumentos que justifican esta posición: primero, «ser» no es un predicado real, es decir, la existencia no añade ninguna propiedad nueva al concepto de una cosa (cien táleros reales no contienen más propiedades que cien táleros posibles), por lo que no se puede deducir la existencia de Dios de su concepto. Segundo, los argumentos a posteriori (como los que Tomás defiende) tampoco logran demostrar a Dios, porque nuestra conciencia de toda existencia pertenece al ámbito de la experiencia y no podemos extender legítimamente las categorías del entendimiento más allá de los fenómenos: Dios no es un objeto de experiencia posible y por tanto la razón teórica no puede alcanzarlo.
A favor de que la existencia de Dios sea demostrable racionalmente
Así pues, Señor, tú que das la inteligencia de la fe, concédeme —en la medida en que sabes que me conviene— que entienda que existes como lo creemos y que eres lo que creemos. Y creemos ciertamente que eres algo mayor que lo cual nada puede ser pensado. Pero ¿y si no existe una naturaleza tal? Pues «el insensato ha dicho en su corazón: Dios no existe». Sin embargo, el propio insensato cuando oye esto mismo que digo: «algo mayor que lo cual nada puede ser pensado», entiende lo que oye, y lo que entiende está en su entendimiento, aunque no entienda que esto exista. Pues una cosa es que algo exista en el entendimiento, y otra entender que esto existe. Así cuando el pintor piensa de antemano lo que va a hacer, lo tiene en el entendimiento, aunque no entiende que exista lo que todavía no ha hecho. Cuando efectivamente ya lo ha pintado, lo tiene en el entendimiento y entiende que existe lo que ya ha realizado. Por tanto, el insensato debe admitir que existe al menos en su entendimiento algo mayor que lo cual nada puede ser pensado, ya que cuando lo oye lo entiende, y todo lo que se entiende está en el entendimiento. Y, ciertamente, aquello mayor que lo cual nada podemos pensar no puede existir solamente en el entendimiento. Si existiese sólo en el entendimiento, se podría pensar que existiese también en la realidad, lo cual es mayor. Por tanto, si aquello mayor que lo cual nada puede ser pensado estuviera sólo en la inteligencia, esto mismo mayor que lo cual nada puede ser pensado sería algo mayor que lo cual podemos pensar algo. Pero esto no puede ser. Existe, pues, sin género de duda, algo mayor que lo cual no cabe pensar nada, y esto tanto en la inteligencia como en la realidad.
Anselmo de Canterbury (2009). Proslogion. Tecnos (trad. J. Alameda), cap. II, pp. 101-102.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si es posible demostrar que Dios existe partiendo únicamente de su concepto, sin recurrir a la experiencia del mundo.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Anselmo sostiene que Dios existe sin género de duda, tanto en la inteligencia como en la realidad. Define a Dios como «algo mayor que lo cual nada puede ser pensado» y argumenta que un ser así no puede existir solamente en el entendimiento: si existiese solo en el entendimiento, se podría pensar que existiese también en la realidad, lo cual es mayor, y entonces lo mayor pensable no sería lo mayor pensable, lo cual es contradictorio. Por tanto, Dios tiene que existir también en la realidad.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
El argumento sigue una estructura de reducción al absurdo. Anselmo parte de una definición: Dios es «algo mayor que lo cual nada puede ser pensado». Incluso quien niega a Dios entiende esta definición cuando la oye, así que al menos en su entendimiento existe la idea de un ser así. A continuación plantea la alternativa: ¿puede ese ser existir solo en el entendimiento y no en la realidad? Si así fuera, se podría pensar que existiese también en la realidad, lo cual es mayor. Pero entonces lo que era «algo mayor que lo cual nada puede ser pensado» sería algo mayor que lo cual podemos pensar algo, lo cual es contradictorio con la definición de partida. Para evitar la contradicción, hay que concluir que Dios existe sin género de duda tanto en la inteligencia como en la realidad. Anselmo ilustra la diferencia entre existir en el entendimiento y existir en la realidad con la analogía del pintor: antes de pintar, el cuadro existe solo en su entendimiento; cuando ya lo ha pintado, lo tiene en el entendimiento y entiende que existe.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Kant mantendría una posición diferente. En la Crítica de la razón pura refuta directamente este argumento ontológico. Dos argumentos que justifican su posición: primero, «ser» (existir) no es un predicado real, es decir, no es una propiedad que se pueda añadir al concepto de una cosa para ampliar su contenido. Cien táleros reales no contienen más propiedades que cien táleros meramente posibles: la diferencia entre ambos no está en el concepto sino en su relación con la experiencia. Por tanto, del concepto de un ser perfectísimo no se puede deducir que exista realmente, porque la existencia no es una perfección más. Segundo, el argumento de Anselmo comete una petición de principio: introduce la existencia dentro del concepto de Dios (al definirlo como el ser mayor que lo cual nada puede pensarse) y luego pretende extraerla como si fuera una conclusión, cuando en realidad ya la ha presupuesto.
(36) Pero la razón suficiente tiene que aparecer también en las verdades contingentes o de hecho, esto es, en la serie de las cosas esparcidas por el universo de las criaturas, en donde la resolución en razones particulares podría descender hasta un pormenor sin límites, a causa de la inmensa variedad de las cosas de la Naturaleza y de la división de los cuerpos al infinito.
(37) Y como todo este pormenor no contiene sino otros contingentes anteriores o más pormenorizados, cada uno de los cuales requiere asimismo, para dar razón de él, un Análisis similar, no hemos avanzado nada. Es preciso, pues, que la razón suficiente o última se encuentre fuera de la sucesión o serie de este pormenor de contingencias, por infinito que pudiera ser.
(38) Por eso, la razón última de las cosas debe encontrarse en una sustancia necesaria, en la que el pormenor de los cambios no exista sino eminentemente, como en su origen. Y esto es lo que llamamos Dios.
(39) Ahora bien, al ser esta sustancia una razón suficiente de todo ese pormenor que, a su vez, está totalmente entrelazado, no hay más que un Dios y este Dios basta.
(40) Cabe juzgar, asimismo, que esa Sustancia Suprema, que es única, universal y necesaria —pues nada posee fuera de sí que sea independiente de ella, y es una simple sucesión del ser posible— debe ser incapaz de límites y contener tanta realidad cuanta sea posible.
Leibniz, G. W. (1981). Monadología. Pentalfa (trad. J. Velarde), §§36-40, pp. 105-107.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si la razón puede demostrar la existencia de Dios a partir de la exigencia de una explicación última de todo lo que existe.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Leibniz sostiene que la razón demuestra la existencia de Dios como sustancia necesaria, única y sin límites. Partiendo del principio de razón suficiente —nada existe sin una razón por la cual es así y no de otra manera—, concluye que las cosas contingentes del mundo no pueden explicarse por sí mismas: cada una remite a otra anterior, pero la cadena entera sigue siendo contingente y requiere una razón última fuera de ella. Esa razón última es una sustancia necesaria que contiene en sí la razón de su propia existencia: Dios.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
El argumento se desarrolla en cuatro pasos encadenados. Primero (§36), Leibniz establece que el principio de razón suficiente se aplica a las verdades contingentes o de hecho: todo lo que existe en el mundo tiene una razón de ser. Segundo (§37), señala que cada cosa contingente se explica por otra contingente anterior, pero esta cadena de explicaciones no avanza realmente: por mucho que remontemos la serie, cada eslabón requiere a su vez una explicación, así que la razón suficiente debe encontrarse fuera de la serie, por infinita que sea. Tercero (§38), concluye que la razón última debe estar en una sustancia necesaria que contenga en sí el origen de todos los cambios: esa sustancia es lo que llamamos Dios. Cuarto (§§39-40), deduce que esa sustancia es única (un solo Dios basta como razón suficiente de todo), universal, necesaria, ilimitada, y contiene tanta realidad cuanta sea posible.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Russell mantendría una posición diferente. En Por qué no soy cristiano rechaza el argumento de la primera causa, que es una versión del razonamiento de Leibniz. Dos argumentos que justifican su posición: primero, si todo tiene que tener una causa o una razón suficiente, entonces Dios también debe tenerla, y la cadena no se detiene en Dios sino que exige una causa de Dios, y así infinitamente; si en cambio aceptamos que algo puede existir sin causa, ese algo puede ser el mundo mismo en lugar de Dios, y la hipótesis de Dios resulta innecesaria. Segundo, no hay ninguna razón lógica para suponer que el mundo haya tenido un comienzo o necesite una explicación exterior: la idea de que las cosas deben tener un principio se debe a la pobreza de nuestra imaginación, no a un requisito de la razón.
Al cruzar un páramo, supongamos que tropiezo con una piedra y que me preguntan cómo ha llegado la piedra hasta allí. Podría responder, quizá, que, por lo que sé, ha estado allí desde siempre; y probablemente no sería fácil mostrar lo absurdo de esta respuesta. Pero supongamos que hubiera encontrado un reloj en el suelo y que se me preguntase cómo es que el reloj se hallaba en aquel lugar. Difícilmente se me ocurriría dar la misma respuesta de antes: que, por lo que sé, el reloj podría haber estado allí desde siempre. Sin embargo, ¿por qué esta respuesta no habría de valer para el reloj igual que para la piedra? ¿Por qué no es tan admisible en el segundo caso como en el primero? Por esta razón, y por ninguna otra: porque, al examinar el reloj, percibimos —lo que no podíamos descubrir en la piedra— que sus diversas partes están construidas y ensambladas con un propósito; por ejemplo, que están formadas y ajustadas de tal modo que producen movimiento, y ese movimiento regulado de manera que señale la hora del día; que, si las distintas piezas hubieran tenido una forma diferente de la que tienen, un tamaño diferente del que tienen, o hubieran sido colocadas de cualquier otro modo o en cualquier otro orden distinto de aquel en que están colocadas, o bien no se habría producido movimiento alguno en la máquina, o bien ninguno que sirviera para el uso al que ahora sirve. […] Una vez observado este mecanismo (se requiere, en efecto, un examen del instrumento, y quizá algún conocimiento previo de la materia, para percibirlo y comprenderlo; pero una vez, como hemos dicho, observado y comprendido), la inferencia, pensamos, es inevitable: que el reloj ha debido tener un hacedor; que ha debido existir, en algún tiempo y en algún lugar, un artífice o artífices que lo construyeron para el fin que comprobamos que efectivamente cumple, que comprendieron su estructura y diseñaron su uso.
Paley, W. (1802). Natural Theology. Cambridge University Press (reed. 2009), cap. I, pp. 1-4. Traducción propia.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si el orden y la finalidad observables en el mundo permiten demostrar racionalmente la existencia de un diseñador inteligente.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Paley sostiene que el orden, la complejidad y la finalidad que observamos en el mundo demuestran la existencia de un creador inteligente, del mismo modo que un reloj encontrado en el suelo demuestra la existencia de un relojero. Si un mecanismo cuyas partes están dispuestas con un propósito exige necesariamente un artífice que lo haya diseñado, con mayor razón lo exige el universo, cuya complejidad y organización superan con creces las de cualquier máquina.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Paley utiliza un argumento por analogía estructurado en un contraste entre dos casos. Primero, presenta una piedra encontrada en un páramo: podríamos aceptar sin problemas que ha estado allí desde siempre. Después, presenta un reloj encontrado en el mismo lugar: aquí no aceptaríamos la misma respuesta, porque al examinar el reloj percibimos que sus partes están construidas y ensambladas con un propósito —producir un movimiento regulado que señale la hora—. En concreto, argumenta que las piezas están formadas, ajustadas y ordenadas de un modo tan preciso que cualquier alteración en su forma, tamaño u orden anularía su función. Esta organización finalista hace inevitable la inferencia de que existe un artífice inteligente que comprendió la estructura del reloj y diseñó su uso. La analogía queda implícita: si el reloj exige un relojero, el mundo natural, que muestra una organización mucho más compleja y finalista, exige un diseñador con mayor razón.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Hume mantendría una posición diferente. En los Diálogos sobre la religión natural critica directamente el argumento del diseño. Dos argumentos que justifican su posición: primero, la analogía entre los artefactos humanos y el universo es débil, porque conocemos relojes y relojeros por experiencia pero no tenemos experiencia alguna de la creación de universos, así que no podemos inferir legítimamente un creador cósmico a partir del orden del mundo. Segundo, pretender demostrar una cuestión de hecho (como la existencia de un diseñador) con argumentos a priori es absurdo: todo lo que podemos concebir como existente podemos también concebirlo como inexistente sin contradicción, y no hay ningún ser cuya existencia sea demostrable; las palabras «existencia necesaria» carecen de sentido.
Contra la posibilidad de demostrar racionalmente la existencia de Dios
Pero aun cuando puedan aducirse argumentos razonables en favor de la existencia de Dios como primer conservador del mundo, la unicidad de Dios no puede ser demostrada. Puede mostrarse que existe algún último ser conservante en este mundo; pero no podemos excluir la posibilidad de que haya otro mundo u otros mundos, con sus propios seres relativamente primeros. Probar que hay una primera causa eficiente que es más perfecta que sus efectos no es lo mismo que probar la existencia de un ser que es superior a cualquier otro ser, a menos que antes pueda probarse que todo otro ser es efecto de una sola y misma causa. La unicidad de Dios solamente es conocida con certeza por la fe.
Así pues, para contestar a la pregunta de si Ockham admitía alguna prueba filosófica de la existencia de Dios debe hacerse en primer lugar una distinción. Si se entiende por «Dios» el ser absolutamente supremo, perfecto, único e infinito, Ockham creía que su existencia no puede ser estrictamente probada por el filósofo. Si, por el contrario, se entiende por «Dios» la primera causa conservadora de este mundo, sin ningún conocimiento cierto acerca de la naturaleza de esta causa, Ockham pensaba que la existencia de tal ser puede ser filosóficamente probada. Pero, como esa segunda acepción del término «Dios» no es la que usualmente se entiende por el mismo, resulta correcto afirmar, sin mayores detalles, que Ockham no admitía la demostrabilidad de la existencia de Dios. Solamente por la fe conocemos, al menos por lo que respecta al conocimiento cierto, que existe el ser supremo y único en sentido pleno.
Copleston, F. C. (1994). Historia de la filosofía. Vol. III: De Ockham a Suárez. Ariel (trad. J. C. García Borrón), pp. 89-90.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si la filosofía puede demostrar racionalmente la existencia de Dios según Guillermo de Ockham.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Copleston expone la tesis de Ockham: la existencia de Dios, entendido como el ser absolutamente supremo, perfecto, único e infinito, no puede ser demostrada por la razón filosófica. Solo la fe nos permite conocer con certeza que existe ese ser supremo y único. Lo que la razón puede alcanzar, y solo con argumentos probables, es la existencia de una primera causa conservadora de este mundo concreto, pero eso no equivale a demostrar la existencia de Dios en el sentido pleno del término.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
El texto presenta tres argumentos. Primero, la unicidad de Dios no es demostrable: aunque se pruebe que existe un ser conservante en este mundo, no podemos excluir la posibilidad de que existan otros mundos con sus propias causas primeras independientes, así que no hay manera de probar que solo hay un Dios. Segundo, probar que hay una primera causa eficiente más perfecta que sus efectos no equivale a probar que existe un ser superior a todos los demás seres, porque para eso habría que demostrar previamente que todo otro ser es efecto de una sola y misma causa, lo cual no se puede hacer. Tercero, Copleston introduce una distinción clave: si por «Dios» se entiende solo la primera causa conservadora de este mundo, la razón puede ofrecer argumentos probables a su favor; pero si se entiende lo que normalmente entendemos por «Dios» —el ser supremo, perfecto, único e infinito—, la razón no alcanza a demostrarlo y solo la fe da certeza. Como la segunda acepción es la que se entiende habitualmente, concluye que Ockham no admitía la demostrabilidad de la existencia de Dios.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Tomás de Aquino mantendría una posición diferente. En la Suma de teología (I, q.2, a.2) sostiene que la existencia de Dios sí es demostrable racionalmente. Dos argumentos que justifican su posición: primero, los efectos que encontramos en el mundo dependen necesariamente de una causa, y a partir de ellos podemos remontarnos hasta Dios como causa primera; puesto que todo efecto presupone su causa, la demostración a posteriori es legítima y concluyente. Segundo, la existencia de Dios no es un artículo de fe sino un «preámbulo» de la fe accesible a la razón natural: la fe presupone el conocimiento natural, como la gracia presupone la naturaleza, lo que significa que la razón tiene capacidad suficiente para alcanzar por sí misma la certeza de que Dios existe.
Comenzaré por advertir que hay un absurdo evidente en la pretensión de demostrar una cuestión de hecho, o de probarla con argumentos a priori. Nada es demostrable, a no ser que lo contrario implique contradicción. Nada que sea concebible distintamente, implica contradicción. Todo lo que podemos concebir como existente, podemos también concebirlo como inexistente. No hay, por lo tanto, ningún ser cuya inexistencia implique contradicción. En consecuencia, no hay ningún ser cuya existencia sea demostrable. Propongo este argumento como enteramente decisivo, y estoy dispuesto a que la controversia entera dependa de él.
Se pretende que la Deidad es un ser necesariamente existente, y se trata de explicar esa necesidad de su existencia, afirmando que, si conociéramos en su integridad su esencia o naturaleza, nos daríamos cuenta de que le es tan imposible no existir como que dos veces dos no sean cuatro. Mas es evidente que, mientras nuestras facultades permanezcan en el estado presente, eso jamás ocurrirá. En cambio, en todo tiempo nos será posible concebir la inexistencia de aquello que con anterioridad concebimos como existente, y jamás puede la mente ser constreñida por la necesidad de suponer que algún objeto siempre permanezca siendo; de la misma manera como es constreñida por la necesidad de concebir siempre que dos veces dos son cuatro. Así pues, las palabras existencia necesaria, carecen de sentido, o, lo que es lo mismo, no tienen ninguno que sea congruente.
Hume, D. (1942). Diálogos sobre la religión natural. El Colegio de México (trad. E. O’Gorman), Parte IX, pp. 103-104.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si es posible demostrar la existencia de Dios mediante argumentos racionales a priori.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Hume sostiene que no existe ningún ser cuya existencia pueda ser demostrada, y que la expresión «existencia necesaria» carece de sentido. No se puede demostrar una cuestión de hecho (como la existencia de algo) con argumentos a priori, porque la demostración exigiría que la negación de esa existencia implicase una contradicción, y no hay ningún ser cuya inexistencia sea contradictoria.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
El argumento se construye como una cadena deductiva en cuatro pasos. Primero, establece una premisa lógica: solo es demostrable aquello cuyo contrario implica contradicción. Segundo, aplica esta premisa a la existencia: todo lo que podemos concebir como existente podemos también concebirlo como inexistente sin incurrir en ninguna contradicción. Tercero, extrae la conclusión: puesto que no hay ningún ser cuya inexistencia sea contradictoria, no hay ningún ser cuya existencia sea demostrable. Cuarto, aplica esta conclusión al caso de Dios: quienes afirman que Dios es un ser necesariamente existente dicen que, si conociéramos por completo su esencia, veríamos que no puede no existir, igual que dos por dos no pueden no ser cuatro. Pero Hume replica que nuestra mente puede siempre concebir la inexistencia de cualquier cosa que previamente concibió como existente, mientras que no puede concebir que dos por dos no sean cuatro. Existir no funciona como una verdad matemática, así que «existencia necesaria» es una expresión vacía.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Anselmo de Canterbury mantendría una posición diferente. En el Proslogion defiende exactamente lo que Hume niega: que la existencia de Dios puede demostrarse a priori partiendo de su concepto. Dos argumentos que justifican su posición: primero, define a Dios como «algo mayor que lo cual nada puede ser pensado» y argumenta que existir en la realidad es mayor que existir solo en el entendimiento; por tanto, si Dios existiese solo en el entendimiento, se podría pensar que existiese también en la realidad, lo cual es mayor, y eso contradice la definición; esa contradicción prueba que Dios necesariamente existe. Segundo, a diferencia de lo que Hume afirma, la inexistencia de Dios sí implica una contradicción específica: al negar la existencia de «algo mayor que lo cual nada puede ser pensado» estamos diciendo que lo mayor pensable no es lo mayor pensable, lo cual es contradictorio en sus propios términos.
Evidentemente, «ser» no es un predicado real, es decir, el concepto de algo que pueda añadirse al concepto de una cosa. Es simplemente la posición de una cosa o de ciertas determinaciones en sí. En su uso lógico no es más que la cópula de un juicio. La proposición «Dios es omnipotente» contiene dos conceptos que poseen sus objetos: «Dios» y «omnipotencia». La partícula «es» no es un predicado más, sino aquello que relaciona sujeto y predicado. Si tomo el sujeto («Dios») con todos sus predicados (entre los que se halla también la «omnipotencia») y digo «Dios es», o «Hay un Dios», no añado nada nuevo al concepto de Dios, sino que pongo el sujeto en sí mismo con todos sus predicados, y lo hago relacionando el objeto con mi concepto. Ambos deben poseer exactamente el mismo contenido. Nada puede añadirse, pues, al concepto, que sólo expresa la posibilidad, por el hecho de concebir su objeto como absolutamente dado. De este modo, lo real no contiene más que lo posible. Cien táleros reales no poseen en absoluto mayor contenido que cien táleros posibles. […] Desde el punto de vista de mi situación financiera, en cambio, cien táleros reales son más que cien táleros en el mero concepto de los mismos, ya que, en el caso de ser real, el objeto no sólo está contenido analíticamente en mi concepto, sino que se añade sintéticamente a tal concepto, sin que los mencionados cien táleros queden aumentados en absoluto en virtud de esa existencia fuera de mi concepto.
Por consiguiente, cuando concibo una cosa mediante predicados, cualesquiera que sean su clase y su número (incluso en la completa determinación), nada se añade a ella por el hecho de decir que es.
Kant, I. (2005). Crítica de la razón pura. Taurus (trad. P. Ribas), pp. 368-369.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si la existencia de Dios puede deducirse a partir de su concepto como ser perfectísimo.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Kant sostiene que la existencia no es un predicado real, es decir, no es una propiedad que se pueda añadir al concepto de una cosa para ampliar su contenido. Decir «Dios existe» no añade nada nuevo al concepto de Dios, sino que simplemente pone (afirma) el sujeto con todos sus predicados. Por tanto, del concepto de Dios como ser perfectísimo no se puede deducir su existencia real, y la prueba ontológica es inválida.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Kant desarrolla dos argumentos principales. El primero es lógico-gramatical: «ser» o «es» no funciona como un predicado que se añade al sujeto, sino como la cópula que relaciona el sujeto con sus predicados en un juicio. Cuando digo «Dios es omnipotente», la palabra «es» conecta dos conceptos pero no añade una propiedad nueva. Y cuando digo «Dios es» (existe), tampoco añado nada al concepto, sino que afirmo la posición del sujeto con todos sus predicados ya contenidos en él: lo real no contiene más que lo posible. El segundo argumento es el ejemplo de los cien táleros: cien táleros reales no contienen más propiedades que cien táleros meramente posibles. El concepto es exactamente el mismo, tenga el objeto existencia real o no. La diferencia está en la relación con mi estado: cien táleros reales afectan a mi situación financiera, los posibles no, pero el concepto no queda aumentado ni enriquecido por esa existencia fuera de él. De la misma manera, añadir «existe» al concepto de Dios no amplía ni enriquece ese concepto y no constituye ninguna demostración.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Anselmo de Canterbury mantendría una posición diferente. En el Proslogion sostiene precisamente lo que Kant niega: que la existencia se sigue necesariamente del concepto de Dios. Dos argumentos que justifican su posición: primero, define a Dios como «algo mayor que lo cual nada puede ser pensado» y argumenta que existir en la realidad es mayor que existir solo en el entendimiento, de modo que un ser que existe es mayor que un ser idéntico que no existe; la existencia sí añade algo al concepto, al menos en este caso único. Segundo, si Dios existiese solo en el entendimiento, se podría pensar que existiese también en la realidad, lo cual es mayor; pero entonces lo mayor pensable no sería lo mayor pensable, lo que contradice la definición; esa contradicción obliga a admitir que Dios existe tanto en la inteligencia como en la realidad, y por tanto la existencia de Dios no es una mera posición del sujeto sino una consecuencia lógica de su concepto.
La cuestión de la existencia de Dios es una cuestión amplia y seria, y si yo intentase tratarla del modo adecuado, tendría que retenerles aquí hasta el Día del Juicio, por lo que deben excusarme por tratarla en forma resumida. […] Quizás el más fácil y sencillo de comprender es el argumento de la Primera Causa. Mantiene que todo cuanto vemos en este mundo tiene una causa, y que al ir profundizando en la cadena de las causas llegamos a una Primera Causa, y que a esa Primera Causa le damos el nombre de Dios.
Ese argumento, supongo, no tiene mucho peso en la actualidad, porque, en primer lugar, causa no es ya lo que solía ser. Los filósofos y los hombres de ciencia han estudiado la causa y ésta ya no posee la vitalidad que tenía; pero, aparte de eso, se ve que el argumento de que tiene que haber una Primera Causa no encierra ninguna validez. Puedo decirles que cuando era joven y debatía muy seriamente estas cuestiones en mi mente, había aceptado el argumento de la Primera Causa, hasta el día en que, a los 18 años, leí la Autobiografía de John Stuart Mill, y hallé allí esta frase: «Mi padre me enseñó que la pregunta ‘¿Quién me hizo?’ no puede responderse, ya que inmediatamente sugiere la pregunta ‘¿Quién hizo a Dios?’». Esa sencilla frase me mostró, como aún pienso, la falacia del argumento de la Primera Causa. Si todo tiene que tener alguna causa, entonces Dios debe tener una causa; y si puede haber algo sin causa, igual puede ser el mundo que Dios, por lo cual no hay validez en ese argumento. Es exactamente de la misma naturaleza que la opinión hindú de que el mundo descansaba sobre un elefante, y el elefante sobre una tortuga; y, cuando le dijeron «¿Y la tortuga?», el indio dijo: «¿Y si cambiásemos de tema?» El argumento no es realmente mejor que ése. No hay razón por la cual el mundo no pudo haber nacido sin causa; tampoco, por el contrario, hay razón de que hubiera existido siempre. No hay razón para suponer que el mundo haya tenido un comienzo. La idea de que las cosas tienen que tener un principio se debe realmente a la pobreza de nuestra imaginación.
Russell, B. (1979). Por qué no soy cristiano. Edhasa (trad. J. Martínez Alinari), pp. 10-11.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si el argumento de la primera causa constituye una demostración racional válida de la existencia de Dios.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Russell sostiene que el argumento de la primera causa no tiene ninguna validez como demostración de la existencia de Dios. El argumento se refuta a sí mismo: si todo necesita una causa, entonces Dios también la necesita; y si puede haber algo sin causa, ese algo puede ser el mundo mismo en lugar de Dios, con lo cual la hipótesis de Dios resulta innecesaria. No hay razón para suponer que el mundo haya tenido un comienzo ni para detener arbitrariamente la cadena causal en un punto al que llamamos «Dios».
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
Russell emplea un argumento central en forma de dilema: o bien todo tiene una causa, o bien no todo la tiene. Si todo tiene una causa, entonces Dios también debe tener una, y el argumento no se detiene en Dios sino que exige una causa de Dios, y una causa de la causa de Dios, y así infinitamente. Si en cambio puede haber algo sin causa, entonces no hay razón para que ese algo sea Dios y no el propio mundo: el mundo podría existir sin causa con el mismo derecho que Dios. En ambos casos, la conclusión «luego Dios existe» no se sostiene. Russell refuerza este razonamiento con dos recursos. Primero, cita la frase que leyó a los 18 años en la autobiografía de John Stuart Mill: «Mi padre me enseñó que la pregunta «¿Quién me hizo?» no puede responderse, ya que inmediatamente sugiere la pregunta «¿Quién hizo a Dios?»». Segundo, utiliza la analogía hindú del elefante y la tortuga: detener la cadena de explicaciones en Dios es tan arbitrario como detenerla en la tortuga. Finalmente, añade que la idea de que el mundo necesita un principio no es un requisito lógico sino un defecto de nuestra imaginación.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Leibniz mantendría una posición diferente. En la Monadología defiende la validez del argumento cosmológico que Russell rechaza. Dos argumentos que justifican su posición: primero, el principio de razón suficiente establece que nada existe sin una razón de ser, y la cadena de cosas contingentes, por infinita que sea, sigue siendo contingente en su totalidad y necesita una razón suficiente fuera de ella; esa razón última solo puede estar en una sustancia necesaria que contenga en sí misma la razón de su propia existencia, que es lo que llamamos Dios. Segundo, Dios no necesita una causa exterior (como Russell objeta) porque no es contingente sino necesario: a diferencia de las cosas del mundo, que podrían no existir, Dios existe por su propia naturaleza y contiene en sí la razón de su existencia, de modo que preguntar «¿Quién hizo a Dios?» es una pregunta mal planteada que confunde lo contingente con lo necesario.
Disertación filosófica
PROPUESTA DE TEMA
¿Es posible demostrar racionalmente la existencia de Dios?
CÓMO HACER UNA DISERTACIÓN FILOSÓFICA
La disertación filosófica es un texto argumentativo en el que defiendes una posición razonada ante una pregunta filosófica. No se trata de dar tu opinión sin más, sino de construir una respuesta fundamentada en argumentos, apoyada en lo que han dicho los filósofos y capaz de considerar posiciones contrarias a la tuya. La finalidad de una disertación es llegar a una verdad lo más objetiva posible, esto es, que pueda ser compartida por todo ser racional. Todos los argumentos, estés personalmente de acuerdo o en desacuerdo con ellos, deben ser expuestos con el máximo rigor y fuerza. La extensión debe estar entre 1200 y 1600 palabras.
I. TRABAJO PREVIO
Paso 1: Elige la pregunta que más te interese
Elige la pregunta sobre la que tengas una opinión más clara, la que te resulte más cercana o la que te provoque más curiosidad. Si tienes una opinión fuerte sobre ella, aunque sea en contra, eso es buena señal: significa que tienes algo que decir. Ve a lo más cercano y sencillo para ti. La complejidad la encontrarás según profundices.
Paso 2: Busca las posibles interpretaciones
Las preguntas filosóficas contienen conceptos que pueden entenderse de varias maneras. Identifica las palabras clave y pregúntate qué pueden significar. Cada significado diferente produce una interpretación distinta de la pregunta.
Por ejemplo, la pregunta ¿Es la fe incompatible con la razón? admite al menos tres interpretaciones:
- Interpretación A: ¿Se contradicen los contenidos de la fe y los de la razón, de modo que aceptar unos obligue a rechazar los otros?
- Interpretación B: ¿Son incompatibles sus métodos, puesto que la fe acepta sin pruebas aquello que la razón exige demostrar?
- Interpretación C: ¿Ocupan ambas el mismo terreno, o responden a preguntas distintas que no llegan a cruzarse?
💡 Tip: Si no se te ocurren varias interpretaciones, prueba a cambiar una palabra clave por un sinónimo: no es lo mismo ¿es la fe incompatible con la razón? que ¿puede creerse algo sin pruebas? o ¿son la fe y la ciencia rivales? o ¿exige la fe renunciar a pensar?
Paso 3: Piensa en las implicaciones y elige una interpretación
Cada interpretación tiene implicaciones distintas. Pregúntate: si respondiera que sí, ¿qué se seguiría de ello? ¿Y si respondiera que no? La interpretación más interesante suele ser la que tiene las implicaciones más profundas.
Por ejemplo:
- Si los contenidos se contradicen (A), habría que elegir entre creer y pensar, y millones de personas cultas estarían viviendo en una contradicción permanente sin advertirlo. Pero si no se contradicen, quedaría por explicar de dónde procede la impresión de conflicto.
- Si lo incompatible son los métodos (B), la fe sería irracional por definición, aunque sus contenidos fueran verdaderos, y habría que decidir si aceptar algo sin pruebas es siempre un defecto.
- Si responden a preguntas distintas (C), el conflicto sería aparente y nacería de invadir cada una el terreno de la otra; pero entonces habría que trazar esa frontera con precisión, y decir qué ocurre cuando ambas se pronuncian sobre lo mismo.
Ahora elige la interpretación que te parezca más relevante y explica por qué las otras lo son menos. Sé coherente: sería contradictorio argumentar que la A es la más importante y luego trabajar con la C. Las implicaciones te ayudan a decidir: la interpretación que más cosas pone en juego suele ser la mejor para una disertación.
Paso 4: Formula tu tesis
Escribe en una frase la respuesta que vas a defender. Debe ser clara, concreta y discutible: alguien razonable debería poder estar en desacuerdo con ella. La tesis no contiene argumentos: eso viene después. Puede llevar matices y condiciones (pero, aunque, cuando), pero no justificaciones: si tu tesis lleva un «porque», ese «porque» es tu primer argumento, y su sitio es el desarrollo.
Ejemplos de buenas tesis:
- La fe no es incompatible con la razón, pero sí lo es con la exigencia de demostración: creer y demostrar son operaciones distintas que solo entran en conflicto cuando una invade el terreno de la otra.
- La fe es incompatible con la razón, aunque sus contenidos no se contradigan: lo incompatible son sus métodos.
Ejemplos de malas tesis:
- La religión es un tema complicado. Demasiado vago.
- Muchos filósofos han sido creyentes y otros no. No responde a la pregunta.
- Cada uno puede creer lo que quiera. No tiene en cuenta ninguna objeción.
💡 Tip: A medida que investigas puede que descubras que tu tesis inicial era incorrecta. Puedes modificarla o reflejar en la conclusión por qué has cambiado de opinión. Una disertación se escribe para llegar a una verdad, no para demostrar que tenemos razón.
Paso 5: Busca argumentos y trabaja con las fuentes
Lee los textos de la pestaña de Práctica y los libros disponibles de la bibliografía buscando argumentos a favor y en contra de tu tesis. Para cada argumento que encuentres, anota:
- La idea principal, con tus propias palabras.
- La referencia completa: autor, año, título y página.
- Tu reacción: ¿estás de acuerdo?, ¿se te ocurre una objeción?, ¿te recuerda a otro autor?
Cómo citar. Hay cuatro formas:
Cita directa narrativa. Usa esta opción para dar importancia y protagonismo al pensador en tu texto. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. El año va inmediatamente después de su nombre.
Ejemplo: Anselmo de Canterbury (2009) sostuvo que Dios es «aquello mayor que lo cual nada puede pensarse» (p. 101).
Cita directa parentética. Usa esta opción cuando quieres que el lector se concentre primero en la idea. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. Los datos del autor quedan en segundo plano al final de la frase.
Ejemplo: El argumento parte de una definición y no de la experiencia, pues basta con entender que Dios es «aquello mayor que lo cual nada puede pensarse» para que la conclusión se siga (Anselmo de Canterbury, 2009, p. 101).
Cita indirecta narrativa. Explicas la idea con tus propias palabras, pero introduces la frase mencionando directamente al autor.
Ejemplo: Anselmo de Canterbury (2009) argumenta que aquello mayor que lo cual nada puede pensarse no puede existir solo en el entendimiento, porque entonces cabría pensar algo mayor todavía: lo mismo, pero existiendo también en la realidad (pp. 101-102).
Cita indirecta parentética. Explicas la idea con tus propias palabras y colocas toda la información de la fuente junta al cerrar el punto.
Ejemplo: Si lo máximo pensable existiera únicamente en la mente, sería posible concebir algo superior a ello, a saber, eso mismo existiendo también fuera de la mente, lo cual resulta contradictorio (Anselmo de Canterbury, 2009, pp. 101-102).
En todos los casos, después de la cita hay que explicar qué quiere decir el autor y relacionarla con tu argumento. Una cita sin explicación no demuestra nada.
💡 Tip: Cita con año y página la primera vez que atribuyes una idea a un autor. Después, si solo recuerdas o resumes algo que ya has citado antes (por ejemplo, en la valoración o en la conclusión), basta con nombrarlo: «como muestra Copleston…». Repetir el año y la página cada vez que aparece un apellido no es más riguroso, solo más pesado. La regla es sencilla: idea nueva, cita completa; idea ya citada, solo el apellido.
📌 Novedad: en las disertaciones de este tema y de los siguientes, debes identificar la forma lógica de al menos uno de tus argumentos. Más abajo, en la sección de Redacción, se explica cómo hacerlo.
Paso 6: Haz un esquema
Antes de redactar, escribe en tu cuaderno un esquema con la introducción (interpretaciones, implicaciones, elección razonada, tesis), los argumentos a favor y en contra con sus citas, la valoración, la delimitación de tu tesis y la conclusión. Este esquema es tu hoja de ruta.
II. REDACCIÓN
Estructura de la disertación
Introducción (aprox. 15% del texto). Consta de dos partes:
- Primer párrafo: presenta el problema con un gancho que atraiga al lector (una imagen, una paradoja, un dato, una experiencia), despliega las interpretaciones posibles con sus implicaciones, justifica cuál es la más relevante y termina reformulando la pregunta tal como vas a responderla. Esa formulación final es importante: tu conclusión tendrá que responder exactamente a ella.
- Segundo párrafo: formula tu tesis de forma clara y concreta.
💡 Tip: el gancho es el lugar más fácil para colocar un ejemplo propio, y los ejemplos propios puntúan en la rúbrica. Una anécdota, un caso real o una experiencia tuya que plantee el problema vale más que empezar directamente con un filósofo. Además, empezar por algo tuyo es más fácil que empezar por Kant.
Desarrollo (aprox. 70% del texto). Aquí hay dos formas de trabajar:
- Estructura básica, para quien necesita un guion claro:
- Argumentos a favor de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado con ejemplos y una cita explicada.
- Argumentos en contra de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado también con ejemplos y una cita explicada. No los debilites a propósito: expónlos con el mismo rigor que los tuyos.
- Valoración: compara ambos lados, señala las fortalezas y las debilidades de cada uno, y explica cuáles pesan más y por qué.
Con esta estructura, hecha correctamente, puedes llegar al nivel notable.
- Estructura dialéctica, para quien quiere ir más allá:
En lugar de separar los argumentos en dos bloques, construye una conversación entre posiciones. Los argumentos se responden entre sí, se señalan sus límites sobre la marcha y el pensamiento progresa. No hay un bloque a favor y un bloque en contra: hay un recorrido en el que cada paso surge del anterior.
Por ejemplo, en lugar de escribir:
Argumento a favor 1: Tomás de Aquino distingue verdades accesibles a la razón y verdades reveladas.
Argumento a favor 2: Copleston recuerda que Ockham separó los dos terrenos sin oponerlos.
Argumento en contra 1: Kant niega que la razón pueda demostrar nada sobre Dios…
Argumento en contra 2: Hume sostiene que las pruebas racionales de la existencia de Dios no resisten el examen…
Podrías escribir:
Tomás de Aquino sostiene que la razón puede llegar hasta cierto punto y que la revelación continúa el camino. Kant objeta que la razón no llega siquiera hasta ese punto, porque sus pruebas sobre Dios rebasan los límites de toda experiencia posible. Ahora bien, la objeción de Kant, si es correcta, no destruye la fe: la libera de una tarea que nunca le correspondió…
Esta estructura es más exigente pero produce disertaciones mucho más ricas.
Herramientas para trabajar los argumentos
Estas cuatro operaciones sirven para manejar cualquier argumento, sea tuyo o de la posición contraria. No hay que usarlas todas ni en todas las disertaciones: son ayudas para cuando no sepas cómo seguir. Las dos primeras te servirán en cualquier estructura. Las dos últimas, acotar e invertir, son las que hacen posible la estructura dialéctica: sin ellas, los argumentos no pueden responderse entre sí.
Conceder. Reconocer lo que un argumento tiene de razón antes de responderle. Se escribe con fórmulas como «esta objeción es seria, porque…» o «hay algo verdadero en esta idea». Parece una debilidad y es lo contrario: quien reconoce la fuerza del contrario y aun así le responde resulta mucho más convincente que quien finge que el contrario no decía nada. Lo opuesto es una falacia, el hombre de paja: debilitar la posición contraria para vencerla con facilidad. Ten presente que en la rúbrica el hombre de paja puntúa cero en honestidad intelectual: si la posición contraria queda ridícula en tu texto, es casi seguro que la has caricaturizado.
Buscar un contraejemplo. Si un argumento afirma algo con «todos», «siempre» o «nunca», un solo caso contrario lo derriba. Si alguien dice «todos los profesores mandan deberes» y encuentras uno que no manda, la afirmación era falsa. Cuidado: contra «la mayoría de los profesores mandan deberes» un caso contrario no prueba nada, porque esa afirmación ya contaba con las excepciones. Esta herramienta no siempre podrá usarse, y no pasa nada: solo funciona con afirmaciones universales.
Acotar. Aceptar que un argumento prueba algo y mostrar hasta dónde llega de verdad: «tienes razón, pero no tanta». La manera habitual de acotar es distinguir: separar dos cosas que estaban mezcladas y mostrar que el argumento vale para una pero no para la otra. La distinción puede ser de grado (los videojuegos no son malos; jugar demasiado, sí) o de aspecto (que todos los ladrillos de un edificio vengan de la fábrica no significa que el plano del edificio venga de ella). Acotar sirve también con tu propia tesis: decir bajo qué condiciones se sostiene, o qué casos no resuelve, puntúa en la rúbrica.
Invertir. Mostrar que un argumento, bien entendido, prueba lo contrario de lo que pretendía. Quien afirma que la filosofía no sirve para nada está defendiendo una tesis filosófica, así que necesita la filosofía para atacarla. Es la herramienta más espectacular cuando funciona y la más ridícula cuando se fuerza: úsala solo si la inversión es real.
💡 Tip: existen más herramientas (el experimento mental, la reducción al absurdo, el dilema, la autorrefutación) explicadas con ejemplos en la página de Técnicas argumentales.
Cómo comprobar tu desarrollo
Muchas disertaciones parecen dialécticas y son una lista disfrazada. Hay dos pruebas para comprobarlo antes de entregar.
La prueba del orden. Coge dos argumentos que estén del mismo lado (dos a favor, o dos en contra) e imagina que los intercambias. ¿Se entiende igual? Si sí, están yuxtapuestos: cada uno va por su cuenta, como en una lista. Si no, porque el segundo se apoyaba en el primero o respondía a una objeción que este había dejado abierta, hay una cadena. En una estructura dialéctica de verdad, casi ningún párrafo del desarrollo puede moverse sin romper algo.
La prueba de los conectores. Mira con qué palabras empieza cada párrafo del desarrollo. Los conectores de suma (además, por otra parte, también, en segundo lugar) indican que estás añadiendo: es una lista. Los conectores de respuesta (ahora bien, sin embargo, contra esto cabe objetar, conviene distinguir) indican que estás contestando a lo anterior: es una cadena.
Si todos tus párrafos empiezan con conectores de suma, tu texto es una lista, por muchos autores que cites. Y no se arregla cambiando las palabras: hay que cambiar lo que hacen los párrafos.
Sobre la forma lógica
En tu disertación, al menos uno de los argumentos que utilices debe ir acompañado de la identificación explícita de su forma lógica. Las formas más habituales son el modus ponens (si P entonces Q; P; luego Q), el modus tollens (si P entonces Q; no Q; luego no P) y el silogismo disyuntivo (P o Q; no P; luego Q).
Para hacerlo, escribe el argumento en prosa normal y añade a continuación una frase que nombre la forma lógica y muestre su estructura aplicada a ese argumento concreto. Por ejemplo:
Si la fe y la razón se contradijeran en sus contenidos, no podría haber pensadores que dominaran la razón y sostuvieran a la vez una fe. Pero los ha habido, y en gran número. Luego la fe y la razón no se contradicen en sus contenidos. Este argumento sigue la forma de un modus tollens.
Debe quedar integrado en la prosa, no entre paréntesis ni en un esquema aparte: la forma lógica sirve para exhibir la estructura de un razonamiento que ya era bueno, no para disfrazar uno que no lo era.
Conclusión (aprox. 15% del texto). Debe hacer tres cosas:
- Responder a la pregunta tal como la reformulaste al final de la introducción, explicando si te reafirmas en la tesis o si cambias de postura, y qué argumentos han pesado más.
- Delimitar tu tesis: bajo qué condiciones se sostiene, qué casos no resuelve, o qué tendría que ocurrir para que dejara de ser válida. Ninguna tesis lo explica todo, y precisarlo no la debilita: la hace más fuerte. La rúbrica lo premia dentro de la honestidad intelectual.
- Señalar las consecuencias o implicaciones para el mundo actual.
💡 Tip: Las mejores conclusiones vuelven al principio y cierran el círculo. Si abriste con una imagen, una pregunta o un dato sorprendente, retómalo aquí y muestra cómo tu argumentación le ha dado un sentido nuevo.
Bibliografía. Al final del texto, tras la conclusión, incluye una lista de las obras que has citado. No cuenta para el límite de palabras. El formato es el siguiente:
- Apellido, N. (año). Título de la obra (trad. N. Apellido). Editorial.
Por ejemplo:
- Anselmo de Canterbury (2009). Proslogion (trad. J. Alameda). Tecnos.
- Kant, I. (2005). Crítica de la razón pura (trad. P. Ribas). Taurus.
Consejos de redacción
- Busca una apertura que enganche: una imagen, una paradoja, un dato sorprendente, una pregunta provocadora, una experiencia personal.
- Haz frases cortas y claras. Evita las subordinadas en cadena.
- Busca las palabras exactas. Evita afirmaciones vagas.
- Los ejemplos que puntúan como propios son los que no aparecen ni en los textos de práctica ni en clase: de tu experiencia, de la actualidad, de la naturaleza, de la cultura. Un buen ejemplo propio no solo adorna: si al quitarlo el argumento pierde fuerza, es que estaba haciendo trabajo de verdad. Esa es la diferencia que la rúbrica premia.
- Una cita sola, sin explicación, no demuestra nada. Explica siempre qué quiere decir el autor y por qué es relevante para tu argumento.
- Un argumento no es una frase. Requiere desarrollo, ejemplo y, si puede ser, una cita explicada.
- Reserva la primera persona para la tesis y la conclusión. En el desarrollo, expón los argumentos de forma impersonal.
Fases de escritura
Producción. Escribe todas las ideas sin preocuparte por el orden ni la corrección. El objetivo es sacar todo lo que tienes en la cabeza.
Edición. Ordena las ideas, redacta los párrafos, integra las citas con su explicación, conecta los argumentos entre sí.
Revisión. Lee el texto completo: ¿se entiende la tesis?, ¿los argumentos la sostienen?, ¿las citas están explicadas?, ¿la conclusión responde a la pregunta y delimita la tesis? Aplica la prueba del orden y la de los conectores. Comprueba la ortografía, cuenta las palabras y pasa a limpio.
Ejemplo de disertación
La siguiente disertación es un ejemplo de cómo aplicar los pasos anteriores. No es un modelo perfecto: es un ejemplo de trabajo bien hecho que puedes usar como referencia.
¿Es la fe incompatible con la razón?
Una persona creyente cuyo hijo enferma reza por él y, acto seguido, lo lleva al hospital y confía en la medicina. No parece advertir ninguna contradicción entre ambas cosas, y sin embargo un observador podría señalarla: si de verdad confía en la oración, ¿para qué el hospital?, y si confía en el hospital, ¿para qué la oración? Sin embargo, la escena es tan común que la sospecha de contradicción quizá diga más sobre nuestra manera de plantear el problema que sobre la conducta de esa persona. La pregunta «¿es la fe incompatible con la razón?» admite varias lecturas. Puede referirse a si sus contenidos se contradicen, de modo que aceptar unos obligue a rechazar los otros: si es así, habría que elegir entre creer y pensar. Puede referirse a si lo incompatible son los métodos, puesto que la fe acepta sin pruebas lo que la razón exige demostrar: si es así, la fe sería irracional por definición, aunque sus contenidos fueran verdaderos. O puede referirse a si ambas ocupan el mismo terreno o responden a preguntas distintas: si responden a preguntas distintas, el conflicto sería aparente y nacería de invadir cada una el ámbito de la otra. Esta tercera lectura es la más fecunda, porque las dos primeras dan por supuesto que fe y razón compiten por el mismo objeto, y ese supuesto es precisamente lo que conviene examinar. La pregunta, entonces, es esta: ¿se enfrentan la fe y la razón porque digan cosas incompatibles, o porque hemos confundido aquello de lo que cada una se ocupa?
La tesis que defenderé es que la fe no es incompatible con la razón, pero sí lo es con la exigencia de demostración: creer y demostrar son operaciones distintas, y solo entran en conflicto cuando una invade el terreno de la otra.
La posición clásica sobre esta cuestión es la de Tomás de Aquino, y conviene exponerla con precisión porque es más matizada de lo que suele creerse. Sostiene que hay verdades accesibles a la razón natural y verdades que solo la revelación puede ofrecer, y que entre unas y otras no puede haber contradicción, puesto que ambas proceden de la misma fuente (1994, pp. 109-110). La razón demostraría la existencia de Dios a partir de sus efectos en el mundo, mientras que aquello que Dios sea en sí mismo excedería su alcance. Se trata de una división del trabajo, no de una rivalidad: la razón conduce hasta el umbral y la fe cruza la puerta.
Contra esta posición se levanta la objeción decisiva, y conviene darle toda su fuerza. Kant (2005) sostiene que la razón no puede demostrar nada acerca de Dios, porque todas sus pruebas rebasan los límites de la experiencia posible, que es el único terreno donde nuestros conceptos tienen aplicación legítima (pp. 368-369). Su crítica al argumento ontológico ilustra el punto con claridad. Si ese argumento fuera válido, la existencia tendría que ser una propiedad que se añade a un concepto, como el color o el tamaño; pero la existencia no añade nada al concepto: cien monedas reales no contienen ni una moneda más que cien monedas imaginadas, solo que unas están y otras no. Luego el argumento ontológico no es válido. Este razonamiento sigue la forma de un modus tollens. Y si la razón no puede demostrar la existencia de Dios, entonces la construcción de Tomás de Aquino pierde su primer piso, porque la razón ya no conduce a ningún umbral.
Hume (1942) refuerza esta objeción desde el análisis de las pruebas concretas. Frente al argumento que infiere un diseñador a partir del orden del mundo, observa que la inferencia solo funcionaría si tuviéramos experiencia de otros mundos y supiéramos cómo se originan, y no la tenemos: de un único caso no cabe extraer ninguna regla (pp. 103-104). La conclusión conjunta de Kant y Hume parece devastadora para el creyente: si la razón no puede probar nada, la fe queda sin fundamento racional alguno.
Ahora bien, esta conclusión solo se sigue si se acepta una premisa que conviene sacar a la luz: que la fe necesita el respaldo de una demostración para ser legítima. Y esa premisa es discutible, porque confunde dos cosas distintas. Una es afirmar que la fe puede demostrarse, y otra muy distinta afirmar que la fe es contraria a la razón. Lo primero es lo que Kant refuta; lo segundo no se sigue de ello. Que algo no pueda demostrarse no significa que sea irracional: nadie demuestra que merece la pena vivir, ni que las personas que ama existen fuera de su percepción, y sin embargo no llamamos irracional a quien lo cree. La demostración es una operación de la razón, pero no la única.
Copleston (1994) documenta que esta distinción no es una invención moderna, sino que la tradición medieval tardía la formuló con notable claridad. Ockham sostuvo que las verdades de fe no son demostrables por la razón natural, y sin embargo no concluyó de ahí que fueran absurdas: concluyó que pertenecen a un orden distinto, en el que se aceptan por autoridad y no por prueba (pp. 89-90). Lo relevante de esta posición es que procede de un creyente, no de un crítico de la religión, y que coincide con Kant en lo esencial. Ambos niegan que la razón pueda demostrar los contenidos de la fe. Difieren únicamente en lo que de ello se sigue.
Se podría objetar que aceptar algo sin pruebas es, precisamente, la definición de irracionalidad, y que llamarlo «otro orden» es una manera elegante de eludir la exigencia de justificar lo que se afirma. La objeción es seria y no puede despacharse. Pero conviene señalar que, llevada hasta el final, arrastra consigo mucho más de lo que pretende. Nadie puede demostrar que el futuro se parecerá al pasado, y sin embargo todos actuamos como si así fuera; nadie demuestra los principios de los que parten sus demostraciones, porque entonces harían falta otros principios anteriores, y así indefinidamente. Toda cadena de razones descansa al final en algo que se acepta sin demostrar. Si eso basta para llamar irracional a la fe, habría que llamar irracional también a la ciencia, y el término perdería todo su sentido.
Cabe conceder, sin embargo, que existe una diferencia real entre ambos casos, y no reconocerlo sería deshonesto. Los principios que la ciencia acepta sin demostrar se someten indirectamente a control, porque de ellos se derivan consecuencias que pueden fracasar. La fe, en cambio, no admite ese contraste. Esto no la vuelve irracional, pero sí marca el límite exacto de la tesis que defiendo: la fe es compatible con la razón mientras no pretenda ocupar el lugar de la demostración. Cuando una creencia religiosa se presenta como una explicación científica rival, o cuando pretende decidir cuestiones que la experiencia puede resolver, el conflicto es real y la razón tiene la última palabra.
A la luz de este recorrido, considero que la fe y la razón no son incompatibles, aunque tampoco se apoyen mutuamente del modo que Tomás de Aquino esperaba. El argumento que más peso ha tenido es la distinción entre demostrar y creer, porque permite conceder a Kant y a Hume todo lo que sus críticas prueban, que la razón no puede fundamentar la existencia de Dios, sin aceptar la conclusión que suele extraerse de ellas. Tomás de Aquino acierta al negar que pueda haber contradicción entre verdades, pero se equivoca al confiar demasiado en el alcance de la razón; Kant acierta al fijar sus límites, pero de esos límites no se sigue lo que muchos de sus lectores concluyeron. Esta tesis tiene, con todo, un límite que conviene declarar: presupone que puede trazarse con claridad la frontera entre las preguntas que pertenecen a la demostración y las que no, y esa frontera es discutida caso por caso. Cuando la fe se pronuncia sobre el origen del universo o sobre la historia, ¿está en su terreno o en el de la razón? Mientras esa pregunta no tenga una respuesta general, la tesis defendida indica cómo evitar el conflicto, pero no puede prometer que nunca se produzca. La implicación para el presente es doble y va en las dos direcciones: quien pretende demostrar su fe con argumentos científicos la traiciona, y quien exige a la fe pruebas científicas le pide algo que ella nunca prometió.
La persona que reza y lleva a su hijo al hospital no se contradice. Está haciendo dos cosas distintas, y solo un observador que confunda ambos terrenos verá una contradicción donde hay una división de tareas.
Bibliografía
- Copleston, F. C. (1994). Historia de la filosofía. Vol. III. De Ockham a Suárez (trad. J. C. García Borrón). Ariel.
- Hume, D. (1942). Diálogos sobre la religión natural (trad. E. O’Gorman). El Colegio de México.
- Kant, I. (2005). Crítica de la razón pura (trad. P. Ribas). Taurus.
- Tomás de Aquino (1994). Suma de teología. Vol. I (trad. J. Martorell). BAC.
III. EVALUACIÓN
Rúbrica de evaluación
| Criterio | Deficiente | Aceptable | Notable | Excelente |
|---|---|---|---|---|
| Estructura e introducción hasta 2 puntos |
0,5 pt. Falta alguna parte esencial o la organización resulta confusa. La tesis no aparece con claridad. |
1 pt. Introducción, desarrollo y conclusión reconocibles. La tesis se formula con claridad y se retoma al final. |
1,5 pt. La introducción despliega las interpretaciones de la pregunta con sus implicaciones y justifica cuál se elige. La conclusión añade consecuencias o implicaciones actuales. |
2 pt. Además, la interpretación elegida orienta de principio a fin el desarrollo, y la conclusión responde a la pregunta tal como quedó planteada en la introducción. |
| Argumentación hasta 3,5 puntos |
0,5 pt. Los argumentos apenas se desarrollan. Faltan ejemplos o citas, o estas no se explican. No se consideran posiciones contrarias. |
2 pt. Presenta al menos dos argumentos a favor y dos en contra, cada uno con ejemplos y una cita explicada. Los argumentos se exponen por separado, sin relacionarse entre sí. |
3 pt. Se comparan las posiciones y se señalan las fortalezas y las debilidades de cada una. La valoración final está razonada. |
3,5 pt. Los argumentos se responden entre sí: se concede lo que la posición contraria prueba y se muestra hasta dónde llega, o se invierte a favor de la tesis. La reflexión progresa. Al menos un argumento presenta de forma explícita su forma lógica. |
| Honestidad intelectual hasta 1 punto |
0 pt. La posición contraria se caricaturiza, se presenta en su versión más débil o se le atribuye lo que no dice (hombre de paja). |
0,5 pt. La posición contraria se expone correctamente, aunque de forma escueta. |
0,75 pt. La posición contraria se expone en su versión más fuerte, con el mismo rigor que la propia. |
1 pt. Además, se delimitan las condiciones en que la propia tesis se sostiene, o los casos que no logra resolver. |
| Ejemplos propios hasta 1,5 puntos |
0,25 pt. No usa ejemplos, o solo los que aparecen en los textos de práctica y en clase. |
0,75 pt. Usa algún ejemplo propio, aunque resulte decorativo o poco relacionado con el argumento. |
1 pt. Usa al menos dos ejemplos propios, pertinentes y bien elegidos para el argumento que ilustran. |
1,5 pt. Los ejemplos propios no solo ilustran: hacen avanzar el argumento, porque muestran algo que la cita por sí sola no mostraba. |
| Claridad y precisión expresiva hasta 2 puntos |
0,5 pt. Vocabulario impreciso. Párrafos poco conectados. Frases difíciles de seguir. |
1 pt. Vocabulario sencillo pero adecuado. El texto se entiende correctamente. |
1,5 pt. Vocabulario preciso y uso correcto de los conceptos filosóficos. Los párrafos se enlazan con conectores adecuados y la lectura es fluida. |
2 pt. Expresión rigurosa y matizada. Cada palabra dice exactamente lo que debe decir. Estilo cuidado. |
Nota final: suma de los cinco criterios sobre 10 puntos, menos las penalizaciones. En cada criterio se asigna uno de los cuatro valores de la tabla, sin puntuaciones intermedias.
Sobre la estructura: quien sigue correctamente la estructura básica puede alcanzar el nivel notable. El nivel excelente exige que los argumentos se respondan entre sí, que la reflexión avance más allá de una simple acumulación de ideas y que al menos un argumento presente su forma lógica de manera explícita.
Condiciones de entrega
Si no se cumplen, la disertación no se corrige:
- Entregada en clase, dentro del plazo establecido.
- Escrita a mano, en folios en blanco, con letra legible.
- Al final del texto, tras la bibliografía, debe figurar el número de palabras de la disertación (sin contar la bibliografía).
El recuento forma parte del trabajo: llevarlo durante la redacción es la manera de ajustar la extensión mientras aún se puede corregir.
Penalizaciones
| Concepto | Descuento |
|---|---|
| Extensión (no acumulable: se aplica solo el tramo correspondiente, sobre el número de palabras declarado) Desviación de hasta 100 palabras (1100-1199 o 1601-1700) |
−0,5 |
| Desviación de 100 a 200 palabras (1000-1099 o 1701-1800) | −1 |
| Desviación superior a 200 palabras (menos de 1000 o más de 1800) | −2 |
| Presentación (acumulable hasta un máximo de −1) Sin sangría en la primera línea de cada párrafo |
−0,25 |
| Sin márgenes | −0,25 |
| Tachones o correcciones visibles | −0,5 |
| Ortografía (acumulable, sin límite) Por cada falta de ortografía |
−0,25 |
| Por cada falta de tilde | −0,05 |
Recursos
Bibliografía
Fuentes primarias
- Anselmo de Canterbury (2009). Proslogion (trad. J. Alameda). Tecnos.
- Copleston, F. C. (1994). Historia de la filosofía. Vol. III. De Ockham a Suárez (trad. J. C. García Borrón). Ariel.
- Hume, D. (1942). Diálogos sobre la religión natural (trad. E. O’Gorman). El Colegio de México.
- Kant, I. (2005). Crítica de la razón pura (trad. P. Ribas). Taurus.
- Leibniz, G. W. (1981). Monadología (trad. J. Velarde). Pentalfa.
- Paley, W. (2009). Natural theology. Cambridge University Press.
- Russell, B. (1979). Por qué no soy cristiano (trad. J. Martínez Alinari). Edhasa.
- Tomás de Aquino (1994). Suma de teología. Vol. I (trad. J. Martorell). BAC.
Manuales, historias de la filosofía y obras de referencia
- Almeida, M. J. (2012). Freedom, God, and Worlds. Oxford University Press.
- Beuchot, M. (2013). Historia de la filosofía medieval. FCE.
- Copleston, F. C. (1994). Historia de la filosofía. Vol. II. De San Agustín a Escoto. Ariel.
- Ferrater Mora, J. (1964). Diccionario de filosofía (2 vols.). Sudamericana.
- Gilson, E. (1965). La filosofía en la Edad Media. Gredos.
- Honderich, T. (dir.) (2001). Enciclopedia Oxford de filosofía. Tecnos.
Vídeos
Glosario
GLOSARIO
A posteriori / a priori. Un argumento a posteriori parte de hechos observables (el movimiento, el orden) para remontarse a Dios, como las vías de Tomás; uno a priori parte solo de la razón y el concepto, como el argumento ontológico.
Agnosticismo. Posición según la cual no podemos saber con certeza si Dios existe, por considerar que la cuestión escapa a las posibilidades de la razón humana. Acuñado por Thomas Henry Huxley.
Argumento cosmológico. Argumento a posteriori que, partiendo de la existencia del mundo, concluye que debe haber una causa primera o un ser necesario que lo explique.
Argumento ontológico. Argumento a priori de Anselmo: si Dios es «aquello mayor que lo cual nada puede pensarse», debe existir también en la realidad, porque existir es mayor que no existir. Kant lo rechazó.
Argumento teleológico o del diseño. Argumento a posteriori que, del orden y la finalidad observables en la naturaleza, concluye que debe existir un diseñador inteligente, como en la analogía del relojero de Paley.
Contingente / necesario. Lo contingente existe pero podría no haber existido, y depende de algo externo; lo necesario no puede no existir. Para Tomás y Leibniz, el mundo es contingente y exige un ser necesario, Dios.
Deísmo / teísmo. El deísmo reconoce un dios creador que no interviene en el mundo; el teísmo cree en un Dios personal que actúa en él, responde a plegarias y hace milagros.
Escolástica. Corriente medieval que buscaba hacer comprensible el dogma cristiano con ayuda de la filosofía griega, sobre todo la de Aristóteles. Sus representantes son Anselmo, Tomás y Ockham.
Omnipotencia. Atributo que el teísmo asigna a Dios: la capacidad de hacer todo lo lógicamente posible. Su compatibilidad con la existencia del mal es un problema central de la filosofía de la religión.
Omnisciencia. Atributo que el teísmo asigna a Dios: el conocimiento de todas las cosas, pasadas, presentes y futuras.
Preámbulos de la fe. Expresión de Tomás de Aquino para las verdades, como la existencia de Dios, que son objeto de fe pero también pueden alcanzarse por la razón natural, sin necesidad de revelación.
Razón suficiente (principio de). Principio de Leibniz según el cual nada existe sin una razón que explique por qué es así y no de otro modo, lo que exige una razón última, necesaria, para toda la cadena de seres contingentes.
Quiz
Teoría
EL ATEÍSMO
El ateísmo es la posición filosófica que defiende que Dios no existe. Según el filósofo estadounidense William Rowe (1931-2015) se pueden distinguir tres tipos de ateos: los hostiles, los indiferentes y los amistosos. El ateo hostil es aquel que niega que haya justificación racional para creer que Dios existe. El ateo indiferente no tiene interés en preguntarse si hay alguna justificación racional para creer en la existencia de Dios. El ateo amistoso concede que hay argumentos racionales para creer que Dios existe, pero los considera erróneos o insuficientes.
De entre todos los pensadores que se han declarado ateos, podemos distinguir dos grupos: el ateísmo clásico y el ateísmo contemporáneo.
Por una parte, el ateísmo clásico, representado por Karl Marx (1818-1883), Friedrich Nietzsche (1844-1900) y Sigmund Freud (1856-1939), más que dar argumentos que nieguen la existencia de Dios, lo que hacen es tratar de explicar por qué hay personas que creen en él y cómo tal creencia está dirigida por diferentes instancias políticas, morales, culturales o psicológicas. Por ejemplo, para Marx, Dios es el opio o ideología alienante del pueblo que permite consolarnos y justificar las condiciones políticas y socioeconómicas de injusticia e inhumanidad. Para Nietzsche, Dios es la cristalización de una nada, es decir, una realidad inventada por Sócrates y Platón como respuesta a su cobardía, a su no aceptación de los aspectos amargos y dolorosos de la vida. La moral que construyen así es sustentada por la mala conciencia: la idea de que es preferible la autoculpabilización a la carencia de sentido. Por su parte, Freud apunta que Dios es una ilusión creada por los impulsos inconscientes para satisfacer determinadas necesidades psicológicas.
Representantes del ateísmo contemporáneo o nuevo ateísmo son el biólogo Richard Dawkins (1941- ), el filósofo Daniel Dennett (1942-2024), el escritor Christopher Hitchens (1949-2011) y el filósofo Sam Harris (1967- ), que se enfrentan, sobre todo, a las nuevas corrientes religiosas de los países anglosajones en tanto que entienden la religión y la creencia en Dios como una superstición manipuladora de los individuos hacia el fanatismo, la intolerancia, la guerra, etc. que hay que combatir con críticas racionales y la ciencia en pos del progreso moral. No obstante, su activismo para desterrar las creencias religiosas y promover una secularización absoluta de las culturas humanas parece chocar con el hecho de que el sentimiento religioso es una característica natural humana favorecida por la evolución, según apuntan neuropsicólogos como Adolf Tobeña (1950- ).
ARGUMENTOS EN CONTRA DE LA EXISTENCIA DE DIOS
La mayoría de los argumentos contra la existencia de Dios se basan en señalar la contradicción lógica entre alguna de las características que comúnmente se le atribuyen (omnisciencia, omnipotencia, infinita bondad, libertad perfecta, etc.), para concluir que el propio concepto de Dios es contradictorio. Por ejemplo, si Dios es omnipotente, ¿puede hacer el mal aunque sea infinitamente bueno? Y, si Dios es infinitamente bueno, ¿es libre para hacer el mal o está completamente determinado a hacer el bien? La evidencia del mal en el mundo es la piedra de toque de muchos de estos argumentos. Otros apuntan a las escasas evidencias para defender su existencia.
El problema lógico del mal
El problema lógico del mal consiste en afirmar que las características que normalmente se atribuyen a Dios —omnipotencia, omnisciencia y omnibenevolencia— son incompatibles lógicamente con la existencia del mal en el mundo. Se atribuye su formulación original a Epicuro (341 a. C. – 270 a. C.), aunque su texto no se ha conservado. La primera versión escrita que nos ha llegado es la de Sexto Empírico (160-210), quien argumenta que si Dios existe y cuida del mundo, entonces no existiría el mal. Y si no lo hace o lo hace solo en parte, entonces se pone en duda su bondad o su omnipotencia, lo cual es de impíos. Finalmente, si Dios no interviene en el mundo, no hay razón para afirmar su existencia.
El problema evidencial del mal
El problema del mal tiene una versión, el problema evidencial del mal, que incide en males naturales que parecen difíciles de justificar diciendo que contribuyen a un bien mayor, dado su carácter gratuito o sin sentido, como pueden ser los terremotos, las erupciones volcánicas, los tsunamis, etc. Autores como el estadounidense William Rowe (1931-2015) argumentan que este tipo de males no es que sean incompatibles lógicamente con la existencia de un Dios bueno, pero que sí es razonable pensar que hacen menos probable su existencia.
El problema del sufrimiento animal
Otra versión del problema del mal es la que pone el foco sobre el sufrimiento de los animales no humanos, el cual se considera vano e injustificable. Este tema fue tratado por Charles Darwin (1809-1882), quien explica que el sufrimiento es un hecho evolutivo indudable, pues uno de los mecanismos de la selección natural es la lucha por la supervivencia. Darwin conoce el argumento de que el sufrimiento humano serviría para nuestro florecimiento moral, pero señala que eso no se aplica al resto de seres sintientes, de manera que su sufrimiento sería contradictorio con la omnipotencia, omnisciencia e infinita bondad de Dios.
El problema del ocultamiento divino
El hecho de difícil explicación incluso para los creyentes de que Dios, a pesar de todo su poder y bondad, no se muestre a las claras ante aquellos a los que supuestamente le deben su existencia y felicidad es utilizado por algunos autores como argumento para negar su existencia. El filósofo canadiense John L. Schellenberg (1959- ) matizó este argumento contraponiendo el amor y bondad de Dios con el hecho de que hay personas que no creen en él, aunque estarían dispuestas a hacerlo de buena fe si se les presentasen buenas razones, o incluso personas que desean creer en él, pero que no encuentran evidencias racionales para ello. Según Schellenberg, si Dios existiera, tal contradicción no podría darse, ya que este habría hecho lo necesario para ayudar a estas personas a creer en él, dándoles alguna prueba convincente de ello.
RESPUESTAS AL PROBLEMA DEL MAL: LAS TEODICEAS
A lo largo de la historia de la filosofía, diversos pensadores han tratado de mostrar que la existencia del mal es compatible con la de un Dios omnipotente, omnisciente y bueno. Estos intentos de justificación reciben el nombre de teodiceas (del griego theós, «dios», y díke, «justicia»): se trata, literalmente, de «justificar a Dios» ante el problema del mal. Las más influyentes son las de Agustín, Tomás de Aquino, Leibniz y Plantinga.
Agustín de Hipona (354-430), contra los maniqueos que defendían que el mal es una fuerza real opuesta al bien, argumentó que el mal no es una sustancia ni algo creado por Dios, sino una privación o ausencia de bien, del mismo modo que la oscuridad es ausencia de luz. El mal moral, además, tiene su origen en el libre albedrío humano: Dios creó al ser humano libre, y es el ser humano quien elige el mal al apartarse del bien.
Tomás de Aquino (1225-1274) argumentó que Dios permite la existencia del mal porque eliminarlo supondría impedir bienes mayores. La libertad humana, la solidaridad, el heroísmo o la compasión solo son posibles en un mundo donde también exista la posibilidad de obrar mal o de sufrir.
Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), en su Teodicea (1710), distinguió entre mal metafísico (la imperfección inherente a todo ser creado), mal físico (el dolor y el sufrimiento) y mal moral (el pecado). Según Leibniz, Dios, en su infinita sabiduría, eligió crear el mejor de los mundos posibles, aquel que contiene la mayor cantidad de bien con la menor cantidad de mal. El mal que existe es, por tanto, el mínimo necesario para que este mundo sea el mejor posible.
El filósofo estadounidense Alvin Plantinga (1932- ), en Dios, libertad y mal (1974), formuló la llamada «defensa del libre albedrío» como respuesta directa al argumento lógico del mal. Según Plantinga, ni siquiera un Dios omnipotente puede crear seres genuinamente libres que al mismo tiempo estén determinados a elegir siempre el bien: la libertad implica la posibilidad real de elegir el mal. Por tanto, la existencia del mal moral no contradice la omnipotencia ni la bondad de Dios.
Práctica
Lee atentamente cada texto y responde a las cuatro preguntas en tu cuaderno.
El que dice que hay Dios: o dice que cuida de las cosas del Mundo o que no cuida. Y si cuida, dirá si de todas o de algunas.
Pero si cuidara de todas las cosas, no habría en el Mundo nada malo ni maldad. Sin embargo, dicen que todo está lleno de maldad. No se dirá, pues, que Dios cuida de todas las cosas.
Y si cuida de algunas, ¿por qué cuida de unas sí y de otras no? En efecto, o quiere y puede cuidar de todo, o quiere pero no puede, o puede pero no quiere, o ni quiere ni puede. Pero si quisiera y pudiera, cuidaría de todo; mas por lo dicho no cuida de todo; luego no es cierto que quiera y pueda cuidar de todo. Y si quiere pero no puede, es menos poderoso que la causa por la que no puede cuidar de lo que no cuida; pero es contrario al concepto de Dios el que sea menos poderoso que algo. Y si puede cuidar de todo pero no quiere, se entendería que es perverso. Y si ni quiere ni puede, es a la vez perverso y débil; decir lo cual de Dios, es de impíos.
Por consiguiente, Dios no cuida de las cosas del Mundo. Pero si no ejerce el cuidado de nada ni hay obra ni efecto suyos, nadie podrá decir de dónde aprehende que Dios existe, si realmente ni se hace patente por sí mismo ni puede aprehenderse por ninguno de sus efectos. En consecuencia, también por eso es inaprehensible lo de si Dios existe.
Sexto Empírico (2008). Esbozos pirrónicos. Gredos (trad. A. Gallego Cao y T. Muñoz Diego), libro III, §§9-11, pp. 135-136.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si la existencia del mal en el mundo es compatible con la existencia de un Dios providente.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Sexto Empírico sostiene que la existencia de Dios es «inaprehensible», es decir, que no podemos afirmarla ni negarla con certeza. Si Dios existiera y cuidara de todo, no habría maldad en el mundo; pero la hay. Si solo cuida de algunas cosas, surge un dilema insoluble: o quiere cuidar de todo pero no puede (y entonces no es omnipotente), o puede pero no quiere (y entonces es perverso), o ni quiere ni puede (y entonces es perverso y débil). Y si no cuida de nada, no hay forma de saber que existe. En cualquier caso, el resultado es que no podemos determinar racionalmente si Dios existe.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
El argumento tiene una estructura de dilemas encadenados. Primero, plantea dos opciones: o Dios cuida del mundo o no cuida. Si cuida, puede ser de todas las cosas o solo de algunas. Si cuida de todas, no debería haber maldad, pero la hay, así que esta opción queda descartada. Si cuida solo de algunas, se abre un segundo dilema con cuatro alternativas: quiere y puede (descartado, porque entonces cuidaría de todo), quiere pero no puede (entonces es menos poderoso que algo, lo cual contradice el concepto de Dios), puede pero no quiere (entonces es perverso), ni quiere ni puede (entonces es perverso y débil). Todas las alternativas llevan a una conclusión inaceptable para quien defienda la existencia de Dios. Finalmente, si Dios no cuida de nada, no tiene ningún efecto en el mundo y por tanto no hay forma de saber que existe. La conclusión no es que Dios no exista, sino que es inaprehensible: no podemos saberlo.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Tomás de Aquino mantendría una posición diferente. En la Suma de teología sostiene que el mal es compatible con la existencia de un Dios omnipotente y bueno. Dos argumentos que justifican su posición: primero, el mal no es una naturaleza ni algo creado por Dios, sino una «determinada ausencia de bien», es decir, una privación; del mismo modo que las tinieblas son ausencia de luz, el mal es ausencia de la bondad que debería haber. Segundo, Dios permite el mal porque eliminarlo supondría impedir bienes mayores: no habría fuego si no se descompusiera el aire, no se conservaría la vida del león si no matara al asno, y no se alabarían la justicia ni la paciencia si no existiera la iniquidad. Así, Dios sí cuida del mundo, pero del todo, no de cada parte aislada.
A favor de que el problema del mal pruebe racionalmente que Dios no existe
¿Y es posible, Cleantes, dijo Filo, que después de todas estas reflexiones, e infinitas más que podrían hacerse, puedas aún perseverar en tu antropomorfismo, y todavía afirmes que los atributos morales de la Deidad, su justicia, benevolencia, piedad y rectitud, sean de la misma naturaleza que esas mismas virtudes en la criatura humana? Admitimos que su poder es infinito: todo lo que dispone se ejecuta; pero ni el hombre ni ningún otro animal es feliz; por lo tanto, no quiere su felicidad. Su sabiduría es infinita: jamás yerra en la elección de los medios para cualquier fin; pero el curso de la naturaleza no propende hacia la felicidad humana o animal; por lo tanto, no ha sido establecido para ese propósito. En la totalidad del haber del saber humano, no hay inferencias más ciertas e infalibles que éstas. ¿En qué, pues, se parecen su benevolencia y piedad a la benevolencia y piedad de los hombres?
Están aún por contestarse las antiguas preguntas de Epicuro. ¿Desea evitar el mal, pero es incapaz de hacerlo? entonces, es impotente. ¿Está capacitado, pero no lo desea? entonces, es malévolo. ¿Está deseoso, y tiene capacidad? entonces, ¿de dónde procede el mal?
Adscribes, Cleantes (y me parece que con justicia), un propósito e intención a la naturaleza. Pero ¿cuál es, te lo ruego, el objeto de ese singular artificio y mecanismo, de que son muestra todos los animales? Nada más la conservación de los individuos y la propagación de las especies. Tal parece que basta a su propósito, que esa escala de los seres se mantenga en el universo, sin que cuide o importe la felicidad de los miembros de que se compone. Para este último fin no hay recursos; no hay mecanismos para el puro fin de dar placer o descanso; no hay acopio de puro goce y satisfacción; no hay complacencia, sin que vaya acompañada de alguna privación o necesidad. Por lo menos, los escasos fenómenos de esa clase, vénse contrapuestos por fenómenos contrarios de mucha mayor importancia.
Hume, D. (1942). Diálogos sobre la religión natural. El Colegio de México (trad. E. O’Gorman), Parte X, pp. 118-119.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si la existencia del mal y del sufrimiento en el mundo es compatible con un Dios omnipotente, sabio y benevolente.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Hume, a través del personaje Filo, sostiene que la existencia del mal demuestra que los atributos morales de Dios (benevolencia, piedad, justicia) no pueden ser de la misma naturaleza que las virtudes humanas. Si el poder de Dios es infinito pero los seres no son felices, entonces Dios no quiere su felicidad. Si su sabiduría es infinita pero la naturaleza no está orientada hacia la felicidad, entonces no fue diseñada con ese fin. El único propósito que se observa en la naturaleza es la conservación y propagación de las especies, no la felicidad de los individuos. Las preguntas de Epicuro siguen sin respuesta.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
El texto desarrolla tres argumentos encadenados. Primero, un argumento a partir de los atributos de Dios: si su poder es infinito y todo lo que dispone se ejecuta, pero los seres no son felices, entonces no quiere su felicidad; si su sabiduría es infinita y nunca yerra en la elección de los medios, pero la naturaleza no tiende a la felicidad, entonces la naturaleza no fue diseñada para ello. Segundo, recupera las preguntas de Epicuro como un dilema sin salida: si Dios quiere evitar el mal pero no puede, es impotente; si puede pero no quiere, es malévolo; si quiere y puede, ¿de dónde procede el mal? Tercero, observa que el mecanismo de la naturaleza solo sirve para la conservación de los individuos y la propagación de las especies, sin ningún recurso orientado al puro placer o descanso; toda complacencia va acompañada de alguna privación o necesidad, y los escasos fenómenos de goce se ven contrapuestos por fenómenos contrarios de mucha mayor importancia.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Leibniz mantendría una posición diferente. En la Teodicea sostiene que el mal es compatible con la existencia de un Dios omnipotente y bueno. Dos argumentos que justifican su posición: primero, el origen del mal no está en Dios sino en la imperfección natural de las criaturas, que son limitadas por esencia y por tanto susceptibles de error y sufrimiento; el mal consiste en privación, no en algo que Dios cause activamente. Segundo, Dios, en su infinita sabiduría, eligió crear el mejor de los mundos posibles, aquel que contiene la mayor cantidad de bien con la menor cantidad de mal; puesto que hay infinitos mundos posibles y el mal entra en muchos de ellos, incluso el mejor contiene una medida de mal, y por eso Dios se vio inducido a permitirlo.
De acuerdo con el teísmo tradicional, existe un dios que es a la vez omnipotente (y omnisciente) y completamente bueno, y sin embargo existe el mal en el mundo. ¿Cómo es posible? Es cierto que no hay ninguna contradicción explícita entre las afirmaciones de que hay un dios del todo bueno y omnipotente y de que existe el mal. Pero si añadimos las premisas, verosímiles por lo menos en principio, de que el bien es contrario al mal de tal manera que un ser que es absolutamente bueno elimina el mal en la medida de sus posibilidades, y de que no existen límites a lo que puede hacer un ser omnipotente, entonces sí tenemos una contradicción. Un ser omnipotente del todo bueno eliminaría el mal por completo; si en verdad existen males, entonces no puede existir un ser semejante.
El problema del mal, en el sentido en que estoy usando esta frase, es en esencia un problema lógico: impone al teísta la tarea de clarificar, y, si es posible, reconciliar las diversas creencias que sostiene. No es un problema científico que pueda resolverse mediante descubrimientos posteriores, ni tampoco un problema práctico que pueda solucionarse mediante una decisión o una acción.
Mackie, J. L. (1994). El milagro del teísmo. Tecnos, cap. IX, pp. 180-181.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si las creencias centrales del teísmo (un Dios omnipotente y completamente bueno) son lógicamente compatibles con la existencia del mal en el mundo.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Mackie sostiene que las doctrinas centrales del teísmo tradicional son lógicamente incongruentes. Si Dios es omnipotente y completamente bueno, debería eliminar el mal por completo, puesto que un ser absolutamente bueno elimina el mal en la medida de sus posibilidades y un ser omnipotente no tiene límites en lo que puede hacer. Pero el mal existe. Por tanto, un ser así no puede existir. Se trata de un problema estrictamente lógico: una contradicción entre las creencias del teísta.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
El argumento se construye en dos pasos. Primero, Mackie reconoce que no hay contradicción explícita entre decir que Dios es omnipotente y bueno y que el mal existe. Pero añade dos premisas adicionales que considera verosímiles: que el bien es contrario al mal de tal manera que un ser absolutamente bueno elimina el mal en la medida de sus posibilidades, y que no existen límites a lo que puede hacer un ser omnipotente. Con estas dos premisas añadidas, la contradicción aparece: un ser omnipotente y del todo bueno eliminaría el mal por completo, pero el mal existe, luego no puede existir un ser semejante. Segundo, Mackie precisa que se trata de un problema lógico, no científico ni práctico: no se resolverá con nuevos descubrimientos ni con decisiones, sino que impone al teísta la tarea de reconciliar creencias que, tomadas en conjunto, son incongruentes.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Plantinga mantendría una posición diferente. En Dios, libertad y mal argumenta que la existencia del mal moral no es lógicamente incompatible con la de un Dios omnipotente y bueno. Dos argumentos que justifican su posición: primero, un mundo con criaturas significativamente libres que realizan más acciones buenas que malas es más valioso que un mundo sin libertad; para crear seres capaces de bien moral, Dios debe crear seres capaces también de mal moral, y no puede darles la libertad de obrar mal y al mismo tiempo impedirles hacerlo. Segundo, el hecho de que algunas criaturas libres elijan mal no contradice ni la omnipotencia ni la bondad de Dios, porque Dios solo habría podido evitar el mal moral eliminando la posibilidad del bien moral; la premisa de Mackie de que un ser omnipotente puede hacer cualquier cosa es incorrecta si «cualquier cosa» incluye determinar a seres libres a elegir siempre el bien.
El argumento a favor del ateísmo basado en el mal puede formularse así:
1. Existen casos de sufrimiento intenso que un ser omnipotente y omnisciente podría haber evitado sin perder por ello un bien mayor ni permitir un mal igual de grave o peor.
2. Un ser omnisciente y completamente bueno evitaría cualquier sufrimiento intenso que pudiera evitar, a menos que no pudiera hacerlo sin perder por ello un bien mayor o sin permitir un mal igual de grave o peor.
3. Por lo tanto, no existe un ser omnipotente, omnisciente y completamente bueno.
Supongamos que en un bosque lejano un rayo cae sobre un árbol seco y provoca un incendio forestal. En el incendio, un cervatillo queda atrapado, horriblemente quemado, y yace en terrible agonía durante varios días antes de que la muerte alivie su sufrimiento. Por lo que podemos ver, el sufrimiento intenso del cervatillo carece de sentido. Pues no parece haber ningún bien mayor tal que su prevención hubiera exigido la pérdida de ese bien o la aparición de un mal igual de grave o peor. Tampoco parece haber ningún mal igual de grave o peor tan conectado con el sufrimiento del cervatillo que habría tenido que ocurrir si se hubiera evitado ese sufrimiento. ¿Podría un ser omnipotente y omnisciente haber evitado el sufrimiento aparentemente inútil del cervatillo? La respuesta es obvia, como incluso el teísta admitirá. Un ser omnipotente y omnisciente podría fácilmente haber evitado que el cervatillo fuera horriblemente quemado o, una vez producida la quemadura, podría haberle ahorrado el sufrimiento intenso acabando rápidamente con su vida, en lugar de permitir que yaciera en terrible agonía durante días.
Rowe, W. L. (1979). «The Problem of Evil and Some Varieties of Atheism». American Philosophical Quarterly, 16(4), pp. 336-337. Traducción propia.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si el sufrimiento intenso e inútil que observamos en el mundo constituye una razón racional para creer que Dios no existe.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Rowe sostiene que la existencia de sufrimiento intenso e inútil — sufrimiento que un ser omnipotente podría haber evitado sin perder ningún bien mayor ni permitir un mal equivalente — proporciona apoyo racional al ateísmo. Presenta un argumento formal en tres premisas que concluye que no existe un ser omnipotente, omnisciente y completamente bueno, y lo ilustra con el ejemplo de un cervatillo que sufre horriblemente durante días tras un incendio forestal sin que ese sufrimiento sirva para ningún bien.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
El argumento tiene dos partes: una formulación lógica y un ejemplo concreto. La formulación presenta tres premisas: (1) existen casos de sufrimiento intenso que un ser omnipotente y omnisciente podría haber evitado sin perder un bien mayor ni permitir un mal equivalente; (2) un ser omnisciente y completamente bueno evitaría cualquier sufrimiento que pudiera evitar a menos que hacerlo supusiera perder un bien mayor o permitir un mal equivalente; (3) la conclusión se sigue: no existe tal ser. El ejemplo del cervatillo ilustra la primera premisa: un cervatillo queda atrapado en un incendio forestal, horriblemente quemado, y yace en terrible agonía durante días. No parece haber ningún bien mayor que exija ese sufrimiento ni ningún mal peor que se habría producido al evitarlo. Un ser omnipotente podría fácilmente haberlo evitado o haber acabado rápidamente con su vida. Ese sufrimiento parece completamente inútil, lo cual apoya la premisa de que existen casos de sufrimiento que un Dios omnipotente podría haber evitado.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Tomás de Aquino mantendría una posición diferente. En la Suma de teología sostiene que el mal no contradice la existencia de Dios sino que forma parte del orden del universo. Dos argumentos que justifican su posición: primero, el mal no es una naturaleza ni un ser, sino una «determinada ausencia de bien», una privación; lo que Rowe llama sufrimiento inútil no es algo que Dios haya creado activamente sino una consecuencia de la condición finita y corruptible de las criaturas. Segundo, Dios no hace lo que es mejor para cada parte aislada sino para el todo: la perfección del universo exige que haya seres corruptibles, y muchos bienes (como la justicia, la paciencia o la compasión) no existirían si Dios no permitiera la existencia de ningún mal.
Contra que el problema del mal pruebe racionalmente que Dios no existe
Evodio.—Dime, te ruego: ¿puede ser Dios el autor del mal?
Agustín.—Te lo diré, si antes me dices tú a qué mal te refieres, porque dos son los significados que solemos dar a la palabra mal: uno, cuando decimos que «alguien ha obrado mal»; otro, cuando afirmamos que «alguien ha sufrido algún mal».
Ev.—De uno y otro deseo saber quién sea el autor.
Ag.—Siendo Dios bueno, como tú sabes o crees —y ciertamente no es lícito creer lo contrario—, es claro que no puede hacer el mal. Además, si confesamos que Dios es justo —y negarlo sería una blasfemia—, así como premia a los buenos, así también castiga a los malos; y es indudable que las penas con que los aflige son para ellos un mal. Ahora bien, si nadie que padece, padece injustamente, como nos vemos obligados a confesar, pues creemos en la Providencia divina, reguladora de cuanto en el mundo acontece, sigúese que de ningún modo es Dios autor del primer género de mal, y sí del segundo. […]
Creemos que hay un solo y único Dios y que de Él procede todo cuanto existe, y que, no obstante, no es Dios el autor del pecado. Turba, sin embargo, nuestro ánimo esta consideración: Si el pecado procede de las almas que Dios creó, y las almas vienen de Dios, ¿cómo no referir a Dios el pecado, siendo tan estrecha la relación entre Dios y el alma pecadora? […]
No tiene esta idea óptima de Dios quien no crea que es omnipotente y absolutamente inconmutable, creador de todos los bienes, a todos los cuales aventaja infinitamente, y gobernador justísimo de todo cuanto creó.
Agustín de Hipona (1963). Del libre albedrío. BAC (Obras completas, vol. III), libro I, caps. 1-2.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si Dios puede ser considerado el autor del mal.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Agustín sostiene que Dios no es el autor del mal moral (el pecado, obrar mal), aunque sí es autor del mal como castigo (el sufrimiento que padecen los malvados como pena justa). Siendo Dios bueno, no puede hacer el mal; siendo justo, castiga a los malos. El mal moral procede de las almas que Dios creó, pero no de Dios mismo. Dios es omnipotente, absolutamente inmutable, creador de todos los bienes y gobernador justísimo de todo lo creado.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
El texto parte de una distinción fundamental: hay dos significados de «mal». Uno es el mal moral (obrar mal, el pecado); otro es el mal como padecimiento (sufrir un mal, la pena). Establecida esta distinción, Agustín argumenta en dos pasos. Primero, siendo Dios bueno, es claro que no puede ser autor del mal moral. Segundo, siendo Dios justo, premia a los buenos y castiga a los malos: las penas son un mal para quienes las padecen, pero un mal justo, porque nadie padece injustamente si la Providencia divina gobierna todo lo que acontece. Así, Dios es autor del segundo género de mal (la pena), pero no del primero (el pecado). Agustín reconoce, sin embargo, la dificultad que esto plantea: si el pecado procede de las almas que Dios creó, y las almas vienen de Dios, ¿cómo no referir el pecado a Dios? Su respuesta implícita es que el alma peca por su propia voluntad libre, no por la acción de Dios.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Mackie mantendría una posición diferente. En El milagro del teísmo sostiene que el problema del mal es un problema lógico irresoluble para el teísta. Dos argumentos que justifican su posición: primero, si Dios es omnipotente, no tiene límites en lo que puede hacer, y si es completamente bueno, elimina el mal en la medida de sus posibilidades; un ser así eliminaría todo mal, pero el mal existe, luego tal ser no puede existir. Segundo, la distinción agustiniana entre mal moral y pena no resuelve el problema, porque un Dios omnipotente podría haber creado seres libres que nunca eligieran el mal, o podría haber diseñado un mundo sin penas; el hecho de que no lo haya hecho muestra la incongruencia lógica de atribuirle simultáneamente omnipotencia y bondad completa.
Es necesario que a partir del concepto de bien se conozca lo que es el mal. Hemos dicho anteriormente que el bien es todo aquello que es apetecible. Así, como quiera que toda naturaleza desea su propia existencia y perfección, es necesario afirmar que la existencia y la perfección de cualquier naturaleza tiene razón de bondad. Por lo tanto, no es posible que el mal indique algún ser o una determinada forma o naturaleza. Por lo tanto, no nos queda más que decir que con el nombre de mal se indica una determinada ausencia de bien. Por eso se dice que el mal ni existe ni es bueno, porque como quiera que todo ser, en cuanto tal, es bueno, no existir y no ser bueno es lo mismo. […]
Dios, la naturaleza y cualquier agente hace lo que es mejor para el todo, pero no lo que es mejor para cada una de sus partes, a no ser en cuanto que cada una está ordenada al todo. El mismo todo que constituye la totalidad de las criaturas, es lo mejor y lo más perfecto si en dicho todo hay algunas partes a las que les puede faltar el bien, y que de hecho les falta, si Dios no lo impide. Porque a la Providencia no le corresponde el destruir la naturaleza, sino salvarla. La misma naturaleza de las cosas lleva consigo el que puedan fallar y, de hecho, a veces, fallan. También porque, como dice Agustín: Dios es tan poderoso que del mal puede sacar bien. De hecho, muchos bienes no existirían si Dios no permitiera la existencia de ningún mal. No habría fuego si no se descompusiera el aire. No se conservaría la vida del león si no matara al asno. No se alabarían la justicia vindicativa y la paciencia resignada, si no existiera la iniquidad.
Tomás de Aquino (1994). Suma de teología. Vol. I. BAC (trad. J. Martorell), q.48, a.1-2, pp. 472-475.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si el mal es una naturaleza creada por Dios y si su existencia es compatible con la bondad y la providencia divinas.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Tomás de Aquino sostiene que el mal no es una naturaleza, un ser ni una forma, sino una determinada ausencia de bien: una privación. Puesto que todo ser, en cuanto tal, es bueno, el mal consiste en no existir o en no ser bueno. Además, Dios permite el mal porque eliminar todo mal supondría destruir la naturaleza de las cosas e impedir bienes mayores: muchos bienes no existirían si Dios no permitiera la existencia de ningún mal.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
El texto presenta dos argumentos. El primero es ontológico: a partir del concepto de bien se conoce el mal. Puesto que el bien es todo lo apetecible, y toda naturaleza desea su propia existencia y perfección, la existencia y la perfección tienen razón de bondad. Por tanto, el mal no puede indicar ningún ser ni naturaleza, sino solo una determinada ausencia de bien; todo ser es bueno en cuanto que es, así que no existir y no ser bueno es lo mismo. El segundo argumento explica por qué Dios permite el mal: Dios hace lo mejor para el todo, no para cada parte aislada. La perfección del universo exige que haya partes a las que les pueda faltar el bien y a las que de hecho les falta. Tomás lo ilustra con tres ejemplos concretos: no habría fuego si no se descompusiera el aire, no se conservaría la vida del león si no matara al asno, y no se alabarían la justicia ni la paciencia si no existiera la iniquidad. La Providencia no destruye la naturaleza sino que la salva, y Dios es tan poderoso que del mal puede sacar bien.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Rowe mantendría una posición diferente. En «The Problem of Evil and Some Varieties of Atheism» argumenta que el sufrimiento inútil que observamos en el mundo hace razonable creer que Dios no existe. Dos argumentos que justifican su posición: primero, existen casos de sufrimiento intenso —como el de un cervatillo que agoniza durante días tras un incendio forestal— que un ser omnipotente podría haber evitado sin perder ningún bien mayor ni permitir un mal equivalente; es difícil sostener, como hace Tomás, que ese sufrimiento concreto sea necesario para la perfección del todo. Segundo, aunque no podamos demostrar con certeza que todo ese sufrimiento es inútil, la enorme variedad y cantidad de sufrimiento sin sentido aparente que ocurre a diario hace razonable creer que al menos algunos casos no contribuyen a ningún bien mayor.
Es necesario también abordar las dificultades más especulativas y metafísicas. Se pregunta, en primer lugar, de dónde viene el mal. Si Deus est, unde malum? Si non est, unde bonum? [Si Dios existe, ¿de dónde viene el mal? Si no existe, ¿de dónde viene el bien?] Los antiguos atribuyeron la causa del mal a la materia, que creían increada e independiente de Dios; pero nosotros, que derivamos todo ser de Dios, ¿dónde encontraremos la fuente del mal? La respuesta es que debe buscarse en la naturaleza ideal de la criatura, en la medida en que esa naturaleza está contenida en las verdades eternas que se hallan en el entendimiento de Dios, independientemente de su voluntad. Pues debemos considerar que hay una imperfección originaria en la criatura antes del pecado, porque la criatura es limitada en su esencia; de lo cual se sigue que no puede conocerlo todo, que puede engañarse y cometer otros errores. […] La Región de las Verdades Eternas debe sustituir a la materia cuando nos ocupamos de buscar la fuente de las cosas. Esta región es la causa ideal del mal (por así decir), así como del bien; pero, hablando con propiedad, el carácter formal del mal no tiene causa eficiente, pues consiste en privación, como veremos, es decir, en aquello que la causa eficiente no produce.
El mal puede entenderse en sentido metafísico, físico y moral. El mal metafísico consiste en la mera imperfección, el mal físico en el sufrimiento y el mal moral en el pecado. Ahora bien, aunque el mal físico y el mal moral no sean necesarios, basta con que, en virtud de las verdades eternas, sean posibles. Y como esta vasta Región de las Verdades contiene todas las posibilidades, es necesario que haya una infinitud de mundos posibles, que el mal entre en varios de ellos, y que incluso el mejor de todos contenga una medida de mal. Así es como Dios se ha visto inducido a permitir el mal.
Leibniz, G. W. (1710). Teodicea, Primera Parte, §§20-21. Trad. inglesa de E. M. Huggard (Project Gutenberg, 2005). Traducción propia al español.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es de dónde procede el mal si todo ser viene de Dios, y si esa procedencia es compatible con la bondad divina.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Leibniz sostiene que el origen del mal no está en Dios sino en la imperfección natural de las criaturas, que son limitadas por esencia. El mal consiste en privación, no en algo que Dios produzca activamente. Además, distingue tres tipos de mal: metafísico (la mera imperfección), físico (el sufrimiento) y moral (el pecado). Puesto que hay infinitos mundos posibles y el mal entra en muchos de ellos, incluso el mejor de todos contiene una medida de mal. Dios, al crear el mejor mundo posible, se vio inducido a permitir el mal.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
El texto presenta tres argumentos encadenados. Primero, identifica la fuente del mal no en la materia (como hacían los antiguos) ni en Dios, sino en la naturaleza ideal de la criatura tal como está contenida en las verdades eternas del entendimiento divino: hay una imperfección originaria en la criatura antes del pecado, porque es limitada en su esencia, y por ello puede engañarse y cometer errores. Segundo, precisa que el mal no tiene causa eficiente propia, porque consiste en privación, es decir, en aquello que la causa eficiente no produce; la Región de las Verdades Eternas es la causa ideal tanto del bien como del mal. Tercero, distingue tres tipos de mal (metafísico, físico y moral) y argumenta que, aunque el mal físico y el moral no sean necesarios, basta con que sean posibles; como hay infinitos mundos posibles en los que el mal entra de diversas maneras, incluso el mejor de todos contiene una medida de mal, y por eso Dios se vio inducido a permitirlo.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Hume mantendría una posición diferente. En los Diálogos sobre la religión natural (Parte X) sostiene que la existencia del mal es incompatible con un Dios benevolente y omnipotente. Dos argumentos que justifican su posición: primero, si el poder de Dios es infinito pero los seres no son felices, entonces no quiere su felicidad; si su sabiduría es infinita pero la naturaleza no tiende hacia la felicidad, entonces no fue diseñada con ese propósito; no basta con decir que este es «el mejor mundo posible» cuando la experiencia muestra que la naturaleza no contiene mecanismos orientados al placer o al bienestar, sino solo a la conservación y propagación de las especies. Segundo, las preguntas de Epicuro siguen sin respuesta: si Dios quiere evitar el mal pero no puede, es impotente; si puede pero no quiere, es malévolo; decir que el mal consiste en «privación» y que las criaturas son «limitadas por esencia» no explica por qué un Dios omnipotente eligió crear criaturas imperfectas en lugar de perfectas.
Dadas estas definiciones y distinciones, podemos hacer una formulación preliminar de la defensa del libre albedrío, como sigue. Un mundo que contenga criaturas significativamente libres (y que libremente realizan más acciones buenas que malas) es más valioso, en igualdad de condiciones, que un mundo que no contenga ninguna criatura libre. Ahora bien, Dios puede crear criaturas libres, pero no puede causarlas ni determinarlas a hacer solo lo que es correcto. Pues si lo hace, entonces no son significativamente libres; no hacen lo correcto libremente. Para crear criaturas capaces de bien moral, por tanto, debe crear criaturas capaces de mal moral; y no puede dar a esas criaturas la libertad de hacer el mal y al mismo tiempo impedirles hacerlo. Lamentablemente, resulta que algunas de las criaturas libres que Dios creó obraron mal en el ejercicio de su libertad: esta es la fuente del mal moral. El hecho de que las criaturas libres a veces obren mal, sin embargo, no cuenta ni contra la omnipotencia de Dios ni contra su bondad; pues Él solo podría haber evitado la aparición del mal moral eliminando la posibilidad del bien moral.
Plantinga, A. (1977). God, Freedom, and Evil. Wm. B. Eerdmans, p. 30. Traducción propia.
1. ¿Cuál es la pregunta que trata de responder este texto?
La pregunta que trata de responder este texto es si la existencia del mal moral es lógicamente compatible con la de un Dios omnipotente y bueno.
2. Explica con tus palabras la tesis del autor.
Plantinga sostiene que la existencia del mal moral no contradice la omnipotencia ni la bondad de Dios. Un mundo con criaturas libres que hacen más bien que mal es más valioso que un mundo sin libertad. Dios puede crear seres libres, pero no puede causarlos ni determinarlos a hacer solo el bien, porque entonces no serían verdaderamente libres. Algunas criaturas usaron mal su libertad y de ahí procede el mal moral. Dios solo habría podido evitar el mal moral eliminando la posibilidad del bien moral.
3. ¿Qué argumentos utiliza el autor para sostener esa tesis? Explícalos.
El argumento se construye en cuatro pasos. Primero, establece una premisa de valor: un mundo con criaturas significativamente libres que realizan más acciones buenas que malas es más valioso que un mundo sin ninguna criatura libre. Segundo, señala un límite lógico a la omnipotencia: Dios puede crear criaturas libres, pero no puede causarlas ni determinarlas a hacer solo lo que es correcto, porque si lo hiciera, no serían significativamente libres ni harían lo correcto libremente. Tercero, extrae la consecuencia: para crear criaturas capaces de bien moral, Dios debe crear criaturas capaces también de mal moral, y no puede darles la libertad de obrar mal y al mismo tiempo impedirles hacerlo. Cuarto, responde a la objeción: el hecho de que algunas criaturas libremente eligieran el mal no cuenta contra la omnipotencia ni la bondad de Dios, porque la única manera de evitar el mal moral habría sido eliminar la posibilidad del bien moral.
4. ¿Qué filósofo o corriente filosófica mantendría una posición diferente a la del texto? Explica en qué consiste esa posición y al menos dos argumentos que la justifiquen.
Mackie mantendría una posición diferente. En El milagro del teísmo argumenta que un Dios omnipotente podría haber creado seres libres que siempre eligieran el bien. Dos argumentos que justifican su posición: primero, si no hay imposibilidad lógica en que un ser humano elija libremente el bien en una ocasión, o en varias, tampoco puede haberla en que lo elija libremente en todas las ocasiones; por tanto, Dios podía haber creado seres que actuaran libremente pero siempre bien, sin necesidad de elegir entre autómatas inocentes y seres libres que a veces obren mal. Segundo, si Dios es verdaderamente omnipotente, su poder solo está limitado por imposibilidades lógicas; y puesto que un mundo con seres libres que siempre eligen el bien es lógicamente posible, un Dios omnipotente podría haberlo creado; su fracaso en hacerlo es incompatible con que sea a la vez omnipotente y completamente bueno.
Disertación filosófica
PROPUESTA DE TEMA
¿El problema del mal prueba que Dios no existe?
CÓMO HACER UNA DISERTACIÓN FILOSÓFICA
La disertación filosófica es un texto argumentativo en el que defiendes una posición razonada ante una pregunta filosófica. No se trata de dar tu opinión sin más, sino de construir una respuesta fundamentada en argumentos, apoyada en lo que han dicho los filósofos y capaz de considerar posiciones contrarias a la tuya. La finalidad de una disertación es llegar a una verdad lo más objetiva posible, esto es, que pueda ser compartida por todo ser racional. Todos los argumentos, estés personalmente de acuerdo o en desacuerdo con ellos, deben ser expuestos con el máximo rigor y fuerza. La extensión debe estar entre 1200 y 1600 palabras.
I. TRABAJO PREVIO
Paso 1: Elige la pregunta que más te interese
Elige la pregunta sobre la que tengas una opinión más clara, la que te resulte más cercana o la que te provoque más curiosidad. Si tienes una opinión fuerte sobre ella, aunque sea en contra, eso es buena señal: significa que tienes algo que decir. Ve a lo más cercano y sencillo para ti. La complejidad la encontrarás según profundices.
Paso 2: Busca las posibles interpretaciones
Las preguntas filosóficas contienen conceptos que pueden entenderse de varias maneras. Identifica las palabras clave y pregúntate qué pueden significar. Cada significado diferente produce una interpretación distinta de la pregunta.
Por ejemplo, la pregunta ¿Es moralmente aceptable creer en un Dios bueno ante el sufrimiento de los inocentes? admite al menos tres interpretaciones:
- Interpretación A: ¿Es lógicamente coherente sostener a la vez que Dios es bueno y omnipotente y que existe el sufrimiento inocente?
- Interpretación B: ¿Puede justificarse ese sufrimiento apelando a un bien mayor que no alcanzamos a comprender?
- Interpretación C: ¿Tiene la creencia consecuencias morales, es decir, lleva a resignarse ante un mal que debería combatirse?
💡 Tip: Si no se te ocurren varias interpretaciones, prueba a cambiar una palabra clave por un sinónimo: no es lo mismo ¿es moralmente aceptable creer en un Dios bueno? que ¿puede un Dios bueno permitir el dolor de un niño? o ¿justifica algún fin el sufrimiento de un inocente? o ¿consuela o adormece la fe ante el mal?
Paso 3: Piensa en las implicaciones y elige una interpretación
Cada interpretación tiene implicaciones distintas. Pregúntate: si respondiera que sí, ¿qué se seguiría de ello? ¿Y si respondiera que no? La interpretación más interesante suele ser la que tiene las implicaciones más profundas.
Por ejemplo:
- Si la creencia es lógicamente incoherente (A), la discusión terminaría ahí: no haría falta valorar nada, porque una contradicción no puede ser verdadera. Pero si es coherente, quedaría todavía por decidir si es razonable.
- Si el sufrimiento puede justificarse por un bien mayor (B), habría que admitir que un mal atroz puede ser un medio legítimo, y eso tiene consecuencias morales incómodas que conviene mirar de frente.
- Si la creencia induce a la resignación (C), el problema ya no sería si Dios existe, sino qué produce en quien cree, y la pregunta se desplazaría de la metafísica a la ética.
Ahora elige la interpretación que te parezca más relevante y explica por qué las otras lo son menos. Sé coherente: sería contradictorio argumentar que la A es la más importante y luego trabajar con la C. Las implicaciones te ayudan a decidir: la interpretación que más cosas pone en juego suele ser la mejor para una disertación.
Paso 4: Formula tu tesis
Escribe en una frase la respuesta que vas a defender. Debe ser clara, concreta y discutible: alguien razonable debería poder estar en desacuerdo con ella. La tesis no contiene argumentos: eso viene después. Puede llevar matices y condiciones (pero, aunque, cuando), pero no justificaciones: si tu tesis lleva un «porque», ese «porque» es tu primer argumento, y su sitio es el desarrollo.
Ejemplos de buenas tesis:
- Creer en un Dios bueno ante el sufrimiento inocente es lógicamente posible, pero moralmente insostenible cuando ese sufrimiento se presenta como necesario para un bien mayor.
- La creencia en un Dios bueno es compatible con el sufrimiento de los inocentes, tanto en el plano lógico como en el moral.
Ejemplos de malas tesis:
- El sufrimiento de los niños es terrible. Demasiado vago.
- Muchos filósofos han escrito sobre el problema del mal. No responde a la pregunta.
- Si hubiera Dios, no habría mal. No tiene en cuenta ninguna objeción.
💡 Tip: A medida que investigas puede que descubras que tu tesis inicial era incorrecta. Puedes modificarla o reflejar en la conclusión por qué has cambiado de opinión. Una disertación se escribe para llegar a una verdad, no para demostrar que tenemos razón.
Paso 5: Busca argumentos y trabaja con las fuentes
Lee los textos de la pestaña de Práctica y los libros disponibles de la bibliografía buscando argumentos a favor y en contra de tu tesis. Para cada argumento que encuentres, anota:
- La idea principal, con tus propias palabras.
- La referencia completa: autor, año, título y página.
- Tu reacción: ¿estás de acuerdo?, ¿se te ocurre una objeción?, ¿te recuerda a otro autor?
Cómo citar. Hay cuatro formas:
Cita directa narrativa. Usa esta opción para dar importancia y protagonismo al pensador en tu texto. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. El año va inmediatamente después de su nombre.
Ejemplo: Agustín de Hipona (1963) sostiene que el mal «no procede de Dios», sino del uso que la voluntad hace de su propia libertad (libro I, cap. 1).
Cita directa parentética. Usa esta opción cuando quieres que el lector se concentre primero en la idea. Reproduce sus palabras exactas entre comillas. Los datos del autor quedan en segundo plano al final de la frase.
Ejemplo: La respuesta clásica traslada el origen del mal de la divinidad a la criatura, pues el mal «no procede de Dios» sino de la voluntad que se aparta del bien (Agustín de Hipona, 1963, libro I, cap. 1).
Cita indirecta narrativa. Explicas la idea con tus propias palabras, pero introduces la frase mencionando directamente al autor.
Ejemplo: Agustín de Hipona (1963) sostiene que Dios no es la causa del mal, porque el mal no es una sustancia creada sino una privación, esto es, la ausencia del bien que debería haber en algo (libro I, caps. 1-2).
Cita indirecta parentética. Explicas la idea con tus propias palabras y colocas toda la información de la fuente junta al cerrar el punto.
Ejemplo: Si el mal no es algo positivo sino la carencia de un bien debido, entonces no necesita una causa que lo produzca, sino una explicación de por qué falta aquello que debería estar presente (Agustín de Hipona, 1963, libro I, caps. 1-2).
En todos los casos, después de la cita hay que explicar qué quiere decir el autor y relacionarla con tu argumento. Una cita sin explicación no demuestra nada.
💡 Tip: Cita con año y página la primera vez que atribuyes una idea a un autor. Después, si solo recuerdas o resumes algo que ya has citado antes (por ejemplo, en la valoración o en la conclusión), basta con nombrarlo: «como muestra Mackie…». Repetir el año y la página cada vez que aparece un apellido no es más riguroso, solo más pesado. La regla es sencilla: idea nueva, cita completa; idea ya citada, solo el apellido.
📌 Novedad: en las disertaciones de este tema y de los siguientes, debes identificar la forma lógica de al menos uno de tus argumentos. Más abajo, en la sección de Redacción, se explica cómo hacerlo.
Paso 6: Haz un esquema
Antes de redactar, escribe en tu cuaderno un esquema con la introducción (interpretaciones, implicaciones, elección razonada, tesis), los argumentos a favor y en contra con sus citas, la valoración, la delimitación de tu tesis y la conclusión. Este esquema es tu hoja de ruta.
II. REDACCIÓN
Estructura de la disertación
Introducción (aprox. 15% del texto). Consta de dos partes:
- Primer párrafo: presenta el problema con un gancho que atraiga al lector (una imagen, una paradoja, un dato, una experiencia), despliega las interpretaciones posibles con sus implicaciones, justifica cuál es la más relevante y termina reformulando la pregunta tal como vas a responderla. Esa formulación final es importante: tu conclusión tendrá que responder exactamente a ella.
- Segundo párrafo: formula tu tesis de forma clara y concreta.
💡 Tip: el gancho es el lugar más fácil para colocar un ejemplo propio, y los ejemplos propios puntúan en la rúbrica. Una anécdota, un caso real o una experiencia tuya que plantee el problema vale más que empezar directamente con un filósofo. Además, empezar por algo tuyo es más fácil que empezar por Kant.
Desarrollo (aprox. 70% del texto). Aquí hay dos formas de trabajar:
- Estructura básica, para quien necesita un guion claro:
- Argumentos a favor de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado con ejemplos y una cita explicada.
- Argumentos en contra de la tesis (al menos 2), cada uno desarrollado también con ejemplos y una cita explicada. No los debilites a propósito: expónlos con el mismo rigor que los tuyos.
- Valoración: compara ambos lados, señala las fortalezas y las debilidades de cada uno, y explica cuáles pesan más y por qué.
Con esta estructura, hecha correctamente, puedes llegar al nivel notable.
- Estructura dialéctica, para quien quiere ir más allá:
En lugar de separar los argumentos en dos bloques, construye una conversación entre posiciones. Los argumentos se responden entre sí, se señalan sus límites sobre la marcha y el pensamiento progresa. No hay un bloque a favor y un bloque en contra: hay un recorrido en el que cada paso surge del anterior.
Por ejemplo, en lugar de escribir:
Argumento a favor 1: Mackie sostiene que la creencia religiosa es lógicamente contradictoria.
Argumento a favor 2: Rowe muestra que el sufrimiento inútil de los animales no cumple ninguna función.
Argumento en contra 1: Plantinga responde que la libertad justifica la existencia del mal moral…
Argumento en contra 2: Leibniz defiende que este es el mejor de los mundos posibles…
Podrías escribir:
Mackie sostiene que afirmar a la vez la bondad de Dios, su omnipotencia y la existencia del mal es incurrir en contradicción. Plantinga responde que no hay tal contradicción si el mal es el precio inevitable de la libertad. Ahora bien, esa respuesta explica el mal que los seres humanos causan, pero deja intacto el mal que nadie causa: un terremoto no es fruto de ninguna decisión libre…
Esta estructura es más exigente pero produce disertaciones mucho más ricas.
Herramientas para trabajar los argumentos
Estas cuatro operaciones sirven para manejar cualquier argumento, sea tuyo o de la posición contraria. No hay que usarlas todas ni en todas las disertaciones: son ayudas para cuando no sepas cómo seguir. Las dos primeras te servirán en cualquier estructura. Las dos últimas, acotar e invertir, son las que hacen posible la estructura dialéctica: sin ellas, los argumentos no pueden responderse entre sí.
Conceder. Reconocer lo que un argumento tiene de razón antes de responderle. Se escribe con fórmulas como «esta objeción es seria, porque…» o «hay algo verdadero en esta idea». Parece una debilidad y es lo contrario: quien reconoce la fuerza del contrario y aun así le responde resulta mucho más convincente que quien finge que el contrario no decía nada. Lo opuesto es una falacia, el hombre de paja: debilitar la posición contraria para vencerla con facilidad. Ten presente que en la rúbrica el hombre de paja puntúa cero en honestidad intelectual: si la posición contraria queda ridícula en tu texto, es casi seguro que la has caricaturizado.
Buscar un contraejemplo. Si un argumento afirma algo con «todos», «siempre» o «nunca», un solo caso contrario lo derriba. Si alguien dice «todos los profesores mandan deberes» y encuentras uno que no manda, la afirmación era falsa. Cuidado: contra «la mayoría de los profesores mandan deberes» un caso contrario no prueba nada, porque esa afirmación ya contaba con las excepciones. Esta herramienta no siempre podrá usarse, y no pasa nada: solo funciona con afirmaciones universales.
Acotar. Aceptar que un argumento prueba algo y mostrar hasta dónde llega de verdad: «tienes razón, pero no tanta». La manera habitual de acotar es distinguir: separar dos cosas que estaban mezcladas y mostrar que el argumento vale para una pero no para la otra. La distinción puede ser de grado (los videojuegos no son malos; jugar demasiado, sí) o de aspecto (que todos los ladrillos de un edificio vengan de la fábrica no significa que el plano del edificio venga de ella). Acotar sirve también con tu propia tesis: decir bajo qué condiciones se sostiene, o qué casos no resuelve, puntúa en la rúbrica.
Invertir. Mostrar que un argumento, bien entendido, prueba lo contrario de lo que pretendía. Quien afirma que la filosofía no sirve para nada está defendiendo una tesis filosófica, así que necesita la filosofía para atacarla. Es la herramienta más espectacular cuando funciona y la más ridícula cuando se fuerza: úsala solo si la inversión es real.
💡 Tip: existen más herramientas (el experimento mental, la reducción al absurdo, el dilema, la autorrefutación) explicadas con ejemplos en la página de Técnicas argumentales.
Cómo comprobar tu desarrollo
Muchas disertaciones parecen dialécticas y son una lista disfrazada. Hay dos pruebas para comprobarlo antes de entregar.
La prueba del orden. Coge dos argumentos que estén del mismo lado (dos a favor, o dos en contra) e imagina que los intercambias. ¿Se entiende igual? Si sí, están yuxtapuestos: cada uno va por su cuenta, como en una lista. Si no, porque el segundo se apoyaba en el primero o respondía a una objeción que este había dejado abierta, hay una cadena. En una estructura dialéctica de verdad, casi ningún párrafo del desarrollo puede moverse sin romper algo.
La prueba de los conectores. Mira con qué palabras empieza cada párrafo del desarrollo. Los conectores de suma (además, por otra parte, también, en segundo lugar) indican que estás añadiendo: es una lista. Los conectores de respuesta (ahora bien, sin embargo, contra esto cabe objetar, conviene distinguir) indican que estás contestando a lo anterior: es una cadena.
Si todos tus párrafos empiezan con conectores de suma, tu texto es una lista, por muchos autores que cites. Y no se arregla cambiando las palabras: hay que cambiar lo que hacen los párrafos.
Sobre la forma lógica
En tu disertación, al menos uno de los argumentos que utilices debe ir acompañado de la identificación explícita de su forma lógica. Las formas más habituales son el modus ponens (si P entonces Q; P; luego Q), el modus tollens (si P entonces Q; no Q; luego no P) y el silogismo disyuntivo (P o Q; no P; luego Q).
Para hacerlo, escribe el argumento en prosa normal y añade a continuación una frase que nombre la forma lógica y muestre su estructura aplicada a ese argumento concreto. Por ejemplo:
O bien Dios no puede impedir el mal, o bien no quiere impedirlo. Si pudiera y quisiera, el mal no existiría; pero el mal existe. Luego al menos una de las dos cosas es cierta. Este argumento sigue la forma de un silogismo disyuntivo.
Debe quedar integrado en la prosa, no entre paréntesis ni en un esquema aparte: la forma lógica sirve para exhibir la estructura de un razonamiento que ya era bueno, no para disfrazar uno que no lo era.
Conclusión (aprox. 15% del texto). Debe hacer tres cosas:
- Responder a la pregunta tal como la reformulaste al final de la introducción, explicando si te reafirmas en la tesis o si cambias de postura, y qué argumentos han pesado más.
- Delimitar tu tesis: bajo qué condiciones se sostiene, qué casos no resuelve, o qué tendría que ocurrir para que dejara de ser válida. Ninguna tesis lo explica todo, y precisarlo no la debilita: la hace más fuerte. La rúbrica lo premia dentro de la honestidad intelectual.
- Señalar las consecuencias o implicaciones para el mundo actual.
💡 Tip: Las mejores conclusiones vuelven al principio y cierran el círculo. Si abriste con una imagen, una pregunta o un dato sorprendente, retómalo aquí y muestra cómo tu argumentación le ha dado un sentido nuevo.
Bibliografía. Al final del texto, tras la conclusión, incluye una lista de las obras que has citado. No cuenta para el límite de palabras. El formato es el siguiente:
- Apellido, N. (año). Título de la obra (trad. N. Apellido). Editorial.
Por ejemplo:
- Mackie, J. L. (1994). El milagro del teísmo. Tecnos.
- Sexto Empírico (2008). Esbozos pirrónicos (trad. A. Gallego Cao y T. Muñoz Diego). Gredos.
Consejos de redacción
- Busca una apertura que enganche: una imagen, una paradoja, un dato sorprendente, una pregunta provocadora, una experiencia personal.
- Haz frases cortas y claras. Evita las subordinadas en cadena.
- Busca las palabras exactas. Evita afirmaciones vagas.
- Los ejemplos que puntúan como propios son los que no aparecen ni en los textos de práctica ni en clase: de tu experiencia, de la actualidad, de la naturaleza, de la cultura. Un buen ejemplo propio no solo adorna: si al quitarlo el argumento pierde fuerza, es que estaba haciendo trabajo de verdad. Esa es la diferencia que la rúbrica premia.
- Una cita sola, sin explicación, no demuestra nada. Explica siempre qué quiere decir el autor y por qué es relevante para tu argumento.
- Un argumento no es una frase. Requiere desarrollo, ejemplo y, si puede ser, una cita explicada.
- Reserva la primera persona para la tesis y la conclusión. En el desarrollo, expón los argumentos de forma impersonal.
Fases de escritura
Producción. Escribe todas las ideas sin preocuparte por el orden ni la corrección. El objetivo es sacar todo lo que tienes en la cabeza.
Edición. Ordena las ideas, redacta los párrafos, integra las citas con su explicación, conecta los argumentos entre sí.
Revisión. Lee el texto completo: ¿se entiende la tesis?, ¿los argumentos la sostienen?, ¿las citas están explicadas?, ¿la conclusión responde a la pregunta y delimita la tesis? Aplica la prueba del orden y la de los conectores. Comprueba la ortografía, cuenta las palabras y pasa a limpio.
Ejemplo de disertación
La siguiente disertación es un ejemplo de cómo aplicar los pasos anteriores. No es un modelo perfecto: es un ejemplo de trabajo bien hecho que puedes usar como referencia.
¿Es moralmente aceptable creer en un Dios bueno ante el sufrimiento de los inocentes?
El 26 de diciembre de 2004, un tsunami mató en pocas horas a más de doscientas mil personas en las costas del océano Índico. Muchas de ellas eran niños que jugaban en la playa. No hubo ninguna decisión humana detrás de aquella ola: nadie la provocó, nadie pudo evitarla, y ninguna cadena de culpas conduce hasta ella. Ante hechos así, la pregunta no es solo si Dios existe, sino algo que incomoda más: si es decente seguir llamándolo bueno. La pregunta «¿es moralmente aceptable creer en un Dios bueno ante el sufrimiento de los inocentes?» admite varias lecturas. Puede referirse a si resulta lógicamente coherente sostener a la vez la bondad de Dios, su omnipotencia y la existencia del sufrimiento: si no lo fuera, la discusión terminaría ahí, porque una contradicción no puede ser verdadera. Puede referirse a si ese sufrimiento se justifica apelando a un bien mayor que no alcanzamos a comprender: si se justifica, habría que admitir que un mal atroz puede ser un medio legítimo. O puede referirse a las consecuencias morales de la creencia misma, esto es, a si conduce a resignarse ante un mal que debería combatirse. Esta segunda lectura es la más relevante, porque las otras dos dependen de ella: sin examinar si el sufrimiento admite justificación no cabe decidir ni si la creencia es coherente ni qué produce en quien cree. La pregunta, entonces, es esta: ¿puede algún bien, por grande que sea, justificar el sufrimiento de un inocente que no lo ha elegido?
La tesis que defenderé es que creer en un Dios bueno ante el sufrimiento inocente es lógicamente posible, pero moralmente insostenible cuando ese sufrimiento se presenta como necesario para un bien mayor.
El planteamiento más riguroso del problema lo ofrece Mackie (1994), y conviene exponerlo en su forma más fuerte. Sostiene que las tres afirmaciones centrales del teísmo (Dios es omnipotente, Dios es perfectamente bueno y el mal existe) no pueden sostenerse a la vez sin contradicción, porque un ser bueno elimina el mal hasta donde puede, y un ser omnipotente puede hacerlo todo (pp. 180-181). El argumento admite una formulación exacta: o bien Dios no puede impedir el mal, o bien no quiere impedirlo, pues si pudiera y quisiera, el mal no existiría; ahora bien, el mal existe; luego al menos una de las dos cosas es cierta, y en cualquiera de los dos casos deja de ser el Dios que se dice creer. Este argumento sigue la forma de un silogismo disyuntivo.
Contra esta posición se levanta la réplica más sólida de la tradición teísta. Plantinga (1977) sostiene que la contradicción solo existiría si fuera lógicamente posible que Dios creara seres genuinamente libres y garantizara al mismo tiempo que nunca eligieran el mal, y esto no lo es: si sus decisiones estuvieran garantizadas de antemano, no serían libres (p. 30). El mal moral sería, entonces, el precio inevitable de una libertad que constituye un bien mayor que su ausencia. La réplica es formalmente impecable, y basta para desactivar la acusación de contradicción lógica que Mackie lanzaba. Un mundo de autómatas incapaces de elegir el mal sería también incapaz de elegir el bien, y no está claro que fuera mejor.
Ahora bien, esta defensa tiene un alcance limitado que conviene precisar, porque en ese límite está la clave del problema. Explica el mal que los seres humanos causan, pero no explica el mal que nadie causa. Un tsunami no es fruto de ninguna decisión libre. Un niño con una enfermedad congénita no sufre por el abuso de la libertad de nadie. Rowe (1979) construye sobre esta base el argumento más incómodo de todos: existen casos de sufrimiento intenso que un ser omnipotente podría haber impedido sin perder por ello ningún bien mayor ni permitir ningún mal igualmente grave, y su ejemplo es deliberadamente extremo, el de un cervatillo que agoniza durante días atrapado en un incendio forestal que nadie provocó y que nadie contempla (pp. 336-337). Ese sufrimiento no educa a nadie, no protege ninguna libertad y no produce ningún bien visible. Si aun así fuera necesario, el creyente debería explicar para qué.
La respuesta habitual consiste en apelar a un bien mayor que nuestra inteligencia no alcanza a comprender. Leibniz ofrece la versión clásica de esta estrategia al sostener que Dios, entre todos los mundos posibles, escogió el mejor, y que los males que contiene son necesarios para bienes que no percibimos porque solo vemos una parte mínima del conjunto (1710, §§20-21). La respuesta es coherente y no puede refutarse lógicamente, y eso es precisamente lo que conviene señalar. Ninguna experiencia podría desmentirla: por atroz que sea el mal que se presente, siempre cabrá decir que forma parte de un plan cuya bondad se nos escapa. Pero una afirmación que ningún hecho puede desmentir tampoco recibe apoyo de ningún hecho, y no explica nada: solo declara que existe una explicación.
Y aquí es donde la cuestión se desplaza del terreno lógico al moral, que es el que la pregunta plantea. Supongamos que la respuesta de Leibniz fuera verdadera. Supongamos que el sufrimiento de aquellos niños en la playa fuera necesario para un bien que ninguno de nosotros comprende. La consecuencia sería que un ser inocente ha sido utilizado como medio para un fin que él no eligió, que no le beneficia y que ni siquiera puede conocer. Esa es exactamente la estructura de lo que en cualquier otro contexto llamaríamos una injusticia. No aceptaríamos de ningún ser humano el argumento de que el sufrimiento de un niño estaba justificado por un bien superior que no puede explicarnos. La objeción no es que la creencia sea incoherente, porque Plantinga ha mostrado que no lo es, sino que su coherencia se compra a un precio moral demasiado alto: exige tratar el sufrimiento del inocente como un coste aceptable.
Cabe replicar que esta objeción aplica a Dios criterios morales pensados para seres humanos, y que nada garantiza que sean adecuados. La réplica tiene fuerza, pero conviene ver adónde conduce. Si los criterios morales humanos no valen para juzgar a Dios, tampoco valen para afirmar que es bueno, porque «bueno» es una palabra de ese mismo vocabulario. Quien sostiene que la bondad divina es de un orden que no comprendemos no ha defendido la creencia: la ha vaciado de contenido, pues ya no sabe qué está afirmando al afirmarla.
A la luz de este recorrido, considero que la creencia en un Dios bueno ante el sufrimiento inocente es lógicamente posible pero moralmente insostenible en la forma en que suele defenderse. El argumento que más peso ha tenido no es el de Mackie, cuya acusación de contradicción queda desactivada por Plantinga, sino el de Rowe combinado con la consideración moral que se sigue de él: el problema no está en que las tres afirmaciones no puedan sostenerse juntas, sino en que sostenerlas exige justificar lo injustificable. Y conviene precisar el alcance exacto de esta conclusión, porque no es una refutación de la existencia de Dios: es una objeción contra una manera determinada de defenderla, la que convierte el mal en un instrumento. Queda abierta otra posibilidad, la de una fe que renuncie a explicar el sufrimiento y se limite a acompañarlo. Esa fe no sería vulnerable a esta objeción, aunque tendría que aceptar que no dispone de ninguna teodicea. Y conviene declarar también de qué depende la tesis defendida: se sostiene mientras se acepte que la palabra «bueno», aplicada a Dios, conserva el significado que tiene aplicada a nosotros. Quien esté dispuesto a renunciar a esa continuidad escapa a la objeción, aunque, como se ha visto, al precio de no saber ya qué afirma. La implicación para el presente es directa: toda doctrina, religiosa o no, que presente el sufrimiento de los inocentes como el precio necesario de un futuro mejor merece la misma desconfianza, porque quien paga ese precio nunca es quien lo cobra.
Ante los niños que murieron en aquella playa, la pregunta decente no es qué bien mayor podría justificarlos. Es si estamos dispuestos a llamar bueno a quien lo permitiera pudiendo evitarlo.
Bibliografía
- Leibniz, G. W. (1710). Teodicea (trad. inglesa de E. M. Huggard). Traducción propia al español.
- Mackie, J. L. (1994). El milagro del teísmo. Tecnos.
- Plantinga, A. (1977). God, Freedom, and Evil. Wm. B. Eerdmans. Traducción propia.
- Rowe, W. L. (1979). «The Problem of Evil and Some Varieties of Atheism». American Philosophical Quarterly, 16(4). Traducción propia.
III. EVALUACIÓN
Rúbrica de evaluación
| Criterio | Deficiente | Aceptable | Notable | Excelente |
|---|---|---|---|---|
| Estructura e introducción hasta 2 puntos |
0,5 pt. Falta alguna parte esencial o la organización resulta confusa. La tesis no aparece con claridad. |
1 pt. Introducción, desarrollo y conclusión reconocibles. La tesis se formula con claridad y se retoma al final. |
1,5 pt. La introducción despliega las interpretaciones de la pregunta con sus implicaciones y justifica cuál se elige. La conclusión añade consecuencias o implicaciones actuales. |
2 pt. Además, la interpretación elegida orienta de principio a fin el desarrollo, y la conclusión responde a la pregunta tal como quedó planteada en la introducción. |
| Argumentación hasta 3,5 puntos |
0,5 pt. Los argumentos apenas se desarrollan. Faltan ejemplos o citas, o estas no se explican. No se consideran posiciones contrarias. |
2 pt. Presenta al menos dos argumentos a favor y dos en contra, cada uno con ejemplos y una cita explicada. Los argumentos se exponen por separado, sin relacionarse entre sí. |
3 pt. Se comparan las posiciones y se señalan las fortalezas y las debilidades de cada una. La valoración final está razonada. |
3,5 pt. Los argumentos se responden entre sí: se concede lo que la posición contraria prueba y se muestra hasta dónde llega, o se invierte a favor de la tesis. La reflexión progresa. Al menos un argumento presenta de forma explícita su forma lógica. |
| Honestidad intelectual hasta 1 punto |
0 pt. La posición contraria se caricaturiza, se presenta en su versión más débil o se le atribuye lo que no dice (hombre de paja). |
0,5 pt. La posición contraria se expone correctamente, aunque de forma escueta. |
0,75 pt. La posición contraria se expone en su versión más fuerte, con el mismo rigor que la propia. |
1 pt. Además, se delimitan las condiciones en que la propia tesis se sostiene, o los casos que no logra resolver. |
| Ejemplos propios hasta 1,5 puntos |
0,25 pt. No usa ejemplos, o solo los que aparecen en los textos de práctica y en clase. |
0,75 pt. Usa algún ejemplo propio, aunque resulte decorativo o poco relacionado con el argumento. |
1 pt. Usa al menos dos ejemplos propios, pertinentes y bien elegidos para el argumento que ilustran. |
1,5 pt. Los ejemplos propios no solo ilustran: hacen avanzar el argumento, porque muestran algo que la cita por sí sola no mostraba. |
| Claridad y precisión expresiva hasta 2 puntos |
0,5 pt. Vocabulario impreciso. Párrafos poco conectados. Frases difíciles de seguir. |
1 pt. Vocabulario sencillo pero adecuado. El texto se entiende correctamente. |
1,5 pt. Vocabulario preciso y uso correcto de los conceptos filosóficos. Los párrafos se enlazan con conectores adecuados y la lectura es fluida. |
2 pt. Expresión rigurosa y matizada. Cada palabra dice exactamente lo que debe decir. Estilo cuidado. |
Nota final: suma de los cinco criterios sobre 10 puntos, menos las penalizaciones. En cada criterio se asigna uno de los cuatro valores de la tabla, sin puntuaciones intermedias.
Sobre la estructura: quien sigue correctamente la estructura básica puede alcanzar el nivel notable. El nivel excelente exige que los argumentos se respondan entre sí, que la reflexión avance más allá de una simple acumulación de ideas y que al menos un argumento presente su forma lógica de manera explícita.
Condiciones de entrega
Si no se cumplen, la disertación no se corrige:
- Entregada en clase, dentro del plazo establecido.
- Escrita a mano, en folios en blanco, con letra legible.
- Al final del texto, tras la bibliografía, debe figurar el número de palabras de la disertación (sin contar la bibliografía).
El recuento forma parte del trabajo: llevarlo durante la redacción es la manera de ajustar la extensión mientras aún se puede corregir.
Penalizaciones
| Concepto | Descuento |
|---|---|
| Extensión (no acumulable: se aplica solo el tramo correspondiente, sobre el número de palabras declarado) Desviación de hasta 100 palabras (1100-1199 o 1601-1700) |
−0,5 |
| Desviación de 100 a 200 palabras (1000-1099 o 1701-1800) | −1 |
| Desviación superior a 200 palabras (menos de 1000 o más de 1800) | −2 |
| Presentación (acumulable hasta un máximo de −1) Sin sangría en la primera línea de cada párrafo |
−0,25 |
| Sin márgenes | −0,25 |
| Tachones o correcciones visibles | −0,5 |
| Ortografía (acumulable, sin límite) Por cada falta de ortografía |
−0,25 |
| Por cada falta de tilde | −0,05 |
Recursos
Bibliografía
Fuentes primarias
- Agustín de Hipona (1963). Del libre albedrío. En Obras completas, vol. III. BAC.
- Hume, D. (1942). Diálogos sobre la religión natural (trad. E. O’Gorman). El Colegio de México.
- Leibniz, G. W. Teodicea. Trad. inglesa de E. M. Huggard.
- Mackie, J. L. (1994). El milagro del teísmo. Tecnos.
- Plantinga, A. (1977). God, Freedom, and Evil. Wm. B. Eerdmans.
- Rowe, W. L. (1979). «The Problem of Evil and Some Varieties of Atheism». American Philosophical Quarterly, 16(4).
- Sexto Empírico (2008). Esbozos pirrónicos (trad. A. Gallego Cao y T. Muñoz Diego). Gredos.
- Tomás de Aquino (1994). Suma de teología. Vol. I (trad. J. Martorell). BAC.
Manuales, historias de la filosofía y obras de referencia
- Almeida, M. J. (2012). Freedom, God, and Worlds. Oxford University Press.
- Copleston, F. C. (1994). Historia de la filosofía. Vol. III. De Ockham a Suárez. Ariel.
- Ferrater Mora, J. (1964). Diccionario de filosofía (2 vols.). Sudamericana.
- Honderich, T. (dir.) (2001). Enciclopedia Oxford de filosofía. Tecnos.
- Schellenberg, J. L. (2015). Divine Hiddenness and Human Philosophy. Cambridge University Press.
- Villoro, L. (ed.) (2013). El conocimiento. Trotta.
Vídeos
Glosario
GLOSARIO
Ateísmo. Posición que defiende que Dios no existe. Según Rowe, admite tres tipos: hostil (niega toda justificación racional para creer), indiferente y amistoso (reconoce argumentos a favor pero los ve insuficientes).
Defensa del libre albedrío. Argumento de Plantinga: ni un Dios omnipotente puede crear seres libres y garantizar que siempre elijan el bien, porque la libertad implica poder elegir el mal. El mal moral no contradice, pues, la bondad divina.
Libre albedrío. Capacidad de elegir entre opciones sin estar determinado por causas externas. Agustín y Plantinga sitúan en su mal uso el origen del mal moral, no en Dios.
Mal físico / mal metafísico / mal moral. Los tres tipos de mal de Leibniz: el físico es el sufrimiento; el metafísico, la imperfección inherente a toda criatura finita; el moral, el pecado que los hombres eligen libremente.
Ocultamiento divino. Argumento de Schellenberg: si Dios existiera y fuera bueno, se habría dado a conocer a quienes están dispuestos a creer de buena fe pero no hallan evidencias, lo que sugiere que no existe.
Omnibenevolencia. Atributo que el teísmo asigna a Dios: la bondad infinita, que quiere el bien de todas sus criaturas. Junto a la omnipotencia y la omnisciencia, es uno de los tres atributos que el problema del mal pone en cuestión.
Privación (del bien). Concepto de Agustín y Tomás: el mal no es una sustancia creada por Dios, sino ausencia de bien, del mismo modo que la oscuridad es ausencia de luz.
Problema evidencial del mal. Versión del problema del mal, de Rowe, que no afirma incompatibilidad lógica, sino que la cantidad de sufrimiento aparentemente inútil hace razonable creer que Dios probablemente no existe.
Problema lógico del mal. Argumento de Mackie: si Dios puede eliminar el mal y quiere hacerlo, debería eliminarlo; pero el mal existe; luego un Dios omnipotente, omnisciente y bueno no puede existir. Se remonta a Epicuro.
Teodicea. Del griego «justificación de Dios»: intento de mostrar que el mal es compatible con un Dios omnipotente, omnisciente y bueno. Término acuñado por Leibniz; las teodiceas más influyentes son las de Agustín y Tomás.
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